Convertir a los ultras en celebrities

La perdiz estaba bastante buena, pero le fallaba algo al puré, que estaba un poquito amargo. Juan García-Gallardo, miembro del partido ultraderechista Vox y actual vicepresidente de Castilla y León, degustaba los platos que varios concursantes de Masterchef Celebrities, habían cocinado con productos locales. Es uno de los programas estrella de la televisión pública española, presentado por Samantha Vallejo-Nágera, nieta del Mengele español, el médico de Franco que buscaba el ‘gen rojo’ en el ADN de los republicanos prisioneros tras triunfar el golpe de Estado de Franco.

“Hoy he hecho público mi perfil de Twitter. Mi último follower es una puta, o eso parece”, decía el vicepresidente, el jurado de Masterchef, al estrenarse en la red social en 2011. Su rastro en las redes sociales está trufado de perlas. Pedía ‘heterosexualizar’ el futbol porque estaba lleno de maricones. Y llamaba ‘experta en penes’, podemita, lesbiana y feminazi a Sonia Vivas. Pero eso no impide que sepa juzgar un buen plato de perdices en un concurso de la televisión pública.

Esta semana, lejos de las cámaras y de las mesas repletas de comida en los jardines de la Granja de San Ildefonso, el concejal de Zaragoza en Común y Secretario Político del Partido Comunista de España en Aragón, Alberto Cubero, se enfrenta a un juicio en el que le piden varios años de cárcel y varios miles de euros de multa por apoyar unas protestas contra la extrema derecha. “En política fiscal y en política económica se les cae la careta, y luego les pasa lo que les pasa, que van a Vallecas y los reciben como los reciben (…) ojalá les pase lo que les pasó en Vallecas en toda España”, dijo el concejal en el pleno. Se refería a la gran concentración antifascista que protestó contra un mitin de Vox en una plaza del popular barrio madrileño, y que terminó con cargas policiales.

El partido ultraderechista acusa a Cubero delito de odio e incitación al delito por estas palabras. Pretenden, una vez más, darle la vuelta a esta legislación pensada para proteger a los colectivos vulnerables víctimas habituales de los discursos y agresiones motivadas por odio, y presentarse ellos como víctimas. Sin embargo, en aquella protesta de Vallecas no hubo delito alguno contra Vox. Así lo determinó el juzgado de instrucción nº8 de Madrid el pasado mes de junio ante la denuncia del partido ultra. Ni delitos de odio, ni prevaricación, ni omisión de perseguir delitos, ni lesiones, ni daños, ni delito en acto electoral. Así se dio carpetazo al tema, a pesar de que los manifestantes detenidos por supuesto atentado contra la autoridad en la cuestionada actuación policial aquel día tuvieron luego que soportar su exhibición en los medios como si fuesen trofeos, con nombres y apellidos y con informaciones directas de la Brigada de Información de la policía a sus periodistas de cloaca habituales. No recuerdo haber visto a Alberto ni a ninguno de estos chavales en un informativo de la televisión pública española contando su caso.

Mientras la televisión pública mostraba al ultraderechista comiendo como un rey literalmente en un palacio, la ex vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Memoria Democrática, Carmen Calvo, aseguraba en una tertulia radiofónica que ‘los españoles somos fundamentalmente anarquistas’. Según ella, España ‘no es ni republicana ni monárquica, porque ha tenido muy malas experiencias en las dos formas’. Ministra de memoria democrática, ojo, del mismo partido de Gobierno que al día siguiente tumbaba, con el apoyo de Vox y PP, las comisiones de investigación sobre la cloaca policial y la masacre de Melilla. El mismo día que se anunciaba la compra de 60.000 balas de goma para los antidisturbios, a pesar de haberse demostrado excesivamente nocivas e incontrolables, y varias asociaciones de derechos humanos llevan tiempo en campaña pidiendo su prohibición.

Parece un sainete, pero es la política española que se exhibe a diario. Y son demasiadas veces los medios públicos los que alimentan esta manera de hacer y se deshacen de quienes se salgan del redil. Justo ayer lo recordaba, echando de menos a Jesús Cintora hablando claro en la franja del mediodía en la televisión pública, mientras por la noche promocionaban al ultraderechista relamiéndose los dedos. Todos felices y comiendo perdices.

También lo pensé cuando leí que una joven de 21 años iba a ser juzgada porque la policía dice que lanzó una botella durante las protestas contra el encarcelamiento de Pablo Hasel en València. Le piden seis años de prisión. Además, la policía añade que, tras ser arrestada, se quitó las esposas e hizo que un agente se lesionara al caerse persiguiéndola. Una fantástica acrobacia que podría ilustrar perfectamente el relato que, unos desde los medios y otros desde las tribunas políticas, intentan vendernos todos los días, donde los ultras son celebrities, los manifestantes son Houdinis, y los periodistas de los grandes grupos mediáticos nunca son considerados activistas.

Al día siguiente de dicha manifestación participé en una tertulia sobre el tema en la televisión pública valenciana. Critiqué las cargas policiales (cuyas imágenes mostraban una actuación absolutamente desproporcionada) y pedí en directo explicaciones a la Delegación del Gobierno, que había rechazado hacer declaraciones al programa o intervenir en el debate. Fue la última vez que me llamaron de esta televisión para una tertulia.

Las redes, la política y sus tóxicos

Javier llega a la oficina cinco minutos antes de su hora. Se sirve un café, enciende el ordenador y abre las redes sociales. No las suyas personales, con nombre y apellidos, sino las que se creó años atrás bajo el seudónimo de Bolxe1917. Cada día aumenta sus seguidores, pero ayer, tras machacar a una tuitera de izquierdas, su cuenta supera ya los dos mil. Revisa los comentarios y ve como un buen grupo de perfiles con símbolos de izquierdas participaron del linchamiento junto con algún facha con la ranita Pepe de avatar que se quiso sumar a la fiesta. La tuitera dejó de contestar a las difamaciones tras la avalancha de insultos, y terminó por ponerse la cuenta privada. Quizás hasta se la cierre, quien sabe. Solo queda esperar y en algún momento volver a darle cera, aunque con lo de ayer ya se la marcó bien y ahora tendrá que andarse con cuidadito cada vez que tuitea.

Javier sonríe. Misión cumplida. Retuitea un par de noticias, a otro par de tuiteros de izquierdas y pone algo banal para disimular: una canción, algo sobre deporte o películas. Javier es policía y trabaja en la Brigada de Información monitorizando a los grupos y a los perfiles de izquierda, y lleva años estudiándola, conociéndola, detectando sus debates internos, sus rivalidades y sus puntos débiles. Hoy ya no es necesario enviar siempre a un agente recién graduado para que se meta en sus actos y sus asambleas. No hace falta más que un ordenador, leer un poco y meterse al lío.

Ana también se unió a la cacería. Fue uno de los perfiles más activos en el acoso a la tuitera que terminó rindiéndose. Lleva un símbolo feminista en su avatar, y también combina sus tuits sobre temas de género con alguna que otra cacería virtual contra quien considere oportuno. Ana en realidad se llama Ramón y es un viejo militante neonazi que conoce muy bien a la izquierda radical, y que lleva años interpretando un papel en la red que le ha granjeado ya una buena ristra de seguidores y cierto prestigio entre los internautas de izquierdas. Conoce bien su lenguaje, sabe manejarse bien en los temas más controvertidos para las diferentes sensibilidades de izquierdas, e incluso liga de vez en cuando con algunos de quienes le escriben mensajes privados con cualquier excusa para entablar conversación. Así ha conseguido mucha información de estos grupos y de sus militantes, que luego comparte con sus afines. Ana interactuó en algún momento con Javier, sin saber quién es cada cual. Hoy Ana da retuit a sus propios tuits en los que humillaba a la tuitera que cerró su cuenta.

Jorge vuelve hoy a la carga. Revisa cómo quedó el asunto de ayer con esa tuitera progre y cobarde que prefirió huir antes que contestar a los cientos de mensajes que recibió entre insultos, memes y todo tipo de burlas. Jorge lo disfrutó y esta mañana hace un tuit recordando la hazaña por si a alguien se le había pasado, y reivindicando su papel en el espectáculo. Él fue uno de los que más le dio, porque Bolxe1917 es un crack y siempre afina bien su puntería cuando se trata de cazar a izquierdistas vendidos y progres de mierda. Han hablado alguna vez en privado, además de interactuar públicamente. Aunque no se conozcan en persona, suelen coincidir bastante, y también Bolxe1917 le echa un cable a Jorge cuando este se mete en algún jaleo contra alguien.

Pero Jorge no está interpretando ningún papel. Es él mismo, aunque en la red se llame Khorke17 con una hoz y un martillo y varias banderas acompañando su Nick. Con Ana intentó entablar conversación por privado, pero esta no le dio demasiada bola en cuanto este le confesó que él no militaba en ninguna organización ni participaba en ningún movimiento social. Eso sí, era un comunista convencido con cientos de seguidores en redes, que dedicaba gran parte de su actividad a “desenmascarar” a los progres y socialdemócratas que infestan las redes y que para él no son más que unos vendidos. A Ana ya le va bien darle un par de likes de vez en cuando para validarlo, una especie de ‘sigue así, muchacho’, que a Jorge le hacen sonreír, aunque sabe que con Ana no tiene nada que hacer.

Marta, sin embargo, es una cara conocida de la izquierda en redes. No interpreta a nadie más que a ella misma y a la organización en la que milita. No necesita esconderse tras ningún nick soviético ni adornar con banderas y símbolos su avatar. Es una roja de verdad, una militante convencida. Pero a Marta y a los suyos se les conoce más en internet que en el mundo real. En la red es donde se mueven como pez en el agua, y se han ganado un buen número de seguidores por sus constantes troleos a otros grupos de izquierda, a influencers, periodistas, artistas y cualquiera que pueda darles visibilidad contestando tratando de razonar. Marta y sus colegas lo hacen porque se lo creen, y porque piensan que todo es una estafa menos ellos, los verdaderos revolucionarios que no se venden a nada ni a nadie, y que pueden dar lecciones a quien haga falta. Marta y los suyos también se habían fijado en la tuitera que se cerró la cuenta tras el reciente acoso, y le habían lanzado un par de dardos que no tuvieron demasiado efecto. Pero esta última vez, la troleada de Javier se lo puso en bandeja, y allí estaban ellas y ellos para rematar la faena.

Los cuatro perfiles mencionados se pasan el día monitorizando a la izquierda en redes. Buscan cualquier cosa que les sirva para iniciar una polémica o directamente un troleo contra alguien en particular, por algo que dijeron o que ellos dicen que dijeron.  Es fácil encasillar a alguien en las redes. Javier y Ana eligen a menudo a personas que consideran clave en algunos asuntos y que, si logran defenestrarlas y poner a la gente en su contra, manchan o neutralizan todo su trabajo, y dividen un poco más a sus objetivos. Puro trabajo de contrainteligencia. Jorge y Marta lo hacen porque creen que sus discrepancias políticas se deben resolver exterminando al otro, machacándolo y exhibir el trofeo para ganarse a los que dudaban quién de todos tenía más o menos razón. No hay puentes. No hay piedad. Con nosotros o contra nosotros. En todo.

La guerra sucia más vieja que la tos, desde mucho antes de que existiese internet, y de lo que se ha escrito abundante literatura contada en muchas ocasiones por sus creadores y hasta por sus víctimas, como el famoso programa de contrainteligencia del FBI, COINTELPRO en los EE.UU.  Este fue creado en 1956 para “incrementar el faccionalismo, causar confusión y conseguir deserciones” dentro del Partido Comunista de los Estados Unidos de América (CPUSA) en primer lugar, y que se extendería luego contra todos los movimientos sociales como los Panteras Negras. Leyendo a Angela Davis, a Assata Shakur o a MalcolmX te das cuenta de que hoy en día, muchas de las técnicas que usaron contra ellos son mucho más fáciles de usar hoy sin grandes esfuerzos a través de las redes sociales.

Salvando las distancias entre los años 70 y hoy, entre el contexto de Guerra Fría, entre la potencia, las virtudes y aceptación de las izquierdas de entonces y de ahora, hay cosas que no cambian, y técnicas que se reciclan, que se adaptan a los nuevos contextos y que tienen los mismos resultados. Lo que siempre tuvieron claro los expertos en política, geopolítica, inteligencia y defensa es que el ‘divide y vencerás’ es aplicable en cualquier caso, en cualquier contexto, y da siempre buenos resultados.

Esto, sin embargo, no quiere decir que no existan diferencias entre las distintas izquierdas. Ni que los debates no sean necesarios, ni que las críticas deban censurarse. Esto es imposible e indeseable, pues existen múltiples sensibilidades dentro de las izquierdas, diferentes estrategias, objetivos y proyectos. La división de la izquierda es real, y en ocasiones es incluso sana cuando lo que existe resulta inoperante, o deja fuera a una parte que no se siente representada por estas y necesita crear otras estructuras que recojan ese sentir huérfano.

Esto no es una crítica a las izquierdas ni a las organizaciones y militantes de hoy en día. Es más bien una reflexión sobre las formas, sobre lo que hemos naturalizado con demasiada alegría en las redes y no logramos calcular sus consecuencias. Y sobre lo fácil que es que se apunten otros con objetivos perversos a esta fiesta que entre todos y todas hemos acabado por normalizar. Lo que no aporta nada, y lo que trata de señalar este artículo, es la toxicidad, el acoso, el fanatismo, el sectarismo, la mentira y la manipulación. Hay quien lo hace porque se aburre e interpreta un papel, como Jorge. Quien dirime sus diferencias a navajazos, como Marta. Y también quien, desde la discrepancia, entabla sanos debates, defiende su posición y es honesto a la hora de tratar esas diferencias, incluso desde la más extrema de las radicalidades.

Las redes y, sobre todo, el anonimato, permiten un grado de violencia que en la mayor parte de las veces nadie se atrevería a expresarla en persona. Permiten que se saquen cosas de contexto y se construyan bulos, se manipule, se desvíe la atención hacia donde nos interese, y se lance a una horda de trolls de todo pelaje contra el oponente por motivos diversos. Las consecuencias no son solo políticas, sino también personales, pues tras el personaje está el individuo con sus circunstancias personales, su manera de encajar los golpes, que demasiadas veces no son solo críticas sino puñaladas que van directamente a hacer daño. A veces nos olvidamos de los efectos que tienen determinadas acciones en redes en la persona que las recibe. Saber sobrevivir en ellas es un reto y un imperativo, no solo por nuestra salud mental, sino para poder seguir usándolas como herramientas de socialización, de interacción y, en el caso que nos ocupa, de transformación. Bloquear siempre es la mejor opción, aunque luego quienes te hayan insultado y se pasen el día intentando vacilarte vayan de víctimas por ‘no querer debatir’. Pero no perdamos de vista que, aunque existan personajes tóxicos con quienes creemos tener ciertas afinidades políticas a pesar de las violentas discrepancias en redes, personajes como Ana y Javier también existen.

Columna de opinión en Público, 24/08/2022

Spain’s Far-Right Resurgence Comes From Decades of Fascist Organizing

Jacobin Magazine. AN INTERVIEW WITH MIQUEL RAMOS by Ignacio Pato

In recent decades, Spain has often been painted as the only European country without a far right. But even in the 1990s, violent street movements were building their forces — and now they’re entering the country’s political institutions, too.

In Spain’s last general election in 2019, the far right achieved its best ever result. With 3.7 million votes (15 percent) and fifty-two seats, Vox became the third-largest party in the Congreso de los Diputados. And it hasn’t stopped advancing. Earlier this year, it joined the government in Castilla y León, Spain’s largest region. If a decade ago Vox didn’t exist, today its leaders appear on prime-time comedy shows — and with general elections slated for 2023, they could soon even be in cabinet.

All this has been a surprise to a certain mainstream mantra. For decades, it had painted Spain as an oasis of democracy, even the only country in Europe without a far right, just because it didn’t show up on election day. But recognizing these forces’ power today is also about facing up to reality. The Spanish far right isn’t just back: it never really went away. Vox is not its only name. That’s something committed anti-fascists have known for over three decades.

As for many others from his generation, anti-fascism is a personal matter for journalist Miquel Ramos, born in Valencia in 1979. A month before Miquel turned fourteen, the eighteen-year-old activist Guillem Agulló was stabbed to death by far-right militants. Ramos knew Agulló through his presence in left-wing demonstrations and political spaces. Indeed, the 1990s were years in which teenagers saw rising fascist violence in the streets. In a year and a half, trans woman Sonia Rescalvo in Barcelona, migrant worker of Dominican origin Lucrecia Pérez in Madrid, and Agulló were all killed.

Ever since then, Ramos began to collect press clippings about the subject, building toward the work he has now published on thirty years of militant opposition to far-right, fascist, and neo-Nazi movements in Spain, entitled Antifascistas: Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90.

Ignacio Pato spoke to Ramos about far-right street movements in Spain, their relationship to the parliamentary right, and how they can be fought.

GNACIO PATO

Compared to older generations, your generation’s relationship to anti-fascism seems to have a distinct, more personal characteristic.

MIQUEL RAMOS

My generation didn’t live through the Transición of the late 1970s, a period marked by the continuity of Francoism in state structures such as the police, and by groups that still advocated for dictatorship.The fairy tale claimed that fascism had died with Francisco Franco.

But in our teenage years in the 1990s, we did see the manifestations of a far right that had not been so present before. They acted in the streets with violence and impunity. The fairy tale claimed that fascism had died with Francisco Franco. Maybe part of the previous generation that had fought against it didn’t feel attracted by these new groups. But our generation, the one that started to have political concerns at the beginning of the 1990s, did.

It was impossible for many types of people to escape from that far-right violence. A lot of people experienced it, whether they were political militants or not: sometimes you had to be careful just because you hung around certain places.

GNACIO PATO

Can we see different phases in far-right strategies during the last thirty years?

MIQUEL RAMOS

Yes. First, they had some more tribal features associated with skinheads and football hooligans — that was between the mid-1980s and the 2000s. After that, the far right tried to form regular political parties and soften their speech, playing to the gallery.

The third phase was the rise of neofascist social movements influenced by the French Nouvelle Droite, such as Italy’s CasaPound — groups that directly imitate the strategies and symbols of the radical left. The current stage is that we have, for the first time in Spain, a far-right party, Vox, in the institutions. Although the far right disguises itself as democratic, there are still violent groups on the streets.Although the far right disguises itself as democratic, there are still violent groups on the streets.

The brighter side of the story is that anti-fascism is also organizing. And this movement joins with others such as squatting, anti-globalization, and those who fight for more social, livable neighborhoods. The anti-fascist militant isn’t usually just against fascism.

IGNACIO PATO

In Antifascistas, you identify a turning point around November 20, 1988 — the anniversary of Franco’s death — when far-right groups tried to attack the stalls of leftist and anarchist movements in El Rastro, Madrid’s most popular open-air market.

MIQUEL RAMOS

Until then, far-right action was more about reprisals and occasional clashes. However, the assault on El Rastro involved a fascist organization attacking a pretty symbolic space for left-wing people in Madrid. They were already on alert and realized they had to come together and face the problem.

IGNACIO PATO

The 1990s were a kind of “years of lead” of continued violence. They began with the killing, on another November 20, of the left-wing Basque MP Josu Muguruza. Groups like Bases Autónomas used violence in the streets, and areas of some cities fell under the far right’s control. For many people, anti-fascism became something more than a political position, for it was also about protecting themselves and their own lives. Do you think today’s society is aware of the real dimensions of what happened then?

MIQUEL RAMOS

I don’t think it is. Days like those scar you. It was a scenario in which you aren’t looking for anything — but it finds you. There were murders, seriously injured people, and others who were forced to beg for their life, to hit back or to preventively attack. It makes you see the far-right problem in a certain way. That threat has been trivialized, for instance, when the media talked about “urban tribes.” Of course, those were not fights for territory: the far right wanted to kill you because of who you were, how you thought, or who you loved. Or who they thought you were, because sometimes victims didn’t have any political link. Crossing glances was enough. My book tries to explain what existed, how people lived with that, and what they did about it. Their testimonies are based on their own experience.

IGNACIO PATO

Mainstream media rhetoric, in those years, mainly portrayed the logic of “clashes between different tribes.” For the first time, Nazis made prime-time news. Did this presence sound anti-fascist alarm bells among ordinary citizens, or did it end up whitewashing them?

MIQUEL RAMOS

Media featured a cartoonish far right — very often as a drunk skinhead, while the problem was obviously bigger. The problem was also that some people embraced that cartoon. A lot of Nazis were attracted to the skinhead movement through the movie American History X, the book Diario de un skin, or sensationalist TV reports on football. Some others, it’s true, arrived at anti-fascism through these images, but there was also an attempt within the movement to put a stop to that. For example, Brigadas Antifascistas (BAF) said, “You can’t hang out here, this is political.”

IGNACIO PATO

One of the testimonies in the book, from BAF, say this collective was “a steamroller” at the beginning of the millennium. There was an anti-fascist offensive at that time. What were its key elements?

MIQUEL RAMOS

Anti-fascist groups were not only focused on self-defense, but around that time, they got over a “victim” attitude. The mindset changed. For collectives like BAF, the idea was, “There’s no need for them to come for us; we are going for them first.” People who took that initiative saved a lot of other people, in my opinion. It can be criticized from a distance, and the discussion around violent tactics comes through from the whole book, because there has never been a consensus about it. But where an anti-fascist offensive has existed, where people have drawn the line, far-right violence has declined.

IGNACIO PATO

Important for another generation of anti-fascists was the murder of Carlos Palomino, a sixteen-year-old stabbed to death at a protest against a neo-Nazi rally in 2007. There was a change in the way the movement communicated and the way it fought to portray the story in media. Some organizations began to show their faces. Somehow, the image of the anti-fascist as an angry young man under a black hood was overcome.

MIQUEL RAMOS

Very often, under those hoods, there were individuals that people wouldn’t imagine. The profile of anti-fascists has always been diverse. The cliché that media created has been the one of a violent “black bloc”–style crew causing trouble. For years, that weighed heavily. Around the time of Carlos Palomino’s murder, there was not just the claim that they killed a minor who had a mother and friends. Some reports insisted on the anti-fascist caricature [of Palomino], and it was a double victimization. And anti-fascism was very clever about showing faces. That helped to dismantle the media’s “both sides” mantra, but not in a complete way, because it persists even now.The profile of anti-fascists has always been diverse.

IGNACIO PATO

What role have police played regarding the far-right problem?

MIQUEL RAMOS

There was not an effective purge of the security forces after Franco’s death. Policemen who had tortured people continued their job until they retired. There was, especially in the 1980s, state terrorism that involved members of those forces. Some of them paid for that with prison time, but others got away with it or even were decorated, as in the well-known case of “Billy el Niño” [the most known torturer and police officer in Franco’s dictatorship, who died of COVID without ever going on trial]. We have always seen Nazis who are sons of police officers or who get arrested but don’t even go to police stations. And don’t forget that their information squads are still talking about “urban tribes” even today.

IGNACIO PATO

Some political commentators have connected Vox’s rise to a response to the Catalan independence process and the October 2017 referendum.

MIQUEL RAMOS

Spanish nationalism has always been one of the basic elements of the far right. That always existed — it didn’t need the referendum in order to whip itself into excitement. The question is why the far right was able to capitalize on the campaign against Catalonian self-determination.Spanish nationalism has always been one of the basic elements of the far right.

The official narrative, the one that came from the authorities, well suited the far right. In demonstrations, there were democrats against the Catalan referendum who didn’t put up any barriers against the far right. Why were people from Communist and Socialist parties sharing banners with Vox? Maybe that narrative was a mistake from the start. Wasn’t there an alternative to police smashing heads on voting day? Why was the message “a por ellos” (“go for them”) institutionalized?

IGNACIO PATO

Vox has tried — but so far not managed — to make more of an approach to working-class concerns. Is there a danger, in Spain, of a far right with a more social discourse than Vox itself has?

MIQUEL RAMOS

I don’t really see it now, at a party-political level. I don’t see Vox making a serious approach to social problems concerning workers. Nevertheless, Vox has expanded the Overton window for social movements that imitate the Left and try to use a “class” discourse, as the French Nouvelle Droite did after May ’68 — movements whose narrative turned from attacking the homeless to feeding them.

IGNACIO PATO

Former deputy prime minister Pablo Iglesias is one of the interviewees in Antifascistas. This is probably the first time in recent Spanish history that a figure that high up in government can speak on this issue from first-person experience. Anti-fascism was quite an explicit slogan for Podemos in Madrid’s last regional election.

MIQUEL RAMOS

Some people within Podemos come from social movements and have suffered neo-Nazi violence. They’ve got that sensitivity. Pablo Iglesias and equality minister Irene Monterohave for a long time had far-right ultras coming to the door of their own home, even sending them bullets in the mail. That’s something that had never happened before.

IGNACIO PATO

In the last two years, mental health became a mainstream topic in Spain. This is an issue that the far right never seems to care about, instead making fun of people’s emotional problems. Is mental health a space where anti-fascism, and democracy with it, can make an advance?

MIQUEL RAMOS

The far right is more about bullying than doing politics. It’s based on harassing and knocking down vulnerable groups. Their deeply neoliberal economic program has serious costs for the quality of people’s lives. However much they use the cultural battle as a smokescreen, far-right politics don’t give more rights to the working classes. And this has a cost also at an emotional level. Defending our health — mental health, but also other kinds — is a banner we can raise. The far right doesn’t give a damn about the quality of life of the unprivileged. Anti-fascism is largely based on mutual support and caring for one another. Clearly, we have a moral advantage on this front.

IGNACIO PATO

Feminism, anti-racism, LGBTQ movements, housing campaigns, and trade unions allow for a kind of preventive anti-fascism. At the beginning of the COVID-19 lockdown, we saw mutual aid groups in a lot of neighborhoods, while the far right didn’t do anything to help anyone. What do you think are their weak spots?

MIQUEL RAMOS

Fascism takes advantage of the neoliberal undermining of class consciousness. They focus not on this social consciousness but on other identities. Their voter is not attracted to economics but by the flag, masculinity, and whiteness.The far right is more about bullying than doing politics.

The sense of class belonging, which remains widespread still today, used to be a dam against fascism. We aren’t living through the best of times for this consciousness; it’s true. But grassroots struggles in neighborhoods, for housing rights, defending your neighbors, your and your friends’ jobs, maybe other workers’ jobs even though they’re hundreds of miles away from you — all that is absolutely a protective wall against the far right.

IGNACIO PATO

What’s your diagnosis of the present situation?

MIQUEL RAMOS

Anti-fascism still counts for a lot among democratic-minded people — it’s part of their DNA. Spain was one of the last European countries where the far right entered parliament, and I think that has increased awareness.

I’ve been asked, in other interviews, if anti-fascism has failed. I’d tell you it hasn’t. The question that needs answering is why people, many of them very young, who fought against the far right were left on their own — so, not what they did wrong, but where the rest of society was. My book wants to pay tribute to people that all too often struggled alone. Still today, there are journalists who don’t know the games the far right plays with media. Even worse, there’s a certain kind of Left that buys into far-right framings.

Anti-fascism has a huge amount of work to do, but a very valuable heritage. We must insist that fascism is not a political option nor a respectable opinion. It impacts many people’s lives. So everyone has to choose what side of history they want to be part of.

Prohibido meterse droga caníbal

Solo quien se puede permitir vivir ajeno al desastre puede presumir de no querer arrimar el hombro. Lo llevamos viendo en cada propuesta o medida anunciada para afrontar determinadas situaciones a nivel colectivo, sea cambio climático, una pandemia o la pauperización de la clase trabajadora y de los servicios públicos. Es la pataleta desde el privilegio la que trata de imponer el relato ante el sentido de la responsabilidad, ante la solidaridad y el ejemplo.

Es precisamente el ejemplo que deberían dar quienes menos afectados se ven por dichas medidas, pero no. Nos tienen acostumbrados a que lo que beneficia a la mayoría, aquello que exige un pequeño sacrificio mucho más asumible por quien más tiene y puede que para el resto, sea presentado como un atentado al conjunto, un problema de todos. Esa es su virtud desde sus tronos y torres de marfil: conseguir arrastrar a una parte de la ciudadanía a sus marcos y hacer de esos ínfimos esfuerzos que se les pide, una afrenta al pueblo.

Lo vimos con una pandilla de cuñaos luciendo corbata en gayumbos y en el gimnasio la semana pasada contra las declaraciones de Pedro Sánchez sobre esta prenda, y lo vimos también con las múltiples fotos de indignadísimos ciudadanos comiéndose media vaca mientras le hacían peinetas a Alberto Garzón. Aunque aquí, también les echó un cable el presidente cuando se sumó al clamor cuñadil del chuletón al punto. Pero en realidad el ejercicio de pretendida rebeldía haciendo justo lo contrario a lo que se propone para salvarnos un poco más, puede ser tan infinito como la vergüenza ajena que dan quienes dan rienda suelta a su supuesta irreverencia.

Hoy lo vemos con las luces y el aire acondicionado. Si el Gobierno dice que subas la temperatura, tú la bajas creyéndote un revolucionario, aunque el recibo de la luz sea el doble. Pero joder a perrosanche no tiene precio. Es tu aportación a la disidencia, a la rebelión de los políticamente incorrectos, a quienes se niegan a sucumbir a la represión socialcomunista.

Una vez más, Ayuso se rebela. Lo hizo durante la pandemia y lleva remando en sentido contrario desde el principio. El recibo de la luz importa cuando le da la gana, no cuando lo diga el Gobierno o cualquier hippie con o sin ministerio. La Comunidad de Madrid redujo el metro un 10% para ahorrar luz hace unos meses, sí, pero no obedecía a ninguna orden del soviet que gobierna, sino que fue por iniciativa propia. Bueno, y porque la lio en el contrato al vincular su factura al mercado diario (disparado) y no a una tarifa fija.

Ahora, si se sube la temperatura y se apagan los escaparates, toca hacer lo contrario porque esto provoca ‘oscuridad, pobreza y tristeza’. Que se lo digan a los vecinos y a las vecinas de la Cañada Real. O a los Servicios de Urgencia de Atención Primaria que llevan dos años cerrados. O los 37ºC que soportan de temperatura en los centros de salud o los 30º en los colegios, ambos sin aire acondicionado. Solo por poner algunos ejemplos.

Aunque se ponga brava, ella no puede no acatar un Decreto Ley. Ni podrá evitar las sanciones previstas para quien se lo salte. Eso, más allá del embrollo legal, transmite el mensaje de que está por encima de cualquier ley, de cualquier autoridad. Otra muestra de que la región más separatista y más insolidaria del Estado español sigue siendo Madrid.

La revuelta cayetana durante la pandemia escenificó sobradamente el grito pretendidamente rebelde de la España de Ortega y Pacheco. Los palos de golf golpeando señales de tráfico como aquellas hoces y horcas levantadas en las revueltas de los miserables. Aquellas caceroladas de indignación ante la injusticia que protagonizaron señoras con abrigos de piel mientras su sirvienta les sujetaba el Louis Vuitton. La estampa se repite, aunque sea en forma de meme, con todo un elenco de personajes comiendo panceta y bollería industrial y llevando ocho corbatas en el gimnasio. Creíamos que no daría más de sí, pero insisto, el cuñadismo y la ranciedad no conocen límites.

Sería cómico si no fuera igualmente peligroso e irresponsable. Primero por negar las evidencias, por querer derribar el sentido común que nos lleva a pensar que las administraciones y quienes más poder y capacidad tienen y más pueden hacer, más deben hacerlo y predicar con el ejemplo. Segundo, porque se instala el mantra de que cualquier gesto (o ley) que contribuya a mejorar la vida del conjunto de la ciudadanía, ya sea mediante impuestos a quienes más tienen o mediante medidas solidarias y responsables, son un atentado contra ‘la libertad’. De nuevo, la libertad secuestrada por quienes hacen del individualismo y del sálvese quien pueda su discurso y su política. Por a quienes menos les costaría, de hecho.

En realidad, son honestos, es su ideología, que cada uno se apañe y lo que te dé o me vea obligado a darte, es pura caridad y deberías agradecerlo. El problema viene cuando quien aplaude esto o quien contribuye a instaurar este modo de no-convivir, no sea precisamente quien de verdad se lo puede permitir, sino quien puede y va a seguir haciendo lo que le da la real gana porque no le afecta prácticamente nada de esto. Eso sí, te han hecho creer que el agraviado eres tú, y que son tus derechos los que corren peligro si subes unos grados la temperatura, si no comes tanta grasa y tanto azúcar, o si vas con cuidado en plena pandemia.

Los problemas de los ricos no son tus problemas. Ni los de quien pretende ganar elecciones llevando la contraria a su adversario. Con los impuestos es un mantra constante. Da igual que por fin se les tocará un poco (calderilla) a bancos y compañías energéticas. Es tu problema también. Es comunismo. Es la antesala de los campos de reeducación y de otros 100 millones de muertos. Que sus directivos cobren en un día más que tú en dos años te la suda. A ti lo que te indigna son ‘los impuestos’, así en abstracto. Y todo lo que diga la izquierda, claro. Porque si dice que la droga caníbal es mala, tú te meterás un par de chutes solo por joder.

Aun así, esto no debería hacernos perder de vista que todas las medidas encaminadas a cuidarnos un poco más, a ser más responsables para con los demás, debería empezar y ejemplificarse antes en quienes más capacidad, más poder y por lo tanto más responsabilidad tienen. De nada sirve pedir grandes esfuerzos a la mayoría humilde cuando la minoría obscena se lo pasa por el forro y se ríe en nuestra cara diciendo que a ellos nadie les va a obligar a nada. No se puede descargar toda la responsabilidad siempre en los que menos tienen y pueden para que los que más pueden no renuncien a nada. El reto no será solo poner en vereda a estos egoístas e irresponsables, sino conseguir que el pobre deje de hacer suyos los problemas de los ricos.

Columna de opinión en Público, 03/08/2022