La guerra cultural de la extrema derecha

La extrema derecha global está viviendo su particular Mayo del 68. Se cumplió el sueño de aquellos ideólogos neofascistas de la Nouvelle Droite francesa que, ante las revueltas en las universidades cincuenta años atrás, tomaron buena nota, estudiaron a la izquierda y empezaron a tejer un plan para arrebatar la hegemonía cultural a largo plazo.

Erria, 2020-07-15

Poco se recuerda que el primer cóctel molotov de aquellas revueltas fue en un enfrentamiento entre fascistas y antifascistas en París por las protestas contra la guerra de Vietnam. La derecha apoyaba la intervención y atacó una exposición de la izquierda que se oponía. Lo que vino después marcaría el resto del siglo pasado, envuelto en una patina romántica de luchas justas por los derechos y las libertades que, una vez conseguidos, o al menos puestos sobre la mesa, parecían ya eternos. 

Esta hegemonía cultural que creímos alguna vez inamovible se encuentra hoy en medio de un fuego cruzado. Aquellos tímidos consensos que parecían no tener marcha atrás, que al menos en el terreno simbólico y retórico ponían siempre por delante los derechos humanos, la igualdad o la solidaridad, hoy están en entredicho, se presentan como caducos, inútiles para dar respuestas, según sus detractores, a los retos de estos nuevos tiempos. Este goteo de triunfos de la extrema derecha en todo el planeta, no sería posible sin comprender la batalla cultural que se lleva librando desde hace décadas desde múltiples frentes. Desde los laboratorios neofascistas, los think tanks neocon o las nuevas aventuras neoliberales capaces de mudar la piel según convenga. Eso sí, todos bien complementados entre sí y bien tratados (o conectados directamente) por las élites, pues solo esta involución ideológica generalizada podrá perpetuar sus privilegios y mantener el sistema que les permite ejercerlos.  Porque la extrema derecha siempre sirvió a las élites. Aunque a menudo se le atribuya vida propia, en el fondo, y basándonos en la experiencia, comprobamos que siempre les fue útil. 

“Aquellos tímidos consensos que parecían no tener marcha atrás, que al menos en el terreno simbólico y retórico ponían siempre por delante los derechos humanos, la igualdad o la solidaridad, hoy están en entredicho.”

La irrupción de un nuevo partido de extrema derecha en el panorama político español parece que pilló a más de uno por sorpresa, que se rasgaba las vestiduras preguntándose de dónde habían salido y porqué triunfaron tan rápido. No porque sus discursos nunca se hubieran oído en el Congreso, en Parlamentos o Ayuntamientos. Ni tampoco porque representen algo nuevo. Sino porque hasta ahora, el PP había sabido contener relativamente bien y durante mucho tiempo a su ala más ultra. Esta, sin embargo, ya había empezado a descolgarse quince años atrás, a través de sus halcones neocons a la vera de Aznar, Esperanza Aguirre, Mayor Oreja y otros personajes que ocuparon diversos cargos con estos dos ex presidentes y protagonizaron diversas cruzadas cuando el mariachi del Trío de las Azores perdió las elecciones en 2004. 

Vox no nace de la nada, ni siquiera es un éxito de los viejos rockeros de la ultraderecha, que llevaban décadas picando piedra en sus trincheras particulares, peleados entre ellos por liderar el nicho que desde Fraga retenía el PP en su seno. Esa ultraderecha sin complejos estaba amordazada, al menos públicamente, por el principal partido conservador español, pero convivía en su seno y depende dónde, a veces la dejaban asomarse, ladrar y también morder si era necesario. Mientras, los viejos caudillos de la ultraderecha más indomable, quienes renunciaron al disfraz y pelearon por hacerse un hueco desde los años 90, vieron como el ala neocon del PP les pasaba la mano por la cara una vez más y les asestaba un nuevo golpe que los condenaría todavía más a ser parte del paisaje folclórico de fascistas y neonazis patrios. España2000, Democracia Nacional, las múltiples falanges y otros proyectos regionalistas como la Plataforma per Catalunya han perdido la batalla por ocupar el espacio de la derecha del PP. Este, finalmente, lo han acabado ocupando los díscolos ultraderechistas del PP. 

“El partido del ex miembro del PP vasco Santiago Abascal es la culminación de un proceso de reconversión del espacio político derechista español que viene cocinándose desde hace años.”

Aunque haya sorprendido el rápido ascenso de Vox a los diferentes parlamentos y ayuntamientos del Estado español, con honrosas excepciones como Euskal Herria, Galiza y Catalunya, el partido del ex miembro del PP vasco Santiago Abascal es la culminación de un proceso de reconversión del espacio político derechista español que viene cocinándose desde hace años. Curiosamente, quienes protagonizaron algunas de las batallas quince años atrás más allá del PP, aunque con lazos evidentes, hoy son los actores principales de esta nueva ofensiva neocon española que conjuga todos y cada uno de los ingredientes que se pusieron sobre la mesa en 2005. 

La ofensiva lanzada entonces contra algunas medidas del gobierno de Zapatero llevaba inserta una nueva batalla que hasta entonces la derecha española no se había atrevido a librar tan descaradamente, pero que ya se había dado en otros escenarios y otros países de diferentes maneras. El pulso entre quienes pretendían hacer del PP una casa común de todas las derechas, poniendo la sordina al ala más ultra, pero dándole teta de vez en cuando, y quienes se revolvían contra los complejos que reinaban en las filas de la derecha, acabó por dar a estos últimos un empujón del que hoy se ven claramente sus frutos. No solo con la irrupción de Vox, sino con el contagio que se ha extendido a todo el espectro político derechista. 

“Esa irreverencia de la que hacen gala, no es contra el poder y los poderosos. Es contra los más débiles.”

Las palancas de las que se sirvió este sector ultra estaban insertas en el mismo entorno, pero hasta entonces se mantenían fieles a la estrategia común. Fue cuando Rajoy tomó el mando que acabaron definitivamente por dinamitar el consenso que les había permitido caminar juntos durante más de 30 años. Las FAES de Aznar, el GEES de Bardají, Hazte Oír con Arsuaga, DENAES con Abascal y otros tantos chiringuitos neocon lideraron la batalla. Primero por rescatar a la derecha de sus complejos. Pero también por tratar de arrebatar esa hegemonía cultural, batallando en el terreno de los consensos que desde la izquierda inocente se creían irrebatibles, pensando que las conquistas no necesitaban ser defendidas porque formaban ya parte de lo obvio, del sentido común. Nada más alejado de la realidad. La batalla de la derecha es ahora precisamente esta: romper el consenso, la hegemonía cultural progresista (lo que ellos denominan ‘marxismo cultural’) y tomar el relato del sentido común.

Los políticamente incorrectos

Hazteoir es una de las principales asociaciones de extrema derecha ultracatólica que ha dado la batalla cultural en el Estado español. Foto: Hazteoir. CC BY- SA 2.0

Esta es la clave para entender el uso de determinada terminología de esta nueva derecha. Se autodenominan ‘políticamente incorrectos’ cuando vomitan contra las personas migrantes, contra el feminismo o contra determinados colectivos. Porque la corrección política es ese marco que usamos cuando defendemos la dignidad de todas las personas y sus derechos. Esa irreverencia de la que hacen gala, sin embargo, no es contra el poder y los poderosos. Es contra los más débiles. Y a nosotros, por defender al oprimido y sacar las vergüenzas al poder, nos llaman ‘buenistas’. Solo así, entretenidos en la defensa de los principios que guían a la izquierda, la derecha podrá implementar todavía más su agenda neoliberal y asestar el golpe que quisieran definitivo.

Esta batalla retórica les está yendo bastante bien. Sobretodo cuando no son pocos los personajes que se consideran progresistas que han comprado precisamente este marco ultraderechista. Artistas que se quejan de la ‘corrección política’ porque ahora deben cuidar que sus letras no tengan tintes machistas. Humoristas que lloran en la red porque alguien les criticó su chiste racista. O rojos y bien rojos que piensan que la mejor manera de combatir el fascismo es copiar sus discursos antes de que sean ellos quienes convenzan todavía más a la clase trabajadora. 

“La trampa de la diversidad que llaman algunos no es más que la que provoca enfrentar la misma diversidad con la lucha de clases.”

Así es como hemos visto proliferar ciertos elementos de izquierdas que piden poner ‘el problema de la inmigración’ sobre la mesa. Lo vimos con la adoración a personajes como Diego Fusaro por parte de cierta izquierda, o con Aufstehen, la escisión en el seno del partido alemán de izquierdas Die Linke que pedía un cambio en el discurso sobre migración. O en cierta izquierda española que acusa al independentismo de servir a la burguesía. O en quienes confunden laicismo con islamofobia. La trampa de la diversidad que llaman algunos no es más que la que provoca enfrentar la misma diversidad con la lucha de clases, y casualmente, son estas personas quienes suelen plantear esta dicotomía. Se abandonan o se menosprecian luchas que unen a más personas de las que ya están concienciadas, y se renuncia a construir hegemonía tratando de arrimar estas causas a la lucha de clases, regalándolas así al neoliberalismo o directamente, a la extrema derecha. 

Así, la derecha y la extrema derecha no necesitan luchar a campo abierto. Ganan mientras disfrutan observando el espectáculo. Esto muestra que la batalla por la hegemonía cultural que llevan años librando, hoy les está dando muy buenos resultados. No solo porque parte de la izquierda ya ha asumido algunos de sus marcos, sino porque su discurso de odio ya ha sido aceptado como “una opinión más que hay que respetar”. Aunque nos indigne y nos repugne. Pues esa es su estrategia de comunicación: la provocación. Así, consiguen no solo titulares por tamañas barbaridades, sino la reproducción y amplificación de estas por parte de sus contrarios. ‘Mirad qué ha dicho X’ se ha convertido en algo habitual en las redes. Y muchos entran al trapo tratando de rebatirlos, ridiculizarlos o insultarlos. Así, consiguen que su mensaje se multiplique, y gracias demasiadas veces a quienes creen que así se les combate. Simplemente debatir sus temas, aceptar su terreno de juego y sus marcos ya es una victoria para ellos. 

“La confusión y la apropiación de cierta retórica y estética de la izquierda les ha dado muy buenos resultados, y forma parte también de esa batalla cultural dirigida sobretodo a la juventud hastiada con el sistema.”

Estas trampas no son nuevas. La ultraderecha que teníamos y que todavía sobrevive más allá de Vox lleva tiempo jugando a manosear el lenguaje, a apropiarse de los símbolos y reivindicaciones de la izquierda. Ya lo hizo en Italia en un contexto sembrado por el berlusconianismo aliado de los fascistas, que vio nacer a Casa Pound a principios de siglo XXI, un proyecto copiado a la izquierda radical que hoy representa uno de los movimientos sociales de la ultraderecha más prolíficos y más importantes de la historia. Los neofascistas y neonazis italianos copiaron el modelo de las okupaciones, haciéndose con un edificio enorme en pleno centro de Roma, donde construirían un espacio de encuentro, formación, de ocio y de combate que hoy tiene sedes por todo el país y que cuenta con numerosas réplicas en todo el planeta. Es el espejo en el que se refleja Hogar Social Madrid, pero también las decenas de formaciones neofascistas que han pasado de quemar a personas sin hogar a ofrecerles alojamiento y comida, siempre que sean blancos y con DNI español. En sus manifestaciones suelen sacar una pancarta cuyo lema es ‘culpables de ayudar a nuestra gente’. La estrategia es brillante. Personas en situación precaria como rehenes. Ellos, unos buenos samaritanos. Y quienes les atacan, unos ‘endófobos’ que impiden la ayuda a los españoles porque prefieren dársela a los migrantes. 

Aunque los neonazis de HSM sean anecdóticos, Casa Pound en Italia dejó de serlo hace tiempo y forma ya parte de la historia de la mayor ofensiva neofascista de las últimas décadas. Pocos años después nacerían Generación Identitaria en Francia y la Liga de Defensa Inglesa en el Reino Unido, dos proyectos que supieron combinar un activismo constante con una nueva retórica capaz de competir con la izquierda radical copiando la imagen contracultural, rebelde y antisistema. Viendo los vídeos propagandísticos de estos colectivos obviando ciertos contenidos no sabríamos donde encajarlos. La confusión y la apropiación de cierta retórica y estética de la izquierda les ha dado muy buenos resultados, y forma parte también de esa batalla cultural dirigida sobretodo a la juventud hastiada con el sistema. 

La extrema derecha que gobierna

English Defence League es un proyecto de extrema derecha que supo combinar un activismo constante con una nueva retórica capaz de competir con la izquierda radical copiando la imagen contracultural, rebelde y antisistema. Foto: Gavin Lynn. CC BY 2.0.

Debemos entender que estos movimientos forman parte de un cambio global en la configuración política del activismo que ayuda mucho a sustentar quienes de verdad sacan rédito. Un revelador documental de Al Jazeera titulado Generation Hate desvelaba los nexos de Generación Identitaria con el Frente Nacional de Marine Le Pen. Casa Pound, por su parte, apoyó en gran medida a Salvini, y la EDL inglesa y sus consecutivas mutaciones ayudaron a extender la xenofobia e islamofobia que supo aprovechar el UKIP y el mismo Boris Johnson en su retórica ultranacionalista. 

Por su parte, la extrema derecha que gobierna, condiciona gobiernos o ocupa ya varios asientos en varios parlamentos europeos ha sido capaz de extender lo que se conoce como lepenización de los espíritus, que no es otra cosa que la normalización de sus discursos hasta el punto de ser asumidos no solo por las otras derechas, sino a veces incluso por socialdemócratas e izquierdistas. Pasa hace tiempo en Francia con el racismo y la islamofobia, donde tras varias campañas muy bien diseñadas del Frente Nacional, dirigidas a diferentes colectivos, consiguieron captar el voto de cerca de un 40% de las personas LGTBI y de más de un 20% de las minorías, descendientes de migrantes ya nacionalizados. Han sabido poner el foco en los musulmanes y los nuevos refugiados, señalándolos como la principal amenaza para los derechos LGTBI y de las mujeres, por una parte, o para el status que ya habrían conseguido las nuevas generaciones de migrantes. 

“Han sabido poner el foco en los musulmanes y los nuevos refugiados, señalándolos como la principal amenaza para los derechos LGTBI y de las mujeres, por una parte, o para el status que ya habrían conseguido las nuevas generaciones de migrantes.”

Vox ha sabido conjugar muy bien el victimismo del privilegiado que habitualmente usa la derecha con una nueva forma de transmitir en la política. Sus videos propagandísticos que provocan más de una risa entre sus contrarios son en realidad productos muy bien confeccionados del marketing político. A menudo, incluso, no les hace ni falta firmarlos. Existe toda una red de activistas digitales que agitan las aguas en las redes sociales y libran una intensa batalla cultural donde han sido capaces ya de resignificar términos como ‘Facha’, algo que ha dejado ya de ser un insulto desde el momento en que ellos mismos se autodenominan Team Facha y se enorgullecen de serlo si esto significa, como decía Abascal en un mitin, amar a tu país. 

“El reto que se nos presenta es aprender a detectar estas trampas y a combatirlas.”

La ofensiva es tan brutal y tiene tantos frentes, que la izquierda demasiadas veces es incapaz de detectarla. Es más, pica demasiado a menudo en sus anzuelos o acaba comprando determinados marcos impuestos a través de falsos debates que han estado bien pensados precisamente para esto. Se queda en la caricaturización de la extrema derecha escudada en su propia arrogancia, que le impide entender y anticiparse a su enemigo. Hay muchos miles de euros invertidos en la conquista del poder, pero muchos otros más en la infección de la opinión pública para secuestrar ese sentido común que nos llevaba a defender a los débiles y combatir a los poderosos. El reto que se nos presenta es aprender a detectar estas trampas y a combatirlas. Y en la defensa de un sentido común y de una hegemonía cultural que reivindique los derechos humanos frente a quienes pretenden anularlos, sin duda, está una de las batallas más importantes que nos va a tocar librar en los nuevos tiempos que vienen. 

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