Vox apela al “homonacionalismo” para reforzar su discurso contra los inmigrantes 

Olona usa al colectivo LGBTI para atacar la política migratoria y se suma a una estrategia que ya aplican otras formaciones de extrema derecha en Europa. Pero el partido de Abascal se opone a los derechos de la diversidad sexual.

Por Patricio Porta 14/06/2022 – La Política Online

Macarena Olona encontró la forma de reforzar el discurso antiinmigración de Vox y, al mismo tiempo, ensayar un guiño retórico al colectivo LGBTI. “Nunca en España una persona homosexual anduvo por nuestras calles con tanta inseguridad como existe actualmente. Esta inseguridad está directamente relacionada con la política de fronteras abiertas y el ‘efecto llamada'”, lanzó la candidata a la Junta de Andalucía durante el primer debate. Con esa asociación, el partido ultraderechista acaba de fabricar un nuevo antagonismo para explotar en campaña.

Al igual que otras formaciones de extrema derecha en Europa, Olona apeló al llamado homonacionalismo, un concepto de la teórica estadounidense Jasbir Puar que, con una visión crítica, apunta al uso de los derechos LGBTI para confrontarlos con las concepciones ultraconservadoras de la cultura islámica. Si se da un paso más, el homonacionalismo podría justificar políticas restrictivas hacia la inmigración, que es lo que Vox promete a sus votantes.

Cuando Iván Espinosa de los Monteros se refiere a “bandas de ladrones árabes” -como hizo durante la final de la Champions en París-, no solo está promoviendo un mensaje xenófobo, sino que está planteando un “choque de civilizaciones”. De hecho, lo hizo de forma explícita en septiembre pasado, al declarar que “los gays saben que pueden pasear más tranquilamente por las calles de Varsovia o de Budapest que por las de Molenbeek (Bruselas) o algunas del centro de Madrid”, ya que “las élites izquierdistas” se encargaron de “llenar las calles de inmigrantes”. 

Vox ya no liga únicamente inseguridad y migración: ahora lo lleva al plano del ataque a los “valores occidentales”, en los que incluye a conveniencia las demandas del colectivo LGBTI, pese a que la ultraderecha española no pierde oportunidad de boicotear iniciativas, leyes y declaraciones sobre la diversidad sexual en el Congreso de los Diputados, los parlamentos autonómicos y la Eurocámara. Pero detrás de cada declaración se esconden las verdaderas intenciones. Espinosa de los Monteros se refirió a Budapest y Varsovia por las políticas xenófobas que defienden Viktor Orbán y Ley y Justicia, que también vienen limitando cualquier expresión que desafíe la tradición cristiana y el modelo de familia heterosexual.

Tras los dichos de Olona, la organización KifKif, que aboga por la integración de los refugiados y solicitantes de asilo LGBTI en España, recordó que, según las estadísticas, “la mayoría de las agresiones son cometidas por nacionales”, mientras que los migrantes LGBTI son más susceptibles de sufrir racismo y discriminación por orientación sexual o identidad de género. Hasta el momento, Vox nunca había intentado instalar con fuerza las premisas del homonacionalismo. 

La raíz católica y la prédica por los valores tradicionales, la familia y la españolidad emparentan más a Vox con Orbán y con los polacos de Ley y Justicia que con otras fuerzas de extrema derecha que han intentado compatibilizar el discurso intolerante con una concepción paternalista hacia las personas del colectivo. Marine Le Pen prometió en las últimas presidenciales francesas que, en caso de ganar, no derogaría el matrimonio igualitario, como sí lo había insinuado en 2017. Sin embargo, es apenas un caso destacado.

Uno de los pioneros fue el diputado holandés Geert Wilders, fundador del Partido por la Libertad, quien aseguró que “la libertad que deberían tener los homosexuales es exactamente contra lo que lucha el islam”, luego del atentado contra el club gay Pulse en Orlando, en junio de 2016, a manos de Omar Mateen, un joven que reivindicaba al Estado Islámico. El hecho alimentó la narrativa de Wilders y de cierta forma la de Donald Trump, que durante su presidencia sacrificó los ataques de la derecha tradicional republicana a los derechos LGBTI en pos de su cruzada contra los inmigrantes de países musulmanes.

“Hace tiempo que la extrema derecha trató de salir de la marginalidad y adoptar determinada retórica y un ideario pretendidamente liberal. Esto se enmarca dentro de lo que se denomina la racialización de la política sexual, que atribuye los problemas de machismo y homofobia a las personas extranjeras. En Europa se hace con quienes vienen de países de África y Oriente Medio, para meter la religión islámica en el medio. Es una manera de etnonacionalismo, de racismo, que es pura estrategia”, dice a LPO Miquel Ramos, autor del libro Antifascistas.

Olona también ha intentado acercarse a las mujeres en esta campaña, aunque rechazando la agenda del movimiento feminista y de las iniciativas del Ministerio de Igualdad. Rocío Monasterio recurrió una vez más a los menores extranjeros no acompañados para explicar el temor que sienten las mujeres y los homosexuales en España. La candidata en Andalucía y la diputada madrileña fueron las primeras dirigentes de Vox en incorporar el feminacionalismo y el homonacinalismo. Por su puesto, se trata de una cáscara vacía. 

El experto en la ultraderecha española sostiene que el discurso y la práctica de Vox son incompatibles. “Votan en contra de los derechos del colectivo LGBTI y de las mujeres a conciencia. La contradicción está en su seno, dicen una cosa y hacen otra. El votante de Vox concibe que la mejor defensa de las mujeres es echar a los inmigrantes, como si fueran los que trajeron el machismo y la homofobia, como si no hubiera existido nunca en Europa”, explica. “El racismo biológico es renovado por los grupos de extrema derecha: ahora es racismo cultural”, subraya.

Esa dualidad ya es una constante en Vox. Santiago Abascal pidió una España “sin velos y sin acosos a nadie por su orientación sexual”, aunque defiende que “el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer”. Espinosa de los Monteros simuló una condena a la violencia homófoba, pero se lamentó de que el país pasara de “pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley”. La propia Olona se opuso a prohibir las terapias de “conversión” o “cura”, es decir, de tortura contra las personas LGBTI. 

Los exabruptos homófobos de dirigentes del partido ultraderechista se repiten, si bien ha ido moderándolos -o al menos solapándolos- con la esperanza de atraer una porción del electorado que le es esquiva. Pablo Iglesias le respondió a Olona que “que los mayores enemigos de las mujeres y de las personas LGTBI en España es Vox y la ultraderecha”. La evidencia confirma al fundador de Podemos.

Ramos asegura que la estrategia que intenta replicar Vox en España tuvo relativo éxito en Europa. “Estuvo la candidatura de Pim Fortuyn en Países Bajos, donde hacía bandera de su homosexualidad para declararse abiertamente islamófobo. En Francia, por ejemplo, Le Pen consiguió en las elecciones de 2017 casi un 40% del voto gay con el mismo discurso de Vox”, indica.

Pero los de Abascal están más cerca de Orbán y el presidente polaco Andrzej Duda que de Wilders, Fortuyn -asesinado en 2002-, Alice Weidel, líder de Alternativa para Alemania en el Bundestag y abiertamente lesbiana- y Le Pen. A los dirigentes de Vox les cuesta incluso usar la palabra gay y siempre apelan al término homosexual, cargado de connotaciones clínicas y rechazado por el propio colectivo. Vox quiere ensanchar su base, pero hablar de los “homosexuales”, y menos aún para vender políticas xenófobas, no es hablarle al colectivo LGBTI. 

Proteger a los niños de los fascistas

La imagen de una treintena de neonazis enmascarados, arrodillados y esposados frente a varios policías en Coeur d’Alene, Idaho, Estados Unidos, se hizo viral el pasado fin de semana. Eran miembros de la organización Patriot Front, que habían sido arrestados cuando se dirigían hacia los actos del orgullo LGTBI en un parque cercano escondidos en un camión y con un buen arsenal de escudos, bombas de humo y otros objetos que pretendían usar contra la celebración. La intervención de los agentes, tras el aviso de un vecino que se olió algo raro cuando vio a varios señores subiéndose al camión, evitó un altercado que no sabemos muy bien cómo hubiera acabado.

La republicana y miembro de la Cámara, Heather Scott, acompañaba a principios de mayo a los miembros del grupo ultraderechista Panhandle Patriots en una iglesia de Kootenai, también en Idaho. Uno de los militantes ultraderechistas afirmó que lo suyo sería organizar un evento con armas de fuego el mismo día que la Celebración del Orgullo de la ciudad en un parque a menos de una milla de distancia. “En realidad tenemos la intención de ir cara a cara con esta gente. Hay que trazar una línea en la arena. Las buenas personas deben ponerse de pie”.

El acto se titulaba “Plan de juego para eliminar materiales inapropiados en nuestras escuelas y bibliotecas”, y pretendía alertar sobre los contenidos en materia de igualdad que se imparten en los colegios norteamericanos, así como de los libros que tratan estas materias y que están disponibles en las bibliotecas. El mismo mantra que la ultraderecha global ha puesto en el centro del tablero estos últimos años. Lo mismo que lleva tiempo cacareando Vox, y que hace un par de días, Macarena Olona reivindicó en el debate electoral de Canal Sur. Y lo que vino a reafirmar la neofascista italiana Georgia Meloni en el mitin de Vox este fin de semana.

El mismo fin de semana, neonazis franceses se encaramaron a un edificio al paso de la marcha por el Orgullo en Burdeos. Encendieron varias bengalas, gritaron contra los manifestantes y exhibieron una pancarta que pedía ‘proteger a los niños’, también contra lo que se supone que inflige la educación en derechos humanos. Varios canales de Telegram de grupos neonazis llevan semanas publicando las hazañas de sus miembros en varios países robando banderas LGTBI, dañando murales feministas o atacando actos de estos colectivos. Así celebran ellos el mes del Orgullo. También en España.

Un jovencísimo Pedro Zerolo denunciaba a mediados de los 90 en un documental sobre la extrema derecha, que un grupo de nazis había asaltado la marcha del Orgullo en Madrid y había apuñalado a un asistente.

Lejos nos puede parecer que quedan aquellos tiempos en que los nazis salían de caza y se cebaban con los colectivos más vulnerables, o aquellos que salían a reivindicar sus derechos. Pero la realidad es que nunca se fueron, y las agresiones y los ataques contra estos actos y estas personas no han cesado. Hace menos de un año vimos desfilar en el barrio madrileño de Chueca a una panda de neonazis gritando ‘fuera sidosos de Madrid’ con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Quienes seguimos las andanzas de estos grupos recordamos inmediatamente los altercados de 2017 en Murcia, donde varios neonazis armados atacaron la marcha del Orgullo.

La relación entre el discurso de odio de los ultraderechistas mediáticos e institucionalizados y los grupos neonazis que lo materializan en las calles es directa. De hecho, nunca habían contado con tan grandes altavoces y tanta normalización. La ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI que se está llevando a cabo por la nueva ultraderecha aceptada como un actor democrático más, es el combustible necesario para que estos nazis ejerzan la violencia reforzados por sus propagandistas de traje y corbata. Los derechos que creímos conquistados y que no tenían marcha atrás, se encuentran hoy con una amenaza evidente. Es el precio que pagamos todos porque algunos decidieron que los derechos humanos se pueden debatir. Hablamos del colectivo LGTBI, pero lo mismo vale para las mujeres, para las personas migrantes, racializadas, o para cualquier colectivo que reclame los mismos derechos que el resto. Estos no son eternos y se deben pelear día tras día, por todos los medios.

Recientemente se supo que solo en 2020 se registraron 282 delitos de odio contra el colectivo LGTBI. Esta cifra, que recoge los hechos denunciados, es solo la punta del iceberg. La mayoría de estos incidentes no se denuncia. Pasa lo mismo con el racismo, que es mucho mayor a lo que los datos del Ministerio del Interior o las organizaciones especializadas en la materia son capaces de recoger. En demasiadas ocasiones, la desconfianza en las instituciones hace que las víctimas no denuncien. Solo hay que ver, por ejemplo, la reciente e insignificante condena que ha recibido un exlegionario por agredir e insultar a dos personas por su orientación sexual y enfrentarse a la policía: una multa de poco más de dos mil euros y seis meses de prisión.  “Me acaloré”, dijo.

Sin embargo, la conciencia y la sensibilización al respecto también han crecido, y por eso se denuncia más. Y por eso, la ultraderecha está tan interesada en negar que se eduque en materia de igualdad y derechos humanos. Solo así, estos ataques podrían pasar todavía más inadvertidos, impunes, o peor, aceptados, normalizados. Como lo fue la Noche de los Cristales Rotos tras la infección antisemita de gran parte de la sociedad alemana.

Los grupos nazis son los tontos útiles, los ejecutores de estos odios que señoras y señores de alto standing se dedican a promover desde sus mansiones y cortijos contra los más vulnerables para asegurarse así que nada cambie, que la plebe siga peleada y no se le ocurra mirar hacia arriba. “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley“, manifestó Espinosa de los Monteros en 2020 reforzando el victimismo habitual de los ultraderechistas ante quienes, tal y como él mismo recordaba, sufrían las consecuencias de la normalización del odio en su expresión violenta más cobarde y cruel. Y que hoy lo siguen sufriendo.

A los nazis ya les va bien tener unos buenos padrinos en las instituciones que normalizan lo que estos llevan diciendo toda la vida, mientras periodistas y otros políticos lo aceptan como parte del juego democrático. Así pueden volver a las andadas, a los añorados años 90 en los que salían de caza y tan solo encontraban como oposición a los grupos antifascistas y a los colectivos víctimas que se organizaban para su autodefensa. Los extremos, que llaman algunos. Sin embargo, el muro contra el que se choca esta extrema derecha liberticida es hoy mucho mayor que entonces. Le va a costar derribar el consenso en materia de derechos humanos erigido durante años en el sentido común. Por eso, saben que la estrategia pasa por los libros de texto, por las escuelas, por la censura. Solo un pueblo al que se le niegue la educación en derechos será capaz de tolerar la barbarie.

Miquel Ramos. Público, 15 de juny 2022

Alguien dice que

El odio y la mentira se transforman en titular sin reproche ni contraste. La dictadura del clickbait es más rentable que ética, pero aquí nadie ha venido a salvar a nadie, esto es un negocio y esto es lo que hay. Bien lo saben los fascistas, que regalan titulares a los medios poco dados a tomar partido frente al odio si este les regala visitas. Di cualquier barbaridad, algo ‘políticamente incorrecto’ (esto es, algo racista, machista o abiertamente nazi, siempre contra los de abajo, nunca contra los de arriba), y te aseguras ser la comidilla al día siguiente en todas las tertulias y en todos los debates de Twitter. A veces, también por culpa nuestra, ojo, que reaccionamos indignados reproduciendo la diarrea verbal de la ultraderecha provocando que todavía salpique más y más lejos.

La seducción del escándalo, la espectacularización de la información y la chabacanería como estilo. Todo esto ha marcado los debates políticos desde hace tiempo. Y esto solo ha sido posible gracias también a que los medios han asumido que son tanto una herramienta de entretenimiento como un pretendido medio de comunicación que hace efectivo el derecho constitucional de la ciudadanía no solo a estar informado sino a recibir información veraz.

Thank you for watching

El ex presidente de los EEUU, Donald Trump, fue un gran maestro reciente de esta estrategia de comunicación. El lingüista George Lakoff no paraba de alertar sobre ello, y proponía diversas maneras de evitar caer en la trampa. La lectura de su libro No pienses en un elefante sigue siendo obligatoria para cualquiera que quiera entender las estrategias de la comunicación política. Para periodistas, el consejo del sándwich de la verdad para tratar con estos propagandistas del odio y la mentira, también merece la pena ser recordado hoy que se repite el ruido tóxico de algunos políticos: Empieza por la verdad. Si el fulano de turno dice una trola, como es habitual, desmóntala a la primera. Luego, inserta esa trola llamándola así, que quede bien claro que es una jodida mentira. Después, insiste en la verdad. Sencillo, pero poco habitual. Lo que debería ser, pero escasas veces es. Mejor un titular y un copia-pega de unas declaraciones, y las conclusiones son cosa del lector. Aunque te digan que la tierra es plana o que comer caca de perro es saludable. Es una opinión respetable más.

No voy a reproducir las mentiras infectas de la ultraderecha que me han llevado a escribir esta columna sobre algo que ya se ha dicho mil veces, pero que sigue pasando con absoluta normalidad y obscenidad. El problema es que, muchos de los medios que habitualmente informan, también le han cogido el gusto a desinformar, a participar de lawfares varios o a servir de altavoces a la ultraderecha cada vez que esta abre la boca, aunque sea para vomitar. No son suficientes las agencias de verificación, lo siento. Ni los múltiples y loables proyectos e iniciativas como No Les Des Casito, que luchan como pueden para contra la desinformación. Hoy, la gente cree estar informada porque su amigo Juan le envió un whatsapp de un primo suyo que aseguraba que los inmigrantes reciben un maletín con billetes de 500€ cuando llegan a Melilla, o que si no reenvías este artículo a 2.000 personas, Facebook será de pago. Los hábitos de consumo de información (y desinformación) han cambiado estos últimos tiempos, y aquí, los propagandistas del odio han encontrado un buen terreno donde sembrar.

Lo recordaba justo ayer la publicación anarquista Todo Por Hacer, que, como muchos otros medios comprometidos, saben bien que no hay virtud alguna en situarse entre el verdugo y la víctima. Entre el problema y la solución. Entre la verdad y la mentira. Entre el odio y el compromiso con los derechos humanos. Y añadía muy acertadamente que, ‘por muy bufones que nos puedan parecer algunos de sus líderes, bajo sus ridículas acciones se esconde un peligro de violencia extrema y si no se les paran los pies ahora, puede que dentro de unos años sea demasiado tarde.”

Miquel Ramos. Público, 2 de juny 2022

Miquel Ramos: “No entiendo que haya policías comiendo de uniforme en un bar con banderas franquistas”

El periodista repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox en su ensayo ‘Antifascistas’. Lo presentará este jueves en el centro social La Nave, en Málaga.

Isabel Vargas, El Español. 1 junio, 2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) jamás olvidará aquel primer día tras las fiestas de Pascua de 1993. Un profesor suyo explicó en clase que había matado a un chico de 18 años “por odio y por ser anfifascista”. Se trataba de Guillem Agulló, un joven asesinado de una puñalada en el corazón por un grupo de neonazis (de cuyo caso se ha hecho una película, La mort de Guillem).

El periodista, impactado por el asesinado de Agulló, empezó a investigar los movimientos fascistas y a recopilar recortes de prensa con información sobre ellos. Aquella herida, abierta el día que supo de la muerte del activista valenciano, ha quedado reflejado en un ensayo Antifascistas (Capitán Swing) donde repasa las luchas contra la extrema derecha desde la Transición hasta la España de Vox.

Tras la muerte de Franco, la extrema derecha española empezó a parecerse más a la europea. Pronto llegaron las bandas de skinheads neonazis, los ultras del fútbol y, poco a poco, las nuevas formaciones de ultraderecha y los movimientos sociales neofascistas. 

El periodista traza la evolución de esta nueva extrema derecha, que ejercía una violencia brutal contra diferentes colectivos (y que intentó hacerse un hueco en las instituciones) y de cómo se la combatió desde distintos frentes. En el libro con el epílogo de Betlem Agulló, hermana del joven antifascista, el colaborador de La Marea recuerda muchos de los impactantes casos, entre ellos el de la transexual Sonia Rescalvo, asesinada por unos neonazis a patadas. 

“Los discursos de odio son la chispa que prende la mecha. El holocausto no empezó con las cámaras de gas, sino con un discurso de odio contra los judíos. La historia nos ha enseñaron que los discursos de odio, el menú diario de la extrema derecha, son la base de la destrucción de la convivencia, la democracia y los derechos humanos. Apelaría a la responsabilidad de los que apoyan estos discursos. Están echando gasolina al fuego”, advierte el periodista antes de la presentación del libro este miércoles en el centro social La Nave, en Málaga.

¿Cuánto ha cambiado el modo de operar de los grupos nazis y fascistas en España? ¿Ahora son menos pero más discretos que entonces?

La extrema derecha se ha ido adaptando poco a poco a los tiempos. Empiezo hablando de los últimos años de la Transición y principios de los 90 en un contexto muy peculiar. Este país estaba pasando de la noche a la mañana de un régimen a otro. Sin olvidar lo que se vivía en el resto de Europa. Hablo de la explosión de los movimientos skin y los ultras del fútbol. Eso duró hasta hace 10 o 15 años más o menos. La extrema derecha ha intentado quitarse el estigma de encima. Hubo mucha violencia durante los 90 y mucha rémora del pasado, del Franquismo. Entonces se empiezan a reconvertir en partidos y organizaciones más legales, con discursos más light. El mensaje es el mismo, pero lo adornan mejor. Los grupos violentos siguen existiendo. Aunque no tienen la capacidad ni la incidencia de antes. Es gracias en gran parte a gente que se organizó para plantarles cara. Se trata de los protagonistas de mi libro.

Habla de ciudadanos de a pie, organizaciones sociales y periodistas. 

Sí. Las instituciones miraban hacia otro lado. Lo concebían como asuntos de orden público, violencia juvenil y tribus urbanas. No iban al fondo de la cuestión. No se hablaba del trasfondo ideológico de estas bandas violentas. Ni tampoco de los entramados empresariales y políticos que había detrás. Se quedaban con la caricatura del ultra del fútbol que la liaba o del nazi borracho. Sin embargo, detrás había mucho más. Numerosos exmiembros de la SS vivieron en Andalucía durante el Franquismo y los primeros años de la democracia. Ellos estaban en contacto con estos grupos nazis.

En la Costa del Sol residieron muchos exmiembros de la SS. Usted cuenta que en Torremolinos tuvo lugar el primer concierto neonazi en España. 

La Costa del Sol y la de Valencia acogieron a muchos refugiados nazis de la Segunda Guerra Mundial. Está súper documentado y se ha investigado mucho. Han vivido tranquilamente aquí e incluso sus descendientes han hecho muchísimos negocios y una buena fortuna, sobre a raíz del boom del turismo en los años 60 y los 70. Había territorios donde se contemplaban núcleos muy activos de extrema derecha. En Andalucía el sitio donde más actividad ha habido siempre ha sido en Málaga. Es la excepción en toda Andalucía.

Usted habla muy claro sobre la convivencia del estado español y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado con la extrema derecha. ¿Sigue el estado viendo a la extrema derecha como un ente colaborador?

Al estado no le preocupa la extrema derecha, ni tampoco a los poderes fácticos. La extrema derecha no es ninguna amenaza para el statu quo, el sistema económico, y el orden político y social. Hay muchas políticas actuales en materia de inmigración que la extrema derecha firmaría. La extrema derecha no molesta. Esa corrección política es hacia abajo y los colectivos vulnerables. Siempre ha habido mucha permisividad hacia movimientos de extrema derecha dentro del propio estado español por cuestiones históricas y estructurales. Hablo de la adjudicatura, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, y las fuerzas armadas. Mira lo del chat de los militares donde hablaban de fusilar a media España…

Me horroriza que se habla de fusilar a media España en un chat de militares…

Yo tampoco entiendo que haya policías que almuercen de uniforme en un bar lleno de banderas franquistas con el retrato de Franco debajo. No es normal que haya funcionarios demócratas que no tengan ningún tipo de problema a la hora de exhibir su simpatía hacia un régimen dictatorial.

El año pasado sin ir más lejos pillaron a Pablo Casado en una misa en honor a Franco en Granada y dijo que había sido una equivocación.

El Partido Popular ha sido la casa común de todas las derechas, desde el centro a la extrema derecha, durante muchos años. Al PP se le escapa la extrema derecha más militante desde hace 10 años. A Rajoy le exigen que deroguen las leyes del PSOE y no lo hacen. Ahí se produce la división. El PP tiene un componente que está vinculado con el régimen. El partido fue fundado por ministros de Franco. Esta actitud en materia de memoria histórica es absolutamente revisionista e incluso negacionista de las atrocidades de la dictadura. 

Vox podría doblar sus votos en las próximas elecciones andaluzas. ¿Qué opina?

No vivo en Andalucía, y tampoco quiero ser atrevido. Vox ha sabido estimular y tocar determinadas teclas. De hecho, han logrado que personas de clase trabajadora que viven del campo o que están en una situación precaria voten a un partido que va en contra de sus intereses de clase. Hace nada decían que había que acabar con la sanidad pública. La gente no sabe bien lo que está votando. Vox ha apelado al hombre español heterosexual frente a la dictadura progre, al feminismo que condena a los hombres y al lobby gay. Incluso llevan en el programa de Andalucía cosas que tienen que ver con Cataluña. Vox apela a determinados instintos básicos del votante para enmascarar su programa económico, que no beneficia para nada a la clase trabajadora. 

La izquierda tampoco ayuda diciendo que los que ganan 900 euros y votan a la derecha no les parecen Einstein… No deberían infravalorar a sus potenciales votantes.

La izquierda institucional tiene un problema de credibilidad. No deberían tratar como tontos a los votantes del partido que sea. Entiendo que los valores que distinguen a la izquierda de alguna manera tratan de desactivar esos instintos básicos a los que apela la derecha. Pero tú no puedes tratar de invertir al electorado. Tiene sus motivos para votar. Lo que se debería exigirse a la izquierda es que apelara a determinados asuntos que nos atraviesen realmente. El votante de izquierda es más exigente. Deberían intentar rebatir los discursos fáciles a problemas complejos de la extrema derecha. 

¿Cómo se combate la ultraderecha hoy día?

Hablamos de una extrema derecha que ya no es exactamente igual a las de los 90, que era semiclandestina e iba pegando palizas. Aunque sigue existiendo gentuza de este tipo. La extrema derecha viste ahora de traje y está perfectamente normalizada dentro de las instituciones y el sistema democrático. Están todos los días en los medios de comunicación. Su objetivo es apelar al sentido común para darle la vuelta a ese sentido común. Cualquiera que se considere demócrata o que crea que los derechos humanos deben regir cualquier democracia deben combatir en este terreno de la batalla cultural, de tratar de que no se den pasos en materia de derechos y libertades. La derecha criminaliza el feminismo y ataca a los más vulnerables. Ese es el terreno de batalla. Necesitamos que haya gente implicada en todos los ámbitos: en las calles, en los colegios, en institutos, en universidades, en las instituciones. A los políticos se les exigen es que hagan políticas que solucionen los problemas materiales de la gente. Si tú eres de izquierdas, estás gobernando y no solucionas esos problemas, estás abriendo una puerta a la extrema derecha. Ellos se aprovechan de la ansiedad, la precariedad y la decepción de la gente. Son muy importantes los movimientos sociales. Estos crean comunidad en los barrios y en las ciudades. Tejen alianzas vecinales y superan los estigmas que alimenta la extrema derecha. Cuando paras un desahucio no te piden el DNI. Ayudas y punto. Las redes vecinales, ese trabajo comunitario de movimientos sociales de base, son el mejor antídoto contra la extrema derecha hoy día. 

¿Hemos frivolizado en exceso el fenómeno de Vox?

La extrema derecha es lo suficientemente leída e inteligente para insertar tu mensaje en los medios y en la gente. La caricatura del votante de extrema derecha como un ignorante o el político de extrema derecha como un tonto no es real. Es gente muy preparada y curtida. Saben perfectamente cómo comunicar. Otra cosa es que haya discursos que a cualquier persona le apelen contra el sentido común. Plantear determinadas regresiones en materia de derechos humanos a muchos de nosotros nos sacude. El discurso de la extrema derecha criminaliza constantemente a los pobres. Los atacan en vez de promover políticas sociales que acaben con la pobreza estructural. 

¿Qué papel han jugado los colectivos feministas y LGTBi+ en la lucha contra el fascismo?

Imprescindible. El feminismo es actualmente el principal dique de contención contra la extrema derecha. Por eso son tan agresivos con las feministas y el colectivo LIGTBi. la extrema derecha ha planteado una ofensiva por tierra, mar y aire contra los derechos de las mujeres. Apela a la otra mitad de la población. Ha encontrado un muro en su batalla de las ideas porque ha chocado contra uno de los movimientos sociales más importantes y potentes de los últimos años.

También habla de la “infección neonazi en las grandes de los campos de fútbol”. Uno de los casos más famosos es el de los Ultras Sur. 

Ha cambiado. Ya no es tan descarado la permisividad con los grupos ultras. Aunque siguen existiendo grupos ultras de marcado carácter neonazi que utilizan las gradas para captar nuevos adeptos. El problema es que no tienen capacidad para frenar esto. Pienso mucho en el crimen de Aitor Zabaleta. No se reaccionó. Los grupos se mantuvieron activos. Existe una connivencia muy grande desde los propios clubs y la sociedad. Se excusan diciendo que animan mucho durante los partidos y que atraen a más seguidores. Luego campen a sus anchas. No sólo se trata de las gradas, sino de las inmediaciones y todo lo que hay alrededor de estos grupos. 

Los ecos de Mauthausen en Buffalo

El atentado racista del pasado sábado en Buffalo (EE.UU) que acabó con la vida de diez personas e hirió a decenas, tan solo mereció una simple nota de sucesos en la mayoría medios generalistas. Llueve sobre mojado. Por una parte, se repite el mantra del ‘tiroteo’, una manera de esquivar la palabra ‘atentado’, solo reservada para terroristas, eso es, a personas musulmanas o de otro color de piel. Los blancos son simples enfermos. Los blancos de derechas, solo cuando están locos, son capaces de cometer tamañas atrocidades. Los de color oscuro o dios extraño son fanáticos por naturaleza, por su cultura, quieren decir.

Este terrible atentado tuvo lugar el mismo día que se llevó a cabo el homenaje anual a las víctimas del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria, al que asistimos miles de personas de distintas partes del mundo tras dos años sin celebrarse por la pandemia. Ante el monumento a los republicanos españoles (cerca de 7.000 fueron deportados a los campos nazis) que se encuentra en la entrada del campo junto al resto de Estados, uno de los oradores recordó la naturaleza del nazi-fascismo que llevó al exterminio de millones de personas: los artífices del genocidio no eran ignorantes. Ni mucho menos enfermos mentales. Eran personas cultas, bien formadas, que sabían perfectamente lo que hacían y que tenían un proyecto de sociedad bien claro y perfectamente diseñado. Y para llevarlo a cabo, se tenía que estigmatizar, perseguir, capturar, esclavizar y exterminar a una parte de la población. Nada que Occidente no hubiese hecho antes en otros continentes durante la colonización, solo que esta vez, lo hizo con ciudadanos europeos. Primero hubo que deshumanizarlos. Después, la sociedad aceptaría lo que fuese. Y así fue.

Este proyecto excluyente, este discurso de odio y esta deshumanización sigue hoy vigente y de distintas formas asentado en el mismo continente donde se construyeron infinidad de campos como el de Mauthausen. También en España, donde además, no existen museos ni memoriales donde nos concentremos cada año bajo amparo institucional reivindicando el Nunca Más que rubricaron los supervivientes del nazi-fascismo. Hoy, el neofascismo sigue el mismo guion que entonces con otros colectivos, y amparado por la misma indiferencia y equidistancia que hicieron posible el Holocausto, la colonización y los genocidios. Los doce principios que Josef Goebbels, el propagandista de Hitler plasmó y llevó a cabo, se repiten hoy con otros actores y bajo la aceptación y la banalización de la mayoría: MENA, inmigrantes, feminazis, separatistas, moros, gitanos y los que toquen cada vez.

La Teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y otras similares son conspiranoias semejantes a la de los Protocolos de los Sabios de Sion que usaron los nazis para reforzar el antisemitismo ya latente. Esta idea ha sido la que ha inspirado al terrorista norteamericano para asesinar a diez personas negras. Lo que a muchos les parece una chaladura es el mantra que desde hace años usa la extrema derecha para estigmatizar a las personas migrantes y musulmanas, y que se ve reforzado a diario por los medios de comunicación cuando estigmatizan a determinados colectivos. Este supuesto plan estaría urdido por unas élites ocultas (judías, por supuesto) para substituir a la población blanca en Europa por inmigrantes, diluyendo la raza a través del mestizaje y substituyendo la cultura cristiana por la sharía gracias a la izquierda ‘buenista’ que abre fronteras y es complaciente con el Islam. Por eso Breivik ejecutó a 69 adolescentes del partido socialista, los futuros dirigentes de la socialdemocracia noruega; por eso Tarrant entró en una mezquita y mató a 51 personas; y por eso, el asesino de Buffalo ha matado a diez negros, como ya hizo otro neonazi en Hanau, Alemania, en 2020 matando a once personas.

Cansa repetirlo cada vez que hay un atentado neonazi, pero ante la banalización reinante y la normalización de quienes difunden estas ideas, algunos nos lo tomamos como una obligación, y lo repetiremos las veces que haga falta: el terrorismo de extrema derecha es la principal amenaza violenta actual, y estos últimos años se ha incrementado de forma alarmante, superando incluso al terrorismo de corte religioso. Además, las ideas que nutren a estos fascistas son hoy aceptadas como una opción democrática más.

Que, con los cadáveres todavía recientes, esos discursos del gran reemplazo aterricen en las elecciones andaluzas demuestran lo lejos que estamos de estar vacunados contra estos fanáticos neofascistas. “cada vez más españoles y más europeos se sienten extraños en sus barrios de toda la vida, y cunde una sensación de desconcierto y de desposesión, de pérdida de control de sus propias vidas”, dijo Abascal en un acto en Almería.

Son fanáticos, no locos. Alemania no se volvió loca en los años 30. Se fanatizó. Pero sería hipócrita señalar exclusivamente a la ultraderecha como amenaza si no advertimos de la responsabilidad que le corresponde a quienes la dejan hacer, o peor, a quienes compran sus discursos y hasta se comportan como ella. Cuando Josep Borrell dijo que “la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea”, estaba reforzando esa misma teoría y a quienes la difunden. O cuando Ursula von der Leyen denominó “Protección del Estilo de Vida Europeo” a la vicepresidencia encargada de tratar con la emigración, la seguridad, y la educación. La ultraderecha salió a aplaudirla, como era de esperar.

Y así, no solo con la retórica sino con los hechos, las políticas europeas refuerzan el encaje del neofascismo en el ‘estilo de vida europeo’. Así, la ofensiva reaccionaria está más que envalentonada, no solo contra las personas migrantes, sino contra las mujeres, el colectivo LGTBI, izquierdistas y cualquiera que se salga de su marco. El discurso mainstream dice que hay que respetar todas las opiniones, también las que pretenden acabar con los derechos humanos. Algunos nos resistimos a ello. Es algo que no dejamos de pensar mientras visitábamos las placas en recuerdo de las víctimas de Mauthausen. Esos mismos colectivos que hoy vuelven a tener la necesidad y la obligación de recordar el pasado para no volver a dejar que los herederos ideológicos de quienes fueron sus verdugos ochenta años atrás, vuelvan a repetir la historia. Y la obligación de quienes sabemos que lo que permitió también aquello, y permite hoy la normalización del odio, es la equidistancia y la indiferencia. Estas son las mejores aliadas de quienes pretenden repetir la historia.

Miquel Ramos. Público, 18 de maig 2022