Fer front a l’extrema dreta. Estratègies d’acció de la societat civil

Informe realitzat per Marcia Tiburi, David Bou i Miquel Ramos sobre l’extrema dreta i l’antifeixisme. Un treball per a l’escola Guillem Agulló d’ Òmnium Cultural. Es pot descarregar gratuïtament ACÍ

Nos mean y dicen que llueve

Cuando el tiempo nos da la razón, quizás sea ya demasiado tarde. Es por eso por lo que tardan tanto en reconocer la verdad quienes la podrían haber reconocido antes, pero no lo hicieron para quedar impunes y esperar que su relato se instalase en las páginas de la historia oficial. Es lo que hemos visto con el rey emérito cuando han salido periodistas cortesanos a admitir que mintieron y ocultaron información para salvaguardar la institución, e incluso, según ellos, también la democracia. Sabían que el Rey hacía negocios sucios, que la liaba parda allá donde iba y que todo el mundo lo sabía, pero nadie lo contaba, excepto los cuatro rojos a quienes nadie creía. Todos callaron a voluntad o fueron amenazados para hacerlo. Trajo petróleo, hizo ricos a varios empresarios y ayudó a lo que ellos entienden que es el país, es decir, ellos mismos. Hoy lo reconocen. Y no pasa nada. Ellos eran y son los verdaderos demócratas.

Algo parecido a lo que nos regaló el exministro del Interior y responsable del terrorismo de Estado de los GAL, José Barrionuevo, con absoluta tranquilidad, en una entrevista reciente. Y es lo que volverá a pasar con la basura actual que muchos denuncian, incluso con pruebas, y otros lo niegan hasta con la evidencia en su cara. Que hasta dentro de unos años, cuando ya ni nos acordemos, y todos los responsables estén a salvo, salga a relucir la verdad. Como pasa cada vez que se desclasifican documentos y se descubre que alguien ya lo dijo pero se le trató de loco, de alborotador, de conspirador o de ácrata.

Pensar que la mentira y no asumir responsabilidades ni rendir cuentas forma parte del juego político es no creer en la democracia. Que un ministro del Interior se permita el lujo de negar lo que múltiples medios de comunicación llevan demostrando desde hace meses, en un asunto además tan feo como la muerte de decenas de personas demuestra que no debería ejercer tal cargo. Las muertes en la valla de Melilla han sido documentadas por varios medios como Público, y más recientemente por la BBC, donde se desmonta la versión oficial que el ministro se empeña en inyectar.

La garantía de impunidad permite este tipo de lujos. Se libró Juan Carlos I de sus fechorías porque tenía un buen ejército de plebeyos a su servicio, al mando del Estado, de la judicatura, de los servicios secretos y de los principales medios de comunicación que se encargaban de limpiarle el culo cada vez que se lo ensuciaba. Y se libró Barrionuevo con varios muertos sobre la mesa, algunos de estos hasta sin uñas de las torturas patrocinadas por su ministerio. Y se librará Marlaska una vez más por la muerte de varias personas en nuestra frontera, como se libró cuando no vio las torturas que denunciaron varios detenidos y él se negó a investigar. Solo con este recorrido garantizado, alguien estaría dispuesto a asumir el cargo y el marrón que este supone si algo se tuerce y no cuenta con el apoyo de quien le puso ahí. Eso sí, prescindiendo de toda dignidad y de toda vergüenza, por muchas medallas que tenga, por muchas palmaditas en la espalda que reciba de los suyos, y muchos cuadros que le pinten y cuelguen en el Congreso.

Ayer, la comisión de la Eurocámara que investiga el espionaje mediante Pegasus a varios líderes y activistas independentistas catalanes señaló al Gobierno español como responsable: “probablemente fue el primer cliente de la Unión Europea del grupo NSO”, dice el informe. La eurodiputada liberal holandesa que lo presentó se quejó de que el Gobierno español no da información al respecto. “Los Gobiernos deben ser controlados por los ciudadanos, no al revés”, añadió. Exige, como debería hacerlo cualquier demócrata, que los Gobiernos rindan cuentas ante la ciudadanía. No lo harán. Ni con esta trama donde hay implicados otros países como Marruecos e Israel contra nuestros conciudadanos e instituciones. Incluso habiéndoles pillado con las manos en la masa. Están acostumbrados a no hacerlo, pues no hay sanción ni reproche, gracias también a un aparato judicial cómplice que permite al Estado, a sus regímenes aliados y a sus funcionarios actuar como consideren oportuno. Y si finalmente no queda otra que condenarlos, como se condenó a Barrionuevo, no pasa nada, para algo está el indulto e iremos a abrazarte a las puertas del talego. Pero para qué jugársela ahora. Mejor admitirlo todo dentro de veinte o treinta años, sabiendo que todo está ya prescrito. Como Barrionuevo con los GAL. Como las fechorías del rey emérito.

Sale barato mentir, incluso cuando ostentas cargo público. Incluso cuando eres un medio de comunicación que recibe miles de euros de dinero público (en publicidad institucional) y cuentas con esa patina de respetabilidad como garante de la objetividad y del rigor. Incluso alguien de la catadura moral de Antonio Caño, exdirector de El País que anteayer nos intentaba dar una lección de periodismo afirmando que “el periodista es lo contrario del activista: este oficio no va de cambiar el mundo sino de contarlo”. Esto, tan solo tres meses después de publicar en su cuenta de Twitter que desde el periódico que dirigía intentaron evitar que Pedro Sánchez gobernase “con populistas y separatistas”. Los activistas somos los demás, claro que sí.

Luego nos sorprendemos cuando la derecha niega las atrocidades del franquismo y reduce el genocidio y la dictadura a una pelea entre abuelos. Es parte de esa mentalidad negacionista, irresponsable, que trata de súbditos y de imbéciles a sus ciudadanos. Se les puede engañar, contar milongas y joderles la vida, que cuando se descubra la verdad, o cuando quizás algún día se juzgue, ya será tarde o estarán a otras cosas. O mantendrán la mentira hasta su último aliento, pues no hay reproche más allá de la pataleta que podamos lanzar desde nuestras redes o nuestras tribunas. Vean las residencias de ancianos durante la pandemia. Vean los múltiples casos de corrupción prescritos. Vean los manifestantes condenados mediante la palabra de un policía como única prueba. Recuerden la cal viva con el sello del Ministerio del Interior.

Estos son solo algunos de los ejemplos recientes y sangrantes, pero podríamos llenar páginas enteras y escribir una historia por volúmenes de las retorcidas marañas de los poderes, públicos y privados, que someten a la ciudadanía a sus relatos convertidos en verdades oficiales y a sus designios poniendo o quitando Gobiernos y políticos, y machacando, juzgando y encarcelando a quien moleste mediante los grandes y pequeños lawfares que hagan falta. Es la ciudad de la euforia que describía Rodrigo Terrasa sobre la corrupción en València pero a escala estatal, y con mucha más casquería que el saqueo de las arcas públicas. Es el asalto y el saqueo constante a la democracia. Tapando las mentiras con cal viva. Como decía una pegatina de los grupos autónomos de los 90, nos mean encima y dicen que llueve.

Columna de opinión en Público, 8 de noviembre 2022

Los que no llevan brazalete 

Galeazzo Bignami posa sonriente con un brazalete con una esvástica. Es una fiesta, hace unos años, en la que este político italiano se ‘disfrazó’ de nazi. La foto se filtró en 2016 y causó cierto revuelo. Entonces, el político, que hoy tiene 47 años y nunca escondió su ideología ultraderechista, llevaba tiempo bien encajado en el partido de Berlusconi, Forza Italia. Ahora ha vuelto a primera línea de la política con el gobierno recién estrenado de la posfascista Giorgia Meloni, de la mano de su ministro de Insfraestructuras, el ya tristemente conocido y también posfascista Matteo Salvini. Era una broma, dice Bignami, que en 2019 publicaba en Facebook varios vídeos en los que aparecía llamando a las casas de personas con apellido extranjero en viviendas de protección oficial de Bolonia para decirles que no tenían derecho a estar allí.

Como hacen gran parte de los nazis y los fascistas cuando los pones frente al espejo, frente a la opinión pública, lo niegan todo. Traicionan a su propia madre si hace falta: esa esvástica no es lo que parece. Todo es una broma. Yo no soy nazi ni fascista. Estaba pidiendo un taxi. Lo hemos visto mil veces. Lo que en la intimidad es un honor, un gesto de canallita políticamente incorrecto, golpes en el pecho y sonrisa malvada, de cara a la galería, o ante un juez, es una jodida vergüenza. Al menos por ahora. Por eso salen inmediatamente a negarlo todo e incluso a pedir disculpas. No son fascistas. Somos nosotros que vemos nazis por todas partes. 

Da igual lo que diga el pavo este ahora. El contexto de la foto y las excusas de mal pagador que esgrima. Esa esvástica, al igual que los múltiples tonteos y similitudes nazis y fascistas de una buena parte de la nueva derecha posfascista que se ha instalado en Europa son lo de menos, aunque llame la atención y nos recuerde de vez en cuando quiénes son en realidad quienes se esconden tras la ‘incorrección política’ y la supuesta regeneración. Ahora bien, los más peligrosos son otros, los que no llevan brazalete, los que son capaces de condenar públicamente el nazismo y el fascismo y luego hablar y actuar como ellos. O poniéndoles un cargo. O aplicando sus recetas tras comprar sus agendas y pensando que lo que piden no es tan descabellado. O que da votos. O que divide a la derecha, y ya nos va bien. O no haciendo políticas valientes para solucionar los problemas de la gente para que luego lleguen ellos a presentarse como salvapatrias. O que cuanto peor, mejor. Sin todos estos personajes, los nuevos fascistas no estarían donde están. 

Necesitamos ver este tipo de deslices, los brazaletes, las pezuñas en alto, para recordar de vez en cuando a quienes tenemos al frente de varias instituciones en Europa. Ni siquiera las loanzas de la propia Meloni al fascismo años atrás, cuando formaba parte del Movimiento Sociale Italiano (MSI) heredero de Mussolini, han servido como vacuna para que Italia no la votara y le entregara el mando del país.

Thank you for watching

El antifascismo que se suponía inherente a la democracia italiana resiste fuera del Estado. Esta semana pasada, varios estudiantes resultaron heridos por la policía cuando protestaron ante una conferencia de un miembro del gobierno de Meloni en la universidad romana de la Sapienza. Policías en el campus universitario a porrazos contra los estudiantes, como en los viejos tiempos, y como siempre, protegiendo a los fascistas. Dos días más tarde, miles de estudiantes ocupaban la universidad en respuesta a la actuación policial, al grito de ‘¡Todos somos antifascistas!’. Justo esta semana, cuando se cumple el centenario de la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini, el dictador fascista, el aliado de Hitler, el padre ideológico del MSI donde creció políticamente Giorgia Meloni. 

Roma y otras ciudades de Italia han recordado y homenajeado al dictador estos últimos días. En Predappio, donde está enterrado, cientos de antifascistas desfilaron días atrás para reafirmar su compromiso y desafiar las marchas fascistas previstas. El antifascismo en Italia sigue vivo, sí, a pesar de no ser noticia, y de que las elecciones las haya ganado una fascista. Y de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen la felicitase amigable y públicamente en Twitter, deseando trabajar juntas por Europa. Y así fue, que Meloni reiteró su compromiso con la muerte, con el bloqueo a los barcos de rescate del Mediterráneo, esos que salvan vidas y muestran las criminales políticas de fronteras europeas, donde indigna más la salsa de tomate sobre el cristal de un cuadro que los miles de cadáveres que siembran nuestras aguas. Las mismas recetas que aplicamos aquí en nuestras fronteras, no lo olviden, como ha demostrado la BBC en una extensa investigación publicada ayer sobre la reciente masacre en Melilla ejecutada por las autoridades españolas y marroquíes, y que costó decenas de vidas. Aquel asunto ‘bien resuelto’, como afirmó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Nos invitan a abandonar la memoria histórica para afrontar el futuro, para no reabrir heridas, para no usar la palabra ‘fascista’ en vano. Mientras, ellos escupen sobre las víctimas del fascismo y del nazismo, como Pablo Casado tildando de ‘batallitas del abuelo’ la lucha por recuperar los cuerpos de los asesinados que yacen en cuentas. Y nos dicen que serán fascistas, pero que saben gobernar. O que la lucha, como entonces, se libra contra el comunismo, por la libertad. Que hay que elegir. Nos piden pasar página, cambiar de canción, mientras ellos insisten poniendo esa versión de mierda de nuestra historia, la de que se vivía bien y se hicieron cosas buenas. Y que ahora no hay racismo, que nunca lo hubo, que en los 90 veían El príncipe de Bel Air mientras los nazis mataban a Lucrecia y a Sonia, y que tienen un amigo negro, y otro gay, que no flipemos. Que lo suyo es sentido común, mirar al futuro, y nosotros estamos todo el día anclados en el pasado, censurando y cancelando a todo dios. 

La periodista catalana Alba Sidera, residente en Roma, lleva años alertando sobre lo que iba a pasar en Italia. El brazalete de Bignami, nos recuerda, es tan solo una anécdota más. La punta del iceberg. “Después del blanqueamiento que le ha permitido ganar, asistiremos al blanqueamiento que le permitirá gobernar”, nos recordaba en un artículo reciente en el que desgranaba algunas de las muestras de fascismo que acompañan a este nuevo gobierno. Meloni no ha tardado en cuadrarse ante Europa, de despejar cualquier duda sobre su compromiso con las políticas neoliberales y con la OTAN. No es tan mala como la pintan, no se preocupen. Además, es mujer. Como Thatcher. Como Condoleezza Rice. Casi ni notaran la diferencia. 

No estamos tan lejos de Italia, por mucho que ellos colgaran al fascista boca abajo hace ochenta años y nosotros lo arropáramos en su cama, le diéramos un besito de buenas noches y aceptáramos su legado con una pistola sobre la mesa y ruido de sables de fondo, hace más de cuarenta años. La nueva Ley de Memoria Democrática llegada con enorme retraso y aprobada recientemente tratará de lavar un poco la imagen de nuestra historia, como si saldase cuentas, como si pintar la fachada escondiera el síndrome de Diógenes fascista que alberga el edificio por dentro. Está por ver cómo se implementará, pero permítanme que sea escéptico. O que crea que el problema va mucho más allá de las águilas de San Juan que todavía adornan algunas fachadas. 

El problema es que sus agendas se han normalizado ya de tal manera que necesitamos ese brazalete para identificarlos. Y a veces ni con eso es suficiente. Que las políticas de fronteras, las guerras en las que participamos y las políticas económicas neoliberales llevan años abonando el terreno para que de esas boñigas crezcan estos fascistas. Y cuando se hicieron mayores, entraron de nuevo por la puerta grande, con confeti y purpurina, con golpecitos en la espalda de los demócratas, que saben que este chico malo, este ‘políticamente incorrecto’, una vez toque poder, no hará nada mucho más diferente de lo que ellos llevan años haciendo. Aunque no lleven brazaletes con esvásticas. 

Aporta o aparta

Una gran manifestación llenó las calles de París este pasado fin de semana para protestar por la inflación y por las medidas económicas del Gobierno de Macron. Convocados por la Francia Insumisa de Melenchón y otras fuerzas de izquierda, cerca de 140.000 manifestantes reclamaron, entre otras cosas, más políticas sociales y más impuestos a quienes más tienen. Era el arranque de una serie de movilizaciones que la izquierda ha previsto para las próximas semanas, y que ayer se extendió en forma de huelga para reclamar una subida de las pensiones, subsidios y el incremento del salario mínimo a 2.000 euros brutos al mes.

Hace tiempo que algunos tratan de extender el mantra de que la izquierda ha muerto, que las calles están vacías y que la ciudadanía agacha la cabeza ante las cada vez más vueltas de tuerca neoliberales con el trasfondo de la crisis provocada por la guerra en Ucrania. Es cierto que las calles en el Estado español no gritan como hace unos años, como durante la crisis de 2008 cuando las mareas y los mineros marchaban desde diferentes puntos del Estado y las plazas se tomaban y se transformaban en ágoras de debates y propuestas. Pero no es cierto que la izquierda esté ausente, ni que nadie proteste, ni que todo esté perdido. Ni mucho menos.

Curiosamente, algunos de estos promotores de la derrota no se cansan de promocionar cada protesta que tiene lugar en otros países, a veces incluso las de la extrema derecha, mientras omiten deliberadamente las que se dan en su país. Además de ser una clásica herramienta de desmovilización, es también el relato habitual de los del ‘todo mal’, de aquellos que dicen que aquí nadie hace nada, y que los fachas sí que saben protestar. Y por supuesto, que la culpa es siempre de los demás. La pregunta es dónde están ellos, donde militan y qué protestas o acciones proponen. Porque quizás ni están ni se les espera, viven instalados en las redes, en sus capillas, o simplemente sus lemas y sus marcos no llegan a convencer a una gran masa social que sí saldría a las calles bajo otras consignas y otras actitudes y proyectos mucho más constructivos.

Este mismo fin de semana, Madrid también vivió una gran manifestación para exigir la revalorización de las pensiones respecto al incremento del IPC acumulado anual y una pensión mínima del 60% del salario medio. Los pensionistas anuncian también el inicio de una serie de movilizaciones para los próximos meses, y alertan sobre los peligros de la privatización del sistema público de pensiones y las políticas fiscales que varios gobiernos autonómicos han emprendido para bajar los impuestos a los más ricos.

Ayer, los médicos de Urgencias del Hospital Infanta Sofía de Madrid anunciaron una huelga indefinida que arrancará el próximo 28 de octubre. Piden mejoras estructurales que acaben con la saturación de la sanidad pública, que según ellos lleva ‘al límite’ a los trabajadores y precariza el servicio de un modo alarmante. Las protestas de los sanitarios son habituales cada semana, y ya hay prevista una manifestación para el próximo 22 de octubre por una sanidad pública, universal y de calidad. También los estudiantes han convocado huelga por la educación pública para el próximo 27 del mismo mes, haciendo referencia además a la salud mental.

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No es el único sector en pie de guerra. Hace una semana se canceló el XIII Salón del Automóvil de Ourense por la huelga indefinida del metal que tendrá en breve réplica en varias ciudades del Estado. Ya en 2021, Cádiz vivió una serie de protestas, también del metal, que fueron reprimidas con dureza por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, cuyas actuaciones causaron una gran indignación por el uso desmesurado de la fuerza y la exhibición de tanquetas en las barriadas populares de la ciudad.

También las calles de varias ciudades rugieron a principios de 2021 con el encarcelamiento del rapero Pablo Hasel, a pesar de la contundente respuesta del Gobierno contra estas, que llevaría a numerosos jóvenes a juicio y a algunos de ellos incluso a prisión. Como también, antifascistas de varias ciudades llevan años respondiendo a las habituales provocaciones de la extrema derecha en las calles y en las universidades. Más recientemente, miles de personas tomaron las calles de Madrid convocadas por la CNT para denunciar la criminalización de la acción sindical y exigir la absolución de las seis sindicalistas condenadas a prisión en la Pastelería Suiza de Xixón.

Extender el relato de que la gente ya no protesta es faltar a la verdad. Otra cosa es que los medios no presten la atención que deberían, lo criminalicen, o que no se den, de momento, manifestaciones, huelgas y protestas que unan todas estas reivindicaciones. Motivos para la protesta nos sobran, y los movimientos sociales y todas estas reivindicaciones sirven para presionar, para exigir, para cambiar las cosas y para reencontrarse en las calles, gobierne quien gobierne.

Cada semana, los movimientos por el derecho a la vivienda convocan movilizaciones y paran desahucios. Pocas veces salen en los medios, pero quienes seguimos sus canales de difusión somos testigos de la gran labor que realizan en los barrios de todas las ciudades, uniendo a vecinos y vecinas bajo el reclamo del derecho a una vivienda digna. También las kellys y las temporeras del campo en Andalucía han dado grandes lecciones de lucha estos últimos años denunciando la precariedad y la explotación a la que son sometidas, y ganando múltiples batallas a sus patronos. Como los riders, los taxistas y muchos otros sectores que, lejos de rendirse, combaten día tras día en sus pequeñas trincheras, lejos demasiadas veces de los grandes focos mediáticos.

Nos espera un otoño caliente, y todo apunta a que los contendientes en las guerras actuales (con o sin bombas) no tienen intención de sentarse a hablar ni a arreglar nada. Esto provocará todavía más crisis, que acabarán pagando los de siempre, y que, bajo el manto del patriotismo y la excepcionalidad del momento, nos tratarán de hacer comer a cucharadas. Los motivos para salir a la calle se multiplican conforme avanza la precarización de la vida y el autoritarismo. Promover el relato de la derrota, instalarse en el sectarismo y en el ‘todo mal’, solo causa desánimo y rechazo, y es totalmente contradictorio con el objetivo que se presume querer conseguir.

Hay mil frentes de lucha, miles de pequeñas revoluciones en marcha, llenas de gente buena y de causas justas. Como dijo una vez alguien en una asamblea, “aporta o aparta. Aquí se viene a construir, a generar sinergias y proyectos, a aportar soluciones y deseando de verdad ganar”. Visibilizar que hay lucha, que hay motivos, debería ser el primer objetivo de quien pretende que cada vez más gente se sume. Promover la derrota es lo que haría quien quiere que de verdad nada cambie.

Columna de opinión en Público, 19 de octubre 2022