En abril de 1993, Guillem Agulló, un joven antifascista de 18 años, fue asesinado por un grupo de neonazis durante una acampada en Montanejos (Castellón). Su muerte sacudió a toda una generación y destapó una realidad que muchos preferían negar: la violencia organizada de la extrema derecha seguía activa en la España democrática.
