Las cacerías racistas

20/12/2023 per Miquel Ramos

Decenas de encapuchados desfilan por las calles de un pequeño pueblo francés. Es de noche, y la calle se tiñe de rojo por el fuego de las bengalas que portan varios miembros de esta escuadra. Se dirigen a un barrio donde viven trabajadores de origen migrante. Lanzan gritos contra la inmigración, contra el islam y el lema “¡Francia es nuestra!”. Algunos van armados con bates de béisbol y barras de hierro. Días atrás, en Crépol, un pequeño pueblo cercano, el joven Thomas, de dieciséis años, había sido asesinado a cuchilladas. Corrió el rumor de que uno de los agresores del chico era hijo de un inmigrante. Los padres de la víctima pidieron calma, que no se usase el caso de su hijo para fines políticos. Sin embargo, era el detonante que algunos estaban esperando. La excusa que, cada mañana, buscan en todos los medios los profesionales del odio, buceando entre sucesos, a la caza del origen o el color de piel de cualquier victimario, de cualquiera que haya cometido un delito, o haya protagonizado algún incidente. Y si no lo hay, se lo inventan. Que los bulos hoy son gratis e impunes.

Recuerdo, siendo un niño, ver por televisión los ataques racistas contra refugiados en la recién reunificada Alemania. Los cócteles molotov volaban contra un edificio de Rostock donde vivían familias trabajadoras vietnamitas, refugiados de la guerra de Bosnia, o gitanos que salieron de Rumanía con la caída de Ceaucescu. Cientos de personas vitoreando a un grupo de skinheads nazis, y la Policía, ausente. Los migrantes no habían matado a nadie. Simplemente molestaban. Ese mismo año, un grupo de neonazis liderado por un Guardia Civil asesinaba a tiros a Lucrecia Pérez en Madrid. Una mujer migrante, negra y pobre, que sobrevivía limpiando casas, y descansaba cada noche junto a otros compatriotas en las ruinas de una discoteca abandonada en Aravaca.

Fue un fatídico 1992, cuando aquí celebrábamos las olimpiadas y la Expo de Sevilla en la que Curro lucía su arcoíris en lo que parecía ser una cresta. El racismo no existía, decían. El racismo era el apartheid surafricano que se derrumbaba, o aquello de los Estados Unidos, eso del Ku Klux Klan. Lo de Aravaca, cosa de chavales. Aunque algunos medios llevaban semanas señalando a los migrantes que vivían en la zona como una especie de foco de problemas, y los fascistas habían decorado varios muros del pueblo con consignas racistas. Una semana después de asesinar a Lucrecia, a Hassan, temporero marroquí, lo mataron a golpes a pocos kilómetros del lugar donde mataron a la dominicana. Se había abierto la veda.

España estaba en el mapa con grandes eventos, y nada debía empañarlo. Habían caído ya el muro de Berlín y la Unión Soviética. Llegaba el mundo libre, dijeron, y nada podía ir a peor. Unos días después del asesinato de Lucrecia y de Hassan en Madrid, y de nuevo en Alemania, dos niñas y su abuela de origen turco eran quemadas vivas por unos neonazis en la localidad de Mölln.

Estos episodios de violencia racista eran tan solo anécdotas. Un detalle de la historia, como calificó el exlíder del Frente Nacional francés, Jean-Marie Le Pen, a las cámaras de gas de los nazis, causando un gran revuelo en aquella Europa biempensante a la que todavía le espantaba el Holocausto y los herederos de aquella ideología que lo llevó acabo. Anécdotas que se sucedían simultáneamente en varios países y que nos recordaban que el racismo seguía causando víctimas, aunque se quisiera minimizar la amenaza y reducirlo todo a un puntual brote de ira mal canalizada o a una pelea entre bandas. Cada vez que Le Pen eructaba su racismo en público era todavía mirado por encima del hombro por el resto de los políticos, conservadores y socialdemócratas, como el que tiene que aguantar a un cuñado borracho haciendo el imbécil en una comida familiar.

Las calles de Dublín se iluminaron por el fuego hace tan solo unas noches. Alguien metió un objeto ardiendo en un coche de Policía, mientras otros lanzaban piedras y algunos saqueaban comercios. Decían que protestaban por el apuñalamiento de unos niños, que habría sido perpetrado por un hombre al que señalaban como migrante. Justo el detalle que la extrema derecha necesitaba para obtener su excusa para el pogromo. Como en Francia días después. Como en la Norteamérica de los linchamientos de negros, como en El Ejido en el año 2000, o en el barrio de Ca n’Anglada de Terrassa un año antes. Una noche de disturbios, nada más, pero que sacaba ese odio racista que, cocido a fuego lento por los profesionales del odio, y por el abandono institucional de la clase trabajadora, acaba por desbordar la olla.

Y de nuevo, el chovinismo del bienestar. El no hay para todos, y hay que competir por los recursos. Nunca exigir más, ni cambiar la estructura que produce esta desigualdad, esta miseria, sino golpear por una miga de pan al que tienes al lado. Así se preocupa la extrema derecha por la clase trabajadora: dividiéndola y enfrentándola para exonerar a los responsables de su miseria. Y así no se preocupa el capitalismo por la extrema derecha: mientras la clase obrera se pelee, nadie lo va a intentar derrocar.

En Romans-sur-Isère, el intento de pogromo salió mal. Los neonazis fueron interceptados por varios vecinos, y se abortó la cacería. Uno de ellos acabó desnudo en la calle. Otro, malherido en un hospital. Otros dos, exhibidos en redes sociales junto a sus teléfonos móviles, que sus captores mostraban para demostrar que eran miembros de grupos nazis, que estaban perfectamente organizados y coordinados para la cacería. “Solo quiero irme a casa”, decía uno de ellos cuando le mostraban los chats con la cara de Hitler en los que prometían una guerra racial y llamaban a matar moros.

El joven que luce un brazalete con una esvástica en esa foto que filtraron los chavales de Romans-sur-Isère de uno de los dos nazis cazados, no es más que un hijo sano de Occidente. Un chavalote que dice lo mismo que esos políticos que ganan elecciones y son ya figuras respetables. Alguien que se tomó al pie de la letra las advertencias que esas figuras mediáticas hacen todos los días en varias tertulias, en las que hablan sobre el Gran Reemplazo y la guerra racial en marcha. Lo único es que, ya se sabe, de joven lo quieres todo: genocidios, hornos crematorios y todo eso. Pero luego te haces mayor y ya no necesitas lucir el brazalete.

La ultraderecha insiste, y ya ha intentado resarcir la humillación de sus cachorros del otro día desfilando de nuevo en otras ciudades como Rennes o Lyon. Prometen guerra, mientras políticos y medios de derechas añaden leña al fuego insistiendo en la imposible convivencia y la recurrente inseguridad que justifica cualquier cosa.

Mientras, en España, las protestas de Ferraz se deshinchan y se convierten ya en barbacoas o en un escaparate de freaks. Tras casi un centenar de detenidos y un repliegue a los chats de Telegram, el autodenominado Noviembre Nacional está a punto de tropezarse con la Navidad, con el frío invernal y con el arranque de la nueva legislatura.

Pero no todo son malas noticias para ellos. Esta semana, la ultraderecha ha ganado las elecciones en los Países Bajos. Está por ver si logrará formar gobierno, pero ahí está. Igual que en muchos otros países, acariciando el poder o participando en él. Hace tiempo que, para algunos, la extrema derecha dejó de ser el cuñado borracho. Ahora, todos consumen esa mierda, todos hacen esos chistes y algunos ya lo invitan a todas las fiestas. Los gobiernos que todavía no están tomados por la extrema derecha, legislan y actúan cada vez más condicionados por los discursos de la extrema derecha. La hija de Le Pen, el de las cámaras de gas como anécdota, está a punto de tomar el poder en Francia. Y es una de las que, como en Rostock, en Mölln, en El Ejido o en Aravaca, apunta a la inmigración constantemente. Y son los chavales, los que luego se fotografían con el brazalete nazi, los que actúan en consecuencia.

Miquel Ramos para Público, 28/11/2023