El día a día del CSO Atalaya, de Vallecas.

Este centro social, fundado en 2014 tras la ocupación de un instituto de secundaria abandonado propiedad del IVIMA, alberga diferentes entidades. Entre ellas, la Red Somos Tribu VK, galardonada en 2020 con el Premio Ciudadano Europeo.

Miquel Ramos y Oriol Daviu. La Marea. 14 de mayo 2022

El CSO Atalaya, en Vallecas (Madrid), recibió el pasado martes una notificación emitida por el Juzgado de Instrucción 47 de Madrid que le obliga a desalojar el edificio donde se encuentra ubicado antes del 17 de mayo, tras la denuncia de la Agencia de Vivienda Social de la Comunidad de Madrid (antiguo IVIMA) y de la multinacional energética Naturgy. El juez ha determinado que se celebre juicio por delito leve de usurpación y defraudación de corriente eléctrica a dos miembros del CSO, pero «que antes se proceda al desalojo inmediato del edificio y a la entrega de su posesión a sus legítimos propietarios», explica el abogado del centro, Erlantz Ibarrondo.

Este centro social, fundado en 2014 tras la ocupación de un instituto de secundaria abandonado propiedad del IVIMA, alberga diferentes entidades. Entre ellas, la Red Somos Tribu VK, galardonada en 2020 con el Premio Ciudadano Europeo. El Parlamento Europeo reconoció la «importancia a nivel social» de esta plataforma vecinal de «apoyo mutuo y solidaridad» creada el 14 de marzo de 2020, el mismo día en que se declaró el estado de alarma en España, para ayudar a las personas y colectivos «más vulnerables».

El CSO Atalaya estuvo a punto de ser desalojado en 2016, pero, finalmente, un juzgado de lo Penal dictó una sentencia absolutoria para el miembro del CSO encausado en aquel momento, explica Ibarrondo, quien remarca que «el denunciante [IVIMA] era el mismo». Por lo tanto, «no es un procedimiento nuevo sino que ya se ha dilucidado y sentenciado judicialmente», añade.

«Habría que ver y determinar por qué se sigue ahora otro proceso hacia otras personas y qué es lo que se ha modificado, y por qué desde el año 2017, cuando se dictó sentencia, hasta el año 2022, la propiedad no ha tomado ningún tipo de determinación. Y, sobre, todo sabiendo y siendo pública la posesión de este inmueble por parte de un montón de colectivos que le dan vida, entendemos que no se dan esos principios de proporcionalidad e idoneidad para dictar un desalojo cautelar con urgencia. Porque urgencia no hay ninguna cuando esa situación es palpable, pública, desde el año 2014″.

Además de la red de apoyo mutuo Somos Tribu VK, a día de hoy conviven en el centro diferentes diferentes colectivos que organizan actividades en las que participan más de 200 personas semanalmente. El centro cuenta con huerto, taller de bicis, taller de ocio alternativo, radio, gimnasio, rocódromo, un espacio de forja, otro para skate, una biblioteca en la que también se dan clases de refuerzo, un punto feminista… Algunas de las monitoras voluntarias destacan en este video la importancia para jóvenes que de otro modo no podrían acceder a actividades como el aprendizaje de escalada o el gimnasio, «jóvenes en situación de vulnerabilidad y fracaso escolar…»

En este reportaje, elaborado por Miquel Ramos y Oriol Daviu, se muestra el día a día del CSO Atalaya.

¿Cómo queda la extrema derecha francesa tras los comicios presidenciales?

Entrevista en France24: De acuerdo a Miquel Ramos, periodista y escritor especializado en extrema derecha, esta tendencia en Francia ya venía gozando de una gran influencia en la política del país galo y destacó que candidatos presidenciales en comicios previos habían asumido parte de la agenda de la ultraderecha, lo que ha terminado favoreciéndola.

 Macron gana, Le Pen avanza. La Base #47 -

Pablo Iglesias, Sara Serrano y Manu Levin analizan los resultados de las elecciones presidenciales en Francia, que han dado la victoria al neoliberal Emmanuel Macron frente al mejor resultado histórico de la ultraderecha representada por Marine Le Pen. Con entrevista al periodista y autor del libro ‘Antifascistas’ Miquel Ramos; con la participación de María Corrales, periodista y miembro del Institut Soberanies, y de Guillermo Fernández, profesor de ciencia política de la Universidad Carlos III de Madrid y autor del libro ‘Qué hacer con la extrema derecha en Europa: el caso del Frente Nacional’; y con la colaboración de Anita Fuentes en ‘Placeres culpables’.

Le Pen hace años que ganó

La segunda vuelta de las elecciones en Francia se presenta como un déjà vu. Ya vivimos esto, la historia se repite como farsa, como recordaba Enric Bonet en El Salto esta semana. Y creo que es una sensación compartida por quienes observamos con desgana cómo Francia se debate una vez más entre el continuismo neoliberal y liberticida y la extrema derecha de siempre, cada vez más normalizada en el resto del planeta. A ningún demócrata le debería parecer menor que una de las mayores representantes de la ultraderecha gobierne un país, nuestro país vecino, pero las reiteradas alertas desde algunos frentes sobre la amenaza de la ultraderecha ya no producen ni escalofríos. Es más, incluso han llegado a resultar inocuas. Sobre todo, cuando quienes alertan sobre sus peligros nada tienen que envidiar de las propuestas autoritarias y las retóricas supremacistas de los ultraderechistas.

Esta misma semana, tres líderes socialdemócratas europeos alertaban una vez más sobre la posible victoria de la ultraderecha: Pedro Sánchez, António Costa y Olaf Scholz firmaban un texto que publicó El País sobre los riesgos que corría Europa si Le Pen llegaba al Elíseo. Usando como barniz los lazos que unen a la lideresa ultraderechista con Vladimir Putin, una de las armas arrojadizas de esta campaña con el telón de fondo de la invasión de Ucrania, presentan a Le Pen como la anti-Europa y el chovinismo nacionalista contrario a la Unión Europea que ya obtuvo su aval en Reino Unido con el Brexit. Es verdad que Le Pen representa una parte de lo peor de Europa, haciendo bandera del racismo y de la intolerancia hacia determinados colectivos, pero es que su existencia sirve para blanquear a quienes hacen lo mismo que ella predica, pero adornándolo de retórica ilustrada.

No creo que sean iguales Macron y Le Pen, ni que no sea peligroso que la ultraderechista llegue al poder, pero no somos pocos quienes nos negamos a regalarle a Macron la representatividad de “lo correcto” o de “los valores europeos” frente a la barbarie neofascista. Macron, como la mayoría de liberales, conservadores y una gran parte de la socialdemocracia, hace años que le regalaron otras victorias a la ultraderecha, aunque pinten de triunfo haber impedido su victoria electoral. Otra cuestión es quién decide qué son los “valores europeos”, o incluso “el estilo de vida europeo” que una vez se atrevió a reivindicar Von der Leyen hablando sobre migraciones y demostrando como Europa había comprado el lenguaje y los marcos de la extrema derecha.

Le Pen y el resto de ultraderechas comparten con Macron y los socialdemócratas un proyecto europeo muy parecido, absolutamente neoliberal, racista e inofensivo para las elites. Por muchas fotos que se hagan los ultraderechistas con obreros, y por mucho que algunos los voten, sus políticas no van a cambiar ni un ápice los privilegios de las grandes fortunas ni el orden racista y capitalista. Lo explicó brillantemente Aldo Rubert en Públicorecientemente, ante las habituales tentaciones de la bancada rojiparda de presentar a Le Pen como la que “de verdad” se preocupa por las cuestiones de clase (nacional, por supuesto), no como la izquierda, que, según ellos, se pasa el día con mariconadas identitarias. No aprendieron nada de los cantos de sirena de un papanatas como Fusaro, que, tras dar varias charlas para nazis en Italia, se vino a Barcelona y se la coló por la escuadra, logrando sus aplausos mientras compartían asiento con viejos líderes del neofascismo español en su charla hace unos años.

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La misma farsa es la que entrona a Macron como el dique contra la ultraderecha. Quizás la perversa dicotomía que encierra este sistema electoral que te hace elegir entre el malo y el menos malo sea un mero trámite que hay que pasar rápido, pero no nos debe hacer perder el norte una vez pase este mal trago. Y es que Le Pen y sus imitadores hace tiempo que ganaron en Europa. Aunque no hayan llegado a gobernar, sus discursos, sus marcos y sus temas estrella han sido abrazados, normalizados y ejecutados por el resto de una manera no muy diferente a la que ella plantea. Solo hay que fijarse en algunos detalles que revelan cómo la metástasis neofascista es real. Y se demostró incluso en el debate electoral entre los dos candidatos, cuando los artífices del espectáculo pusieron en el mismo bloque de cuestiones a tratar la migración y la inseguridad. Punto para Le Pen antes de empezar. Cortesía de la cadena. Aquí, los medios de comunicación tienen siempre un papel estrella en cómo se enmarcan determinados asuntos. Y ya hace demasiado tiempo que no hacen más que sembrar las semillas del neofascismo en su menú diario, inmersos en temas de seguridad, en un racismo constante e insultante y en una normalización y blanqueamiento del odio como una opción democrática y legítima. Es más: la aparición de un personaje todavía más siniestro y desagradable que Marine, el fascista Éric Zemmour, sirvió para presentar a la hija de Jean Marie como moderada.

Le Pen ya ganó, insisto. Hace ahora tres años, recuerdo a Borrell denunciando que la migración era “el disolvente más grave de Europa”. Sí, el mismo Borrell que hoy se llena la boca de derechos humanos con los refugiados ucranianos, usaba las mismas palabras que la ultraderecha para referirse a las personas migrantes. Pero no es tan solo retórica su victoria. Las políticas de fronteras europeas de conservadores y socialdemócratas no tienen nada que envidiar a las que propone la extrema derecha. Lo contaba Luisa Izuzquiza en Público en una entrevista de José Bautista sobre la batalla legal de esta y otras activistas contra Frontex.

Macron fue también aplaudido por una parte de la izquierda cuando propuso una ley “contra el separatismo islamista”. El secuestro y la perversión del laicismo por parte de la extrema derecha ha sido aceptado por una parte de la sociedad que confunde la neutralidad del Estado con la intolerancia religiosa. Un laicismo que, en la práctica, solo suspende derechos a una parte de la población: la más estigmatizada, perseguida y marginada. El enemigo interno que para una parte de Europa son las personas musulmanas como durante siglos fueron los judíos, como advierten numerosos estudiosos de la extrema derecha como Enzo Traverso, Robert O. Paxton y todo aquél que recuerde cómo se articuló el antisemitismo durante siglos, y más recientemente con el nazismo.

Esa ley ilustrada que supuestamente ponía coto a la supuesta “islamización” de los barrios pobres franceses, ha servido recientemente para intentar ilegalizar a un grupo antifascista. Como pasa aquí con la legislación de delitos de odio, que se ha convertido en un arma de doble filo que persigue también a quienes combaten el odio. Y siguiendo con la perversión de las leyes y sus retóricas, no hay que olvidar que la campaña por el boicot, las sanciones y las desinversiones de Israel en protesta por su política de apartheid y sus constantes violaciones de la legalidad internacional, ha sido perseguida y acusada de ser antisemita, igual que otros colectivos antirracistas, propalestinos y de derechos humanos. Todo en nombre de la liberté, la fraternité y todo eso, ya saben.

El proyecto neoliberal de Europa necesita a más Le Pen, Zemmour, Abascal, Orban y sus semejantes. Su espantajo funciona y presenta el orden capitalista como un mal menor ante un fascismo que, en la práctica, no es más que su principal valedor y garante. Y esta no gana cada vez más solo porque la izquierda falle algunas veces, sino porque al establishment le viene de perlas y se dedica a promocionarla y a blanquearla comprando su mercancía. Por eso, cuando los tres líderes socialdemócratas que firmaron la citada carta alertaban sobre su peligro, metieron con calzador una vez más a “los populistas” junto a la extrema derecha. Una manera de referirse a las izquierdas transformadoras sin mencionarlas, pero poniéndolas en el mismo plano que a las extremas derechas. Mientras Le Pen les viene bien para reivindicarse como garantes de la democracia frente a la amenaza ultraderechista, las izquierdas, que en Francia han estado a un paso de llegar a la segunda vuelta, son la única alternativa real, social y popular al binomio fascismo-neoliberalismo que tan bien les está funcionando para conservar los privilegios de los de siempre.

Columna semanal de Miquel Ramos en Público, 25 de abril de 2022

Miquel Ramos: “El mayor pecado de la izquierda es creer que la extrema derecha es tonta o iletrada”

Entrevista al periodista especializado en extrema derecha y autor de ‘Antifascistas’. Por Marina Velasco para el Hufftington Post. 16/04/2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) no había cumplido aún 14 años cuando su profesor entró un día a clase y les contó que un grupo de neonazis había matado a Guillem Agulló, de 18 años, en presencia de una exalumna del colegio. 

Miquel conocía a Guillem de vista, tenían amigos en común, y algo hizo clic en él aquel día. El joven empezó a recopilar recortes de periódico sobre el caso, para después ir ampliando su búsqueda a cualquier agresión perpetrada por la extrema derecha, y fueron muchas. Lo que comenzó siendo una incisiva curiosidad se convirtió, con los años, en un periodismo comprometido y en una labor de investigación y divulgación sobre los movimientos de extrema derecha y de odio.

Ahora Miquel Ramos publica Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing), un prolijo ensayo donde da cuenta de la ofensiva fascista en España durante las últimas décadas y, sobre todo, de la contraofensiva que se llevó –se lleva– a cabo desde el antifascismo. 

Explica Miquel Ramos en su entrevista con El HuffPost que “el antifascismo no es una manifestación de personas encapuchadas”, sino un compromiso de lucha contra “las extremas derechas” desde “diferentes frentes y diferentes maneras”. Esa llamada es la que quiere hacer con su libro.

El periodista reconoce que la extrema derecha ha cambiado mucho en estos últimos años, ya no sólo por gozar de representación parlamentaria en la actualidad, sino por haber “revertido lo que considerábamos el consenso mínimo democrático”. “Es la infección del sentido común, lo que llaman la batalla cultural, que básicamente consiste en cuestionar los derechos de determinados colectivos: mujeres, comunidad LGTBI, migrantes”, señala. Esto se puede combatir desde diferentes lados. Pero, sobre todo, aquí las instituciones tienen un papel, sostiene Ramos: “Deben dejar de considerar como opiniones respetables aquellas propuestas que van encaminadas a socavar derechos, porque no son una opción democrática más”.

Miquel Ramos defiende, además, que “deben hacerse políticas valientes que frenen ese caldo de cultivo social que hace posible el éxito de las propuestas de extrema derecha, como son la situación de precariedad o los desahucios”. “Estos son temas de los que la extrema derecha no va a hablar”, apunta el periodista. “Utilizan la pantalla de la batalla cultural para esconder que son partidos dentro del sistema, que son neoliberales y que no piensan tocar un solo privilegio de las élites”, asegura.

Esa “infección del sentido común” que comentas ya la han logrado, de algún modo. Personas que hace unos años no se decían de extrema derecha, o ni siquiera de derechas, hoy repiten los mismos mantras que ellos.

Sin ninguna duda. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha, más allá del número de diputados que tengan. El verdadero éxito es que hoy sean considerados aceptables determinados discursos racistas, machistas, homófobos y revisionistas, incluso negando las atrocidades del franquismo y apelando a instintos muy primarios, que es una de las bases del fascismo. Evidentemente, no estamos en los años 30, pero hay una tradición ideológica que viene de ahí. Es la idea adaptada al contexto. 

Comentas en una entrevista que la mayoría de los votantes de Vox probablemente ni siquiera sean de extrema derecha. ¿La izquierda ha cometido de algún modo el error de meter a todos en el mismo saco? 

No se puede eximir al votante de extrema derecha de su responsabilidad en haber normalizado una opción de extrema derecha. Creo que hoy la gente tiene la suficiente información como para saber lo que representa y lo que es la extrema derecha. Otra cosa es que se busquen excusas para no encajar que se está votando lo que se está votando.

Otra cosa es que ese votante haya estado motivado por la apelación que hace la extrema derecha a diversas identidades. Si no, no se explicaría que alguien de clase trabajadora vote a un partido extremadamente neoliberal que va en contra de sus intereses de clase. ¿Por qué un obrero vota a la extrema derecha? Porque se le apela a otra identidad, de hombre, blanco, heterosexual, español. Esas teclas que toca la extrema derecha son las que provocan que mucha gente se sienta interpelada más allá de sus intereses de clase, por decirlo así.

Creo que el mayor pecado de la izquierda no es responsabilizar a los votantes de extrema derecha, porque obviamente tienen responsabilidad, sino considerar que la extrema derecha es tonta o iletrada. Todo lo contrario: la extrema derecha es muy inteligente, esto lo lleva preparando desde hace muchos años y sabe perfectamente lo que hace. Está muy bien instruida, tiene unos pilares ideológicos muy claros y una retórica muy elaborada. Por eso convencen a tanta gente; porque no son ignorantes, no son cuatro cuñaos. 

Entonces, ¿es “la extrema derecha que viste de ejecutivo” a la que deberíamos temer, como decía hace unos años un relator del Parlamento Europeo al que citas en tu libro? 

Efectivamente. La caricatura de la extrema derecha ha sido un lastre que hemos arrastrado durante muchos años. En España se tenía la idea, por una parte, del franquista nostálgico y, por otra parte, de los skinheads. Pero existía una extrema derecha mucho más allá, que se vestía de ejecutivo, que estaba en las universidades y que estaba tomando notas y preparando el terreno. En Europa ya había pasado eso; en España empieza a pasar hace una década más o menos. España sigue la estela de otros países donde la extrema derecha ha entendido que desfilar con emblemas de las SS o escudos franquistas ya no vende mucho, no es buen marketing. Lo que hacen es renovar su discurso para intentar meterse en la democracia y, desde ahí, cuestionar los fundamentos de la propia democracia, que son los derechos humanos.

El año pasado, Alemania –con Merkel aún al frente– señaló a la ultraderecha como principal amenaza para la seguridad del país. ¿En qué punto estaría España, si nos comparamos con el caso alemán? 

Las cifras sobre la violencia y el terrorismo de la extrema derecha en varios países hablan por sí solas. Las agencias de investigación de países como Reino Unido, Estados Unidos o Alemania llevan años alertando de que el terrorismo de extrema derecha está superando en actividad y en víctimas a otro tipo de violencia interna, incluido el terrorismo yihadista. Es obvio que los expertos en estas materias alerten sobre el peligro de estos grupos. 

En el libro cuento cómo han sido las operaciones policiales más importantes que ha habido en España contra grupos nazis. Que el lector interprete cómo se han resuelto. Hay casos que son absolutamente escandalosos. Estos días están juzgando a un señor francotirador que quería asesinar al presidente del Gobierno [condenado el pasado martes a siete años y medio de prisión], el ministro del Interior y el anterior vicepresidente del Gobierno recibieron sobres con balas, el vicepresidente tuvo a una horda de fascistas a las puertas de su casa durante meses acosando a su familia, se han desarticulado bandas nazis con armas. Claro que hay grupos de nazis activos y con intención de ejercer violencia. Por suerte, se están desactivando, pero luego, cuando llegan a juicio, o incluso a nivel mediático, no se les da la importancia que tienen. Hasta que un día tengamos un susto, y entonces nos preguntaremos qué hemos hecho mal. Alumnos llevamos mucho tiempo diciendo que están ahí, que están preparados y que cualquier día puede pasar una desgracia.

¿España tiene un problema con la penetración de la extrema derecha en sus órganos, y ya no hablo del Congreso, sino de la policía, los jueces, etcétera?

Siempre lo ha tenido, en el libro doy cuenta, desde las bandas parapoliciales y el terrirosmo de Estado de principios de los 80 y 90 hasta la tranquilidad con la que ahora mucha gente de estas instituciones exhibe sin ningún pudor sus simpatías por ideologías antidemocráticas, como hemos visto en los chats de los militares, policías desayunando en bares plagados de simbología fascista, militares reivindicando la figura de Franco… Y no existe ninguna sanción. No hay ningún tipo de interés por parte del poder político, mande quien mande, en atajar esto.

Hoy [6 de abril], en Alemania, se ha desmantelado un grupo neonazi y hay un suboficial de las fuerzas armadas detenido. Claro que existen elementos reaccionarios dentro de estos cuerpos. El problema es que existe una absoluta impunidad para estas personas y existe un enorme temor, por parte de los demócratas dentro de estos cuerpos, a denunciarlo. Los que se esconden son quienes denuncian esto, no los que hacen apología. Evidentemente, tenemos un problema.

Con el caso de la guerra de Ucrania y la figura de Vladimir Putin hemos visto cómo la extrema derecha acomoda sin pudor su discurso según las circunstancias y, por lo que cuentas, es un patrón habitual. ¿A sus votantes esto les chirría, o les vale todo? 

Para la extrema derecha vale todo. Pueden decir hoy blanco y mañana negro, pero no pasa nada, porque basan gran parte de su estrategia en la confusión y en la mentira. Y esto tampoco se sanciona luego. ¿Cuántos bulos ha lanzado la extrema derecha que han sido desmentidos y se han seguido repitiendo? Lo hace gente que incluso sabe que es mentira, pero como refuerzan un marco que les interesa, lo repiten hasta la saciedad. Aquí ya no es sólo la extrema derecha: son los medios de comunicación, determinados políticos que también compran esos marcos, etcétera. Recuerdo hace unos años a Pablo Casado diciendo que los inmigrantes se debían adaptar a las costumbres españolas. Escucha, los inmigrantes se deben adaptar a las leyes; en ningún sitio está puesto que deban comer paella los domingos. Los inmigrantes deben cumplir la ley; si luego quieren comer cuscús o ir a la mezquita en vez de a la iglesia, es su decisión.

Hace unos años firmabas con seudónimo. Ahora no. ¿Qué ha cambiado? 

Varias cosas. Ha sido una decisión personal de dar la cara. Por el ambiente hostil que vivía en mi ciudad, Valencia, he sido objeto de amenazas, de señalamientos, y creo que una manera de protegerme también es dando la cara. No soy el único periodista que ha escrito sobre estos temas. Pero muchos de nosotros nos sentimos desamparados, absolutamente. A veces incluso sentimos falta de complicidad entre personas del propio gremio. Creen que porque informamos sobre estos temas dejamos de ser periodistas y pasamos a ser activistas, de una manera despectiva. No es fácil informar sobre estos temas. Quienes tomamos la decisión de poner la cara también lo hacemos por compromiso con la gente anónima, que en muchos casos está poniendo el cuerpo, se la está jugando. 

¿El ambiente sigue siendo igual de hostil?

Sigue igual. Las amenazas las recibí hace años y las sigo recibiendo ahora. Lo único es que aprendes a gestionar esas situaciones o ese miedo. Sería una victoria para ellos que nos echáramos para atrás.