Proteger a los niños de los fascistas

La imagen de una treintena de neonazis enmascarados, arrodillados y esposados frente a varios policías en Coeur d’Alene, Idaho, Estados Unidos, se hizo viral el pasado fin de semana. Eran miembros de la organización Patriot Front, que habían sido arrestados cuando se dirigían hacia los actos del orgullo LGTBI en un parque cercano escondidos en un camión y con un buen arsenal de escudos, bombas de humo y otros objetos que pretendían usar contra la celebración. La intervención de los agentes, tras el aviso de un vecino que se olió algo raro cuando vio a varios señores subiéndose al camión, evitó un altercado que no sabemos muy bien cómo hubiera acabado.

La republicana y miembro de la Cámara, Heather Scott, acompañaba a principios de mayo a los miembros del grupo ultraderechista Panhandle Patriots en una iglesia de Kootenai, también en Idaho. Uno de los militantes ultraderechistas afirmó que lo suyo sería organizar un evento con armas de fuego el mismo día que la Celebración del Orgullo de la ciudad en un parque a menos de una milla de distancia. “En realidad tenemos la intención de ir cara a cara con esta gente. Hay que trazar una línea en la arena. Las buenas personas deben ponerse de pie”.

El acto se titulaba “Plan de juego para eliminar materiales inapropiados en nuestras escuelas y bibliotecas”, y pretendía alertar sobre los contenidos en materia de igualdad que se imparten en los colegios norteamericanos, así como de los libros que tratan estas materias y que están disponibles en las bibliotecas. El mismo mantra que la ultraderecha global ha puesto en el centro del tablero estos últimos años. Lo mismo que lleva tiempo cacareando Vox, y que hace un par de días, Macarena Olona reivindicó en el debate electoral de Canal Sur. Y lo que vino a reafirmar la neofascista italiana Georgia Meloni en el mitin de Vox este fin de semana.

El mismo fin de semana, neonazis franceses se encaramaron a un edificio al paso de la marcha por el Orgullo en Burdeos. Encendieron varias bengalas, gritaron contra los manifestantes y exhibieron una pancarta que pedía ‘proteger a los niños’, también contra lo que se supone que inflige la educación en derechos humanos. Varios canales de Telegram de grupos neonazis llevan semanas publicando las hazañas de sus miembros en varios países robando banderas LGTBI, dañando murales feministas o atacando actos de estos colectivos. Así celebran ellos el mes del Orgullo. También en España.

Un jovencísimo Pedro Zerolo denunciaba a mediados de los 90 en un documental sobre la extrema derecha, que un grupo de nazis había asaltado la marcha del Orgullo en Madrid y había apuñalado a un asistente.

Lejos nos puede parecer que quedan aquellos tiempos en que los nazis salían de caza y se cebaban con los colectivos más vulnerables, o aquellos que salían a reivindicar sus derechos. Pero la realidad es que nunca se fueron, y las agresiones y los ataques contra estos actos y estas personas no han cesado. Hace menos de un año vimos desfilar en el barrio madrileño de Chueca a una panda de neonazis gritando ‘fuera sidosos de Madrid’ con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Quienes seguimos las andanzas de estos grupos recordamos inmediatamente los altercados de 2017 en Murcia, donde varios neonazis armados atacaron la marcha del Orgullo.

La relación entre el discurso de odio de los ultraderechistas mediáticos e institucionalizados y los grupos neonazis que lo materializan en las calles es directa. De hecho, nunca habían contado con tan grandes altavoces y tanta normalización. La ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI que se está llevando a cabo por la nueva ultraderecha aceptada como un actor democrático más, es el combustible necesario para que estos nazis ejerzan la violencia reforzados por sus propagandistas de traje y corbata. Los derechos que creímos conquistados y que no tenían marcha atrás, se encuentran hoy con una amenaza evidente. Es el precio que pagamos todos porque algunos decidieron que los derechos humanos se pueden debatir. Hablamos del colectivo LGTBI, pero lo mismo vale para las mujeres, para las personas migrantes, racializadas, o para cualquier colectivo que reclame los mismos derechos que el resto. Estos no son eternos y se deben pelear día tras día, por todos los medios.

Recientemente se supo que solo en 2020 se registraron 282 delitos de odio contra el colectivo LGTBI. Esta cifra, que recoge los hechos denunciados, es solo la punta del iceberg. La mayoría de estos incidentes no se denuncia. Pasa lo mismo con el racismo, que es mucho mayor a lo que los datos del Ministerio del Interior o las organizaciones especializadas en la materia son capaces de recoger. En demasiadas ocasiones, la desconfianza en las instituciones hace que las víctimas no denuncien. Solo hay que ver, por ejemplo, la reciente e insignificante condena que ha recibido un exlegionario por agredir e insultar a dos personas por su orientación sexual y enfrentarse a la policía: una multa de poco más de dos mil euros y seis meses de prisión.  “Me acaloré”, dijo.

Sin embargo, la conciencia y la sensibilización al respecto también han crecido, y por eso se denuncia más. Y por eso, la ultraderecha está tan interesada en negar que se eduque en materia de igualdad y derechos humanos. Solo así, estos ataques podrían pasar todavía más inadvertidos, impunes, o peor, aceptados, normalizados. Como lo fue la Noche de los Cristales Rotos tras la infección antisemita de gran parte de la sociedad alemana.

Los grupos nazis son los tontos útiles, los ejecutores de estos odios que señoras y señores de alto standing se dedican a promover desde sus mansiones y cortijos contra los más vulnerables para asegurarse así que nada cambie, que la plebe siga peleada y no se le ocurra mirar hacia arriba. “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley“, manifestó Espinosa de los Monteros en 2020 reforzando el victimismo habitual de los ultraderechistas ante quienes, tal y como él mismo recordaba, sufrían las consecuencias de la normalización del odio en su expresión violenta más cobarde y cruel. Y que hoy lo siguen sufriendo.

A los nazis ya les va bien tener unos buenos padrinos en las instituciones que normalizan lo que estos llevan diciendo toda la vida, mientras periodistas y otros políticos lo aceptan como parte del juego democrático. Así pueden volver a las andadas, a los añorados años 90 en los que salían de caza y tan solo encontraban como oposición a los grupos antifascistas y a los colectivos víctimas que se organizaban para su autodefensa. Los extremos, que llaman algunos. Sin embargo, el muro contra el que se choca esta extrema derecha liberticida es hoy mucho mayor que entonces. Le va a costar derribar el consenso en materia de derechos humanos erigido durante años en el sentido común. Por eso, saben que la estrategia pasa por los libros de texto, por las escuelas, por la censura. Solo un pueblo al que se le niegue la educación en derechos será capaz de tolerar la barbarie.

Miquel Ramos. Público, 15 de juny 2022

Miquel Ramos: “No entiendo que haya policías comiendo de uniforme en un bar con banderas franquistas”

El periodista repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox en su ensayo ‘Antifascistas’. Lo presentará este jueves en el centro social La Nave, en Málaga.

Isabel Vargas, El Español. 1 junio, 2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) jamás olvidará aquel primer día tras las fiestas de Pascua de 1993. Un profesor suyo explicó en clase que había matado a un chico de 18 años “por odio y por ser anfifascista”. Se trataba de Guillem Agulló, un joven asesinado de una puñalada en el corazón por un grupo de neonazis (de cuyo caso se ha hecho una película, La mort de Guillem).

El periodista, impactado por el asesinado de Agulló, empezó a investigar los movimientos fascistas y a recopilar recortes de prensa con información sobre ellos. Aquella herida, abierta el día que supo de la muerte del activista valenciano, ha quedado reflejado en un ensayo Antifascistas (Capitán Swing) donde repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox.

Tras la muerte de Franco, la extrema derecha española empezó a parecerse más a la europea. Pronto llegaron las bandas de skinheads neonazis, los ultras del fútbol y, poco a poco, las nuevas formaciones de ultraderecha y los movimientos sociales neofascistas. 

El periodista traza la evolución de esta nueva extrema derecha, que ejercía una violencia brutal contra diferentes colectivos (y que intentó hacerse un hueco en las instituciones) y de cómo se la combatió desde distintos frentes. En el libro con el epílogo de Betlem Agulló, hermana del joven antifascista, el colaborador de La Marea recuerda muchos de los impactantes casos, entre ellos el de la transexual Sonia Rescalvo, asesinada por unos neonazis a patadas. 

“Los discursos de odio son la chispa que prende la mecha. El holocausto no empezó con las cámaras de gas, sino con un discurso de odio contra los judíos. La historia nos ha enseñaron que los discursos de odio, el menú diario de la extrema derecha, son la base de la destrucción de la convivencia, la democracia y los derechos humanos. Apelaría a la responsabilidad de los que apoyan estos discursos. Están echando gasolina al fuego”, advierte el periodista antes de la presentación del libro este miércoles en el centro social La Nave, en Málaga.

¿Cuánto ha cambiado el modo de operar de los grupos nazis y fascistas en España? ¿Ahora son menos pero más discretos que entonces?

La extrema derecha se ha ido adaptando poco a poco a los tiempos. Empiezo hablando de los últimos años de la Transición y principios de los 90 en un contexto muy peculiar. Este país estaba pasando de la noche a la mañana de un régimen a otro. Sin olvidar lo que se vivía en el resto de Europa. Hablo de la explosión de los movimientos skin y los ultras del fútbol. Eso duró hasta hace 10 o 15 años más o menos. La extrema derecha ha intentado quitarse el estigma de encima. Hubo mucha violencia durante los 90 y mucha rémora del pasado, del Franquismo. Entonces se empiezan a reconvertir en partidos y organizaciones más legales, con discursos más light. El mensaje es el mismo, pero lo adornan mejor. Los grupos violentos siguen existiendo. Aunque no tienen la capacidad ni la incidencia de antes. Es gracias en gran parte a gente que se organizó para plantarles cara. Se trata de los protagonistas de mi libro.

Habla de ciudadanos de a pie, organizaciones sociales y periodistas. 

Sí. Las instituciones miraban hacia otro lado. Lo concebían como asuntos de orden público, violencia juvenil y tribus urbanas. No iban al fondo de la cuestión. No se hablaba del trasfondo ideológico de estas bandas violentas. Ni tampoco de los entramados empresariales y políticos que había detrás. Se quedaban con la caricatura del ultra del fútbol que la liaba o del nazi borracho. Sin embargo, detrás había mucho más. Numerosos exmiembros de la SS vivieron en Andalucía durante el Franquismo y los primeros años de la democracia. Ellos estaban en contacto con estos grupos nazis.

En la Costa del Sol residieron muchos exmiembros de la SS. Usted cuenta que en Torremolinos tuvo lugar el primer concierto neonazi en España. 

La Costa del Sol y la de Valencia acogieron a muchos refugiados nazis de la Segunda Guerra Mundial. Está súper documentado y se ha investigado mucho. Han vivido tranquilamente aquí e incluso sus descendientes han hecho muchísimos negocios y una buena fortuna, sobre a raíz del boom del turismo en los años 60 y los 70. Había territorios donde se contemplaban núcleos muy activos de extrema derecha. En Andalucía el sitio donde más actividad ha habido siempre ha sido en Málaga. Es la excepción en toda Andalucía.

Usted habla muy claro sobre la convivencia del estado español y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado con la extrema derecha. ¿Sigue el estado viendo a la extrema derecha como un ente colaborador?

Al estado no le preocupa la extrema derecha, ni tampoco a los poderes fácticos. La extrema derecha no es ninguna amenaza para el statu quo, el sistema económico, y el orden político y social. Hay muchas políticas actuales en materia de inmigración que la extrema derecha firmaría. La extrema derecha no molesta. Esa corrección política es hacia abajo y los colectivos vulnerables. Siempre ha habido mucha permisividad hacia movimientos de extrema derecha dentro del propio estado español por cuestiones históricas y estructurales. Hablo de la adjudicatura, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, y las fuerzas armadas. Mira lo del chat de los militares donde hablaban de fusilar a media España…

Me horroriza que se habla de fusilar a media España en un chat de militares…

Yo tampoco entiendo que haya policías que almuercen de uniforme en un bar lleno de banderas franquistas con el retrato de Franco debajo. No es normal que haya funcionarios demócratas que no tengan ningún tipo de problema a la hora de exhibir su simpatía hacia un régimen dictatorial.

El año pasado sin ir más lejos pillaron a Pablo Casado en una misa en honor a Franco en Granada y dijo que había sido una equivocación.

El Partido Popular ha sido la casa común de todas las derechas, desde el centro a la extrema derecha, durante muchos años. Al PP se le escapa la extrema derecha más militante desde hace 10 años. A Rajoy le exigen que deroguen las leyes del PSOE y no lo hacen. Ahí se produce la división. El PP tiene un componente que está vinculado con el régimen. El partido fue fundado por ministros de Franco. Esta actitud en materia de memoria histórica es absolutamente revisionista e incluso negacionista de las atrocidades de la dictadura. 

Vox podría doblar sus votos en las próximas elecciones andaluzas. ¿Qué opina?

No vivo en Andalucía, y tampoco quiero ser atrevido. Vox ha sabido estimular y tocar determinadas teclas. De hecho, han logrado que personas de clase trabajadora que viven del campo o que están en una situación precaria voten a un partido que va en contra de sus intereses de clase. Hace nada decían que había que acabar con la sanidad pública. La gente no sabe bien lo que está votando. Vox ha apelado al hombre español heterosexual frente a la dictadura progre, al feminismo que condena a los hombres y al lobby gay. Incluso llevan en el programa de Andalucía cosas que tienen que ver con Cataluña. Vox apela a determinados instintos básicos del votante para enmascarar su programa económico, que no beneficia para nada a la clase trabajadora. 

La izquierda tampoco ayuda diciendo que los que ganan 900 euros y votan a la derecha no les parecen Einstein… No deberían infravalorar a sus potenciales votantes.

La izquierda institucional tiene un problema de credibilidad. No deberían tratar como tontos a los votantes del partido que sea. Entiendo que los valores que distinguen a la izquierda de alguna manera tratan de desactivar esos instintos básicos a los que apela la derecha. Pero tú no puedes tratar de invertir al electorado. Tiene sus motivos para votar. Lo que se debería exigirse a la izquierda es que apelara a determinados asuntos que nos atraviesen realmente. El votante de izquierda es más exigente. Deberían intentar rebatir los discursos fáciles a problemas complejos de la extrema derecha. 

¿Cómo se combate la ultraderecha hoy día?

Hablamos de una extrema derecha que ya no es exactamente igual a las de los 90, que era semiclandestina e iba pegando palizas. Aunque sigue existiendo gentuza de este tipo. La extrema derecha viste ahora de traje y está perfectamente normalizada dentro de las instituciones y el sistema democrático. Están todos los días en los medios de comunicación. Su objetivo es apelar al sentido común para darle la vuelta a ese sentido común. Cualquiera que se considere demócrata o que crea que los derechos humanos deben regir cualquier democracia deben combatir en este terreno de la batalla cultural, de tratar de que no se den pasos en materia de derechos y libertades. La derecha criminaliza el feminismo y ataca a los más vulnerables. Ese es el terreno de batalla. Necesitamos que haya gente implicada en todos los ámbitos: en las calles, en los colegios, en institutos, en universidades, en las instituciones. A los políticos se les exigen es que hagan políticas que solucionen los problemas materiales de la gente. Si tú eres de izquierdas, estás gobernando y no solucionas esos problemas, estás abriendo una puerta a la extrema derecha. Ellos se aprovechan de la ansiedad, la precariedad y la decepción de la gente. Son muy importantes los movimientos sociales. Estos crean comunidad en los barrios y en las ciudades. Tejen alianzas vecinales y superan los estigmas que alimenta la extrema derecha. Cuando paras un desahucio no te piden el DNI. Ayudas y punto. Las redes vecinales, ese trabajo comunitario de movimientos sociales de base, son el mejor antídoto contra la extrema derecha hoy día. 

¿Hemos frivolizado en exceso el fenómeno de Vox?

La extrema derecha es lo suficientemente leída e inteligente para insertar tu mensaje en los medios y en la gente. La caricatura del votante de extrema derecha como un ignorante o el político de extrema derecha como un tonto no es real. Es gente muy preparada y curtida. Saben perfectamente cómo comunicar. Otra cosa es que haya discursos que a cualquier persona le apelen contra el sentido común. Plantear determinadas regresiones en materia de derechos humanos a muchos de nosotros nos sacude. El discurso de la extrema derecha criminaliza constantemente a los pobres. Los atacan en vez de promover políticas sociales que acaben con la pobreza estructural. 

¿Qué papel han jugado los colectivos feministas y LGTBi+ en la lucha contra el fascismo?

Imprescindible. El feminismo es actualmente el principal dique de contención contra la extrema derecha. Por eso son tan agresivos con las feministas y el colectivo LIGTBi. la extrema derecha ha planteado una ofensiva por tierra, mar y aire contra los derechos de las mujeres. Apela a la otra mitad de la población. Ha encontrado un muro en su batalla de las ideas porque ha chocado contra uno de los movimientos sociales más importantes y potentes de los últimos años.

También habla de la “infección neonazi en las grandes de los campos de fútbol”. Uno de los casos más famosos es el de los Ultras Sur. 

Ha cambiado. Ya no es tan descarado la permisividad con los grupos ultras. Aunque siguen existiendo grupos ultras de marcado carácter neonazi que utilizan las gradas para captar nuevos adeptos. El problema es que no tienen capacidad para frenar esto. Pienso mucho en el crimen de Aitor Zabaleta. No se reaccionó. Los grupos se mantuvieron activos. Existe una connivencia muy grande desde los propios clubs y la sociedad. Se excusan diciendo que animan mucho durante los partidos y que atraen a más seguidores. Luego campen a sus anchas. No sólo se trata de las gradas, sino de las inmediaciones y todo lo que hay alrededor de estos grupos. 

Un viaje por la lucha antifascista con Miquel Ramos: “Nos atañe a todos parar los discursos de odio”

El periodista llama a toda la sociedad a tomar partido ante el avance de la extrema derecha y recoge en un libro, que presentará en Bilbao esta semana, la lucha antifascista de las últimas décadas

Iñaki Makazaga. ElDiario.es 21 de mayo 2022

“La extrema derecha va a por todas”, advierte el periodista Miquel Ramos (Valencia, 1979), especializado en extrema derecha y movimientos sociales. “Su gran éxito ha sido calar su mensaje reaccionario a personas de diferentes clases e idearios que llegan a considerar una amenaza los avances de las mujeres, las personas migrantes o colectivos LGTBI y, de ahí, el repunte del odio que sufrimos”, explica para matizar que ese éxito lo han conseguido a golpe de mentiras. 

Para coger distancia y dimensionar la situación actual acaba de publicar con la editorial Capitán Swing el libro “Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90”. Lo presentará el próximo jueves, 26 de mayo, en el espacio Bira de Bilbao, acompañado por Irantzu Varela, Jonathan Martínez y Abel Azcona. 

En ‘Piedra de Toque‘ hemos querido recorrer con él un viaje por estas tres décadas de lucha antifascista para comprender el momento actual y poner en valor el trabajo de aquellos que advirtieron ya de los riesgos que se corrían sin que nadie reparara en ello. “La lucha contra la extrema derecha nos atañe a todos los que consideramos que el respeto de los derechos humanos debe estar en la base de la sociedad y queremos vivir lejos del racismo, el machismo o la homofobia”, remarca.

El libro arranca con la aparición de los movimientos neonazis, skinheads y ultras del fútbol durante la década de los 90 en España, así como los principales incidentes ocasionados por estos grupos y las reacciones sociales que provocaron. “Al comienzo, hablar de extrema derecha no era fácil más allá de la atención que se prestaba a los sucesos”, reconoce, aunque documenta “el terror absoluto” al que sometieron a determinados grupos. En ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza o Málaga los grupos organizados salían a dar palizas de manera habitual a aquellos que consideraban enemigos.

Mientras que en otras zonas del Estado, como Euskadi, Galicia, Extremadura o las Islas Canarias, no calaron tanto estos movimientos. “En Euskadi se vivía ya atravesados por múltiples violencias. No había neonazis dando palizas, pero sí grupos policiales secuestrando a gente como Mikel Zabalza”. En otras regiones, la fuerza de grupos de izquierda en la calle justifica también el éxito de que no calara la aparición de esos grupos.

Al autor esta realidad le golpeó desde que era un adolescente. Un año en el instituto arrancaron el primer día de clase con el triste anuncio de que habían asesinado de una puñalada a un compañero, Guillem Agilló. Desde entonces, Miquel comenzó a recopilar recortes sobre lo que le sucedió a su amigo y a otras personas con los mismos movimientos neonazis valencianos. “Para mí es un orgullo terminar el libro hablando de las redes de resistencia que se han tejido en Valencia a pesar del clima político y es un claro ejemplo de esperanza”. 

Una lucha que atañe a todos

A lo largo de las páginas del libro, el lector comprende la complejidad política de la extrema derecha, la estructura económica, policial e institucional que conforma y el peligro que supone también ahora desde las instituciones para terminar con la cultura democrática construida desde la Transición. “El voto a VOX no es de clase, es identitario: gente que percibe una amenaza en las personas migrantes o en las feministas mayor que el deterioro de sus condiciones de trabajo, pensiones o calidad de vida. La extrema derecha sabe apelar a esas identidades del mundo rural o de la clase trabajadora de una manera sucia porque acude a la mentira sin escrúpulos”, explica.  

Por eso, aprovecha la presentación de su libro para llamar a todos a frenar los discursos de odio. “La cultura antifascista debería ser un mínimo social: el racismo, la xenofobia y el machismo no se deben debatir. El sentido común deberíamos blindarlo ante las mentiras para que no lo derriben”, concluye. 

Escucha ahora la entrevista y súmate a la lucha contra los discursos de odio. También puedes escucharlo en Piedra de ToqueSpotifyiVooxiTunes y Google Podcast:

Miquel Ramos: “El mayor pecado de la izquierda es creer que la extrema derecha es tonta o iletrada”

Entrevista al periodista especializado en extrema derecha y autor de ‘Antifascistas’. Por Marina Velasco para el Hufftington Post. 16/04/2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) no había cumplido aún 14 años cuando su profesor entró un día a clase y les contó que un grupo de neonazis había matado a Guillem Agulló, de 18 años, en presencia de una exalumna del colegio. 

Miquel conocía a Guillem de vista, tenían amigos en común, y algo hizo clic en él aquel día. El joven empezó a recopilar recortes de periódico sobre el caso, para después ir ampliando su búsqueda a cualquier agresión perpetrada por la extrema derecha, y fueron muchas. Lo que comenzó siendo una incisiva curiosidad se convirtió, con los años, en un periodismo comprometido y en una labor de investigación y divulgación sobre los movimientos de extrema derecha y de odio.

Ahora Miquel Ramos publica Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing), un prolijo ensayo donde da cuenta de la ofensiva fascista en España durante las últimas décadas y, sobre todo, de la contraofensiva que se llevó –se lleva– a cabo desde el antifascismo. 

Explica Miquel Ramos en su entrevista con El HuffPost que “el antifascismo no es una manifestación de personas encapuchadas”, sino un compromiso de lucha contra “las extremas derechas” desde “diferentes frentes y diferentes maneras”. Esa llamada es la que quiere hacer con su libro.

El periodista reconoce que la extrema derecha ha cambiado mucho en estos últimos años, ya no sólo por gozar de representación parlamentaria en la actualidad, sino por haber “revertido lo que considerábamos el consenso mínimo democrático”. “Es la infección del sentido común, lo que llaman la batalla cultural, que básicamente consiste en cuestionar los derechos de determinados colectivos: mujeres, comunidad LGTBI, migrantes”, señala. Esto se puede combatir desde diferentes lados. Pero, sobre todo, aquí las instituciones tienen un papel, sostiene Ramos: “Deben dejar de considerar como opiniones respetables aquellas propuestas que van encaminadas a socavar derechos, porque no son una opción democrática más”.

Miquel Ramos defiende, además, que “deben hacerse políticas valientes que frenen ese caldo de cultivo social que hace posible el éxito de las propuestas de extrema derecha, como son la situación de precariedad o los desahucios”. “Estos son temas de los que la extrema derecha no va a hablar”, apunta el periodista. “Utilizan la pantalla de la batalla cultural para esconder que son partidos dentro del sistema, que son neoliberales y que no piensan tocar un solo privilegio de las élites”, asegura.

Esa “infección del sentido común” que comentas ya la han logrado, de algún modo. Personas que hace unos años no se decían de extrema derecha, o ni siquiera de derechas, hoy repiten los mismos mantras que ellos.

Sin ninguna duda. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha, más allá del número de diputados que tengan. El verdadero éxito es que hoy sean considerados aceptables determinados discursos racistas, machistas, homófobos y revisionistas, incluso negando las atrocidades del franquismo y apelando a instintos muy primarios, que es una de las bases del fascismo. Evidentemente, no estamos en los años 30, pero hay una tradición ideológica que viene de ahí. Es la idea adaptada al contexto. 

Comentas en una entrevista que la mayoría de los votantes de Vox probablemente ni siquiera sean de extrema derecha. ¿La izquierda ha cometido de algún modo el error de meter a todos en el mismo saco? 

No se puede eximir al votante de extrema derecha de su responsabilidad en haber normalizado una opción de extrema derecha. Creo que hoy la gente tiene la suficiente información como para saber lo que representa y lo que es la extrema derecha. Otra cosa es que se busquen excusas para no encajar que se está votando lo que se está votando.

Otra cosa es que ese votante haya estado motivado por la apelación que hace la extrema derecha a diversas identidades. Si no, no se explicaría que alguien de clase trabajadora vote a un partido extremadamente neoliberal que va en contra de sus intereses de clase. ¿Por qué un obrero vota a la extrema derecha? Porque se le apela a otra identidad, de hombre, blanco, heterosexual, español. Esas teclas que toca la extrema derecha son las que provocan que mucha gente se sienta interpelada más allá de sus intereses de clase, por decirlo así.

Creo que el mayor pecado de la izquierda no es responsabilizar a los votantes de extrema derecha, porque obviamente tienen responsabilidad, sino considerar que la extrema derecha es tonta o iletrada. Todo lo contrario: la extrema derecha es muy inteligente, esto lo lleva preparando desde hace muchos años y sabe perfectamente lo que hace. Está muy bien instruida, tiene unos pilares ideológicos muy claros y una retórica muy elaborada. Por eso convencen a tanta gente; porque no son ignorantes, no son cuatro cuñaos. 

Entonces, ¿es “la extrema derecha que viste de ejecutivo” a la que deberíamos temer, como decía hace unos años un relator del Parlamento Europeo al que citas en tu libro? 

Efectivamente. La caricatura de la extrema derecha ha sido un lastre que hemos arrastrado durante muchos años. En España se tenía la idea, por una parte, del franquista nostálgico y, por otra parte, de los skinheads. Pero existía una extrema derecha mucho más allá, que se vestía de ejecutivo, que estaba en las universidades y que estaba tomando notas y preparando el terreno. En Europa ya había pasado eso; en España empieza a pasar hace una década más o menos. España sigue la estela de otros países donde la extrema derecha ha entendido que desfilar con emblemas de las SS o escudos franquistas ya no vende mucho, no es buen marketing. Lo que hacen es renovar su discurso para intentar meterse en la democracia y, desde ahí, cuestionar los fundamentos de la propia democracia, que son los derechos humanos.

El año pasado, Alemania –con Merkel aún al frente– señaló a la ultraderecha como principal amenaza para la seguridad del país. ¿En qué punto estaría España, si nos comparamos con el caso alemán? 

Las cifras sobre la violencia y el terrorismo de la extrema derecha en varios países hablan por sí solas. Las agencias de investigación de países como Reino Unido, Estados Unidos o Alemania llevan años alertando de que el terrorismo de extrema derecha está superando en actividad y en víctimas a otro tipo de violencia interna, incluido el terrorismo yihadista. Es obvio que los expertos en estas materias alerten sobre el peligro de estos grupos. 

En el libro cuento cómo han sido las operaciones policiales más importantes que ha habido en España contra grupos nazis. Que el lector interprete cómo se han resuelto. Hay casos que son absolutamente escandalosos. Estos días están juzgando a un señor francotirador que quería asesinar al presidente del Gobierno [condenado el pasado martes a siete años y medio de prisión], el ministro del Interior y el anterior vicepresidente del Gobierno recibieron sobres con balas, el vicepresidente tuvo a una horda de fascistas a las puertas de su casa durante meses acosando a su familia, se han desarticulado bandas nazis con armas. Claro que hay grupos de nazis activos y con intención de ejercer violencia. Por suerte, se están desactivando, pero luego, cuando llegan a juicio, o incluso a nivel mediático, no se les da la importancia que tienen. Hasta que un día tengamos un susto, y entonces nos preguntaremos qué hemos hecho mal. Alumnos llevamos mucho tiempo diciendo que están ahí, que están preparados y que cualquier día puede pasar una desgracia.

¿España tiene un problema con la penetración de la extrema derecha en sus órganos, y ya no hablo del Congreso, sino de la policía, los jueces, etcétera?

Siempre lo ha tenido, en el libro doy cuenta, desde las bandas parapoliciales y el terrirosmo de Estado de principios de los 80 y 90 hasta la tranquilidad con la que ahora mucha gente de estas instituciones exhibe sin ningún pudor sus simpatías por ideologías antidemocráticas, como hemos visto en los chats de los militares, policías desayunando en bares plagados de simbología fascista, militares reivindicando la figura de Franco… Y no existe ninguna sanción. No hay ningún tipo de interés por parte del poder político, mande quien mande, en atajar esto.

Hoy [6 de abril], en Alemania, se ha desmantelado un grupo neonazi y hay un suboficial de las fuerzas armadas detenido. Claro que existen elementos reaccionarios dentro de estos cuerpos. El problema es que existe una absoluta impunidad para estas personas y existe un enorme temor, por parte de los demócratas dentro de estos cuerpos, a denunciarlo. Los que se esconden son quienes denuncian esto, no los que hacen apología. Evidentemente, tenemos un problema.

Con el caso de la guerra de Ucrania y la figura de Vladimir Putin hemos visto cómo la extrema derecha acomoda sin pudor su discurso según las circunstancias y, por lo que cuentas, es un patrón habitual. ¿A sus votantes esto les chirría, o les vale todo? 

Para la extrema derecha vale todo. Pueden decir hoy blanco y mañana negro, pero no pasa nada, porque basan gran parte de su estrategia en la confusión y en la mentira. Y esto tampoco se sanciona luego. ¿Cuántos bulos ha lanzado la extrema derecha que han sido desmentidos y se han seguido repitiendo? Lo hace gente que incluso sabe que es mentira, pero como refuerzan un marco que les interesa, lo repiten hasta la saciedad. Aquí ya no es sólo la extrema derecha: son los medios de comunicación, determinados políticos que también compran esos marcos, etcétera. Recuerdo hace unos años a Pablo Casado diciendo que los inmigrantes se debían adaptar a las costumbres españolas. Escucha, los inmigrantes se deben adaptar a las leyes; en ningún sitio está puesto que deban comer paella los domingos. Los inmigrantes deben cumplir la ley; si luego quieren comer cuscús o ir a la mezquita en vez de a la iglesia, es su decisión.

Hace unos años firmabas con seudónimo. Ahora no. ¿Qué ha cambiado? 

Varias cosas. Ha sido una decisión personal de dar la cara. Por el ambiente hostil que vivía en mi ciudad, Valencia, he sido objeto de amenazas, de señalamientos, y creo que una manera de protegerme también es dando la cara. No soy el único periodista que ha escrito sobre estos temas. Pero muchos de nosotros nos sentimos desamparados, absolutamente. A veces incluso sentimos falta de complicidad entre personas del propio gremio. Creen que porque informamos sobre estos temas dejamos de ser periodistas y pasamos a ser activistas, de una manera despectiva. No es fácil informar sobre estos temas. Quienes tomamos la decisión de poner la cara también lo hacemos por compromiso con la gente anónima, que en muchos casos está poniendo el cuerpo, se la está jugando. 

¿El ambiente sigue siendo igual de hostil?

Sigue igual. Las amenazas las recibí hace años y las sigo recibiendo ahora. Lo único es que aprendes a gestionar esas situaciones o ese miedo. Sería una victoria para ellos que nos echáramos para atrás.

Miquel Ramos: “El fascismo en España está normalizado”

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Entrevista de Ángel Munárriz para Infolibre, 16 de abril de 2022

Miquel Ramos tenía algo menos de 14 años cuando Guillem Agulló, de 18, fue rodeado por un grupo de neonazis antes de recibir una puñalada letal en el corazón. Ocurrió en Montanejos (Castellón) en 1993 y el eco del crimen le llegó con nitidez a Ramos, un adolescente que arrancaba por entonces su socialización política en Valencia bajo la impresión de otras dos muertes a manos de la extrema derecha. El año anterior, 1992, había sido asesinada Lucrecia Pérez en Aravaca (Madrid); el anterior, 1991, Sonia Rescalvo en Barcelona. “Todo fue seguido: Sonia, Lucrecia y Guillem. Fue aquello lo que nos puso en alerta sobre la crueldad de lo que teníamos enfrente”, explica Ramos.

Es posible que a muchos lectores no les suenen los nombres de estas tres víctimas ni tampoco conozcan sus historias, lo cual vendría a dar la razón a una idea central de Antifascistas (Capitán Swing, 2022), el libro con el que el hoy periodista Ramos (València, 1979) homenajea a Agulló, Pérez, Rescalvo y muchas más víctimas del odio político y luchadores contra el fascismo, ya fuera en las calles, las aulas, los sindicatos o cualquier otro frente de batalla. ¿Y qué idea es esa que recorre Antifascistas? Que estamos ante los grandes olvidadosde la democracia y la sociedad españolas. Que el antifascismo en democracia ha sufrido una generalizada desconsideración porque aceptar sus méritos supondría aceptar previamente la pervivencia del fascismo, cuando este –según la narración oficial– había sido enterrado durante la idílica Transición.

En las más de 600 páginas de Antifascistas Ramos nos habla de figuras con papeles heroicos o trágicos o circunstanciales, con el común denominador de habérselas visto cara a cara con la ultraderecha. Nos habla de Xavier Vinader, que enseñó lo que nadie quería ver con sus reportajes sobre la extrema derecha en los primeros 80; del policía Francisco Ros, que se atrevió a desvelar el peso de la ideología y la práctica fascistas en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; de Santiago Barquero, un joven skater de Móstoles que, repartiendo unos folletos antifascistas, recibió tal paliza que perdió el habla y que, al igual que Ros, acabó suicidándose; de Aitor Zabaleta; de Carlos Palomino… El listado de víctimas es largo, por desgracia. Al menos Ramos nos habla también de un sinfín de experiencias, iniciativas y organizaciones antifascistas, aunque –lamenta– han actuado demasiadas veces sin apoyo mediático o institucional.

Su experiencia está marcada por su adolescencia en Valencia. ¿Por qué le avergonzaba hablar valenciano?

No es que me avergonzara de mi lengua, es que temía que me avergonzaran. En la València de los 80 y 90, la hostilidad de la extrema derecha estaba normalizada y cualquier expresión en lengua propia era estigmatizada como una especie de traición a la concepción de valenciano que quería instaurar la derecha, que era la del inicio del himno: “Para ofrendar nuevas glorias a España”. El temor a ser acusado de catalanista llevaba a mucha gente a renunciar a su lengua y a sus señas de identidad.

En España, a diferencia de Francia o Alemania, está asentada la idea de que es posible ser demócrata sin ser antifascista.

Totalmente. Se extendió la falsa idea de que el fascismo murió con Franco y ya no había que combatirlo, así que la democracia española no contiene ese ingrediente antifascista. Yo creo que no se puede ser demócrata sin ser antifascista porque el fascismo no sólo es enemigo de la democracia, sino de sus pilares, que son los derechos humanos.

Su trabajo denuncia la utilización de la etiqueta “tribu urbana”, que ha servido para trazar una especie de simetría entre el fascismo y el antifascismo.

Es ridículo equiparar fascismo y antifascismo. Es como hacerlo con “machismo y feminismo”, “racismo y antirracismo” o “tolerancia e intolerancia”. Son opuestos. No es lo mismo una víctima del Holocausto que un oficial de la SS. La etiqueta de la “tribu urbana” ha servido para banalizar el problema del fascismo y exonerar de responsabilidad a las instituciones, obviando el componente estructural del problema.

¿Estructural?

La impunidad del fascismo en España tiene su continuidad en la configuración del régimen del 78. Las bandas neonazis gozaron de impunidad en su día. El relato de las “tribus urbanas” es un intento interesado de criminalizar a los únicos que les plantaron cara. Esa caricaturización ha sido un lastre para el movimiento antifascista. La gente que ha estado en el antifascismo sabe que es un movimiento plural y que no implica una acción en la calle. En el libro relato multitud de luchas que no llevan implícita la capucha y la manifestación. Hay investigación, hay periodismo, hay memoria histórica, hay sindicalismo, hay educación… El antifascismo no es una tribu urbana, como suele salir en los medios. Es lucha por la democracia y los derechos humanos.

En Estados Unidos y Alemania el terrorismo de extrema derecha es considerado un problema nacional. Sin minimizar el caso español, ¿no estamos lejos de eso?

Aquí se ha banalizado la amenaza de la extrema derecha. Yo documento operaciones policiales que se realizan contra los neonazis y en muy pocas hay acusaciones de terrorismo o los detenidos pasan por prisión preventiva, aunque haya armas. Aquí en Valencia los pillan con un bazooka y les dicen “ya te llamaremos para juicio en diez años”. Esto no ocurre con los activistas de izquierdas. Hay una doble vara de medir.

Hubo una etapa en los 90 de auténticas “cacerías humanas” con objetivos concretos, lo que los neonazis llamaban “escoria”: objetores de conciencia, punkis, okupas, gays, transexuales. ¿Tiene España una deuda con estos colectivos?

Sin duda. Los colectivos antifascistas, LGTBI, feministas y antirracistas, que han sido perseguidos y estigmatizados por la extrema derecha, han estado además muy solos.

Leyendo las víctimas que va repasando su libro, comprobé que hay muchas escasamente conocidas. ¿Falta un reconocimiento social e institucional a las víctimas de la violencia de ultraderecha en España?

Hay muy poco reconocimiento. David [Bou, periodista] y yo intentamos dárselo con crimenesdeodio.info. También está el documental Ojos que no ven… Hay intentos. Pero sí, sin duda las víctimas de la extrema derecha son las grandes olvidadas en España.

La historia de Sonia Rescalvo es estremecedora. Cinco neonazis apalizaron durante 15 minutos con palos y botas de punta de acero a dos mujeres transexuales, Sonia y Doris. La primera murió y la segunda quedó desfigurada.

Es especialmente escabroso por el orgullo que los asesinos mostraban por haber matado a una persona transexual.

¿Hay un hilo que conecta la escasa atención a los asesinados por la extrema derecha y la permanencia de tantas víctimas del franquismo en las cunetas?

Sin ninguna duda. De aquellos polvos, estos lodos.

Las gradas futbolísticas han sido un tradicional hervidero ultraderechista. ¿El fútbol ha hecho los deberes?

No. En absoluto. No estamos en los 90, el fenómeno ha bajado, al club ya no le sale rentable mantener a una pandilla de nazis. Pero sigue habiendo permisividad y una cierta doble vara de medir.

Hablaba de los años 90. Aquella escala violenta del fenómeno neofascista y neonazi, en la que con detalle se detiene en su libro, ¿ha quedado atrás?

La violencia no ha desaparecido, pero es verdad que no estamos en los 90, no hay esta sobreactuación de la extrema derecha en la calle. Eso sí, gran parte ha sido porque se le ha plantado cara. Es decir, no es porque se hayan aburrido y cansado. 

Uno de sus capítulos se titula: La “democratización” de la ultraderecha: un nuevo reto del antifascismo. Si hay “democratización”, ¿por qué es un reto?

Pongo “democratización” entre comillas. Porque lo que hace es explorar la vía electoral para conseguir los mismos objetivos que antes se perseguían con la acción directa.

¿Vox representa lo mismo que Democracia Nacional, Alternativa Española o España 2000? ¿Tiene el mismo proyecto?

En gran parte sí. Cambian las formas y la habilidad para transmitir ese mensaje, pero comparten un corpus ideológico y un proyecto político que se fundamenta en quitar derechos a determinados colectivos y en un modelo basado en la desigualdad.

¿Le reconoce a Vox que no utiliza la violencia?

Vox no utiliza la violencia en la calle, pero su mensaje, su lenguaje, su discurso, su diana en determinados colectivos es combustible. No se le pueden atribuir a Vox obviamente actividades violentas, porque no las hay, pero Joseph Goebbles tampoco apretó ningún gatillo.

¿Está Vox sembrando para recoger en el futuro?

Claro. El objetivo de la extrema derecha mainstream, digamos de Vox y la constelación ultraderechista intelectual, que está en la batalla cultural, es sembrar. Antes que los diputados, quiere romper el sentido común. Quiere conquistar el sentido común antes que conquistar el poder.

¿Vox desinfla al fascismo puro y duro o le abona el terreno?

Lo segundo. Vox ha normalizado lo que antes sólo decían los grupos nazifascistas. Ha pasado el mensaje por una nueva retórica y una nueva forma que no suena tan radical. Pero es la misma idea. Es que incluso el otro día estaba [Jorge] Buxadé hablando de la teoría del Gran Reemplazo, aunque no fuera exactamente con esas palabras. Son cosas que demuestran lo normalizado que está el fascismo en nuestro país.

¿Diría que el fascismo está normalizado en España?

Absolutamente. Fíjate. Cuando ha llegado Vox se lo ha considerado una opinión respetable más desde el minuto uno.

Depende de quién, ¿no?

Bueno, la mayoría de medios de comunicacion y el resto del arco parlamentario.

¿Qué papel atribuye la televisión en la normalización de este discurso?

La extrema derecha ha sabido aprovechar las rutinas televisivas, sometidas al espectáculo, para ser el centro de atención, generar polémicas e insertar discursos que apelan a los bajos instintos. Las televisiones tienen especial predilección por los sucesos y Vox está como pez en el agua en el marco securitario. Ni siquiera hace falta que aparezca alguien de Vox, la televisión ya está estimulando su discurso.

Usted rechaza que se pueda combatir a la extrema derecha sólo con “sentido común” y “argumentos”. ¿Entonces?

La gente piensa a la extrema derecha se la derrota con argumentos y teniendo razón, lo cual es no sólo muy inocente, sino error histórico que se paga caro. Porque la extrema derecha se basa en las mentiras. Ellos utilizan el bulo y lo estiran y es muy difícil de contrarrestar. ¿Cómo se gana? Haciendo políticas valientes, trabajando en los barrios, en la educación, en el sindicalismo. Quitándole espacio.

Con la herida de la Gran Recesión sin curar y empezando a salir de la pandemia, llega una guerra y una tremenda inflación. ¿Toda esta serie de crisis abona el terreno para la extrema derecha?

Sin duda. Aquí me fijo en lo que pasó con el 15M, que tuvo la virtud, en plena crisis, de plantear los problemas derivados del capitalismo salvaje levantando un muro que evitó que aquel malestar fuera capitalizado por la extrema derecha y se infectara de odio, como ocurrió en otros sitios: recordemos la gran cantidad de apoyos a Amanecer Dorado [en Grecia]. En España esa infección de odio la frenaron los movimientos sociales.

¿Y no está ahora, en cambio, desmovilizada la izquierda?

La izquierda sigue ahí, sigue estando en la calle y de hecho se sigue organizando, parando desahucios, construyendo iniciativas populares… Pero es verdad que no tiene tanta visibilidad como sí tiene la derecha cuando saca todo su arsenal, primero porque tiene más dinero, más altavoces, más medios…

Es innegable que en las manifestaciones del campo y el transporte se veía más a la derecha que a la izquierda.

Aquí una parte de culpa es de quienes están en el Gobierno. Lo que les pedimos a los políticos no es que hagan discursos brillantes contra la extrema derecha, sino políticas que desactiven los espacios donde puedan alzar su bandera. Si no solucionas los problemas estructurales, abonas el terreno para que la extrema derecha se lleve el rédito.

¿Son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado [Policía y Guardia Civil] el principal foco de la extrema derecha en España? ¿Tenemos ahí un problema de Estado?

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no son el principal foco. El problema es que hay determinados focos que no se acotan ni tienen ningún tipo de sanción o reproche. Ni los responsables políticos ni los mandos hacen absolutamente nada para impedir determinados discursos e imágenes, como las de almorzar en un bar lleno de simbología franquista. Además, hay un sesgo estigmatizador, como cuando en la concentración por Samuel en Madrid, con cargas policiales, la nota de prensa de la Delegación del Gobierno decía que se había identificado a varias personas por su estética de radicales de izquierdas. Es un lenguaje estigmatizador. Eso además de una permisividad absoluta con este tipo de gente [en referencia a la extrema derecha].

¿Qué entidad le da al fenómeno del “rojipardismo”, esa incorporación a la izquierda de discursos y marcos de la extrema derecha?

El rojipardismo es un fenómeno posmoderno que nace, crece y se reproduce en redes sociales. Que una parte de lo que se considera de izquierdas asuma los marcos de la extrema derecha es el mejor regalo que le pueden hacer a la extrema derecha.