Matar a un francés de origen árabe se premia con más de un millón de euros

13/07/2023 per Miquel Ramos

“Cubriré a la policía si, por desgracia, se produce algún incidente. El rearme moral es prioritario”, dijo el primer ministro francés Jacques Chirac en 1986. Remataba así las palabras del entonces ministro del interior, Charles Pasqua, que llamaba a ‘perseguir a los crápulas’ y a aterrorizar a quienes quebrantasen la ley, a los que llamaba ‘terroristas’. Siete años después, siendo todavía Pasqua ministro del Interior, alguien se tomó muy en serio esas palabras.

El 4 de abril de 1993, en Chambéry, Eric Simonté, de 18 años, era asesinado de un tiro en la cabeza por un policía mientras permanecía esposado. El día 6, Makoiné M’Bowole, un zaireño de 17 años aparecía muerto de un tiro en la cabeza en una comisaría de París. Ese mismo día, en Arcachon, Pascal Tais, de 32 años, moría de una paliza en comisaría. Esa misma semana en Tourcoin, un policía borracho le voló la cabeza de un disparo a Rachid, un joven de 17 años que se encontraba tendido en el suelo. Pasqua seguía siendo ministro del Interior, y a pesar de que prohibió cualquier manifestación, centenares de jóvenes salieron en distintas partes del país a protestar.

Hacía tan solo dos años que las imágenes de la brutal paliza de varios policías a un hombre negro, Rodney King, en Los Ángeles, habían desatado una oleada de disturbios en EEUU. Y tan solo un año de la caída del régimen racista de apartheid en Sudáfrica. Las evidencias del racismo estructural e institucional, del colonialismo, la represión y la brutalidad policial no se podían esconder. Los años siguientes hasta hoy, tanto en los EEUU como en Europa, los casos como los de Rodney, Simonté, Tais y tantos otros, son incontables. Recordemos que no hace tanto, en los EEUU estalló el movimiento Black Lives Matter en respuesta precisamente a este problema irresuelto, a este racismo evidente que impregna no solo a la policía estadounidense y europea, sino a gran parte de la sociedad.

Francia vuelve a arder estos días, como lo ha hecho en múltiples ocasiones desde 1993, tras otro de tantos crímenes racistas perpetrados por la policía. Esta vez, el asesinato de Nahel, un joven de 17 años, ha provocado no solo una nueva ola de protestas y enfrentamientos con la policía en varias ciudades, sino de nuevo, una orgía de desinformación, de pornografía de los disturbios y de algunas inquietantes cartas sobre la mesa que a menudo se nos olvidan. Y es que lo de Chirac y Pasqua se ha ido repitiendo en boca de todos los que han ostentado poder en el país galo, como Sarkozy cuando llamó ‘chusma’ a los habitantes de las banlieues tras la muerte de otros dos jóvenes racializados por acción de la policía en 2005.

Más allá del recuento de daños y detenidos de cada día en Francia, de las imágenes espectaculares de fuegos artificiales contra policías, escaparates rotos y coches ardiendo, hay excelentes análisis sobre lo que sucede en Francia que no son lo que se suele compartir en redes. El texto de Alfredo González-Ruibal titulado Francia: la ciudad colonial engendra la revuelta, el de Sarah Babiker Vivir quemados, incendiar Francia, y Cómo Macron encubre la raíz de los disturbios de las banlieues, de Aldo Rubert, son algunos de los imprescindibles para entender algo más allá de lo que algunos pretenden que nos indigne, y que suelen ser objetos quemados y una supuesta paz y tranquilidad que solo pueden permitirse, o incluso creerse, quienes viven ajenos a las violencias cotidianas que atraviesan a las clases populares y racializadas.

Francia nos tiene acostumbrados a los disturbios, a las barricadas y a las imágenes de policías desatados gaseando y golpeando sin piedad a manifestantes y transeúntes, como hemos visto estos últimos años en las protestas de los chalecos amarillos y en muchas otras manifestaciones. El debate sobre la Policía, que el periódico Liberation llevó a su portada, no es nuevo. En 2017, la cadena ARTE publicó un documental titulado Dans la tête d’un flic (dentro de la cabeza de un policía), de François Chilowicz, en el que varios agentes hablaban sobre su trabajo en las banlieues, en las manifestaciones y su percepción de la sociedad y de ellos mismos. El director David Dufresne realizó posteriormente, en 2020, otro magnífico documental titulado Un pays qui se tient sage (Un país que se porta bien), en el que muestra imágenes brutales de la Policía contra manifestantes, y en el que sienta a dialogar a un policía con varias personas sobre su trabajo y su violencia. El saldo de las víctimas de aquellas protestas entre noviembre de 2018 y febrero de 2020 no era para menos: dos muertos, cinco manos arrancadas y 27 ojos reventados. Entre 2021 y 2022, 44 personas han muerto de la misma manera que Nahel, es decir, a tiros por la Policía.

Otra vez han proliferado los bulos y las desinformaciones sobre lo que está sucediendo, con la clara intención de criminalizar todavía más a los manifestantes y estimular precisamente lo mismo que se denuncia, esto es, el racismo: videos de supuestos francotiradores negros, de blancos mutilados, de edificios ardiendo, noticias de policías, bomberos y familias asesinadas en los disturbios, una supuesta mano islamista, o hasta rusa, y una complicidad eterna de las izquierdas con los salvajes. Los portales de verificación no dan abasto, y en realidad, al que difunde el bulo le da igual. Tiene veinte bulos más saliendo, y millones de reproducciones y visitas en todos ellos. Y todos salen gratis.

La extrema derecha es desde hace años un actor político más en Francia, cuyos discursos impregnan cada vez más los de otros políticos, y que sirven para empoderar y legitimar a los grupos de choque neofascistas. Algunos de estos ultraderechistas han salido estos días a cazar árabes, negros y antifascistas en varias ciudades, tal y como confesarían algunos de ellos interceptados por la policía con varias armas de fuego en sus vehículos y matrículas falsas. En pocas ocasiones, estos grupos de neofascistas armados han actuado ante la pasiva mirada de la Policía, o directamente en connivencia con esta, como han demostrado y denunciado con material gráfico varios activistas estos días.

Y aquí se encuentra una parte de la sociedad, que prefiere el orden que le ofrece este combo habitual de nazis y policías que el de unos salvajes, pobres y morenos y sus amigos los progres, que se pierden en explicaciones sobre el origen de todo este desastre en vez de enviar los tanques, limpiar las calles y meter a todos en la puta cárcel. La mayor victoria de todos estos fascistas es estar cosechando la aprobación de una parte de la sociedad, a la que le importa bien poco quien defienda su coche o su chalet de los bárbaros, si uno de los que llaman algunos ‘jóvenes nacionalistas’ por no llamarlos nazis, un policía a tiros contra una masa negra, o una banda paramilitar que se presenta dispuesta a derrocar al gobierno si hace falta.

Esa normalización y aceptación del fascismo como garante del orden, algo que no es nuevo, es lo que algunos, incluso desde una supuesta postura progresista, ya han comprado. Unos por miedo a perder su supuesta tranquilidad, y otros porque detesta a aquellos que se rebelan sin esgrimir el manifiesto comunista. Otros porque han aceptado que sus enemigos y sus prioridades, sus miedos y sus metas son los que señalan casualmente también esos nuevos fascistas, y te lo venden diciendo que estos sí que hablan ‘de lo que otros no se atreven’.

Este es el rearme moral que reivindicaba Chirac en 1986, el que siempre defendió la derecha negando las violencias estructurales y reduciendo a hechos individuales fruto de la inadaptación cualquier conato de rebeldía o de delincuencia. Por eso, el policía que asesinó al joven Nahel tiene ya más de millón y medio de euros recogidos en una recolecta. Matar a un joven árabe no solo no tiene reproche, sino que te pagan por ello.

Columna de opinión de Miquel Ramos en Público, 04/07/2023