Ingobernables

Volvía a Madrid tras una bonita tarde en Barcelona, en la Kasa de la Muntanya, un antiguo cuartel de la Guardia Civil situado muy cerca del Parc Güell okupado desde 1989. Las redes sociales anunciaban la okupación de un edificio en pleno centro de Madrid, propiedad de UGT, que pretendía vender a una cadena hotelera para sacar una buena tajada de su patrimonio. Lo que toda la vida se ha llamado especular. Sin embargo, la gente de La Ingobernable (que ya fue desalojada ilegalmente en 2019, como sentenció el Tribunal Supremo hace dos días), pedía a UGT que se reuniese con ellas para hablar y encontrar una solución negociada. La ilusión de ver cómo se acababa de recuperar un espacio por y para el pueblo, fue breve.

Desde la terraza de la Kasa de la Muntanya se observa la ciudad entera, atravesada por feos edificios que rompen el horizonte y lo vuelven gris. Pero giras la vista y ves los muros del centro social repletos de colores. Dos milicianas republicanas que sonríen, inmortalizadas por el muralista Roc Blackbloc, ocupan toda una fachada del antiguo edificio. A sus pies, otro muro exhibe el Gernika de Picasso bajo la leyenda Ofensiva Antifa. Las personas que se hacen cargo a diario del centro social más antiguo de la ciudad preparan la cena mientras decenas de personas debaten sobre antifascismo en este emblemático lugar donde se ha cocido gran parte de este movimiento en Barcelona. Durante varios minutos tuvimos un sospechoso dron sobrevolando nuestras cabezas. No sé si escucharon o retrataron lo que quisieron, pero no teníamos nada que esconder. Eso sí, la escena era bastante distópica.

La gente que okupó el sábado el edificio en Madrid y quienes se concentraron para mostrar su apoyo fueron pronto cercados por la policía. Se les encapsuló y no les dejaban ir ni al baño, ni a por comida, en plena vía pública. Cientos de personas mostraban su apoyo en redes, y a lo largo del día seguía llegando gente a pesar de las restricciones para acceder al perímetro. Se insistía a UGT para que se presentase allí a hablar. Incluso sus juventudes lo pidieron. Nada. Silencio absoluto. También silencio de quienes se supone, nacieron y se nutrieron de activistas sociales y que hoy en día ocupan escaños en el Ayuntamiento de Madrid y en el Congreso de los Diputados. Ni un solo tuit de Podemos ni de Más Madrid. Silencio absoluto.

Fue a las diez de la noche cuando el sindicato dijo por fin la suya a través de un comunicado: que quienes okupaban el edificio eran miembros de “un grupo de ultraizquierda radical”, y comparaban la acción con el asalto a la sede del sindicato italiano CGIL en Roma por parte de grupos neofascistas meses atrás. Ahora, quienes pretendían dar un uso social y comunitario al edificio de la calle Hortaleza, estaban atentando, según UGT, contra “los intereses de las personas trabajadoras de este país”. Porque construir otro hotel en el centro de Madrid es lo que necesita la clase trabajadora de este país, a la que este moribundo chiringuito se arroga su representación por sus santos cojones.

No hubo diálogo. De hecho, hasta se podrían haber ahorrado este infame comunicado (echad un ojo a la cantidad de fascistas que les dan me gusta y lo retuitean) y hacerse los suecos, como la izquierda institucional, mientras hacían lo que hicieron, es decir, llamar a la policía para que echase a los activistas, a los que sólo les faltó llamarlos guarros o perroflautas. Y eso que, según un comunicado de La Ingobernable: “Esta operación especulativa se ha realizado con la connivencia del Ayuntamiento de Almeida, que, mediante la aprobación en pleno de un Plan Especial para el edificio, permitía el cambio de uso del suelo a hospedaje en régimen exclusivo. Además, se aprobó la reestructuración de un edificio con protección patrimonial.” El domingo por la mañana ya estaban fuera. Desalojados. Ya pueden seguir vendiendo el edificio para hacer su hotel, su casino o su marisquería.

Estos que no han tenido ni la decencia de sentarse a hablar no entienden o no quieren entender lo que significa la acción de recuperar espacios por y para el pueblo, usan el mismo lenguaje que los fascistas y los especuladores para esquivar incluso el diálogo. Viven al margen de los movimientos sociales porque su negocio va bien y les permite vestirse todavía de representantes de la clase obrera mientras llevan años callados y bien dóciles ante el Gobierno, a pesar de las múltiples razones que deberían haberlos motivado para salir a la calle y montar 80 huelgas generales. Es que ahora gobiernan ‘los buenos’, y si les metemos caña, vendrá la derecha. Y cuando llegue, los acusará de ser ‘ultraizquierda radical’, les quitarán subvenciones y los condenará al ostracismo, sin medallitas que colgarse por cuatro migajas concedidas sin ni siquiera una protesta, tan solo dando la patita y recibiendo una galletita. Como mi perro.

Quienes tenemos la suerte de haber conocido de cerca los movimientos sociales sabemos que estas puñaladas son siempre previsibles, que nunca sorprenden. Eso sí, sirven para retratar a más de uno, como quedaron retratados ayer unos por su comunicado de mierda y otros por su silencio, también de mierda. Y no os creáis que esto es una derrota. Para nada. Lo de este fin de semana es una alegría. Porque demuestra que sigue habiendo gente, movimiento, que se niega a permanecer impasible mientras todo arde, gobierne quien gobierne. Que toma partido, que da la cara y se la juega, mientras otros ponen el cazo o se hacen los suecos. Unos viven de ello. Otros lo hacen por amor. Por convicción.

Mientras, la Kasa de la Muntanya continúa en marcha. Como La Molinera en Valladolid o La Casa Invisible en Málaga a pesar de las amenazas de desalojo para especular con los edificios. Como La Animosa en Madrid, o el CSOA L’Horta en València, que resiste a pie de huerta en un terreno labrado por los vecinos donde crecen las lechugas y los tomates que han plantado los vecinos de Benimaclet ante la amenaza de más asfalto y hormigón. Y muchos otros centros sociales que existen en varias ciudades. Quienes llevan adelante estos proyectos son ingobernables. Da igual quién ocupe las instituciones. Su trabajo está en la calle, con la gente, no en los despachos, y no bajan la persiana cuando las calles arden para no ver lo que sucede y creer que así no les va a llegar la ceniza. Una lástima su silencio, pues quienes hace años hicieron creer a mucha gente que ellos recogerían ese espíritu rebelde para llevarlo a las instituciones, hoy se han escondido bajo la mesa. Por eso, la palabra ingobernable cobra hoy más sentido que nunca. Van a seguir estando, le pese a quien le pese. Y todavía hay demasiados edificios vacíos en este país y mucha rabia, muchas ganas y mucha imaginación capaz de transformar lo más feo y la situación más adversa en un impulso, en un reto. En una victoria. Volveremos.

 Macron gana, Le Pen avanza. La Base #47 -

Pablo Iglesias, Sara Serrano y Manu Levin analizan los resultados de las elecciones presidenciales en Francia, que han dado la victoria al neoliberal Emmanuel Macron frente al mejor resultado histórico de la ultraderecha representada por Marine Le Pen. Con entrevista al periodista y autor del libro ‘Antifascistas’ Miquel Ramos; con la participación de María Corrales, periodista y miembro del Institut Soberanies, y de Guillermo Fernández, profesor de ciencia política de la Universidad Carlos III de Madrid y autor del libro ‘Qué hacer con la extrema derecha en Europa: el caso del Frente Nacional’; y con la colaboración de Anita Fuentes en ‘Placeres culpables’.

Le Pen hace años que ganó

La segunda vuelta de las elecciones en Francia se presenta como un déjà vu. Ya vivimos esto, la historia se repite como farsa, como recordaba Enric Bonet en El Salto esta semana. Y creo que es una sensación compartida por quienes observamos con desgana cómo Francia se debate una vez más entre el continuismo neoliberal y liberticida y la extrema derecha de siempre, cada vez más normalizada en el resto del planeta. A ningún demócrata le debería parecer menor que una de las mayores representantes de la ultraderecha gobierne un país, nuestro país vecino, pero las reiteradas alertas desde algunos frentes sobre la amenaza de la ultraderecha ya no producen ni escalofríos. Es más, incluso han llegado a resultar inocuas. Sobre todo, cuando quienes alertan sobre sus peligros nada tienen que envidiar de las propuestas autoritarias y las retóricas supremacistas de los ultraderechistas.

Esta misma semana, tres líderes socialdemócratas europeos alertaban una vez más sobre la posible victoria de la ultraderecha: Pedro Sánchez, António Costa y Olaf Scholz firmaban un texto que publicó El País sobre los riesgos que corría Europa si Le Pen llegaba al Elíseo. Usando como barniz los lazos que unen a la lideresa ultraderechista con Vladimir Putin, una de las armas arrojadizas de esta campaña con el telón de fondo de la invasión de Ucrania, presentan a Le Pen como la anti-Europa y el chovinismo nacionalista contrario a la Unión Europea que ya obtuvo su aval en Reino Unido con el Brexit. Es verdad que Le Pen representa una parte de lo peor de Europa, haciendo bandera del racismo y de la intolerancia hacia determinados colectivos, pero es que su existencia sirve para blanquear a quienes hacen lo mismo que ella predica, pero adornándolo de retórica ilustrada.

No creo que sean iguales Macron y Le Pen, ni que no sea peligroso que la ultraderechista llegue al poder, pero no somos pocos quienes nos negamos a regalarle a Macron la representatividad de “lo correcto” o de “los valores europeos” frente a la barbarie neofascista. Macron, como la mayoría de liberales, conservadores y una gran parte de la socialdemocracia, hace años que le regalaron otras victorias a la ultraderecha, aunque pinten de triunfo haber impedido su victoria electoral. Otra cuestión es quién decide qué son los “valores europeos”, o incluso “el estilo de vida europeo” que una vez se atrevió a reivindicar Von der Leyen hablando sobre migraciones y demostrando como Europa había comprado el lenguaje y los marcos de la extrema derecha.

Le Pen y el resto de ultraderechas comparten con Macron y los socialdemócratas un proyecto europeo muy parecido, absolutamente neoliberal, racista e inofensivo para las elites. Por muchas fotos que se hagan los ultraderechistas con obreros, y por mucho que algunos los voten, sus políticas no van a cambiar ni un ápice los privilegios de las grandes fortunas ni el orden racista y capitalista. Lo explicó brillantemente Aldo Rubert en Públicorecientemente, ante las habituales tentaciones de la bancada rojiparda de presentar a Le Pen como la que “de verdad” se preocupa por las cuestiones de clase (nacional, por supuesto), no como la izquierda, que, según ellos, se pasa el día con mariconadas identitarias. No aprendieron nada de los cantos de sirena de un papanatas como Fusaro, que, tras dar varias charlas para nazis en Italia, se vino a Barcelona y se la coló por la escuadra, logrando sus aplausos mientras compartían asiento con viejos líderes del neofascismo español en su charla hace unos años.

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La misma farsa es la que entrona a Macron como el dique contra la ultraderecha. Quizás la perversa dicotomía que encierra este sistema electoral que te hace elegir entre el malo y el menos malo sea un mero trámite que hay que pasar rápido, pero no nos debe hacer perder el norte una vez pase este mal trago. Y es que Le Pen y sus imitadores hace tiempo que ganaron en Europa. Aunque no hayan llegado a gobernar, sus discursos, sus marcos y sus temas estrella han sido abrazados, normalizados y ejecutados por el resto de una manera no muy diferente a la que ella plantea. Solo hay que fijarse en algunos detalles que revelan cómo la metástasis neofascista es real. Y se demostró incluso en el debate electoral entre los dos candidatos, cuando los artífices del espectáculo pusieron en el mismo bloque de cuestiones a tratar la migración y la inseguridad. Punto para Le Pen antes de empezar. Cortesía de la cadena. Aquí, los medios de comunicación tienen siempre un papel estrella en cómo se enmarcan determinados asuntos. Y ya hace demasiado tiempo que no hacen más que sembrar las semillas del neofascismo en su menú diario, inmersos en temas de seguridad, en un racismo constante e insultante y en una normalización y blanqueamiento del odio como una opción democrática y legítima. Es más: la aparición de un personaje todavía más siniestro y desagradable que Marine, el fascista Éric Zemmour, sirvió para presentar a la hija de Jean Marie como moderada.

Le Pen ya ganó, insisto. Hace ahora tres años, recuerdo a Borrell denunciando que la migración era “el disolvente más grave de Europa”. Sí, el mismo Borrell que hoy se llena la boca de derechos humanos con los refugiados ucranianos, usaba las mismas palabras que la ultraderecha para referirse a las personas migrantes. Pero no es tan solo retórica su victoria. Las políticas de fronteras europeas de conservadores y socialdemócratas no tienen nada que envidiar a las que propone la extrema derecha. Lo contaba Luisa Izuzquiza en Público en una entrevista de José Bautista sobre la batalla legal de esta y otras activistas contra Frontex.

Macron fue también aplaudido por una parte de la izquierda cuando propuso una ley “contra el separatismo islamista”. El secuestro y la perversión del laicismo por parte de la extrema derecha ha sido aceptado por una parte de la sociedad que confunde la neutralidad del Estado con la intolerancia religiosa. Un laicismo que, en la práctica, solo suspende derechos a una parte de la población: la más estigmatizada, perseguida y marginada. El enemigo interno que para una parte de Europa son las personas musulmanas como durante siglos fueron los judíos, como advierten numerosos estudiosos de la extrema derecha como Enzo Traverso, Robert O. Paxton y todo aquél que recuerde cómo se articuló el antisemitismo durante siglos, y más recientemente con el nazismo.

Esa ley ilustrada que supuestamente ponía coto a la supuesta “islamización” de los barrios pobres franceses, ha servido recientemente para intentar ilegalizar a un grupo antifascista. Como pasa aquí con la legislación de delitos de odio, que se ha convertido en un arma de doble filo que persigue también a quienes combaten el odio. Y siguiendo con la perversión de las leyes y sus retóricas, no hay que olvidar que la campaña por el boicot, las sanciones y las desinversiones de Israel en protesta por su política de apartheid y sus constantes violaciones de la legalidad internacional, ha sido perseguida y acusada de ser antisemita, igual que otros colectivos antirracistas, propalestinos y de derechos humanos. Todo en nombre de la liberté, la fraternité y todo eso, ya saben.

El proyecto neoliberal de Europa necesita a más Le Pen, Zemmour, Abascal, Orban y sus semejantes. Su espantajo funciona y presenta el orden capitalista como un mal menor ante un fascismo que, en la práctica, no es más que su principal valedor y garante. Y esta no gana cada vez más solo porque la izquierda falle algunas veces, sino porque al establishment le viene de perlas y se dedica a promocionarla y a blanquearla comprando su mercancía. Por eso, cuando los tres líderes socialdemócratas que firmaron la citada carta alertaban sobre su peligro, metieron con calzador una vez más a “los populistas” junto a la extrema derecha. Una manera de referirse a las izquierdas transformadoras sin mencionarlas, pero poniéndolas en el mismo plano que a las extremas derechas. Mientras Le Pen les viene bien para reivindicarse como garantes de la democracia frente a la amenaza ultraderechista, las izquierdas, que en Francia han estado a un paso de llegar a la segunda vuelta, son la única alternativa real, social y popular al binomio fascismo-neoliberalismo que tan bien les está funcionando para conservar los privilegios de los de siempre.

Columna semanal de Miquel Ramos en Público, 25 de abril de 2022

Cuatro tuiteros como trofeo

Esta semana, agentes de policía de once países europeos han llevado a cabo una operación conjunta coordinada por Europol contra el discurso de odio en redes sociales. En España hay cuatro detenidos y una persona investigada por estos hechos, en cuya operación policial se realizaron varios registros a domicilios y se incautó diverso material informático. Las imágenes distribuidas por la Guardia Civil tras la operación muestran algunos de los mensajes que habrían motivado las detenciones: antisemitas pidiendo el exterminio de judíos, racistas diciendo que los negros son una raza inferior, y varios tuits hablando bien de Stalin. “La operación ha tenido como objetivo actuar sobre los delitos de odio, el racismo y la xenofobia que circulan en línea y fuera de ella”, afirma la nota de prensa de la Benemérita.

La misma semana, la intervención de una tertuliana en un programa de televisión provocó la indignación de los espectadores. Afirmó que los nazis que bombardearon Gernika no eran tan malos, ni las víctimas tan buenas, ya que, estas últimas, eran comunistas apoyadas por Stalin. Un día después, la presentadora del programa tuvo que salir a pedir disculpas, algo bastante inédito en este país ante los discursos de odio. A pesar de que no se reaccionó en el momento, como fuera deseable, es de las pocas veces que hemos visto un gesto así. Quizás por la avalancha de críticas en redes, pero se hizo. La presentadora afirmó en sus disculpas que “se hizo un mal uso de la libertad de expresión”, aludiendo a las palabras de la periodista que habían provocado una oleada de críticas en redes sociales.

No sorprende ya el revisionismo histórico de la derecha española. No solo justificando el golpe de estado de Franco, la guerra y la dictadura, sino negando sus crímenes y blanqueando el genocidio ideológico y el expolio que se cometió en nuestro país. Y no es únicamente por parte de los franquistas, de sus herederos ideológicos o de sus beneficiarios. Está institucionalizado desde la Transición, con el mantra de la concordia y de superar heridas mientras miles de personas siguen rescatando de las cunetas los cuerpos de sus familiares ejecutados por los fascistas ochenta años atrás.

Tampoco sorprende ya, lamentablemente, que las tribunas políticas, las tertulias y telediarios en los principales medios sean el altavoz de discursos de odio racista, machista. LGTBIfóbico y clasista. Pero no veremos nunca entrar a la Guardia Civil en un plató o en la sede de ningún partido. Hay discursos de odio mucho más graves y con más incidencia en un plató de televisión o en el Congreso que en el tuit de un adolescente. Pero mostrar el vídeo de una operación policial contra cuatro tuiteros por discurso de odio ya sirve para colgarse la medalla de que en España se actúa con contundencia contra el racismo. Eso si, ponme junto a esos tres nazis a un comunista, para que no quede demasiado desequilibrado y no se piensen que solo detienen a nazis. Que malos hay en todas partes y los extremos se tocan, ya saben.

Las redes son un pozo de bilis donde los discursos de odio son más que habituales, y donde ni siquiera la propia red social (la empresa) censura, a pesar de las denuncias. No infringe las normas, responden cuando notificas un tuit racista e incluso unas amenazas. Lo digo por propia experiencia, no me lo ha contado nadie ni es ningún prejuicio. Sin embargo, cualquier día, las autoridades pueden coger cualquier tuit e iniciar así un procedimiento judicial contra su autor. Cada día, la red muestra miles que nunca llegan ni siquiera a borrarse. Es más, algunos de los tuits mostrados en la operación policial ni siquiera son delictivos. Si lo fueran, habría decenas de diputados presos, pues lo que han dicho en sede parlamentaria, ante las cámaras, es a menudo incluso más grave que el tuit de un niñato flipado que se cree Don Pelayo o de un facha cuarentón pasado de carajillos que se viene arriba viendo las noticias. Estos son presas tan fáciles como irrelevantes. Por eso pagan ellos y no el político o periodista ultraderechista que se dedica a difundir bulos y discursos de odio racista y machista que llega a millones de personas.

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El activista LGTBI Fran Pardo denunció hace ocho años una serie de amenazas de muerte en Twitter cuando era menor de edad. Este año se juzgó a uno de los autores, el único al que la policía, según afirmó, había conseguido identificar. El periodista Moha Geredou, sin embargo, sigue esperando a que sus denuncias por las amenazas de muerte que recibió, adornadas con discursos racistas, lleguen algún día a dar resultados. Quien sí que fue identificado, juzgado y condenado este año fue Albert Baiges, un independentista catalán que publicó un tuit contra el Rey español. Este caso fue iniciativa propia de la policía, que llevó a cabo la investigación por un tuit cuando Albert tenía tan solo 160 seguidores en la red social.

Todo esto es una lotería. Le puede tocar a cualquiera. Y con la legislación de delitos de odio manoseada hasta la obscenidad, el Estado ha encontrado un nuevo instrumento que le permite meter en el mismo saco a quien pide el exterminio de los judíos y a quien insulta a la monarquía o a la policía. Y así se marca el tanto ante la opinión pública, como si de verdad les preocupase o fuese peligroso un tuit que solo vieron ellos y cuatro tuiteros.

La perversión y la instrumentalización de la legislación de los delitos de odio es el ejemplo de lo que pretende la ultraderecha resignificando la violencia machista llamándola ‘violencia intrafamiliar’, borrando así el componente estructural del problema para cuya corrección se pensó esta ley. Si los delitos de odio se desnaturalizan y ya no solo protegen a los colectivos vulnerabilizados, sino que sirven contra quienes combaten el odio o critican a la policía, la ley no sirve para nada. Varios organismos internacionales ya le dieron el toque a España por ello, pero la Fiscalía insistió y hasta mandaría una circular recordando que los nazis son un colectivo a proteger ante los discursos y delitos de odio contra ellos.

Escuchen a ciertos diputados o dense una vuelta por los estercoleros digitales que se disfrazan de medios de comunicación para difundir bulos y odios de todo tipo. Ha tenido que ser la ciudadanía la que se organice para denunciarlo. Iniciativas como la que lleva a cabo la asociación És País Valencià en su campaña ‘No financies el odio‘, muestran como estas webs que insultan al pueblo gitano, a las mujeres, a las personas musulmanas o LGTBI tienen anuncios de empresas conocidas que pagan por insertar su publicidad entre los zurullos fascistas que flotan en dichos portales. Señalan públicamente a estas empresas mostrando cómo su marca acompaña a una ‘noticia’ trufada de racismo o machismo, y muchas de estas acaban por suspender la publicidad, es decir, dejan de financiar el odio. Iniciativas así son necesarias, pero parten de la voluntad de la ciudadanía. El Estado prefiere de vez en cuando trincar a un par de idiotas con incontinencia verbal en Twitter para aparentar que hace algo.

No pretendo banalizar los discursos de odio. Ni mucho menos a los nazis. Algunos llevamos años denunciándolos y exigiendo que se actúe contra estos. Pero las escenificaciones quedabien como la del otro día, no son más que una cortina de humo. Los discursos de odio se han instalado en la normalidad democrática. Son, según algunos, opiniones respetables, igual que proponer quitar derechos a determinados colectivos, opciones y propuestas democráticas legítimas. Si al Estado le preocupa de verdad el discurso de odio, miren más allá de Twitter y pongan la radio y la televisión. O escuchen a ciertos diputados, concejales o cargos públicos en vez de exhibir a cuatro tuiteros como trofeo.

Columna de opinión de Miquel Ramos en Público, 11/04/2022