Miquel Ramos: “No entiendo que haya policías comiendo de uniforme en un bar con banderas franquistas”

El periodista repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox en su ensayo ‘Antifascistas’. Lo presentará este jueves en el centro social La Nave, en Málaga.

Isabel Vargas, El Español. 1 junio, 2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) jamás olvidará aquel primer día tras las fiestas de Pascua de 1993. Un profesor suyo explicó en clase que había matado a un chico de 18 años “por odio y por ser anfifascista”. Se trataba de Guillem Agulló, un joven asesinado de una puñalada en el corazón por un grupo de neonazis (de cuyo caso se ha hecho una película, La mort de Guillem).

El periodista, impactado por el asesinado de Agulló, empezó a investigar los movimientos fascistas y a recopilar recortes de prensa con información sobre ellos. Aquella herida, abierta el día que supo de la muerte del activista valenciano, ha quedado reflejado en un ensayo Antifascistas (Capitán Swing) donde repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox.

Tras la muerte de Franco, la extrema derecha española empezó a parecerse más a la europea. Pronto llegaron las bandas de skinheads neonazis, los ultras del fútbol y, poco a poco, las nuevas formaciones de ultraderecha y los movimientos sociales neofascistas. 

El periodista traza la evolución de esta nueva extrema derecha, que ejercía una violencia brutal contra diferentes colectivos (y que intentó hacerse un hueco en las instituciones) y de cómo se la combatió desde distintos frentes. En el libro con el epílogo de Betlem Agulló, hermana del joven antifascista, el colaborador de La Marea recuerda muchos de los impactantes casos, entre ellos el de la transexual Sonia Rescalvo, asesinada por unos neonazis a patadas. 

“Los discursos de odio son la chispa que prende la mecha. El holocausto no empezó con las cámaras de gas, sino con un discurso de odio contra los judíos. La historia nos ha enseñaron que los discursos de odio, el menú diario de la extrema derecha, son la base de la destrucción de la convivencia, la democracia y los derechos humanos. Apelaría a la responsabilidad de los que apoyan estos discursos. Están echando gasolina al fuego”, advierte el periodista antes de la presentación del libro este miércoles en el centro social La Nave, en Málaga.

¿Cuánto ha cambiado el modo de operar de los grupos nazis y fascistas en España? ¿Ahora son menos pero más discretos que entonces?

La extrema derecha se ha ido adaptando poco a poco a los tiempos. Empiezo hablando de los últimos años de la Transición y principios de los 90 en un contexto muy peculiar. Este país estaba pasando de la noche a la mañana de un régimen a otro. Sin olvidar lo que se vivía en el resto de Europa. Hablo de la explosión de los movimientos skin y los ultras del fútbol. Eso duró hasta hace 10 o 15 años más o menos. La extrema derecha ha intentado quitarse el estigma de encima. Hubo mucha violencia durante los 90 y mucha rémora del pasado, del Franquismo. Entonces se empiezan a reconvertir en partidos y organizaciones más legales, con discursos más light. El mensaje es el mismo, pero lo adornan mejor. Los grupos violentos siguen existiendo. Aunque no tienen la capacidad ni la incidencia de antes. Es gracias en gran parte a gente que se organizó para plantarles cara. Se trata de los protagonistas de mi libro.

Habla de ciudadanos de a pie, organizaciones sociales y periodistas. 

Sí. Las instituciones miraban hacia otro lado. Lo concebían como asuntos de orden público, violencia juvenil y tribus urbanas. No iban al fondo de la cuestión. No se hablaba del trasfondo ideológico de estas bandas violentas. Ni tampoco de los entramados empresariales y políticos que había detrás. Se quedaban con la caricatura del ultra del fútbol que la liaba o del nazi borracho. Sin embargo, detrás había mucho más. Numerosos exmiembros de la SS vivieron en Andalucía durante el Franquismo y los primeros años de la democracia. Ellos estaban en contacto con estos grupos nazis.

En la Costa del Sol residieron muchos exmiembros de la SS. Usted cuenta que en Torremolinos tuvo lugar el primer concierto neonazi en España. 

La Costa del Sol y la de Valencia acogieron a muchos refugiados nazis de la Segunda Guerra Mundial. Está súper documentado y se ha investigado mucho. Han vivido tranquilamente aquí e incluso sus descendientes han hecho muchísimos negocios y una buena fortuna, sobre a raíz del boom del turismo en los años 60 y los 70. Había territorios donde se contemplaban núcleos muy activos de extrema derecha. En Andalucía el sitio donde más actividad ha habido siempre ha sido en Málaga. Es la excepción en toda Andalucía.

Usted habla muy claro sobre la convivencia del estado español y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado con la extrema derecha. ¿Sigue el estado viendo a la extrema derecha como un ente colaborador?

Al estado no le preocupa la extrema derecha, ni tampoco a los poderes fácticos. La extrema derecha no es ninguna amenaza para el statu quo, el sistema económico, y el orden político y social. Hay muchas políticas actuales en materia de inmigración que la extrema derecha firmaría. La extrema derecha no molesta. Esa corrección política es hacia abajo y los colectivos vulnerables. Siempre ha habido mucha permisividad hacia movimientos de extrema derecha dentro del propio estado español por cuestiones históricas y estructurales. Hablo de la adjudicatura, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, y las fuerzas armadas. Mira lo del chat de los militares donde hablaban de fusilar a media España…

Me horroriza que se habla de fusilar a media España en un chat de militares…

Yo tampoco entiendo que haya policías que almuercen de uniforme en un bar lleno de banderas franquistas con el retrato de Franco debajo. No es normal que haya funcionarios demócratas que no tengan ningún tipo de problema a la hora de exhibir su simpatía hacia un régimen dictatorial.

El año pasado sin ir más lejos pillaron a Pablo Casado en una misa en honor a Franco en Granada y dijo que había sido una equivocación.

El Partido Popular ha sido la casa común de todas las derechas, desde el centro a la extrema derecha, durante muchos años. Al PP se le escapa la extrema derecha más militante desde hace 10 años. A Rajoy le exigen que deroguen las leyes del PSOE y no lo hacen. Ahí se produce la división. El PP tiene un componente que está vinculado con el régimen. El partido fue fundado por ministros de Franco. Esta actitud en materia de memoria histórica es absolutamente revisionista e incluso negacionista de las atrocidades de la dictadura. 

Vox podría doblar sus votos en las próximas elecciones andaluzas. ¿Qué opina?

No vivo en Andalucía, y tampoco quiero ser atrevido. Vox ha sabido estimular y tocar determinadas teclas. De hecho, han logrado que personas de clase trabajadora que viven del campo o que están en una situación precaria voten a un partido que va en contra de sus intereses de clase. Hace nada decían que había que acabar con la sanidad pública. La gente no sabe bien lo que está votando. Vox ha apelado al hombre español heterosexual frente a la dictadura progre, al feminismo que condena a los hombres y al lobby gay. Incluso llevan en el programa de Andalucía cosas que tienen que ver con Cataluña. Vox apela a determinados instintos básicos del votante para enmascarar su programa económico, que no beneficia para nada a la clase trabajadora. 

La izquierda tampoco ayuda diciendo que los que ganan 900 euros y votan a la derecha no les parecen Einstein… No deberían infravalorar a sus potenciales votantes.

La izquierda institucional tiene un problema de credibilidad. No deberían tratar como tontos a los votantes del partido que sea. Entiendo que los valores que distinguen a la izquierda de alguna manera tratan de desactivar esos instintos básicos a los que apela la derecha. Pero tú no puedes tratar de invertir al electorado. Tiene sus motivos para votar. Lo que se debería exigirse a la izquierda es que apelara a determinados asuntos que nos atraviesen realmente. El votante de izquierda es más exigente. Deberían intentar rebatir los discursos fáciles a problemas complejos de la extrema derecha. 

¿Cómo se combate la ultraderecha hoy día?

Hablamos de una extrema derecha que ya no es exactamente igual a las de los 90, que era semiclandestina e iba pegando palizas. Aunque sigue existiendo gentuza de este tipo. La extrema derecha viste ahora de traje y está perfectamente normalizada dentro de las instituciones y el sistema democrático. Están todos los días en los medios de comunicación. Su objetivo es apelar al sentido común para darle la vuelta a ese sentido común. Cualquiera que se considere demócrata o que crea que los derechos humanos deben regir cualquier democracia deben combatir en este terreno de la batalla cultural, de tratar de que no se den pasos en materia de derechos y libertades. La derecha criminaliza el feminismo y ataca a los más vulnerables. Ese es el terreno de batalla. Necesitamos que haya gente implicada en todos los ámbitos: en las calles, en los colegios, en institutos, en universidades, en las instituciones. A los políticos se les exigen es que hagan políticas que solucionen los problemas materiales de la gente. Si tú eres de izquierdas, estás gobernando y no solucionas esos problemas, estás abriendo una puerta a la extrema derecha. Ellos se aprovechan de la ansiedad, la precariedad y la decepción de la gente. Son muy importantes los movimientos sociales. Estos crean comunidad en los barrios y en las ciudades. Tejen alianzas vecinales y superan los estigmas que alimenta la extrema derecha. Cuando paras un desahucio no te piden el DNI. Ayudas y punto. Las redes vecinales, ese trabajo comunitario de movimientos sociales de base, son el mejor antídoto contra la extrema derecha hoy día. 

¿Hemos frivolizado en exceso el fenómeno de Vox?

La extrema derecha es lo suficientemente leída e inteligente para insertar tu mensaje en los medios y en la gente. La caricatura del votante de extrema derecha como un ignorante o el político de extrema derecha como un tonto no es real. Es gente muy preparada y curtida. Saben perfectamente cómo comunicar. Otra cosa es que haya discursos que a cualquier persona le apelen contra el sentido común. Plantear determinadas regresiones en materia de derechos humanos a muchos de nosotros nos sacude. El discurso de la extrema derecha criminaliza constantemente a los pobres. Los atacan en vez de promover políticas sociales que acaben con la pobreza estructural. 

¿Qué papel han jugado los colectivos feministas y LGTBi+ en la lucha contra el fascismo?

Imprescindible. El feminismo es actualmente el principal dique de contención contra la extrema derecha. Por eso son tan agresivos con las feministas y el colectivo LIGTBi. la extrema derecha ha planteado una ofensiva por tierra, mar y aire contra los derechos de las mujeres. Apela a la otra mitad de la población. Ha encontrado un muro en su batalla de las ideas porque ha chocado contra uno de los movimientos sociales más importantes y potentes de los últimos años.

También habla de la “infección neonazi en las grandes de los campos de fútbol”. Uno de los casos más famosos es el de los Ultras Sur. 

Ha cambiado. Ya no es tan descarado la permisividad con los grupos ultras. Aunque siguen existiendo grupos ultras de marcado carácter neonazi que utilizan las gradas para captar nuevos adeptos. El problema es que no tienen capacidad para frenar esto. Pienso mucho en el crimen de Aitor Zabaleta. No se reaccionó. Los grupos se mantuvieron activos. Existe una connivencia muy grande desde los propios clubs y la sociedad. Se excusan diciendo que animan mucho durante los partidos y que atraen a más seguidores. Luego campen a sus anchas. No sólo se trata de las gradas, sino de las inmediaciones y todo lo que hay alrededor de estos grupos. 

Un viaje por la lucha antifascista con Miquel Ramos: “Nos atañe a todos parar los discursos de odio”

El periodista llama a toda la sociedad a tomar partido ante el avance de la extrema derecha y recoge en un libro, que presentará en Bilbao esta semana, la lucha antifascista de las últimas décadas

Iñaki Makazaga. ElDiario.es 21 de mayo 2022

“La extrema derecha va a por todas”, advierte el periodista Miquel Ramos (Valencia, 1979), especializado en extrema derecha y movimientos sociales. “Su gran éxito ha sido calar su mensaje reaccionario a personas de diferentes clases e idearios que llegan a considerar una amenaza los avances de las mujeres, las personas migrantes o colectivos LGTBI y, de ahí, el repunte del odio que sufrimos”, explica para matizar que ese éxito lo han conseguido a golpe de mentiras. 

Para coger distancia y dimensionar la situación actual acaba de publicar con la editorial Capitán Swing el libro “Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90”. Lo presentará el próximo jueves, 26 de mayo, en el espacio Bira de Bilbao, acompañado por Irantzu Varela, Jonathan Martínez y Abel Azcona. 

En ‘Piedra de Toque‘ hemos querido recorrer con él un viaje por estas tres décadas de lucha antifascista para comprender el momento actual y poner en valor el trabajo de aquellos que advirtieron ya de los riesgos que se corrían sin que nadie reparara en ello. “La lucha contra la extrema derecha nos atañe a todos los que consideramos que el respeto de los derechos humanos debe estar en la base de la sociedad y queremos vivir lejos del racismo, el machismo o la homofobia”, remarca.

El libro arranca con la aparición de los movimientos neonazis, skinheads y ultras del fútbol durante la década de los 90 en España, así como los principales incidentes ocasionados por estos grupos y las reacciones sociales que provocaron. “Al comienzo, hablar de extrema derecha no era fácil más allá de la atención que se prestaba a los sucesos”, reconoce, aunque documenta “el terror absoluto” al que sometieron a determinados grupos. En ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza o Málaga los grupos organizados salían a dar palizas de manera habitual a aquellos que consideraban enemigos.

Mientras que en otras zonas del Estado, como Euskadi, Galicia, Extremadura o las Islas Canarias, no calaron tanto estos movimientos. “En Euskadi se vivía ya atravesados por múltiples violencias. No había neonazis dando palizas, pero sí grupos policiales secuestrando a gente como Mikel Zabalza”. En otras regiones, la fuerza de grupos de izquierda en la calle justifica también el éxito de que no calara la aparición de esos grupos.

Al autor esta realidad le golpeó desde que era un adolescente. Un año en el instituto arrancaron el primer día de clase con el triste anuncio de que habían asesinado de una puñalada a un compañero, Guillem Agilló. Desde entonces, Miquel comenzó a recopilar recortes sobre lo que le sucedió a su amigo y a otras personas con los mismos movimientos neonazis valencianos. “Para mí es un orgullo terminar el libro hablando de las redes de resistencia que se han tejido en Valencia a pesar del clima político y es un claro ejemplo de esperanza”. 

Una lucha que atañe a todos

A lo largo de las páginas del libro, el lector comprende la complejidad política de la extrema derecha, la estructura económica, policial e institucional que conforma y el peligro que supone también ahora desde las instituciones para terminar con la cultura democrática construida desde la Transición. “El voto a VOX no es de clase, es identitario: gente que percibe una amenaza en las personas migrantes o en las feministas mayor que el deterioro de sus condiciones de trabajo, pensiones o calidad de vida. La extrema derecha sabe apelar a esas identidades del mundo rural o de la clase trabajadora de una manera sucia porque acude a la mentira sin escrúpulos”, explica.  

Por eso, aprovecha la presentación de su libro para llamar a todos a frenar los discursos de odio. “La cultura antifascista debería ser un mínimo social: el racismo, la xenofobia y el machismo no se deben debatir. El sentido común deberíamos blindarlo ante las mentiras para que no lo derriben”, concluye. 

Escucha ahora la entrevista y súmate a la lucha contra los discursos de odio. También puedes escucharlo en Piedra de ToqueSpotifyiVooxiTunes y Google Podcast:

Los ecos de Mauthausen en Buffalo

El atentado racista del pasado sábado en Buffalo (EE.UU) que acabó con la vida de diez personas e hirió a decenas, tan solo mereció una simple nota de sucesos en la mayoría medios generalistas. Llueve sobre mojado. Por una parte, se repite el mantra del ‘tiroteo’, una manera de esquivar la palabra ‘atentado’, solo reservada para terroristas, eso es, a personas musulmanas o de otro color de piel. Los blancos son simples enfermos. Los blancos de derechas, solo cuando están locos, son capaces de cometer tamañas atrocidades. Los de color oscuro o dios extraño son fanáticos por naturaleza, por su cultura, quieren decir.

Este terrible atentado tuvo lugar el mismo día que se llevó a cabo el homenaje anual a las víctimas del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria, al que asistimos miles de personas de distintas partes del mundo tras dos años sin celebrarse por la pandemia. Ante el monumento a los republicanos españoles (cerca de 7.000 fueron deportados a los campos nazis) que se encuentra en la entrada del campo junto al resto de Estados, uno de los oradores recordó la naturaleza del nazi-fascismo que llevó al exterminio de millones de personas: los artífices del genocidio no eran ignorantes. Ni mucho menos enfermos mentales. Eran personas cultas, bien formadas, que sabían perfectamente lo que hacían y que tenían un proyecto de sociedad bien claro y perfectamente diseñado. Y para llevarlo a cabo, se tenía que estigmatizar, perseguir, capturar, esclavizar y exterminar a una parte de la población. Nada que Occidente no hubiese hecho antes en otros continentes durante la colonización, solo que esta vez, lo hizo con ciudadanos europeos. Primero hubo que deshumanizarlos. Después, la sociedad aceptaría lo que fuese. Y así fue.

Este proyecto excluyente, este discurso de odio y esta deshumanización sigue hoy vigente y de distintas formas asentado en el mismo continente donde se construyeron infinidad de campos como el de Mauthausen. También en España, donde además, no existen museos ni memoriales donde nos concentremos cada año bajo amparo institucional reivindicando el Nunca Más que rubricaron los supervivientes del nazi-fascismo. Hoy, el neofascismo sigue el mismo guion que entonces con otros colectivos, y amparado por la misma indiferencia y equidistancia que hicieron posible el Holocausto, la colonización y los genocidios. Los doce principios que Josef Goebbels, el propagandista de Hitler plasmó y llevó a cabo, se repiten hoy con otros actores y bajo la aceptación y la banalización de la mayoría: MENA, inmigrantes, feminazis, separatistas, moros, gitanos y los que toquen cada vez.

La Teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y otras similares son conspiranoias semejantes a la de los Protocolos de los Sabios de Sion que usaron los nazis para reforzar el antisemitismo ya latente. Esta idea ha sido la que ha inspirado al terrorista norteamericano para asesinar a diez personas negras. Lo que a muchos les parece una chaladura es el mantra que desde hace años usa la extrema derecha para estigmatizar a las personas migrantes y musulmanas, y que se ve reforzado a diario por los medios de comunicación cuando estigmatizan a determinados colectivos. Este supuesto plan estaría urdido por unas élites ocultas (judías, por supuesto) para substituir a la población blanca en Europa por inmigrantes, diluyendo la raza a través del mestizaje y substituyendo la cultura cristiana por la sharía gracias a la izquierda ‘buenista’ que abre fronteras y es complaciente con el Islam. Por eso Breivik ejecutó a 69 adolescentes del partido socialista, los futuros dirigentes de la socialdemocracia noruega; por eso Tarrant entró en una mezquita y mató a 51 personas; y por eso, el asesino de Buffalo ha matado a diez negros, como ya hizo otro neonazi en Hanau, Alemania, en 2020 matando a once personas.

Cansa repetirlo cada vez que hay un atentado neonazi, pero ante la banalización reinante y la normalización de quienes difunden estas ideas, algunos nos lo tomamos como una obligación, y lo repetiremos las veces que haga falta: el terrorismo de extrema derecha es la principal amenaza violenta actual, y estos últimos años se ha incrementado de forma alarmante, superando incluso al terrorismo de corte religioso. Además, las ideas que nutren a estos fascistas son hoy aceptadas como una opción democrática más.

Que, con los cadáveres todavía recientes, esos discursos del gran reemplazo aterricen en las elecciones andaluzas demuestran lo lejos que estamos de estar vacunados contra estos fanáticos neofascistas. “cada vez más españoles y más europeos se sienten extraños en sus barrios de toda la vida, y cunde una sensación de desconcierto y de desposesión, de pérdida de control de sus propias vidas”, dijo Abascal en un acto en Almería.

Son fanáticos, no locos. Alemania no se volvió loca en los años 30. Se fanatizó. Pero sería hipócrita señalar exclusivamente a la ultraderecha como amenaza si no advertimos de la responsabilidad que le corresponde a quienes la dejan hacer, o peor, a quienes compran sus discursos y hasta se comportan como ella. Cuando Josep Borrell dijo que “la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea”, estaba reforzando esa misma teoría y a quienes la difunden. O cuando Ursula von der Leyen denominó “Protección del Estilo de Vida Europeo” a la vicepresidencia encargada de tratar con la emigración, la seguridad, y la educación. La ultraderecha salió a aplaudirla, como era de esperar.

Y así, no solo con la retórica sino con los hechos, las políticas europeas refuerzan el encaje del neofascismo en el ‘estilo de vida europeo’. Así, la ofensiva reaccionaria está más que envalentonada, no solo contra las personas migrantes, sino contra las mujeres, el colectivo LGTBI, izquierdistas y cualquiera que se salga de su marco. El discurso mainstream dice que hay que respetar todas las opiniones, también las que pretenden acabar con los derechos humanos. Algunos nos resistimos a ello. Es algo que no dejamos de pensar mientras visitábamos las placas en recuerdo de las víctimas de Mauthausen. Esos mismos colectivos que hoy vuelven a tener la necesidad y la obligación de recordar el pasado para no volver a dejar que los herederos ideológicos de quienes fueron sus verdugos ochenta años atrás, vuelvan a repetir la historia. Y la obligación de quienes sabemos que lo que permitió también aquello, y permite hoy la normalización del odio, es la equidistancia y la indiferencia. Estas son las mejores aliadas de quienes pretenden repetir la historia.

Miquel Ramos. Público, 18 de maig 2022

“Saber interpelar a la sociedad para que sienta que la extrema derecha es un problema común, esa es la clave del antifascismo”

El periodista valenciano publica ‘Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90′. Un libro cargado de empatía, apoyo mutuo y solidaridad, que crea conciencia política y recupera la memoria. Experiencias de un pasado reciente, contadas por sus protagonistas, para construir el futuro. IKER GONZÁLEZ IZAGIRRE 7 MAYO, 2022 Arainfo

Miquel Ramos (València, 1979) pertenece a ese grupo de periodistas honestos, valientes, apasionados. De los que no se callan, de los necesarios. Especializado en movimientos sociales, conoce muy bien a la ultraderecha a la que lleva investigando desde hace más de veinte años. Colaborador habitual de La Marea, El Salto, Público, La Directa y programas televisivos, ha coordinado el informe ‘De los neocón a los neonazis’ (Rosa Luxemburg Stiftung, 2021), que trajo a Zaragoza recientemente, y es también coautor del proyecto crimenesdeodio.info. Ahora se encuentra inmerso en una gira de presentaciones de su libro ‘Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90’, editado por Capitán Swing, disponible en librerías desde el 28 de marzo.

‘Antifascistas’ no es la historia oficial del antifascismo, como ha dejado claro en muchas entrevistas su autor, pero es un libro en el que sí condensa diversas historias de luchas y resistencias de los últimos 40 años en el Estado español contra un monstruo, la nueva extrema derecha. En sus más de 600 páginas, la música hace de hilo conductor con una banda sonora tan diversa como lo son los diferentes frentes del antifascismo: desde las plataformas y coordinadoras unitarias, la autodefensa y la acción directa, pasando por el movimiento feminista, los colectivos LGTBIQ+, las asociaciones de personas migrantes y el movimiento vecinal. Todos ellos, ellas y elles forman parte de este relato coral, que Miquel Ramos cimienta con testimonios en primera persona de sus protagonistas y nutriéndose de crónicas periodísticas de la época.

Aprovechando su paso por Zaragoza, charlamos durante un buen rato con Miquel antes de la presentación en La Pantera Rossa. El resultado es esta entrevista, una conversación profusa en la que damos algunas pistas de unas historias que merecen ser leídas y releídas en las páginas de su ensayo. A quienes vivimos aquellos años con intensidad desde el lado correcto de la barricada, este libro nos devuelve a muchos caminos transitados. Algunos llegaron a buen puerto. Otros no. Pero todos sirvieron para aprender, para hacer un presente menos jodido que el pasado y para construir el futuro con el que seguimos soñando. Por eso, ‘Antifascistas’ es un libro para la reflexión, para la consulta. Un libro que agita y remueve también a quienes se acercan por vez primera a las historias que narra. Un libro que crea conciencia política. Un libro de memoria antifascista. Porque, “si no contamos nosotros esta historia, ¿Quién la va a contar?”.

En menos de un mes has agotado la primera edición de ‘Antifascistas’, más de 5.000 ejemplares. Y ya ha salido la segunda. Parece que había ganas, y necesidad, de un libro así…

Había una historia no contada. Muchas historias que se habían quedado en entornos muy reducidos, o que las contaban los medios de comunicación. Pero no habíamos contado nuestras historias más allá de en nuestros propios medios de manera puntual cuando sucedían. Quienes hemos seguido estas historias a lo largo del tiempo sabemos que hay mucho material, ya no para escribir un libro, sino muchos libros, sobre todo esto. Para este libro en concreto yo he cogido algunas historias que tienen que ver con el antifascismo, pero está atravesado por toda una serie de luchas que han acompañado a este movimiento. Y hay también una historia paralela de la evolución de la ultraderecha, porque se tiene que explicar contra quien se combatía. Por lo tanto, este libro tiene la intención de motivar a otra gente, o incluso a otros movimientos sociales más allá del antifascismo, para que cuenten su propia historia, porque si no, la contarán otros. Y si esos otros ni lo han vivido ni tienen demasiadas simpatías, el resultado a lo mejor no es el que mucha gente espera.

“Este libro es una pieza más de toda esa memoria colectiva que nos negamos a olvidar”

En memoria de las víctimas del fascismo. Concentración en Zaragoza en el Noviembre Antifaixista de 2015. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

“Un asunto personal”. Así titulas el primer capítulo en el que narras tu vivencia del asesinato de Guillem Agulló, un gris mes de abril de hace ahora 29 años. “Aquello nos golpeó de lleno”, recuerdas. La memoria de Guillem está muy presente en estas páginas, que terminan con un emocionante epílogo escrito por su hermana, Betlem. Vivimos momentos muy duros con los asesinatos de militantes antifascistas como Guillem, pero también recuerdo con mucho dolor a Roger o Carlos Palomino. Este libro, como dice Pastora Filigrana en su prólogo, ¿es una forma de hacer justicia?

Es un homenaje a toda esta gente. Las historias de ellos y ellas están en el libro. Todo lo que se trabajó para que su memoria no quedará enterrada ha tenido resultado. Y no solo este libro, que es uno más de tantos gestos de reconocimiento, sino como ha continuado toda esa lucha. Como se ha continuado recordando a estas personas, y como se ha continuado denunciando lo mismo que estas personas denunciaban. Por tanto, hay otra gente que también se lo ha currado a lo largo de los años, por ejemplo, está el documental ‘Ojos que no ven’ que también habla de varias de estas víctimas, y hay colectivos que los reivindican año tras año. Este libro es una pieza más de toda esa memoria colectiva que nos negamos a olvidar. Y creo que eso va con nosotros, porque motiva también a las nuevas generaciones que vienen para que entiendan porqué luchamos.

Mirando al pasado reciente. La España franquista fue refugio para muchos criminales de guerra nazis, en muchos casos vivieron plácidamente hasta su muerte en los años 90 sin que el Gobierno de Felipe González (PSOE) les molestara. ¿Cómo influyó esta presencia en el desarrollo de los movimientos neofascistas y neonazis españoles?

La presencia de estos criminales de guerra nazis, que además se hicieron ricos, muchos de ellos con el boom inmobiliario de los años 60, sobre todo con el turismo en la costa de Andalucía y el País Valencià, sirvió de inspiración para muchos filonazis dentro del régimen franquista de la época que los tenían de referentes. Además, nazis como Leon Degrelle o Otto Skorzeny, y algunos más que eran activistas, realizaron actividades políticas, y adoctrinaban. Más allá de eso, la mayoría de ellos se dedicaban a pasar desapercibidos y a hacer negocio, a pesar de que tenían crímenes a sus espaldas. Esto acompañó a una serie de organizaciones, como CEDADE, que se nutrió de las ideas y enseñanzas de mucha de esta gente, para crear en España una especie de burbuja en el mundo. Recordemos que todavía hoy la apología del nazismo no está penada aquí y cuesta mucho ver que se condena a grupos nazis por difundir la ideología nazi. No fue hasta el año 1995 que se incorpora al Código Penal la legislación de incitación al odio, e incluso habiéndola, sigue habiendo impunidad. Pero era tal el clima de impunidad absoluta, que incluso se organizó en Madrid un homenaje a Hitler en 1989, en el centenario de su nacimiento, que cuento en el libro. Estos criminales de guerra nazis que vivían aquí también servían de enlaces con otros refugiados nazis que había en el mundo, incluso con propagandistas nazis de otros países.

Los asesinatos de militantes de izquierdas a manos de grupos ultraderechistas y parapoliciales, la guerra sucia, fueron una constante tras la muerte del dictador Franco. Pero a partir de los años 90, los “años de plomo” como los defines, la violencia de bandas neonazis se dispara. En octubre de 1991 asesinan en Barcelona a Sonia, una mujer trans. En noviembre de 1992, matan a tiros a Lucrecia, una mujer migrante precarizada. Un año después, el asesinato de Guillem en Castelló. Estos asesinatos mostraban la multidireccional violencia neonazi, afirmas. ¿El Estado subestimó a propósito el monstruo del fascismo?

No lo subestimó. Simplemente, no lo consideró una amenaza. Los nazis nunca fueron una amenaza para el establishment. Fueron una amenaza para los colectivos a los que perseguían, y fueron una amenaza para el “orden público” en el momento en el que su violencia traspasaba esos entornos de víctimas a los que siempre solían atacar y pocas veces trascendía. Y hablo no solo de personas de izquierdas. Hablo de personas trans, LGTBIQ, migrantes, personas sin hogar, prostitutas… Es decir, gente muy vulnerable que ni siquiera denunciaba las agresiones. Cuando esta violencia se extiende, y por una mala mirada te pegan una puñalada e igual eres el hijo de un juez o un niño pijo que estudia Derecho en una universidad privada, pues es ahí cuando las autoridades se ponen en alerta. Ahí, y cuando los antifas empiezan a responder. Es decir, cuando el antifascismo pasa de la autodefensa a la ofensiva, que es a finales de los años 90 ya más en serio, es cuando se ponen todos en alerta, y cuando ya sí hay un problema, que, aun así, lo acaban reduciendo todo a tribus urbanas. Incluso cuando admiten que hay un problema con los neonazis, lo ubican en la calle y por conflictos de territorialidad o estéticos. No explican nada del componente político.

La siguiente pregunta iba al hilo de esto. Tribus urbanas. Pelea entre bandas. Los extremos se atraen. Hechos aislados. Eran, y son, titulares recurrentes en la prensa. En definitiva, banalización de la violencia fascista. ¿Qué papel desempeñaron los medios de comunicación en la proliferación de los grupúsculos neonazis?

Los medios de comunicación reproducían las notas de prensa de los representantes políticos y de la policía. Es decir, si la policía decía que era un problema de orden público, los medios de comunicación hablaban de un problema de orden público. Pocos medios de comunicación, y en pocos momentos, iban más allá. No investigaban las tramas, ni las empresas que había detrás. El periodismo de investigación era muy reducido en aquellos años, aunque sí que había periodistas valientes que pusieron nombres y apellidos, nombres de empresas, y relacionaron muchas cosas. Pero, en general, los medios de comunicación se encargaban de reproducir la versión oficial. Y la versión oficial era que aquí no pasaba nada, que era violencia juvenil, que era un mal menor y que se atajaba con más control policial. Pero el problema político seguía estando ahí.

“Empatía, apoyo mutuo, solidaridad y compañerismo forman parte del ADN del antifascismo”

En 2007 un militar neonazi mata a Carlos Palomino en el metro de Madrid. Un nuevo shock, pero también un revulsivo en la lucha antifascista. “El duelo a través de la militancia”, citas en el libro. Especialmente importante fue el papel de su madre, Mavi, creando la Asociación Víctimas del Fascismo y poco después Madres contra la represión. Se consiguieron romper estereotipos del “antifascista de negro y encapuchado” y empezar a dar ruedas de prensa dando la cara. “Aquí estamos. Somos antifascistas y esto es política, no una tribu urbana”. ¿Nos sacudimos entonces el miedo?

El miedo nos ha acompañado siempre. Lo que ha cambiado es la manera de gestionarlo, y más cuando estás atravesado por hechos tan traumáticos como que maten a alguien de tu entorno, o alguien, incluso, estando tú presente, como pasó con Carlos. Las personas que hablan en el libro así lo cuentan. Esto es muy traumático. Estamos hablando de que Carlos tenía solo 16 años, era un chaval. El miedo siempre ha estado ahí, y creo que lo que va cambiando y se va gestionando de forma distinta es gracias a algo que forma parte del ADN, no solo del antifascismo sino de los movimientos sociales de la izquierda, y es la empatía, el apoyo mutuo, la solidaridad, el compañerismo, el “nos tocan a uno, nos tocan a todas”, una serie de cosas que suenan a consignas pero que la gente que ha participado en movimientos sociales lo tiene muy asumido. Esa solidaridad funciona. Y este libro es una historia de solidaridad, una historia de amor también. Es verdad que nos enfrentamos a algo muy cruel, algo que es odio puro, pero la manera en la que confluimos muchas veces, a pesar de las diferencias, ante sucesos traumáticos demuestra una calidad humana muy potente. Es algo que espero que el lector y la lectora interprete, más allá de lo político o de los hechos en concreto. Esa solidaridad. ¿Qué necesidad tiene esta gente de jugarse la vida de esta manera, de jugarse la libertad, por ir a hacer una acción? Pues porque creo que lo que mueve a estos movimientos es algo noble, algo que puedes llamarlo amor, empatía, solidaridad. Ganas de creer que otro mundo es posible. Y esta es una de las cosas que quisiera que el lector y la lectora se quedara con ello. Aquí nadie nos paga por hacer lo que hacemos. Todo el mundo que va, asume riesgos, y va porque creé en estas ideas, en estos valores. No es una pose estética, no es un pasatiempo. Es algo que tiene sus riesgos, y riesgos muy jodidos.

Tras el asesinato de Carlos, el antifascismo sacó músculo. Llegaron entonces un par de encuentros estatales de coordinadoras y plataformas, y campañas conjuntas para el 20N. Pero con la unidad y la fuerza demostrada, vino una campaña de criminalización brutal. Casi 20 años después, la persecución al antifascismo sigue siendo una constante. En Aragón tenemos el caso más reciente de Los seis de Zaragoza, o las charlas en colegios e institutos en las que la policía acusa de “extremistas peligrosos” a la Coordinadora Antifascista de Zaragoza. ¿Al Estado le inquieta más un movimiento antifascista organizado que la ultraderecha campando a sus anchas en las instituciones?

Sin ninguna duda. La extrema derecha no representa ningún tipo de amenaza para el statu quo ni para el establishment. Ninguna. Todo lo contrario, hace un buen papel para el orden establecido. Es decir, machaca a la disidencia y ataca solo a colectivos vulnerables que ya están bien jodidos. Por tanto, refuerzan, incluso, esa precarización que este sistema promueve contra las clases populares y a determinados colectivos. Y, encima, a quien protesta lo ataca con más virulencia. La extrema derecha es un perfecto perro de presa. Suena a tópico, pero es así. Ellos mismos lo están demostrando día tras día. Por tanto, es obvio que al Estado quien le preocupa es quien le saca los colores, no quien le hace el trabajo sucio.

Al hilo de todo esto, en el libro recoges una interesante pregunta que le haces a Pablo Iglesias. ¿Cómo es posible que con un Gobierno español en el que por primera vez participa la izquierda, la ultraderecha goce de tanta complacencia mientras los movimientos sociales siguen siendo machacados, las manifestaciones reprimidas y la represión continúa igual que siempre?

Correcto. Yo le pregunto a Pablo Iglesias porque era un buen personaje para estar en el libro por varios motivos. Más allá de lo que opinemos sobre su papel dentro de un partido político que ha formado parte del Gobierno y sobre su cargo. Pablo es una persona que viene de los movimientos sociales y sabe perfectamente de qué va este libro porque muchas de estas historias las ha vivido, ha sufrido la violencia de la extrema derecha y cuando llega a las instituciones, a pesar de formar parte del Gobierno, sigue sufriendo esa violencia. A mí me interesaba mucho su testimonio desde dentro, qué ha visto él. Y creo que Pablo responde bien a esa pregunta en el libro. Incluso dice que [Fernando Grande-]Marlaska [ministro del Interior] le miente a la cara, cuando Pablo le enseña los vídeos [de cargas policiales] y le dice: “Esto es injustificable”. Y lo sabe Marlaska, lo sabe Pablo, y lo sabe todo hijo de vecino. Pero el Gobierno es el Gobierno y forma parte del Estado. Más allá de que gobierne PSOE con el apoyo, con la proporción que hay, de Unidas Podemos, y teniendo en cuenta el Estado va más allá de quien gobierna; es decir, hay unas estructuras que sobreviven pase quien pase por la Moncloa. A mí no me sorprende. La pregunta a Pablo es una pregunta retórica. La respuesta ya la sé. Ya sé por qué el Estado actúa tan contundentemente con la izquierda. Y es la respuesta de la anterior pregunta de esta entrevista, quien le preocupa de verdad – sea PSOE o sea PP, o sea PSOE con Unidas Podemos- es quien cuestiona el statu quo, y no quien lo defiendeDe hecho, creo que al PSOE le molesta Unidas Podemos en el Gobierno. El PSOE sabe que no le va a pasar factura haga lo que haga. Si no deroga la ley mordaza la factura no le va a pasar a PSOE, le va a pasar a Unidas Podemos. Si apalean a gente en una manifestación al PSOE no le va a pasar factura, le va a pasar a Unidas Podemos. Por tanto, creo que el PSOE, incluso, aprieta más a propósito para que quien pague los platos sea Unidas Podemos. Porque el votante del PSOE va a votar al PSOE, aunque entierren en cal viva a media España. Y lamentablemente, es así.

El libro ‘Antifascistas’ de Miquel Ramos, y el informe ‘De los neocón a los neonazis’, que también ha coordinado el periodista valenciano. Foto: AraInfo

Entre este libro y el informe ‘De los neocón a los neonazis’, ofreces mucha información para entender lo que está sucediendo ahora con la extrema derecha. Antes de Vox, hubo varios intentos por recuperar la vía electoral de otros grupúsculos de ultraderecha, los que estaban fuera del PP. Pero con rotundos fracasos, la mayoría estaban enfrentados entre sí. Durante el Gobierno de Zapatero (2004 a 2011), comienza la llamada “revuelta neocón”, una ofensiva reaccionaria en la que se incluyen lobbies, medios de comunicación y fundaciones ultraderechistas. Y entonces, en 2018, Vox irrumpe en las instituciones, solo cinco años después de su creación. A mucha gente le cogió por sorpresa, a pesar de que el movimiento antifascista llevaba tiempo alertando del peligro. Vox, un partido ultraderechista, es aceptado de la noche a la mañana por los principales medios de comunicación como un actor político más, incluso sin tener representación parlamentaria. Con su llegada hablas de una “institucionalización del odio”. “Lo que decían los grupos neonazis en los años 90, se dice hoy en sede parlamentaria y en los medios con absoluta normalidad”, adviertes. ¿Cómo consiguen normalizar un relato que antes defendían desde la marginalidad?

Primero porque en este país no hay cultura antifascista. En este país, la gente piensa que el fascismo murió con Franco. Ese es el relato oficial. Y que los antifascistas eran cuatro chalados que alertaban de cosas que no existían. Cuando llega Vox, antes de entrar a las instituciones, estoy convencido que el PSOE no le ve mal, una escisión del Partido Popular por la derecha. Lo miden en términos electorales, no miden en términos de quién va a pagar cuando esta gente llegue al poder. Eso les da absolutamente igual. Lo que quiere el PSOE es que su principal rival [PP] pierda. Y si sale un competidor por la derecha, pues bien. Por tanto, esa preocupación no existe dentro de este panorama político. Por otra parte, los medios de comunicación nunca habían prestado atención a la extrema derecha, solo de manera pintoresca: “los skins”, “las tribus urbanas”. Nunca les había preocupado, lo veían de forma muy caricaturesca. Y, además, la extrema derecha es muy inteligente, sabe jugar muy bien con los medios de comunicación, y sabe provocar. Y veníamos de unos años donde la extrema derecha mediática estaba muy arriba. Había canales de televisión, tertulias y periódicos que habían apretado el acelerador desde la “revuelta neocón”, y normalizando, poco a poco, las fake news y el discurso de odio. Por tanto, la llegada de Vox es uno más a la misma fiesta. Pero uno más que viene pisando fuerte. Y cuando entra [en las instituciones], pues efectivamente se le considera uno más. Como ha ganado votos, y aquí la legitimidad y la legalidad la dan los votos, aunque quieras quitar derechos a una parte de la población, pues todos a tragar.

Una de las estrategias más usadas por Vox es interpretar el papel de víctima. Convocar actos en lugares donde sabe que va a tener una gran respuesta social en contra. Vox ha repetido esta fórmula de la provocación en muchas ocasiones, y a menudo consiguiendo la imagen que quería. ¿Cómo se debería a hacer frente a Vox desde el antifascismo?

Yo no me atrevo a decir lo que tiene que hacer cada uno en su pueblo o su ciudad. Ni con Vox, ni con nadie. En el libro se relatan muchas experiencias distintas, muchas maneras de enfrentar un problema, algunas con más éxito y otras con menos. No hay una fórmula mágica. Lo que sí hay es un modus operandi de la extrema derecha, y de Vox en este caso, jugando a la provocación pero que tampoco es algo nuevo. Ya lo hacía [Ricardo Sáenz de] Ynestrillas en los 90 en Euskadi, luego España 2000 en Ruzafa [barrio popular de València], los grupos nazis en Vallecas. Es decir, esto se ha hecho siempre. En el libro salen muchos casos. Creo que lo primero es tener una buena estrategia. No digo cual es esa estrategia. Pero lo primero es analizar bien la situación, la circunstancia, la correlación de fuerzas, las posibilidades que tienes y actuar en consecuencia. Todo no se soluciona de la misma manera. A un problema como Vox no lo solucionas con una concentración. Es una forma más de protestar contra Vox. Pero la lucha contra una extrema derecha como Vox, o como Le Pen [en Francia] u Orbán [en Hungría], tiene necesariamente que ir más allá de la protesta en la calle. Porque sus tentáculos van mucho más allá. Por eso, es muy importante que la gente se sienta apelada por el antifascismo, que no sea solo una cuestión de cuatro chavales saliendo a protestar cuando hay un mitin. Eso va a continuar pasando, y está bien que pase, y tiene que pasar. Pero no se puede quedar ahí. Es decir, aquí hay muchos escenarios donde se le debe dar batalla a la extrema derecha, y algunos son muy sutiles e implican a mucha gente. La clave del antifascismo es que debe de saber interpelar al resto de la sociedad para que sienta que la extrema derecha es un problema de todos y todas. No es un problema de que van a tu barrio y protestas porque no te mola que vayan a tu barrio. No. Es un problema que tiene repercusión en la vida de toda la gente, en toda la sociedad. Por lo tanto, creo que la principal labor del antifascismo debería ser concienciar a la mayor parte de la población posible para que entienda esto.

“El feminismo es uno de los principales diques de contención contra la extrema derecha”

En algunas entrevistas has dicho que estamos perdiendo la batalla cultural frente a la ultraderecha…

Igual es un poco catastrófico. No es que la estemos perdiendo, pero es verdad que la extrema derecha está invirtiendo mucho esfuerzo en dar una batalla cultural por tierra, mar y aire. Y la está dando. Es verdad que todavía les va a costar mucho derribar ciertos consensos democráticos y en materia de derechos humanos. Aunque lo están intentando. Uno de sus principales objetivos es el feminismo. Sin embargo, el feminismo hoy en día está más fuerte que nunca y es uno de los principales diques de contención contra la extrema derecha. Y en esta batalla cultural, si no la primera, es una de las primeras líneas de combate. Y aquí, a la extrema derecha, le va a ser muy difícil. Pero es verdad que la batalla cultural se está librando de una manera brutal, y el problema es que no todo el mundo es consciente, no solo de que se está librando esta batalla sino de que mucha gente está cayendo en el lado equivocado. Es decir, el objetivo de la batalla cultural es cambiar el sentido común. Y aquí apela a todos y todas, también a nosotros. Cuando gente que se supone antifascista o de izquierdas empieza a comprar determinados marcos, lenguajes y retóricas de la extrema derecha, tenemos un problema. Igual deberías de ver quien es el interlocutor para saber quien está diciendo eso, porque no sabes distinguir muchas veces. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha en la batalla cultural, que haya gente que se cree de izquierdas que utilice el mismo discurso islamófobo, LGTBIQfóbico, machista, españolista…

Otra batalla es la legal. En ‘Antifascistas’ hablas extensamente de la ofensiva judicial contra los grupos neonazis -las desarticulaciones entre 2004 y 2005 de Hammerskin y Blood & Honour -17 de los 18 acusados habían ido en listas del MSR, partido ultraderechista conocido en Zaragoza por Hogar Social-, y de Frente Antisistema, en diversas operaciones policiales: Puñal, Espada y, seguramente la más conocida, Panzer. Esta batalla no ha estado exenta de polémica. Sabemos que no hubo “transición” en la judicatura. La impunidad de los neonazis es vox populi, y algunas sentencias, como la de Panzer, fueron un mazazo para el movimiento antifascista. ¿Sirvió de algo tanto esfuerzo para librar esta batalla legal?

Sí. No tengo ninguna duda de que esas batallas se tuvieron que librar y se libraron. Y se libraron bien, por nuestra parte, por parte del antifascismo y de quien participó en ello, porque no olvidemos que, en el caso Panzer, la acusación popular fueron partidos políticos -como el Bloc-, dos oenegés y una asociación cultural. Claro que sirvió. Y yo soy partidario de utilizar todas las vías para neutralizar a la extrema derecha. De hecho, en el juicio de Panzer nos encontramos con una paradoja. La acusación popular estaba defendiendo el trabajo de la Guardia Civil, que estaba muy bien hecho. Incluso la Guardia Civil agradece, de manera privada, a la gente que estaba en la acusación popular por haber defendido su trabajo porque el juez lo ridiculiza en el juicio. El juez dijo que eso de que los neonazis tengan una página web para vender armas no es motivo para pinchar un teléfono, y lo pone por escrito en la sentencia. Claro que hay jugar en todos los terrenos. Incluso, ya no hablando de operaciones policiales de esta envergadura, sigo siendo partidario de denunciar siempre cualquier tipo de agresión, porque, en el libro se explica bien, si tu no denuncias te acaban denunciando ellos. Y al final parece que tú, que has recibido la puñalada, te conviertes en el agresor. Por eso soy partidario de usar todas las vías y la legal, la denuncia, es una de las vías, a pesar de todo lo que pensemos de la justicia española. “Por todos los medios”, como decía Malcolm X, y no es únicamente lo más estético. Es ir a donde haga falta pelear.

Entre los detenidos en estas operaciones hubo varios militares y algún aspirante a guardia civil. Además, los neonazis que mataron a Sonia tenían vínculos con un policía nacional; un guardia civil realizó los disparos que acabaron con la vida de Lucrecia; y un militar mató a Carlos Palomino. ¿Hasta qué punto llega la filtración de la ultraderecha en el Ejército y en las Fuerzas de Seguridad del Estado?

La presencia de elementos ultraderechistas en ambos cuerpos es una constante desde el franquismo hasta hoy. El problema es que, primero, no existe ninguna voluntad de depurar a este tipo de gente. No digo que haya que fiscalizar la ideología de cada funcionario, porque sería anticonstitucional y no procede. Pero cuanto tú ves que hay policías de uniforme que van a desayunar a un bar donde hay retratos de Franco o ves chats de policías o militares donde dicen que hay que fusilar a media España, o comentarios racistas, machistas u homófobos, o directamente, los sindicatos policiales mayoritarios convocan un acto con el principal partido de la extrema derecha, tenemos un problema. Y muy gordo. Se sabe que hay una infección ultraderechista, que, aunque no sea mayoritaria, se hace ostentación de ella. Y el problema es que esa neutralidad que se debería exigir a estos funcionarios brilla por su ausencia, en muchos casos. Por otra parte, muchas de las filtraciones que hemos publicado en prensa es porque gente de dentro ha denunciado. Es decir, todavía hay cierta esperanza de que hay alguno demócrata por allí y que cuando ven “cosas raras” buscan la manera de neutralizarlas. También porque tienen miedo. Ellos no denuncian a su superior, porque no se fían, y tienen que acudir a periodistas.

Un tema polémico en términos jurídicos ha sido el de la legislación de los delitos de odio, introducido en 2015 en el Código Penal, al que la abogada Nora Rodríguez dedica un interesantísimo capítulo en el informe ‘De los neocón a los neonazis’. En muchas ocasiones ha tenido un efecto boomerang, como en el caso Altsasu o el del concejal de Zaragoza en Común y secretario político del PCE en Aragón, Alberto Cubero, acusado por Vox de un delito de odio -y casualmente es el mismo juez que condenó a Los seis de Zaragoza el que ha dado crédito a las acusaciones de la ultraderecha-. ¿Hasta qué punto llega esa “barra libre”, que citas en el libro, a la hora de aplicar este agravante?

Es verdad que la propia Fiscalía General del Estado emitió una circular [publicada en el BOE en mayo de 2019donde recordaba que los nazis podían ser víctimas de delitos de odio. Es decir, esta orden viene desde arriba y, además, con ese ejemplo. No podían haber elegido otro, han elegido el de los nazis, directamente. De hecho, lo cuenta Nora en el informe y lo cuento yo en el libro, ya en 2015 se persigue a un grupo de antifascistas por un supuesto delito de odio tras un incidente con los nazis de Hogar Social Madrid. La Brigada de Información de la Policía así lo consideró, y la Fiscalía de Delitos de Odio lo mantuvo. Es verdad que ha habido una clara voluntad de utilizar esta herramienta pensada principalmente, en toda la legislación internacional, para proteger a determinados colectivos vulnerables. Se ha utilizado para quienes protegen a esos colectivos cuando el Estado no actúa. Este es un poco el sentir del antifascismo, de todos los movimientos sociales: el Estado no protege los derechos y las libertades de determinados colectivos. El derecho a la vivienda, el derecho a la salud, el derecho a la vida digna, básicamente. Y ahí es donde actúan los movimientos sociales. Si el Estado lo hiciera bien, pues no haría falta ni parar desahucios, ni protestar por la precariedad de la sanidad, ni defender los derechos laborales. Pero como no pasa, la gente se la juega. Cuando esta herramienta [el agravante por delito de odio], pensada para lo que estaba pensada, se utiliza para acallar a quienes ponen de manifiesto ese problema estructural, pues claro, se convierte en una herramienta represiva. Aunque en su ADN no esté pensada para eso, se instrumentaliza. Pese a esto, no soy partidario de abolir esta legislación. Creo que está bien, igual que la ley de violencia machista que tiene existir porque corrige una desigualdad estructural. Lo que hay que hacer es reconducir su interpretación y su aplicación. En España, lamentablemente, tenemos a unos representantes políticos, y unos jueces, juezas, fiscales y policías, que reman en el sentido contrario.

Miquel Ramos, junto a Alberto Cubero y Celia Grasa, de la Coordinadora Antifascista, en la presentación del libro en Zaragoza, acto dinamizado por la periodista de AraInfo Berta Comas Casas. Foto: Iker G. Izagirre (AraInfo)

Hablemos de otro de los debates clásicos del antifascismo: la unidad. En varias ocasiones te refieres en el libro a los diferentes frentes del antifascismo, a los que dedicas un capítulo propio, y nombras distintas experiencias unitarias, como la PAZ en Zaragoza, que fueron capaces de aglutinar a muchas sensibilidades. De hecho, en el prólogo, Pastora plantea unas cuestiones muy interesantes. Por ejemplo, se pregunta: ¿Debe extenderse el antifascismo más allá de la izquierda?

El antifascismo no deja de ser un consenso de mínimos democráticos y de derechos humanos. Yo entiendo que pueda haber una discusión política sobre el modelo de Estado, en términos más liberales o más sociales. Esto es un debate que entra dentro de la racionalidad democrática, y que una sociedad debe saber afrontar. Ahora bien, hay una serie de planteamientos, que vienen de la extrema derecha, que están por encima de esto, que cuestionan que haya colectivos que tengan derechos, que cuestionan que los derechos humanos sean ese consenso de mínimos democráticos. Por lo tanto, si alguien que no se considere de izquierdas asume, primero, que el fascismo es la antítesis de la democracia, y segundo, que hay una cosa que se llama derechos humanos que no se puede tocar y que debe primar sobre la política, que debe de guiar a la política en este sentido; si alguien que no se considera de izquierdas y tiene esto asumido, yo creo que está participando en este dique de contención contra el fascismo. Y creo que hay ejemplos de gente de derechas o más conservadora que esto lo tiene asumido. O incluso más allá de la etiqueta política. Porque, no nos olvidemos, más allá de las etiquetas hablamos de personas, de individualidades. Hay que apelar a este sentido común humano, más allá de lo político. Evidentemente hablamos de lenguajes distintos, lo que para nosotros puede ser una cuestión de solidaridad otro lo llamará caridad. Hay maneras de interpretar, pero creo que hay un mínimo humano que todo el mundo tiene, más o menos estimulado. Esa es la clave. Y ahí es donde hay que apelar. Cuando tu ves a alguien haciendo daño a otra persona hay un sentimiento universal de empatía. Creo que aquí la labor es hacer entender eso, que el fascismo hace daño. Si la gente tiene empatía con esos colectivos, si entiende y detecta que los discursos de la extrema derecha son peligrosos, y que dañan la democracia, la convivencia y los derechos humanos, es un paso muy grande. Más allá de teorizar de “hasta dónde tiene que llegar el antifascismo”, que son preguntas que nos hacemos constantemente, la cosa es en términos humanos. Apelar a un mínimo de humanidad y ser más generoso.

Me acabas de responder a la siguiente pregunta, que también se la planteamos a Miguel Urban hace un par de años cuando vino a Zaragoza a presentar su libro ‘La emergencia de Vox, una presentación que, por cierto, fue prohibida por el Ayuntamiento -PP y Cs-. ¿Se puede ser demócrata sin ser antifascista?

No. No se puede. A no ser que entiendas la democracia como un sistema de representación donde vota un porcentaje de la población, porque recordemos que hay una parte de la población que está excluida del voto, como personas privadas de libertad (presas y presos) o personas sin papeles, pero que contribuyen al Estado aunque no tengan ese derecho. Pero la democracia no es una cuestión técnica, tiene otro parámetro que es la calidad. Una democracia que por votos quita derechos, para mí no es una democracia válida, por mucho que la haya votado el 80% de la población. Si el 80% de la población vota construir un campo de concentración y exterminar con Zyklon-B al 50% de la población, yo seré un antidemócrata. Me opondré a eso.

La música como herramienta antifascista

La música hace de hilo conductor de muchas partes del libro, de la misma forma que acompaña al movimiento antifascista. En unos de los capítulos, Fermin Muguruza, recordando el concierto que dieron The Clash en Donostia en mayo de 1981, habla de “pedagogía de choque” y de “frente cultural”. Fueron los años de la explosión del punk, el ska, las casas okupadas, las radios libres y los fanzines… Un acto lúdico se convertía en un acto político, dices en el libro. “Eso logra comunidad, una victoria”, cuenta Fermin. ¿Qué capacidad de influencia tiene la música en la conciencia política de la gente joven?

Muchísima. Me atrevo a decir que mucha gente joven se politiza a través de la música. La música, toda la cultura, tiene históricamente una capacidad enorme de difundir ideas. La cultura no es apolítica. No existe la cultura apolítica, al menos para mí. Implica una serie de valores, y más una música que tiene letra en la que puedes contar cosas, explicar el mundo a través de las letras. En los movimientos sociales la música ha sido pilar fundamental. La banda sonora de todos estos movimientos ha acompañado, ha contado la historia. Ha contado muchas batallas que han pasado en los movimientos sociales a través de canciones. Y recuerdas cuando Fermin cita a Aitor Zabaleta o cuando Carlos Cano cantaba sobre Lucrecia. La música tiene un papel difusor y, a parte de eso, lo que cuenta el libro, crea espacios comunes. Con la excusa de la música la gente se encuentra, participa de otras actividades, financia el movimiento también, porque los grupos musicales han sido una parte importante a la hora de recaudar fondos a la hora de pagar multas o adecuar locales, por poner unos ejemplos. La música ha sido fundamental. Yo no entiendo el movimiento antifascista sin música. También por una cuestión emocional. Me ha resultado inevitable poner música en las cabeceras de los capítulos y dedicarle un capítulo entero. Cuando hablo del Kasal Popular [uno de los primeros centros sociales okupados de València, activo desde 1991 hasta 1996 cuando fue desalojado] escucho a Maniática de fondo, o a Skaparapid o El Corazón del Sapo, cuando hablo de Guillem escucho otras músicas, y cuando pienso en Carlos de otras. Todo movimiento social tiene su propia banda sonora. Y la música ha jugado un papel importantísimo.

Miquel Ramos en La Pantera Rossa. Foto: Iker G. Izagirre (AraInfo)

Y esto que cuentas, lo sabe también quién persigue al antifascismo. Los conciertos de muchas bandas musicales que se declaraban abiertamente antifascistas estuvieron, y lo siguen estando, en el punto de mira de la ultraderecha, la policía, la AVT y del PP. Incluso hubo algún intento de atentado. Esta persecución ideológica, y con total impunidad, que se da en el Estado español contra artistas de todo tipo, no sólo de la música, ¿tiene algún ejemplo comparable en otros estados llamados “democráticos”?

No me atrevo a afirmarlo o a negarlo. No lo sé. Yo sé lo que he vivido aquí, y lo de aquí es muy bestia. A mí me hace mucha gracia los que hoy salen a hablar de la “cultura de la cancelación”. La “cultura de la cancelación” es que le pongan una bomba a Fermin Muguruza o a Leo Bassi, que expulsen a Willy Toledo del panorama cinematográfico del Estado español, que a Abel Azcona lo lleven a los tribunales, el veto a Javier Krahe. Eso es la “cultura de la cancelación”. En este país se ha vivido una “cultura de la cancelación” constante, desde el franquismo hasta hoy. Y continúa hasta ahora, cuando censuraron la paradeta de los seis de Zaragoza [en el concierto de Ixo Rai! del pasado 23 de abril].¡Claro que existe una persecución! Lo que pasa es que aquí nos hemos enterado solo los que estábamos al lado. ¿Qué te critiquen un chiste machista es “cultura de la cancelación”? Que salga ahora un humorista, que no sabe el 90% de lo que se cuenta en el libro porque no le interesa nada de nada lo que les ha pasado a las personas migrantes, a las LGTBI o a las militantes de la izquierda, y te venga a llorar porque las feministas dicen que ese chiste machista está muy mal, a mí me hace mucha gracia. Aquí siempre ha funcionado ese victimismo del que ha gozado toda la vida la clase privilegiada que nunca ha sido perseguida por nada, y a la mínima que le recuerdas ese privilegio, y que no abuse de ello, se raja las vestiduras.

Hablemos de nuestra profesión. Se suele tirar mucho del tópico de que el “buen periodismo” tiene que ser neutral o imparcial. Pero las personas que construimos medios libres sabemos que no es así. Por hacer un periodismo militante muchas veces percibimos un cierto desprecio de compañeros y compañeras de otros medios. Y somos blanco de la ultraderecha, como el ciberataque que sufrimos el pasado 20N AraInfo, La Marea, El Salto, Kaosenlared, La Última Hora y Nodo50. En el libro, dedicas un capítulo a Xavier Vinader, “un periodista incómodo”. El propio Vinader cuenta la fraternidad que vivía nuestra profesión en los años 80 frente al individualismo actual. ¿Ha perdido el periodismo, en general, esa virtud de incomodar? 

Yo creo que no. A pesar de que la extrema derecha está muy presente en los medios de comunicación, muy descarada, muy impune, y es capaz de dar asco infinito con un nivel de obscenidad nunca visto, con bulos y mentiras. Pero creo que la llegada de internet, que es un arma de doble filo, lógicamente, que se puede utilizar mal, ha democratizado la información. Y proyectos como AraInfo, o como el que teníamos nosotros en L’Avanç, o el Diagonal que ahora es El Salto, La Marea, La Directa y otros muchos más, hoy en día, a pesar de que algunos traten de “colgarles el sambenito” de ser activistas y no periodistas, tienen una garantía de rigor, de credibilidad y de trabajo bien hecho, indiscutible. Y, además, llegan a todo el mundo, con contenidos abiertos y gratuitos. Por otra parte, también han aparecido una serie de medios generalistas más progresistas que, a pesar de que podamos discutir de cosas que no nos parezcan bien como las tratan, hacen una buena labor. Cosa que antes no existía, o te comprabas ‘El País’, con todo lo que conllevaba comprarlo, que no era el ‘Mundo Obrero’, pero era lo más progre que tenías. Creo que hay periodistas muy buenos en todas las cabeceras, honestos. No exijo que sean afines, pero sí que sean honestos. La caza de brujas que se dio [en algunos medios] contra antifascistas tras el mitin de Vox en Vallecas, porque “algunos de ellos trabajaban para Podemos”, me resultó asquerosa no, lo siguiente. Directamente la Brigada de Información había sentado al periodista en la mesa y le dijo “estos son, reviéntalos”. No hay nada más activista que eso, ser un activista mamporrero del sistema, un mamporrero del poder, un chivato de la policía. Eso es despreciable. Pero creo que sí que hay periodistas honestos, con sus contradicciones. Lo cuento en el último capítulo del libro. Yo también tengo contradicciones, cuando voy a una tertulia con gente de derechas y de extrema derecha. ¡Claro que las tengo! Y claro que las tienen otros compañeros, y lo hablamos entre nosotros muchas veces. Pero yo he venido aquí a ganar, y hace falta gente que se tape la nariz, entre ahí y pelee. Porque si no, a ¿quién va a poner? ¿A uno del PSOE a pelear con la extrema derecha y que acabe hablando de ‘populismos’ y ‘extremos’? No sé, a veces nos exigimos una extrema pureza y creo que no estamos para exigir tanto. Hay que traspasar nuestros entornos. Si no, no transformamos nada ni convenciendo a nadie, y acabamos haciendo política de autoconsumo, diciendo lo mismo a quienes ya están convencidos.

Terminamos. Llevas más de 20 años escribiendo sobre la ultraderecha desde un periodismo activo y militante. Por ello, has recibido muchas amenazas. ¿En algún momento te has planteado dejarlo? ¿Van a conseguir callarte?

No [rotundo]. Nunca me he planteado dejarlo y nunca me he planteado callarme. Yo tengo un problema, entre comillas, y es que no voy a cambiar. Lo tengo asumido. Tengo 43 tacos, y llevo “escondiéndome” muchos años, firmando con seudónimo. Llevo más años escribiendo con seudónimo que con mi nombre. Tengo un montón de artículos que no puedo reivindicar porque no están firmados. Y son trabajos de investigación, algunos que he utilizado para el libro. Y no he vivido de eso, era una cuestión de que a mí me gustaba lo que hacía. Lo cuento en el libro, al principio. Esto es personal. Pero yo no sería yo si dejara de hacer lo que hago. No tengo intención de hacerlo, y soy muy consciente de los riesgos. Conozco muy bien a la extrema derecha y a los que están “por arriba”. Creo que exponerte es una manera de protegerte. Protegerte tú, y de proteger a mucha gente que no puede dar ese paso, porque ese miedo existe y no todo el mundo puede permitirse el lujo de dar la cara, porque vive en ambientes más hostiles o por trabajo o por lo que sea. Que me partan la cara, que eso puede pasar cualquier día. Escriba o no. De la cara o no. El miedo está ahí, y va a acompañarme siempre. Pero he crecido con esto. Me he hecho mayor con esto, y lo llevo marcado a fuego, pero he aprendido a gestionarlo, y los motivos por los que estoy en esto son mucho más poderosos que el miedo.

Ahotsa LiburuGomendioak: Entrevista sobre el libro ‘Antifascistas’

En colaboración con Katakrak, inauguramos este nuevo espacio, “Liburu Gomendioak”, con la presentación del libro “Antifascistas” de la mano de su autor Miquel Ramos, periodista valenciano especializado en movimientos de extrema derecha y que analiza en este trabajo cómo se hizo frente a los grupos neonazis y ultraderechistas en la década de los 90.