Ingobernables

Volvía a Madrid tras una bonita tarde en Barcelona, en la Kasa de la Muntanya, un antiguo cuartel de la Guardia Civil situado muy cerca del Parc Güell okupado desde 1989. Las redes sociales anunciaban la okupación de un edificio en pleno centro de Madrid, propiedad de UGT, que pretendía vender a una cadena hotelera para sacar una buena tajada de su patrimonio. Lo que toda la vida se ha llamado especular. Sin embargo, la gente de La Ingobernable (que ya fue desalojada ilegalmente en 2019, como sentenció el Tribunal Supremo hace dos días), pedía a UGT que se reuniese con ellas para hablar y encontrar una solución negociada. La ilusión de ver cómo se acababa de recuperar un espacio por y para el pueblo, fue breve.

Desde la terraza de la Kasa de la Muntanya se observa la ciudad entera, atravesada por feos edificios que rompen el horizonte y lo vuelven gris. Pero giras la vista y ves los muros del centro social repletos de colores. Dos milicianas republicanas que sonríen, inmortalizadas por el muralista Roc Blackbloc, ocupan toda una fachada del antiguo edificio. A sus pies, otro muro exhibe el Gernika de Picasso bajo la leyenda Ofensiva Antifa. Las personas que se hacen cargo a diario del centro social más antiguo de la ciudad preparan la cena mientras decenas de personas debaten sobre antifascismo en este emblemático lugar donde se ha cocido gran parte de este movimiento en Barcelona. Durante varios minutos tuvimos un sospechoso dron sobrevolando nuestras cabezas. No sé si escucharon o retrataron lo que quisieron, pero no teníamos nada que esconder. Eso sí, la escena era bastante distópica.

La gente que okupó el sábado el edificio en Madrid y quienes se concentraron para mostrar su apoyo fueron pronto cercados por la policía. Se les encapsuló y no les dejaban ir ni al baño, ni a por comida, en plena vía pública. Cientos de personas mostraban su apoyo en redes, y a lo largo del día seguía llegando gente a pesar de las restricciones para acceder al perímetro. Se insistía a UGT para que se presentase allí a hablar. Incluso sus juventudes lo pidieron. Nada. Silencio absoluto. También silencio de quienes se supone, nacieron y se nutrieron de activistas sociales y que hoy en día ocupan escaños en el Ayuntamiento de Madrid y en el Congreso de los Diputados. Ni un solo tuit de Podemos ni de Más Madrid. Silencio absoluto.

Fue a las diez de la noche cuando el sindicato dijo por fin la suya a través de un comunicado: que quienes okupaban el edificio eran miembros de “un grupo de ultraizquierda radical”, y comparaban la acción con el asalto a la sede del sindicato italiano CGIL en Roma por parte de grupos neofascistas meses atrás. Ahora, quienes pretendían dar un uso social y comunitario al edificio de la calle Hortaleza, estaban atentando, según UGT, contra “los intereses de las personas trabajadoras de este país”. Porque construir otro hotel en el centro de Madrid es lo que necesita la clase trabajadora de este país, a la que este moribundo chiringuito se arroga su representación por sus santos cojones.

No hubo diálogo. De hecho, hasta se podrían haber ahorrado este infame comunicado (echad un ojo a la cantidad de fascistas que les dan me gusta y lo retuitean) y hacerse los suecos, como la izquierda institucional, mientras hacían lo que hicieron, es decir, llamar a la policía para que echase a los activistas, a los que sólo les faltó llamarlos guarros o perroflautas. Y eso que, según un comunicado de La Ingobernable: “Esta operación especulativa se ha realizado con la connivencia del Ayuntamiento de Almeida, que, mediante la aprobación en pleno de un Plan Especial para el edificio, permitía el cambio de uso del suelo a hospedaje en régimen exclusivo. Además, se aprobó la reestructuración de un edificio con protección patrimonial.” El domingo por la mañana ya estaban fuera. Desalojados. Ya pueden seguir vendiendo el edificio para hacer su hotel, su casino o su marisquería.

Estos que no han tenido ni la decencia de sentarse a hablar no entienden o no quieren entender lo que significa la acción de recuperar espacios por y para el pueblo, usan el mismo lenguaje que los fascistas y los especuladores para esquivar incluso el diálogo. Viven al margen de los movimientos sociales porque su negocio va bien y les permite vestirse todavía de representantes de la clase obrera mientras llevan años callados y bien dóciles ante el Gobierno, a pesar de las múltiples razones que deberían haberlos motivado para salir a la calle y montar 80 huelgas generales. Es que ahora gobiernan ‘los buenos’, y si les metemos caña, vendrá la derecha. Y cuando llegue, los acusará de ser ‘ultraizquierda radical’, les quitarán subvenciones y los condenará al ostracismo, sin medallitas que colgarse por cuatro migajas concedidas sin ni siquiera una protesta, tan solo dando la patita y recibiendo una galletita. Como mi perro.

Quienes tenemos la suerte de haber conocido de cerca los movimientos sociales sabemos que estas puñaladas son siempre previsibles, que nunca sorprenden. Eso sí, sirven para retratar a más de uno, como quedaron retratados ayer unos por su comunicado de mierda y otros por su silencio, también de mierda. Y no os creáis que esto es una derrota. Para nada. Lo de este fin de semana es una alegría. Porque demuestra que sigue habiendo gente, movimiento, que se niega a permanecer impasible mientras todo arde, gobierne quien gobierne. Que toma partido, que da la cara y se la juega, mientras otros ponen el cazo o se hacen los suecos. Unos viven de ello. Otros lo hacen por amor. Por convicción.

Mientras, la Kasa de la Muntanya continúa en marcha. Como La Molinera en Valladolid o La Casa Invisible en Málaga a pesar de las amenazas de desalojo para especular con los edificios. Como La Animosa en Madrid, o el CSOA L’Horta en València, que resiste a pie de huerta en un terreno labrado por los vecinos donde crecen las lechugas y los tomates que han plantado los vecinos de Benimaclet ante la amenaza de más asfalto y hormigón. Y muchos otros centros sociales que existen en varias ciudades. Quienes llevan adelante estos proyectos son ingobernables. Da igual quién ocupe las instituciones. Su trabajo está en la calle, con la gente, no en los despachos, y no bajan la persiana cuando las calles arden para no ver lo que sucede y creer que así no les va a llegar la ceniza. Una lástima su silencio, pues quienes hace años hicieron creer a mucha gente que ellos recogerían ese espíritu rebelde para llevarlo a las instituciones, hoy se han escondido bajo la mesa. Por eso, la palabra ingobernable cobra hoy más sentido que nunca. Van a seguir estando, le pese a quien le pese. Y todavía hay demasiados edificios vacíos en este país y mucha rabia, muchas ganas y mucha imaginación capaz de transformar lo más feo y la situación más adversa en un impulso, en un reto. En una victoria. Volveremos.

“Saber interpelar a la sociedad para que sienta que la extrema derecha es un problema común, esa es la clave del antifascismo”

El periodista valenciano publica ‘Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90′. Un libro cargado de empatía, apoyo mutuo y solidaridad, que crea conciencia política y recupera la memoria. Experiencias de un pasado reciente, contadas por sus protagonistas, para construir el futuro. IKER GONZÁLEZ IZAGIRRE 7 MAYO, 2022 Arainfo

Miquel Ramos (València, 1979) pertenece a ese grupo de periodistas honestos, valientes, apasionados. De los que no se callan, de los necesarios. Especializado en movimientos sociales, conoce muy bien a la ultraderecha a la que lleva investigando desde hace más de veinte años. Colaborador habitual de La Marea, El Salto, Público, La Directa y programas televisivos, ha coordinado el informe ‘De los neocón a los neonazis’ (Rosa Luxemburg Stiftung, 2021), que trajo a Zaragoza recientemente, y es también coautor del proyecto crimenesdeodio.info. Ahora se encuentra inmerso en una gira de presentaciones de su libro ‘Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90’, editado por Capitán Swing, disponible en librerías desde el 28 de marzo.

‘Antifascistas’ no es la historia oficial del antifascismo, como ha dejado claro en muchas entrevistas su autor, pero es un libro en el que sí condensa diversas historias de luchas y resistencias de los últimos 40 años en el Estado español contra un monstruo, la nueva extrema derecha. En sus más de 600 páginas, la música hace de hilo conductor con una banda sonora tan diversa como lo son los diferentes frentes del antifascismo: desde las plataformas y coordinadoras unitarias, la autodefensa y la acción directa, pasando por el movimiento feminista, los colectivos LGTBIQ+, las asociaciones de personas migrantes y el movimiento vecinal. Todos ellos, ellas y elles forman parte de este relato coral, que Miquel Ramos cimienta con testimonios en primera persona de sus protagonistas y nutriéndose de crónicas periodísticas de la época.

Aprovechando su paso por Zaragoza, charlamos durante un buen rato con Miquel antes de la presentación en La Pantera Rossa. El resultado es esta entrevista, una conversación profusa en la que damos algunas pistas de unas historias que merecen ser leídas y releídas en las páginas de su ensayo. A quienes vivimos aquellos años con intensidad desde el lado correcto de la barricada, este libro nos devuelve a muchos caminos transitados. Algunos llegaron a buen puerto. Otros no. Pero todos sirvieron para aprender, para hacer un presente menos jodido que el pasado y para construir el futuro con el que seguimos soñando. Por eso, ‘Antifascistas’ es un libro para la reflexión, para la consulta. Un libro que agita y remueve también a quienes se acercan por vez primera a las historias que narra. Un libro que crea conciencia política. Un libro de memoria antifascista. Porque, “si no contamos nosotros esta historia, ¿Quién la va a contar?”.

En menos de un mes has agotado la primera edición de ‘Antifascistas’, más de 5.000 ejemplares. Y ya ha salido la segunda. Parece que había ganas, y necesidad, de un libro así…

Había una historia no contada. Muchas historias que se habían quedado en entornos muy reducidos, o que las contaban los medios de comunicación. Pero no habíamos contado nuestras historias más allá de en nuestros propios medios de manera puntual cuando sucedían. Quienes hemos seguido estas historias a lo largo del tiempo sabemos que hay mucho material, ya no para escribir un libro, sino muchos libros, sobre todo esto. Para este libro en concreto yo he cogido algunas historias que tienen que ver con el antifascismo, pero está atravesado por toda una serie de luchas que han acompañado a este movimiento. Y hay también una historia paralela de la evolución de la ultraderecha, porque se tiene que explicar contra quien se combatía. Por lo tanto, este libro tiene la intención de motivar a otra gente, o incluso a otros movimientos sociales más allá del antifascismo, para que cuenten su propia historia, porque si no, la contarán otros. Y si esos otros ni lo han vivido ni tienen demasiadas simpatías, el resultado a lo mejor no es el que mucha gente espera.

“Este libro es una pieza más de toda esa memoria colectiva que nos negamos a olvidar”

En memoria de las víctimas del fascismo. Concentración en Zaragoza en el Noviembre Antifaixista de 2015. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

“Un asunto personal”. Así titulas el primer capítulo en el que narras tu vivencia del asesinato de Guillem Agulló, un gris mes de abril de hace ahora 29 años. “Aquello nos golpeó de lleno”, recuerdas. La memoria de Guillem está muy presente en estas páginas, que terminan con un emocionante epílogo escrito por su hermana, Betlem. Vivimos momentos muy duros con los asesinatos de militantes antifascistas como Guillem, pero también recuerdo con mucho dolor a Roger o Carlos Palomino. Este libro, como dice Pastora Filigrana en su prólogo, ¿es una forma de hacer justicia?

Es un homenaje a toda esta gente. Las historias de ellos y ellas están en el libro. Todo lo que se trabajó para que su memoria no quedará enterrada ha tenido resultado. Y no solo este libro, que es uno más de tantos gestos de reconocimiento, sino como ha continuado toda esa lucha. Como se ha continuado recordando a estas personas, y como se ha continuado denunciando lo mismo que estas personas denunciaban. Por tanto, hay otra gente que también se lo ha currado a lo largo de los años, por ejemplo, está el documental ‘Ojos que no ven’ que también habla de varias de estas víctimas, y hay colectivos que los reivindican año tras año. Este libro es una pieza más de toda esa memoria colectiva que nos negamos a olvidar. Y creo que eso va con nosotros, porque motiva también a las nuevas generaciones que vienen para que entiendan porqué luchamos.

Mirando al pasado reciente. La España franquista fue refugio para muchos criminales de guerra nazis, en muchos casos vivieron plácidamente hasta su muerte en los años 90 sin que el Gobierno de Felipe González (PSOE) les molestara. ¿Cómo influyó esta presencia en el desarrollo de los movimientos neofascistas y neonazis españoles?

La presencia de estos criminales de guerra nazis, que además se hicieron ricos, muchos de ellos con el boom inmobiliario de los años 60, sobre todo con el turismo en la costa de Andalucía y el País Valencià, sirvió de inspiración para muchos filonazis dentro del régimen franquista de la época que los tenían de referentes. Además, nazis como Leon Degrelle o Otto Skorzeny, y algunos más que eran activistas, realizaron actividades políticas, y adoctrinaban. Más allá de eso, la mayoría de ellos se dedicaban a pasar desapercibidos y a hacer negocio, a pesar de que tenían crímenes a sus espaldas. Esto acompañó a una serie de organizaciones, como CEDADE, que se nutrió de las ideas y enseñanzas de mucha de esta gente, para crear en España una especie de burbuja en el mundo. Recordemos que todavía hoy la apología del nazismo no está penada aquí y cuesta mucho ver que se condena a grupos nazis por difundir la ideología nazi. No fue hasta el año 1995 que se incorpora al Código Penal la legislación de incitación al odio, e incluso habiéndola, sigue habiendo impunidad. Pero era tal el clima de impunidad absoluta, que incluso se organizó en Madrid un homenaje a Hitler en 1989, en el centenario de su nacimiento, que cuento en el libro. Estos criminales de guerra nazis que vivían aquí también servían de enlaces con otros refugiados nazis que había en el mundo, incluso con propagandistas nazis de otros países.

Los asesinatos de militantes de izquierdas a manos de grupos ultraderechistas y parapoliciales, la guerra sucia, fueron una constante tras la muerte del dictador Franco. Pero a partir de los años 90, los “años de plomo” como los defines, la violencia de bandas neonazis se dispara. En octubre de 1991 asesinan en Barcelona a Sonia, una mujer trans. En noviembre de 1992, matan a tiros a Lucrecia, una mujer migrante precarizada. Un año después, el asesinato de Guillem en Castelló. Estos asesinatos mostraban la multidireccional violencia neonazi, afirmas. ¿El Estado subestimó a propósito el monstruo del fascismo?

No lo subestimó. Simplemente, no lo consideró una amenaza. Los nazis nunca fueron una amenaza para el establishment. Fueron una amenaza para los colectivos a los que perseguían, y fueron una amenaza para el “orden público” en el momento en el que su violencia traspasaba esos entornos de víctimas a los que siempre solían atacar y pocas veces trascendía. Y hablo no solo de personas de izquierdas. Hablo de personas trans, LGTBIQ, migrantes, personas sin hogar, prostitutas… Es decir, gente muy vulnerable que ni siquiera denunciaba las agresiones. Cuando esta violencia se extiende, y por una mala mirada te pegan una puñalada e igual eres el hijo de un juez o un niño pijo que estudia Derecho en una universidad privada, pues es ahí cuando las autoridades se ponen en alerta. Ahí, y cuando los antifas empiezan a responder. Es decir, cuando el antifascismo pasa de la autodefensa a la ofensiva, que es a finales de los años 90 ya más en serio, es cuando se ponen todos en alerta, y cuando ya sí hay un problema, que, aun así, lo acaban reduciendo todo a tribus urbanas. Incluso cuando admiten que hay un problema con los neonazis, lo ubican en la calle y por conflictos de territorialidad o estéticos. No explican nada del componente político.

La siguiente pregunta iba al hilo de esto. Tribus urbanas. Pelea entre bandas. Los extremos se atraen. Hechos aislados. Eran, y son, titulares recurrentes en la prensa. En definitiva, banalización de la violencia fascista. ¿Qué papel desempeñaron los medios de comunicación en la proliferación de los grupúsculos neonazis?

Los medios de comunicación reproducían las notas de prensa de los representantes políticos y de la policía. Es decir, si la policía decía que era un problema de orden público, los medios de comunicación hablaban de un problema de orden público. Pocos medios de comunicación, y en pocos momentos, iban más allá. No investigaban las tramas, ni las empresas que había detrás. El periodismo de investigación era muy reducido en aquellos años, aunque sí que había periodistas valientes que pusieron nombres y apellidos, nombres de empresas, y relacionaron muchas cosas. Pero, en general, los medios de comunicación se encargaban de reproducir la versión oficial. Y la versión oficial era que aquí no pasaba nada, que era violencia juvenil, que era un mal menor y que se atajaba con más control policial. Pero el problema político seguía estando ahí.

“Empatía, apoyo mutuo, solidaridad y compañerismo forman parte del ADN del antifascismo”

En 2007 un militar neonazi mata a Carlos Palomino en el metro de Madrid. Un nuevo shock, pero también un revulsivo en la lucha antifascista. “El duelo a través de la militancia”, citas en el libro. Especialmente importante fue el papel de su madre, Mavi, creando la Asociación Víctimas del Fascismo y poco después Madres contra la represión. Se consiguieron romper estereotipos del “antifascista de negro y encapuchado” y empezar a dar ruedas de prensa dando la cara. “Aquí estamos. Somos antifascistas y esto es política, no una tribu urbana”. ¿Nos sacudimos entonces el miedo?

El miedo nos ha acompañado siempre. Lo que ha cambiado es la manera de gestionarlo, y más cuando estás atravesado por hechos tan traumáticos como que maten a alguien de tu entorno, o alguien, incluso, estando tú presente, como pasó con Carlos. Las personas que hablan en el libro así lo cuentan. Esto es muy traumático. Estamos hablando de que Carlos tenía solo 16 años, era un chaval. El miedo siempre ha estado ahí, y creo que lo que va cambiando y se va gestionando de forma distinta es gracias a algo que forma parte del ADN, no solo del antifascismo sino de los movimientos sociales de la izquierda, y es la empatía, el apoyo mutuo, la solidaridad, el compañerismo, el “nos tocan a uno, nos tocan a todas”, una serie de cosas que suenan a consignas pero que la gente que ha participado en movimientos sociales lo tiene muy asumido. Esa solidaridad funciona. Y este libro es una historia de solidaridad, una historia de amor también. Es verdad que nos enfrentamos a algo muy cruel, algo que es odio puro, pero la manera en la que confluimos muchas veces, a pesar de las diferencias, ante sucesos traumáticos demuestra una calidad humana muy potente. Es algo que espero que el lector y la lectora interprete, más allá de lo político o de los hechos en concreto. Esa solidaridad. ¿Qué necesidad tiene esta gente de jugarse la vida de esta manera, de jugarse la libertad, por ir a hacer una acción? Pues porque creo que lo que mueve a estos movimientos es algo noble, algo que puedes llamarlo amor, empatía, solidaridad. Ganas de creer que otro mundo es posible. Y esta es una de las cosas que quisiera que el lector y la lectora se quedara con ello. Aquí nadie nos paga por hacer lo que hacemos. Todo el mundo que va, asume riesgos, y va porque creé en estas ideas, en estos valores. No es una pose estética, no es un pasatiempo. Es algo que tiene sus riesgos, y riesgos muy jodidos.

Tras el asesinato de Carlos, el antifascismo sacó músculo. Llegaron entonces un par de encuentros estatales de coordinadoras y plataformas, y campañas conjuntas para el 20N. Pero con la unidad y la fuerza demostrada, vino una campaña de criminalización brutal. Casi 20 años después, la persecución al antifascismo sigue siendo una constante. En Aragón tenemos el caso más reciente de Los seis de Zaragoza, o las charlas en colegios e institutos en las que la policía acusa de “extremistas peligrosos” a la Coordinadora Antifascista de Zaragoza. ¿Al Estado le inquieta más un movimiento antifascista organizado que la ultraderecha campando a sus anchas en las instituciones?

Sin ninguna duda. La extrema derecha no representa ningún tipo de amenaza para el statu quo ni para el establishment. Ninguna. Todo lo contrario, hace un buen papel para el orden establecido. Es decir, machaca a la disidencia y ataca solo a colectivos vulnerables que ya están bien jodidos. Por tanto, refuerzan, incluso, esa precarización que este sistema promueve contra las clases populares y a determinados colectivos. Y, encima, a quien protesta lo ataca con más virulencia. La extrema derecha es un perfecto perro de presa. Suena a tópico, pero es así. Ellos mismos lo están demostrando día tras día. Por tanto, es obvio que al Estado quien le preocupa es quien le saca los colores, no quien le hace el trabajo sucio.

Al hilo de todo esto, en el libro recoges una interesante pregunta que le haces a Pablo Iglesias. ¿Cómo es posible que con un Gobierno español en el que por primera vez participa la izquierda, la ultraderecha goce de tanta complacencia mientras los movimientos sociales siguen siendo machacados, las manifestaciones reprimidas y la represión continúa igual que siempre?

Correcto. Yo le pregunto a Pablo Iglesias porque era un buen personaje para estar en el libro por varios motivos. Más allá de lo que opinemos sobre su papel dentro de un partido político que ha formado parte del Gobierno y sobre su cargo. Pablo es una persona que viene de los movimientos sociales y sabe perfectamente de qué va este libro porque muchas de estas historias las ha vivido, ha sufrido la violencia de la extrema derecha y cuando llega a las instituciones, a pesar de formar parte del Gobierno, sigue sufriendo esa violencia. A mí me interesaba mucho su testimonio desde dentro, qué ha visto él. Y creo que Pablo responde bien a esa pregunta en el libro. Incluso dice que [Fernando Grande-]Marlaska [ministro del Interior] le miente a la cara, cuando Pablo le enseña los vídeos [de cargas policiales] y le dice: “Esto es injustificable”. Y lo sabe Marlaska, lo sabe Pablo, y lo sabe todo hijo de vecino. Pero el Gobierno es el Gobierno y forma parte del Estado. Más allá de que gobierne PSOE con el apoyo, con la proporción que hay, de Unidas Podemos, y teniendo en cuenta el Estado va más allá de quien gobierna; es decir, hay unas estructuras que sobreviven pase quien pase por la Moncloa. A mí no me sorprende. La pregunta a Pablo es una pregunta retórica. La respuesta ya la sé. Ya sé por qué el Estado actúa tan contundentemente con la izquierda. Y es la respuesta de la anterior pregunta de esta entrevista, quien le preocupa de verdad – sea PSOE o sea PP, o sea PSOE con Unidas Podemos- es quien cuestiona el statu quo, y no quien lo defiendeDe hecho, creo que al PSOE le molesta Unidas Podemos en el Gobierno. El PSOE sabe que no le va a pasar factura haga lo que haga. Si no deroga la ley mordaza la factura no le va a pasar a PSOE, le va a pasar a Unidas Podemos. Si apalean a gente en una manifestación al PSOE no le va a pasar factura, le va a pasar a Unidas Podemos. Por tanto, creo que el PSOE, incluso, aprieta más a propósito para que quien pague los platos sea Unidas Podemos. Porque el votante del PSOE va a votar al PSOE, aunque entierren en cal viva a media España. Y lamentablemente, es así.

El libro ‘Antifascistas’ de Miquel Ramos, y el informe ‘De los neocón a los neonazis’, que también ha coordinado el periodista valenciano. Foto: AraInfo

Entre este libro y el informe ‘De los neocón a los neonazis’, ofreces mucha información para entender lo que está sucediendo ahora con la extrema derecha. Antes de Vox, hubo varios intentos por recuperar la vía electoral de otros grupúsculos de ultraderecha, los que estaban fuera del PP. Pero con rotundos fracasos, la mayoría estaban enfrentados entre sí. Durante el Gobierno de Zapatero (2004 a 2011), comienza la llamada “revuelta neocón”, una ofensiva reaccionaria en la que se incluyen lobbies, medios de comunicación y fundaciones ultraderechistas. Y entonces, en 2018, Vox irrumpe en las instituciones, solo cinco años después de su creación. A mucha gente le cogió por sorpresa, a pesar de que el movimiento antifascista llevaba tiempo alertando del peligro. Vox, un partido ultraderechista, es aceptado de la noche a la mañana por los principales medios de comunicación como un actor político más, incluso sin tener representación parlamentaria. Con su llegada hablas de una “institucionalización del odio”. “Lo que decían los grupos neonazis en los años 90, se dice hoy en sede parlamentaria y en los medios con absoluta normalidad”, adviertes. ¿Cómo consiguen normalizar un relato que antes defendían desde la marginalidad?

Primero porque en este país no hay cultura antifascista. En este país, la gente piensa que el fascismo murió con Franco. Ese es el relato oficial. Y que los antifascistas eran cuatro chalados que alertaban de cosas que no existían. Cuando llega Vox, antes de entrar a las instituciones, estoy convencido que el PSOE no le ve mal, una escisión del Partido Popular por la derecha. Lo miden en términos electorales, no miden en términos de quién va a pagar cuando esta gente llegue al poder. Eso les da absolutamente igual. Lo que quiere el PSOE es que su principal rival [PP] pierda. Y si sale un competidor por la derecha, pues bien. Por tanto, esa preocupación no existe dentro de este panorama político. Por otra parte, los medios de comunicación nunca habían prestado atención a la extrema derecha, solo de manera pintoresca: “los skins”, “las tribus urbanas”. Nunca les había preocupado, lo veían de forma muy caricaturesca. Y, además, la extrema derecha es muy inteligente, sabe jugar muy bien con los medios de comunicación, y sabe provocar. Y veníamos de unos años donde la extrema derecha mediática estaba muy arriba. Había canales de televisión, tertulias y periódicos que habían apretado el acelerador desde la “revuelta neocón”, y normalizando, poco a poco, las fake news y el discurso de odio. Por tanto, la llegada de Vox es uno más a la misma fiesta. Pero uno más que viene pisando fuerte. Y cuando entra [en las instituciones], pues efectivamente se le considera uno más. Como ha ganado votos, y aquí la legitimidad y la legalidad la dan los votos, aunque quieras quitar derechos a una parte de la población, pues todos a tragar.

Una de las estrategias más usadas por Vox es interpretar el papel de víctima. Convocar actos en lugares donde sabe que va a tener una gran respuesta social en contra. Vox ha repetido esta fórmula de la provocación en muchas ocasiones, y a menudo consiguiendo la imagen que quería. ¿Cómo se debería a hacer frente a Vox desde el antifascismo?

Yo no me atrevo a decir lo que tiene que hacer cada uno en su pueblo o su ciudad. Ni con Vox, ni con nadie. En el libro se relatan muchas experiencias distintas, muchas maneras de enfrentar un problema, algunas con más éxito y otras con menos. No hay una fórmula mágica. Lo que sí hay es un modus operandi de la extrema derecha, y de Vox en este caso, jugando a la provocación pero que tampoco es algo nuevo. Ya lo hacía [Ricardo Sáenz de] Ynestrillas en los 90 en Euskadi, luego España 2000 en Ruzafa [barrio popular de València], los grupos nazis en Vallecas. Es decir, esto se ha hecho siempre. En el libro salen muchos casos. Creo que lo primero es tener una buena estrategia. No digo cual es esa estrategia. Pero lo primero es analizar bien la situación, la circunstancia, la correlación de fuerzas, las posibilidades que tienes y actuar en consecuencia. Todo no se soluciona de la misma manera. A un problema como Vox no lo solucionas con una concentración. Es una forma más de protestar contra Vox. Pero la lucha contra una extrema derecha como Vox, o como Le Pen [en Francia] u Orbán [en Hungría], tiene necesariamente que ir más allá de la protesta en la calle. Porque sus tentáculos van mucho más allá. Por eso, es muy importante que la gente se sienta apelada por el antifascismo, que no sea solo una cuestión de cuatro chavales saliendo a protestar cuando hay un mitin. Eso va a continuar pasando, y está bien que pase, y tiene que pasar. Pero no se puede quedar ahí. Es decir, aquí hay muchos escenarios donde se le debe dar batalla a la extrema derecha, y algunos son muy sutiles e implican a mucha gente. La clave del antifascismo es que debe de saber interpelar al resto de la sociedad para que sienta que la extrema derecha es un problema de todos y todas. No es un problema de que van a tu barrio y protestas porque no te mola que vayan a tu barrio. No. Es un problema que tiene repercusión en la vida de toda la gente, en toda la sociedad. Por lo tanto, creo que la principal labor del antifascismo debería ser concienciar a la mayor parte de la población posible para que entienda esto.

“El feminismo es uno de los principales diques de contención contra la extrema derecha”

En algunas entrevistas has dicho que estamos perdiendo la batalla cultural frente a la ultraderecha…

Igual es un poco catastrófico. No es que la estemos perdiendo, pero es verdad que la extrema derecha está invirtiendo mucho esfuerzo en dar una batalla cultural por tierra, mar y aire. Y la está dando. Es verdad que todavía les va a costar mucho derribar ciertos consensos democráticos y en materia de derechos humanos. Aunque lo están intentando. Uno de sus principales objetivos es el feminismo. Sin embargo, el feminismo hoy en día está más fuerte que nunca y es uno de los principales diques de contención contra la extrema derecha. Y en esta batalla cultural, si no la primera, es una de las primeras líneas de combate. Y aquí, a la extrema derecha, le va a ser muy difícil. Pero es verdad que la batalla cultural se está librando de una manera brutal, y el problema es que no todo el mundo es consciente, no solo de que se está librando esta batalla sino de que mucha gente está cayendo en el lado equivocado. Es decir, el objetivo de la batalla cultural es cambiar el sentido común. Y aquí apela a todos y todas, también a nosotros. Cuando gente que se supone antifascista o de izquierdas empieza a comprar determinados marcos, lenguajes y retóricas de la extrema derecha, tenemos un problema. Igual deberías de ver quien es el interlocutor para saber quien está diciendo eso, porque no sabes distinguir muchas veces. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha en la batalla cultural, que haya gente que se cree de izquierdas que utilice el mismo discurso islamófobo, LGTBIQfóbico, machista, españolista…

Otra batalla es la legal. En ‘Antifascistas’ hablas extensamente de la ofensiva judicial contra los grupos neonazis -las desarticulaciones entre 2004 y 2005 de Hammerskin y Blood & Honour -17 de los 18 acusados habían ido en listas del MSR, partido ultraderechista conocido en Zaragoza por Hogar Social-, y de Frente Antisistema, en diversas operaciones policiales: Puñal, Espada y, seguramente la más conocida, Panzer. Esta batalla no ha estado exenta de polémica. Sabemos que no hubo “transición” en la judicatura. La impunidad de los neonazis es vox populi, y algunas sentencias, como la de Panzer, fueron un mazazo para el movimiento antifascista. ¿Sirvió de algo tanto esfuerzo para librar esta batalla legal?

Sí. No tengo ninguna duda de que esas batallas se tuvieron que librar y se libraron. Y se libraron bien, por nuestra parte, por parte del antifascismo y de quien participó en ello, porque no olvidemos que, en el caso Panzer, la acusación popular fueron partidos políticos -como el Bloc-, dos oenegés y una asociación cultural. Claro que sirvió. Y yo soy partidario de utilizar todas las vías para neutralizar a la extrema derecha. De hecho, en el juicio de Panzer nos encontramos con una paradoja. La acusación popular estaba defendiendo el trabajo de la Guardia Civil, que estaba muy bien hecho. Incluso la Guardia Civil agradece, de manera privada, a la gente que estaba en la acusación popular por haber defendido su trabajo porque el juez lo ridiculiza en el juicio. El juez dijo que eso de que los neonazis tengan una página web para vender armas no es motivo para pinchar un teléfono, y lo pone por escrito en la sentencia. Claro que hay jugar en todos los terrenos. Incluso, ya no hablando de operaciones policiales de esta envergadura, sigo siendo partidario de denunciar siempre cualquier tipo de agresión, porque, en el libro se explica bien, si tu no denuncias te acaban denunciando ellos. Y al final parece que tú, que has recibido la puñalada, te conviertes en el agresor. Por eso soy partidario de usar todas las vías y la legal, la denuncia, es una de las vías, a pesar de todo lo que pensemos de la justicia española. “Por todos los medios”, como decía Malcolm X, y no es únicamente lo más estético. Es ir a donde haga falta pelear.

Entre los detenidos en estas operaciones hubo varios militares y algún aspirante a guardia civil. Además, los neonazis que mataron a Sonia tenían vínculos con un policía nacional; un guardia civil realizó los disparos que acabaron con la vida de Lucrecia; y un militar mató a Carlos Palomino. ¿Hasta qué punto llega la filtración de la ultraderecha en el Ejército y en las Fuerzas de Seguridad del Estado?

La presencia de elementos ultraderechistas en ambos cuerpos es una constante desde el franquismo hasta hoy. El problema es que, primero, no existe ninguna voluntad de depurar a este tipo de gente. No digo que haya que fiscalizar la ideología de cada funcionario, porque sería anticonstitucional y no procede. Pero cuanto tú ves que hay policías de uniforme que van a desayunar a un bar donde hay retratos de Franco o ves chats de policías o militares donde dicen que hay que fusilar a media España, o comentarios racistas, machistas u homófobos, o directamente, los sindicatos policiales mayoritarios convocan un acto con el principal partido de la extrema derecha, tenemos un problema. Y muy gordo. Se sabe que hay una infección ultraderechista, que, aunque no sea mayoritaria, se hace ostentación de ella. Y el problema es que esa neutralidad que se debería exigir a estos funcionarios brilla por su ausencia, en muchos casos. Por otra parte, muchas de las filtraciones que hemos publicado en prensa es porque gente de dentro ha denunciado. Es decir, todavía hay cierta esperanza de que hay alguno demócrata por allí y que cuando ven “cosas raras” buscan la manera de neutralizarlas. También porque tienen miedo. Ellos no denuncian a su superior, porque no se fían, y tienen que acudir a periodistas.

Un tema polémico en términos jurídicos ha sido el de la legislación de los delitos de odio, introducido en 2015 en el Código Penal, al que la abogada Nora Rodríguez dedica un interesantísimo capítulo en el informe ‘De los neocón a los neonazis’. En muchas ocasiones ha tenido un efecto boomerang, como en el caso Altsasu o el del concejal de Zaragoza en Común y secretario político del PCE en Aragón, Alberto Cubero, acusado por Vox de un delito de odio -y casualmente es el mismo juez que condenó a Los seis de Zaragoza el que ha dado crédito a las acusaciones de la ultraderecha-. ¿Hasta qué punto llega esa “barra libre”, que citas en el libro, a la hora de aplicar este agravante?

Es verdad que la propia Fiscalía General del Estado emitió una circular [publicada en el BOE en mayo de 2019donde recordaba que los nazis podían ser víctimas de delitos de odio. Es decir, esta orden viene desde arriba y, además, con ese ejemplo. No podían haber elegido otro, han elegido el de los nazis, directamente. De hecho, lo cuenta Nora en el informe y lo cuento yo en el libro, ya en 2015 se persigue a un grupo de antifascistas por un supuesto delito de odio tras un incidente con los nazis de Hogar Social Madrid. La Brigada de Información de la Policía así lo consideró, y la Fiscalía de Delitos de Odio lo mantuvo. Es verdad que ha habido una clara voluntad de utilizar esta herramienta pensada principalmente, en toda la legislación internacional, para proteger a determinados colectivos vulnerables. Se ha utilizado para quienes protegen a esos colectivos cuando el Estado no actúa. Este es un poco el sentir del antifascismo, de todos los movimientos sociales: el Estado no protege los derechos y las libertades de determinados colectivos. El derecho a la vivienda, el derecho a la salud, el derecho a la vida digna, básicamente. Y ahí es donde actúan los movimientos sociales. Si el Estado lo hiciera bien, pues no haría falta ni parar desahucios, ni protestar por la precariedad de la sanidad, ni defender los derechos laborales. Pero como no pasa, la gente se la juega. Cuando esta herramienta [el agravante por delito de odio], pensada para lo que estaba pensada, se utiliza para acallar a quienes ponen de manifiesto ese problema estructural, pues claro, se convierte en una herramienta represiva. Aunque en su ADN no esté pensada para eso, se instrumentaliza. Pese a esto, no soy partidario de abolir esta legislación. Creo que está bien, igual que la ley de violencia machista que tiene existir porque corrige una desigualdad estructural. Lo que hay que hacer es reconducir su interpretación y su aplicación. En España, lamentablemente, tenemos a unos representantes políticos, y unos jueces, juezas, fiscales y policías, que reman en el sentido contrario.

Miquel Ramos, junto a Alberto Cubero y Celia Grasa, de la Coordinadora Antifascista, en la presentación del libro en Zaragoza, acto dinamizado por la periodista de AraInfo Berta Comas Casas. Foto: Iker G. Izagirre (AraInfo)

Hablemos de otro de los debates clásicos del antifascismo: la unidad. En varias ocasiones te refieres en el libro a los diferentes frentes del antifascismo, a los que dedicas un capítulo propio, y nombras distintas experiencias unitarias, como la PAZ en Zaragoza, que fueron capaces de aglutinar a muchas sensibilidades. De hecho, en el prólogo, Pastora plantea unas cuestiones muy interesantes. Por ejemplo, se pregunta: ¿Debe extenderse el antifascismo más allá de la izquierda?

El antifascismo no deja de ser un consenso de mínimos democráticos y de derechos humanos. Yo entiendo que pueda haber una discusión política sobre el modelo de Estado, en términos más liberales o más sociales. Esto es un debate que entra dentro de la racionalidad democrática, y que una sociedad debe saber afrontar. Ahora bien, hay una serie de planteamientos, que vienen de la extrema derecha, que están por encima de esto, que cuestionan que haya colectivos que tengan derechos, que cuestionan que los derechos humanos sean ese consenso de mínimos democráticos. Por lo tanto, si alguien que no se considere de izquierdas asume, primero, que el fascismo es la antítesis de la democracia, y segundo, que hay una cosa que se llama derechos humanos que no se puede tocar y que debe primar sobre la política, que debe de guiar a la política en este sentido; si alguien que no se considera de izquierdas y tiene esto asumido, yo creo que está participando en este dique de contención contra el fascismo. Y creo que hay ejemplos de gente de derechas o más conservadora que esto lo tiene asumido. O incluso más allá de la etiqueta política. Porque, no nos olvidemos, más allá de las etiquetas hablamos de personas, de individualidades. Hay que apelar a este sentido común humano, más allá de lo político. Evidentemente hablamos de lenguajes distintos, lo que para nosotros puede ser una cuestión de solidaridad otro lo llamará caridad. Hay maneras de interpretar, pero creo que hay un mínimo humano que todo el mundo tiene, más o menos estimulado. Esa es la clave. Y ahí es donde hay que apelar. Cuando tu ves a alguien haciendo daño a otra persona hay un sentimiento universal de empatía. Creo que aquí la labor es hacer entender eso, que el fascismo hace daño. Si la gente tiene empatía con esos colectivos, si entiende y detecta que los discursos de la extrema derecha son peligrosos, y que dañan la democracia, la convivencia y los derechos humanos, es un paso muy grande. Más allá de teorizar de “hasta dónde tiene que llegar el antifascismo”, que son preguntas que nos hacemos constantemente, la cosa es en términos humanos. Apelar a un mínimo de humanidad y ser más generoso.

Me acabas de responder a la siguiente pregunta, que también se la planteamos a Miguel Urban hace un par de años cuando vino a Zaragoza a presentar su libro ‘La emergencia de Vox, una presentación que, por cierto, fue prohibida por el Ayuntamiento -PP y Cs-. ¿Se puede ser demócrata sin ser antifascista?

No. No se puede. A no ser que entiendas la democracia como un sistema de representación donde vota un porcentaje de la población, porque recordemos que hay una parte de la población que está excluida del voto, como personas privadas de libertad (presas y presos) o personas sin papeles, pero que contribuyen al Estado aunque no tengan ese derecho. Pero la democracia no es una cuestión técnica, tiene otro parámetro que es la calidad. Una democracia que por votos quita derechos, para mí no es una democracia válida, por mucho que la haya votado el 80% de la población. Si el 80% de la población vota construir un campo de concentración y exterminar con Zyklon-B al 50% de la población, yo seré un antidemócrata. Me opondré a eso.

La música como herramienta antifascista

La música hace de hilo conductor de muchas partes del libro, de la misma forma que acompaña al movimiento antifascista. En unos de los capítulos, Fermin Muguruza, recordando el concierto que dieron The Clash en Donostia en mayo de 1981, habla de “pedagogía de choque” y de “frente cultural”. Fueron los años de la explosión del punk, el ska, las casas okupadas, las radios libres y los fanzines… Un acto lúdico se convertía en un acto político, dices en el libro. “Eso logra comunidad, una victoria”, cuenta Fermin. ¿Qué capacidad de influencia tiene la música en la conciencia política de la gente joven?

Muchísima. Me atrevo a decir que mucha gente joven se politiza a través de la música. La música, toda la cultura, tiene históricamente una capacidad enorme de difundir ideas. La cultura no es apolítica. No existe la cultura apolítica, al menos para mí. Implica una serie de valores, y más una música que tiene letra en la que puedes contar cosas, explicar el mundo a través de las letras. En los movimientos sociales la música ha sido pilar fundamental. La banda sonora de todos estos movimientos ha acompañado, ha contado la historia. Ha contado muchas batallas que han pasado en los movimientos sociales a través de canciones. Y recuerdas cuando Fermin cita a Aitor Zabaleta o cuando Carlos Cano cantaba sobre Lucrecia. La música tiene un papel difusor y, a parte de eso, lo que cuenta el libro, crea espacios comunes. Con la excusa de la música la gente se encuentra, participa de otras actividades, financia el movimiento también, porque los grupos musicales han sido una parte importante a la hora de recaudar fondos a la hora de pagar multas o adecuar locales, por poner unos ejemplos. La música ha sido fundamental. Yo no entiendo el movimiento antifascista sin música. También por una cuestión emocional. Me ha resultado inevitable poner música en las cabeceras de los capítulos y dedicarle un capítulo entero. Cuando hablo del Kasal Popular [uno de los primeros centros sociales okupados de València, activo desde 1991 hasta 1996 cuando fue desalojado] escucho a Maniática de fondo, o a Skaparapid o El Corazón del Sapo, cuando hablo de Guillem escucho otras músicas, y cuando pienso en Carlos de otras. Todo movimiento social tiene su propia banda sonora. Y la música ha jugado un papel importantísimo.

Miquel Ramos en La Pantera Rossa. Foto: Iker G. Izagirre (AraInfo)

Y esto que cuentas, lo sabe también quién persigue al antifascismo. Los conciertos de muchas bandas musicales que se declaraban abiertamente antifascistas estuvieron, y lo siguen estando, en el punto de mira de la ultraderecha, la policía, la AVT y del PP. Incluso hubo algún intento de atentado. Esta persecución ideológica, y con total impunidad, que se da en el Estado español contra artistas de todo tipo, no sólo de la música, ¿tiene algún ejemplo comparable en otros estados llamados “democráticos”?

No me atrevo a afirmarlo o a negarlo. No lo sé. Yo sé lo que he vivido aquí, y lo de aquí es muy bestia. A mí me hace mucha gracia los que hoy salen a hablar de la “cultura de la cancelación”. La “cultura de la cancelación” es que le pongan una bomba a Fermin Muguruza o a Leo Bassi, que expulsen a Willy Toledo del panorama cinematográfico del Estado español, que a Abel Azcona lo lleven a los tribunales, el veto a Javier Krahe. Eso es la “cultura de la cancelación”. En este país se ha vivido una “cultura de la cancelación” constante, desde el franquismo hasta hoy. Y continúa hasta ahora, cuando censuraron la paradeta de los seis de Zaragoza [en el concierto de Ixo Rai! del pasado 23 de abril].¡Claro que existe una persecución! Lo que pasa es que aquí nos hemos enterado solo los que estábamos al lado. ¿Qué te critiquen un chiste machista es “cultura de la cancelación”? Que salga ahora un humorista, que no sabe el 90% de lo que se cuenta en el libro porque no le interesa nada de nada lo que les ha pasado a las personas migrantes, a las LGTBI o a las militantes de la izquierda, y te venga a llorar porque las feministas dicen que ese chiste machista está muy mal, a mí me hace mucha gracia. Aquí siempre ha funcionado ese victimismo del que ha gozado toda la vida la clase privilegiada que nunca ha sido perseguida por nada, y a la mínima que le recuerdas ese privilegio, y que no abuse de ello, se raja las vestiduras.

Hablemos de nuestra profesión. Se suele tirar mucho del tópico de que el “buen periodismo” tiene que ser neutral o imparcial. Pero las personas que construimos medios libres sabemos que no es así. Por hacer un periodismo militante muchas veces percibimos un cierto desprecio de compañeros y compañeras de otros medios. Y somos blanco de la ultraderecha, como el ciberataque que sufrimos el pasado 20N AraInfo, La Marea, El Salto, Kaosenlared, La Última Hora y Nodo50. En el libro, dedicas un capítulo a Xavier Vinader, “un periodista incómodo”. El propio Vinader cuenta la fraternidad que vivía nuestra profesión en los años 80 frente al individualismo actual. ¿Ha perdido el periodismo, en general, esa virtud de incomodar? 

Yo creo que no. A pesar de que la extrema derecha está muy presente en los medios de comunicación, muy descarada, muy impune, y es capaz de dar asco infinito con un nivel de obscenidad nunca visto, con bulos y mentiras. Pero creo que la llegada de internet, que es un arma de doble filo, lógicamente, que se puede utilizar mal, ha democratizado la información. Y proyectos como AraInfo, o como el que teníamos nosotros en L’Avanç, o el Diagonal que ahora es El Salto, La Marea, La Directa y otros muchos más, hoy en día, a pesar de que algunos traten de “colgarles el sambenito” de ser activistas y no periodistas, tienen una garantía de rigor, de credibilidad y de trabajo bien hecho, indiscutible. Y, además, llegan a todo el mundo, con contenidos abiertos y gratuitos. Por otra parte, también han aparecido una serie de medios generalistas más progresistas que, a pesar de que podamos discutir de cosas que no nos parezcan bien como las tratan, hacen una buena labor. Cosa que antes no existía, o te comprabas ‘El País’, con todo lo que conllevaba comprarlo, que no era el ‘Mundo Obrero’, pero era lo más progre que tenías. Creo que hay periodistas muy buenos en todas las cabeceras, honestos. No exijo que sean afines, pero sí que sean honestos. La caza de brujas que se dio [en algunos medios] contra antifascistas tras el mitin de Vox en Vallecas, porque “algunos de ellos trabajaban para Podemos”, me resultó asquerosa no, lo siguiente. Directamente la Brigada de Información había sentado al periodista en la mesa y le dijo “estos son, reviéntalos”. No hay nada más activista que eso, ser un activista mamporrero del sistema, un mamporrero del poder, un chivato de la policía. Eso es despreciable. Pero creo que sí que hay periodistas honestos, con sus contradicciones. Lo cuento en el último capítulo del libro. Yo también tengo contradicciones, cuando voy a una tertulia con gente de derechas y de extrema derecha. ¡Claro que las tengo! Y claro que las tienen otros compañeros, y lo hablamos entre nosotros muchas veces. Pero yo he venido aquí a ganar, y hace falta gente que se tape la nariz, entre ahí y pelee. Porque si no, a ¿quién va a poner? ¿A uno del PSOE a pelear con la extrema derecha y que acabe hablando de ‘populismos’ y ‘extremos’? No sé, a veces nos exigimos una extrema pureza y creo que no estamos para exigir tanto. Hay que traspasar nuestros entornos. Si no, no transformamos nada ni convenciendo a nadie, y acabamos haciendo política de autoconsumo, diciendo lo mismo a quienes ya están convencidos.

Terminamos. Llevas más de 20 años escribiendo sobre la ultraderecha desde un periodismo activo y militante. Por ello, has recibido muchas amenazas. ¿En algún momento te has planteado dejarlo? ¿Van a conseguir callarte?

No [rotundo]. Nunca me he planteado dejarlo y nunca me he planteado callarme. Yo tengo un problema, entre comillas, y es que no voy a cambiar. Lo tengo asumido. Tengo 43 tacos, y llevo “escondiéndome” muchos años, firmando con seudónimo. Llevo más años escribiendo con seudónimo que con mi nombre. Tengo un montón de artículos que no puedo reivindicar porque no están firmados. Y son trabajos de investigación, algunos que he utilizado para el libro. Y no he vivido de eso, era una cuestión de que a mí me gustaba lo que hacía. Lo cuento en el libro, al principio. Esto es personal. Pero yo no sería yo si dejara de hacer lo que hago. No tengo intención de hacerlo, y soy muy consciente de los riesgos. Conozco muy bien a la extrema derecha y a los que están “por arriba”. Creo que exponerte es una manera de protegerte. Protegerte tú, y de proteger a mucha gente que no puede dar ese paso, porque ese miedo existe y no todo el mundo puede permitirse el lujo de dar la cara, porque vive en ambientes más hostiles o por trabajo o por lo que sea. Que me partan la cara, que eso puede pasar cualquier día. Escriba o no. De la cara o no. El miedo está ahí, y va a acompañarme siempre. Pero he crecido con esto. Me he hecho mayor con esto, y lo llevo marcado a fuego, pero he aprendido a gestionarlo, y los motivos por los que estoy en esto son mucho más poderosos que el miedo.

¿Cómo queda la extrema derecha francesa tras los comicios presidenciales?

Entrevista en France24: De acuerdo a Miquel Ramos, periodista y escritor especializado en extrema derecha, esta tendencia en Francia ya venía gozando de una gran influencia en la política del país galo y destacó que candidatos presidenciales en comicios previos habían asumido parte de la agenda de la ultraderecha, lo que ha terminado favoreciéndola.

 Macron gana, Le Pen avanza. La Base #47 -

Pablo Iglesias, Sara Serrano y Manu Levin analizan los resultados de las elecciones presidenciales en Francia, que han dado la victoria al neoliberal Emmanuel Macron frente al mejor resultado histórico de la ultraderecha representada por Marine Le Pen. Con entrevista al periodista y autor del libro ‘Antifascistas’ Miquel Ramos; con la participación de María Corrales, periodista y miembro del Institut Soberanies, y de Guillermo Fernández, profesor de ciencia política de la Universidad Carlos III de Madrid y autor del libro ‘Qué hacer con la extrema derecha en Europa: el caso del Frente Nacional’; y con la colaboración de Anita Fuentes en ‘Placeres culpables’.

Le Pen hace años que ganó

La segunda vuelta de las elecciones en Francia se presenta como un déjà vu. Ya vivimos esto, la historia se repite como farsa, como recordaba Enric Bonet en El Salto esta semana. Y creo que es una sensación compartida por quienes observamos con desgana cómo Francia se debate una vez más entre el continuismo neoliberal y liberticida y la extrema derecha de siempre, cada vez más normalizada en el resto del planeta. A ningún demócrata le debería parecer menor que una de las mayores representantes de la ultraderecha gobierne un país, nuestro país vecino, pero las reiteradas alertas desde algunos frentes sobre la amenaza de la ultraderecha ya no producen ni escalofríos. Es más, incluso han llegado a resultar inocuas. Sobre todo, cuando quienes alertan sobre sus peligros nada tienen que envidiar de las propuestas autoritarias y las retóricas supremacistas de los ultraderechistas.

Esta misma semana, tres líderes socialdemócratas europeos alertaban una vez más sobre la posible victoria de la ultraderecha: Pedro Sánchez, António Costa y Olaf Scholz firmaban un texto que publicó El País sobre los riesgos que corría Europa si Le Pen llegaba al Elíseo. Usando como barniz los lazos que unen a la lideresa ultraderechista con Vladimir Putin, una de las armas arrojadizas de esta campaña con el telón de fondo de la invasión de Ucrania, presentan a Le Pen como la anti-Europa y el chovinismo nacionalista contrario a la Unión Europea que ya obtuvo su aval en Reino Unido con el Brexit. Es verdad que Le Pen representa una parte de lo peor de Europa, haciendo bandera del racismo y de la intolerancia hacia determinados colectivos, pero es que su existencia sirve para blanquear a quienes hacen lo mismo que ella predica, pero adornándolo de retórica ilustrada.

No creo que sean iguales Macron y Le Pen, ni que no sea peligroso que la ultraderechista llegue al poder, pero no somos pocos quienes nos negamos a regalarle a Macron la representatividad de “lo correcto” o de “los valores europeos” frente a la barbarie neofascista. Macron, como la mayoría de liberales, conservadores y una gran parte de la socialdemocracia, hace años que le regalaron otras victorias a la ultraderecha, aunque pinten de triunfo haber impedido su victoria electoral. Otra cuestión es quién decide qué son los “valores europeos”, o incluso “el estilo de vida europeo” que una vez se atrevió a reivindicar Von der Leyen hablando sobre migraciones y demostrando como Europa había comprado el lenguaje y los marcos de la extrema derecha.

Le Pen y el resto de ultraderechas comparten con Macron y los socialdemócratas un proyecto europeo muy parecido, absolutamente neoliberal, racista e inofensivo para las elites. Por muchas fotos que se hagan los ultraderechistas con obreros, y por mucho que algunos los voten, sus políticas no van a cambiar ni un ápice los privilegios de las grandes fortunas ni el orden racista y capitalista. Lo explicó brillantemente Aldo Rubert en Públicorecientemente, ante las habituales tentaciones de la bancada rojiparda de presentar a Le Pen como la que “de verdad” se preocupa por las cuestiones de clase (nacional, por supuesto), no como la izquierda, que, según ellos, se pasa el día con mariconadas identitarias. No aprendieron nada de los cantos de sirena de un papanatas como Fusaro, que, tras dar varias charlas para nazis en Italia, se vino a Barcelona y se la coló por la escuadra, logrando sus aplausos mientras compartían asiento con viejos líderes del neofascismo español en su charla hace unos años.

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La misma farsa es la que entrona a Macron como el dique contra la ultraderecha. Quizás la perversa dicotomía que encierra este sistema electoral que te hace elegir entre el malo y el menos malo sea un mero trámite que hay que pasar rápido, pero no nos debe hacer perder el norte una vez pase este mal trago. Y es que Le Pen y sus imitadores hace tiempo que ganaron en Europa. Aunque no hayan llegado a gobernar, sus discursos, sus marcos y sus temas estrella han sido abrazados, normalizados y ejecutados por el resto de una manera no muy diferente a la que ella plantea. Solo hay que fijarse en algunos detalles que revelan cómo la metástasis neofascista es real. Y se demostró incluso en el debate electoral entre los dos candidatos, cuando los artífices del espectáculo pusieron en el mismo bloque de cuestiones a tratar la migración y la inseguridad. Punto para Le Pen antes de empezar. Cortesía de la cadena. Aquí, los medios de comunicación tienen siempre un papel estrella en cómo se enmarcan determinados asuntos. Y ya hace demasiado tiempo que no hacen más que sembrar las semillas del neofascismo en su menú diario, inmersos en temas de seguridad, en un racismo constante e insultante y en una normalización y blanqueamiento del odio como una opción democrática y legítima. Es más: la aparición de un personaje todavía más siniestro y desagradable que Marine, el fascista Éric Zemmour, sirvió para presentar a la hija de Jean Marie como moderada.

Le Pen ya ganó, insisto. Hace ahora tres años, recuerdo a Borrell denunciando que la migración era “el disolvente más grave de Europa”. Sí, el mismo Borrell que hoy se llena la boca de derechos humanos con los refugiados ucranianos, usaba las mismas palabras que la ultraderecha para referirse a las personas migrantes. Pero no es tan solo retórica su victoria. Las políticas de fronteras europeas de conservadores y socialdemócratas no tienen nada que envidiar a las que propone la extrema derecha. Lo contaba Luisa Izuzquiza en Público en una entrevista de José Bautista sobre la batalla legal de esta y otras activistas contra Frontex.

Macron fue también aplaudido por una parte de la izquierda cuando propuso una ley “contra el separatismo islamista”. El secuestro y la perversión del laicismo por parte de la extrema derecha ha sido aceptado por una parte de la sociedad que confunde la neutralidad del Estado con la intolerancia religiosa. Un laicismo que, en la práctica, solo suspende derechos a una parte de la población: la más estigmatizada, perseguida y marginada. El enemigo interno que para una parte de Europa son las personas musulmanas como durante siglos fueron los judíos, como advierten numerosos estudiosos de la extrema derecha como Enzo Traverso, Robert O. Paxton y todo aquél que recuerde cómo se articuló el antisemitismo durante siglos, y más recientemente con el nazismo.

Esa ley ilustrada que supuestamente ponía coto a la supuesta “islamización” de los barrios pobres franceses, ha servido recientemente para intentar ilegalizar a un grupo antifascista. Como pasa aquí con la legislación de delitos de odio, que se ha convertido en un arma de doble filo que persigue también a quienes combaten el odio. Y siguiendo con la perversión de las leyes y sus retóricas, no hay que olvidar que la campaña por el boicot, las sanciones y las desinversiones de Israel en protesta por su política de apartheid y sus constantes violaciones de la legalidad internacional, ha sido perseguida y acusada de ser antisemita, igual que otros colectivos antirracistas, propalestinos y de derechos humanos. Todo en nombre de la liberté, la fraternité y todo eso, ya saben.

El proyecto neoliberal de Europa necesita a más Le Pen, Zemmour, Abascal, Orban y sus semejantes. Su espantajo funciona y presenta el orden capitalista como un mal menor ante un fascismo que, en la práctica, no es más que su principal valedor y garante. Y esta no gana cada vez más solo porque la izquierda falle algunas veces, sino porque al establishment le viene de perlas y se dedica a promocionarla y a blanquearla comprando su mercancía. Por eso, cuando los tres líderes socialdemócratas que firmaron la citada carta alertaban sobre su peligro, metieron con calzador una vez más a “los populistas” junto a la extrema derecha. Una manera de referirse a las izquierdas transformadoras sin mencionarlas, pero poniéndolas en el mismo plano que a las extremas derechas. Mientras Le Pen les viene bien para reivindicarse como garantes de la democracia frente a la amenaza ultraderechista, las izquierdas, que en Francia han estado a un paso de llegar a la segunda vuelta, son la única alternativa real, social y popular al binomio fascismo-neoliberalismo que tan bien les está funcionando para conservar los privilegios de los de siempre.

Columna semanal de Miquel Ramos en Público, 25 de abril de 2022