Seguir hablando de vida

09/05/2024 per Miquel Ramos

A primera vista no ves lo que capta la fotografía, quizás porque tu subconsciente lo evita. Tardas poco, es verdad, en identificar que esa masa que sobresale más oscura de la tierra, cubierta de arena, es medio cuerpo. Una persona que parece retorcerse de dolor, con la boca todavía abierta. Un pedazo humano que por fin alguien ha sacado a la superficie tras días enterrado. Está muerto, lógicamente. Ejecutado, seguramente, pues tiene las manos atadas. Lleva, además, una bata azul. La misma bata que llevan los médicos. Es uno de tantos cuerpos descubiertos en las fosas comunes del hospital Nasser, en Gaza, tras la retirada del ejército israelí.

Es una imagen tremendamente dolorosa, aunque sea una más de tanto horror que llevamos viendo durante meses. Y debe seguir doliendo para reafirmar nuestra humanidad, pues quizás el hacernos indemnes a la barbarie sería la peor de las derrotas. Pero es cierto también que esto tiene coste, que hace mella, que mina nuestros ánimos y que nos sumerge en una ansiedad diaria ante la impotencia que sentimos viendo que el genocidio sigue. El problema es encontrar el equilibrio. Es saber cómo protegerte de tanto horror sin acabar siendo indolente. Y cómo destacar lo que se opone a la barbarie, celebrar las pequeñas cosas, lo sencillo y lo bonito. Aprender a hacer tu vida y lidiar con tus problemas diarios que te parecen ridículos cuando sientes que el mundo se derrumba a tu alrededor.

Otras imágenes captan situaciones cotidianas de gente corriente en sus vidas normales, algunos posando ante la cámara. Gente negra, en algún país africano, sonriendo. Ahora son fotos apoyadas en rocas bajo el mar o meciéndose en el agua hasta el fondo. Se mezclan con otras imágenes de barcazas viejas, algunas ya hundidas, otras todavía a flote, pero vacías. Planos desde abajo, desde el agua, y al lado, algunos rostros de quienes quedaron en tierra. De los familiares de aquellos hombres y mujeres que emprendieron el viaje hacia el exilio y de quienes no volvieron a saber nada. De los suyos, esperando. No hay rescates ni noticias para los pobres. No hay protocolo de salvamento. El protocolo es dejarlos morir.

Estas fotografías forman parte de uno de los proyectos de la fotoperiodista catalana Anna Surinyach, que ha ganado recientemente un premio en Estambul por este trabajo titulado Mar de luto, y que te sacude la conciencia y te golpea recordándote que esto está sucediendo también ahora. Sucede al mismo tiempo que el Parlamento británico aprueba la medida propuesta por el primer ministro Rishi Sunak que consiste en deportar a Ruanda a las personas migrantes en situación irregular. Y dice bien mi colega Youssef que no nos debe sorprender, pues es la política que llevan implementando los países de la UE en sus fronteras desde hace años.

Aquí tenemos Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) donde encerramos a personas tan solo por no tener la documentación en regla. Se han documentado condiciones insalubres, torturas, malos tratos y expulsiones exprés para quien lo denuncie. Es más, se acaba de aprobar la construcción de un gran CIE en la isla de Alborán. Por lo tanto, no es solo Sunak. Es el plan común de la Europa Fortaleza. El blindaje del jardín europeo. Es otro motivo más para avergonzarnos.

Estos días, una parte del foco sobre la actualidad palestina está en Turquía. Cientos de personas han ido llegando desde distintos países para unirse a la nueva Flotilla de la Libertad que tiene como objetivo alcanzar Gaza con ayuda humanitaria. Mientras, no paran de llegar imágenes de miles de jóvenes estudiantes en Estados Unidos acampando y protestando casi diariamente contra su propio gobierno, principal mantenedor del estado israelí. Están viviendo lo que sus padres o incluso sus abuelos vivieron durante la guerra de Vietnam, y que tanto movilizó y politizó a una sociedad inmersa en la retórica belicista y supremacista. El pasado fin de semana, miles de personas salieron a las calles también en España para recordar que Palestina no está sola. Que nos negamos a aceptar que nuestros gobiernos nos hagan cómplices de esto.

Y vuelven las imágenes sobre Gaza. Esta vez, de niños deslizándose por la pared de un edificio derruido, que usan como rampa. Ruinas que permiten un instante de resignificación, de vuelta a la inocencia, que ignoran por un momento lo que les rodea, o lo que sepulta ese gran escombro. Imágenes de niños cantando en uno de los campos de refugiados erigidos junto a los pocos hospitales en pie, y que ni siquiera son ya un lugar seguro. Ciudadanos que lo han perdido todo y se reúnen para ver un partido de futbol en una televisión cuando los bombardeos cesan por un instante. Quizás sus verdugos estén también entretenidos a esa hora, viendo ese mismo partido. Vi estos días, incluso, a una pareja que se casaba en Gaza. Se niegan a morir y a enterrar sus vidas y sus sueños. Celebran la vida. Todos los días y a pesar de todo.

Dice otro amigo, David, que navegó hace quince años en la flotilla que fue asaltada por Israel, que hay que buscar siempre la vida y la esperanza ante tanta barbarie. Cuesta, lo reconozco. Pero tiene razón, más cuando él mismo vio como ejecutaban a diez personas en aquel barco, y vivió luego los bombardeos en Gaza unos años después durante la Operación Margen Protector. Sobre el asalto a la flotilla hizo un documental, Fuego sobre el Mármara, con las imágenes que el ejército israelí no pudo confiscar, y en el que ponía nombre e historia a muchos de los tripulantes y de las víctimas de aquel asalto. De Gaza, unos años después, se trajo consigo un buen archivo de imágenes que destacaban la vida que resistía entre tanta muerte, la resiliencia de un pueblo que se niega a desaparecer. Viure, morir i nàixer a Gaza (Sembra, 2015) se puede descargar hoy de manera gratuita, y muestra que levantar cometas, sonreír y cantar, es también una manera de luchar contra su propio exterminio.

La ansiedad que provoca despertarse cada día con la avalancha de horror en todas partes no puede dejarnos fuera de juego. Tenemos la obligación de resistir, no solo políticamente, sino como seres humanos, ante tanta crueldad. Para que esta no se instale como inevitable y acabe con nosotros por insoportable. Para que el mal que algunos pretenden instalar en el mundo no sea lo que nos acompañe cada día y nos derrote poco a poco como seres humanos.

Decía ayer Azahara Palomeque en este mismo medio que hay que valorar los pequeños gestos, y quizás debamos insistir en cuidarnos para no hundirnos. Porque, aunque sabiendo que tenemos razón defendiendo la vida, uno de los objetivos de quien se regocija y promueve la muerte es hacernos creer lo contrario. Que nada tiene sentido. Que solo cabe la distopía y que solo su mundo es posible. Es nuestro deber no sucumbir. La poeta libanesa de origen palestino Rafeef Ziadah, tiene un precioso poema que nos recuerda que, a pesar de todo lo que les sucede, los palestinos enseñan vida. Es nuestra obligación, también con quien está sufriendo nuestras bombas y nuestras políticas, seguir defendiendo las utopías. Seguir hablando de vida.

Miquel Ramos en Público, 24/04/2024