«Ni al Estado español ni a las élites les inquieta la extrema derecha»

09/05/2022 per Miquel Ramos

Entrevista en Iruña con Ibai Azparren para Naiz.info sobre el libro ‘Antifascistas’ y la extrema derecha hoy.

30 de abril de 2022.

Periodista especializado en extrema derecha y movimientos sociales, Miquel Ramos (Valencia, 1979) es colaborador habitual de diferentes medios y programas televisivos. Ahora publica con la editorial Capitán Swing ’Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90’.

’Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90’ es una historia sobre el antifascismo «contada desde dentro», un ensayo en el que Miquel Ramos cuenta la evolución de la extrema derecha durante los últimos cuarenta años para explicar a qué se enfrenta el antifascismo y la sociedad en general. Aprovechando su estancia en Iruñea, NAIZ charla con el periodista en Katakrak sobre este libro imprescindible para los tiempos que corren.

La muerte de Guillem Agulló avivó algo en una nueva generación de jóvenes que empezaba a interesarse por la política. ¿Qué despertó en usted?
A mí me golpea de lleno y de manera muy cercana. Primero, porque Valencia es muy pequeña, y  dentro del entorno de la izquierda y del valencianismo nos conocíamos todos. También por el hecho de que una de las personas que acompaña a Guillem esa noche era una compañera del colegio. Fue un hecho traumático que se extendió a toda la sociedad valenciana. Ya había habido una serie de crímenes de odio por parte de la extrema derecha, que ya no es la que viene del franquismo y de la Transición, sino una nueva que se dedica a cazar a personas de todo tipo. La muerte de Guillem vino a demostrar que ya no solo atacaban a personas vulnerables como fue Sonia, una mujer transexual que vivía en la calle, o Lucrecia, una mujer migrante negra que vivía en una casa abandonada, sino que también a atacaban a una persona joven, militante de izquierdas y antifascista como Guillem. Cualquiera de nosotros podía ser el siguiente.

Desde los nostálgicos de Franco hasta Vox, pasando por los skinheads. ¿Cómo ha mutado la extrema derecha desde la Transición hasta hoy?
En el Estado español la extrema derecha siempre va por detrás. Saliendo del Régimen, los que habían sido ministros con Franco se convierten en artífices de la democracia por la gracia de Dios. Sin embargo, llega un momento en el que España se parece cada vez más a Europa y comienzan a aparecer partidos neofascistas que no hacían referencia estrictamente al fascismo y al nazismo, sino que tenían discursos y apellidos democráticos como Democracia Nacional, pero que eran los mismos que venían de grupos nazis de los 80-90 y que empezaban a buscar su encaje dentro de un sistema democrático.

Y a concurrir en las elecciones. 
El libro cuenta la evolución de la extrema derecha porque hay que explicar a qué se enfrenta el antifascismo. Y si al principio se enfrenta a bandas parapoliciales, al terrorismo de Estado o a grupos nazis, llega un momento en el que la extrema derecha empieza a acudir a las urnas. Al principio les va mal pero, por ejemplo, la experiencia de Plataforma Per Catalunya fue un susto. Empiezan a pensar nuevas estrategias, y ahora no se puede combatir a un partido político solo con una manifestación, hacen falta muchas complicidades. El libro intenta poner sobre la mesa que el fascismo ha intentado penetrar por todas partes y apela a diferentes actores de la sociedad para que tomen conciencia del problema y actúen en la medida que sean capaces.

Las acciones violentas de la extrema derecha en los años 90 fueron muy frecuentes en diferentes puntos del Estado como Madrid, Barcelona o Valencia. Sin embargo, en Euskal Herria, la presencia de estos grupos fue mínima comparado con esos lugares. ¿A qué se debe?
Euskal Herria tenía sus propios problemas, más allá de que no había una extrema derecha que se iba de cacería a los barrios donde se reunían la gente de izquierdas. No obstante, había bandas parapoliciales, terrorismo de Estado, y el conflicto vasco y la violencia por parte de ambas partes que lo atravesaba condicionó, no solo la política en Euskal Herria, sino toda la política a nivel estatal, y también a todos lo movimientos sociales más allá de Euskal Herria. 

Hay un capituló en el que habla de eso, titulado «todo es ETA». ¿Por qué ha decidido introducir este tema en un libro sobre la extrema derecha? 
Porque es muy importante para la gente que no ha vivido los años 90 y la década siguiente. La violencia que envolvió el conflicto condicionó mucho el quehacer de los movimientos sociales y a la propia militancia de izquierdas. Hubo debates muy encarnizados dentro de la izquierda sobre el conflicto. Por una parte, rechazabas determinadas acciones armadas, pero por otra no comprabas el relato oficial ni avalabas las ilegalizaciones, el encarcelamiento, las torturas… Entiendo que desde dentro de Euskal Herria quizás no se conozca lo que sufrimos los que estábamos fuera, cómo vivimos aquello. Y creo que ese diálogo es necesario, y más en un momento en el que la violencia ha dejado de ser protagonista del conflicto. Es necesario que se hable porque sana muchas heridas y acerca a mucha gente.

Le costó escribir el capítulo.
Reconozco que tuve mucha presión interna y lo cambié varias veces. De hecho, es uno de los capítulos que más me ha costado escribir. Sé que es un asunto muy delicado, que tocas muchas sensibilidades y que es un tema que todavía está instrumentalizado, pero me parecía que se tenía que hablar de esto, que se tenía que contar cómo se vivió todo eso fuera de Euskal Herria y cómo afectaba una acción armada en un territorio como por ejemplo Valencia. ¿Cómo vivíamos nosotros eso? Pues lo pasábamos muy mal. El «todo es ETA» era eso. La situación era muy maniquea y estos debates se tenían en privado porque el ambiente era tan hostil que era muy delicado hablar de determinados temas, incluso a nivel familiar.

Dedica además otro capítulo a Xavier Vinader y su investigación en Euskal Herria de grupos parapoliciales de la extrema derecha que fueron embriones de lo que después sería el GAL. El Estado nunca ha visto a la extrema derecha como un peligro…
Lo dijo Xavier Vinader: la extrema derecha llega donde el Estado no puede llegar. Aquí tuvimos nuestro propio Gladio que, aunque no se llamaba así, se llamaba BVE o GAL, mercenarios de extrema derecha vinculados al Ministerio de Interior. Pero, ahora, tampoco sigue siendo un problema para el Estado. Primero, porque no cuestiona el status quo, no cuestiona el orden neoliberal ni la unidad de España. Es más, la extrema derecha sirve para atacar aquellos que lo cuestionan. Utiliza mucho la batalla cultural, es decir, temas pantalla como su lucha contra el feminismo o las personas migrantes para no hablar de lo que son, partidos complacientes con las élites. El Estado nunca ha considerado a la extrema derecha como una amenaza.

Miquel Ramos, en Iruñea. (Iñigo URIZ/FOKU)

¿Hasta qué punto está sumergida la extrema derecha en los aparatos del Estado? ¿Es comparable a otros países europeos? 
No me atrevo a decir que sea comparable, aunque sé que en otros países existen estos problemas. Pero aquí no se depuran. No hay interés por parte del Estado de frenar esos brotes de fascismo que vemos en los chats de policías y militares, donde hablan de fusilar a media España y utilizan insultos racistas y machistas. No pasa nada, no se sancionan esas conductas. Muchas veces son los policías o los militares quienes filtran las informaciones. Se asustan cuando ven este tipo de mensajes y, como no confían en su superior, se lo tienen que filtrar un periodista. Tenemos un problema si es el demócrata el que se tiene que esconder.

La extrema derecha como Vox o el FN ha sabido presentarse ante el público como un partido político más, pero este cambio de estrategia se estaba cocinando a fuego lento. ¿Cómo se dio este viraje estratégico?
Ssiempre me preguntam a ver si el antifascismo ha fracasado porque hoy en día tenemos 52 diputados de Vox, y yo digo que quien ha fracasado es la sociedad. Dejaron solos a chavales y chavalas enfrentándose un monstruo que advertían que podía llegar a las instituciones. El fascismo apelaba a toda la sociedad más allá de los colectivos que señalaba, era una amenaza para lo que creo que debería ser el pilar básico de la democracia como son los derechos humanos, pero muy poca gente se sintió apelada porque pensaba que la extrema derecha había muerto con Franco. Sin embargo, el libro da cuenta de una serie de gente que vio esa amenaza y se jugo la vida por ponerse en primera línea.

 Si te pasas el día hablando de ETA, Catalunya, «menas» y el lobbie queer, no hace falta que invites a la extrema derecha, ya le has hecho la cama.

Detrás de estas formaciones hay mucho dinero invertido. ¿Quién financia a la extrema derecha? 
No es fácil seguir el rastro del dinero, pero está claro que a las élites no les inquieta la extrema derecha. Es obvio que la extrema derecha de hoy viene del PP. El PP ha tenido la virtud de haber contenido a esa extrema derecha durante muchos años, pocas veces se atrevía a cruzar la línea. La escisión empieza con el Gobierno de Zapatero. En esa época, empieza a haber un mantra dentro de la derecha «neocon» de que el PP no es lo suficientemente valiente para revertir las políticas del PSOE en materia de aborto, matrimonio igualitario o memoria histórica. El PP, cuando llega al Gobierno, las deja de subvencionar o las vacía de contenido, pero no las quita, no se atreve. Y la extrema derecha no quiere esto, por lo tanto aquí se comienza una especie de despegue con Hazte Oír, Abogados Cristianos o los lobbies ultracatólicos que cristaliza en Vox.

Ahora mucha gente no sabe cómo actuar con Vox y los medios de comunicación no saben cómo tratar a la extrema derecha.  
Muchos periodistas se preguntan ahora qué hacemos con la extrema derecha, pero a algunos que llevamos años informando sobre esto se nos ridiculizó, se nos trató de activistas. La mayoría de los medios son empresas que buscan ganar dinero y se deben cada vez más al espectáculo. La profesión está muy precarizada, cada vez hay menos periodismo investigación y más clickbait. La extrema derecha lo sabe y juega en ese terreno, da titulares. Lo que se le pide a los periodistas es que ejerzan de periodistas, y lo primero es no comprar sus marcos. Lo segundo, que desmonten sus mentiras. Pero si te pasas el día hablando de ETA, Catalunya, «menas» y el lobbie queer, no hace falta que invites a la extrema derecha, ya le has hecho la cama.

En el plano político, los intentos franceses de crear un cordón sanitario al FN han salido rana. De hecho, Macron ha llegado a abrazar parte de ese discurso y las elecciones del otro día muestran como Le Pen se acerca cada vez más al Eliseo.
El problema no es la representación parlamentaria que consiga la extrema derecha, sino haber sido capaz de extender su sentido común y su discurso al resto de partidos y al resto de la sociedad. Por ejemplo, el PSOE aplica políticas sobre las que la extrema derecha no tiene mucho que objetar, como puede ser en materia de inmigración o la propia Ley Mordaza. Además, con la políticas de fronteras que aplica la UE ya compran parte de su argumentario.

Decía en una entrevista que es complejo analizar desde el eje fascismo-antifascismo la invasión de Ucrania, pero miles de combatientes neonazis han acudido allí. ¿Cuando se acabe la guerra, va ser un problema para toda Europa? 
La invasión de Ucrania ha provocado un cierre de filas en el relato oficial de Occidente y que se deje de hablar de lo que mucha gente ya venía alertando antes de la invasión. Yo mismo publiqué un artículo un mes antes de la invasión en la que hablaba del polvorín neonazi que era Ucrania. También la BBC y otros medios pocos sospechosos de comprarle el relato a Putin lo publicaron. He informado sobre los nazis del bando ruso y no he comprado la justificación de la invasión como una especie de desnazificación, pero nos hemos encontrado con un equilibrio muy jodido. He tenido que rebajar un poco lo que publicaba porque me sentía muy atacado por hacer lo que estaba haciendo siempre, que es sacar información sobre los nazis, sean del bando que sean. Pero dejar de hablar de esto va a provocar que, una vez acabe el conflicto, parte de esos combatientes, que son de extrema derecha, vuelvan a casa con entrenamiento militar y muchos contactos.