¿Qué pasa con los festivales?

Soy de esos afortunados que no se gastó 100€ en una entrada para un macrofestival solo para ver a los grandes Rage Against The Machine. Hace unos días anunciaron la cancelación de su gira europea por problemas de salud de Zack, su cantante, y han dejado sin cabeza de cartel al festival que se iba a celebrar en Madrid y en Málaga. No compré la entrada porque me pareció un despropósito pagar cien pavos por un festival del que solo me interesaba verlos a ellos. Ya me he comido varios macroeventos solo por ver a un grupo, y no sé si por la edad o por la saturación, no me motivan ya como antes.

Hace años que los festivales son noticia cada año, por su proliferación y su impacto. También por las cancelaciones, las malas praxis y las tragedias, como este verano ha pasado con varios festivales cancelados, con varios trabajadores heridos durante un montaje, y con el triste fallecimiento de un chaval al salir volando una parte del atrezo de uno de estos. Este año, tras dos de pandemia y de parón en el sector de los espectáculos, algunas empresas quebraron, otras tuvieron que vender su material de montaje como escenarios y estructuras varias, muchos trabajadores se buscaron otros curros, los músicos se quedaron en su casa y nos quedamos sin música en directo. Aun así, se retomaron los conciertos que tuvieron que cancelarse, aparecieron nuevos, más festivales, se buscaron materiales y escenarios incluso en otros países, y personal para llevar a cabo la avalancha de eventos que este año se están desarrollando por todo el país.

He estado en muchos festivales, he organizado y he currado en varios también hasta hace pocos años, y hoy en día sigo asistiendo a veces a alguna actividad o concierto que me interese, como lo haré esta misma semana. Me lo he pasado en grande, lo reconozco, pero la escena ha cambiado bastante desde que asistí a mis primeros grandes festivales a mediados de los 90, donde vi sobre el mismo escenario a grupos tan dispares como Bad Religion, Sepultura, Iggy Pop, NOFX, David Bowie, Massive Attack, Extremoduro, Lou Reed o Patti Smith. Antes ya los había, sí, pero no con la frecuencia ni con la abundancia de hoy.

Entonces, la mayoría de los festivales eran iniciativas de gente que adoraba la música, de colectivos de pueblo, pequeñas empresas de management o sellos discográficos que intentaban sacar adelante eventos para promocionar a sus artistas o para traer a estrellas internacionales que pocas veces pasaban por aquí. Algunos iban creciendo poco a poco y otras veces duraban pocas ediciones. Otras (más bien pocas) crecían como la espuma, se consolidaban y hacían ganar buena pasta. Hoy en día, muchos de esos que tanto crecieron se vendieron por un buen pastizal a empresas y fondos de inversión que nada tienen que ver con la música, pero que han visto un gran negocio en auge y no han querido quedarse sin su parte del pastel. Por no hablar de las ingentes subvenciones públicas que reciben por ‘aportar’ a las ciudades donde se celebran un gran gasto por parte de los asistentes. Lo explicaban bien Joan Vich Montaner y David Saavedra en una entrevista en Infolibre, repasando la evolución de la escena y la entrada en el terreno de juego de grandes capitales.

Otros, sin embargo, han resistido a la tentación, y aunque hoy en día sean grandes también, siguen en manos de sus creadores y mantienen cierta independencia de los buitres que, ajenos a la música, tratan de sacar tajada. Hablar de ‘los festivales’ así en general, sería injusto, pues no es lo mismo un evento organizado por grandes empresas que no conocen ni a los grupos que contratan, que aquellos que mantienen su espíritu inicial y ofrecen más alternativas que ver a mil grupos tocar menos de una hora y beber hasta que se salga el sol.

Yo me acostumbré a ir a salas de concierto regentadas por buenos tipos que se lo curraban mucho para ofrecer toda la variedad posible y cuidar al público, a los promotores y a los artistas. Salas que se la jugaban cada vez que abrían. Promotores que traían buenas bandas de gira y sudaban hasta ver que cubrían el mínimo para pagar, al menos, los gastos. Y grupos que repetían cada año en esas mismas salas donde nos encontrábamos sus seguidores. Colectivos de chavales y chavalas que ponían todo su empeño en organizar un festival en su pueblo, en su centro social, para sus causas, y curraban gratis todo el año para poder llevarlo a cabo y financiar así otras actividades durante todo el año. Yo me crie en esta cultura del háztelo tú mismo, de lo que se llama amor al arte, que financiaba proyectos o campañas de movimientos sociales, y que también, a veces, daba de comer, muy legítimamente, a mucha gente. No olvidemos, además, que los primeros festivales en incluir los puntos violeta de atención ante agresiones sexuales fueron algunos festivales y conciertos alternativos e independientes, mucho antes que los ayuntamientos o los grandes eventos.

Hoy, viendo la burbuja festivalera existente en España, todos los sectores implicados están diciendo la suya, y algunos vaticinan que ‘está a punto de estallar’, como recogía hace unos días Ramón Armero en un reportaje. La precariedad es uno de los aspectos más importantes a destacar, pues las condiciones laborales en muchos casos dejan mucho que desear, pero también la seguridad, como hemos visto recientemente no solo por las tragedias, sino por las malas planificaciones ante aglomeraciones tan importantes de gente. No existe un control exhaustivo de esto, y a veces nos olvidamos de que, tras los watios y los fuegos artificiales, hay cientos de personas currando durante horas con la música a todo volumen y descansando poco mientras miles saltan y bailan cubata en mano.

Thank you for watching

Esto también está teniendo impacto en los grupos, en las salas, y, al final, también en el público. Tengo amigos de bandas conocidas que han cancelado conciertos en salas porque no han vendido casi entradas. Si por un poco más de pasta puedes ver a 50 grupos más, ya no pagas esos veinte pavos para uno solo, aunque sea el que realmente te interesa. Lamentablemente, esto se está extendiendo, y hay quien prefiere el buffet libre del megafestival, aunque se oiga como el culo y te traten como una mierda, a una sala donde ves a pocos metros el concierto, suena bien y compartes la velada con gente que de verdad aprecia a la banda, y no pasaba por allí porque al rato toca su grupo de indie-pop favorito y que tú detestas y que estás obligado a escuchar esperando al tuyo.

También conozco gerentes de salas que están tratando de sobrevivir ante la oleada de festivales. Además, haciendo frente a todas las trabas administrativas que existen para este tipo de espacios, inspeccionados al milímetro, mientras los festivales son promocionados por las autoridades de todo signo político bajo el mantra de la inversión para el pueblo y la proyección internacional. Estos saben exactamente el dinero que ‘deja en el pueblo’, pero no saben nada de las condiciones laborales ni la precariedad que existe detrás del telón. O no nos lo cuentan. También los elevados cachés que se pueden permitir pagar estos festivales a ciertos grupos, y lo poco que ofrecen a los más pequeños, que solo con poder tocar ante tanta gente, algunos creen que se deberían sentir ya por pagados. Siempre hubo clases, y en la música y en los festivales, también.

Aunque no todas las salas de conciertos, como los festivales, son regentadas por melómanos altruistas, claro. En todo negocio hay de todo. La Coordinadora Sindical Trabajadores/as Músicos recordaba hace un mes en un comunicado que “el tejido cultural sólo se arregla contando con los músicos y los artistas”, y hacían un llamamiento a la patronal para que tomase la iniciativa y cumpliesen el convenio colectivo, ya que los y las artistas también han sufrido los efectos de la crisis de la pandemia y se siguen enfrentando a condiciones a menudo inasumibles por bandas pequeñas.

El consumo de música y el ocio han cambiado, y esto hace tiempo que plantea muchos interrogantes para quien ama la música y se encuentra con el dilema de gastarse una pasta para ver a un grupo en un gran festival, con todo lo que esto implica. Por eso, hay algunos de estos eventos que ofrecen mucho más que alcohol y música sin descanso. Los que ya nacieron con espíritu crítico y lo mantienen, y los que amplían la oferta a otras actividades culturales como foros y charlas, o demuestran una clara intención de reducir su impacto medioambiental poniendo grandes esfuerzos en ello. No todos los festivales son iguales.

Por eso digo que es injusto hablar de ‘los festivales’ y meterlos a todos en el mismo saco. Hay tanta oferta y tan variada como gustos y maneras de entender la música. Y tantas maneras de hacerlo como motivaciones para organizarlo. Es el modelo el que ha cambiado y en el que hemos entrado todos de una manera u otra. La pregunta que me ronda por la cabeza desde hace tiempo es si este modelo es sostenible, tanto medioambiental como económicamente; qué impacto tendrá en un futuro en nuestro territorio, en nuestra manera de entender el ocio y la música, o sencillamente en los grupos y en el resto de los conciertos y pequeños festivales que están lejos de los grandes eventos.

Creo que ambos modelos pueden coexistir, pero me da la impresión de que la burbuja es real y que estamos en un momento en el que vamos a empezar a ver desaparecer a varios de estos por la alta competencia y por múltiples problemas. Hay que asumir, además, que no hay suficientes medios (o interés) para controlar las medidas de seguridad, las condiciones laborales y el impacto en el medio ambiente. Mientras algunos se esfuerzan por tener no solo todos los papeles en regla sino el menor coste posible para el entorno e incluso financiar causas sociales con una parte de sus beneficios, muchos otros (la mayoría) se han convertido en grandes eventos a los que se les perdona todo porque atraen turistas y ponen al pueblo en el mapa.

Es preocupante la precariedad que subyace en muchos de los trabajos que ofrecen estos festivales, las jornadas extenuantes, las condiciones más que cuestionables y a veces hasta peligrosas para sus trabajadores, desde técnicos de sonido y luces o montadores, hasta los que trabajan en barras y en cualquier otro servicio o área del festival. Uno de los organizadores de un accidentado festival reciente confesaba abiertamente ante las cámaras (y sin que causase ningún escándalo) que, ante la falta de personal, contrató a trabajadores no cualificados.

Este panorama, más allá de que nos quejemos del precio de las entradas o de tener que hacer horas de cola, exige un replanteamiento del modelo, sobre todo para que no todo valga por dejar unos cuartos al pueblo. Exige cuidar a los currelas, que trabajen seguros y las horas que tocan, y que se les pague como corresponde. Exige un compromiso con el medio ambiente, un respeto por los vecinos y por el territorio donde aterrizan una vez al año miles de personas. Y exige también un respeto por el público, que no sea tratado como ganado y que sepa que puede sentirse seguro (y seguras). Y esto exige también que los gobernantes pongan las medidas adecuadas para controlarlo, para no hacer la vista gorda, para saber combinar ese beneficio económico que esgrimen como aval con todo lo demás. También por procurar por su pueblo el resto del año en el que no ‘aparece en el mapa’ por la avalancha de turistas. Sin esto claro, nos vemos abocados a un modelo insostenible.

Columna de opinión en Público, 16/08/2022

Miquel Ramos, autor de ‘Antifascistas’: “Los grupos nazis en España han gozado siempre de mucha impunidad”

El periodista valenciano recopila 30 años de lucha antifascista contra una extrema derecha que fue cambiando de estrategia y de caras, pero que nunca ha dejado de ser una amenaza para la democracia.

Entrevista de Juanjo Villalba para El Periódico de España, 04 de abril del 2022

La historia de la extrema derecha en España está inseparablemente ligada a la de quienes, desde el compromiso democrático y jugándose el tipo en muchas ocasiones, le han hecho frente. Esta guerra, unas veces portada de periódicos y telediarios, y otras totalmente oculta a los ojos de la sociedad, se lleva combatiendo desde los orígenes del fascismo en las primeras décadas del siglo XX hasta el día de hoy, en multitud de frentes y de formas muy distintas. 

Miquel Ramos (Valencia, 1979) ha recopilado información sobre este conflicto y, en especial, sobre la actividad de los grupos antifascistas después de la muerte de Franco, desde mucho antes de ser periodista. Una profesión en la que se ha acabado especializando en temas relacionados con la extrema derecha y los movimientos sociales, colaborando en medios como el periódico independiente valenciano L’AvançLa MareaEl SaltoPúblicoLa Directa o la edición en español de The New York Times, además de en multitud de programas de radio y televisión.

Ramos vivió de cerca durante su juventud la violencia ultraderechista. En 1993, un grupo de cinco neonazis asesinaron a Guillem Agulló de una puñalada mortal en el corazón. El joven valenciano de 18 años era militante de la organización independentista Maulets y del colectivo antirracista SHARP. Ramos, aunque por entonces solo tenía trece años, conocía a Agulló de moverse por el mismo ambiente izquierdista de la ciudad, y su muerte lo impulsó primero a recopilar información sobre su caso y, después, sobre cualquier asunto relacionado con actos de violencia de la extrema derecha, que en aquellos primeros años 90 eran demasiado frecuentes.

Fue en aquella época donde quizá podríamos situar el origen de su libro Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90, que acaba de editar la editorial Capitán Swing, y que nació con la idea de contar la historia de los últimos treinta años del antifascismo en nuestro país, además de rendir homenaje a sus protagonistas y a sus víctimas. “Era necesario reconocer y contar lo que se ha vivido en este país, más allá de los grandes titulares y del relato oficial”, cuenta el autor. “Aquí hubo una batalla dura, muy dura, que costó muertos y en la que mucha gente se jugó la vida, la libertad y se esforzó para frenar lo que hoy en día es una realidad”. El libro también busca apelar al lector para que tome conciencia de que el fascismo, aunque no le implique directamente, es un peligro para nuestra seguridad y para la democracia. “Pretendo darle herramientas a la gente para que busque la manera en la que pueda hacer algo”, remarca Ramos.

Quizá ahora que hemos aceptado como algo normal que Vox esté representado en las instituciones, cuesta más comprender que durante un tiempo la opinión pública pensase que el fascismo español se había extinguido con la muerte de Franco. “El fascismo nunca ha dejado de existir, sino que ha ido atravesando diferentes fases”, explica Ramos. “La extrema derecha sobrevivió a Franco porque la estructura del Estado conservó muchos elementos de la dictadura. En primer lugar, los artífices de la Transición provenían directamente de los estamentos franquistas. Y, por otra parte, la judicatura, las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no se depuraron tras la muerte del dictador. También continuaron en el poder algunas familias o élites económicas que se habían enriquecido tras la Guerra Civil, algunas de ellas incluso a base de expoliar a los perdedores”.

Pero el esquema de la extrema derecha nacional es muy complejo y no todos sus miembros permanecieron en poder. Parte de ellos se quedaron vagando por los márgenes de la sociedad y poco a poco fueron evolucionando para parecerse cada vez más a la extrema derecha europea, cuya primera encarnación son las bandas neonazis y los ultras del fútbol.

LOS SKINHEADS, UNA CARICATURA MUY ÚTIL PARA LA EXTREMA DERECHA

El movimiento skinhead surgió en nuestro país a partir de mediados de los 80, aunque en Reino Unido ya había aparecido a finales de los 60 y no tenía nada que ver con la ultraderecha. En su libroSkinheads. Historia global de un estilo, que acaba de editar la Editorial Bellaterra y está llamado a convertirse en la biblia en español sobre esta estética, Carles Viñas, profesor de Historia contemporánea de la Universidad de Barcelona, traza una panorámica sobre los orígenes y evolución de este movimiento hasta inicios de los años noventa. Según él, los skins nacieron de la interacción entre chicos blancos y negros de Londres, y de otras ciudades de Gran Bretaña. Lejos de defender los valores de la ultraderecha, surgieron como una reivindicación de su condición de clase obrera. Su politización y apropiación de la estética por parte de la ultraderecha vino después, azuzada por la crisis económica de los años 70.

“En España los primeros skins de derechas se vincularon mucho a las gradas ultras de fútbol”, explica Ramos. “Pero pronto surgieron también skinsde izquierdas para, digamos, despojar a la estética del carácter racista y fascista que defendían los nazis. Para los no expertos, eran indistinguibles, diferenciándose solo por pequeños detalles. La aparición de los skins fue aprovechada por parte de la política y los medios para caricaturizar a la extrema derecha, que se abordó como un problema de orden público de violencia juvenil, de tribus urbanas. Lo que provocó que se le quitara importancia a un fenómeno que iba mucho más allá de la algarada callejera porque detrás de los skinheads había gente que no iba vestida de nazi, pero que era igual de peligrosa, ya que les daba corpus ideológico a todos ellos”.

Según el periodista, en esta primera época, entre los antifascistas había la sensación de que los grupos neonazis gozaban de mucha impunidad. “Esto se debía a que muchos de ellos provenían de familias poderosas o tenían contactos. Además, parte de los miembros de la judicatura y la policía no veían con malos ojos sus acciones”, recuerda el autor. “Fue a partir de una serie de asesinatos como el de Lucreciao el de Sonia, que la alarma social se disparó y no tuvieron más remedio que empezar a hacer algo. Durante muchos años a la gente no le quedó más remedio que organizarse para defenderse. El antifascismo surgió como autodefensa”.

UN MOVIMIENTO HETEROGÉNEO

Este nuevo movimiento antifascista estaba formado por personas de orígenes muy diversos. “Muchos provenían de otras iniciativas sociales, gente que creía que se podía y se debía luchar por una sociedad mejor y que militaban en muchas otras causas”, resume Miquel. “Pero también había personas que simplemente se consideraban a sí mismas demócratas, que entendían que los movimientos neonazis eran un problema más allá del orden público y que se pusieron a disposición de esta lucha, la denunciaron, la retrataron y la combatieron; incluso algunos de pensamiento conservador, pero que entendían que el fascismo también los tenía a ellos en la lista y que no era una opción democrática”.

Ramos considera que el antifascismo, por tanto, no consistió solo en plantar cara en la calle; también supuso investigar quién estaba detrás de esos movimientos, quién los financiaba, qué conexiones tenían. Hubo personas que se jugaron la vida investigando, infiltrándose, colándose en lugares donde era muy difícil entrar, que utilizaban todo tipo de herramientas para para anticiparse a la acción de estos grupos. En este sentido, el autor destaca el papel de varios periodistas y en especial el de Xavier Vinader, reportero de la revista Interviú, que fue condenado a siete años de cárcel por imprudencia temeraria profesional debido a tres artículos en los que denunciaba a grupos de extrema derecha de Euskadi, algunos de cuyos miembros fueron posteriormente asesinados por ETA. Vinader huyó a Francia para no cumplir la condena y regresó en 1984 a nuestro país, donde fue indultado.

“Vinader es un referente para todos los periodistas que nos hemos interesado por la extrema derecha”, remarca Ramos. “Su caso fue muy peculiar, no solo por su coraje y su valentía para meterse en estos embrollos de manera tan comprometida, sino que además sufrió la persecución del Estado y la criminalización. Sin embargo, también contó con el apoyo de gran parte de la sociedad y del propio gremio periodístico”.

LOS MEDIOS Y EL ANTIFASCISMO

Obviamente, no todos los medios siguieron el ejemplo de personas como Vinader. Muchos estigmatizaron, despolitizaron e incluso ridiculizaron la acción de los grupos antifascistas, hablando de ellos como una simple tribu urbana. “Al poder le ha interesado siempre negar que existe un problema con la extrema derecha en este país”, asegura Ramos. “Y, ¿cómo lo negaban? Pues planteando los conflictos entre fascistas y antifascistas como peleas entre bandas, como tribus urbanas enfrentadas. No admitían que existía un problema de racismo, de homofobia y de fascismo que mataba, que agredía al diferente, y que había gente que se había organizado para parar eso. Es similar a llamar a la violencia machista violencia intrafamiliar, negando el componente estructural”.

Ramos también es crítico con algunos trabajos periodísticos que, aunque alcanzaron una gran repercusión en su momento, pecaban de un elevado componente sensacionalista, olvidándose de algunos aspectos muy importantes del problema. Es el caso de Diario de un skin, un libro que se convirtió en best seller allá por 2003 y que fue escrito por un periodista anónimo bajo el seudónimo de Antonio Salas. “Es cierto que Diario de un Skin logró retratar determinadas prácticas como la convivencia de los clubes de fútbol con los grupos nazis y cómo estos eran absolutamente impunes en las gradas del fútbol y sus alrededores”, explica Ramos. “Pero, sin embargo, es un trabajo que peca un poco de sensacionalista, ridiculiza a los grupos antifascistas y no habla de la que para mí es una gran clave de la historia: a él lo descubrieron porque un policía le filtró a los nazis que tenían un infiltrado. ¿Quién era ese policía? ¿Qué pasó con él? ¿Por qué hizo eso?”.

LA IMPORTANCIA DE LA MÚSICA 

Quizá la faceta más desenfadada del antifascismo es su prolongada vinculación con el mundo de la música, a la que Ramos le dedica un capítulo entero. Inicialmente copada por el punk de grupos como Kortatu o Negu Gorriak, con el tiempo en esta banda sonora antifascista también se colaron algunos nombres del rap nacional como El Club de los Poetas Violentos o Los Chikos del Maíz

“Muchos músicos han formado parte del frente cultural frente al fascismo”, recuerda Ramos. “La música ha servido de punto de encuentro para la gente joven que quizá venía atraída por el ambiente musical y que ha acabado participando en movimientos sociales a partir de empaparse de las letras, de los grupos y de conocer gente en los conciertos. Muchas bandas también han ayudado a financiar no solo el movimiento antifascista, sino muchos otros movimientos sociales realizando conciertos para sacar dinero, participando o denunciando determinadas situaciones. Es decir, la música se ha implicado en gran medida en la lucha antifascista. Yo creo que es de justicia también reconocer la labor de muchos de estos artistas”.

EL FUTURO DEL ANTIFASCISMO

Tras unos años en los que, aunque no desaparecieron, las acciones de los grupos neonazis dejaron de ocupar mucho espacio en los medios, parece que en los últimos tiempos, impulsados por el auge electoral de la ultraderecha encarnada en Vox, los grupos más radicales se han envalentonado y se vuelven a pasear desafiantes por nuestras calles.

Una manifestación convocada por Hogar Social Madrid en 2016./ CESAR MANSO

También se han organizado de maneras diferentes, como en el caso de Hogar Social Madrid, donde se intentaba competir con los movimientos sociales de izquierdas copiando algunas de sus estrategias como la ocupación o el reparto de alimentos, intentándose despojar del estigma de los cruces gamadas y toda la parafernalia nazi.

“Los nazis pasaron de quemar a personas sin hogar en cajeros automáticos a darles de comer. Pero detrás de esa máscara de solidaridad había un discurso racista”

“Los nazis pasaron de quemar a personas sin hogar en cajeros automáticos a darles de comer”, afirma Ramos. “Pero detrás de esa máscara de solidaridad había un discurso racista y un proyecto excluyente. Muchos de sus participantes además eran conocidos neonazis, no precisamente hermanitas de la caridad”, comenta. 

Para Ramos, de aquí en adelante, y viendo la capacidad de mutación de la extrema derecha, son necesarias nuevas estrategias y un gran frente común para hacerle frente. “Lo que decían los nazis en los años 90, ahora se dice con absoluta normalidad en los medios y en sede parlamentaria. Ante esto, la gente debe reaccionar. Obviamente no puedes parar a la extrema derecha que está en el Parlamento con una manifestación. Necesitas muchas complicidades, necesitas distintos frentes de batalla, personas que combatan los discursos de odio en los colegios. Hacen falta periodistas que sepan muy bien que tienen una gran responsabilidad a la hora de informar no solo sobre la extrema derecha, sino sobre determinados asuntos como la inmigración, la violencia machista, los problemas sociales… ¿Por qué se habla de okupas y no de gente que no tiene casa? Ahora que la extrema derecha está en las instituciones, todo el mundo se asusta, pero debemos actuar e inspirarnos en aquellos que se dieron cuenta de que esto podía pasar y estuvieron durante muchos años combatiendo en soledad”.

Miquel Ramos: “La extrema derecha quiere normalizar que hay colectivos sin derechos”

El periodista, autor del libro ‘Antifascistas’, critica la ‘estrategia del victimismo del privilegiado’ que se siente amenazado por el feminismo, el movimiento LGTBI o los inmigrantes

Entrevista de María Jesús Cañizares para Crónica Global, 04.04.2022 

Miquel Ramos (Valencia, 1979) analiza en Antifascistas (Capitán Swing) la evolución de la extrema derecha desde los años 90 y de la lucha de grupos antisfascistas por evitar que determinados discursos de odio se normalicen en la sociedad española.

En una entrevista con Crónica Global, el periodista, experto en movimientos sociales, se refiere a la ‘estrategia del victimismo del privilegiado‘, que se siente amenazado por la reclamación de derechos de colectivos como el feminista, el LGTBI o el inmigrante.

–Pregunta: El libro arranca en los 90 con el auge de movimientos neonazis. La muerte de Lucrecia en Madrid, de Sonia en Barcelona. ¿Qué llevaba un joven de entonces a militar en esos movimientos?

–Respuesta: La extrema derecha en España una vez muere el dictador, hay una parte que sigue reivindicando el legado del franquismo. Otra sigue en las estructuras del Estado al no haber depuración de elementos reaccionarios. La judicatura sigue en determinadas estructuras. Y por otro lado, empieza llegar un perfil de la extrema derecha muy similar al resto del mundo. El que empieza con los grupos neonazis y los ultras en el futbol. En una generación que no ha vivido la Transición, no ha vivido el franquismo, tiene cierta seducción, basada en elementos más allá de la ideología. De grupo, de formar parte de algo. Si le das un corpus ideológico, si le das una justificación para ejercer esa violencia, surgen grupos capaces de atacar a colectivos porque los consideran personas sin valor. Por muy aspecto de tribu urbana que tenga, hay una política detrás, hay una construcción ideológica. El nazismo no fue un movimiento pandillero, fue una ideología.

–En su momento, los periodistas debatimos si se debía dar cobertura a determinados movimientos, les encantaba aparecer en los medios.

–Desde el periodismo siempre se ha mantenido esta duda, cómo tratar a la extrema derecha, cuando en aquel momento no estaba en aquellas instituciones. Sin embargo, ejercían una violencia brutal y por mucho que los medios no hablaran de ellos, se sabía que existían. Fue a partir de determinados crímenes muy mediáticos, como el de Sonia, Lucrecia, Guillem Agulló y otros que vinieron después, la prensa no pudo dejar de hablar de un fenómeno que había sido denunciado, pero que todavía se le trataba como violencia urbana, delincuencia juvenil. La pregunta que se plantea entonces el periodista no es si habla de ello, sino cómo. Obviamente, si se pasa todo por un tamiz sensacionalista, no se va a la raíz del asunto, de dónde viene esta gente, de dónde bebe este odio. Es importante contextualizar para explicar la ejecución de esos crímenes. Luego la extrema derecha evoluciona, ya no se dedica solo a dar palizas, intenta disfrazarse de demócrata, Claro que hay que hablar de ella, es problema es saber hablar sin hacer propaganda y sin mitificarlo. Es verdad que algunas veces, queriendo denunciar, se produce un efecto de seducción, de aura de maldad. La actitud del malote. Uno debe ser responsable de los que hace y de lo que escribe.

–Contextualizas en tu libro y explicas el origen. ¿Pero cómo ha evolucionado? La presencia de Vox en las instituciones parte de aquellos años?

–La extrema derecha es plural, es diversa. Igual que la izquierda. Y el fenómeno Vox surge en un momento determinado en que todas esas opciones políticas han fracasado. Ha habido otros intentos similares que no consiguieron el éxito de Vox, a excepción de Plataforma per Catalunya, que consiguió 67 concejales, el mayor éxito de la extrema derecha española desde que Fuerza Nueva dejó de estar representada. No hay que perder de vista también que Vox nace de la casa común de las derechas españolas, en el seno del PP y de la familia neoconservadora, no estrictamente neofascista, pero que recoge gran parte del sentir de este entorno. Vox está diciendo lo mismo que decían los grupos más radicales de extrema derecha de los 90, pero lo dice de otra manera y con un aura democrática, con el aval que le dan millones de votos. Lo que hace es normalizar un discurso, un estilo de hacer política, novedoso en España, pero que en Europa ya funcionaba, ya daba votos y réditos y presencia en las instituciones.

–¿Con el 15M se perdió la oportunidad de contrarrestar eso? ¿Hay menos activismo en el antifascismo?

–El 15M, en el contexto de una crisis económica y movilizaciones sociales, fue muy significativo y marcadamente antifascista. En otros países, la crisis la capitalizó la extrema derecha. El caso más extremo fue Amanecer Dorado, en Grecia, un grupo neonazi que logró cotas de poder inéditas en Europa. Y digo que era marcadamente antifascista porque las medidas que se reivindicaban no hacía distinción por origen nacional o por el color de la piel de las personas que reclamaban derechos, frente a los privilegios de los poderosos que eran intocables. La extrema derecha hizo lo contrario, culpar a las personas inmigrantes, coincidió con la guerra de Siria y se fomentó el miedo a los refugiados. Ese mensaje xenófobo y racista no caló en España. Lo que sucedió después, la institucionalización de una parte de la izquierda, como Podemos, o lo que pasó en Cataluña, han sido factores que han dibujado un escenario diferente y han alumbrado una extrema derecha que parte de un cierto desencanto de la sociedad con esas medidas que planteaba la izquierda. No hay que olvidar que esta extrema derecha está muy bien apoyada por los poderes del Estado. Es profundamente neoliberal, no molesta al statu quo, a los colectivos privilegiados, y cuenta con un buen respaldo mediático y económico. Y una muy buena estrategia. Yo siempre digo que el fascismo no se cura leyendo ni el racismo se cura viajando porque la extrema derecha es muy leída y ha viajado mucho. Hay mucho dinero invertido, mucho potencial intelectual.

–En tu libro abordas el caso de la Librería Europa de Barcelona, con el ultra Pedro Varela al frente. En su momento, los jueces plantearon si su juicio suponía una vulneración de la libertad de expresión.

–La extrema derecha ha sabido usar todas las herramientas del sistema democrático liberal. Desde la libertad de expresión a la libertad de asociación, cuando precisamente su programa quiere acabar con todo esto, con el propio sistema democrático y las libertades públicas. Hay una controversia sobre donde está el límite de la libertad de expresión. Hay artistas que han acabado en la Audiencia Nacional por sus obras, o exiliados, como Valtònyc, o en prisión, como Hasél. Artistas como Willy Toledo, absolutamente estigmatizado por sus ideas políticas. Javier Krahe, Leo Bassi, Fermín Muguruza… Que quien ha pagado la persecución, la censura e incluso la violencia ha sido una parte, mientras que nazis como Varela abanderan la libertad de expresión y se presente como un librero, pues deja mucho que desear. Tenemos un delito todavía que es injurias a la Corona, ultraje a los símbolos nacionales, apología del terrorismo… Leyes que acotan el derecho a la libertad de expresión cuando el ofendido es determinado colectivo. En cambio hacer apología del genocidio o de las cámaras de gas no está tan perseguido. O hacer un homenaje a la División Azul y decir que el judío tiene culpa de todo en el siglo XXI, no se sanciona.

–¿Tenemos una democracia todavía joven, falta más cultura democrática, jueces más valientes?

–La vía punitiva no debe ser la única herramienta para defender la democracia y las libertades públicas, debe ser el último recurso: La extrema derecha apela casi en exclusiva a la vía punitiva para solucionar los problemas sociales. Hay que cambiar la educación, la manera de vacunar contra este tipo de actitudes, contra ese odio. Son valores que no solo se transmiten en la escuela y las universidades, también son responsables los medios de comunicación.

–Parece que incluso hay una especie de negacionismo de la pobreza y la desigualdad.

–Existe el discurso de la meritocracia, el que asegura que eres pobre porque no te esfuerzas. O negar que existe la violencia machista. Se niegan estos problemas porque, si los admites, están obligado a actuar. La desigualdad es inherente al neoliberalismo, cuando culpas a las personas de su propia precariedad y defiendes un sistema que reproduce esta miseria y no la corrige, es que están defendiendo un status quo. Por eso dio que la extrema derecha es profundamente prosistema por mucho que se disfrace de antisistema. No quiere tocas ningún privilegio de las clases dominantes. Yo llamo la estrategia del victimismo del privilegiado. Las feministas son una amenaza para el hombre. El colectivo LGTBI amenaza al colectivo hetero. Los inmigrantes amenazan los privilegios de las personas autóctonas. Es un victimismo que criminaliza a los colectivos que reclaman derechos. Por eso, muchas veces, personas de clase trabajadora votan a la extrema derecha, no porque se hayan leído su programa económico, porque han apelado a alguna de sus identidades: hombre, blanco, español, heterosexual… Agitan un sentimiento de pertenencia a un colectivo amenazado. La extrema derecha juega muy bien en este terreno.

–En el libro hablas de Pablo Iglesias como luchador antifascista. ¿Que ya no esté en el Gobierno es, de alguna forma, un fracaso de una parte de la izquierda?

Pablo Iglesias fue víctima de la extrema derecha en sus años de estudiante y conoce bien los movimientos sociales. Viene de ellos. Y llega a la vicepresidencia del Gobierno, por lo que conoce el sistema desde dentro. Y estando en el Gobierno, la extrema derecha le acosa en su propio domicilio con un sospechosa impunidad, recibe sobres con balas y amenazas de muerte. Pero por otro lado me interesa saber si vale la pena su paso por las instituciones y cómo lo interpreta él. Qué papel ha jugado Podemos, que no tiene mayoría para decidir las políticas, sino para influir en ellas.

–¿La violencia de los años 90 se puede repetir ahora o la institucionalización de la extrema derecha es un freno?

–La presencia de un partido de extrema derecha en las instituciones ha provocado que se normalice un discurso y unas ideas que hace 20 ó 30 años solo defendían los grupos neonazis o neofascistas. Obviamente Vox lo que hace es adornarlas para que no sea tan evidente. Los grupos neonazis no han desaparecido, continúa habiendo violencia en las calles, aunque no es comparable a lo que vivimos en los años 90. El skinhead ha quedado como una caricatura y folklore, pero la extrema derecha neonazi se ha reformado, a veces es difícil de identificar, en la estética y el retórica. Aunque renieguen de un partido como Vox, que consideran tremendamente neoliberal y afín al sistema, admiten por otro lado que está permitiendo normalizar sus ideas. Se sienten cada vez más legitimados en esa criminalización y exclusión de determinados colectivos. Los inmigrantes, los menores inmigrantes, el feminismo, los musulmanes…

–El crimen de Guillem Agulló (militante independentista de izquierdas asesinado en 1993) está muy presente en tu libro. Su responsable solo cumplió cuatro años de cárcel y aspiró a un cargo público. ¿La sociedad actual permitiría eso hoy en día?

–A la judicatura le falta todavía mucha concienciación en materia de protección de las víctimas de crímenes de odio. La legislación sobre delitos de odio se creó para proteger y corregir una desigualdad, como lo fue la de la violencia machista, se ha desnaturalizado de forma alarmante. La extrema derecha habla de violencia intrafamiliar para despojarla de cualquier contexto y de vinculación con las estructuras que generan desigualdad. Pero la ley de delitos de odio se usa muchas veces contra personas que luchan precisamente contra ese odio. Por ejemplo protestar contra una campaña homófoba o machista. O contra grupos neonazis. Una cosa es la carcasa legal y otra cosa es la aplicación. Falta mucha educación en general, no solo en la judicatura y las fuerzas y cuerpos policiales. La sociedad debe reflexionar sobre esta manera tan gratuita de odio y discriminación. Cuestionar que determinados colectivos tengan derecho a tener derechos no augura nada bueno. La extrema derecha quiere revertir este sentido común y presentar sus ideas, no solo como una opinión democrática, sino como un nuevo sentido común. Que a determinados colectivos se les conceden los derechos según nos convenga.

‘Radiografía del antifascismo’: Entrevista sobre el libro ‘Antifascistas’ en Radio3

Entrevista en el programa ‘Que parezca un accidente’ de Radio3 (RNE) por José Manuel Sebastián. 06/04/2022 Miquel Ramos analiza en su último libro, “Antifascismo” (Capitán Swing), las luchas y los avatares de las distintas asociaciones y personas que se han enfrentado a la resurrección de los movimientos de la ultraderecha totalitaria.

Entrevista sobre el llibre ‘Antifascistas’ a Pròxima Parada (À Punt Ràdio)

Entrevista amb la periodista Susanna Lliberós sobre el llibre ‘Antifascistas’ (Capitán Swing, 2022) al programa Pròxima Parada d’À Punt Ràdio.