Proteger a los niños de los fascistas

La imagen de una treintena de neonazis enmascarados, arrodillados y esposados frente a varios policías en Coeur d’Alene, Idaho, Estados Unidos, se hizo viral el pasado fin de semana. Eran miembros de la organización Patriot Front, que habían sido arrestados cuando se dirigían hacia los actos del orgullo LGTBI en un parque cercano escondidos en un camión y con un buen arsenal de escudos, bombas de humo y otros objetos que pretendían usar contra la celebración. La intervención de los agentes, tras el aviso de un vecino que se olió algo raro cuando vio a varios señores subiéndose al camión, evitó un altercado que no sabemos muy bien cómo hubiera acabado.

La republicana y miembro de la Cámara, Heather Scott, acompañaba a principios de mayo a los miembros del grupo ultraderechista Panhandle Patriots en una iglesia de Kootenai, también en Idaho. Uno de los militantes ultraderechistas afirmó que lo suyo sería organizar un evento con armas de fuego el mismo día que la Celebración del Orgullo de la ciudad en un parque a menos de una milla de distancia. “En realidad tenemos la intención de ir cara a cara con esta gente. Hay que trazar una línea en la arena. Las buenas personas deben ponerse de pie”.

El acto se titulaba “Plan de juego para eliminar materiales inapropiados en nuestras escuelas y bibliotecas”, y pretendía alertar sobre los contenidos en materia de igualdad que se imparten en los colegios norteamericanos, así como de los libros que tratan estas materias y que están disponibles en las bibliotecas. El mismo mantra que la ultraderecha global ha puesto en el centro del tablero estos últimos años. Lo mismo que lleva tiempo cacareando Vox, y que hace un par de días, Macarena Olona reivindicó en el debate electoral de Canal Sur. Y lo que vino a reafirmar la neofascista italiana Georgia Meloni en el mitin de Vox este fin de semana.

El mismo fin de semana, neonazis franceses se encaramaron a un edificio al paso de la marcha por el Orgullo en Burdeos. Encendieron varias bengalas, gritaron contra los manifestantes y exhibieron una pancarta que pedía ‘proteger a los niños’, también contra lo que se supone que inflige la educación en derechos humanos. Varios canales de Telegram de grupos neonazis llevan semanas publicando las hazañas de sus miembros en varios países robando banderas LGTBI, dañando murales feministas o atacando actos de estos colectivos. Así celebran ellos el mes del Orgullo. También en España.

Un jovencísimo Pedro Zerolo denunciaba a mediados de los 90 en un documental sobre la extrema derecha, que un grupo de nazis había asaltado la marcha del Orgullo en Madrid y había apuñalado a un asistente.

Lejos nos puede parecer que quedan aquellos tiempos en que los nazis salían de caza y se cebaban con los colectivos más vulnerables, o aquellos que salían a reivindicar sus derechos. Pero la realidad es que nunca se fueron, y las agresiones y los ataques contra estos actos y estas personas no han cesado. Hace menos de un año vimos desfilar en el barrio madrileño de Chueca a una panda de neonazis gritando ‘fuera sidosos de Madrid’ con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Quienes seguimos las andanzas de estos grupos recordamos inmediatamente los altercados de 2017 en Murcia, donde varios neonazis armados atacaron la marcha del Orgullo.

La relación entre el discurso de odio de los ultraderechistas mediáticos e institucionalizados y los grupos neonazis que lo materializan en las calles es directa. De hecho, nunca habían contado con tan grandes altavoces y tanta normalización. La ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI que se está llevando a cabo por la nueva ultraderecha aceptada como un actor democrático más, es el combustible necesario para que estos nazis ejerzan la violencia reforzados por sus propagandistas de traje y corbata. Los derechos que creímos conquistados y que no tenían marcha atrás, se encuentran hoy con una amenaza evidente. Es el precio que pagamos todos porque algunos decidieron que los derechos humanos se pueden debatir. Hablamos del colectivo LGTBI, pero lo mismo vale para las mujeres, para las personas migrantes, racializadas, o para cualquier colectivo que reclame los mismos derechos que el resto. Estos no son eternos y se deben pelear día tras día, por todos los medios.

Recientemente se supo que solo en 2020 se registraron 282 delitos de odio contra el colectivo LGTBI. Esta cifra, que recoge los hechos denunciados, es solo la punta del iceberg. La mayoría de estos incidentes no se denuncia. Pasa lo mismo con el racismo, que es mucho mayor a lo que los datos del Ministerio del Interior o las organizaciones especializadas en la materia son capaces de recoger. En demasiadas ocasiones, la desconfianza en las instituciones hace que las víctimas no denuncien. Solo hay que ver, por ejemplo, la reciente e insignificante condena que ha recibido un exlegionario por agredir e insultar a dos personas por su orientación sexual y enfrentarse a la policía: una multa de poco más de dos mil euros y seis meses de prisión.  “Me acaloré”, dijo.

Sin embargo, la conciencia y la sensibilización al respecto también han crecido, y por eso se denuncia más. Y por eso, la ultraderecha está tan interesada en negar que se eduque en materia de igualdad y derechos humanos. Solo así, estos ataques podrían pasar todavía más inadvertidos, impunes, o peor, aceptados, normalizados. Como lo fue la Noche de los Cristales Rotos tras la infección antisemita de gran parte de la sociedad alemana.

Los grupos nazis son los tontos útiles, los ejecutores de estos odios que señoras y señores de alto standing se dedican a promover desde sus mansiones y cortijos contra los más vulnerables para asegurarse así que nada cambie, que la plebe siga peleada y no se le ocurra mirar hacia arriba. “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley“, manifestó Espinosa de los Monteros en 2020 reforzando el victimismo habitual de los ultraderechistas ante quienes, tal y como él mismo recordaba, sufrían las consecuencias de la normalización del odio en su expresión violenta más cobarde y cruel. Y que hoy lo siguen sufriendo.

A los nazis ya les va bien tener unos buenos padrinos en las instituciones que normalizan lo que estos llevan diciendo toda la vida, mientras periodistas y otros políticos lo aceptan como parte del juego democrático. Así pueden volver a las andadas, a los añorados años 90 en los que salían de caza y tan solo encontraban como oposición a los grupos antifascistas y a los colectivos víctimas que se organizaban para su autodefensa. Los extremos, que llaman algunos. Sin embargo, el muro contra el que se choca esta extrema derecha liberticida es hoy mucho mayor que entonces. Le va a costar derribar el consenso en materia de derechos humanos erigido durante años en el sentido común. Por eso, saben que la estrategia pasa por los libros de texto, por las escuelas, por la censura. Solo un pueblo al que se le niegue la educación en derechos será capaz de tolerar la barbarie.

Miquel Ramos. Público, 15 de juny 2022

Marc, el poli infiltrado

El medio catalán La Directa destapó ayer a un topo de la Policía Nacional que llevaba dos años infiltrado en varios movimientos sociales de Barcelona. Tras varios meses de investigación, comprobando, contrastando y hasta peritando todos los datos obtenidos, los periodistas acreditaron que Marc Hernández era en realidad I. J. E. G., un funcionario del Estado.

Marc no era de Mallorca como decía, sino de Menorca. Tras estudiar criminología y graduarse como agente del Cuerpo Nacional de Policía, el infiltrado había construido un personaje y contaba con un DNI falso, una cuenta corriente falsa, y dos pisos, uno en Palma y otro en Barcelona, donde reunió a algunos ex compañeros de los colectivos en los que empezó a meterse. Todo parecía normal en un joven que llega a Barcelona desde otra ciudad y se implica en varios movimientos sociales, concretamente, en el movimiento independentista a través del Casal Lina Ódena y del Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans (SEPC) y en el movimiento por el derecho a la vivienda a través de Resistim al Gòtic.

En este caso, no es que los colectivos infiltrados fueran potencialmente peligrosos por sus métodos, sino por su influencia política. Es decir, no se perseguía desmantelar una organización armada o violenta, sino investigar a un sindicato estudiantil que forma parte de la izquierda independentista, y a un colectivo que lucha contra la especulación urbanística, por una vivienda digna, y que para desahucios. Esto, para el Estado, es lo realmente peligroso. Y eso no es sino una muestra de que estos movimientos están consiguiendo sus objetivos. Así que Marc, lo quiera o no, ha hecho más grandes todavía a estos colectivos y a sus causas.

Thank you for watching

La infiltración en movimientos sociales es habitual. Quienes participan en ellos lo saben de sobra. Existen algunos indicadores habituales para detectar a estos topos, aunque a menudo la trama es más compleja, y el Estado se sirve de informantes más que de funcionarios. Es decir, de personas que frecuentan estos ambientes y a quienes les resulta más fácil recabar información sin levantar sospechas. A veces, la policía intenta cazar a quienes tienen asuntos pendientes con la justicia, prometiéndoles algún tipo de mejora de su situación e incluso dinero. Fue precisamente La Directa la que destapó uno de estos intentos años atrás, también en Barcelona, a un joven activista que decidió tender una trampa a los polis y hacerlo público antes que traicionar a sus compañeros y a sus ideas, a pesar de tener un juicio pendiente para el que le prometieron beneficios judiciales. La Directa grabó el encuentro y la conversación, y publicó las fotos y la charla en exclusiva. Este medio independiente lleva dieciséis años destapando el espionaje a los movimientos sociales por parte de diferentes cuerpos policiales. Se nota que Xavier Vinader dejó una buena escuela antes de marcharse.

No me toca desvelar el contenido de la investigación de La Directa. Léanla ustedes. Pero lean también a las víctimas del topo contándolo en redes. A los movimientos sociales y a quienes forman parte de estos, y se creyeron, además, que Marc era también un amigo. Más de uno que se creyó la amistad se preguntaba por esos abrazos que se dieron y por todas las confesiones personales, miedos y alegrías que había compartido con él.

Marc huyó hace unos días. Sus redes con perfil falso han desaparecido y su rastro se esfumó con excusas baratas a quienes trató de engañar. O eso cree. Ya circulan fotos y vídeos suyos participando en varias acciones, o incluso con su verdadero nombre, en su entorno real. Quienes lo empujaron a infiltrarse no han cuidado nada bien su seguridad, demostrando así lo poco que les importa este joven agente al que hicieron creer que era un héroe.

Marc seguirá cobrando del Estado, cuyos representantes dijeron ayer que no tenían nada que decir cuando les preguntaron por el topo. Como con Pegasus y como con tantos otros casos descubiertos. Los han pillado, pero se la suda. Van a seguir haciéndolo contra cualquiera que denuncie sus miserias. Pero muchísima gente seguirá tratando de cambiar las cosas por pura convicción, gratis, a pesar de Marc y de los demás como él. Solo cabe esperar que Marc haya aprendido algo de toda esa gente a la que ha tratado de engañar. Solo con que hayas conocido buena gente y te hayan hecho pensar un poco, Marc, ya ha valido la pena tu aventurilla.

Miquel Ramos. Público, 8 de juny 2022

Alguien dice que

El odio y la mentira se transforman en titular sin reproche ni contraste. La dictadura del clickbait es más rentable que ética, pero aquí nadie ha venido a salvar a nadie, esto es un negocio y esto es lo que hay. Bien lo saben los fascistas, que regalan titulares a los medios poco dados a tomar partido frente al odio si este les regala visitas. Di cualquier barbaridad, algo ‘políticamente incorrecto’ (esto es, algo racista, machista o abiertamente nazi, siempre contra los de abajo, nunca contra los de arriba), y te aseguras ser la comidilla al día siguiente en todas las tertulias y en todos los debates de Twitter. A veces, también por culpa nuestra, ojo, que reaccionamos indignados reproduciendo la diarrea verbal de la ultraderecha provocando que todavía salpique más y más lejos.

La seducción del escándalo, la espectacularización de la información y la chabacanería como estilo. Todo esto ha marcado los debates políticos desde hace tiempo. Y esto solo ha sido posible gracias también a que los medios han asumido que son tanto una herramienta de entretenimiento como un pretendido medio de comunicación que hace efectivo el derecho constitucional de la ciudadanía no solo a estar informado sino a recibir información veraz.

Thank you for watching

El ex presidente de los EEUU, Donald Trump, fue un gran maestro reciente de esta estrategia de comunicación. El lingüista George Lakoff no paraba de alertar sobre ello, y proponía diversas maneras de evitar caer en la trampa. La lectura de su libro No pienses en un elefante sigue siendo obligatoria para cualquiera que quiera entender las estrategias de la comunicación política. Para periodistas, el consejo del sándwich de la verdad para tratar con estos propagandistas del odio y la mentira, también merece la pena ser recordado hoy que se repite el ruido tóxico de algunos políticos: Empieza por la verdad. Si el fulano de turno dice una trola, como es habitual, desmóntala a la primera. Luego, inserta esa trola llamándola así, que quede bien claro que es una jodida mentira. Después, insiste en la verdad. Sencillo, pero poco habitual. Lo que debería ser, pero escasas veces es. Mejor un titular y un copia-pega de unas declaraciones, y las conclusiones son cosa del lector. Aunque te digan que la tierra es plana o que comer caca de perro es saludable. Es una opinión respetable más.

No voy a reproducir las mentiras infectas de la ultraderecha que me han llevado a escribir esta columna sobre algo que ya se ha dicho mil veces, pero que sigue pasando con absoluta normalidad y obscenidad. El problema es que, muchos de los medios que habitualmente informan, también le han cogido el gusto a desinformar, a participar de lawfares varios o a servir de altavoces a la ultraderecha cada vez que esta abre la boca, aunque sea para vomitar. No son suficientes las agencias de verificación, lo siento. Ni los múltiples y loables proyectos e iniciativas como No Les Des Casito, que luchan como pueden para contra la desinformación. Hoy, la gente cree estar informada porque su amigo Juan le envió un whatsapp de un primo suyo que aseguraba que los inmigrantes reciben un maletín con billetes de 500€ cuando llegan a Melilla, o que si no reenvías este artículo a 2.000 personas, Facebook será de pago. Los hábitos de consumo de información (y desinformación) han cambiado estos últimos tiempos, y aquí, los propagandistas del odio han encontrado un buen terreno donde sembrar.

Lo recordaba justo ayer la publicación anarquista Todo Por Hacer, que, como muchos otros medios comprometidos, saben bien que no hay virtud alguna en situarse entre el verdugo y la víctima. Entre el problema y la solución. Entre la verdad y la mentira. Entre el odio y el compromiso con los derechos humanos. Y añadía muy acertadamente que, ‘por muy bufones que nos puedan parecer algunos de sus líderes, bajo sus ridículas acciones se esconde un peligro de violencia extrema y si no se les paran los pies ahora, puede que dentro de unos años sea demasiado tarde.”

Miquel Ramos. Público, 2 de juny 2022

Miquel Ramos: “No entiendo que haya policías comiendo de uniforme en un bar con banderas franquistas”

El periodista repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox en su ensayo ‘Antifascistas’. Lo presentará este jueves en el centro social La Nave, en Málaga.

Isabel Vargas, El Español. 1 junio, 2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) jamás olvidará aquel primer día tras las fiestas de Pascua de 1993. Un profesor suyo explicó en clase que había matado a un chico de 18 años “por odio y por ser anfifascista”. Se trataba de Guillem Agulló, un joven asesinado de una puñalada en el corazón por un grupo de neonazis (de cuyo caso se ha hecho una película, La mort de Guillem).

El periodista, impactado por el asesinado de Agulló, empezó a investigar los movimientos fascistas y a recopilar recortes de prensa con información sobre ellos. Aquella herida, abierta el día que supo de la muerte del activista valenciano, ha quedado reflejado en un ensayo Antifascistas (Capitán Swing) donde repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox.

Tras la muerte de Franco, la extrema derecha española empezó a parecerse más a la europea. Pronto llegaron las bandas de skinheads neonazis, los ultras del fútbol y, poco a poco, las nuevas formaciones de ultraderecha y los movimientos sociales neofascistas. 

El periodista traza la evolución de esta nueva extrema derecha, que ejercía una violencia brutal contra diferentes colectivos (y que intentó hacerse un hueco en las instituciones) y de cómo se la combatió desde distintos frentes. En el libro con el epílogo de Betlem Agulló, hermana del joven antifascista, el colaborador de La Marea recuerda muchos de los impactantes casos, entre ellos el de la transexual Sonia Rescalvo, asesinada por unos neonazis a patadas. 

“Los discursos de odio son la chispa que prende la mecha. El holocausto no empezó con las cámaras de gas, sino con un discurso de odio contra los judíos. La historia nos ha enseñaron que los discursos de odio, el menú diario de la extrema derecha, son la base de la destrucción de la convivencia, la democracia y los derechos humanos. Apelaría a la responsabilidad de los que apoyan estos discursos. Están echando gasolina al fuego”, advierte el periodista antes de la presentación del libro este miércoles en el centro social La Nave, en Málaga.

¿Cuánto ha cambiado el modo de operar de los grupos nazis y fascistas en España? ¿Ahora son menos pero más discretos que entonces?

La extrema derecha se ha ido adaptando poco a poco a los tiempos. Empiezo hablando de los últimos años de la Transición y principios de los 90 en un contexto muy peculiar. Este país estaba pasando de la noche a la mañana de un régimen a otro. Sin olvidar lo que se vivía en el resto de Europa. Hablo de la explosión de los movimientos skin y los ultras del fútbol. Eso duró hasta hace 10 o 15 años más o menos. La extrema derecha ha intentado quitarse el estigma de encima. Hubo mucha violencia durante los 90 y mucha rémora del pasado, del Franquismo. Entonces se empiezan a reconvertir en partidos y organizaciones más legales, con discursos más light. El mensaje es el mismo, pero lo adornan mejor. Los grupos violentos siguen existiendo. Aunque no tienen la capacidad ni la incidencia de antes. Es gracias en gran parte a gente que se organizó para plantarles cara. Se trata de los protagonistas de mi libro.

Habla de ciudadanos de a pie, organizaciones sociales y periodistas. 

Sí. Las instituciones miraban hacia otro lado. Lo concebían como asuntos de orden público, violencia juvenil y tribus urbanas. No iban al fondo de la cuestión. No se hablaba del trasfondo ideológico de estas bandas violentas. Ni tampoco de los entramados empresariales y políticos que había detrás. Se quedaban con la caricatura del ultra del fútbol que la liaba o del nazi borracho. Sin embargo, detrás había mucho más. Numerosos exmiembros de la SS vivieron en Andalucía durante el Franquismo y los primeros años de la democracia. Ellos estaban en contacto con estos grupos nazis.

En la Costa del Sol residieron muchos exmiembros de la SS. Usted cuenta que en Torremolinos tuvo lugar el primer concierto neonazi en España. 

La Costa del Sol y la de Valencia acogieron a muchos refugiados nazis de la Segunda Guerra Mundial. Está súper documentado y se ha investigado mucho. Han vivido tranquilamente aquí e incluso sus descendientes han hecho muchísimos negocios y una buena fortuna, sobre a raíz del boom del turismo en los años 60 y los 70. Había territorios donde se contemplaban núcleos muy activos de extrema derecha. En Andalucía el sitio donde más actividad ha habido siempre ha sido en Málaga. Es la excepción en toda Andalucía.

Usted habla muy claro sobre la convivencia del estado español y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado con la extrema derecha. ¿Sigue el estado viendo a la extrema derecha como un ente colaborador?

Al estado no le preocupa la extrema derecha, ni tampoco a los poderes fácticos. La extrema derecha no es ninguna amenaza para el statu quo, el sistema económico, y el orden político y social. Hay muchas políticas actuales en materia de inmigración que la extrema derecha firmaría. La extrema derecha no molesta. Esa corrección política es hacia abajo y los colectivos vulnerables. Siempre ha habido mucha permisividad hacia movimientos de extrema derecha dentro del propio estado español por cuestiones históricas y estructurales. Hablo de la adjudicatura, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, y las fuerzas armadas. Mira lo del chat de los militares donde hablaban de fusilar a media España…

Me horroriza que se habla de fusilar a media España en un chat de militares…

Yo tampoco entiendo que haya policías que almuercen de uniforme en un bar lleno de banderas franquistas con el retrato de Franco debajo. No es normal que haya funcionarios demócratas que no tengan ningún tipo de problema a la hora de exhibir su simpatía hacia un régimen dictatorial.

El año pasado sin ir más lejos pillaron a Pablo Casado en una misa en honor a Franco en Granada y dijo que había sido una equivocación.

El Partido Popular ha sido la casa común de todas las derechas, desde el centro a la extrema derecha, durante muchos años. Al PP se le escapa la extrema derecha más militante desde hace 10 años. A Rajoy le exigen que deroguen las leyes del PSOE y no lo hacen. Ahí se produce la división. El PP tiene un componente que está vinculado con el régimen. El partido fue fundado por ministros de Franco. Esta actitud en materia de memoria histórica es absolutamente revisionista e incluso negacionista de las atrocidades de la dictadura. 

Vox podría doblar sus votos en las próximas elecciones andaluzas. ¿Qué opina?

No vivo en Andalucía, y tampoco quiero ser atrevido. Vox ha sabido estimular y tocar determinadas teclas. De hecho, han logrado que personas de clase trabajadora que viven del campo o que están en una situación precaria voten a un partido que va en contra de sus intereses de clase. Hace nada decían que había que acabar con la sanidad pública. La gente no sabe bien lo que está votando. Vox ha apelado al hombre español heterosexual frente a la dictadura progre, al feminismo que condena a los hombres y al lobby gay. Incluso llevan en el programa de Andalucía cosas que tienen que ver con Cataluña. Vox apela a determinados instintos básicos del votante para enmascarar su programa económico, que no beneficia para nada a la clase trabajadora. 

La izquierda tampoco ayuda diciendo que los que ganan 900 euros y votan a la derecha no les parecen Einstein… No deberían infravalorar a sus potenciales votantes.

La izquierda institucional tiene un problema de credibilidad. No deberían tratar como tontos a los votantes del partido que sea. Entiendo que los valores que distinguen a la izquierda de alguna manera tratan de desactivar esos instintos básicos a los que apela la derecha. Pero tú no puedes tratar de invertir al electorado. Tiene sus motivos para votar. Lo que se debería exigirse a la izquierda es que apelara a determinados asuntos que nos atraviesen realmente. El votante de izquierda es más exigente. Deberían intentar rebatir los discursos fáciles a problemas complejos de la extrema derecha. 

¿Cómo se combate la ultraderecha hoy día?

Hablamos de una extrema derecha que ya no es exactamente igual a las de los 90, que era semiclandestina e iba pegando palizas. Aunque sigue existiendo gentuza de este tipo. La extrema derecha viste ahora de traje y está perfectamente normalizada dentro de las instituciones y el sistema democrático. Están todos los días en los medios de comunicación. Su objetivo es apelar al sentido común para darle la vuelta a ese sentido común. Cualquiera que se considere demócrata o que crea que los derechos humanos deben regir cualquier democracia deben combatir en este terreno de la batalla cultural, de tratar de que no se den pasos en materia de derechos y libertades. La derecha criminaliza el feminismo y ataca a los más vulnerables. Ese es el terreno de batalla. Necesitamos que haya gente implicada en todos los ámbitos: en las calles, en los colegios, en institutos, en universidades, en las instituciones. A los políticos se les exigen es que hagan políticas que solucionen los problemas materiales de la gente. Si tú eres de izquierdas, estás gobernando y no solucionas esos problemas, estás abriendo una puerta a la extrema derecha. Ellos se aprovechan de la ansiedad, la precariedad y la decepción de la gente. Son muy importantes los movimientos sociales. Estos crean comunidad en los barrios y en las ciudades. Tejen alianzas vecinales y superan los estigmas que alimenta la extrema derecha. Cuando paras un desahucio no te piden el DNI. Ayudas y punto. Las redes vecinales, ese trabajo comunitario de movimientos sociales de base, son el mejor antídoto contra la extrema derecha hoy día. 

¿Hemos frivolizado en exceso el fenómeno de Vox?

La extrema derecha es lo suficientemente leída e inteligente para insertar tu mensaje en los medios y en la gente. La caricatura del votante de extrema derecha como un ignorante o el político de extrema derecha como un tonto no es real. Es gente muy preparada y curtida. Saben perfectamente cómo comunicar. Otra cosa es que haya discursos que a cualquier persona le apelen contra el sentido común. Plantear determinadas regresiones en materia de derechos humanos a muchos de nosotros nos sacude. El discurso de la extrema derecha criminaliza constantemente a los pobres. Los atacan en vez de promover políticas sociales que acaben con la pobreza estructural. 

¿Qué papel han jugado los colectivos feministas y LGTBi+ en la lucha contra el fascismo?

Imprescindible. El feminismo es actualmente el principal dique de contención contra la extrema derecha. Por eso son tan agresivos con las feministas y el colectivo LIGTBi. la extrema derecha ha planteado una ofensiva por tierra, mar y aire contra los derechos de las mujeres. Apela a la otra mitad de la población. Ha encontrado un muro en su batalla de las ideas porque ha chocado contra uno de los movimientos sociales más importantes y potentes de los últimos años.

También habla de la “infección neonazi en las grandes de los campos de fútbol”. Uno de los casos más famosos es el de los Ultras Sur. 

Ha cambiado. Ya no es tan descarado la permisividad con los grupos ultras. Aunque siguen existiendo grupos ultras de marcado carácter neonazi que utilizan las gradas para captar nuevos adeptos. El problema es que no tienen capacidad para frenar esto. Pienso mucho en el crimen de Aitor Zabaleta. No se reaccionó. Los grupos se mantuvieron activos. Existe una connivencia muy grande desde los propios clubs y la sociedad. Se excusan diciendo que animan mucho durante los partidos y que atraen a más seguidores. Luego campen a sus anchas. No sólo se trata de las gradas, sino de las inmediaciones y todo lo que hay alrededor de estos grupos.