Han pasado cincuenta años desde que España pasó de la dictadura a la democracia tras la muerte del fascista Francisco Franco. Sin embargo, el auge de partidos de herencia fascista, denominados de «ultraderecha», ha dividido el panorama político del país en los últimos años. El auge del partido Vox se considera una amenaza en España.
ANF / DEVRİŞ ÇİMEN – BASILEA – martes, 2 diciembre 2025,
Sin embargo, el auge de los partidos fascistas, considerados de extrema derecha, no se limita a España, sino que se ha convertido en un fenómeno especialmente en Occidente. El periodista valenciano Miquel Ramos, señalando que los partidos fascistas han asumido el papel de guardianes del capitalismo frente a la posibilidad de transformación social, ha hecho hincapié en que se está configurando una internacional reaccionaria en todo el mundo: «Multimillonarios, grandes empresarios y pequeños propietarios financian partidos, actores de extrema derecha, think tanks e influencers en redes sociales».
Hablamos con Miquel Ramos sobre el auge de los partidos políticos racistas en Europa Occidental durante la última década, el grado en que el Estado español se ha enfrentado al franquismo y la declaración de Trump de los grupos antifascistas como enemigos, todo ello a la luz de su libro Antifascistas, publicado en español.
Su libro Antifascistas, publicado en español, aborda los grupos y actividades antifascistas en el Estado español, un tema de gran relevancia en España y Occidente hoy en día. ¿Qué le motivó a escribirlo y de qué trata?
El libro es un relato de las diferentes luchas que se dieron contra la extrema derecha en España desde los años 90 hasta hoy. Es fruto de un trabajo de muchos años documentando y escribiendo sobre la extrema derecha, que empecé a hacer ya de adolescente, en los años 90, cuando ocurrieron una serie de asesinatos de grupos neonazis. Mi generación no había vivido la dictadura de Franco ni los duros años de la transición, cuando las bandas armadas fascistas estaban muy activas y gozaban de una evidente connivencia con las autoridades e impunidad. La policía, los jueces y los funcionarios de la democracia eran los mismos que durante el franquismo. No hubo depuración. Aunque pasados
aquellos años, el relato oficial era que el fascismo no podía volver, ya que había quedado enterrado con Franco. Sin embargo, a nuestra generación le tocó lidiar con los nuevos grupos neonazis surgidos a finales de los años 80, muy vinculados al futbol y a la moda skinhead. El asesinato de un joven antifascista valenciano, Guillem Agulló, en 1993, nos marcó mucho por ser alguien cercano, y desde entonces, decidí tanto militar en el antifascismo como investigar a la extrema derecha. Aquellos años empecé a recopilar información y a almacenar un gran archivo que me fue muy útil para el libro, junto con los relatos de varios activistas antifascistas de varias ciudades, cuyas entrevistas, junto con las crónicas periodísticas de aquellos años, son parte fundamental de mi libro.
El 20 de noviembre se conmemoró el 50 aniversario de la muerte del dictador Franco. Recientemente, el gobierno socialdemócrata anunció que los símbolos de la época franquista serían retirados de los espacios públicos. ¿Qué significa eso exactamente? ¿Cómo se pudo tolerar esto durante tanto tiempo después de la transición del franquismo a la democracia en 1977?
Los crímenes del franquismo y la permanencia de las estructuras del régimen ha sido un tabú en España desde la muerte del dictador. La reforma democrática aseguró la impunidad para los asesinos, torturadores y artífices del régimen, y bajo la excusa de una supuesta ‘reconciliación’, se ocultó todo lo que había sucedido durante la Guerra Civil y la dictadura. Había decenas de miles de desaparecidos, pero no había ningún interés en investigar su paradero. Es a partir de 2005 cuando se promueve la primera Ley de Memoria Histórica con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, y los familiares de los desaparecidos empiezan a reclamar saber la verdad, que haya justicia y reparación para las víctimas. Hoy todavía quedan muchos desaparecidos, a pesar de que se han
realizado investigaciones y exhumaciones en todo el país, gracias a los familiares y a las asociaciones de memoria. Retirar los símbolos de la dictadura es importante, pero hay otros asuntos todavía más urgentes que no se están cumpliendo.
Los medios de comunicación españoles clasifican parcialmente al partido Vox como de extrema derecha. Defiende el centralismo, rechaza los derechos de autonomía de regiones como el Euskadi y Catalunya, y defiende una agenda económicamente liberal. También critica el islam y la migración con tono hostil y rechaza el multiculturalismo, el feminismo y los derechos de las mujeres. España conoce estas políticas desde la prolongada dictadura franquista (1936-1977). ¿No hay ninguna lección que aprender de esto, dado que el partido actualmente cuenta con más del 15% de apoyo en las encuestas?
El franquismo sociológico nunca desapareció. El Partido Popular fue capaz de aunar a toda la derecha en su seno durante muchos años, incluidos a los fascistas, pero sufrió una escisión en 2013 que activó a ese sector en otro partido, que fue Vox. Antes existían otros muy claramente franquistas o incluso neonazis, pero eran muy marginales y no consiguieron nunca grandes éxitos. Vox, sin embargo, llega en un momento en el que el auge de la extrema derecha es ya un fenómeno global, y donde además, coincide con una desafección política con la izquierda, que había sido impulsada electoralmente tras la crisis
de 2018, y una situación convulsa en Catalunya, con el referéndum independentista de 2017. Es entonces cuando el partido logra entrar en las instituciones. Además, en España, la derecha ha sido siempre revisionista y negacionista de los crímenes del franquismo, manteniendo hasta hoy una versión dulcificada del periodo franquista. Esto, sumado a la falta de pedagogía antifascista y a la promovida amnesia histórica con la excusa de ‘no reabrir heridas’ y el contexto global, ha permitido la normalización de un partido de extrema derecha en España.
En Europa, la extrema derecha está en auge. En Países Bajos, Alemania, Francia, Austria e Italia, incluso gobiernan. ¿Qué falta para que la extrema derecha, con su ideología fascista, se fortalezca cada vez más?
El triunfo de las extremas derechas en varias partes del mundo se explica por diferentes factores. Hay una desafección hacia los partidos tradicionales porque no han dado respuesta a los problemas estructurales del capitalismo, y esto es aprovechado por la extrema derecha para buscar culpables, y aquí el principal chivo expiatorio son las personas migrantes. También la islamofobia es fundamental para explicar este repliegue identitario supremacista que abandera la extrema derecha pero que contamina más allá de su espectro. Los miedos y los prejuicios de la población occidental se acentúan con las crisis. Y hoy en día, la islamofobia está usando los mismos inputs que usó anteriormente el
antisemitismo. También los avances en materia de derechos, como el feminismo o la lucha LGTBIQ+, son contestados con una gran campaña de reacción, muy bien financiada por grandes empresarios de derechas y lobbies religiosos para librar la batalla cultural contra la supuesta hegemonía progresista. Hay una gran inversión económica en esta batalla y con padrinos muy poderosos, ya que las extremas derechas no suponen ninguna amenaza para el capitalismo ni para las élites. Todo lo contrario, son su seguro de vida, su perro de presa ante cualquier tentación revolucionaria. Hay que mirar más allá de los partidos y los
gobernantes para entender que la internacional reaccionaria es mucho más grande, y aquí es donde entran grandes capitales, multimillonarios y empresarios, que son quienes financian a estos partidos y las campañas de todos los actores de extrema derecha, desde Think Tanks hasta influencers en redes sociales. O directamente, usando las redes sociales para esta batalla, como es el caso de Elon Musk con X, una herramienta más de la batalla cultural del nuevo fascismo, que se sirve, además, de la desinformación y las fake news de una manera obscena y reiterada para que, como decía Steve Bannon, ‘inundarlo todo de mierda’, de manera que nadie crea ya en nada.
Históricamente, el antifascismo en España siempre ha contado con el apoyo de la izquierda, desde la Guerra Civil hasta la actualidad. Vascos, catalanes y gallegos han contribuido a forjar las tradiciones antifascistas. Si se silbara y bailara después de Trump, esta tradición tendría que ser criminalizada e incluso combatida. ¿Qué opinas al respecto y cómo influye en el antifascismo? ¿Cómo se puede organizar el antifascismo de una manera más consciente e influyente?
El antifascismo ha sido criminalizado durante muchos años en España, ubicándolo en los márgenes de la política, como algo marginal e innecesario al no haber un partido de extrema derecha con representación institucional hasta 2018. Sin embargo, el problema estaba ahí, pero muy poca gente, principalmente la izquierda radical, le prestaba atención y advertía de que llegaría el día en que volverían. La mayoría de la gente miraba hacia otro lado. Hoy, la preocupación ante el auge de la extrema derecha es evidente en gran
parte de la sociedad, a pesar de haberlo aceptado como parte del menú democrático. Las experiencias antifascistas previas pueden servir para entender el fenómeno y reconocer las luchas anteriores, pero hoy nos encontramos ante un nuevo escenario que requiere mayores alianzas, más compromiso y, sobre todo, mucho conocimiento y mucha determinación para frenar la infección reaccionaria en todos los frentes.
Trump juega con ese cliché del antifascismo marginal, yendo todavía más allá, criminalizándolo, acusándolo de terrorista, porque tiene varios neonazis y fascistas asesorándole. Estan obsesionados con neutralizar el activismo antifascista porque saben que tiene experiencia y músculo social, y que aúna muchas causas distintas: feminismo, antirracismo, derechos humanos… por eso, para la extrema derecha, es importante derrotarlo. Pero todo el argumentario de Trump está basado en conjeturas, pues no existe una organización global llamada ‘Antifa’, sino grupos autónomos descentralizados y muy diversos. Pero el objetivo en esta campaña de criminalización no es tanto acabar con ellos, sino persuadir a todos los movimientos que forman parte del antifascismo para que no levanten la voz contra los recortes de derechos y libertades que pretenden los ultraderechistas en su camino hacia un estado autoritario.

