Vox apela al “homonacionalismo” para reforzar su discurso contra los inmigrantes 

Olona usa al colectivo LGBTI para atacar la política migratoria y se suma a una estrategia que ya aplican otras formaciones de extrema derecha en Europa. Pero el partido de Abascal se opone a los derechos de la diversidad sexual.

Por Patricio Porta 14/06/2022 – La Política Online

Macarena Olona encontró la forma de reforzar el discurso antiinmigración de Vox y, al mismo tiempo, ensayar un guiño retórico al colectivo LGBTI. “Nunca en España una persona homosexual anduvo por nuestras calles con tanta inseguridad como existe actualmente. Esta inseguridad está directamente relacionada con la política de fronteras abiertas y el ‘efecto llamada'”, lanzó la candidata a la Junta de Andalucía durante el primer debate. Con esa asociación, el partido ultraderechista acaba de fabricar un nuevo antagonismo para explotar en campaña.

Al igual que otras formaciones de extrema derecha en Europa, Olona apeló al llamado homonacionalismo, un concepto de la teórica estadounidense Jasbir Puar que, con una visión crítica, apunta al uso de los derechos LGBTI para confrontarlos con las concepciones ultraconservadoras de la cultura islámica. Si se da un paso más, el homonacionalismo podría justificar políticas restrictivas hacia la inmigración, que es lo que Vox promete a sus votantes.

Cuando Iván Espinosa de los Monteros se refiere a “bandas de ladrones árabes” -como hizo durante la final de la Champions en París-, no solo está promoviendo un mensaje xenófobo, sino que está planteando un “choque de civilizaciones”. De hecho, lo hizo de forma explícita en septiembre pasado, al declarar que “los gays saben que pueden pasear más tranquilamente por las calles de Varsovia o de Budapest que por las de Molenbeek (Bruselas) o algunas del centro de Madrid”, ya que “las élites izquierdistas” se encargaron de “llenar las calles de inmigrantes”. 

Vox ya no liga únicamente inseguridad y migración: ahora lo lleva al plano del ataque a los “valores occidentales”, en los que incluye a conveniencia las demandas del colectivo LGBTI, pese a que la ultraderecha española no pierde oportunidad de boicotear iniciativas, leyes y declaraciones sobre la diversidad sexual en el Congreso de los Diputados, los parlamentos autonómicos y la Eurocámara. Pero detrás de cada declaración se esconden las verdaderas intenciones. Espinosa de los Monteros se refirió a Budapest y Varsovia por las políticas xenófobas que defienden Viktor Orbán y Ley y Justicia, que también vienen limitando cualquier expresión que desafíe la tradición cristiana y el modelo de familia heterosexual.

Tras los dichos de Olona, la organización KifKif, que aboga por la integración de los refugiados y solicitantes de asilo LGBTI en España, recordó que, según las estadísticas, “la mayoría de las agresiones son cometidas por nacionales”, mientras que los migrantes LGBTI son más susceptibles de sufrir racismo y discriminación por orientación sexual o identidad de género. Hasta el momento, Vox nunca había intentado instalar con fuerza las premisas del homonacionalismo. 

La raíz católica y la prédica por los valores tradicionales, la familia y la españolidad emparentan más a Vox con Orbán y con los polacos de Ley y Justicia que con otras fuerzas de extrema derecha que han intentado compatibilizar el discurso intolerante con una concepción paternalista hacia las personas del colectivo. Marine Le Pen prometió en las últimas presidenciales francesas que, en caso de ganar, no derogaría el matrimonio igualitario, como sí lo había insinuado en 2017. Sin embargo, es apenas un caso destacado.

Uno de los pioneros fue el diputado holandés Geert Wilders, fundador del Partido por la Libertad, quien aseguró que “la libertad que deberían tener los homosexuales es exactamente contra lo que lucha el islam”, luego del atentado contra el club gay Pulse en Orlando, en junio de 2016, a manos de Omar Mateen, un joven que reivindicaba al Estado Islámico. El hecho alimentó la narrativa de Wilders y de cierta forma la de Donald Trump, que durante su presidencia sacrificó los ataques de la derecha tradicional republicana a los derechos LGBTI en pos de su cruzada contra los inmigrantes de países musulmanes.

“Hace tiempo que la extrema derecha trató de salir de la marginalidad y adoptar determinada retórica y un ideario pretendidamente liberal. Esto se enmarca dentro de lo que se denomina la racialización de la política sexual, que atribuye los problemas de machismo y homofobia a las personas extranjeras. En Europa se hace con quienes vienen de países de África y Oriente Medio, para meter la religión islámica en el medio. Es una manera de etnonacionalismo, de racismo, que es pura estrategia”, dice a LPO Miquel Ramos, autor del libro Antifascistas.

Olona también ha intentado acercarse a las mujeres en esta campaña, aunque rechazando la agenda del movimiento feminista y de las iniciativas del Ministerio de Igualdad. Rocío Monasterio recurrió una vez más a los menores extranjeros no acompañados para explicar el temor que sienten las mujeres y los homosexuales en España. La candidata en Andalucía y la diputada madrileña fueron las primeras dirigentes de Vox en incorporar el feminacionalismo y el homonacinalismo. Por su puesto, se trata de una cáscara vacía. 

El experto en la ultraderecha española sostiene que el discurso y la práctica de Vox son incompatibles. “Votan en contra de los derechos del colectivo LGBTI y de las mujeres a conciencia. La contradicción está en su seno, dicen una cosa y hacen otra. El votante de Vox concibe que la mejor defensa de las mujeres es echar a los inmigrantes, como si fueran los que trajeron el machismo y la homofobia, como si no hubiera existido nunca en Europa”, explica. “El racismo biológico es renovado por los grupos de extrema derecha: ahora es racismo cultural”, subraya.

Esa dualidad ya es una constante en Vox. Santiago Abascal pidió una España “sin velos y sin acosos a nadie por su orientación sexual”, aunque defiende que “el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer”. Espinosa de los Monteros simuló una condena a la violencia homófoba, pero se lamentó de que el país pasara de “pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley”. La propia Olona se opuso a prohibir las terapias de “conversión” o “cura”, es decir, de tortura contra las personas LGBTI. 

Los exabruptos homófobos de dirigentes del partido ultraderechista se repiten, si bien ha ido moderándolos -o al menos solapándolos- con la esperanza de atraer una porción del electorado que le es esquiva. Pablo Iglesias le respondió a Olona que “que los mayores enemigos de las mujeres y de las personas LGTBI en España es Vox y la ultraderecha”. La evidencia confirma al fundador de Podemos.

Ramos asegura que la estrategia que intenta replicar Vox en España tuvo relativo éxito en Europa. “Estuvo la candidatura de Pim Fortuyn en Países Bajos, donde hacía bandera de su homosexualidad para declararse abiertamente islamófobo. En Francia, por ejemplo, Le Pen consiguió en las elecciones de 2017 casi un 40% del voto gay con el mismo discurso de Vox”, indica.

Pero los de Abascal están más cerca de Orbán y el presidente polaco Andrzej Duda que de Wilders, Fortuyn -asesinado en 2002-, Alice Weidel, líder de Alternativa para Alemania en el Bundestag y abiertamente lesbiana- y Le Pen. A los dirigentes de Vox les cuesta incluso usar la palabra gay y siempre apelan al término homosexual, cargado de connotaciones clínicas y rechazado por el propio colectivo. Vox quiere ensanchar su base, pero hablar de los “homosexuales”, y menos aún para vender políticas xenófobas, no es hablarle al colectivo LGBTI. 

Proteger a los niños de los fascistas

La imagen de una treintena de neonazis enmascarados, arrodillados y esposados frente a varios policías en Coeur d’Alene, Idaho, Estados Unidos, se hizo viral el pasado fin de semana. Eran miembros de la organización Patriot Front, que habían sido arrestados cuando se dirigían hacia los actos del orgullo LGTBI en un parque cercano escondidos en un camión y con un buen arsenal de escudos, bombas de humo y otros objetos que pretendían usar contra la celebración. La intervención de los agentes, tras el aviso de un vecino que se olió algo raro cuando vio a varios señores subiéndose al camión, evitó un altercado que no sabemos muy bien cómo hubiera acabado.

La republicana y miembro de la Cámara, Heather Scott, acompañaba a principios de mayo a los miembros del grupo ultraderechista Panhandle Patriots en una iglesia de Kootenai, también en Idaho. Uno de los militantes ultraderechistas afirmó que lo suyo sería organizar un evento con armas de fuego el mismo día que la Celebración del Orgullo de la ciudad en un parque a menos de una milla de distancia. “En realidad tenemos la intención de ir cara a cara con esta gente. Hay que trazar una línea en la arena. Las buenas personas deben ponerse de pie”.

El acto se titulaba “Plan de juego para eliminar materiales inapropiados en nuestras escuelas y bibliotecas”, y pretendía alertar sobre los contenidos en materia de igualdad que se imparten en los colegios norteamericanos, así como de los libros que tratan estas materias y que están disponibles en las bibliotecas. El mismo mantra que la ultraderecha global ha puesto en el centro del tablero estos últimos años. Lo mismo que lleva tiempo cacareando Vox, y que hace un par de días, Macarena Olona reivindicó en el debate electoral de Canal Sur. Y lo que vino a reafirmar la neofascista italiana Georgia Meloni en el mitin de Vox este fin de semana.

El mismo fin de semana, neonazis franceses se encaramaron a un edificio al paso de la marcha por el Orgullo en Burdeos. Encendieron varias bengalas, gritaron contra los manifestantes y exhibieron una pancarta que pedía ‘proteger a los niños’, también contra lo que se supone que inflige la educación en derechos humanos. Varios canales de Telegram de grupos neonazis llevan semanas publicando las hazañas de sus miembros en varios países robando banderas LGTBI, dañando murales feministas o atacando actos de estos colectivos. Así celebran ellos el mes del Orgullo. También en España.

Un jovencísimo Pedro Zerolo denunciaba a mediados de los 90 en un documental sobre la extrema derecha, que un grupo de nazis había asaltado la marcha del Orgullo en Madrid y había apuñalado a un asistente.

Lejos nos puede parecer que quedan aquellos tiempos en que los nazis salían de caza y se cebaban con los colectivos más vulnerables, o aquellos que salían a reivindicar sus derechos. Pero la realidad es que nunca se fueron, y las agresiones y los ataques contra estos actos y estas personas no han cesado. Hace menos de un año vimos desfilar en el barrio madrileño de Chueca a una panda de neonazis gritando ‘fuera sidosos de Madrid’ con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Quienes seguimos las andanzas de estos grupos recordamos inmediatamente los altercados de 2017 en Murcia, donde varios neonazis armados atacaron la marcha del Orgullo.

La relación entre el discurso de odio de los ultraderechistas mediáticos e institucionalizados y los grupos neonazis que lo materializan en las calles es directa. De hecho, nunca habían contado con tan grandes altavoces y tanta normalización. La ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI que se está llevando a cabo por la nueva ultraderecha aceptada como un actor democrático más, es el combustible necesario para que estos nazis ejerzan la violencia reforzados por sus propagandistas de traje y corbata. Los derechos que creímos conquistados y que no tenían marcha atrás, se encuentran hoy con una amenaza evidente. Es el precio que pagamos todos porque algunos decidieron que los derechos humanos se pueden debatir. Hablamos del colectivo LGTBI, pero lo mismo vale para las mujeres, para las personas migrantes, racializadas, o para cualquier colectivo que reclame los mismos derechos que el resto. Estos no son eternos y se deben pelear día tras día, por todos los medios.

Recientemente se supo que solo en 2020 se registraron 282 delitos de odio contra el colectivo LGTBI. Esta cifra, que recoge los hechos denunciados, es solo la punta del iceberg. La mayoría de estos incidentes no se denuncia. Pasa lo mismo con el racismo, que es mucho mayor a lo que los datos del Ministerio del Interior o las organizaciones especializadas en la materia son capaces de recoger. En demasiadas ocasiones, la desconfianza en las instituciones hace que las víctimas no denuncien. Solo hay que ver, por ejemplo, la reciente e insignificante condena que ha recibido un exlegionario por agredir e insultar a dos personas por su orientación sexual y enfrentarse a la policía: una multa de poco más de dos mil euros y seis meses de prisión.  “Me acaloré”, dijo.

Sin embargo, la conciencia y la sensibilización al respecto también han crecido, y por eso se denuncia más. Y por eso, la ultraderecha está tan interesada en negar que se eduque en materia de igualdad y derechos humanos. Solo así, estos ataques podrían pasar todavía más inadvertidos, impunes, o peor, aceptados, normalizados. Como lo fue la Noche de los Cristales Rotos tras la infección antisemita de gran parte de la sociedad alemana.

Los grupos nazis son los tontos útiles, los ejecutores de estos odios que señoras y señores de alto standing se dedican a promover desde sus mansiones y cortijos contra los más vulnerables para asegurarse así que nada cambie, que la plebe siga peleada y no se le ocurra mirar hacia arriba. “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley“, manifestó Espinosa de los Monteros en 2020 reforzando el victimismo habitual de los ultraderechistas ante quienes, tal y como él mismo recordaba, sufrían las consecuencias de la normalización del odio en su expresión violenta más cobarde y cruel. Y que hoy lo siguen sufriendo.

A los nazis ya les va bien tener unos buenos padrinos en las instituciones que normalizan lo que estos llevan diciendo toda la vida, mientras periodistas y otros políticos lo aceptan como parte del juego democrático. Así pueden volver a las andadas, a los añorados años 90 en los que salían de caza y tan solo encontraban como oposición a los grupos antifascistas y a los colectivos víctimas que se organizaban para su autodefensa. Los extremos, que llaman algunos. Sin embargo, el muro contra el que se choca esta extrema derecha liberticida es hoy mucho mayor que entonces. Le va a costar derribar el consenso en materia de derechos humanos erigido durante años en el sentido común. Por eso, saben que la estrategia pasa por los libros de texto, por las escuelas, por la censura. Solo un pueblo al que se le niegue la educación en derechos será capaz de tolerar la barbarie.

Miquel Ramos. Público, 15 de juny 2022

Los ecos de Mauthausen en Buffalo

El atentado racista del pasado sábado en Buffalo (EE.UU) que acabó con la vida de diez personas e hirió a decenas, tan solo mereció una simple nota de sucesos en la mayoría medios generalistas. Llueve sobre mojado. Por una parte, se repite el mantra del ‘tiroteo’, una manera de esquivar la palabra ‘atentado’, solo reservada para terroristas, eso es, a personas musulmanas o de otro color de piel. Los blancos son simples enfermos. Los blancos de derechas, solo cuando están locos, son capaces de cometer tamañas atrocidades. Los de color oscuro o dios extraño son fanáticos por naturaleza, por su cultura, quieren decir.

Este terrible atentado tuvo lugar el mismo día que se llevó a cabo el homenaje anual a las víctimas del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria, al que asistimos miles de personas de distintas partes del mundo tras dos años sin celebrarse por la pandemia. Ante el monumento a los republicanos españoles (cerca de 7.000 fueron deportados a los campos nazis) que se encuentra en la entrada del campo junto al resto de Estados, uno de los oradores recordó la naturaleza del nazi-fascismo que llevó al exterminio de millones de personas: los artífices del genocidio no eran ignorantes. Ni mucho menos enfermos mentales. Eran personas cultas, bien formadas, que sabían perfectamente lo que hacían y que tenían un proyecto de sociedad bien claro y perfectamente diseñado. Y para llevarlo a cabo, se tenía que estigmatizar, perseguir, capturar, esclavizar y exterminar a una parte de la población. Nada que Occidente no hubiese hecho antes en otros continentes durante la colonización, solo que esta vez, lo hizo con ciudadanos europeos. Primero hubo que deshumanizarlos. Después, la sociedad aceptaría lo que fuese. Y así fue.

Este proyecto excluyente, este discurso de odio y esta deshumanización sigue hoy vigente y de distintas formas asentado en el mismo continente donde se construyeron infinidad de campos como el de Mauthausen. También en España, donde además, no existen museos ni memoriales donde nos concentremos cada año bajo amparo institucional reivindicando el Nunca Más que rubricaron los supervivientes del nazi-fascismo. Hoy, el neofascismo sigue el mismo guion que entonces con otros colectivos, y amparado por la misma indiferencia y equidistancia que hicieron posible el Holocausto, la colonización y los genocidios. Los doce principios que Josef Goebbels, el propagandista de Hitler plasmó y llevó a cabo, se repiten hoy con otros actores y bajo la aceptación y la banalización de la mayoría: MENA, inmigrantes, feminazis, separatistas, moros, gitanos y los que toquen cada vez.

La Teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y otras similares son conspiranoias semejantes a la de los Protocolos de los Sabios de Sion que usaron los nazis para reforzar el antisemitismo ya latente. Esta idea ha sido la que ha inspirado al terrorista norteamericano para asesinar a diez personas negras. Lo que a muchos les parece una chaladura es el mantra que desde hace años usa la extrema derecha para estigmatizar a las personas migrantes y musulmanas, y que se ve reforzado a diario por los medios de comunicación cuando estigmatizan a determinados colectivos. Este supuesto plan estaría urdido por unas élites ocultas (judías, por supuesto) para substituir a la población blanca en Europa por inmigrantes, diluyendo la raza a través del mestizaje y substituyendo la cultura cristiana por la sharía gracias a la izquierda ‘buenista’ que abre fronteras y es complaciente con el Islam. Por eso Breivik ejecutó a 69 adolescentes del partido socialista, los futuros dirigentes de la socialdemocracia noruega; por eso Tarrant entró en una mezquita y mató a 51 personas; y por eso, el asesino de Buffalo ha matado a diez negros, como ya hizo otro neonazi en Hanau, Alemania, en 2020 matando a once personas.

Cansa repetirlo cada vez que hay un atentado neonazi, pero ante la banalización reinante y la normalización de quienes difunden estas ideas, algunos nos lo tomamos como una obligación, y lo repetiremos las veces que haga falta: el terrorismo de extrema derecha es la principal amenaza violenta actual, y estos últimos años se ha incrementado de forma alarmante, superando incluso al terrorismo de corte religioso. Además, las ideas que nutren a estos fascistas son hoy aceptadas como una opción democrática más.

Que, con los cadáveres todavía recientes, esos discursos del gran reemplazo aterricen en las elecciones andaluzas demuestran lo lejos que estamos de estar vacunados contra estos fanáticos neofascistas. “cada vez más españoles y más europeos se sienten extraños en sus barrios de toda la vida, y cunde una sensación de desconcierto y de desposesión, de pérdida de control de sus propias vidas”, dijo Abascal en un acto en Almería.

Son fanáticos, no locos. Alemania no se volvió loca en los años 30. Se fanatizó. Pero sería hipócrita señalar exclusivamente a la ultraderecha como amenaza si no advertimos de la responsabilidad que le corresponde a quienes la dejan hacer, o peor, a quienes compran sus discursos y hasta se comportan como ella. Cuando Josep Borrell dijo que “la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea”, estaba reforzando esa misma teoría y a quienes la difunden. O cuando Ursula von der Leyen denominó “Protección del Estilo de Vida Europeo” a la vicepresidencia encargada de tratar con la emigración, la seguridad, y la educación. La ultraderecha salió a aplaudirla, como era de esperar.

Y así, no solo con la retórica sino con los hechos, las políticas europeas refuerzan el encaje del neofascismo en el ‘estilo de vida europeo’. Así, la ofensiva reaccionaria está más que envalentonada, no solo contra las personas migrantes, sino contra las mujeres, el colectivo LGTBI, izquierdistas y cualquiera que se salga de su marco. El discurso mainstream dice que hay que respetar todas las opiniones, también las que pretenden acabar con los derechos humanos. Algunos nos resistimos a ello. Es algo que no dejamos de pensar mientras visitábamos las placas en recuerdo de las víctimas de Mauthausen. Esos mismos colectivos que hoy vuelven a tener la necesidad y la obligación de recordar el pasado para no volver a dejar que los herederos ideológicos de quienes fueron sus verdugos ochenta años atrás, vuelvan a repetir la historia. Y la obligación de quienes sabemos que lo que permitió también aquello, y permite hoy la normalización del odio, es la equidistancia y la indiferencia. Estas son las mejores aliadas de quienes pretenden repetir la historia.

Miquel Ramos. Público, 18 de maig 2022

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