Las redes, la política y sus tóxicos

26/09/2022 per Miquel Ramos

Javier llega a la oficina cinco minutos antes de su hora. Se sirve un café, enciende el ordenador y abre las redes sociales. No las suyas personales, con nombre y apellidos, sino las que se creó años atrás bajo el seudónimo de Bolxe1917. Cada día aumenta sus seguidores, pero ayer, tras machacar a una tuitera de izquierdas, su cuenta supera ya los dos mil. Revisa los comentarios y ve como un buen grupo de perfiles con símbolos de izquierdas participaron del linchamiento junto con algún facha con la ranita Pepe de avatar que se quiso sumar a la fiesta. La tuitera dejó de contestar a las difamaciones tras la avalancha de insultos, y terminó por ponerse la cuenta privada. Quizás hasta se la cierre, quien sabe. Solo queda esperar y en algún momento volver a darle cera, aunque con lo de ayer ya se la marcó bien y ahora tendrá que andarse con cuidadito cada vez que tuitea.

Javier sonríe. Misión cumplida. Retuitea un par de noticias, a otro par de tuiteros de izquierdas y pone algo banal para disimular: una canción, algo sobre deporte o películas. Javier es policía y trabaja en la Brigada de Información monitorizando a los grupos y a los perfiles de izquierda, y lleva años estudiándola, conociéndola, detectando sus debates internos, sus rivalidades y sus puntos débiles. Hoy ya no es necesario enviar siempre a un agente recién graduado para que se meta en sus actos y sus asambleas. No hace falta más que un ordenador, leer un poco y meterse al lío.

Ana también se unió a la cacería. Fue uno de los perfiles más activos en el acoso a la tuitera que terminó rindiéndose. Lleva un símbolo feminista en su avatar, y también combina sus tuits sobre temas de género con alguna que otra cacería virtual contra quien considere oportuno. Ana en realidad se llama Ramón y es un viejo militante neonazi que conoce muy bien a la izquierda radical, y que lleva años interpretando un papel en la red que le ha granjeado ya una buena ristra de seguidores y cierto prestigio entre los internautas de izquierdas. Conoce bien su lenguaje, sabe manejarse bien en los temas más controvertidos para las diferentes sensibilidades de izquierdas, e incluso liga de vez en cuando con algunos de quienes le escriben mensajes privados con cualquier excusa para entablar conversación. Así ha conseguido mucha información de estos grupos y de sus militantes, que luego comparte con sus afines. Ana interactuó en algún momento con Javier, sin saber quién es cada cual. Hoy Ana da retuit a sus propios tuits en los que humillaba a la tuitera que cerró su cuenta.

Jorge vuelve hoy a la carga. Revisa cómo quedó el asunto de ayer con esa tuitera progre y cobarde que prefirió huir antes que contestar a los cientos de mensajes que recibió entre insultos, memes y todo tipo de burlas. Jorge lo disfrutó y esta mañana hace un tuit recordando la hazaña por si a alguien se le había pasado, y reivindicando su papel en el espectáculo. Él fue uno de los que más le dio, porque Bolxe1917 es un crack y siempre afina bien su puntería cuando se trata de cazar a izquierdistas vendidos y progres de mierda. Han hablado alguna vez en privado, además de interactuar públicamente. Aunque no se conozcan en persona, suelen coincidir bastante, y también Bolxe1917 le echa un cable a Jorge cuando este se mete en algún jaleo contra alguien.

Pero Jorge no está interpretando ningún papel. Es él mismo, aunque en la red se llame Khorke17 con una hoz y un martillo y varias banderas acompañando su Nick. Con Ana intentó entablar conversación por privado, pero esta no le dio demasiada bola en cuanto este le confesó que él no militaba en ninguna organización ni participaba en ningún movimiento social. Eso sí, era un comunista convencido con cientos de seguidores en redes, que dedicaba gran parte de su actividad a “desenmascarar” a los progres y socialdemócratas que infestan las redes y que para él no son más que unos vendidos. A Ana ya le va bien darle un par de likes de vez en cuando para validarlo, una especie de ‘sigue así, muchacho’, que a Jorge le hacen sonreír, aunque sabe que con Ana no tiene nada que hacer.

Marta, sin embargo, es una cara conocida de la izquierda en redes. No interpreta a nadie más que a ella misma y a la organización en la que milita. No necesita esconderse tras ningún nick soviético ni adornar con banderas y símbolos su avatar. Es una roja de verdad, una militante convencida. Pero a Marta y a los suyos se les conoce más en internet que en el mundo real. En la red es donde se mueven como pez en el agua, y se han ganado un buen número de seguidores por sus constantes troleos a otros grupos de izquierda, a influencers, periodistas, artistas y cualquiera que pueda darles visibilidad contestando tratando de razonar. Marta y sus colegas lo hacen porque se lo creen, y porque piensan que todo es una estafa menos ellos, los verdaderos revolucionarios que no se venden a nada ni a nadie, y que pueden dar lecciones a quien haga falta. Marta y los suyos también se habían fijado en la tuitera que se cerró la cuenta tras el reciente acoso, y le habían lanzado un par de dardos que no tuvieron demasiado efecto. Pero esta última vez, la troleada de Javier se lo puso en bandeja, y allí estaban ellas y ellos para rematar la faena.

Los cuatro perfiles mencionados se pasan el día monitorizando a la izquierda en redes. Buscan cualquier cosa que les sirva para iniciar una polémica o directamente un troleo contra alguien en particular, por algo que dijeron o que ellos dicen que dijeron.  Es fácil encasillar a alguien en las redes. Javier y Ana eligen a menudo a personas que consideran clave en algunos asuntos y que, si logran defenestrarlas y poner a la gente en su contra, manchan o neutralizan todo su trabajo, y dividen un poco más a sus objetivos. Puro trabajo de contrainteligencia. Jorge y Marta lo hacen porque creen que sus discrepancias políticas se deben resolver exterminando al otro, machacándolo y exhibir el trofeo para ganarse a los que dudaban quién de todos tenía más o menos razón. No hay puentes. No hay piedad. Con nosotros o contra nosotros. En todo.

La guerra sucia más vieja que la tos, desde mucho antes de que existiese internet, y de lo que se ha escrito abundante literatura contada en muchas ocasiones por sus creadores y hasta por sus víctimas, como el famoso programa de contrainteligencia del FBI, COINTELPRO en los EE.UU.  Este fue creado en 1956 para “incrementar el faccionalismo, causar confusión y conseguir deserciones” dentro del Partido Comunista de los Estados Unidos de América (CPUSA) en primer lugar, y que se extendería luego contra todos los movimientos sociales como los Panteras Negras. Leyendo a Angela Davis, a Assata Shakur o a MalcolmX te das cuenta de que hoy en día, muchas de las técnicas que usaron contra ellos son mucho más fáciles de usar hoy sin grandes esfuerzos a través de las redes sociales.

Salvando las distancias entre los años 70 y hoy, entre el contexto de Guerra Fría, entre la potencia, las virtudes y aceptación de las izquierdas de entonces y de ahora, hay cosas que no cambian, y técnicas que se reciclan, que se adaptan a los nuevos contextos y que tienen los mismos resultados. Lo que siempre tuvieron claro los expertos en política, geopolítica, inteligencia y defensa es que el ‘divide y vencerás’ es aplicable en cualquier caso, en cualquier contexto, y da siempre buenos resultados.

Esto, sin embargo, no quiere decir que no existan diferencias entre las distintas izquierdas. Ni que los debates no sean necesarios, ni que las críticas deban censurarse. Esto es imposible e indeseable, pues existen múltiples sensibilidades dentro de las izquierdas, diferentes estrategias, objetivos y proyectos. La división de la izquierda es real, y en ocasiones es incluso sana cuando lo que existe resulta inoperante, o deja fuera a una parte que no se siente representada por estas y necesita crear otras estructuras que recojan ese sentir huérfano.

Esto no es una crítica a las izquierdas ni a las organizaciones y militantes de hoy en día. Es más bien una reflexión sobre las formas, sobre lo que hemos naturalizado con demasiada alegría en las redes y no logramos calcular sus consecuencias. Y sobre lo fácil que es que se apunten otros con objetivos perversos a esta fiesta que entre todos y todas hemos acabado por normalizar. Lo que no aporta nada, y lo que trata de señalar este artículo, es la toxicidad, el acoso, el fanatismo, el sectarismo, la mentira y la manipulación. Hay quien lo hace porque se aburre e interpreta un papel, como Jorge. Quien dirime sus diferencias a navajazos, como Marta. Y también quien, desde la discrepancia, entabla sanos debates, defiende su posición y es honesto a la hora de tratar esas diferencias, incluso desde la más extrema de las radicalidades.

Las redes y, sobre todo, el anonimato, permiten un grado de violencia que en la mayor parte de las veces nadie se atrevería a expresarla en persona. Permiten que se saquen cosas de contexto y se construyan bulos, se manipule, se desvíe la atención hacia donde nos interese, y se lance a una horda de trolls de todo pelaje contra el oponente por motivos diversos. Las consecuencias no son solo políticas, sino también personales, pues tras el personaje está el individuo con sus circunstancias personales, su manera de encajar los golpes, que demasiadas veces no son solo críticas sino puñaladas que van directamente a hacer daño. A veces nos olvidamos de los efectos que tienen determinadas acciones en redes en la persona que las recibe. Saber sobrevivir en ellas es un reto y un imperativo, no solo por nuestra salud mental, sino para poder seguir usándolas como herramientas de socialización, de interacción y, en el caso que nos ocupa, de transformación. Bloquear siempre es la mejor opción, aunque luego quienes te hayan insultado y se pasen el día intentando vacilarte vayan de víctimas por ‘no querer debatir’. Pero no perdamos de vista que, aunque existan personajes tóxicos con quienes creemos tener ciertas afinidades políticas a pesar de las violentas discrepancias en redes, personajes como Ana y Javier también existen.

Columna de opinión en Público, 24/08/2022