Macron gana, Le Pen avanza. La Base #47 -

Pablo Iglesias, Sara Serrano y Manu Levin analizan los resultados de las elecciones presidenciales en Francia, que han dado la victoria al neoliberal Emmanuel Macron frente al mejor resultado histórico de la ultraderecha representada por Marine Le Pen. Con entrevista al periodista y autor del libro ‘Antifascistas’ Miquel Ramos; con la participación de María Corrales, periodista y miembro del Institut Soberanies, y de Guillermo Fernández, profesor de ciencia política de la Universidad Carlos III de Madrid y autor del libro ‘Qué hacer con la extrema derecha en Europa: el caso del Frente Nacional’; y con la colaboración de Anita Fuentes en ‘Placeres culpables’.

Le Pen hace años que ganó

La segunda vuelta de las elecciones en Francia se presenta como un déjà vu. Ya vivimos esto, la historia se repite como farsa, como recordaba Enric Bonet en El Salto esta semana. Y creo que es una sensación compartida por quienes observamos con desgana cómo Francia se debate una vez más entre el continuismo neoliberal y liberticida y la extrema derecha de siempre, cada vez más normalizada en el resto del planeta. A ningún demócrata le debería parecer menor que una de las mayores representantes de la ultraderecha gobierne un país, nuestro país vecino, pero las reiteradas alertas desde algunos frentes sobre la amenaza de la ultraderecha ya no producen ni escalofríos. Es más, incluso han llegado a resultar inocuas. Sobre todo, cuando quienes alertan sobre sus peligros nada tienen que envidiar de las propuestas autoritarias y las retóricas supremacistas de los ultraderechistas.

Esta misma semana, tres líderes socialdemócratas europeos alertaban una vez más sobre la posible victoria de la ultraderecha: Pedro Sánchez, António Costa y Olaf Scholz firmaban un texto que publicó El País sobre los riesgos que corría Europa si Le Pen llegaba al Elíseo. Usando como barniz los lazos que unen a la lideresa ultraderechista con Vladimir Putin, una de las armas arrojadizas de esta campaña con el telón de fondo de la invasión de Ucrania, presentan a Le Pen como la anti-Europa y el chovinismo nacionalista contrario a la Unión Europea que ya obtuvo su aval en Reino Unido con el Brexit. Es verdad que Le Pen representa una parte de lo peor de Europa, haciendo bandera del racismo y de la intolerancia hacia determinados colectivos, pero es que su existencia sirve para blanquear a quienes hacen lo mismo que ella predica, pero adornándolo de retórica ilustrada.

No creo que sean iguales Macron y Le Pen, ni que no sea peligroso que la ultraderechista llegue al poder, pero no somos pocos quienes nos negamos a regalarle a Macron la representatividad de “lo correcto” o de “los valores europeos” frente a la barbarie neofascista. Macron, como la mayoría de liberales, conservadores y una gran parte de la socialdemocracia, hace años que le regalaron otras victorias a la ultraderecha, aunque pinten de triunfo haber impedido su victoria electoral. Otra cuestión es quién decide qué son los “valores europeos”, o incluso “el estilo de vida europeo” que una vez se atrevió a reivindicar Von der Leyen hablando sobre migraciones y demostrando como Europa había comprado el lenguaje y los marcos de la extrema derecha.

Le Pen y el resto de ultraderechas comparten con Macron y los socialdemócratas un proyecto europeo muy parecido, absolutamente neoliberal, racista e inofensivo para las elites. Por muchas fotos que se hagan los ultraderechistas con obreros, y por mucho que algunos los voten, sus políticas no van a cambiar ni un ápice los privilegios de las grandes fortunas ni el orden racista y capitalista. Lo explicó brillantemente Aldo Rubert en Públicorecientemente, ante las habituales tentaciones de la bancada rojiparda de presentar a Le Pen como la que “de verdad” se preocupa por las cuestiones de clase (nacional, por supuesto), no como la izquierda, que, según ellos, se pasa el día con mariconadas identitarias. No aprendieron nada de los cantos de sirena de un papanatas como Fusaro, que, tras dar varias charlas para nazis en Italia, se vino a Barcelona y se la coló por la escuadra, logrando sus aplausos mientras compartían asiento con viejos líderes del neofascismo español en su charla hace unos años.

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La misma farsa es la que entrona a Macron como el dique contra la ultraderecha. Quizás la perversa dicotomía que encierra este sistema electoral que te hace elegir entre el malo y el menos malo sea un mero trámite que hay que pasar rápido, pero no nos debe hacer perder el norte una vez pase este mal trago. Y es que Le Pen y sus imitadores hace tiempo que ganaron en Europa. Aunque no hayan llegado a gobernar, sus discursos, sus marcos y sus temas estrella han sido abrazados, normalizados y ejecutados por el resto de una manera no muy diferente a la que ella plantea. Solo hay que fijarse en algunos detalles que revelan cómo la metástasis neofascista es real. Y se demostró incluso en el debate electoral entre los dos candidatos, cuando los artífices del espectáculo pusieron en el mismo bloque de cuestiones a tratar la migración y la inseguridad. Punto para Le Pen antes de empezar. Cortesía de la cadena. Aquí, los medios de comunicación tienen siempre un papel estrella en cómo se enmarcan determinados asuntos. Y ya hace demasiado tiempo que no hacen más que sembrar las semillas del neofascismo en su menú diario, inmersos en temas de seguridad, en un racismo constante e insultante y en una normalización y blanqueamiento del odio como una opción democrática y legítima. Es más: la aparición de un personaje todavía más siniestro y desagradable que Marine, el fascista Éric Zemmour, sirvió para presentar a la hija de Jean Marie como moderada.

Le Pen ya ganó, insisto. Hace ahora tres años, recuerdo a Borrell denunciando que la migración era “el disolvente más grave de Europa”. Sí, el mismo Borrell que hoy se llena la boca de derechos humanos con los refugiados ucranianos, usaba las mismas palabras que la ultraderecha para referirse a las personas migrantes. Pero no es tan solo retórica su victoria. Las políticas de fronteras europeas de conservadores y socialdemócratas no tienen nada que envidiar a las que propone la extrema derecha. Lo contaba Luisa Izuzquiza en Público en una entrevista de José Bautista sobre la batalla legal de esta y otras activistas contra Frontex.

Macron fue también aplaudido por una parte de la izquierda cuando propuso una ley “contra el separatismo islamista”. El secuestro y la perversión del laicismo por parte de la extrema derecha ha sido aceptado por una parte de la sociedad que confunde la neutralidad del Estado con la intolerancia religiosa. Un laicismo que, en la práctica, solo suspende derechos a una parte de la población: la más estigmatizada, perseguida y marginada. El enemigo interno que para una parte de Europa son las personas musulmanas como durante siglos fueron los judíos, como advierten numerosos estudiosos de la extrema derecha como Enzo Traverso, Robert O. Paxton y todo aquél que recuerde cómo se articuló el antisemitismo durante siglos, y más recientemente con el nazismo.

Esa ley ilustrada que supuestamente ponía coto a la supuesta “islamización” de los barrios pobres franceses, ha servido recientemente para intentar ilegalizar a un grupo antifascista. Como pasa aquí con la legislación de delitos de odio, que se ha convertido en un arma de doble filo que persigue también a quienes combaten el odio. Y siguiendo con la perversión de las leyes y sus retóricas, no hay que olvidar que la campaña por el boicot, las sanciones y las desinversiones de Israel en protesta por su política de apartheid y sus constantes violaciones de la legalidad internacional, ha sido perseguida y acusada de ser antisemita, igual que otros colectivos antirracistas, propalestinos y de derechos humanos. Todo en nombre de la liberté, la fraternité y todo eso, ya saben.

El proyecto neoliberal de Europa necesita a más Le Pen, Zemmour, Abascal, Orban y sus semejantes. Su espantajo funciona y presenta el orden capitalista como un mal menor ante un fascismo que, en la práctica, no es más que su principal valedor y garante. Y esta no gana cada vez más solo porque la izquierda falle algunas veces, sino porque al establishment le viene de perlas y se dedica a promocionarla y a blanquearla comprando su mercancía. Por eso, cuando los tres líderes socialdemócratas que firmaron la citada carta alertaban sobre su peligro, metieron con calzador una vez más a “los populistas” junto a la extrema derecha. Una manera de referirse a las izquierdas transformadoras sin mencionarlas, pero poniéndolas en el mismo plano que a las extremas derechas. Mientras Le Pen les viene bien para reivindicarse como garantes de la democracia frente a la amenaza ultraderechista, las izquierdas, que en Francia han estado a un paso de llegar a la segunda vuelta, son la única alternativa real, social y popular al binomio fascismo-neoliberalismo que tan bien les está funcionando para conservar los privilegios de los de siempre.

Columna semanal de Miquel Ramos en Público, 25 de abril de 2022

Miquel Ramos: “El mayor pecado de la izquierda es creer que la extrema derecha es tonta o iletrada”

Entrevista al periodista especializado en extrema derecha y autor de ‘Antifascistas’. Por Marina Velasco para el Hufftington Post. 16/04/2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) no había cumplido aún 14 años cuando su profesor entró un día a clase y les contó que un grupo de neonazis había matado a Guillem Agulló, de 18 años, en presencia de una exalumna del colegio. 

Miquel conocía a Guillem de vista, tenían amigos en común, y algo hizo clic en él aquel día. El joven empezó a recopilar recortes de periódico sobre el caso, para después ir ampliando su búsqueda a cualquier agresión perpetrada por la extrema derecha, y fueron muchas. Lo que comenzó siendo una incisiva curiosidad se convirtió, con los años, en un periodismo comprometido y en una labor de investigación y divulgación sobre los movimientos de extrema derecha y de odio.

Ahora Miquel Ramos publica Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing), un prolijo ensayo donde da cuenta de la ofensiva fascista en España durante las últimas décadas y, sobre todo, de la contraofensiva que se llevó –se lleva– a cabo desde el antifascismo. 

Explica Miquel Ramos en su entrevista con El HuffPost que “el antifascismo no es una manifestación de personas encapuchadas”, sino un compromiso de lucha contra “las extremas derechas” desde “diferentes frentes y diferentes maneras”. Esa llamada es la que quiere hacer con su libro.

El periodista reconoce que la extrema derecha ha cambiado mucho en estos últimos años, ya no sólo por gozar de representación parlamentaria en la actualidad, sino por haber “revertido lo que considerábamos el consenso mínimo democrático”. “Es la infección del sentido común, lo que llaman la batalla cultural, que básicamente consiste en cuestionar los derechos de determinados colectivos: mujeres, comunidad LGTBI, migrantes”, señala. Esto se puede combatir desde diferentes lados. Pero, sobre todo, aquí las instituciones tienen un papel, sostiene Ramos: “Deben dejar de considerar como opiniones respetables aquellas propuestas que van encaminadas a socavar derechos, porque no son una opción democrática más”.

Miquel Ramos defiende, además, que “deben hacerse políticas valientes que frenen ese caldo de cultivo social que hace posible el éxito de las propuestas de extrema derecha, como son la situación de precariedad o los desahucios”. “Estos son temas de los que la extrema derecha no va a hablar”, apunta el periodista. “Utilizan la pantalla de la batalla cultural para esconder que son partidos dentro del sistema, que son neoliberales y que no piensan tocar un solo privilegio de las élites”, asegura.

Esa “infección del sentido común” que comentas ya la han logrado, de algún modo. Personas que hace unos años no se decían de extrema derecha, o ni siquiera de derechas, hoy repiten los mismos mantras que ellos.

Sin ninguna duda. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha, más allá del número de diputados que tengan. El verdadero éxito es que hoy sean considerados aceptables determinados discursos racistas, machistas, homófobos y revisionistas, incluso negando las atrocidades del franquismo y apelando a instintos muy primarios, que es una de las bases del fascismo. Evidentemente, no estamos en los años 30, pero hay una tradición ideológica que viene de ahí. Es la idea adaptada al contexto. 

Comentas en una entrevista que la mayoría de los votantes de Vox probablemente ni siquiera sean de extrema derecha. ¿La izquierda ha cometido de algún modo el error de meter a todos en el mismo saco? 

No se puede eximir al votante de extrema derecha de su responsabilidad en haber normalizado una opción de extrema derecha. Creo que hoy la gente tiene la suficiente información como para saber lo que representa y lo que es la extrema derecha. Otra cosa es que se busquen excusas para no encajar que se está votando lo que se está votando.

Otra cosa es que ese votante haya estado motivado por la apelación que hace la extrema derecha a diversas identidades. Si no, no se explicaría que alguien de clase trabajadora vote a un partido extremadamente neoliberal que va en contra de sus intereses de clase. ¿Por qué un obrero vota a la extrema derecha? Porque se le apela a otra identidad, de hombre, blanco, heterosexual, español. Esas teclas que toca la extrema derecha son las que provocan que mucha gente se sienta interpelada más allá de sus intereses de clase, por decirlo así.

Creo que el mayor pecado de la izquierda no es responsabilizar a los votantes de extrema derecha, porque obviamente tienen responsabilidad, sino considerar que la extrema derecha es tonta o iletrada. Todo lo contrario: la extrema derecha es muy inteligente, esto lo lleva preparando desde hace muchos años y sabe perfectamente lo que hace. Está muy bien instruida, tiene unos pilares ideológicos muy claros y una retórica muy elaborada. Por eso convencen a tanta gente; porque no son ignorantes, no son cuatro cuñaos. 

Entonces, ¿es “la extrema derecha que viste de ejecutivo” a la que deberíamos temer, como decía hace unos años un relator del Parlamento Europeo al que citas en tu libro? 

Efectivamente. La caricatura de la extrema derecha ha sido un lastre que hemos arrastrado durante muchos años. En España se tenía la idea, por una parte, del franquista nostálgico y, por otra parte, de los skinheads. Pero existía una extrema derecha mucho más allá, que se vestía de ejecutivo, que estaba en las universidades y que estaba tomando notas y preparando el terreno. En Europa ya había pasado eso; en España empieza a pasar hace una década más o menos. España sigue la estela de otros países donde la extrema derecha ha entendido que desfilar con emblemas de las SS o escudos franquistas ya no vende mucho, no es buen marketing. Lo que hacen es renovar su discurso para intentar meterse en la democracia y, desde ahí, cuestionar los fundamentos de la propia democracia, que son los derechos humanos.

El año pasado, Alemania –con Merkel aún al frente– señaló a la ultraderecha como principal amenaza para la seguridad del país. ¿En qué punto estaría España, si nos comparamos con el caso alemán? 

Las cifras sobre la violencia y el terrorismo de la extrema derecha en varios países hablan por sí solas. Las agencias de investigación de países como Reino Unido, Estados Unidos o Alemania llevan años alertando de que el terrorismo de extrema derecha está superando en actividad y en víctimas a otro tipo de violencia interna, incluido el terrorismo yihadista. Es obvio que los expertos en estas materias alerten sobre el peligro de estos grupos. 

En el libro cuento cómo han sido las operaciones policiales más importantes que ha habido en España contra grupos nazis. Que el lector interprete cómo se han resuelto. Hay casos que son absolutamente escandalosos. Estos días están juzgando a un señor francotirador que quería asesinar al presidente del Gobierno [condenado el pasado martes a siete años y medio de prisión], el ministro del Interior y el anterior vicepresidente del Gobierno recibieron sobres con balas, el vicepresidente tuvo a una horda de fascistas a las puertas de su casa durante meses acosando a su familia, se han desarticulado bandas nazis con armas. Claro que hay grupos de nazis activos y con intención de ejercer violencia. Por suerte, se están desactivando, pero luego, cuando llegan a juicio, o incluso a nivel mediático, no se les da la importancia que tienen. Hasta que un día tengamos un susto, y entonces nos preguntaremos qué hemos hecho mal. Alumnos llevamos mucho tiempo diciendo que están ahí, que están preparados y que cualquier día puede pasar una desgracia.

¿España tiene un problema con la penetración de la extrema derecha en sus órganos, y ya no hablo del Congreso, sino de la policía, los jueces, etcétera?

Siempre lo ha tenido, en el libro doy cuenta, desde las bandas parapoliciales y el terrirosmo de Estado de principios de los 80 y 90 hasta la tranquilidad con la que ahora mucha gente de estas instituciones exhibe sin ningún pudor sus simpatías por ideologías antidemocráticas, como hemos visto en los chats de los militares, policías desayunando en bares plagados de simbología fascista, militares reivindicando la figura de Franco… Y no existe ninguna sanción. No hay ningún tipo de interés por parte del poder político, mande quien mande, en atajar esto.

Hoy [6 de abril], en Alemania, se ha desmantelado un grupo neonazi y hay un suboficial de las fuerzas armadas detenido. Claro que existen elementos reaccionarios dentro de estos cuerpos. El problema es que existe una absoluta impunidad para estas personas y existe un enorme temor, por parte de los demócratas dentro de estos cuerpos, a denunciarlo. Los que se esconden son quienes denuncian esto, no los que hacen apología. Evidentemente, tenemos un problema.

Con el caso de la guerra de Ucrania y la figura de Vladimir Putin hemos visto cómo la extrema derecha acomoda sin pudor su discurso según las circunstancias y, por lo que cuentas, es un patrón habitual. ¿A sus votantes esto les chirría, o les vale todo? 

Para la extrema derecha vale todo. Pueden decir hoy blanco y mañana negro, pero no pasa nada, porque basan gran parte de su estrategia en la confusión y en la mentira. Y esto tampoco se sanciona luego. ¿Cuántos bulos ha lanzado la extrema derecha que han sido desmentidos y se han seguido repitiendo? Lo hace gente que incluso sabe que es mentira, pero como refuerzan un marco que les interesa, lo repiten hasta la saciedad. Aquí ya no es sólo la extrema derecha: son los medios de comunicación, determinados políticos que también compran esos marcos, etcétera. Recuerdo hace unos años a Pablo Casado diciendo que los inmigrantes se debían adaptar a las costumbres españolas. Escucha, los inmigrantes se deben adaptar a las leyes; en ningún sitio está puesto que deban comer paella los domingos. Los inmigrantes deben cumplir la ley; si luego quieren comer cuscús o ir a la mezquita en vez de a la iglesia, es su decisión.

Hace unos años firmabas con seudónimo. Ahora no. ¿Qué ha cambiado? 

Varias cosas. Ha sido una decisión personal de dar la cara. Por el ambiente hostil que vivía en mi ciudad, Valencia, he sido objeto de amenazas, de señalamientos, y creo que una manera de protegerme también es dando la cara. No soy el único periodista que ha escrito sobre estos temas. Pero muchos de nosotros nos sentimos desamparados, absolutamente. A veces incluso sentimos falta de complicidad entre personas del propio gremio. Creen que porque informamos sobre estos temas dejamos de ser periodistas y pasamos a ser activistas, de una manera despectiva. No es fácil informar sobre estos temas. Quienes tomamos la decisión de poner la cara también lo hacemos por compromiso con la gente anónima, que en muchos casos está poniendo el cuerpo, se la está jugando. 

¿El ambiente sigue siendo igual de hostil?

Sigue igual. Las amenazas las recibí hace años y las sigo recibiendo ahora. Lo único es que aprendes a gestionar esas situaciones o ese miedo. Sería una victoria para ellos que nos echáramos para atrás.

Miquel Ramos: “El fascismo en España está normalizado”

  • El autor de ‘Antifascistas’, un exhaustivo recorrido por la lucha contra el odio político en el periodo democrático, denuncia la “permisividad absoluta” con los focos ultraderechistas en España
  •  “Pensar que a la extrema derecha se la derrota con argumentos y teniendo razón es un error histórico que se paga caro. Se gana con políticas valientes, quitándole espacio”, afirma el especialista en grupos radicales

Entrevista de Ángel Munárriz para Infolibre, 16 de abril de 2022

Miquel Ramos tenía algo menos de 14 años cuando Guillem Agulló, de 18, fue rodeado por un grupo de neonazis antes de recibir una puñalada letal en el corazón. Ocurrió en Montanejos (Castellón) en 1993 y el eco del crimen le llegó con nitidez a Ramos, un adolescente que arrancaba por entonces su socialización política en Valencia bajo la impresión de otras dos muertes a manos de la extrema derecha. El año anterior, 1992, había sido asesinada Lucrecia Pérez en Aravaca (Madrid); el anterior, 1991, Sonia Rescalvo en Barcelona. “Todo fue seguido: Sonia, Lucrecia y Guillem. Fue aquello lo que nos puso en alerta sobre la crueldad de lo que teníamos enfrente”, explica Ramos.

Es posible que a muchos lectores no les suenen los nombres de estas tres víctimas ni tampoco conozcan sus historias, lo cual vendría a dar la razón a una idea central de Antifascistas (Capitán Swing, 2022), el libro con el que el hoy periodista Ramos (València, 1979) homenajea a Agulló, Pérez, Rescalvo y muchas más víctimas del odio político y luchadores contra el fascismo, ya fuera en las calles, las aulas, los sindicatos o cualquier otro frente de batalla. ¿Y qué idea es esa que recorre Antifascistas? Que estamos ante los grandes olvidadosde la democracia y la sociedad españolas. Que el antifascismo en democracia ha sufrido una generalizada desconsideración porque aceptar sus méritos supondría aceptar previamente la pervivencia del fascismo, cuando este –según la narración oficial– había sido enterrado durante la idílica Transición.

En las más de 600 páginas de Antifascistas Ramos nos habla de figuras con papeles heroicos o trágicos o circunstanciales, con el común denominador de habérselas visto cara a cara con la ultraderecha. Nos habla de Xavier Vinader, que enseñó lo que nadie quería ver con sus reportajes sobre la extrema derecha en los primeros 80; del policía Francisco Ros, que se atrevió a desvelar el peso de la ideología y la práctica fascistas en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; de Santiago Barquero, un joven skater de Móstoles que, repartiendo unos folletos antifascistas, recibió tal paliza que perdió el habla y que, al igual que Ros, acabó suicidándose; de Aitor Zabaleta; de Carlos Palomino… El listado de víctimas es largo, por desgracia. Al menos Ramos nos habla también de un sinfín de experiencias, iniciativas y organizaciones antifascistas, aunque –lamenta– han actuado demasiadas veces sin apoyo mediático o institucional.

Su experiencia está marcada por su adolescencia en Valencia. ¿Por qué le avergonzaba hablar valenciano?

No es que me avergonzara de mi lengua, es que temía que me avergonzaran. En la València de los 80 y 90, la hostilidad de la extrema derecha estaba normalizada y cualquier expresión en lengua propia era estigmatizada como una especie de traición a la concepción de valenciano que quería instaurar la derecha, que era la del inicio del himno: “Para ofrendar nuevas glorias a España”. El temor a ser acusado de catalanista llevaba a mucha gente a renunciar a su lengua y a sus señas de identidad.

En España, a diferencia de Francia o Alemania, está asentada la idea de que es posible ser demócrata sin ser antifascista.

Totalmente. Se extendió la falsa idea de que el fascismo murió con Franco y ya no había que combatirlo, así que la democracia española no contiene ese ingrediente antifascista. Yo creo que no se puede ser demócrata sin ser antifascista porque el fascismo no sólo es enemigo de la democracia, sino de sus pilares, que son los derechos humanos.

Su trabajo denuncia la utilización de la etiqueta “tribu urbana”, que ha servido para trazar una especie de simetría entre el fascismo y el antifascismo.

Es ridículo equiparar fascismo y antifascismo. Es como hacerlo con “machismo y feminismo”, “racismo y antirracismo” o “tolerancia e intolerancia”. Son opuestos. No es lo mismo una víctima del Holocausto que un oficial de la SS. La etiqueta de la “tribu urbana” ha servido para banalizar el problema del fascismo y exonerar de responsabilidad a las instituciones, obviando el componente estructural del problema.

¿Estructural?

La impunidad del fascismo en España tiene su continuidad en la configuración del régimen del 78. Las bandas neonazis gozaron de impunidad en su día. El relato de las “tribus urbanas” es un intento interesado de criminalizar a los únicos que les plantaron cara. Esa caricaturización ha sido un lastre para el movimiento antifascista. La gente que ha estado en el antifascismo sabe que es un movimiento plural y que no implica una acción en la calle. En el libro relato multitud de luchas que no llevan implícita la capucha y la manifestación. Hay investigación, hay periodismo, hay memoria histórica, hay sindicalismo, hay educación… El antifascismo no es una tribu urbana, como suele salir en los medios. Es lucha por la democracia y los derechos humanos.

En Estados Unidos y Alemania el terrorismo de extrema derecha es considerado un problema nacional. Sin minimizar el caso español, ¿no estamos lejos de eso?

Aquí se ha banalizado la amenaza de la extrema derecha. Yo documento operaciones policiales que se realizan contra los neonazis y en muy pocas hay acusaciones de terrorismo o los detenidos pasan por prisión preventiva, aunque haya armas. Aquí en Valencia los pillan con un bazooka y les dicen “ya te llamaremos para juicio en diez años”. Esto no ocurre con los activistas de izquierdas. Hay una doble vara de medir.

Hubo una etapa en los 90 de auténticas “cacerías humanas” con objetivos concretos, lo que los neonazis llamaban “escoria”: objetores de conciencia, punkis, okupas, gays, transexuales. ¿Tiene España una deuda con estos colectivos?

Sin duda. Los colectivos antifascistas, LGTBI, feministas y antirracistas, que han sido perseguidos y estigmatizados por la extrema derecha, han estado además muy solos.

Leyendo las víctimas que va repasando su libro, comprobé que hay muchas escasamente conocidas. ¿Falta un reconocimiento social e institucional a las víctimas de la violencia de ultraderecha en España?

Hay muy poco reconocimiento. David [Bou, periodista] y yo intentamos dárselo con crimenesdeodio.info. También está el documental Ojos que no ven… Hay intentos. Pero sí, sin duda las víctimas de la extrema derecha son las grandes olvidadas en España.

La historia de Sonia Rescalvo es estremecedora. Cinco neonazis apalizaron durante 15 minutos con palos y botas de punta de acero a dos mujeres transexuales, Sonia y Doris. La primera murió y la segunda quedó desfigurada.

Es especialmente escabroso por el orgullo que los asesinos mostraban por haber matado a una persona transexual.

¿Hay un hilo que conecta la escasa atención a los asesinados por la extrema derecha y la permanencia de tantas víctimas del franquismo en las cunetas?

Sin ninguna duda. De aquellos polvos, estos lodos.

Las gradas futbolísticas han sido un tradicional hervidero ultraderechista. ¿El fútbol ha hecho los deberes?

No. En absoluto. No estamos en los 90, el fenómeno ha bajado, al club ya no le sale rentable mantener a una pandilla de nazis. Pero sigue habiendo permisividad y una cierta doble vara de medir.

Hablaba de los años 90. Aquella escala violenta del fenómeno neofascista y neonazi, en la que con detalle se detiene en su libro, ¿ha quedado atrás?

La violencia no ha desaparecido, pero es verdad que no estamos en los 90, no hay esta sobreactuación de la extrema derecha en la calle. Eso sí, gran parte ha sido porque se le ha plantado cara. Es decir, no es porque se hayan aburrido y cansado. 

Uno de sus capítulos se titula: La “democratización” de la ultraderecha: un nuevo reto del antifascismo. Si hay “democratización”, ¿por qué es un reto?

Pongo “democratización” entre comillas. Porque lo que hace es explorar la vía electoral para conseguir los mismos objetivos que antes se perseguían con la acción directa.

¿Vox representa lo mismo que Democracia Nacional, Alternativa Española o España 2000? ¿Tiene el mismo proyecto?

En gran parte sí. Cambian las formas y la habilidad para transmitir ese mensaje, pero comparten un corpus ideológico y un proyecto político que se fundamenta en quitar derechos a determinados colectivos y en un modelo basado en la desigualdad.

¿Le reconoce a Vox que no utiliza la violencia?

Vox no utiliza la violencia en la calle, pero su mensaje, su lenguaje, su discurso, su diana en determinados colectivos es combustible. No se le pueden atribuir a Vox obviamente actividades violentas, porque no las hay, pero Joseph Goebbles tampoco apretó ningún gatillo.

¿Está Vox sembrando para recoger en el futuro?

Claro. El objetivo de la extrema derecha mainstream, digamos de Vox y la constelación ultraderechista intelectual, que está en la batalla cultural, es sembrar. Antes que los diputados, quiere romper el sentido común. Quiere conquistar el sentido común antes que conquistar el poder.

¿Vox desinfla al fascismo puro y duro o le abona el terreno?

Lo segundo. Vox ha normalizado lo que antes sólo decían los grupos nazifascistas. Ha pasado el mensaje por una nueva retórica y una nueva forma que no suena tan radical. Pero es la misma idea. Es que incluso el otro día estaba [Jorge] Buxadé hablando de la teoría del Gran Reemplazo, aunque no fuera exactamente con esas palabras. Son cosas que demuestran lo normalizado que está el fascismo en nuestro país.

¿Diría que el fascismo está normalizado en España?

Absolutamente. Fíjate. Cuando ha llegado Vox se lo ha considerado una opinión respetable más desde el minuto uno.

Depende de quién, ¿no?

Bueno, la mayoría de medios de comunicacion y el resto del arco parlamentario.

¿Qué papel atribuye la televisión en la normalización de este discurso?

La extrema derecha ha sabido aprovechar las rutinas televisivas, sometidas al espectáculo, para ser el centro de atención, generar polémicas e insertar discursos que apelan a los bajos instintos. Las televisiones tienen especial predilección por los sucesos y Vox está como pez en el agua en el marco securitario. Ni siquiera hace falta que aparezca alguien de Vox, la televisión ya está estimulando su discurso.

Usted rechaza que se pueda combatir a la extrema derecha sólo con “sentido común” y “argumentos”. ¿Entonces?

La gente piensa a la extrema derecha se la derrota con argumentos y teniendo razón, lo cual es no sólo muy inocente, sino error histórico que se paga caro. Porque la extrema derecha se basa en las mentiras. Ellos utilizan el bulo y lo estiran y es muy difícil de contrarrestar. ¿Cómo se gana? Haciendo políticas valientes, trabajando en los barrios, en la educación, en el sindicalismo. Quitándole espacio.

Con la herida de la Gran Recesión sin curar y empezando a salir de la pandemia, llega una guerra y una tremenda inflación. ¿Toda esta serie de crisis abona el terreno para la extrema derecha?

Sin duda. Aquí me fijo en lo que pasó con el 15M, que tuvo la virtud, en plena crisis, de plantear los problemas derivados del capitalismo salvaje levantando un muro que evitó que aquel malestar fuera capitalizado por la extrema derecha y se infectara de odio, como ocurrió en otros sitios: recordemos la gran cantidad de apoyos a Amanecer Dorado [en Grecia]. En España esa infección de odio la frenaron los movimientos sociales.

¿Y no está ahora, en cambio, desmovilizada la izquierda?

La izquierda sigue ahí, sigue estando en la calle y de hecho se sigue organizando, parando desahucios, construyendo iniciativas populares… Pero es verdad que no tiene tanta visibilidad como sí tiene la derecha cuando saca todo su arsenal, primero porque tiene más dinero, más altavoces, más medios…

Es innegable que en las manifestaciones del campo y el transporte se veía más a la derecha que a la izquierda.

Aquí una parte de culpa es de quienes están en el Gobierno. Lo que les pedimos a los políticos no es que hagan discursos brillantes contra la extrema derecha, sino políticas que desactiven los espacios donde puedan alzar su bandera. Si no solucionas los problemas estructurales, abonas el terreno para que la extrema derecha se lleve el rédito.

¿Son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado [Policía y Guardia Civil] el principal foco de la extrema derecha en España? ¿Tenemos ahí un problema de Estado?

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no son el principal foco. El problema es que hay determinados focos que no se acotan ni tienen ningún tipo de sanción o reproche. Ni los responsables políticos ni los mandos hacen absolutamente nada para impedir determinados discursos e imágenes, como las de almorzar en un bar lleno de simbología franquista. Además, hay un sesgo estigmatizador, como cuando en la concentración por Samuel en Madrid, con cargas policiales, la nota de prensa de la Delegación del Gobierno decía que se había identificado a varias personas por su estética de radicales de izquierdas. Es un lenguaje estigmatizador. Eso además de una permisividad absoluta con este tipo de gente [en referencia a la extrema derecha].

¿Qué entidad le da al fenómeno del “rojipardismo”, esa incorporación a la izquierda de discursos y marcos de la extrema derecha?

El rojipardismo es un fenómeno posmoderno que nace, crece y se reproduce en redes sociales. Que una parte de lo que se considera de izquierdas asuma los marcos de la extrema derecha es el mejor regalo que le pueden hacer a la extrema derecha.

Miquel Ramos: “Si l’extrema dreta no va entrar amb força a la crisi del 2008, va ser gràcies al 15M i les plataformes contra els desnonaments”

El periodista valencià publica ‘Antifascistas’, un llibre que relata la història de la lluita contra l’extrema dreta en tota la seva magnitud a l’estat espanyol des dels anys 70.

Entrevista de Sandra Vicente per a Catalunya Plural, 12/04/2022

Miquel Ramos (València, 1979) és una d’aquelles veus destacades quan es parla d’extrema dreta i d’antifeixisme. El periodista fa anys que estudia els moviments neonazis i la proliferació dels discursos d’odi, així com totes aquelles agrupacions que s’hi oposen i hi lluiten en contra. L’antifeixisme, segons recorda Ramos, té moltes cares i no només la dels joves que surten al carrer a exercir l’autodefensa o que protagonitzen imatges als telediaris sobre enfrontaments violents. Antifeixisme també són les assemblees de barri o l’educació. “Antifeixisme és un pacte de mínims”, diu el periodista, que dedica a aquest moviment de resistència el llibre Antifascistas (Capitán Swing, 2022).

La major part de la població coneix l’antifeixisme arran de les notícies a la televisió, que mostren disturbis o accions al carrer. Però l’antifeixisme va molt més enllà. Què és?

Al llibre retrate diverses formes de combatre l’extrema dreta als escenaris en què aquesta se sent forta i, per això, pense que és important entendre l’antifeixisme com un consens de mínims en matèria de drets humans i valors democràtics que estan amenaçats per l’existència de l’extrema dreta. Però, malauradament, hi ha una estigmatització i caricaturització de l’antifeixisme, com si fos una tribu urbana o cosa de quatre joves que es manifesten al carrer, que el poder i els mitjans de comunicació han reproduït de manera obscena durant molt de temps.

Per això, el llibre dóna veu a tota la gent que ha construït antifeixisme des de diferents llocs i moments dels últims trenta anys. Pense que és important veure l’antifeixisme de Violeta Friedman, supervivent de l’holocaust que es va enfrontar a criminals de guerra nazis, de Xavier Vinader des del periodisme o dels moviments socials de barri, que creen comunitat. I, també, el de la gent que està al carrer, confrontant l’extrema dreta quan ha estat violenta.

Si l’antifeixisme és un pacte de mínims, potser hi ha molta gent que el menysté, però en el fons és antifeixista

Hi ha gent que comparteix aquest pacte, però s’ha estigmatitzat molt la paraula antifa. A altres països, però, fins i tot gent conservadora, s’hi declara. A l’estat espanyol costa més, tot i que sembla que, poc a poc, amb l’arribada de l’extrema dreta a les institucions, molta gent ha començat a assumir que ser antifa no és només anar a una mani a confrontar un grup neonazi, sinó una lluita en diversos àmbits per barrar el pas a la infecció de l’odi.

Costa molt imaginar el PSOE dient-se antifa

Però Angela Merkel sí que ho fa

Quina és la diferència?

La cultura antifeixista i la idiosincràsia de l’estat espanyol. Aquí el feixisme no fou derrotat ni soterrat amb Franco. Va haver-hi una transició d’un règim a un altre, però es van conservar estructures i dinàmiques, per exemple, a les Forces i Cossos de Seguretat de l’Estat (FCSE), la judicatura, forces armades, etc. Aquesta herència la continuem veient també a les famílies que es van enriquir durant el franquisme, que són les que continuen ostentant un poder que no es presenta a les eleccions, però que segurament mana més que els polítics.

Dir que ets antifeixista a l’estat espanyol vol dir estar en contra del règim del 78?

Com a mínim hauria de suposar una revisió crítica del que fou la Transició, sobretot per part de les noves generacions, que no la van viure. Perquè la Transició pacífica i de concòrdia que ens van vendre és falsa, sobretot si veiem que el 2022 encara tenim cossos soterrats a les cunetes o que, quan per fi treuen Franco del Valle de los Caídos, se li fan honors d’estat. Ens hem de qüestionar que la Transició no va fer els deures i va obrir la porta perquè el feixisme continués viu.

Al principi, podem trobar un feixisme molt nostàlgic de Franco. Com ha anat canviant?

Quan mor el dictador, la majoria de grups d’extrema dreta que el sobreviuen són nostàlgics i alguns, inclús ben entrada la democràcia, decideixen continuar exercint la violència i el terrorisme com el Frente de la Juventud i grups armats parapolicials emparats per l’estat, perquè òbviament a les FCSE no hi va haver depuració. Aquesta rèmora del franquisme arriba a finals dels 80 amb les modes juvenils, els skinheads o el futbol, amb grups que estaven al marge del règim com CEDADE i una nova militància neofeixista que té molta presència al carrer de forma violenta.

Parlem d’una generació de joves d’extrema dreta que no s’ha criat en dictadura, que es desenvolupe en una democràcia molt nova i que és la que pose les bases de l’extrema dreta que podem conèixer avui. D’aquí surten grups molt violents i, a la vegada, els primers intents de “democratització” en forma de partit polític a imatge del Front Nacional francès. Possiblement, el que va tenir més èxit va ser Plataforma per Catalunya, que va arribar a treure 67 regidors amb un discurs islamòfob i antiimmigració, aconseguint arrossegar gent que no es considerava d’extrema dreta.

Després d’això, hi ha una transformació, sobretot arran del govern de Zapatero, amb una ofensiva brutal d’una extrema dreta que, fins llavors, estava inserida dins el PP, que havia sigut la casa comuna de totes les dretes. Aquesta escissió es dóna el 2005, quan comencen a acusar el PP de “derechita cobarde”, perquè no reverteix polítiques “progressistes” com la llei de l’avortament, el matrimoni igualitari o la memòria històrica. Això acaba cristal·litzant en la irrupció de VOX el 2013 i amb la seva entrada a les institucions el 2018.

Per què triga tant a aparèixer un partit com VOX a Espanya, quan a la resta d’Europa ja n’hi havia molts?

Perquè el PP havia sabut contenir molt bé el sector ultra i perquè les opcions que hi havia a la seva dreta eren extremadament cutres. També cal entendre que, durant la crisi del 2008, que hauria estat un terreny molt fèrtil per l’extrema dreta, hi va haver un contrapès brutal dels moviments socials de l’esquerra, amb el 15M i les primeres plataformes contra els desnonaments.

El discurs social pot fer que l’extrema dreta guanyi pes. Ho vam veure a Grècia o amb l’Hogar Social Madrid, ocupant una narrativa que semblava reservada per les esquerres, però en la qual el feixisme troba un nínxol

L’extrema dreta sempre ha copiat les esquerres, des del falangisme i el discurs obrerista,  arrabassant el roig i negre. Després del maig del 68 s’adonen que hi ha una hegemonia d’idees progressistes i comença a armar-se un sentit comú al voltant de la igualtat i els drets de determinats col·lectius. Així que l’extrema dreta reflexiona, llegint l’esquerra des de Marx a Gramsci, per entendre com han establert aquest sentit comú. Això arriba aquí a finals de la primera dècada dels 2000, amb el sorgiment de moviments socials que tracten d’arrabassar les banderes socials a l’esquerra amb discursos socials, però excloents. El xovinisme del benestar, que es diu. Estableixen el discurs de la competència pels recursos públics, que la culpa de la precarietat no és del capitalisme, sinó del fet que se subvencione el feminisme o la migració.

Que l’extrema dreta s’apropiï de reivindicacions populars duu a contradiccions com la que es va viure amb l’aturada de transportistes, que va estar gestionada per l’extrema dreta. 

L’extrema dreta aprofita totes les fallides de l’esquerra. Quan hi ha un govern que es diu progressista, però no articula polítiques per solucionar els problemes de la classe treballadora, és possible que l’extrema dreta, amb una màscara social, tracte de reapropiar-se de les reclamacions dels treballadors i instrumentalitze algunes causes que, tot i que són legítimes, no es corresponen amb el programa econòmic de l’extrema dreta, que és profundament neoliberal. Si davant fets com aquest, l’esquerra només és capaç de denunciar que al darrera hi ha un moviment ultra, els està regalant, perquè la gent pensa que defensen el seu pa i qualitat de vida. Llavors creuen que allò vol dir ser d’extrema dreta.

És cert que es desvirtua el terme i es blanqueja, però creus també que fem servir el terme “feixisme” massa a la lleugera?

L’èxit de l’extrema dreta consisteix en aconseguir copar part d’aquest sentit comú que dèiem abans i infectar-lo amb els seus valors i creences. Així, veiem que gent que no es considera d’extrema dreta, té discursos racistes i securitistes. Però és cert que també hi ha una certa tendència, molt perillosa, a posar l’etiqueta d’extrema dreta a qualsevol cosa que no ens agrada. I això acaba duent al discurs que feixisme i antifeixisme són les dues cares de la mateixa moneda. És igual d’absurd que posar al mateix nivell feminisme i masclisme, però és un discurs que funciona.

Sovint, quan es diu allò dels “extrems es toquen” és arran de moments en què s’ha fet servir la violència per combatre l’extrema dreta. És legítima aquesta violència?

El debat sobre l’ús de la violència és constant al llarg del llibre; no és just jutjar a temps passat i des d’una posició còmoda allò que van fer determinades persones, en determinat moment i per determinades raons. Si bé és cert que la violència no ha de ser la resposta a qualsevol conflicte polític, també ho és que davant la inacció i la complicitat institucional, hi va haver gent que va decidir plantar cara, malgrat haver de fer servir la violència. Les conclusions les ha de treure el lector, però hi ha una cosa innegable: en alguns moments l’autodefensa, diguem-li violència, ha estat l’única cosa que ha parat l’extrema dreta. Això no implica que a tota se l’hagi o només se la puga vèncer amb violència; per exemple, no pots acabar amb un partit amb representació a les institucions amb violència, però quan, als 90, tenies una colla de neonazis que cada cap de setmana sortia a assassinar, es van prendre decisions que segurament no es volien haver de prendre.

Apuntes que la policia és connivent amb l’extrema dreta a causa d’una depuració que no es va dur a terme. Com proposaries fer-la?

Desactivant qualsevol tipus d’exaltació o discursos d’odi. Altres països són molt contundents amb això: a Alemanya s’han desmantellat unitats militars senceres perquè s’hi ha detectat banalització del nazisme. Jo he denunciat casos de policies a l’estat espanyol reivindicant la violència i la crueltat, celebrant haver tret ulls a les manifestacions a Barcelona i no ha passat res. Qui m’ho va passar van ser altres policies, que són demòcrates, que tenen por a denunciar i, inclús, d’alertar als seus supervisors, perquè mai no se sap qui és de la corda. I això el Ministeri d’Interior ho sap.

Com creus que hauríem de tractar l’extrema dreta des dels mitjans de comunicació?

Els mitjans no han estat a l’alçada, a excepció d’algunes periodistes que sí han detectat el problema des de fa molt de temps i l’han denunciat, però molts altres s’escuden en l’equidistància, com si els periodistes fossin éssers de llum que veuen la realitat des d’un núvol i fan de notaris de la realitat. El que hem vist amb l’arribada de l’extrema dreta a les institucions és que se l’ha considerat una veu respectable més. Però és que dóna moltes visites: l’extrema dreta ho sap i juga amb això. I no només als mitjans, sinó també a les xarxes socials, on la gent que s’hi oposa, reprodueix el seu missatge per criticar-lo. Per això l’extrema dreta juga a provocar i així s’amplifica el seu missatge. Perquè l’hagen votat milions de persones no significa que el seu discurs sigui legítim. El deure del periodista és desemmascarar les mentides amb les quals l’extrema dreta difon l’odi.

Analitzar i explicar l’extrema dreta és complex. Ho hem vist amb Ucraïna i amb la influència que ha tingut el batalló Azov a l’hora de marcar el discurs sobre el conflicte.

A Ucraïna hi havia un problema amb l’extrema dreta de fa molts anys. La guerra i el relat del Kremlin, que parla de desnazificació, ha fet que molts intenten interpretar el conflicte des d’un punt de vista polític quan és una invasió per motius geopolítics. L’objectiu no és desnazificar res, però ha impregnat en bona part de la població que criticar la invasió és defensar el nazisme. Hem de ser prudents i molt justos: no s’ha de negar el paper de l’extrema dreta ucraïnesa des de Maidan, però també hem de tenir clar que Putin no és cap abanderat de l’antifeixisme.