Que no nos convenzan de la derrota

De nada sirven hoy los lamentos ni los reproches. No sirvieron hace cuatro años cuando la ultraderecha entró por la puerta grande de las instituciones españolas con alfombra roja y eufemismos, ni con los sucesivos sustos de Le Pen en Francia, ni con los gobiernos de Trump o Bolsonaro. No fue Meloni quien dio el susto hace dos días. El fantasma hace años que recorre Europa y medio mundo, y algunos ya nos sentimos como telepredicadores anunciando el fin del mundo cada vez que los ultraderechistas están con medio cuerpo en la ventana a punto de entrar. No funciona.

Decía la pasada semana, a pocos días de las elecciones italianas, que esta nueva ola neofascista consiste en la absoluta normalización de las ideas de la ultraderecha y la asunción de sus marcos, su agenda y sus políticas por parte del resto de partidos. Pero también, y por oposición, en una izquierda que pierde más tiempo buscando culpables o tratando de aprovechar la marea antes que de ponerse manos a la obra.

No hay que omitir a los responsables, directos e indirectos, de esta nueva victoria del fascismo. Pero ordenémoslos por responsabilidades. Cuando liberales y conservadores cada vez se parecen más a los ultraderechistas, y los socialdemócratas se muestran incapaces (o sin intención) de plantar cara o tan solo cuestionar al neoliberalismo, se deja la puerta abierta al relato de la casta y de que todos son iguales. Aquí es donde la ultraderecha pesca parte de su electorado: en el cansancio, la decepción y la antipolítica, en que nada o poco cambia para la clase trabajadora gobierne quien gobierne, aunque luego la supuesta solución mágica de la ultraderecha siga el mismo guion que los anteriores, solo que atizando un poco más a los más vulnerables. Y es que sus recetas económicas no tienen nada de antisistema, sino que son una garantía para este, y para que las élites sigan en sus tronos mientras el debate del populacho gire en torno a la migración, las feministas, el colectivo LGTBI, los moros, la familia y las banderas.

El reproche a la izquierda institucional, a la que dice serlo y gobierna, pero no ejerce como tal, es más que necesario. Hay quienes esperan más de ella, quienes la excusan con las limitaciones de la coalición o del marco institucional, y quienes directamente la señalan como insalvable y como parte del problema. Todos tienen sus motivos y su parte de razón, pero la pataleta nunca sirvió de nada. Regalar la representación de la izquierda tan solo a estos partidos (o peor, al Gobierno), es contradictorio cuando al mismo tiempo se le niega tal entidad. Hay que seguir poniendo frente al espejo a esa parte de la izquierda que está en las instituciones, señalando no solo sus contradicciones o su falta de valentía (o peor, de voluntad), sino también su falta de argumentos o la ausencia de explicaciones más allá de triunfalismos por migajas.

Lo que no aporta nada y es un buen aliado tanto de la ultraderecha como del statu quo, es el nihilismo, el derrotismo, o peor, el ver a los fascistas como un ejemplo a seguir ‘porque hablan de lo que al pueblo le interesa’. Esto, lamentablemente, es algo que hemos visto en determinados espacios de una izquierda instalada en la pataleta y en el todo mal, sobre todo en redes sociales. Eso sí, tampoco es justo regalar a esta autoerigida como verdadera izquierda la representación de la ideología, ni tan solo de los deseos y las reivindicaciones de la clase trabajadora, por mucha pomposa retórica marxista que utilice.

Hay otra izquierda proactiva y menos llorica que de verdad trabaja por revertir esta situación, aunque lo haga lejos de los grandes focos mediáticos y los debates encarnizados en las redes sociales, llenos de anónimos predicadores y ascetas. Las personas que trabajan en sus pueblos y en sus barrios contra la precariedad, codo a codo con sus vecinos y vecinas, llevan tiempo construyendo ese mundo que algunos, de derecha a izquierda, tratan de defenestrar o de negar que exista. Cuando se culpa a ‘La Izquierda’ de no estar haciendo nada, y se señala solo a los partidos, se omite deliberadamente a estos movimientos sociales que siempre estuvieron, y se le regala la representación de la izquierda a los partidos e instituciones a quienes, al mismo tiempo, se les reprocha que no lo son. Hablar de ‘La Izquierda’ y omitir esto es una buena estrategia de la derecha para negarle entidad, pero una omisión imperdonable a quien se considera de izquierdas.

La derrota se construye antes en el imaginario colectivo que en la práctica, y parece que hay determinados personajes empeñados en instalarla incluso en sus propias filas. La izquierda institucional renunció hace tiempo a plantear algo que vaya más allá de pequeñas reformas que la estructura pueda asumir, sin molestar demasiado a las élites, capaces de derribar o instalar cualquier gobierno usando toda su artillería ajena a la democracia. Y no hay que menospreciar que algunos pequeños cambios sí que ayudan a quienes peor lo están pasando, aunque haya que señalar que siempre, mientras exista precariedad y explotación, serán insuficientes. Y por eso, los movimientos sociales son los que deben permanecer advirtiendo de todo lo que queda por hacer y predicando con el ejemplo. Aunque se crea que solo por aliviar temporalmente la situación de una parte de la población ya ha valido la pena, la honestidad debería exigir que se explicase el cómo y por qué se traga con todo lo demás y hasta dónde se está dispuesto a ceder.

Aún así, la izquierda sobrevive, le pese a quien le pese, ajena a los profesionales de la política. Sobrevive en las pequeñas grandes luchas que un día consiguen parar un desahucio, que otro día ocupan un edificio para familias vulnerables, o que consiguen frenar un plan urbanístico ecocida y especulativo. En sindicatos que consiguen frenar despidos, ganar a sus explotadores en un juicio o mejorar sus condiciones laborales. Cuando se planta ante los fascistas cada vez que estos pretenden vomitar su odio en los barrios obreros, o cuando lucha cada día contra el racismo, la homofobia y el machismo en sus escenarios cotidianos. Y sí, la conciencia de clase existe también en estas pequeñas luchas que algunos tratan de relegar a ‘lo identitario’ negando lo material que subyace en todas ellas, y a pesar de los esfuerzos del neoliberalismo por desclasarlas. Por eso, no puede regalarse al sistema o a la ultraderecha la batalla en las políticas de identidad (de los derechos de determinados colectivos a la igualdad), porque esta la explota y la vacía de contenido de clase precisamente para que la abandonemos y se la regalemos para enmarcarla en su relato reaccionario.

El terreno institucional, los partidos o los grandes platós son otra liga, y sus personajes van y vienen. Quizás convendría girar el foco hacia los que permanecen cuando los otros se van. Hay proyectos, espacios y luchas para todos los gustos, no lo duden. Quien diga que no hay nada que hacer se equivoca o miente. Y solo quien se puede permitir una derrota tras otra, quien está a salvo o quien pretende que nada cambie, es el más interesado en instalar ese nihilismo y ese derrotismo en esta izquierda, en esta sociedad que se resiste a resignarse.

Columna de opinión en Público, 27 de septiembre 2022

Convertir a los ultras en celebrities

La perdiz estaba bastante buena, pero le fallaba algo al puré, que estaba un poquito amargo. Juan García-Gallardo, miembro del partido ultraderechista Vox y actual vicepresidente de Castilla y León, degustaba los platos que varios concursantes de Masterchef Celebrities, habían cocinado con productos locales. Es uno de los programas estrella de la televisión pública española, presentado por Samantha Vallejo-Nágera, nieta del Mengele español, el médico de Franco que buscaba el ‘gen rojo’ en el ADN de los republicanos prisioneros tras triunfar el golpe de Estado de Franco.

“Hoy he hecho público mi perfil de Twitter. Mi último follower es una puta, o eso parece”, decía el vicepresidente, el jurado de Masterchef, al estrenarse en la red social en 2011. Su rastro en las redes sociales está trufado de perlas. Pedía ‘heterosexualizar’ el futbol porque estaba lleno de maricones. Y llamaba ‘experta en penes’, podemita, lesbiana y feminazi a Sonia Vivas. Pero eso no impide que sepa juzgar un buen plato de perdices en un concurso de la televisión pública.

Esta semana, lejos de las cámaras y de las mesas repletas de comida en los jardines de la Granja de San Ildefonso, el concejal de Zaragoza en Común y Secretario Político del Partido Comunista de España en Aragón, Alberto Cubero, se enfrenta a un juicio en el que le piden varios años de cárcel y varios miles de euros de multa por apoyar unas protestas contra la extrema derecha. “En política fiscal y en política económica se les cae la careta, y luego les pasa lo que les pasa, que van a Vallecas y los reciben como los reciben (…) ojalá les pase lo que les pasó en Vallecas en toda España”, dijo el concejal en el pleno. Se refería a la gran concentración antifascista que protestó contra un mitin de Vox en una plaza del popular barrio madrileño, y que terminó con cargas policiales.

El partido ultraderechista acusa a Cubero delito de odio e incitación al delito por estas palabras. Pretenden, una vez más, darle la vuelta a esta legislación pensada para proteger a los colectivos vulnerables víctimas habituales de los discursos y agresiones motivadas por odio, y presentarse ellos como víctimas. Sin embargo, en aquella protesta de Vallecas no hubo delito alguno contra Vox. Así lo determinó el juzgado de instrucción nº8 de Madrid el pasado mes de junio ante la denuncia del partido ultra. Ni delitos de odio, ni prevaricación, ni omisión de perseguir delitos, ni lesiones, ni daños, ni delito en acto electoral. Así se dio carpetazo al tema, a pesar de que los manifestantes detenidos por supuesto atentado contra la autoridad en la cuestionada actuación policial aquel día tuvieron luego que soportar su exhibición en los medios como si fuesen trofeos, con nombres y apellidos y con informaciones directas de la Brigada de Información de la policía a sus periodistas de cloaca habituales. No recuerdo haber visto a Alberto ni a ninguno de estos chavales en un informativo de la televisión pública española contando su caso.

Mientras la televisión pública mostraba al ultraderechista comiendo como un rey literalmente en un palacio, la ex vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Memoria Democrática, Carmen Calvo, aseguraba en una tertulia radiofónica que ‘los españoles somos fundamentalmente anarquistas’. Según ella, España ‘no es ni republicana ni monárquica, porque ha tenido muy malas experiencias en las dos formas’. Ministra de memoria democrática, ojo, del mismo partido de Gobierno que al día siguiente tumbaba, con el apoyo de Vox y PP, las comisiones de investigación sobre la cloaca policial y la masacre de Melilla. El mismo día que se anunciaba la compra de 60.000 balas de goma para los antidisturbios, a pesar de haberse demostrado excesivamente nocivas e incontrolables, y varias asociaciones de derechos humanos llevan tiempo en campaña pidiendo su prohibición.

Parece un sainete, pero es la política española que se exhibe a diario. Y son demasiadas veces los medios públicos los que alimentan esta manera de hacer y se deshacen de quienes se salgan del redil. Justo ayer lo recordaba, echando de menos a Jesús Cintora hablando claro en la franja del mediodía en la televisión pública, mientras por la noche promocionaban al ultraderechista relamiéndose los dedos. Todos felices y comiendo perdices.

También lo pensé cuando leí que una joven de 21 años iba a ser juzgada porque la policía dice que lanzó una botella durante las protestas contra el encarcelamiento de Pablo Hasel en València. Le piden seis años de prisión. Además, la policía añade que, tras ser arrestada, se quitó las esposas e hizo que un agente se lesionara al caerse persiguiéndola. Una fantástica acrobacia que podría ilustrar perfectamente el relato que, unos desde los medios y otros desde las tribunas políticas, intentan vendernos todos los días, donde los ultras son celebrities, los manifestantes son Houdinis, y los periodistas de los grandes grupos mediáticos nunca son considerados activistas.

Al día siguiente de dicha manifestación participé en una tertulia sobre el tema en la televisión pública valenciana. Critiqué las cargas policiales (cuyas imágenes mostraban una actuación absolutamente desproporcionada) y pedí en directo explicaciones a la Delegación del Gobierno, que había rechazado hacer declaraciones al programa o intervenir en el debate. Fue la última vez que me llamaron de esta televisión para una tertulia.

Festejos taurinos y fumar crack

Casi una decena de muertos y cerca de 300 personas heridas este verano en varios festejos taurinos. Ni con estos datos, los representantes del gobierno valenciano hicieron algo más que prometer más control y pedir a los asistentes que no se hagan selfies corriendo delante del toro y que no se metan al lío borrachos ni con tacones ni zapatos de charol. Muertes evitables, porque ponerse delante de un toro, igual que fumar crack, son actividades de riesgo, por mucho que algunos digan que lo hacen ejerciendo su libertad individual, y que ellos son responsables, que controlan. Y que es parte de su tradición. Al menos, la portavoz del Consell admitió al día siguiente de reunirse esta semana con las peñas taurinas y otros implicados en el sector que estaba a favor de que se abra un debate en las instituciones sobre prohibir los ‘bous al carrer’. Veremos.

Llevamos toda la vida viendo imágenes de toros masacrados en las plazas, toros corriendo despavoridos perseguidos por mozos sobreexcitados por callejuelas, algunos con bolas de fuego en los cuernos y con el rostro quemado. Otros cayendo al mar, atados con cuerdas o siendo atravesados con objetos punzantes ante los aplausos y los vítores del populacho. Vídeos en los que se escuchan a menudo los gritos de terror del animal, impotente ante la turba de sádicos que lo someten y lo torturan para divertirse. No quiero insistir en el eterno debate de la diversión que le provoca a algunas personas ver sufrir a un animal (por mucho que lo adornen con lentejuelas y lo llamen arte), sino en la hipocresía política de quienes nos gobiernan y lo siguen permitiendo. Más todavía cuando los muertos y heridos son también seres humanos.

Esta semana, la localidad valenciana de Tavernes de la Valldigna tuvo el coraje de suprimir este tipo de festejos, algo que no se explica que no hayan hecho al menos el resto de los municipios gobernados por quienes enarbolan la bandera del ecologismo, o de aquellos partidos que promueven leyes de bienestar animal para el conjunto del Estado. Ni siquiera eso. Tan solo el compromiso con la no-violencia debería ser consecuente también con los animales, ya que no existe razón alguna, más allá de las excusas de la tradición y del negocio, para mantener la tortura y el maltrato como espectáculo. Siempre me he preguntado qué efectos tiene en la mente de las personas normalizar la tortura como espectáculo.

Thank you for watching

Una de las habituales excusas de quienes confiesan abiertamente su aversión a estos espectáculos mientras no los prohíben cuando gobiernan es que, poco a poco, la tradición se irá perdiendo. Y que son seguras, claro, a pesar de las muertes y los heridos que cada año salpican estos festejos. La realidad es otra, pues saben que, en pueblos donde estas prácticas siguen siendo consideradas una seña de identidad, les costaría un puñado de votos. Pero ni siquiera con una normativa sobre el maltrato animal, sea estatal o autonómica, se evitan estas salvajadas. Lo vamos a ver de nuevo con Tordesillas, donde varios individuos a caballo lanceaban a un toro hasta la muerte. Tuvo que ser un decreto-ley de la Junta de Castilla y León el que prohibiese esta práctica, cuyas imágenes cada año daban la vuelta al mundo y sonrojaban a la gran mayoría del país, ajeno y contrario a estos linchamientos. A pesar de esto, el ayuntamiento ha logrado encontrar un resquicio legal que permitirá volver a apuñalar al toro durante la celebración de los festejos, desde 2016 supuestamente adaptados a la normativa que prohibía lancearlo y matarlo.

Sin embargo, la avalancha de argumentos habituales para el mantenimiento y la subvención de estas atrocidades siguen sirviendo de excusa para muchos de los gobernantes cobardes que prefieren aguantar el chaparrón los años que les quedan en el consistorio antes que jugarse perder las elecciones por ser coherentes con lo que predican. La tradición, el negocio, la ‘cultura popular’, la libertad para participar o no, y todo lo que ustedes quieran. También las condiciones en las que se encuentran los animales en la industria cárnica, algo que quienes protestamos contra la tortura como espectáculo, también criticamos.

Es cuestión de voluntad política, ni más, ni menos. Ni siquiera de educación a largo plazo, ni de medidas de seguridad, ni de confianza en que el público vaya a menos. Si existe un consenso básico que nos dice que matar o torturar a un animal a cuchilladas o a palos no solo no puede ser nunca divertido, sino que es peligroso, no sé qué demonios hacemos manteniendo este tipo de festejos. No puede haber excepciones para el toro. Y si se esgrime el argumento de las familias que viven de ello, pónganse manos a la obra para reconvertir dicho negocio cualquier otra labor, como tuvieron que hacer millones de trabajadores con las consecutivas reconversiones industriales o los cambios que generan las propias dinámicas de la economía. Poner como parapeto el sustento de las familias que viven de este negocio para esquivar las críticas es el as en la manga. Jugar con esto siempre es feo, pero bajo ese argumento, todo negocio podría considerarse razonable si de él viven varias familias.

El crack, la heroína y el resto de drogas ilegales también darían puestos de trabajo a quienes la comercializaran. Imaginad la cantidad de puestos de trabajo que se crearían si legalizáramos el crack y si subvencionáramos el cultivo de amapolas y la producción industrial de heroína. No se puede jugar con el pan de las familias, así que puede sonar muy naif usar argumentos morales cuando está en juego el sustento de tantas personas. Esta demagogia barata se puede usar al gusto para defender cualquier barbaridad, ya sean los toros, las drogas duras o el envío de armas a países que masacran civiles. No es fácil navegar en estas contradicciones cuando se pone el pan encima de la mesa como argumento irrebatible, pero no pueden servir siempre como excusa para justificar cualquier cosa que dé de comer.

Columna de opinión en Público, 30/08/2022

No son las cloacas, son los cimientos

Las informaciones reveladas estos días por Crónica Libre y lo que vienen contando varios medios desde hace tiempo sobre la forma de actuar de algunos policías, políticos y periodistas son solo pequeñas muestras de cómo funciona todo. Queremos creer que es una anécdota, cosa de cuatro personajes, porque asumir que esto funciona así, a gran escala, duele. Pero es así. Es lo que se cuece entre bambalinas día tras día, aunque no haya nadie grabando “No son las cloacas, son los cimientos”, escribía ayer mi amigo Benjamín en Twitter. Porque para que todo esto sea posible e impune, estas formas de actuar y de incidir en asuntos públicos, es lo que permite que la estructura permanezca inalterable. Que nadie, ni la voluntad popular, mueva nada. Conservar sus privilegios a toda costa y seguir con sus juegos de trileros decidiendo a quién encumbran y a quién defenestran.

Esto no empezó con la guerra sucia contra Podemos. Ejemplos anteriores tenemos para parar un tren. Aunque con esta guerra en particular se haya podido ver cómo funciona la cloaca, gracias en parte a los altavoces con los que cuenta un partido que, a pesar de todo, forma parte del gobierno, hay muchos otros casos que han sucedido con anterioridad y a los que muy poca gente prestó atención porque las víctimas no tenían ni el entorno ni la publicidad de la que sí goza un partido político. El hecho, por ejemplo, que el Juzgado de Primera Instancia número 84 de Madrid llegara a señalar que el bulo contra Iglesias era “veraz” y había sido contrastado con “fuentes policiales”, demuestra que las “fuentes policiales”, y por extensión, las decisiones judiciales, deben ponerse más de una vez en cuarentena. Esto, además, le costó al exvicepresidente, 30.000€ en costas por este juicio. Hoy se demuestra que Pablo Iglesias tenía razón, pero nadie le va a devolver esos 30.000€ ni va a resarcir el daño que causó esa desinformación a su partido, a las puertas de unas elecciones generales. Un daño que, como apuntó anteayer en La Base, es en realidad a la propia democracia, pues querer influir en unas elecciones con mentiras, sirviéndose de múltiples cómplices, es un atentado contra cualquier sistema que se considere democrático.

Justo esta semana, y aprovechando el revuelo, alguien decidió estrenarse en Twitter: “A estas alturas a nadie le debería sorprender que exista una simbiosis de putrefacción entre agentes de la autoridad, propagandistas y políticos profesionales”, decía en hilo Alfonso Fernández, ‘Alfon’, un joven vallecano que estuvo varios años en prisión acusado de un delito que él siempre negó, y cuyo juicio estuvo plagado de irregularidades. También pidieron la vez los independentistas vascos y catalanes, activistas de varios movimientos sociales de izquierdas de todo el Estado, y periodistas de diversos medios, que quisieron recordar que las cloacas llevan funcionando desde siempre. Como decía Benjamín, insisto, forman parte del Estado. Recuerden Pegasus. Aquí no ha pasado nada y ya nos hemos olvidado.

Si lo han hecho con una parte del Gobierno, ¿cómo no lo iban a hacer con activistas y movimientos sociales? A Alfon se le sumó Javitxu, uno de los seis antifascistas de Zaragoza condenados a siete años de prisión solo porque un policía dice que lo vio tirar una piedra. O a varios periodistas que denunciaron y testificaron sobre una agresión policial durante las cargas en el mitin de Vox en Vallecas, a los que la jueza ha imputado por supuesto falso testimonio. Casos hay de sobra, y no pretendo citarlos todos, pero quienes los hemos seguido y hemos denunciado las sombras que han planeado en muchos de estos, hoy nos sentimos un poco más respaldados por las evidencias de putrefacción que supuran estos días.

Pero en todos estos casos se está omitiendo una parte fundamental de la ecuación, a la que justo ayer apelaba directamente uno de los audios: “Margarita Robles está absolutamente a nuestro favor”, decía Mauricio Casals en un audio. La ministra de Defensa, ojo. De quien depende el CNI. Posteriormente, la conversación citaba al presidente del Gobierno: que le iban a dar cera a Pedro Sánchez, decían. Ni aun así espero que se pronuncien. Son esas cosas que suceden incluso dentro de un mismo partido, de un mismo gobierno, como el caso Ábalos, por citar un ejemplo, y que demuestran las cuchilladas y las deslealtades, las miserias y las conspiraciones que trascienden las supuestas camaraderías o intereses corporativos. No saldrán a dar explicaciones porque eso les obligaría a explicar demasiadas cosas, igual que lo de ‘los americanos’ que admitía Villarejo sobre la venta de información a una potencia extranjera cuando necesitaban pasta. O de la reunión de Dolores Delgado siendo Fiscal General del Estado y ex ministra de justicia, con Inda el mismo día que Villarejo salía de prisión. O sobre lo que contaba la periodista Patricia López en otra pieza que pasó relativamente desapercibida: que Villarejo contaba con un grupo de policías para hacer los informes falsos, que aún siguen en la UDEF. Es decir, policías compinchados con el comisario corrupto, siguen hoy en activo.

Marlaska debería ser uno de los primeros en dar la cara, pero acostumbrados nos tiene ya a negar la mayor desde mucho antes de ser ministro. Cuando era juez no veía las torturas que los detenidos denunciaban, y Estrasburgo condenó a España varias veces por ello. Hace unas semanas, tampoco vio, a pesar de las evidentes imágenes que publicó este medio, cómo agentes marroquíes cruzaban la frontera para apalear y llevarse de nuevo a Marruecos a varias personas migrantes, de las que más de treinta morirían. Todo bien resuelto, recuerden. La policía, igual que las Fuerzas Armadas, son intocables. Siempre lo hacen bien. Por eso, Marlaska sigue concediéndoles el regalo de la Ley Mordaza por la que tanto se calientan cuando pedimos su derogación.

Sin embargo, la picota está estos días en determinados políticos víctimas de esta trama, en los medios y en los periodistas que protagonizan este caso, así como en aquellos que se sientan en sus programas. Pero que no se olviden muchos otros casos de personas ajenas a partidos, y que esta apelación a la honestidad del periodismo venga acompañada también de un apoyo a aquellos medios que han demostrado su independencia y su esfuerzo por dar otro tipo de información, por atender no solo lo que afecta a los protagonistas habituales de ‘la política’, sino también a cualquiera que se mueve. Porque quienes no se creen el servicio público ni el derecho de la ciudadanía a recibir una información veraz no mirarán nunca por el bien común. Nunca, una empresa, ni una mafia, mira por el bien de todos.

Columna de opinión en Público, 13/07/2022

Sobre periodismo: Debate en La Base #79 tras el ‘sincericidio’ de Antonio Caño, director de El País. 

Debate sobre el carácter de actores políticos de los medios de comunicación a raíz de que el ex director de El País Antonio Caño afirmara ayer que intentó evitar desde su periódico la formación del Gobierno de Coalición PSOE-UP. Con la participación de los periodistas Miguel Mora, Olga Rodríguez y Miquel Ramos.