Fer front a l’extrema dreta. Estratègies d’acció de la societat civil

Informe realitzat per Marcia Tiburi, David Bou i Miquel Ramos sobre l’extrema dreta i l’antifeixisme. Un treball per a l’escola Guillem Agulló d’ Òmnium Cultural. Es pot descarregar gratuïtament ACÍ

Un alcalde del PP resta importancia a que un concejal exhiba un águila franquista en su perfil de WhatsApp

“Es de carácter privado”, respondió el alcalde de Zarzalejo al anterior regidor y a una vecina, que enviaron quejas advirtiendo de los hechos.

Miquel Ramos – La Marea – 24 de noviembre 2022

El concejal del Ayuntamiento de Zarzalejo (Madrid) Manuel de Dompablo Cortés (PP) muestra en su perfil de WhatsApp una fotografía suya luciendo un delantal con el águila de San Juan, símbolo de la dictadura franquista. «Es de carácter privado», fue la respuesta que el alcalde de la localidad, Rafael Herranz, envió a principios de noviembre al anterior regidor y actual miembro de la oposición, Martín Rodrigo González (Ahora Zarzalejo), quien planteó la queja a través de dos instancias, una en agosto y otra en octubre. Es la misma respuesta que ha recibido también otra vecina del pueblo, que presentó otro escrito de queja en agosto, en el que solicitaba lo siguiente: «Ante la sensibilidad de vecinos de este pueblo y en su nombre se le inste a quitarla».

Rodrigo quiso contactar el pasado verano con Manuel de Dompablo Cortés, concejal de infraestructuras, limpieza, servicios jurídicos y servicios generales, para transmitirle un asunto sobre la piscina municipal. Al buscar su teléfono, se percató de la imagen que el edil estaba usando. «Cualquier interacción a través de este canal de mensajería instantánea, sea con la vecindad o proveedores o distintas personas vinculadas a la gestión de nuestro Ayuntamiento, deben sufrir el malestar que pudiera generar esta exaltación de un símbolo de una dictadura contraria a nuestro actual Estado de Derecho«, manifestó Rodrigo González. «[Estos símbolos] son contrarios a la Constitución española, ofenden a las víctimas de esta dictadura y plantean una contradicción grave entre la jura que este cargo electo ha hecho de dicha Constitución y la exaltación de un símbolo autoritario y antidemocrático», argumentó. 

Según la consideración del alcalde, por el contrario, este hecho no incurre en infracción u acto punitivo alguno: «Lo que un miembro de esta Corporación pueda exhibir en SU PERFIL de WhatsApp y en su teléfono personal es de carácter estrictamente privado, por lo que, en aplicación del art. 35.6 de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática, no incurre en infracción u acto punitivo alguno«, expresa en las cartas remitidas a Rodrigo González y a la otra vecina del pueblo. «Ni desde esta Alcaldía ni desde esta Entidad Local que presido se considera que se debe realizar actuación alguna que suponga la intervención en el ámbito personal y privado de ninguno de los miembros de esta Corporación», añade.

Tras varios intentos para contactar con el concejal y el alcalde, mediante correos electrónicos remitidos al Ayuntamiento de Zarzalejo y al Partido Popular de Madrid, este medio no ha obtenido respuesta hasta el momento de la publicación de este artículo. Tampoco ha respondido, tras varios intentos por diversos canales, la Secretaría de Estado de Memoria Democrática para valorar el hecho.

La prenda con la simbología franquista que lucía el edil se encuentra a la venta en varias tiendas en línea de parafernalia nazi y fascista, todavía hoy legal en España. 

Zoom | 20N: Què queda del franquisme?

En ZOOM ens fem una pregunta a 20 de novembre del 2022. Què queda del franquisme en la nostra societat? Una part important del propòsit de la llei de memòria democràtica és erradicar els símbols franquistes repartits per tot l’estat. Quants en tenim al País Valencià?

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Ayuso como excusa

El pasado domingo, cientos de miles de personas se manifestaron en Madrid para defender la sanidad pública y denunciar la mala gestión del Gobierno de Ayuso. Ha sido inútil el esfuerzo de la derecha por tapar el fracaso de su modelo de gestión de los servicios públicos así como el de ocultar el éxito de la protesta. Por mucho que sus voceros y compinches se esfuercen en minimizarlo y en criminalizarlo, tanto las imágenes de la multitudinaria protesta como las razones de la misma, sitúan a la derecha en un terreno difícil, haciendo malabares discursivos para salir al paso, insultando a los manifestantes e incluso difundiendo bulos sin ningún tipo de vergüenza. Sacando el comodín de ETA, llamando ‘pancarteros’ a los manifestantes, y tratando de memos a sus seguidores diciendo que quien defiende la sanidad pública está en realidad conspirando para instalar una república federal laica en España.

El telón de acero que la presidenta construyó para mantener a raya el comunismo que se cernía sobre el resto de España durante y después de la pandemia, y que le sirvió para ganar las últimas elecciones, tiene ya varias grietas que a la derecha le está costando tapar. La estrategia consistía en tratar de situar a toda su oposición en el comunismo, agitando el viejo fantasma y oponiéndolo a la supuesta libertad que ofrecen ella y sus socios. Sin embargo, el plan no funciona tanto cuando quien es usuario de la sanidad pública, aunque la haya votado, entiende perfectamente la reivindicación de la manifestación, e incluso estaba allí, al ver que le resulta imposible ser atendida por un médico cuando lo necesita.

Situar en el comunismo la defensa de los servicios públicos es un error de cálculo de la derecha, que regala a la izquierda una de las banderas más preciadas de las democracias liberales. Partiendo de la esquizofrenia manifiesta de la derecha, que, por una parte, reivindica la buena salud y la mejor gestión de los servicios públicos, pero por otra, acusa a quien pide no solo defenderla sino mejorarla, destapa la trampa. Pintar cualquier medida socialdemócrata de comunista, por mucho que en la cabeza de los neocons sea un plan perfecto, puede tener un efecto bumerán que normalice todavía más el comunismo que pretenden estigmatizar.

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La batalla cultural que la derecha lleva años librando contra el sentido común progresista no es infalible. Estos contrapiés de la derecha, hoy respecto a la sanidad pública, pero mañana sobre cualquier otro asunto de interés público, son los puntos débiles de toda la carcasa neoliberal que luego, encima, se arroga el patrimonio de la buena gestión de la cosa pública. Ayuda, además, a presentar a la izquierda, con todas sus diferencias, contradicciones y miserias, como la única garante de los servicios públicos, los que usa la gran mayoría de la ciudadanía, vote a quien vote.

Pero sería un error también leer esta batalla tan solo en términos electorales. La movilización por la sanidad pública no fue obra, como dice la derecha, de un complot de las izquierdas institucionales, de los partidos, sino que surgió de los propios profesionales y movimientos sociales que llevan años peleando por los servicios públicos. Estas plataformas deben pelear para no ser patrimonializadas por nadie, por mucho que se arrimen los políticos para salir en la foto, y por mucho que se estimule en estas movilizaciones la vía electoral para echar a los malos gestores. Nadie nos asegura que, una vez esté fuera Ayuso, los servicios públicos se vuelvan eficientes, aumenten su calidad y se vuelvan universales. Ni que la sanidad ni el resto de servicios públicos y derechos humanos estén garantizados allá donde no gobierna la derecha.

Esta semana hemos visto cómo la Policía entraba a golpe de maza para desahuciar a una familia con menores y enfermos de cáncer en el barrio madrileño de Tetuán, y esto no es competencia de Ayuso precisamente. También hemos visto cómo, con la propuesta de derogación del delito de sedición, se incluye todavía más pena al delito de desórdenes públicos con algunos añadidos que dejan a los pies de los caballos a numerosos movimientos sociales y actos de protesta pacífica a merced demasiadas veces de las versiones policiales. Tampoco es cosa de Ayuso la masacre de Melilla que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, trata de esquivar ante la avalancha de evidencias y la investigación del Defensor del Pueblo. Y así podríamos enumerar infinidad de asuntos del actual Gobierno, que nos señala el caos sanitario en Madrid pero esquiva cínicamente sus propias miserias que afectan también a nuestros derechos y libertades.

Quizás la sanidad sea un punto de partida para volver a ver las calles llenas por múltiples reivindicaciones, no solo contra Ayuso por su gestión de la sanidad en Madrid, sino también en otras partes del Estado donde los servicios fallan y los derechos se ven mermados, gobierne quien gobierne. Reducir la responsabilidad de la pauperización de los servicios públicos, los mangoneos y el autoritarismo a las políticas del PP y sus socios es lo que quieren los partidos de la oposición en Madrid, pero no sirve para el conjunto del Estado, donde gobiernan otras formaciones y estos y otros problemas se repiten. Porque el problema es el modelo neoliberal que durante años se han empeñado en apuntalar unos y otros gobiernos.

Salvar lo que queda de los servicios públicos, tan vitales para unos y tan suculentos para el negocio de otros, es hoy tildado de comunismo, algo que ni lo es ni pretende serlo, por mucho que se empeñe la derecha. Usan la excusa de Ayuso para retomar el poder y hacer un poco menos daño que ella, pero sin tocar demasiado el marco, sin cambiar las reglas del juego. Porque por mucho que nos traten de convencer con el caos de la gestión sanitaria madrileña para atizar otro fantasma, el de la derecha y la extrema derecha, más les vale aplicar todas aquellas medidas que garantizaran de verdad una vida digna más allá de la cita con el médico, ahora que todavía gobiernan y todavía pueden. No teman que los llamen comunistas. Prediquen con el ejemplo.

Columna de opinión en Público, 16 de noviembre 2022

Los que no llevan brazalete 

Galeazzo Bignami posa sonriente con un brazalete con una esvástica. Es una fiesta, hace unos años, en la que este político italiano se ‘disfrazó’ de nazi. La foto se filtró en 2016 y causó cierto revuelo. Entonces, el político, que hoy tiene 47 años y nunca escondió su ideología ultraderechista, llevaba tiempo bien encajado en el partido de Berlusconi, Forza Italia. Ahora ha vuelto a primera línea de la política con el gobierno recién estrenado de la posfascista Giorgia Meloni, de la mano de su ministro de Insfraestructuras, el ya tristemente conocido y también posfascista Matteo Salvini. Era una broma, dice Bignami, que en 2019 publicaba en Facebook varios vídeos en los que aparecía llamando a las casas de personas con apellido extranjero en viviendas de protección oficial de Bolonia para decirles que no tenían derecho a estar allí.

Como hacen gran parte de los nazis y los fascistas cuando los pones frente al espejo, frente a la opinión pública, lo niegan todo. Traicionan a su propia madre si hace falta: esa esvástica no es lo que parece. Todo es una broma. Yo no soy nazi ni fascista. Estaba pidiendo un taxi. Lo hemos visto mil veces. Lo que en la intimidad es un honor, un gesto de canallita políticamente incorrecto, golpes en el pecho y sonrisa malvada, de cara a la galería, o ante un juez, es una jodida vergüenza. Al menos por ahora. Por eso salen inmediatamente a negarlo todo e incluso a pedir disculpas. No son fascistas. Somos nosotros que vemos nazis por todas partes. 

Da igual lo que diga el pavo este ahora. El contexto de la foto y las excusas de mal pagador que esgrima. Esa esvástica, al igual que los múltiples tonteos y similitudes nazis y fascistas de una buena parte de la nueva derecha posfascista que se ha instalado en Europa son lo de menos, aunque llame la atención y nos recuerde de vez en cuando quiénes son en realidad quienes se esconden tras la ‘incorrección política’ y la supuesta regeneración. Ahora bien, los más peligrosos son otros, los que no llevan brazalete, los que son capaces de condenar públicamente el nazismo y el fascismo y luego hablar y actuar como ellos. O poniéndoles un cargo. O aplicando sus recetas tras comprar sus agendas y pensando que lo que piden no es tan descabellado. O que da votos. O que divide a la derecha, y ya nos va bien. O no haciendo políticas valientes para solucionar los problemas de la gente para que luego lleguen ellos a presentarse como salvapatrias. O que cuanto peor, mejor. Sin todos estos personajes, los nuevos fascistas no estarían donde están. 

Necesitamos ver este tipo de deslices, los brazaletes, las pezuñas en alto, para recordar de vez en cuando a quienes tenemos al frente de varias instituciones en Europa. Ni siquiera las loanzas de la propia Meloni al fascismo años atrás, cuando formaba parte del Movimiento Sociale Italiano (MSI) heredero de Mussolini, han servido como vacuna para que Italia no la votara y le entregara el mando del país.

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El antifascismo que se suponía inherente a la democracia italiana resiste fuera del Estado. Esta semana pasada, varios estudiantes resultaron heridos por la policía cuando protestaron ante una conferencia de un miembro del gobierno de Meloni en la universidad romana de la Sapienza. Policías en el campus universitario a porrazos contra los estudiantes, como en los viejos tiempos, y como siempre, protegiendo a los fascistas. Dos días más tarde, miles de estudiantes ocupaban la universidad en respuesta a la actuación policial, al grito de ‘¡Todos somos antifascistas!’. Justo esta semana, cuando se cumple el centenario de la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini, el dictador fascista, el aliado de Hitler, el padre ideológico del MSI donde creció políticamente Giorgia Meloni. 

Roma y otras ciudades de Italia han recordado y homenajeado al dictador estos últimos días. En Predappio, donde está enterrado, cientos de antifascistas desfilaron días atrás para reafirmar su compromiso y desafiar las marchas fascistas previstas. El antifascismo en Italia sigue vivo, sí, a pesar de no ser noticia, y de que las elecciones las haya ganado una fascista. Y de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen la felicitase amigable y públicamente en Twitter, deseando trabajar juntas por Europa. Y así fue, que Meloni reiteró su compromiso con la muerte, con el bloqueo a los barcos de rescate del Mediterráneo, esos que salvan vidas y muestran las criminales políticas de fronteras europeas, donde indigna más la salsa de tomate sobre el cristal de un cuadro que los miles de cadáveres que siembran nuestras aguas. Las mismas recetas que aplicamos aquí en nuestras fronteras, no lo olviden, como ha demostrado la BBC en una extensa investigación publicada ayer sobre la reciente masacre en Melilla ejecutada por las autoridades españolas y marroquíes, y que costó decenas de vidas. Aquel asunto ‘bien resuelto’, como afirmó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Nos invitan a abandonar la memoria histórica para afrontar el futuro, para no reabrir heridas, para no usar la palabra ‘fascista’ en vano. Mientras, ellos escupen sobre las víctimas del fascismo y del nazismo, como Pablo Casado tildando de ‘batallitas del abuelo’ la lucha por recuperar los cuerpos de los asesinados que yacen en cuentas. Y nos dicen que serán fascistas, pero que saben gobernar. O que la lucha, como entonces, se libra contra el comunismo, por la libertad. Que hay que elegir. Nos piden pasar página, cambiar de canción, mientras ellos insisten poniendo esa versión de mierda de nuestra historia, la de que se vivía bien y se hicieron cosas buenas. Y que ahora no hay racismo, que nunca lo hubo, que en los 90 veían El príncipe de Bel Air mientras los nazis mataban a Lucrecia y a Sonia, y que tienen un amigo negro, y otro gay, que no flipemos. Que lo suyo es sentido común, mirar al futuro, y nosotros estamos todo el día anclados en el pasado, censurando y cancelando a todo dios. 

La periodista catalana Alba Sidera, residente en Roma, lleva años alertando sobre lo que iba a pasar en Italia. El brazalete de Bignami, nos recuerda, es tan solo una anécdota más. La punta del iceberg. “Después del blanqueamiento que le ha permitido ganar, asistiremos al blanqueamiento que le permitirá gobernar”, nos recordaba en un artículo reciente en el que desgranaba algunas de las muestras de fascismo que acompañan a este nuevo gobierno. Meloni no ha tardado en cuadrarse ante Europa, de despejar cualquier duda sobre su compromiso con las políticas neoliberales y con la OTAN. No es tan mala como la pintan, no se preocupen. Además, es mujer. Como Thatcher. Como Condoleezza Rice. Casi ni notaran la diferencia. 

No estamos tan lejos de Italia, por mucho que ellos colgaran al fascista boca abajo hace ochenta años y nosotros lo arropáramos en su cama, le diéramos un besito de buenas noches y aceptáramos su legado con una pistola sobre la mesa y ruido de sables de fondo, hace más de cuarenta años. La nueva Ley de Memoria Democrática llegada con enorme retraso y aprobada recientemente tratará de lavar un poco la imagen de nuestra historia, como si saldase cuentas, como si pintar la fachada escondiera el síndrome de Diógenes fascista que alberga el edificio por dentro. Está por ver cómo se implementará, pero permítanme que sea escéptico. O que crea que el problema va mucho más allá de las águilas de San Juan que todavía adornan algunas fachadas. 

El problema es que sus agendas se han normalizado ya de tal manera que necesitamos ese brazalete para identificarlos. Y a veces ni con eso es suficiente. Que las políticas de fronteras, las guerras en las que participamos y las políticas económicas neoliberales llevan años abonando el terreno para que de esas boñigas crezcan estos fascistas. Y cuando se hicieron mayores, entraron de nuevo por la puerta grande, con confeti y purpurina, con golpecitos en la espalda de los demócratas, que saben que este chico malo, este ‘políticamente incorrecto’, una vez toque poder, no hará nada mucho más diferente de lo que ellos llevan años haciendo. Aunque no lleven brazaletes con esvásticas.