El fascismo folclórico y el idiota del coche

Una lluvia intermitente bajo un cielo gris golpea los vehículos que hacen cola en la entrada del Valle de Cuelgamuros. Quedan pocos minutos para que empiece la misa. Algunos miran desafiantes desde sus coches a los pocos periodistas que rondan la entrada al mausoleo. La Guardia Civil ordena el tráfico y conduce a un grupo de personas al otro lado de la calzada, donde cada 20 de noviembre, desde hace más de quince años, exhiben las fotos de sus familiares asesinados y varias pancartas donde exigen justicia y reparación para las víctimas del franquismo.

No pasará mucho tiempo hasta que los mismos vehículos bajen de nuevo la carretera tras finalizar el oficio religioso. Esta vez pasan a escasos metros de los familiares de las víctimas que aguantan estoicamente la lluvia desde el arcén, viendo cómo, quienes se habían santiguado minutos antes, los amenazan de muerte desde sus vehículos y les dedican varios insultos y saludos nazis. Uno de los devotos incluso nos hace el gesto de rajarnos el cuello a los periodistas que cubrimos el acto. Y para despedirnos, finalmente pasó el idiota del coche rojo levantando el brazo, llamándonos hijos de puta y enviándonos ‘a mamar pollas’. Tuve la suerte de grabar tan valiente hazaña, y el idiota se hizo viral. No como la concentración de los familiares de las víctimas, que pasó más desapercibida que el niñato maleducado con coche caro.

Los medios también se han hecho eco de la tradicional marcha nocturna que los falangistas organizan cada año en honor a José Antonio Primo de Rivera, y del acto fascista de la plaza de Oriente en Madrid del 20N. Cada año lo mismo. El folclorismo fascista como muestra de la roña que, se supone, el Gobierno plantea limpiar con esta nueva ley, y se apresura a anunciar que se estudiarán las posibles infracciones de los participantes, convocados, no lo olvidemos, por organizaciones legales. Sí, en España, las organizaciones fascistas, franquistas y nazis, son legales. Aunque también son marginales e irrelevantes políticamente. Al menos las que lucen orgullosas sus insignias. A otras, sin embargo, no les hace falta lucirlas, a pesar de venir de la misma escuela y predicar lo mismo. Eso sí, con otras palabras más finas y con mejores galas.

No hace tanto, tan solo escasas semanas, una de las principales organizaciones nazis, legal en España, homenajeaba en Dénia a Gerhard Bremer, antiguo oficial nazi de las Waffen-SS, que participó en la invasión de Polonia y que vivió plácidamente hasta su muerte en la costa de La Marina. En el mismo cementerio donde reposan los restos de este criminal de guerra nazi, encontramos también al Hauptsturmführer Anton Galler, responsable del asesinato de 560 personas, la mayoría mujeres y niños, en la que se conoce como Masacre de Santa Ana de Stazzema. También se homenajea cada año en otro cementerio a la División 250 del ejército alemán a las órdenes de Hitler. La conocida como División Azul, formada por españoles, conserva calles y monumentos en varias ciudades, como la Legión Cóndor que bombardeó Gernika y otras ciudades durante la guerra.

Las calles de la capital española y de muchos pueblos y ciudades siguen rindiendo homenaje a fascistas como Millán Astray, a quien el alcalde de Madrid dedicó una estatua recientemente. La Ley de Memoria Democrática recién aprobada tiene deberes que hacer, y está por ver hasta dónde llega. Sin embargo, lo más destacable de esta ley, y quizás lo más necesario, simplemente por humanidad y por la deuda pendiente, sea rescatar a las víctimas del franquismo que todavía yacen en fosas y cunetas. Algo que llega tarde y que muchos familiares ya no podrán ver, pero que resarce en parte el dolor que estas familias llevan arrastrando desde que les arrebataron una parte de ellas.

Fascistas que desfilan con sus camisas azules, que rezan al dictador en sus templos, o el chino franquista de Usera dando voces como un poseso, como los personajes que popularizó Javier Cárdenas en Crónicas Marcianas, es lo que algunos dicen que es el fascismo. Es la imagen patética que dan de lo que realmente está mucho más anclado e instalado en este país. Esto no es más que el folclore rancio y casposo que queda, que hoy saca pecho teniendo buenos padrinos en las instituciones, sí, pero que no dejan de ser eso, pura roña nostálgica. Queda feo para España dar esa imagen, incluso para los propios fascistas más serios y combativos, que también se quejan de estos aquelarres y de estos personajes, pero que no representan en verdad el verdadero problema con el fascismo que tenemos.

Al fascismo hoy ya no le hace falta desfilar con antorchas. Ni siquiera reivindicar que lo es. Tiene ya un buen puñado de representantes públicos en las instituciones, votados democráticamente; tiene varios medios de comunicación y decenas de voceros en otros medios. Y tiene a todos los artífices del régimen del 78 recordándonos que ellos sepultaron al fascismo con Franco, que las dos Españas se dieron la mano y que aquí solo quedan cuatro fachas sin importancia que salen cada 20N.

Borrar los símbolos, quitar nombres franquistas del callejero, sancionar cánticos y banderas del régimen puede ayudar a limpiar un poco la imagen, pero es una simple limpieza de la fachada (nunca mejor dicho), de un edificio que, en realidad, está lleno de basura por dentro. Quizás tu calle deje de honrar a los voluntarios españoles que se alistaron en el ejército de Hitler, pero en la televisión tendrás a un señor, muy demócrata él, ladrando contra los moros, las personas migrantes, las feministas, el colectivo LGTBI y la dictadura progre que no le deja decir lo que piensa, aunque lo esté haciendo todos los días, él y ochenta como él, en prime time y en los principales medios. Además, cuentan con un buen puñado de liberales y progresistas repitiendo ese mismo mantra de la cultura de la cancelación, de la incorrección política. Hay que reconocer que han sabido jugar bien sus cartas y se han adaptado mejor al nuevo régimen que muchos de esos que dicen haber corrido delante de los grises y hoy no se diferencian tanto.

Las familias que se enriquecieron mediante el expolio y las prebendas del fascismo ya no van a la misa del 20N. No hace falta. Mejor no llamar la atención, y que a nadie se le ocurra hablar de cómo se hicieron ricos y a cuenta de quién. Hasta aquí no llega la ley, tranquilos. Ahora, sus empresas y sus descendientes disfrutan de una gran reputación, nunca truncada por los cambios del régimen, como sus fortunas. Ese melón no se va a abrir, porque significaría revisar de verdad lo que fue el franquismo, más allá de un genocidio. Un sistema que hizo ricos a unos pocos y que empobreció, sometió, torturó y mató a muchos otros, para los que esta nueva ley no prevé reparación ninguna más allá de anular sus condenas.

El fascismo aprendió la lección hace muchos años, a pesar de aquellos que se empeñan en representar su propia caricatura en fechas señaladas o en sus encuentros marginales. Estos cumplen muy bien su función representando lo que supuestamente queda del fascismo. Los nuevos fascistas no necesitan este folclore. Se pueden incluso permitir el lujo de distanciarse de ellos y hasta rechazarlos. El nuevo fascismo, como el viejo, son los dueños del cortijo, no los temperamentales falangistas que ejercen de brazo ejecutor. Los nuevos fascistas ni siquiera visten como los de los 90, con botas y bomber. Hoy son mucho más sofisticados, y aunque de aquellos quede alguno, estos prefieren esperar su turno, pacientemente, a que otros hagan su trabajo en los medios, en las redes y en las calles, y ya algún día, quizás no muy lejano, estén redactando el BOE. Mucho más peligroso que cruzarte con cuatro nostálgicos en Madrid una vez al año, o que el niñato del coche rojo insultando y sacando el cuerpo por la ventana sin cinturón y haciéndose viral por idiota.

Columna de opinión en Público, 23 de noviembre 2022

Ayuso como excusa

El pasado domingo, cientos de miles de personas se manifestaron en Madrid para defender la sanidad pública y denunciar la mala gestión del Gobierno de Ayuso. Ha sido inútil el esfuerzo de la derecha por tapar el fracaso de su modelo de gestión de los servicios públicos así como el de ocultar el éxito de la protesta. Por mucho que sus voceros y compinches se esfuercen en minimizarlo y en criminalizarlo, tanto las imágenes de la multitudinaria protesta como las razones de la misma, sitúan a la derecha en un terreno difícil, haciendo malabares discursivos para salir al paso, insultando a los manifestantes e incluso difundiendo bulos sin ningún tipo de vergüenza. Sacando el comodín de ETA, llamando ‘pancarteros’ a los manifestantes, y tratando de memos a sus seguidores diciendo que quien defiende la sanidad pública está en realidad conspirando para instalar una república federal laica en España.

El telón de acero que la presidenta construyó para mantener a raya el comunismo que se cernía sobre el resto de España durante y después de la pandemia, y que le sirvió para ganar las últimas elecciones, tiene ya varias grietas que a la derecha le está costando tapar. La estrategia consistía en tratar de situar a toda su oposición en el comunismo, agitando el viejo fantasma y oponiéndolo a la supuesta libertad que ofrecen ella y sus socios. Sin embargo, el plan no funciona tanto cuando quien es usuario de la sanidad pública, aunque la haya votado, entiende perfectamente la reivindicación de la manifestación, e incluso estaba allí, al ver que le resulta imposible ser atendida por un médico cuando lo necesita.

Situar en el comunismo la defensa de los servicios públicos es un error de cálculo de la derecha, que regala a la izquierda una de las banderas más preciadas de las democracias liberales. Partiendo de la esquizofrenia manifiesta de la derecha, que, por una parte, reivindica la buena salud y la mejor gestión de los servicios públicos, pero por otra, acusa a quien pide no solo defenderla sino mejorarla, destapa la trampa. Pintar cualquier medida socialdemócrata de comunista, por mucho que en la cabeza de los neocons sea un plan perfecto, puede tener un efecto bumerán que normalice todavía más el comunismo que pretenden estigmatizar.

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La batalla cultural que la derecha lleva años librando contra el sentido común progresista no es infalible. Estos contrapiés de la derecha, hoy respecto a la sanidad pública, pero mañana sobre cualquier otro asunto de interés público, son los puntos débiles de toda la carcasa neoliberal que luego, encima, se arroga el patrimonio de la buena gestión de la cosa pública. Ayuda, además, a presentar a la izquierda, con todas sus diferencias, contradicciones y miserias, como la única garante de los servicios públicos, los que usa la gran mayoría de la ciudadanía, vote a quien vote.

Pero sería un error también leer esta batalla tan solo en términos electorales. La movilización por la sanidad pública no fue obra, como dice la derecha, de un complot de las izquierdas institucionales, de los partidos, sino que surgió de los propios profesionales y movimientos sociales que llevan años peleando por los servicios públicos. Estas plataformas deben pelear para no ser patrimonializadas por nadie, por mucho que se arrimen los políticos para salir en la foto, y por mucho que se estimule en estas movilizaciones la vía electoral para echar a los malos gestores. Nadie nos asegura que, una vez esté fuera Ayuso, los servicios públicos se vuelvan eficientes, aumenten su calidad y se vuelvan universales. Ni que la sanidad ni el resto de servicios públicos y derechos humanos estén garantizados allá donde no gobierna la derecha.

Esta semana hemos visto cómo la Policía entraba a golpe de maza para desahuciar a una familia con menores y enfermos de cáncer en el barrio madrileño de Tetuán, y esto no es competencia de Ayuso precisamente. También hemos visto cómo, con la propuesta de derogación del delito de sedición, se incluye todavía más pena al delito de desórdenes públicos con algunos añadidos que dejan a los pies de los caballos a numerosos movimientos sociales y actos de protesta pacífica a merced demasiadas veces de las versiones policiales. Tampoco es cosa de Ayuso la masacre de Melilla que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, trata de esquivar ante la avalancha de evidencias y la investigación del Defensor del Pueblo. Y así podríamos enumerar infinidad de asuntos del actual Gobierno, que nos señala el caos sanitario en Madrid pero esquiva cínicamente sus propias miserias que afectan también a nuestros derechos y libertades.

Quizás la sanidad sea un punto de partida para volver a ver las calles llenas por múltiples reivindicaciones, no solo contra Ayuso por su gestión de la sanidad en Madrid, sino también en otras partes del Estado donde los servicios fallan y los derechos se ven mermados, gobierne quien gobierne. Reducir la responsabilidad de la pauperización de los servicios públicos, los mangoneos y el autoritarismo a las políticas del PP y sus socios es lo que quieren los partidos de la oposición en Madrid, pero no sirve para el conjunto del Estado, donde gobiernan otras formaciones y estos y otros problemas se repiten. Porque el problema es el modelo neoliberal que durante años se han empeñado en apuntalar unos y otros gobiernos.

Salvar lo que queda de los servicios públicos, tan vitales para unos y tan suculentos para el negocio de otros, es hoy tildado de comunismo, algo que ni lo es ni pretende serlo, por mucho que se empeñe la derecha. Usan la excusa de Ayuso para retomar el poder y hacer un poco menos daño que ella, pero sin tocar demasiado el marco, sin cambiar las reglas del juego. Porque por mucho que nos traten de convencer con el caos de la gestión sanitaria madrileña para atizar otro fantasma, el de la derecha y la extrema derecha, más les vale aplicar todas aquellas medidas que garantizaran de verdad una vida digna más allá de la cita con el médico, ahora que todavía gobiernan y todavía pueden. No teman que los llamen comunistas. Prediquen con el ejemplo.

Columna de opinión en Público, 16 de noviembre 2022

Nos mean y dicen que llueve

Cuando el tiempo nos da la razón, quizás sea ya demasiado tarde. Es por eso por lo que tardan tanto en reconocer la verdad quienes la podrían haber reconocido antes, pero no lo hicieron para quedar impunes y esperar que su relato se instalase en las páginas de la historia oficial. Es lo que hemos visto con el rey emérito cuando han salido periodistas cortesanos a admitir que mintieron y ocultaron información para salvaguardar la institución, e incluso, según ellos, también la democracia. Sabían que el Rey hacía negocios sucios, que la liaba parda allá donde iba y que todo el mundo lo sabía, pero nadie lo contaba, excepto los cuatro rojos a quienes nadie creía. Todos callaron a voluntad o fueron amenazados para hacerlo. Trajo petróleo, hizo ricos a varios empresarios y ayudó a lo que ellos entienden que es el país, es decir, ellos mismos. Hoy lo reconocen. Y no pasa nada. Ellos eran y son los verdaderos demócratas.

Algo parecido a lo que nos regaló el exministro del Interior y responsable del terrorismo de Estado de los GAL, José Barrionuevo, con absoluta tranquilidad, en una entrevista reciente. Y es lo que volverá a pasar con la basura actual que muchos denuncian, incluso con pruebas, y otros lo niegan hasta con la evidencia en su cara. Que hasta dentro de unos años, cuando ya ni nos acordemos, y todos los responsables estén a salvo, salga a relucir la verdad. Como pasa cada vez que se desclasifican documentos y se descubre que alguien ya lo dijo pero se le trató de loco, de alborotador, de conspirador o de ácrata.

Pensar que la mentira y no asumir responsabilidades ni rendir cuentas forma parte del juego político es no creer en la democracia. Que un ministro del Interior se permita el lujo de negar lo que múltiples medios de comunicación llevan demostrando desde hace meses, en un asunto además tan feo como la muerte de decenas de personas demuestra que no debería ejercer tal cargo. Las muertes en la valla de Melilla han sido documentadas por varios medios como Público, y más recientemente por la BBC, donde se desmonta la versión oficial que el ministro se empeña en inyectar.

La garantía de impunidad permite este tipo de lujos. Se libró Juan Carlos I de sus fechorías porque tenía un buen ejército de plebeyos a su servicio, al mando del Estado, de la judicatura, de los servicios secretos y de los principales medios de comunicación que se encargaban de limpiarle el culo cada vez que se lo ensuciaba. Y se libró Barrionuevo con varios muertos sobre la mesa, algunos de estos hasta sin uñas de las torturas patrocinadas por su ministerio. Y se librará Marlaska una vez más por la muerte de varias personas en nuestra frontera, como se libró cuando no vio las torturas que denunciaron varios detenidos y él se negó a investigar. Solo con este recorrido garantizado, alguien estaría dispuesto a asumir el cargo y el marrón que este supone si algo se tuerce y no cuenta con el apoyo de quien le puso ahí. Eso sí, prescindiendo de toda dignidad y de toda vergüenza, por muchas medallas que tenga, por muchas palmaditas en la espalda que reciba de los suyos, y muchos cuadros que le pinten y cuelguen en el Congreso.

Ayer, la comisión de la Eurocámara que investiga el espionaje mediante Pegasus a varios líderes y activistas independentistas catalanes señaló al Gobierno español como responsable: “probablemente fue el primer cliente de la Unión Europea del grupo NSO”, dice el informe. La eurodiputada liberal holandesa que lo presentó se quejó de que el Gobierno español no da información al respecto. “Los Gobiernos deben ser controlados por los ciudadanos, no al revés”, añadió. Exige, como debería hacerlo cualquier demócrata, que los Gobiernos rindan cuentas ante la ciudadanía. No lo harán. Ni con esta trama donde hay implicados otros países como Marruecos e Israel contra nuestros conciudadanos e instituciones. Incluso habiéndoles pillado con las manos en la masa. Están acostumbrados a no hacerlo, pues no hay sanción ni reproche, gracias también a un aparato judicial cómplice que permite al Estado, a sus regímenes aliados y a sus funcionarios actuar como consideren oportuno. Y si finalmente no queda otra que condenarlos, como se condenó a Barrionuevo, no pasa nada, para algo está el indulto e iremos a abrazarte a las puertas del talego. Pero para qué jugársela ahora. Mejor admitirlo todo dentro de veinte o treinta años, sabiendo que todo está ya prescrito. Como Barrionuevo con los GAL. Como las fechorías del rey emérito.

Sale barato mentir, incluso cuando ostentas cargo público. Incluso cuando eres un medio de comunicación que recibe miles de euros de dinero público (en publicidad institucional) y cuentas con esa patina de respetabilidad como garante de la objetividad y del rigor. Incluso alguien de la catadura moral de Antonio Caño, exdirector de El País que anteayer nos intentaba dar una lección de periodismo afirmando que “el periodista es lo contrario del activista: este oficio no va de cambiar el mundo sino de contarlo”. Esto, tan solo tres meses después de publicar en su cuenta de Twitter que desde el periódico que dirigía intentaron evitar que Pedro Sánchez gobernase “con populistas y separatistas”. Los activistas somos los demás, claro que sí.

Luego nos sorprendemos cuando la derecha niega las atrocidades del franquismo y reduce el genocidio y la dictadura a una pelea entre abuelos. Es parte de esa mentalidad negacionista, irresponsable, que trata de súbditos y de imbéciles a sus ciudadanos. Se les puede engañar, contar milongas y joderles la vida, que cuando se descubra la verdad, o cuando quizás algún día se juzgue, ya será tarde o estarán a otras cosas. O mantendrán la mentira hasta su último aliento, pues no hay reproche más allá de la pataleta que podamos lanzar desde nuestras redes o nuestras tribunas. Vean las residencias de ancianos durante la pandemia. Vean los múltiples casos de corrupción prescritos. Vean los manifestantes condenados mediante la palabra de un policía como única prueba. Recuerden la cal viva con el sello del Ministerio del Interior.

Estos son solo algunos de los ejemplos recientes y sangrantes, pero podríamos llenar páginas enteras y escribir una historia por volúmenes de las retorcidas marañas de los poderes, públicos y privados, que someten a la ciudadanía a sus relatos convertidos en verdades oficiales y a sus designios poniendo o quitando Gobiernos y políticos, y machacando, juzgando y encarcelando a quien moleste mediante los grandes y pequeños lawfares que hagan falta. Es la ciudad de la euforia que describía Rodrigo Terrasa sobre la corrupción en València pero a escala estatal, y con mucha más casquería que el saqueo de las arcas públicas. Es el asalto y el saqueo constante a la democracia. Tapando las mentiras con cal viva. Como decía una pegatina de los grupos autónomos de los 90, nos mean encima y dicen que llueve.

Columna de opinión en Público, 8 de noviembre 2022

Los que no llevan brazalete 

Galeazzo Bignami posa sonriente con un brazalete con una esvástica. Es una fiesta, hace unos años, en la que este político italiano se ‘disfrazó’ de nazi. La foto se filtró en 2016 y causó cierto revuelo. Entonces, el político, que hoy tiene 47 años y nunca escondió su ideología ultraderechista, llevaba tiempo bien encajado en el partido de Berlusconi, Forza Italia. Ahora ha vuelto a primera línea de la política con el gobierno recién estrenado de la posfascista Giorgia Meloni, de la mano de su ministro de Insfraestructuras, el ya tristemente conocido y también posfascista Matteo Salvini. Era una broma, dice Bignami, que en 2019 publicaba en Facebook varios vídeos en los que aparecía llamando a las casas de personas con apellido extranjero en viviendas de protección oficial de Bolonia para decirles que no tenían derecho a estar allí.

Como hacen gran parte de los nazis y los fascistas cuando los pones frente al espejo, frente a la opinión pública, lo niegan todo. Traicionan a su propia madre si hace falta: esa esvástica no es lo que parece. Todo es una broma. Yo no soy nazi ni fascista. Estaba pidiendo un taxi. Lo hemos visto mil veces. Lo que en la intimidad es un honor, un gesto de canallita políticamente incorrecto, golpes en el pecho y sonrisa malvada, de cara a la galería, o ante un juez, es una jodida vergüenza. Al menos por ahora. Por eso salen inmediatamente a negarlo todo e incluso a pedir disculpas. No son fascistas. Somos nosotros que vemos nazis por todas partes. 

Da igual lo que diga el pavo este ahora. El contexto de la foto y las excusas de mal pagador que esgrima. Esa esvástica, al igual que los múltiples tonteos y similitudes nazis y fascistas de una buena parte de la nueva derecha posfascista que se ha instalado en Europa son lo de menos, aunque llame la atención y nos recuerde de vez en cuando quiénes son en realidad quienes se esconden tras la ‘incorrección política’ y la supuesta regeneración. Ahora bien, los más peligrosos son otros, los que no llevan brazalete, los que son capaces de condenar públicamente el nazismo y el fascismo y luego hablar y actuar como ellos. O poniéndoles un cargo. O aplicando sus recetas tras comprar sus agendas y pensando que lo que piden no es tan descabellado. O que da votos. O que divide a la derecha, y ya nos va bien. O no haciendo políticas valientes para solucionar los problemas de la gente para que luego lleguen ellos a presentarse como salvapatrias. O que cuanto peor, mejor. Sin todos estos personajes, los nuevos fascistas no estarían donde están. 

Necesitamos ver este tipo de deslices, los brazaletes, las pezuñas en alto, para recordar de vez en cuando a quienes tenemos al frente de varias instituciones en Europa. Ni siquiera las loanzas de la propia Meloni al fascismo años atrás, cuando formaba parte del Movimiento Sociale Italiano (MSI) heredero de Mussolini, han servido como vacuna para que Italia no la votara y le entregara el mando del país.

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El antifascismo que se suponía inherente a la democracia italiana resiste fuera del Estado. Esta semana pasada, varios estudiantes resultaron heridos por la policía cuando protestaron ante una conferencia de un miembro del gobierno de Meloni en la universidad romana de la Sapienza. Policías en el campus universitario a porrazos contra los estudiantes, como en los viejos tiempos, y como siempre, protegiendo a los fascistas. Dos días más tarde, miles de estudiantes ocupaban la universidad en respuesta a la actuación policial, al grito de ‘¡Todos somos antifascistas!’. Justo esta semana, cuando se cumple el centenario de la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini, el dictador fascista, el aliado de Hitler, el padre ideológico del MSI donde creció políticamente Giorgia Meloni. 

Roma y otras ciudades de Italia han recordado y homenajeado al dictador estos últimos días. En Predappio, donde está enterrado, cientos de antifascistas desfilaron días atrás para reafirmar su compromiso y desafiar las marchas fascistas previstas. El antifascismo en Italia sigue vivo, sí, a pesar de no ser noticia, y de que las elecciones las haya ganado una fascista. Y de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen la felicitase amigable y públicamente en Twitter, deseando trabajar juntas por Europa. Y así fue, que Meloni reiteró su compromiso con la muerte, con el bloqueo a los barcos de rescate del Mediterráneo, esos que salvan vidas y muestran las criminales políticas de fronteras europeas, donde indigna más la salsa de tomate sobre el cristal de un cuadro que los miles de cadáveres que siembran nuestras aguas. Las mismas recetas que aplicamos aquí en nuestras fronteras, no lo olviden, como ha demostrado la BBC en una extensa investigación publicada ayer sobre la reciente masacre en Melilla ejecutada por las autoridades españolas y marroquíes, y que costó decenas de vidas. Aquel asunto ‘bien resuelto’, como afirmó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Nos invitan a abandonar la memoria histórica para afrontar el futuro, para no reabrir heridas, para no usar la palabra ‘fascista’ en vano. Mientras, ellos escupen sobre las víctimas del fascismo y del nazismo, como Pablo Casado tildando de ‘batallitas del abuelo’ la lucha por recuperar los cuerpos de los asesinados que yacen en cuentas. Y nos dicen que serán fascistas, pero que saben gobernar. O que la lucha, como entonces, se libra contra el comunismo, por la libertad. Que hay que elegir. Nos piden pasar página, cambiar de canción, mientras ellos insisten poniendo esa versión de mierda de nuestra historia, la de que se vivía bien y se hicieron cosas buenas. Y que ahora no hay racismo, que nunca lo hubo, que en los 90 veían El príncipe de Bel Air mientras los nazis mataban a Lucrecia y a Sonia, y que tienen un amigo negro, y otro gay, que no flipemos. Que lo suyo es sentido común, mirar al futuro, y nosotros estamos todo el día anclados en el pasado, censurando y cancelando a todo dios. 

La periodista catalana Alba Sidera, residente en Roma, lleva años alertando sobre lo que iba a pasar en Italia. El brazalete de Bignami, nos recuerda, es tan solo una anécdota más. La punta del iceberg. “Después del blanqueamiento que le ha permitido ganar, asistiremos al blanqueamiento que le permitirá gobernar”, nos recordaba en un artículo reciente en el que desgranaba algunas de las muestras de fascismo que acompañan a este nuevo gobierno. Meloni no ha tardado en cuadrarse ante Europa, de despejar cualquier duda sobre su compromiso con las políticas neoliberales y con la OTAN. No es tan mala como la pintan, no se preocupen. Además, es mujer. Como Thatcher. Como Condoleezza Rice. Casi ni notaran la diferencia. 

No estamos tan lejos de Italia, por mucho que ellos colgaran al fascista boca abajo hace ochenta años y nosotros lo arropáramos en su cama, le diéramos un besito de buenas noches y aceptáramos su legado con una pistola sobre la mesa y ruido de sables de fondo, hace más de cuarenta años. La nueva Ley de Memoria Democrática llegada con enorme retraso y aprobada recientemente tratará de lavar un poco la imagen de nuestra historia, como si saldase cuentas, como si pintar la fachada escondiera el síndrome de Diógenes fascista que alberga el edificio por dentro. Está por ver cómo se implementará, pero permítanme que sea escéptico. O que crea que el problema va mucho más allá de las águilas de San Juan que todavía adornan algunas fachadas. 

El problema es que sus agendas se han normalizado ya de tal manera que necesitamos ese brazalete para identificarlos. Y a veces ni con eso es suficiente. Que las políticas de fronteras, las guerras en las que participamos y las políticas económicas neoliberales llevan años abonando el terreno para que de esas boñigas crezcan estos fascistas. Y cuando se hicieron mayores, entraron de nuevo por la puerta grande, con confeti y purpurina, con golpecitos en la espalda de los demócratas, que saben que este chico malo, este ‘políticamente incorrecto’, una vez toque poder, no hará nada mucho más diferente de lo que ellos llevan años haciendo. Aunque no lleven brazaletes con esvásticas.