Algunos hombres y mujeres buenos

07/03/2024 per Miquel Ramos

El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, estaba a punto de hincarle el diente a una enorme bola de helado cuando fue preguntado por un periodista sobre un alto fuego en Gaza. Tras permanecer un segundo con la boca abierta a pocos centímetros del cucurucho, dijo que esperaba que ese alto el fuego fuese inminente. Lo esperaba, porque él no lo ha pedido ni lo ha impulsado, más bien al contrario. Esperaba, como quien espera que salga el sol. Como si, en parte, no dependiese de él.  

Habían pasado tan solo unas horas desde que Aaron Bushnell, un soldado norteamericano de la Fuerza Aérea, se quemase a lo bonzo ante la embajada israelí a modo de protesta por la responsabilidad de su gobierno. “No seré cómplice de este genocidio”, dijo ante la cámara que grabó sus últimos momentos, refiriéndose a Gaza. Biden, cuyo Gobierno es el principal aliado y financiador de Israel, a quien nutre de armas y a quien protege históricamente, junto con la UE, para bloquear cualquier castigo al apartheid, a la ocupación y al genocidio, siguió comiéndose el helado.

Bushnell murió, y su imagen ya se ha convertido en un icono de este triste y no tan inédito episodio de nuestro tiempo. El joven soldado de 25 años era un activista de izquierdas, vinculado a movimientos anarquistas, que había participado en tareas sociales con personas sin hogar en Texas. Decenas de personas han ido pasando por el lugar de los hechos, dejando flores, velas y mensajes de recuerdo. Las redes se han llenado de mensajes de agradecimiento desde todas partes del mundo, también desde Palestina, recordando una imagen similar que se popularizó como protesta ante la guerra de los Estados Unidos contra Vietnam, hace 50 años.  

Este mismo fin de semana se celebraba la Berlinale en la capital alemana, uno de los festivales de cine más importantes. Dos jóvenes, un palestino y otro israelí, suben juntos al escenario. Basel Adra y Yuval Abraham han ganado el premio al mejor documental con su obra No Other Land, que retrata la brutalidad de la ocupación y la limpieza étnica que comete Israel en Palestina, poniendo el foco en el caso concreto de Masafer Yatta, en Cisjordania. “Estamos aquí, ante vosotros, ambos tenemos la misma edad, yo soy israelí y Basal en palestino, y en dos días volveremos a una tierra en la que no somos iguales”, dijo Yuval Abraham. Los aplausos y las muestras de apoyo, sobre todo cuando el video se viralizó en redes sociales, fueron enormes. Otros artistas y cineastas también habían mostrado su apoyo al pueblo palestino durante la gala, entre ellas, Eliza Hittman, judía y miembro de uno de los jurados.  

Sin embargo, la respuesta de las autoridades alemanas fue censurar esta denuncia y acusar a los cineastas de antisemitas. “Lo ocurrido ayer en la Berlinale fue una relativización intolerable. El antisemitismo no tiene cabida en Berlín, y eso también se aplica al panorama artístico”, dijo el alcalde de Berlin, Kai Weger. Los medios de comunicación alemanes entonaron al unísono la acusación, tildándolo de ‘escándalo’ o de ‘espectáculo pro-palestino’.  

Y mientras el establishment político y mediático alemán insistía en su habitual alineamiento con el relato israelí de este genocidio, y su perverso uso del Holocausto para justificar su apoyo a este estado colonial y a su limpieza étnica, un grupo de hackers pirateaba la cuenta oficial de Instagram de la Berlinale, y volvía a colar a Palestina en el foco. Lo hizo con varias imágenes del genocidio en Palestina simulando ser portadas de películas. Una de ellas no podía ser más icónica: la foto de varios soldados israelíes posando y sonriendo para un selfie ante un paisaje de edificios derrumbados por las bombas, con el título de una película alemana recién estrenada, La Zona de Interés, el film que retrata la vida de Rudolf Höss, alto cargo del Tercer Reich que vivía en una idílica casa al lado del campo de exterminio de Auschwitz.

Precisamente escribí hace unas semanas sobre esta película y sobre la banalidad del mal que también estábamos viendo en Gaza. Las incesantes imágenes que publican los soldados israelíes en Gaza riéndose con los juguetes de los niños palestinos asesinados, robando joyas y exhibiendo la ropa interior de mujeres palestinas es una muestra de ello.  “Otro genocidio de este siglo apoyado por Alemania” decía la falsa carátula hackeada. Y es que la gestión que hace Alemania de sus propios fantasmas es algo de lo que algunos ciudadanos se niegan a ser cómplices. Van a pasarse varias generaciones pidiendo perdón por un genocidio tras otro. Y algunos alemanes no están por la labor de que los palestinos paguen su cuenta con el Holocausto.  

El mismo domingo, una joven judía israelí de 18 años llamada Sofia Orr, se presentaba ante el centro de reclutamiento de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF) en Tel Aviv. Acompañada de una treintena de adolescentes, todos y todas ellas activistas judías de izquierdas, anunció que rechazaba servir en el ejército. Sofia era una de las 230 firmantes de un manifiesto que se publicó el pasado mes de septiembre que ya anunciaban su rechazo al servicio militar. Su decisión estaba ya tomada antes de esta escalada bélica tras los sucesos del 7 de octubre, debido a “la ocupación y opresión que ejerce el ejército contra Palestinos en Cisjordania”, afirmó. “La gente dice que soy ingenua, antisemita, traidora”, confesaba a un periodista en una entrevista.  

Pasan los días y las cifras de muertes siguen subiendo. Ahora también por hambre y sed, entre las ruinas. Ruinas no solo de Gaza sino de la moral mísera de Occidente que ha patrocinado y avalado esta masacre. La misma miseria moral que, mientras expresa deseos de que todo pare, así, como quien pide que llueva, alimenta una y otra vez el monstruo de la guerra en mil frentes más allá de Gaza.  

No hay horizonte a la vista más allá de la inexorable infamia que perseguirá a quienes hoy avalan estas ignominias. Es algo que tratamos de usar para consolarnos entre tanta impotencia y tanta ansiedad: que la historia pondrá en su sitio a los perpetradores, como ha ido haciendo a lo largo de la historia con otros personajes poderosos ante hechos similares. Sin embargo, habrá otro espacio para el recuerdo, no solo para las víctimas, las principales heroínas y protagonistas de esta historia, sino también para todos esos y esas hombres y mujeres buenas, como los que en su día, desde las entrañas de la Europa ocupada por los nazis, se opusieron al nazismo. Valientes como Sofia, Basel, Yuval o Aaron. Ninguno de ellos tiene poder más allá de su palabra, de su cuerpo, pero la dignidad que demuestran es una apisonadora que pasará por encima de los muñecos de cartón piedra que nos gobiernan, cómplices, incapaces e indolentes, a quienes la historia, seguro, pondrá en su sitio.

Miquel Ramos. Columna de opinión en Público, 27/02/2024