Matthew Collins: “A veces la lucha consiste en encontrar respuestas progresistas a las cosas horribles”

20/12/2023 per Miquel Ramos

Miembro y cofundador de HOPE Not HATE, Matthew Collins defiende que el antifascismo debe afrontar los debates difíciles para ganarse la confianza de la gente. La serie ”The Walk-In’ (Filmin) explica su historia.

Miquel Ramos – La Marea 14 de diciembre de 2023

Soy mucho mayor de lo que parezco», bromea Matthew Collins (Inglaterra, 1972). En cualquier caso, lo cierto es que no aparenta todas las vidas que ya ha tenido. Cuando era adolescente empezó a militar en movimientos de extrema derecha en Londres. «Después de un incidente particularmente violento, tuve una epifanía, entendí que estaba en el lado equivocado, que no podía seguir haciendo el tipo de cosas en las que estábamos involucrados», explica. Entonces tenía 19 años. Durante los dos siguientes, se convirtió en un infiltrado que pasaba información a los antifascistas. Cuando lo descubrieron, huyó a Australia, donde vivió una década. Ya de vuelta en Inglaterra, cofundó la organización HOPE Not Hate, en la que asumió el papel de reclutar y dirigir espías en la ultraderecha. Hoy es escritor e investigador, trabaja como experto en inteligencia y da charlas sobre discursos de odio. Precisamente, con una de ellas arranca The Walk-In, la serie basada en una de las investigaciones de HOPE Not Hate.

¿Cómo fue el proceso de dejar la ultraderecha?

Allí tuve un trabajo a tiempo completo durante seis años. Vi en persona cómo se dirigen y cómo piensan estas organizaciones. Me desilusionó mucho el cinismo que hay detrás de su dirección. Involucrarme en la extrema derecha fue mi manera de intentar tener una vida extraordinaria. Yo vivía en una vivienda social en el sureste de Londres. Mis padres se divorciaron cuando tenía cinco años. El racismo, el odio y la violencia me parecían una forma de encontrar una identidad cultural, algo en lo que creer, algo que tener. Pero me di cuenta de que lo que esta gente quiere no va a funcionar nunca. Siempre he tenido mucha conciencia social, soy de clase trabajadora, tengo padres irlandeses… Comprendí que las cosas que me atraían tenían respuestas alternativas. Había mejores formas de remediar mi pobreza, mi falta de educación y mi posición social. Pero utilizar la violencia contra los demás no mejora mi vida ni mejora la de los demás. Así que, simplemente, crecí. Dejé el trabajo que me habían dado porque me enfermé físicamente. Creo que esa es la mejor manera de describirlo: enfermé físicamente. Entonces no sabía que hoy, más de 30 años después, todavía estaría -eso espero- haciéndoles la vida imposible.

A pesar del perfil de la gente que procede de un entorno desestructurado y se acerca a la ultraderecha buscando una identidad, hay que desterrar el cliché de que son ignorantes.

Para nada, no es ignorancia. Ahora la extrema derecha ha cambiado drásticamente en este país, pero algunos de sus líderes entre finales de los 70 y principios de los 90 fueron educados en lugares como Oxford y Cambridge. Venían de familias muy, muy ricas. Supongo que, por tener dinero, se sentían con derecho a empujar a los jóvenes de clase trabajadora a ser más extremos y violentos. Si vieras a algunos de los primeros líderes que conocí, casi todos muertos ahora, pensarías que eran extremadamente cultos. Pero leían los libros equivocados. Decimos inteligentes, pero yo diría listos. Si ves sus historias personales, en todas hay un profundo sentimiento de tristeza o fracaso. La mayoría se habían caído del Partido Conservador o habían estado vinculados de alguna manera a los partidos políticos mayoritarios. Pero chocaron, se quedaron por el camino o fueron el niño menos favorito. También la gente con la que contacté, que se paraba en las marchas y manifestaciones y decía «métete, engánchate», eran personajes bastante superficiales, bastante vacíos.

¿Por qué se comprometió con el antifascismo?

Fui uno de los miembros fundadores de HOPE Not Hate. Al principio éramos un pequeño grupo de antifascistas y sindicalistas, pero ahora es una de las mayores organizaciones antifascistas de Europa y la mayor del Reino Unido. Creo que ha contribuido a cambiar el antifascismo tradicional. Hay temas sobre los cuales los progresistas nunca pueden discutir, temas que se evitan. Pero, a veces, cuando ocurren cosas horribles, dejamos un gran vacío para que lo llene la extrema derecha. Nosotros nos dimos cuenta de que lo que debíamos hacer era formar a la gente porque, a veces, la principal lucha es encontrar una respuesta progresista a algunas de las cosas terribles que ocurren.

Por ejemplo…

Una de aquellas cosas terribles fue un escándalo de acoso sexual infantil. Unas 2.000 niñas fueron engañadas y violadas en un pequeño pueblo inglés, Rotherham, en Yorkshire. Tanto el consejo local como los políticos y la policía no querían hacer nada al respecto porque tenían miedo de ser llamados racistas. Las personas engañadas, abusadas y violadas eran [en buena parte] chicas blancas de clase trabajadora, y lo fueron, predominantemente aunque no exclusivamente, por hombres asiáticos. Entonces nos dijimos «tenemos que ser lo suficientemente maduros y grandes como antifascistas para decir que aquí hay varios problemas, uno de los cuales es el trato que reciben las chicas blancas de clase trabajadora [muchas de ellas estaban bajo tutela]». ¿Por qué deberíamos escondernos? Condenamos el acoso infantil, condenamos la violación de niñas. A algunas personas les sorprendió, pero recuperamos el terreno moral. HOPE Not Hate ha dado esperanza al movimiento obrero y a los sindicalistas y antifascistas, saben que no nos escondemos ante estas cosas. Cuando en la televisión aparecen personajes racistas y de extrema derecha señalando con el dedo, lo asumimos. Pero también creemos que podemos empoderar a la gente para que contraataque. Se trata de confianza.

En España, a pesar de la larga tradición de la lucha antifascista durante la Guerra Civil y la dictadura, la palabra antifascista sigue sufriendo cierto estigma y se presenta demasiadas veces en los medios de comunicación casi como una tribu urbana. ¿Pasa lo mismo en otros países?

En primer lugar, me inspiré en los antifascistas españoles. Me inspiraron las Brigadas Internacionales. Fui a Barcelona cuando concedieron la nacionalidad española a algunos de sus antiguos miembros.

Cuando Donald Trump calificó Antifa como organización terrorista, lo puso todo más difícil. El gran Winston Churchill, a pesar de todos sus defectos, fue por supuesto un antifascista. Roosevelt era antifascista. Pero es gracioso: la gente dice cosas como «oh, no, Antifa no». La ignorancia y la estupidez de Donald Trump no ayudan. Sin embargo, tenemos un fuerte vínculo en el movimiento sindical, y en este momento en nuestro país los sindicatos están muy comprometidos con las luchas salariales para tratar de elevar el nivel de vida de la gente. Se está empezando a mostrar de nuevo fe en los sindicatos, y el antifascismo corre a través de los sindicatos.

La gente difama a los antifascistas y dice que todos llevamos máscaras negras, pero es que no se entiende qué es el antifascismo. Lo que ha ocurrido (y estoy seguro de que en España sucede lo mismo) es el auge de la teoría de la conspiración, el auge de la idea sobre la libertad de expresión y todo ese tipo de cosas. La gente parece pensar que no hay espacio para el antifascismo en la sociedad moderna porque casi todo el mundo parece ser fascista o amigo de los fascistas… Así que los ataques contra el antifascismo están más generalizados que antes. Pero debemos darnos cuenta de que la alternativa al antifascismo es la hora más oscura de Europa.

¿Y qué sucede en su país?

Ahora, el gobierno del Reino Unido utiliza el mismo lenguaje que los neonazis y los fascistas de Gran Bretaña en los años 70, 80 y 90 [del siglo XX]. Tenemos un gobierno sumido en la corrupción, y lo único que puede ofrecer a la gente desesperada es decir “Vamos a detener los barcos”. No quiero aburrir a nuestros amigos españoles, pero Gran Bretaña tiene la cuarta marina más grande del mundo. Estoy seguro de que los españoles lo saben porque hemos tenido algunos conflictos entre nosotros a lo largo de los siglos. El poderío del ejército nazi no pudo invadir Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, pero hoy nuestro gobierno califica de invasión a la gente desesperada que llega en pateras. Y tenemos un gobierno que considera a los pobres y desesperados que huyen a este país como una especie de invasores a la altura de los nazis. Así que si la gente tiene problemas con los antifascistas, que espere a ver cómo sería la vida sin antifascistas. Con máscaras negras o con caras arco iris, con el pelo de color rosa o sin él, sin nosotros, Europa habría sido un lugar muy diferente. Y sin nosotros, podría ser un lugar aún peor.

Han pasado muchos años desde que las bandas de skinheads nazis empezaron a aterrorizar a la gente en la década de los 90 del siglo pasado en las calles, en los estadios de fútbol… Sin embargo, muchos de aquellos mensajes hoy se escuchan en boca de políticos conservadores, incluso en políticos socialdemócratas, laboristas. ¿Las ideas de la extrema derecha están ganando hegemonía?

El mayor voto que ha obtenido [la extrema derecha] en los últimos cuatro años se ha situado en torno al 2%. Ello se debe a que, en general, ha sido desacreditada, pero también a que su lenguaje se incorporó al mainstream durante los debates del Brexit, que fueron tan horribles, tan hirientes y tan dañinos. Como país, Gran Bretaña todavía se está recuperando de las cosas que se dijeron entonces, fue el periodo más horrible. Aquellas discusiones y debates se quedaron ahí, permanecieron como un mal olor. Y creo que es correcto decir que, desde 2016, nuestros primeros ministros y los ministros del Interior se han dado cuenta de que hay un porcentaje de personas en este país que se emocionan mucho y se vuelven muy patrióticas en torno a las banderas y las fronteras del país. Pero si has estado en Gran Bretaña después del Brexit, verás el lío absoluto en el que estamos: nada está funcionando. Y mientras queremos abordar eso y corregirlo, porque lo necesitamos desesperadamente, tenemos fruta que no se recoge, hospitales sin personal, faltan conductores de autobús… La respuesta clara es que el Brexit ha fracasado. 

De hecho, necesitamos más extranjeros. Hace poco, desesperado, nuestro gobierno dijo: «En realidad, necesitamos desesperadamente que vuelvan los trabajadores polacos». Y la mayoría de aquellas personas, que hicieron su vida aquí, alquilaron casas, enviaron a sus hijos a la escuela, y luego fueron enviados de vuelta, le han dicho a Gran Bretaña “No, no vamos a volver porque nos habéis hecho daño”. Así que tenemos escasez de mano de obra cualificada. Y también de mano de obra no cualificada. El país se encuentra en un estado terrible. Pero tenemos un gobierno que se da cuenta de que si sigue señalando a los extranjeros puede mantenerse en el poder el mayor tiempo posible. Y creo que mientras tengan a un porcentaje de la gente casi secuestrada por el uso de este lenguaje y de estas ideas, no hay margen electoral para la extrema derecha.

¿En qué situación se encuentra hoy la extrema derecha en el Reino Unido?

La consecuencia de este lenguaje es que la extrema derecha en este país está mejor organizada ahora que hace diez o doce años, pero ni de lejos está tan bien organizada ni es tan peligrosa como lo era a mediados de los años 2000, en 2007, 2008… Eso se debe a que el gobierno les ha robado todas sus políticas presentables, y también a que el electorado no se compromete con algunas de las cosas que defienden. En definitiva, el Gobierno está atrapado en una trampa, y los fascistas y los neonazis no saben encontrar la manera de colarse en el electorado porque sus cosas más ‘apetecibles’ ya las está diciendo nuestro gobierno. Siempre hemos sabido que Gran Bretaña es un país de derecha conservadora, pero nunca había sido un país fascista. Nunca hemos tenido fascistas. Ahora diría que estamos cada vez más cerca de permitir que nuestro gobierno se deslice directamente en esa dirección. Creo que estamos caminando como sonámbulos hacia el fascismo con los ojos cerrados. 


Más allá de los grupos nazis más hardcore, hay una nueva extrema derecha que defiende los derechos LGTBI, por ejemplo, en Alemania, en Francia, o en Inglaterra con la Liga de Defensa Inglesa (English Defence League, EDL). También, en teoría, los derechos de las mujeres. Pero siempre lo hacen contra quienes presuntamente provocarían el problema, que serían las personas migrantes, las musulmanas… ¿Cómo ha cambiado la extrema derecha en todos estos años? 

Eso me lleva de nuevo al punto que he mencionado antes sobre por qué los antifascistas tienen que llenar aquellos vacíos en los que parece muy difícil abordar cuestiones difíciles sobre algunos grupos religiosos que pueden tener opiniones homófobas o desafiantes. Y lo que ocurría con la EDL es que decían: «No somos racistas». Y, por supuesto, lo eran. Pero aseguraban que defendían los derechos de las mujeres, que eran verdaderos feministas. Luego, al preguntarles «¿qué derechos de la mujer defiendes?, ¿cuál es vuestro feminismo?, decían: «Creemos que una mujer tiene derecho a hacer pornografía. Una mujer tiene derecho a quitarse la ropa”. Y si les planteabas cuestiones como «¿y qué pasa con la igualdad salarial?, ¿qué pasa con los derechos reproductivos de las mujeres?”, respondían: «No soy muy partidario». Siempre hombres discutiendo sobre los derechos de las mujeres y sobre lo que las mujeres pueden y no pueden hacer…

¿Cómo fue la evolución de la EDL?

Lo que ocurría con la EDL es que era increíblemente violenta y atraía a las bandas de hooligans del fútbol. Eso se convirtió en un conducto, como vimos luego en grupos terroristas como Acción Nacional, y en partidos de extrema derecha como Britain First, Alternativa Patriótica y el Partido Democrático Británico. Hay gente que llegó ahí a través de la EDL, una organización que no pedía el fin de la inmigración ni tampoco la deportación de personas que no eran blancas, pero luego se radicalizaron. La ultraderecha electoral en el Reino Unido estuvo en su punto álgido en 2010, obtuvo un millón de votos en 2009. Cuando la EDL irrumpió en las calles, en 2009-2010, en nuestra organización no teníamos ni idea de quiénes eran. La English Defence League era totalmente desconocida para los antifascistas. Quizá solo sabía quiénes eran la gente en sus comunidades, que se acercaba y decía “oh, conozco a ese tipo. Asiste a esos partidos de fútbol, es un hooligan”. Hicieron cosquillas en las entrañas de la clase trabajadora blanca. En la revista Antifaschistisches Infoblatt, explicaban lo que estaba sucediendo en Alemania justo cuando crecía la AFD (Alternative für Deutschland), y era lo mismo que lo que estaba ocurriendo aquí con los movimientos antimusulmanes: hombres blancos enfadados. Eso es lo que son. 

Y entonces, ¿qué hacemos como antifascistas? Nos podemos plantar ante ellos, podemos tirarles cosas… Pero, ¿cómo podemos adentrarnos en las comunidades para que haya menos hombres blancos enfadados? ¿Cómo podemos llegar a las escuelas, universidades y lugares de trabajo? Nos gustan los hombres blancos. Yo también lo soy. Mi padre era un hombre blanco. ¿Pero cómo podemos tener menos hombres blancos enfadados? ¿Cómo podemos tener más hombres blancos útiles? ¿Y cómo podemos tener, sobre todo, hombres blancos felices? Ese es el trabajo de la gente progresista. Creo que el canal para ello son los sindicatos y la comunidad. Veo el antifascismo como algo que da a las personas las herramientas y habilidades para abordar esas cuestiones porque el EDL aterrorizó a la gente. Nos aterrorizaban como antifascistas. Y durante mucho, mucho tiempo, no supimos cómo clasificarlo. Habíamos visto antes fascistas, nazis y neonazis. Sabíamos por qué, pero no entendíamos por qué la Liga de Defensa Inglesa era tan popular. Todo explotó a través de Facebook, ahí vimos cómo funcionaban. Supusieron el mayor y más grande ataque a la sociedad civil en mucho tiempo. Fueron tan, tan destructivos, tan increíblemente destructivos, y una vía para el extremismo y el terrorismo mucho mayor que las que habíamos visto desde entonces. 

En la serie The Walk-In, hay un momento en el que las autoridades se muestran recelosas de vuestro trabajo. En España nunca se ha juzgado a ningún neonazi por delitos relacionados con el terrorismo a pesar de que ha habido varias operaciones en las que se les ha incautado armas, se ha comprobado que tenían planes para cometer atentados o incluso para matar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Recientemente, fue desarticulada la sección española de Combat 18. ¿Se valora correctamente la amenaza del terrorismo de extrema derecha?

Creo que los servicios de seguridad han actuado tarde, y también creo que casi con demasiada dureza. Pero no quiero entrar todavía en esa discusión. La policía quería meterme en la cárcel por, en primer lugar, tener a alguien que estaba activo dentro de una organización prohibida [Acción Nacional], una organización que, por cierto, los servicios de seguridad le habían dicho al Ministro del Interior que había dejado de funcionar definitivamente. Y, por otra parte, era una cuestión cultural. La policía simplemente pensó “son sólo hombres blancos, jóvenes. Así que cuando se prohíba [la organización], harán lo que se les diga y se irán”. Pero yo nunca creí que lo fuesen a hacer, así que seguí y seguí y seguí.

Dos días antes de que se descubriera el complot terrorista [que aparece en la serie], mi jefe fue a una de esas reuniones a las que invitan a ciudadanos preocupados y a personas interesadas en la sociedad civil. Allí le preguntaron a un alto cargo de la policía: «Siete meses después de su prohibición, ¿qué está haciendo Acción Nacional? Y el agente respondió: «Están totalmente acabados». Pero habían abierto una oficina, un gimnasio y un almacén, y estaban celebrando sesiones de entrenamiento. Teníamos a alguien allí. Así que, cuando les avisamos de que iban a matar a una diputada, es comprensible que se sintieran avergonzados. Por otro lado, tampoco quise revelar el nombre de mi fuente dentro de Acción Nacional. Así que pasamos dos años ocultando a esa persona con un gran coste personal para mí, podría decir. Y para él, por supuesto. Ambos sufrimos. Pero, desde ese momento, es justo decir que la policía se ha tomado mucho más en serio la amenaza del terrorismo de extrema derecha. También me gustaría decir, que en el momento en que Acción Nacional fue prohibida inicialmente, teníamos un nivel realmente alto de terrorismo islámico en el Reino Unido. Teníamos bombas, teníamos gente corriendo con machetes, cortando, apuñalando a personas, intentando descuartizar a la gente. Así que la idea tradicional del bobby británico era: «los blancos no son un problema; los musulmanes sí’. Y nos costó hacerles comprender que ya no estaban tratando con una de esas personas del millón que en 2009 votaron a un partido neonazi. Se enfrentaban a una ideología que había cambiado, pero se negaban a creerlo. Simplemente pensaron que era más el rollo antiinmigración, se negaron a creer que era un movimiento ideológico real.

Mucha gente está preocupada por la expansión de los discursos de odio y la normalización de la extrema derecha en redes sociales e incluso en los medios. ¿Cómo hay que hacerle frente?

Ver en qué se ha convertido Twitter/X, sin límites, es preocupante. La gente dice todo el tiempo que se va a ir, que busca algo nuevo. Mi opinión es la contraria: «No, me quedo aquí». No dejemos que domine el antiintelectualismo. No podemos dejar que las verdades alternativas se conviertan en la norma. Tenemos que seguir llenando esos espacios. Volvamos a organizarnos, volvamos a la educación, a defender la decencia. Si salimos de esa plataforma, los mentirosos la tendrán sólo para ellos. No estamos en retirada. No pasarán [dice en español]. No pierdan la fe, siempre seremos más nosotros que ellos. Por eso no debemos escondernos.