‘La zona de interés’ y las lecciones no aprendidas

07/03/2024 per Miquel Ramos

Es una idílica casa en el campo, con una pequeña piscina en medio a la que varios niños se deslizan por un tobogán. Una mesa llena de dulces al fondo y un precioso jardín que llena de color cada rincón de la parcela. Los gritos y las risas de los jóvenes evitan cualquier ruido de fondo. Rodeados de flores, un bonito y simpático perro salta y da vueltas moviendo la cola y saludando a todos los que pasan por su lado. Tan solo rompe el paisaje una columna de humo que aparece a menudo erigiéndose desde los edificios colindantes separados por un muro. Es una escena cotidiana en la casa del comandante de las SS Rudolf Höss, pegada al campo de exterminio nazi de Auschwitz.

Así lo ha mostrado el director británico Jonathan Glazer en su último film, La zona de interés, estrenada recientemente y aclamada por la crítica por haber retratado de esta manera la normalidad que acompaña a uno de los episodios más atroces y más traumáticos de la Europa contemporánea. Un relato frío de la cotidianeidad de la familia Höss, de la indolencia ante el horror que sucede a escasos metros, y la normalidad con la que se es parte de ello. Höss no era un trabajador más del III Reich, sino que fue el responsable del campo durante tres años, de la supervisión de otros, y de la ejecución de la Solución Final que pretendían los nazis para los judíos. Así lo reconoció en Nuremberg cuando fue juzgado al finalizar la guerra, corrigiendo al presidente del tribunal cuando este le atribuyó el asesinato de tres millones de prisioneros: “Solo fueron dos millones y medio, los demás murieron de hambre, agotamiento o enfermedad”, dijo.

La película te ata a la silla sin necesidad de intrigas ni sobresaltos. Es la crudeza de la normalidad con la que pasan los días en ese lugar, en el que tampoco se muestra a las víctimas ni el horror al que estaban sometidas. No es necesaria ninguna trama. La paz es lo que aterra. La educación con la que hablan y se comportan sus protagonistas. Su pulcritud, su sofisticación y su elegancia. Es, al fin y al cabo, un retrato de la naturalidad con la que se instala la maldad en una sociedad que no puede ser tildada de ignorante ni de atrasada, y que derriba los eslóganes de que el fascismo se cura leyendo y el racismo viajando, que todavía muchos usan desde su arrogancia y su propia ignorancia sobre el fenómeno.

Es inevitable no salir aturdido de la sala tras ver la película, y eso que hemos visto infinitas obras sobre el Holocausto, cuyo alcance emocional nos sacude todavía más por haber ocurrido en suelo europeo y contra europeos, en el seno de una sociedad avanzada cultural y tecnológicamente, que usó su sabiduría para ejecutar un plan perfectamente racionalizado. Un diseño industrial del exterminio, sostenido por teorías políticas y raciales que apuntalaron el relato de su inevitabilidad ante la falsa amenaza de la propia supervivencia: “Es un trabajo duro, pero si no se lleva a cabo inmediatamente, en lugar de que nosotros exterminemos a los judíos, los judíos exterminarán a los alemanes en una fecha posterior”, trasladó Heinrich Himmler, lugarteniente de Hitler, a Rudolf Höss en 1941 para explicarle el plan.

Lo que subyace en esta y en tantas otras obras que se escribieron después del Holocausto debería invitarnos a reflexionar no solo sobre cómo fue aquello posible, sino por qué hoy sigue siéndolo, con otras víctimas y otros victimarios.

Antes del genocidio nazi, Occidente había perpetrado numerosas atrocidades semejantes más allá de sus fronteras. En nombre de la civilización contra la barbarie, de la superioridad cultural frente al retraso indígena, de la ilustración frente al primitivismo. La colonización y la esclavitud, cuyos relatos oficiales hoy todavía endulzan, siguen siendo incómodos recordatorios que se prestan a patéticos negacionismos patrioteros, y desatan nuevas cruzadas contra las supuestas leyendas negras prefabricadas por imperios rivales envidiosos y antipatriotas.

Esta normalidad con la que vivían Rudolf Höss y su familia que hoy nos aterra, es la misma con la que vivían también las sociedades europeas durante siglos, con sus recurrentes pogromos y expulsiones de comunidades enteras, sus casas servidas por esclavos y sus riquezas y museos fruto del expolio. Ese hilo conductor que une el cadáver de un hombre africano exhibido en un museo en Banyoles hasta el año 2000, y los dientes de judíos con los que juega el hijo del comandante nazi de Auschwitz en su cama.

Más allá de la reflexión histórica sobre el origen y la implementación del supremacismo, sea el colonial o su variante nazi, resulta preocupantes los inevitables símiles con el presente. Aunque debamos separar la particularidad del Holocausto de cualquier otro fenómeno presente para no ligar inmerecidamente la historia de sus víctimas con la de los verdugos actuales. Nos ha sido imposible salir del cine sin pensar en Gaza, en el auge global de la extrema derecha heredera de las ideas que defendía Höss, en las incesantes muertes en las fronteras, los discursos racistas abriéndose paso y en todo lo que ha llevado a la situación en la que nos encontramos.

Nada de lo que cuenta La zona de interés es nuevo. La novedad es cómo lo cuenta, y qué te transmite. Nos recuerda que quienes ejecutan la peor de las atrocidades son personas terriblemente normales, a menudo adorables, parecidas a nosotros, a nuestros vecinos, ajenas a lo que sucede a su alrededor.

Y quienes las acompañan, quienes saben lo que sucede al otro lado del muro, toman té con pastas, juegan con su perro y aman a sus hijos. Esa banalidad del mal que describía Hannah Arendt ha convivido siempre con nosotros, en casa de Höss pero también ante el horror que hoy de nuevo estamos viendo en directo. Antes, al menos, a muchos les sirvió la excusa de que nadie sabía ni veía nada. Hoy, cuando todo esto pase y nos toque mirarnos al espejo, nadie podrá decir lo mismo.

Miquel Ramos. Columna de opinión en Público, 30/01/2024