Jarabe de palo

El uso de la violencia por parte de los Estados ante cualquier demanda que suponga una amenaza, real o simbólica, ha sido la norma. De París a Madrid. De Alabama a Praga. Del 68 al 2018.

MIQUEL RAMOS – 29 MAYO, 2018 – PÚBLICO

La guerra de Vietnam, el paro, los procesos de descolonización, el rechazo a las élites, las luchas por los derechos civiles y otras contiendas políticas y sociales que sacudían medio mundo, sacaron a decenas de miles de personas a las calles durante la década de los 60. Años convulsos en plena Guerra Fría, con múltiples frentes abiertos que los estados quisieron controlar a base de palos. Lo que en todos los escenarios se repitió fue la respuesta violenta del poder ante las demandas democráticas.

La respuesta a las ocupaciones de las universidades y las fábricas, a las huelgas y a las manifestaciones, tanto en París como en tantos otros sitios donde prendió la mecha, fue la represión sin contemplaciones. En Francia, miles de detenidos, violencia indiscriminada de la Policía, siete manifestantes y dos policías muertos, y once organizaciones ilegalizadas al ser consideradas extremistas por el Gobierno. Además, el Service d’Action Civique (SAC) —los grupos parapoliciales del gobierno gaullista— así como la extrema derecha, aglutinada entorno a la organización Occident, actuaron con violencia contra los manifestantes. Las universidades y las calles en México se levantaron también con similares demandas contra el autoritarismo del Gobierno, las desigualdades y por los derechos civiles y políticos.

El 2 de octubre, el Gobierno mexicano —a través de grupos paramilitares—, el Ejército y las fuerzas del orden, llevaron a cabo la Operación Galeana, que consistió en el asesinato de más de un millar de personas en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Además, otras personas cuya cifra se desconoce, resultaron heridas, detenidas, torturadas e incluso desaparecidas.  En Praga, los tanques soviéticos tomaron las calles. Tampoco la URSS quería fisuras, y también optó por aplacar la primavera de Praga a la fuerza. Cualquier atisbo de reforma democrática podría hacer tambalear el bloque entero.

En Estados Unidos, el asesinato de Martin Luther King, quien apostó por la lucha pacífica por los derechos civiles, marcó un antes y un después. Si la no violencia y la desobediencia pacífica obtenía como respuesta la muerte y la represión, no había ya nada que perder. El asesinato de King desató una ola de protestas que fueron aplastadas violentamente por el Estado, dejando al menos medio centenar de muertos. Mientras, el napalm masacraba a miles de vietnamitas en nombre de la democracia.

Cuarenta y tres años más tarde, el 15M y todo lo que vino después (protestas de estudiantes, la marcha minera, las distintas mareas, tres huelgas generales en dos años, la protesta de ‘Rodea el Congreso’, etc), recibió de nuevo, como en mayo del 68, la misma respuesta: palos a mansalva. Imágenes imborrables de cargas policiales salvajes en muchas de estas protestas, detenciones indiscriminadas, prisión preventiva y finalmente, la implementación de una dura Ley de Seguridad Ciudadana que limitaba derechos y libertades fundamentales de una manera excepcional.

El uso de la violencia por parte de los Estados ante cualquier demanda que suponga una amenaza, real o simbólica, ha sido la norma. De París a Madrid. De Alabama a Praga. Del 68 al 2018. Las porras siguen siendo las garantes de que las cosas cambien poco. Y si lo hacen, como y cuando ellos decidan. Quien se pase de listo, cobra. Y da igual que la imagen sea fea. El Estado lo ha superado siempre. No necesita pedir perdón. Nunca lo hizo.

*ARTICULO PUBLICADO EN EL ESPECIAL MAYO DEL 68: LA PRIMAVERA QUE NOS ALUMBRÓ DEL DIARIO PÚBLICO 

Mayo del 68: vs 15M: No somos mercancía

Los acontecimientos que se desarrollaron en París supusieron un toque de atención a la supuesta prosperidad surgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento 15M, muchos años después, volvió a poner sobre la mesa algunas de estas reivindicaciones.

MIQUEL RAMOS – 29 MAYO, 2018 – Público

Los acontecimientos que se desarrollaron en París y en otras ciudades del planeta alrededor del mayo del 68 supusieron un toque de atención a la supuesta prosperidad surgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Fue la cristalización de una crisis de régimen en Francia, pero también de una crisis global en todo el mundo. Una época en la que los referentes se venían abajo y al mundo le faltaban espejos en el que mirarse. Una  primavera que recorrió el mundo con el mensaje de que los gobernados no se parecían en nada a sus gobernantes. Ni querían la guerra ni querían los imperios. Querían vivir en paz. El movimiento 15M, muchos años después, volvió a poner sobre la mesa algunas de estas reivindicaciones. Jóvenes volvieron a salir a las calles para gritar a las élites que no eran mercancía en manos de políticos y banqueros, a la vez que pedían más democracia y más espacios de participación.

Similitudes

Crisis económica y paro: A pesar de haber vivido años de presunta prosperidad, las desigualdades se hacen patentes y las soluciones del estado  son insuficientes. Hay un descontento general con la falta de oportunidades y gran preocupación por el paro, sobre todo entre los jóvenes.

Heterogeneidad: Estudiantes, jóvenes precarios y trabajadores de varios sectores coinciden en sus reivindicaciones contra un sistema infestado de corrupción y una economía que beneficia a las grandes corporaciones y a las grandes fortunas.

Batalla con la extrema derecha: Grupos ultraderechistas se alinean con el poder contra las protestas durante los años ’60. En España, la ultraderecha trata de colarse en las reivindicaciones sociales sin éxito. Mientras en Europa ganan elecciones, en España son eclipsados por el 15M.

Politización de la sociedad: Ante el desencanto con la política institucional y la sociedad de masas, las reivindicaciones políticas y sociales  empiezan a extenderse a todos los sectores y sobre todo entre los jóvenes, que en ambos contextos tendrán un papel protagonista.

Crítica a las élites económicas y políticas: En los ’60 existió un rechazo directo a las élites y a las viejas figuras políticas herederas de la posguerra. El 15M articuló también un mensaje claro de ‘los de abajo contra los de arriba’, contra la casta y el régimen del 78.

Violencia policial: En ambos casos, la respuesta del Estado fue la criminalización, la represión, el control y la violencia institucional. Aunque logra frenar las protestas, el descontento continúa y se le suma la frustración y la impotencia.

Diferencias

Internacionalización: Las revueltas de París se extienden a México, España, la República Federal Alemana, EEUU, Checoslovaquia… El 15M inspira movimientos similares en Estados Unidos, Turquía o México. Pero no consigue un 15M global.

Contexto: En mayo del 68, en plena Guerra Fría, se están desarrollando el proceso de descolonización, la guerra de Vietnam y movimientos  contraculturales como el hippie. El 15M fue un fenómeno que surgió espontáneamente en España sin grandes precedentes. Los más cercanos podrían ser las primaveras árabes o el movimiento antiglobalización diez años atrás.

Menos fuerza de obreros y sindicatos: Mayo del 68, el movimiento obrero y sindical tenía una gran fuerza e influencia en las movilizaciones sociales, aunque no fueron iniciadas por ellos. Las ocupaciones de fábricas y las huelgas generales indefinidas contaban con un gran seguimiento. En 2011, parte de las críticas iban dirigidas a los sindicatos mayoritarios, a los que se acusaba de no ser suficientemente combativos ante los  problemas laborales y estructurales existentes.

No violencia: Así como París vivió jornadas violentas donde los adoquines volaban sin cesar, el 15M tuvo como premisa la no violencia. Aún así, en ambos casos, el Estado administró la misma medicina: represión, violencia policial y detenciones indiscriminadas.

Medios de comunicación: El papel de internet fue clave para el desarrollo y la difusión de las actividades e ideas del 15M. Miles de personas se  convirtieron en altavoz de cada acción, cada asamblea o cada propuesta lanzada desde las plazas de modo inmediato.

*Articulo publicado en el especial MAYO DEL 68: LA PRIMAVERA QUE NOS ALUMBRÓ del diario Público

España debe enfrentarse consigo misma

España debe enfrentarse consigo misma, Miquel Ramos, NYT en español

España se exhibió el domingo al mundo de la peor manera que podría hacerlo.

De acuerdo con las autoridades catalanas, cerca de 900 personas que abarrotaban los colegios donde se votaba resultaron heridas por la acción de la policía en una embestida brutal que ha escandalizado al mundo, viendo la resistencia pacífica de quienes defendían las urnas. Más de dos millones de catalanes votaron, el 42 por ciento del censo, y 90 por ciento a favor de la república catalana. Lo hizo desde el jugador del FC Barcelona Gerard Piqué hasta Neus Català, superviviente del Holocausto, a sus 102 años de edad. La policía solo pudo parar la votación en algunos puntos concretos. Pero al alcanzar ese clímax, España ya había perdido a Cataluña.

Más allá del debate sobre la legitimidad de un referéndum no pactado entre Cataluña y España, la acción del gobierno de Mariano Rajoy ante esta crisis ha puesto en evidencia el grave y verdadero problema que arrastra el Estado desde 1978, cuando se aprobó la Constitución tras la muerte del dictador Francisco Franco. Fue reformada en 2011, en plena crisis económica, para modificar su artículo 135 con los votos del Partido Popular (PP) y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) —de derecha y centro, respectivamente— para establecer como prioridad el pago de la deuda pública antes que cualquier otro gasto, una reforma que indignó a miles.

La Constitución fue aprobada en un momento excepcional, a pesar de un fascismo todavía activo y un Estado que se quería presentar como nuevo y democrático conservando las estructuras del que aspiraba a liquidar: la misma policía, algunos jueces, ministros y funcionarios del régimen franquista; sin juicios a los responsables de los crímenes de la dictadura, sin elección entre monarquía o república, con un rey impuesto por el dictador y ruido de sables por doquier.

Cuarenta años después, quienes tienen menos de sesenta años y no pudieron elegir, e incluso algunos de quienes votaron entonces, reclaman que se abra de una vez un debate. Partidos como el PSOE, Podemos, los distintos partidos nacionalistas o Ciudadanos ya se han mostrado dispuestos a empezar a debatir sobre ciertas reformas constitucionales, con posturas —eso sí— distintas sobre el modelo de Estado (monarquía o república), o la relación con las naciones que lo conforman.

Aunque no existe un consenso sobre los artículos que deberían ser objeto de revisión, el debate está sobre la mesa. Y ese es el problema del Estado desde 1978 que se evidenció estos días en Cataluña: la negativa a mirarse al espejo, a superarse a sí misma y a escuchar a sus ciudadanos. A lo largo de los últimos años, sobre todo tras el rechazo por parte del Tribunal Constitucional a la reforma del estatuto de autonomía catalán en 2010, el sentimiento independentista ha ido en aumento. Aunque quizá en un referéndum pactado con el Estado no hubiese ganado la opción independentista, gran parte de la ciudadanía hoy ya se muestra favorable a una consulta sobre el derecho a decidir.

Esconder o minimizar un conflicto político de tal magnitud nunca lo va a resolver. Permanece, se enquista, y al final estalla, como hemos visto desde hace tiempo con el tema catalán. A pesar del discurso que entonan al unísono PP y PSOE –quinta y tercera fuerza en Cataluña, respectivamente, muy por detrás de los partidos independentistas– y reforzado por todos los grandes medios de comunicación españoles, públicos y privados, basta con visitar Cataluña para darse cuenta de que existe una realidad bien distinta. La normalidad reina en las calles y la gente debate sin temor.

A quienes vivimos en España y conocemos Cataluña no nos sorprende el abismo que existe entre dos relatos completamente distintos. Tampoco que quienes se muestran contrarios a que Cataluña decida su futuro por sí misma, avalen la brutalidad policial de las últimas semanas pidiendo arrestossuspensión de la autonomía y ocupación militar. Es la obstinación que arrastra el Estado español desde hace décadas, la arrogancia de quienes ayer gritaron al futbolista del FC Barcelona “¡Piqué, cabrón, España es tu nación!”durante un entrenamiento, o quien hace alarde de su catalanofobia sin complejos ridiculizando a todo un pueblo que hace décadas que no se encuentra cómodo en este escenario.

La muestra de la torpeza de este Estado ante el conflicto no podía ser más gráfica: 15.000 policías ocuparon Cataluña, presentándose en pequeños pueblos que nunca habían visto a ningún agente antidisturbios en sus calles. Las imágenes de los agentes golpeando y disparando gases y balas de goma contra la población, arrancando urnas, rompiendo puertas a mazazos y arrastrando por los pelos a quienes se resistían pacíficamente marcarán para siempre a todo el pueblo catalán, y ya han empezado a despertar dudas e indignación en gran parte de ciudadanos del resto del territorio de España.

Oficiales de la Policía Nacional de España decomisan una urna de votación en un allanamiento a una clínica de salud durante el referéndum, el 1 de octubre, en Lérida, Cataluña. CreditAdria Ropero/European Pressphoto Agency

Así lo demuestran las enormes concentraciones que tuvieron lugar la tarde de domingo en ciudades como MadridValencia o Sevilla. El domingo Cataluña también estaba llena de observadores internacionales y de turistas que fueron testigos de lo que realmente sucedió y que contrarrestan el relato oficial, que defiende la actuación policial como proporcionada y afirma que los agredidos han sido los policías. Algunos ciudadanos mostraron su apoyo al gobierno y la policía concentrándose en las puertas de los cuarteles desde donde partían los agentes, ondeando banderas de España. También las principales ciudades de España han sido escenario de actos más o menos multitudinarios que reivindicaban la españolidad de Cataluña.

Cierto es que parte de la ciudadanía catalana tampoco considera legítimo el referéndum y que preferiría gestos por ambas partes para negociar una salida bilateral al conflicto. El gobierno español no ha mostrado ninguna disposición a negociar nada que implique la separación de Cataluña de España. El gobierno catalán, por su parte, ha decidido apoyarse en la mayoría parlamentaria de la que goza para forzar la maquinaria hasta el final y realizar este pulso simbólico con el Estado. Aunque ha sido siempre consciente de las dificultades para ofrecer una consulta con todas las garantías, ha conseguido sin duda elevar al plano internacional el conflicto y ganar todavía más adeptos a una consulta en Cataluña.

Así, el alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha pedido que se investigue la violencia policial del domingo mientras el presidente catalán, Carles Puigdemont, ha anunciado que el proceso de desconexión de Cataluña respecto a España es irreversible. Hoy, mientras la huelga general contra la violencia policial ha sacado a miles de personas a las calles de Cataluña en enormes manifestaciones, el rey Felipe VI se dirigió a la ciudadanía para reafirmar que el único marco posible es la Constitución. El monarca siguió el guion del gobierno acusando de desleal al gobierno catalán. No hizo ninguna alusión al diálogo y, posiblemente, no haya convencido a los catalanes, que cada vez más se muestran ya no despreciados, sino atacados por el Estado.

España debería haber aprendido de las experiencias de Quebec y Escocia, pactando un referéndum con Cataluña. En ambos casos, los ciudadanos rechazaron la independencia, pero nadie pudo acusar a los Estados de no escuchar a sus ciudadanos. Debe ser capaz de ofrecer soluciones y descartar abiertamente el envío de tropas o la suspensión de los autogobiernos autonómicos. Urge una reforma constitucional a muchos niveles que actualice el diseño del Estado, en una sociedad que cambia muy rápidamente. Y el conflicto con Cataluña acaba de poner este reto sobre la mesa. Tanto algunas voces del PSOE como Podemos y la mayoría de partidos ya lo han pedido.

España tiene un gran problema, y este es ella misma: o lo afronta con valentía y con humildad, empieza a escuchar y abandona su arrogancia y su inmovilismo, o perderá una oportunidad histórica que quizá no tenga ya marcha atrás.

ENLACE AL ARTÍCULO ORIGINAL

¿Cómo dejamos de preocuparnos y comenzamos a amar a la nueva ultraderecha?

Lutz Bachmann, al centro, fundador del movimiento xenofóbico y antiislámico germano Europeos Patrióticos Contra la Islamización de Occidente, Pegida, tiene sus ojos cubiertos como si estuvieran pixelados por los medios al arribo de su juicio por cargos de discurso de odio, el 19 de abril de 2016, en Dresden, al este de Alemania. Robert Michael/Agence France-Presse – Getty Images

VALENCIA, España — En mayo media Europa contenía la respiración ante la segunda vuelta de las elecciones francesas, temiendo una posible victoria de la ultraderechista Marine Le Pen. Aunque venció Emmanuel Macron, más de diez millones de franceses votaron por el Frente Nacional, que obtuvo los mejores resultados de su partido desde su fundación. Resulta atrevido afirmar que se venció a la ultraderecha. Los partidos de esta ideología han conseguido disputar presidencias y ocupar numerosos escaños en la mayoría de países europeos.

Las razones de este giro hacia el populismo xenófobo son ampliamente debatidas y analizadas, pero pocas veces se presta atención a quienes desde abajo vienen armando todo lo imprescindible para que todo esto sea posible.

Mientras la crisis económica continúa, las nuevas ultraderechas usan lo que denominan el “sentido común” para justificar sus soluciones simples a problemas complejos. Conectan con aquellos que se sienten abandonados por las instituciones y amenazados por la globalización.

La crisis económica y la torpeza de las izquierdas y las derechas históricas, que a menudo han legitimado los postulados del Frente Nacional introduciéndolos en la agenda política, no ha hecho más que allanar el terreno para que vuelvan estos discursos del miedo. Ellos son ahora los que se llaman antisistema.

La extrema derecha entendió que ni las referencias nostálgicas a regímenes pasados ni determinadas estéticas resultaban ya rentables. Era necesaria una renovación de la imagen y de la retórica, y aquello que ya sugirió la Nouvelle Droite francesa en los años setenta, está dando hoy sus frutos. Esto es, arrebatarle la hegemonía a la izquierda, ganar la batalla cultural primero para asaltar la política después. Aquella ultraderecha leyó a Antonio Gramsci y trató de aplicarlo para su causa. Aunque ha tomado décadas y ha habido otros factores, hay mucho más que partidos y líderes mediáticos detrás de todos estos éxitos.

Los activistas del fascismo del siglo XXI se llaman Identitarios y rechazan ser catalogados como extrema derecha. Sus símbolos han sido renovados: no llevan esvásticas ni cabezas rapadas. Rechazan igualmente el comunismo y el capitalismo, el eje izquierda-derecha, y se hacen llamar social-patriotas. Afirman que adoran más que nadie la rica diversidad étnica y cultural del mundo. Reivindican el etnopluralismo, esto es, no considerar ninguna raza o cultura superior a otra, sino apreciar la diversidad y tratar de conservarla evitando que se mezclen, es decir, evitando la inmigración, el multiculturalismo y el mestizaje. Los identitarios italianos incluso han realizado viajes a zonas de conflicto para entregar ayuda humanitaria. Porque si en sus países están bien, no vendrán a buscar fortuna a los nuestros.

Fue la organización Casa Pound (en honor al poeta norteamericano Ezra Pound) en Italia en 2002 la que empezó a ocupar edificios abandonados para dar cobijo y alimentos a familias italianas desfavorecidas, acusando al Estado de preocuparse más por los inmigrantes que por los nacionales. Le siguió el partido neonazi griego Amanecer Dorado, repartiendo comida a familias griegas cuando la crisis estaba en su peor momento y ahogaba al país en la miseria.

En Francia, la organización Generación Identitaria lanzó meses atrás la campaña de microfinanciación colectiva Defend Europe para fletar un barco que impida a las ONG rescatar refugiados en el Mediterráneo. Han conseguido recaudar más de 80.000 euros para su nave de unos 40 metros, el C-Star, que ya navega y atracará en varios puertos europeos para recoger más activistas que se quieran unir a la hazaña. Quieren rescatar a los inmigrantes, pero para llevarlos de vuelta a las costas africanas desde donde zarparon.

La propaganda de este grupo neofascista ha llegado hasta Canadá y Estados Unidos: la periodista y activista ultraderechista canadiense Lauren Southern se embarcó con los identitarios franceses en la misión contra el Aquarius en Sicilia. También Steve Bannon entrevistó hace poco al líder de esta organización y en 2015 Richard Spencer y su Instituto de Política Nacional organizaron un concurso de ensayos “Why I’m An Identitarian”.

Aunque públicamente no pidan votar por Marine Le Pen, sus acciones han ayudado sin ninguna duda a reforzar el mensaje del miedo que ha capitalizado el Frente Nacional. Sobre todo entre la juventud.

Piden prácticamente lo mismo: acabar con la inmigración y desterrar al islam de Occidente. Salir de la Unión Europea y de cualquier organismo supranacional que imponga leyes que puedan ser contrarias a los intereses nacionales. Y acabar con la clase política que ha dirigido el país durante décadas vendiéndolo al mejor postor y desvirtuando su identidad acogiendo a miles de extranjeros inadaptables.

En España, sin embargo, no existe un partido ultraderechista capaz siquiera de conseguir un solo escaño en el parlamento, pero las ideas que defienden estos partidos existen igual que en otros países. Los partidos de extrema derecha españoles llevan años divididos y enfrentados, incapaces de superar sus diferencias y de elaborar un discurso atractivo para el votante.

Y el paisaje político español es relativamente diferente al de sus vecinos. Desde los años ochenta, el Partido Popular ha sido capaz de recoger el voto desde el centro hasta la derecha radical. La resaca de la dictadura franquista persiste y la ultraderecha no ha sabido desligarse del todo de este pasado poco atractivo para las nuevas generaciones. La crisis económica pudo ser una oportunidad para articular un nuevo movimiento populista ultraderechista, pero el descontento fue capitalizado entonces por movimientos populares como el de los Indignados, y poco después por el partido Podemos. Ambos impusieron su propio marco de referencia sin alusiones xenófobas, demostrando que se podía canalizar la indignación popular sin azuzar el odio al extranjero.

Es, sin embargo, el Hogar Social Madrid el que abandera el movimiento identitario en España y que ha recibido una enorme y amable atención por parte de los medios de comunicación. Bajo las siglas de HSM se han ocupado ya seis edificios abandonados en la capital de España, donde se alojan familias españolas sin recursos y donde se entregan alimentos.

En prácticamente todos los países, las llamadas fake news (noticias falsas) –muchas de indudable intencionalidad xenófoba– han dado un formidable impulso a las ideas de la nueva ultraderecha, que se expanden sin control a través de las redes sociales y a una amplia red de medios. Y es que la gran victoria de la ultraderecha es haberse convertido en una opción democrática más mientras el proyecto europeo se desintegra y Occidente pierde poco a poco su hegemonía en un mundo cada vez más multipolar.

El peligro que entrañan los nuevos grupos identitarios, más allá de su discurso de odio, es que se obvia su matriz neonazi y se acepta su aparente pátina democrática. Sobre todo cuando los índices de violencia ultraderechista aumentan en Europa a un ritmo alarmante. Solo en 2016, Alemania registró 3500 ataques contra refugiados.

Normalizar sus discursos es renunciar a la propia democracia, a los valores y a los derechos que aseguran la convivencia. El terrorismo yihadista y la islamofobia se retroalimentan, como las sociedades cada vez más cerradas en sí mismas alimentan el desconocimiento y las sospechas entre sus ciudadanos. Menospreciar este nuevo fascismo ahora nos pasará factura a largo plazo.

Los ciudadanos debemos exigir más que simples consignas a corto plazo en vez de delegar en los políticos toda responsabilidad. Recordar que somos sujetos activos y recuperar el activismo social y cultural para evitar que la nueva contracultura y lo alternativo sea hoy ser nacionalista y xenófobo. Debemos también reocupar los espacios que poco a poco se fueron abandonando y que hoy son coto de los ultraderechistas. Neutralizar los discursos del odio con datos que los desmonten y campañas que los empequeñezcan.

Y es responsabilidad de todos advertir sobre estas brechas por donde se cuelan estos mensajes y volverlas a sellar como debimos haber hecho hace 70 años. De lo contrario, solo hace falta echar la vista atrás para ver cómo el discurso de odio es tan solo el principio de algo mucho peor.

ENLACE A LA NOTICIA ORIGINIAL

 

Los jóvenes judíos norteamericanos que luchan contra la ocupación israelí

“Seremos la generación que termine con el apoyo de nuestra comunidad a la ocupación”. Así se anuncia en la página web de IfNotNow, una organización que trata de unir a los judíos norteamericanas críticos con las políticas del gobierno israelí.

s 24 Mayo 2017  – LA MAREA

La noche del pasado 20 de mayo, soldados israelíes destruyeron el Campo de la Libertad Summud, en las colinas del sur de Hebrón, erigido por cerca de 300 activistas palestinos, israelíes y judíos norteamericanos unos días antes. Se trataba de una acción simbólica para denunciar la ocupación de los territorios palestinos, donde hasta 1998 se encontraba Sarura, un antiguo pueblo palestino despoblado tras varios años de acoso por parte de los colonos y soldados israelíes.

Durante el desalojo del campamento los soldados agredieron a varios  activistas, pero no hubo detenciones. Desde la cuenta de Twitter de la organización norteamericana IfNotNow relataban al minuto lo que iba sucediendo: “si nos agreden así siendo judíos, imaginad lo que le pasa cada día a los palestinos. La ocupación no es mi judaísmo”, explicaban pasada la medianoche.

Las acciones de este colectivo norteamericano formado por jóvenes judíos contrarios a la ocupación ha hecho saltar las alarmas de los defensores a ultranza de las políticas israelíes. Y ya van dos veces en dos meses que están dando mucho que hablar. IfNotNow congregó el pasado 25 de marzo a cerca de un millar de jóvenes judíos ante el edificio donde se celebraba la conferencia anual del poderoso lobby pro-israelí AIPAC (Comité de Relaciones Públicas Entre Estados Unidos e Israel) en Washington.

Tras una pancarta con el lema “Los judíos no serán libres mientras que los palestinos no lo sean también. Abajo el AIPAC, abajo la ocupación” y el hashtag #JewishResistance (resistencia judía), los jóvenes cantaban, bailaban y se encadenaban a las puertas del Walter E. Washington Convention Center.  Otros manifestantes incluso lograron entrar y desplegar una pancarta ante los asistentes al congreso pro-israelí más importante del mundo.

IfNotNow lleva desde 2014 alzando su voz para demostrar que ser judío no implica apoyar las políticas de los sucesivos gobiernos israelíes. Fue durante la Operación Margen Protector (el eufemismo que usó el gobierno israelí para referirse al ataque contra Gaza que se saldó con más de 2.300 palestinos muertos, entre ellos medio millar de niños), cuando jóvenes judíos de los Estados Unidos empezaron a coordinarse para dar una respuesta conjunta ante la masacre y exigir el final de la ocupación sistemática de los territorios palestinos.

Los líderes de las comunidades judías norteamericanas, que siempre han apoyado incondicionalmente las políticas de Israel, ven ahora cuestionado su papel. Ellos son el centro de las críticas de los jóvenes de IfNotNow, tal y como avanzan en la portada de su página web: “Hoy en día, la comunidad judía se enfrenta a una elección. ¿Vamos a dejar nuestra tradición en manos de líderes fuera de contacto, o pelearemos por una comunidad judía vibrante y liberada que apoye la libertad y la dignidad de todos los israelíes y palestinos?”

Tamara y  Sarah son dos jóvenes judías norteamericanas residentes en Nueva York. Nos citamos en una cafetería de Manhattan, cerca de la New York University (NYU), en un barrio plagado de restaurantes y cafeterías repletas de jóvenes donde residen y hacen su vida miles de estudiantes de todo el mundo. No quieren fotografiarse ni hablar en nombre de la organización, tan solo explicar porqué se unieron a IfNotNow.

“Crecimos en una comunidad donde estamos siempre alerta, a la defensiva. Fui a Israel muchas veces, crecí en un contexto muy sionista. En la universidad empecé a tener conversaciones con gente que opinaba diferente sobre Israel, empecé a leer a mucha gente también de Israel que es muy crítica con su gobierno. Volví a Israel y vi que lo que pasaba, que todo lo que no me creía, era real. No puedo seguir callada. Esto no puede seguir así.” La ocupación de las tierras palestinas es el eje central de las campañas de IfNotNow. Las activistas no se sienten representadas por los portavoces de las comunidades judías en su país: “Nuestros líderes no pueden hablar por nosotros, especialmente por los jóvenes.

Ellos afirman que la seguridad de los judíos pasa por la ocupación. Nosotros pensamos justo lo contrario. Estamos tratando de preguntar a la cara de toda la comunidad judía de EEUU de qué lado están: de la ocupación o de la libertad y dignidad de todas las personas. Hay que hablarlo. También porqué todas las instituciones están apoyando la ocupación. Pero primero debemos preguntar a los miembros de nuestra comunidad. La ocupación es nuestra causa central. Es nuestra estrategia poner este tema sobre la mesa. Estamos hablando de la vida cotidiana de las personas, y cada día que pasa es un día más de opresión. Podríamos discutir de muchas cosas sobre el conflicto, pero ahora hay que empezar por esto. Hay que parar la ocupación. Los líderes deben afrontar estos temas, es lo que tratamos de visibilizar. Es un movimiento para cambiar corazones y mentes.”

Esa era la intención de su espectacular acción en Washington dos meses atrás: “AIPAC trata de decir que todos los judíos debemos aprobar las políticas de Israel, de quien también depende nuestra seguridad en EEUU. Tratan de hablar en nombre de todos los judíos. Por eso fuimos a protestar, porque no nos representan”. Ambas activistas habían participado en la protesta, pero no se conocían hasta el día de esta entrevista. Una de ellas se encadenó a las puertas del edificio. La otra permanecía en el exterior junto con los otros cientos de manifestantes. Hasta ahora no habían entablado conversación. Se sienten orgullosas de ser judías. Reivindican su identidad y se sienten con el deber de actuar ante las injusticias, tal y como su fe les ha enseñado. Antes de la protesta contra AIPAC rezaron. Durante la protesta, cantaron varias canciones judías.

Los discursos racistas de Trump han reforzado sus razones: “Islamofobia, racismo y antisemitismo están totalmente conectados”, afirman. Por eso organizaron en noviembre de 2016 el “Jewish Day of Resistance” (Día judío de la resistencia) contra las políticas del nuevo presidente, y que consistió en distintas acciones de protesta en más de 30 ciudades estadounidenses al mismo tiempo.

Muchas de estas protestas señalaron a un importante asesor de Trump, Stephen Bannon, ex director de la web ultraderechista Breitbart News, famosa también por sus habituales ‘fake news’ (noticias falsas) y considerado ideólogo de la ‘Alt-Right’ norteamericana, es decir, la autoproclamada ‘derecha alternativa’, que es como se hace llamar la ultraderecha estadounidense.

Bannon fue nombrado miembro del Consejo de Seguridad Nacional por el Presidente a finales de enero y cesado a principios de abril. “En Washington, igual que en Europa, muchos antiguos antisemitas como Bannon, que escribieron contra los judíos hace años, hoy apoyan abiertamente a Israel y han cambiado su target. Ahora el enemigo es el Islam. A lo largo de los años los judíos hemos estado en todas las luchas por los derechos civiles. Ahora también debemos estar”, concluyen las activistas de IfNotNow mientras nos despedimos a las puertas de la cafetería justo cuando bajan las persianas.