Los que no llevan brazalete 

01/12/2022 per Miquel Ramos

Galeazzo Bignami posa sonriente con un brazalete con una esvástica. Es una fiesta, hace unos años, en la que este político italiano se ‘disfrazó’ de nazi. La foto se filtró en 2016 y causó cierto revuelo. Entonces, el político, que hoy tiene 47 años y nunca escondió su ideología ultraderechista, llevaba tiempo bien encajado en el partido de Berlusconi, Forza Italia. Ahora ha vuelto a primera línea de la política con el gobierno recién estrenado de la posfascista Giorgia Meloni, de la mano de su ministro de Insfraestructuras, el ya tristemente conocido y también posfascista Matteo Salvini. Era una broma, dice Bignami, que en 2019 publicaba en Facebook varios vídeos en los que aparecía llamando a las casas de personas con apellido extranjero en viviendas de protección oficial de Bolonia para decirles que no tenían derecho a estar allí.

Como hacen gran parte de los nazis y los fascistas cuando los pones frente al espejo, frente a la opinión pública, lo niegan todo. Traicionan a su propia madre si hace falta: esa esvástica no es lo que parece. Todo es una broma. Yo no soy nazi ni fascista. Estaba pidiendo un taxi. Lo hemos visto mil veces. Lo que en la intimidad es un honor, un gesto de canallita políticamente incorrecto, golpes en el pecho y sonrisa malvada, de cara a la galería, o ante un juez, es una jodida vergüenza. Al menos por ahora. Por eso salen inmediatamente a negarlo todo e incluso a pedir disculpas. No son fascistas. Somos nosotros que vemos nazis por todas partes. 

Da igual lo que diga el pavo este ahora. El contexto de la foto y las excusas de mal pagador que esgrima. Esa esvástica, al igual que los múltiples tonteos y similitudes nazis y fascistas de una buena parte de la nueva derecha posfascista que se ha instalado en Europa son lo de menos, aunque llame la atención y nos recuerde de vez en cuando quiénes son en realidad quienes se esconden tras la ‘incorrección política’ y la supuesta regeneración. Ahora bien, los más peligrosos son otros, los que no llevan brazalete, los que son capaces de condenar públicamente el nazismo y el fascismo y luego hablar y actuar como ellos. O poniéndoles un cargo. O aplicando sus recetas tras comprar sus agendas y pensando que lo que piden no es tan descabellado. O que da votos. O que divide a la derecha, y ya nos va bien. O no haciendo políticas valientes para solucionar los problemas de la gente para que luego lleguen ellos a presentarse como salvapatrias. O que cuanto peor, mejor. Sin todos estos personajes, los nuevos fascistas no estarían donde están. 

Necesitamos ver este tipo de deslices, los brazaletes, las pezuñas en alto, para recordar de vez en cuando a quienes tenemos al frente de varias instituciones en Europa. Ni siquiera las loanzas de la propia Meloni al fascismo años atrás, cuando formaba parte del Movimiento Sociale Italiano (MSI) heredero de Mussolini, han servido como vacuna para que Italia no la votara y le entregara el mando del país.

Thank you for watching

El antifascismo que se suponía inherente a la democracia italiana resiste fuera del Estado. Esta semana pasada, varios estudiantes resultaron heridos por la policía cuando protestaron ante una conferencia de un miembro del gobierno de Meloni en la universidad romana de la Sapienza. Policías en el campus universitario a porrazos contra los estudiantes, como en los viejos tiempos, y como siempre, protegiendo a los fascistas. Dos días más tarde, miles de estudiantes ocupaban la universidad en respuesta a la actuación policial, al grito de ‘¡Todos somos antifascistas!’. Justo esta semana, cuando se cumple el centenario de la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini, el dictador fascista, el aliado de Hitler, el padre ideológico del MSI donde creció políticamente Giorgia Meloni. 

Roma y otras ciudades de Italia han recordado y homenajeado al dictador estos últimos días. En Predappio, donde está enterrado, cientos de antifascistas desfilaron días atrás para reafirmar su compromiso y desafiar las marchas fascistas previstas. El antifascismo en Italia sigue vivo, sí, a pesar de no ser noticia, y de que las elecciones las haya ganado una fascista. Y de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen la felicitase amigable y públicamente en Twitter, deseando trabajar juntas por Europa. Y así fue, que Meloni reiteró su compromiso con la muerte, con el bloqueo a los barcos de rescate del Mediterráneo, esos que salvan vidas y muestran las criminales políticas de fronteras europeas, donde indigna más la salsa de tomate sobre el cristal de un cuadro que los miles de cadáveres que siembran nuestras aguas. Las mismas recetas que aplicamos aquí en nuestras fronteras, no lo olviden, como ha demostrado la BBC en una extensa investigación publicada ayer sobre la reciente masacre en Melilla ejecutada por las autoridades españolas y marroquíes, y que costó decenas de vidas. Aquel asunto ‘bien resuelto’, como afirmó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Nos invitan a abandonar la memoria histórica para afrontar el futuro, para no reabrir heridas, para no usar la palabra ‘fascista’ en vano. Mientras, ellos escupen sobre las víctimas del fascismo y del nazismo, como Pablo Casado tildando de ‘batallitas del abuelo’ la lucha por recuperar los cuerpos de los asesinados que yacen en cuentas. Y nos dicen que serán fascistas, pero que saben gobernar. O que la lucha, como entonces, se libra contra el comunismo, por la libertad. Que hay que elegir. Nos piden pasar página, cambiar de canción, mientras ellos insisten poniendo esa versión de mierda de nuestra historia, la de que se vivía bien y se hicieron cosas buenas. Y que ahora no hay racismo, que nunca lo hubo, que en los 90 veían El príncipe de Bel Air mientras los nazis mataban a Lucrecia y a Sonia, y que tienen un amigo negro, y otro gay, que no flipemos. Que lo suyo es sentido común, mirar al futuro, y nosotros estamos todo el día anclados en el pasado, censurando y cancelando a todo dios. 

La periodista catalana Alba Sidera, residente en Roma, lleva años alertando sobre lo que iba a pasar en Italia. El brazalete de Bignami, nos recuerda, es tan solo una anécdota más. La punta del iceberg. “Después del blanqueamiento que le ha permitido ganar, asistiremos al blanqueamiento que le permitirá gobernar”, nos recordaba en un artículo reciente en el que desgranaba algunas de las muestras de fascismo que acompañan a este nuevo gobierno. Meloni no ha tardado en cuadrarse ante Europa, de despejar cualquier duda sobre su compromiso con las políticas neoliberales y con la OTAN. No es tan mala como la pintan, no se preocupen. Además, es mujer. Como Thatcher. Como Condoleezza Rice. Casi ni notaran la diferencia. 

No estamos tan lejos de Italia, por mucho que ellos colgaran al fascista boca abajo hace ochenta años y nosotros lo arropáramos en su cama, le diéramos un besito de buenas noches y aceptáramos su legado con una pistola sobre la mesa y ruido de sables de fondo, hace más de cuarenta años. La nueva Ley de Memoria Democrática llegada con enorme retraso y aprobada recientemente tratará de lavar un poco la imagen de nuestra historia, como si saldase cuentas, como si pintar la fachada escondiera el síndrome de Diógenes fascista que alberga el edificio por dentro. Está por ver cómo se implementará, pero permítanme que sea escéptico. O que crea que el problema va mucho más allá de las águilas de San Juan que todavía adornan algunas fachadas. 

El problema es que sus agendas se han normalizado ya de tal manera que necesitamos ese brazalete para identificarlos. Y a veces ni con eso es suficiente. Que las políticas de fronteras, las guerras en las que participamos y las políticas económicas neoliberales llevan años abonando el terreno para que de esas boñigas crezcan estos fascistas. Y cuando se hicieron mayores, entraron de nuevo por la puerta grande, con confeti y purpurina, con golpecitos en la espalda de los demócratas, que saben que este chico malo, este ‘políticamente incorrecto’, una vez toque poder, no hará nada mucho más diferente de lo que ellos llevan años haciendo. Aunque no lleven brazaletes con esvásticas.