Miquel Ramos, autor de ‘Antifascistas’: “Los grupos nazis en España han gozado siempre de mucha impunidad”

El periodista valenciano recopila 30 años de lucha antifascista contra una extrema derecha que fue cambiando de estrategia y de caras, pero que nunca ha dejado de ser una amenaza para la democracia.

Entrevista de Juanjo Villalba para El Periódico de España, 04 de abril del 2022

La historia de la extrema derecha en España está inseparablemente ligada a la de quienes, desde el compromiso democrático y jugándose el tipo en muchas ocasiones, le han hecho frente. Esta guerra, unas veces portada de periódicos y telediarios, y otras totalmente oculta a los ojos de la sociedad, se lleva combatiendo desde los orígenes del fascismo en las primeras décadas del siglo XX hasta el día de hoy, en multitud de frentes y de formas muy distintas. 

Miquel Ramos (Valencia, 1979) ha recopilado información sobre este conflicto y, en especial, sobre la actividad de los grupos antifascistas después de la muerte de Franco, desde mucho antes de ser periodista. Una profesión en la que se ha acabado especializando en temas relacionados con la extrema derecha y los movimientos sociales, colaborando en medios como el periódico independiente valenciano L’AvançLa MareaEl SaltoPúblicoLa Directa o la edición en español de The New York Times, además de en multitud de programas de radio y televisión.

Ramos vivió de cerca durante su juventud la violencia ultraderechista. En 1993, un grupo de cinco neonazis asesinaron a Guillem Agulló de una puñalada mortal en el corazón. El joven valenciano de 18 años era militante de la organización independentista Maulets y del colectivo antirracista SHARP. Ramos, aunque por entonces solo tenía trece años, conocía a Agulló de moverse por el mismo ambiente izquierdista de la ciudad, y su muerte lo impulsó primero a recopilar información sobre su caso y, después, sobre cualquier asunto relacionado con actos de violencia de la extrema derecha, que en aquellos primeros años 90 eran demasiado frecuentes.

Fue en aquella época donde quizá podríamos situar el origen de su libro Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90, que acaba de editar la editorial Capitán Swing, y que nació con la idea de contar la historia de los últimos treinta años del antifascismo en nuestro país, además de rendir homenaje a sus protagonistas y a sus víctimas. “Era necesario reconocer y contar lo que se ha vivido en este país, más allá de los grandes titulares y del relato oficial”, cuenta el autor. “Aquí hubo una batalla dura, muy dura, que costó muertos y en la que mucha gente se jugó la vida, la libertad y se esforzó para frenar lo que hoy en día es una realidad”. El libro también busca apelar al lector para que tome conciencia de que el fascismo, aunque no le implique directamente, es un peligro para nuestra seguridad y para la democracia. “Pretendo darle herramientas a la gente para que busque la manera en la que pueda hacer algo”, remarca Ramos.

Quizá ahora que hemos aceptado como algo normal que Vox esté representado en las instituciones, cuesta más comprender que durante un tiempo la opinión pública pensase que el fascismo español se había extinguido con la muerte de Franco. “El fascismo nunca ha dejado de existir, sino que ha ido atravesando diferentes fases”, explica Ramos. “La extrema derecha sobrevivió a Franco porque la estructura del Estado conservó muchos elementos de la dictadura. En primer lugar, los artífices de la Transición provenían directamente de los estamentos franquistas. Y, por otra parte, la judicatura, las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no se depuraron tras la muerte del dictador. También continuaron en el poder algunas familias o élites económicas que se habían enriquecido tras la Guerra Civil, algunas de ellas incluso a base de expoliar a los perdedores”.

Pero el esquema de la extrema derecha nacional es muy complejo y no todos sus miembros permanecieron en poder. Parte de ellos se quedaron vagando por los márgenes de la sociedad y poco a poco fueron evolucionando para parecerse cada vez más a la extrema derecha europea, cuya primera encarnación son las bandas neonazis y los ultras del fútbol.

LOS SKINHEADS, UNA CARICATURA MUY ÚTIL PARA LA EXTREMA DERECHA

El movimiento skinhead surgió en nuestro país a partir de mediados de los 80, aunque en Reino Unido ya había aparecido a finales de los 60 y no tenía nada que ver con la ultraderecha. En su libroSkinheads. Historia global de un estilo, que acaba de editar la Editorial Bellaterra y está llamado a convertirse en la biblia en español sobre esta estética, Carles Viñas, profesor de Historia contemporánea de la Universidad de Barcelona, traza una panorámica sobre los orígenes y evolución de este movimiento hasta inicios de los años noventa. Según él, los skins nacieron de la interacción entre chicos blancos y negros de Londres, y de otras ciudades de Gran Bretaña. Lejos de defender los valores de la ultraderecha, surgieron como una reivindicación de su condición de clase obrera. Su politización y apropiación de la estética por parte de la ultraderecha vino después, azuzada por la crisis económica de los años 70.

“En España los primeros skins de derechas se vincularon mucho a las gradas ultras de fútbol”, explica Ramos. “Pero pronto surgieron también skinsde izquierdas para, digamos, despojar a la estética del carácter racista y fascista que defendían los nazis. Para los no expertos, eran indistinguibles, diferenciándose solo por pequeños detalles. La aparición de los skins fue aprovechada por parte de la política y los medios para caricaturizar a la extrema derecha, que se abordó como un problema de orden público de violencia juvenil, de tribus urbanas. Lo que provocó que se le quitara importancia a un fenómeno que iba mucho más allá de la algarada callejera porque detrás de los skinheads había gente que no iba vestida de nazi, pero que era igual de peligrosa, ya que les daba corpus ideológico a todos ellos”.

Según el periodista, en esta primera época, entre los antifascistas había la sensación de que los grupos neonazis gozaban de mucha impunidad. “Esto se debía a que muchos de ellos provenían de familias poderosas o tenían contactos. Además, parte de los miembros de la judicatura y la policía no veían con malos ojos sus acciones”, recuerda el autor. “Fue a partir de una serie de asesinatos como el de Lucreciao el de Sonia, que la alarma social se disparó y no tuvieron más remedio que empezar a hacer algo. Durante muchos años a la gente no le quedó más remedio que organizarse para defenderse. El antifascismo surgió como autodefensa”.

UN MOVIMIENTO HETEROGÉNEO

Este nuevo movimiento antifascista estaba formado por personas de orígenes muy diversos. “Muchos provenían de otras iniciativas sociales, gente que creía que se podía y se debía luchar por una sociedad mejor y que militaban en muchas otras causas”, resume Miquel. “Pero también había personas que simplemente se consideraban a sí mismas demócratas, que entendían que los movimientos neonazis eran un problema más allá del orden público y que se pusieron a disposición de esta lucha, la denunciaron, la retrataron y la combatieron; incluso algunos de pensamiento conservador, pero que entendían que el fascismo también los tenía a ellos en la lista y que no era una opción democrática”.

Ramos considera que el antifascismo, por tanto, no consistió solo en plantar cara en la calle; también supuso investigar quién estaba detrás de esos movimientos, quién los financiaba, qué conexiones tenían. Hubo personas que se jugaron la vida investigando, infiltrándose, colándose en lugares donde era muy difícil entrar, que utilizaban todo tipo de herramientas para para anticiparse a la acción de estos grupos. En este sentido, el autor destaca el papel de varios periodistas y en especial el de Xavier Vinader, reportero de la revista Interviú, que fue condenado a siete años de cárcel por imprudencia temeraria profesional debido a tres artículos en los que denunciaba a grupos de extrema derecha de Euskadi, algunos de cuyos miembros fueron posteriormente asesinados por ETA. Vinader huyó a Francia para no cumplir la condena y regresó en 1984 a nuestro país, donde fue indultado.

“Vinader es un referente para todos los periodistas que nos hemos interesado por la extrema derecha”, remarca Ramos. “Su caso fue muy peculiar, no solo por su coraje y su valentía para meterse en estos embrollos de manera tan comprometida, sino que además sufrió la persecución del Estado y la criminalización. Sin embargo, también contó con el apoyo de gran parte de la sociedad y del propio gremio periodístico”.

LOS MEDIOS Y EL ANTIFASCISMO

Obviamente, no todos los medios siguieron el ejemplo de personas como Vinader. Muchos estigmatizaron, despolitizaron e incluso ridiculizaron la acción de los grupos antifascistas, hablando de ellos como una simple tribu urbana. “Al poder le ha interesado siempre negar que existe un problema con la extrema derecha en este país”, asegura Ramos. “Y, ¿cómo lo negaban? Pues planteando los conflictos entre fascistas y antifascistas como peleas entre bandas, como tribus urbanas enfrentadas. No admitían que existía un problema de racismo, de homofobia y de fascismo que mataba, que agredía al diferente, y que había gente que se había organizado para parar eso. Es similar a llamar a la violencia machista violencia intrafamiliar, negando el componente estructural”.

Ramos también es crítico con algunos trabajos periodísticos que, aunque alcanzaron una gran repercusión en su momento, pecaban de un elevado componente sensacionalista, olvidándose de algunos aspectos muy importantes del problema. Es el caso de Diario de un skin, un libro que se convirtió en best seller allá por 2003 y que fue escrito por un periodista anónimo bajo el seudónimo de Antonio Salas. “Es cierto que Diario de un Skin logró retratar determinadas prácticas como la convivencia de los clubes de fútbol con los grupos nazis y cómo estos eran absolutamente impunes en las gradas del fútbol y sus alrededores”, explica Ramos. “Pero, sin embargo, es un trabajo que peca un poco de sensacionalista, ridiculiza a los grupos antifascistas y no habla de la que para mí es una gran clave de la historia: a él lo descubrieron porque un policía le filtró a los nazis que tenían un infiltrado. ¿Quién era ese policía? ¿Qué pasó con él? ¿Por qué hizo eso?”.

LA IMPORTANCIA DE LA MÚSICA 

Quizá la faceta más desenfadada del antifascismo es su prolongada vinculación con el mundo de la música, a la que Ramos le dedica un capítulo entero. Inicialmente copada por el punk de grupos como Kortatu o Negu Gorriak, con el tiempo en esta banda sonora antifascista también se colaron algunos nombres del rap nacional como El Club de los Poetas Violentos o Los Chikos del Maíz

“Muchos músicos han formado parte del frente cultural frente al fascismo”, recuerda Ramos. “La música ha servido de punto de encuentro para la gente joven que quizá venía atraída por el ambiente musical y que ha acabado participando en movimientos sociales a partir de empaparse de las letras, de los grupos y de conocer gente en los conciertos. Muchas bandas también han ayudado a financiar no solo el movimiento antifascista, sino muchos otros movimientos sociales realizando conciertos para sacar dinero, participando o denunciando determinadas situaciones. Es decir, la música se ha implicado en gran medida en la lucha antifascista. Yo creo que es de justicia también reconocer la labor de muchos de estos artistas”.

EL FUTURO DEL ANTIFASCISMO

Tras unos años en los que, aunque no desaparecieron, las acciones de los grupos neonazis dejaron de ocupar mucho espacio en los medios, parece que en los últimos tiempos, impulsados por el auge electoral de la ultraderecha encarnada en Vox, los grupos más radicales se han envalentonado y se vuelven a pasear desafiantes por nuestras calles.

Una manifestación convocada por Hogar Social Madrid en 2016./ CESAR MANSO

También se han organizado de maneras diferentes, como en el caso de Hogar Social Madrid, donde se intentaba competir con los movimientos sociales de izquierdas copiando algunas de sus estrategias como la ocupación o el reparto de alimentos, intentándose despojar del estigma de los cruces gamadas y toda la parafernalia nazi.

“Los nazis pasaron de quemar a personas sin hogar en cajeros automáticos a darles de comer. Pero detrás de esa máscara de solidaridad había un discurso racista”

“Los nazis pasaron de quemar a personas sin hogar en cajeros automáticos a darles de comer”, afirma Ramos. “Pero detrás de esa máscara de solidaridad había un discurso racista y un proyecto excluyente. Muchos de sus participantes además eran conocidos neonazis, no precisamente hermanitas de la caridad”, comenta. 

Para Ramos, de aquí en adelante, y viendo la capacidad de mutación de la extrema derecha, son necesarias nuevas estrategias y un gran frente común para hacerle frente. “Lo que decían los nazis en los años 90, ahora se dice con absoluta normalidad en los medios y en sede parlamentaria. Ante esto, la gente debe reaccionar. Obviamente no puedes parar a la extrema derecha que está en el Parlamento con una manifestación. Necesitas muchas complicidades, necesitas distintos frentes de batalla, personas que combatan los discursos de odio en los colegios. Hacen falta periodistas que sepan muy bien que tienen una gran responsabilidad a la hora de informar no solo sobre la extrema derecha, sino sobre determinados asuntos como la inmigración, la violencia machista, los problemas sociales… ¿Por qué se habla de okupas y no de gente que no tiene casa? Ahora que la extrema derecha está en las instituciones, todo el mundo se asusta, pero debemos actuar e inspirarnos en aquellos que se dieron cuenta de que esto podía pasar y estuvieron durante muchos años combatiendo en soledad”.

Miquel Ramos: “La extrema derecha quiere normalizar que hay colectivos sin derechos”

El periodista, autor del libro ‘Antifascistas’, critica la ‘estrategia del victimismo del privilegiado’ que se siente amenazado por el feminismo, el movimiento LGTBI o los inmigrantes

Entrevista de María Jesús Cañizares para Crónica Global, 04.04.2022 

Miquel Ramos (Valencia, 1979) analiza en Antifascistas (Capitán Swing) la evolución de la extrema derecha desde los años 90 y de la lucha de grupos antisfascistas por evitar que determinados discursos de odio se normalicen en la sociedad española.

En una entrevista con Crónica Global, el periodista, experto en movimientos sociales, se refiere a la ‘estrategia del victimismo del privilegiado‘, que se siente amenazado por la reclamación de derechos de colectivos como el feminista, el LGTBI o el inmigrante.

–Pregunta: El libro arranca en los 90 con el auge de movimientos neonazis. La muerte de Lucrecia en Madrid, de Sonia en Barcelona. ¿Qué llevaba un joven de entonces a militar en esos movimientos?

–Respuesta: La extrema derecha en España una vez muere el dictador, hay una parte que sigue reivindicando el legado del franquismo. Otra sigue en las estructuras del Estado al no haber depuración de elementos reaccionarios. La judicatura sigue en determinadas estructuras. Y por otro lado, empieza llegar un perfil de la extrema derecha muy similar al resto del mundo. El que empieza con los grupos neonazis y los ultras en el futbol. En una generación que no ha vivido la Transición, no ha vivido el franquismo, tiene cierta seducción, basada en elementos más allá de la ideología. De grupo, de formar parte de algo. Si le das un corpus ideológico, si le das una justificación para ejercer esa violencia, surgen grupos capaces de atacar a colectivos porque los consideran personas sin valor. Por muy aspecto de tribu urbana que tenga, hay una política detrás, hay una construcción ideológica. El nazismo no fue un movimiento pandillero, fue una ideología.

–En su momento, los periodistas debatimos si se debía dar cobertura a determinados movimientos, les encantaba aparecer en los medios.

–Desde el periodismo siempre se ha mantenido esta duda, cómo tratar a la extrema derecha, cuando en aquel momento no estaba en aquellas instituciones. Sin embargo, ejercían una violencia brutal y por mucho que los medios no hablaran de ellos, se sabía que existían. Fue a partir de determinados crímenes muy mediáticos, como el de Sonia, Lucrecia, Guillem Agulló y otros que vinieron después, la prensa no pudo dejar de hablar de un fenómeno que había sido denunciado, pero que todavía se le trataba como violencia urbana, delincuencia juvenil. La pregunta que se plantea entonces el periodista no es si habla de ello, sino cómo. Obviamente, si se pasa todo por un tamiz sensacionalista, no se va a la raíz del asunto, de dónde viene esta gente, de dónde bebe este odio. Es importante contextualizar para explicar la ejecución de esos crímenes. Luego la extrema derecha evoluciona, ya no se dedica solo a dar palizas, intenta disfrazarse de demócrata, Claro que hay que hablar de ella, es problema es saber hablar sin hacer propaganda y sin mitificarlo. Es verdad que algunas veces, queriendo denunciar, se produce un efecto de seducción, de aura de maldad. La actitud del malote. Uno debe ser responsable de los que hace y de lo que escribe.

–Contextualizas en tu libro y explicas el origen. ¿Pero cómo ha evolucionado? La presencia de Vox en las instituciones parte de aquellos años?

–La extrema derecha es plural, es diversa. Igual que la izquierda. Y el fenómeno Vox surge en un momento determinado en que todas esas opciones políticas han fracasado. Ha habido otros intentos similares que no consiguieron el éxito de Vox, a excepción de Plataforma per Catalunya, que consiguió 67 concejales, el mayor éxito de la extrema derecha española desde que Fuerza Nueva dejó de estar representada. No hay que perder de vista también que Vox nace de la casa común de las derechas españolas, en el seno del PP y de la familia neoconservadora, no estrictamente neofascista, pero que recoge gran parte del sentir de este entorno. Vox está diciendo lo mismo que decían los grupos más radicales de extrema derecha de los 90, pero lo dice de otra manera y con un aura democrática, con el aval que le dan millones de votos. Lo que hace es normalizar un discurso, un estilo de hacer política, novedoso en España, pero que en Europa ya funcionaba, ya daba votos y réditos y presencia en las instituciones.

–¿Con el 15M se perdió la oportunidad de contrarrestar eso? ¿Hay menos activismo en el antifascismo?

–El 15M, en el contexto de una crisis económica y movilizaciones sociales, fue muy significativo y marcadamente antifascista. En otros países, la crisis la capitalizó la extrema derecha. El caso más extremo fue Amanecer Dorado, en Grecia, un grupo neonazi que logró cotas de poder inéditas en Europa. Y digo que era marcadamente antifascista porque las medidas que se reivindicaban no hacía distinción por origen nacional o por el color de la piel de las personas que reclamaban derechos, frente a los privilegios de los poderosos que eran intocables. La extrema derecha hizo lo contrario, culpar a las personas inmigrantes, coincidió con la guerra de Siria y se fomentó el miedo a los refugiados. Ese mensaje xenófobo y racista no caló en España. Lo que sucedió después, la institucionalización de una parte de la izquierda, como Podemos, o lo que pasó en Cataluña, han sido factores que han dibujado un escenario diferente y han alumbrado una extrema derecha que parte de un cierto desencanto de la sociedad con esas medidas que planteaba la izquierda. No hay que olvidar que esta extrema derecha está muy bien apoyada por los poderes del Estado. Es profundamente neoliberal, no molesta al statu quo, a los colectivos privilegiados, y cuenta con un buen respaldo mediático y económico. Y una muy buena estrategia. Yo siempre digo que el fascismo no se cura leyendo ni el racismo se cura viajando porque la extrema derecha es muy leída y ha viajado mucho. Hay mucho dinero invertido, mucho potencial intelectual.

–En tu libro abordas el caso de la Librería Europa de Barcelona, con el ultra Pedro Varela al frente. En su momento, los jueces plantearon si su juicio suponía una vulneración de la libertad de expresión.

–La extrema derecha ha sabido usar todas las herramientas del sistema democrático liberal. Desde la libertad de expresión a la libertad de asociación, cuando precisamente su programa quiere acabar con todo esto, con el propio sistema democrático y las libertades públicas. Hay una controversia sobre donde está el límite de la libertad de expresión. Hay artistas que han acabado en la Audiencia Nacional por sus obras, o exiliados, como Valtònyc, o en prisión, como Hasél. Artistas como Willy Toledo, absolutamente estigmatizado por sus ideas políticas. Javier Krahe, Leo Bassi, Fermín Muguruza… Que quien ha pagado la persecución, la censura e incluso la violencia ha sido una parte, mientras que nazis como Varela abanderan la libertad de expresión y se presente como un librero, pues deja mucho que desear. Tenemos un delito todavía que es injurias a la Corona, ultraje a los símbolos nacionales, apología del terrorismo… Leyes que acotan el derecho a la libertad de expresión cuando el ofendido es determinado colectivo. En cambio hacer apología del genocidio o de las cámaras de gas no está tan perseguido. O hacer un homenaje a la División Azul y decir que el judío tiene culpa de todo en el siglo XXI, no se sanciona.

–¿Tenemos una democracia todavía joven, falta más cultura democrática, jueces más valientes?

–La vía punitiva no debe ser la única herramienta para defender la democracia y las libertades públicas, debe ser el último recurso: La extrema derecha apela casi en exclusiva a la vía punitiva para solucionar los problemas sociales. Hay que cambiar la educación, la manera de vacunar contra este tipo de actitudes, contra ese odio. Son valores que no solo se transmiten en la escuela y las universidades, también son responsables los medios de comunicación.

–Parece que incluso hay una especie de negacionismo de la pobreza y la desigualdad.

–Existe el discurso de la meritocracia, el que asegura que eres pobre porque no te esfuerzas. O negar que existe la violencia machista. Se niegan estos problemas porque, si los admites, están obligado a actuar. La desigualdad es inherente al neoliberalismo, cuando culpas a las personas de su propia precariedad y defiendes un sistema que reproduce esta miseria y no la corrige, es que están defendiendo un status quo. Por eso dio que la extrema derecha es profundamente prosistema por mucho que se disfrace de antisistema. No quiere tocas ningún privilegio de las clases dominantes. Yo llamo la estrategia del victimismo del privilegiado. Las feministas son una amenaza para el hombre. El colectivo LGTBI amenaza al colectivo hetero. Los inmigrantes amenazan los privilegios de las personas autóctonas. Es un victimismo que criminaliza a los colectivos que reclaman derechos. Por eso, muchas veces, personas de clase trabajadora votan a la extrema derecha, no porque se hayan leído su programa económico, porque han apelado a alguna de sus identidades: hombre, blanco, español, heterosexual… Agitan un sentimiento de pertenencia a un colectivo amenazado. La extrema derecha juega muy bien en este terreno.

–En el libro hablas de Pablo Iglesias como luchador antifascista. ¿Que ya no esté en el Gobierno es, de alguna forma, un fracaso de una parte de la izquierda?

Pablo Iglesias fue víctima de la extrema derecha en sus años de estudiante y conoce bien los movimientos sociales. Viene de ellos. Y llega a la vicepresidencia del Gobierno, por lo que conoce el sistema desde dentro. Y estando en el Gobierno, la extrema derecha le acosa en su propio domicilio con un sospechosa impunidad, recibe sobres con balas y amenazas de muerte. Pero por otro lado me interesa saber si vale la pena su paso por las instituciones y cómo lo interpreta él. Qué papel ha jugado Podemos, que no tiene mayoría para decidir las políticas, sino para influir en ellas.

–¿La violencia de los años 90 se puede repetir ahora o la institucionalización de la extrema derecha es un freno?

–La presencia de un partido de extrema derecha en las instituciones ha provocado que se normalice un discurso y unas ideas que hace 20 ó 30 años solo defendían los grupos neonazis o neofascistas. Obviamente Vox lo que hace es adornarlas para que no sea tan evidente. Los grupos neonazis no han desaparecido, continúa habiendo violencia en las calles, aunque no es comparable a lo que vivimos en los años 90. El skinhead ha quedado como una caricatura y folklore, pero la extrema derecha neonazi se ha reformado, a veces es difícil de identificar, en la estética y el retórica. Aunque renieguen de un partido como Vox, que consideran tremendamente neoliberal y afín al sistema, admiten por otro lado que está permitiendo normalizar sus ideas. Se sienten cada vez más legitimados en esa criminalización y exclusión de determinados colectivos. Los inmigrantes, los menores inmigrantes, el feminismo, los musulmanes…

–El crimen de Guillem Agulló (militante independentista de izquierdas asesinado en 1993) está muy presente en tu libro. Su responsable solo cumplió cuatro años de cárcel y aspiró a un cargo público. ¿La sociedad actual permitiría eso hoy en día?

–A la judicatura le falta todavía mucha concienciación en materia de protección de las víctimas de crímenes de odio. La legislación sobre delitos de odio se creó para proteger y corregir una desigualdad, como lo fue la de la violencia machista, se ha desnaturalizado de forma alarmante. La extrema derecha habla de violencia intrafamiliar para despojarla de cualquier contexto y de vinculación con las estructuras que generan desigualdad. Pero la ley de delitos de odio se usa muchas veces contra personas que luchan precisamente contra ese odio. Por ejemplo protestar contra una campaña homófoba o machista. O contra grupos neonazis. Una cosa es la carcasa legal y otra cosa es la aplicación. Falta mucha educación en general, no solo en la judicatura y las fuerzas y cuerpos policiales. La sociedad debe reflexionar sobre esta manera tan gratuita de odio y discriminación. Cuestionar que determinados colectivos tengan derecho a tener derechos no augura nada bueno. La extrema derecha quiere revertir este sentido común y presentar sus ideas, no solo como una opinión democrática, sino como un nuevo sentido común. Que a determinados colectivos se les conceden los derechos según nos convenga.

‘Radiografía del antifascismo’: Entrevista sobre el libro ‘Antifascistas’ en Radio3

Entrevista en el programa ‘Que parezca un accidente’ de Radio3 (RNE) por José Manuel Sebastián. 06/04/2022 Miquel Ramos analiza en su último libro, “Antifascismo” (Capitán Swing), las luchas y los avatares de las distintas asociaciones y personas que se han enfrentado a la resurrección de los movimientos de la ultraderecha totalitaria.

Entrevista sobre el llibre ‘Antifascistas’ a Pròxima Parada (À Punt Ràdio)

Entrevista amb la periodista Susanna Lliberós sobre el llibre ‘Antifascistas’ (Capitán Swing, 2022) al programa Pròxima Parada d’À Punt Ràdio.

Miquel Ramos: “La violència de l’extrema dreta ha configurat un caràcter propi a la societat valenciana”

El periodista, expert en moviments d’extrema dreta, publica el llibre ‘Antifascistas’ (Capitán Swing). Entrevista a Vilaweb Per: Josep Rexach Fumanya i Albert Salamé (fotografies) 31.03.2022

El periodista Miquel Ramos publica el llibre Antifascistas (Capitán Swing), un retrat sobre l’extrema dreta d’ençà de la dècada dels noranta, fins a l’impacte de Vox a les institucions de l’estat espanyol. Repassa els principals conflictes i assassinats que han protagonitzat els moviments ultres, elabora un mapa dels grupuscles que han tingut més influència i repassa la coordinació dels moviments antifeixistes per a plantar-los cara. Entrevistem Ramos en un hotel de Barcelona on fa promoció del nou llibre. Ens diu que s’estima més no parlar del conflicte entre Rússia i Ucraïna perquè se sent sobreexposat pel tema.

Per què el cas de Guillem Agulló us va marcar tant?
—Perquè tota la nostra generació, especialment al País Valencià, vàrem viure’l molt de prop. No només perquè en Guillem representava les inquietuds i la manera de ser de molt joves de l’època, sinó per tot allò que va envoltar el cas. Per tota la impunitat que tenia aleshores i el relat criminalitzador que es va construir per tornar-lo a assassinar, mediàticament. Gairebé el van fer responsable de la seua pròpia mort. Ha acabat tenint un carrer a València, un premi a les Corts Valencians, i les noves generacions, tot i que han passat gairebé trenta anys, continuen recordant i reivindicant Guillem.

I no va ser l’única víctima de l’extrema dreta durant aquells anys.
—Hi va haver molts casos que demostraven que això no era una lluita entre grups oposats políticament. Després de Guillem van assassinar Sònia, aquí a Barcelona, una dona transsexual; Lucrecia Pérez a Madrid; Carlos Palomino, que podria ser un cas similar al Guillem; persones sense llar. Explique al llibre que el mes següent de l’assassinat de Guillem, assassinen un sense-sostre a València. Guillem ens va apel·lar a tota una generació per unes qüestions d’afinitat política, però l’extrema dreta anava més enllà.

Dediqueu un capítol a la que anomeneu la llarga transició valenciana. Per què l’extrema dreta hi va actuar amb tanta virulència?
—Al País Valencià l’extrema dreta ha estat profundament connectada amb el relat oficial. Sobretot durant l’hegemonia del PP, amb un marcat caràcter anticatalanista, antivalencianista i en què qualsevol reivindicació de normalització de la llengua i entendre el País Valencià d’una manera diferent de la que reivindicava la dreta espanyola era perseguida, criminalitzada, estigmatitzada i constantment víctima de la violència de l’extrema dreta. I això ha configurat el caràcter de la societat valenciana.

Atacs contra comerços que retolaven en català…
—L’extrema dreta atacava tothom que ells consideraven enemics d’Espanya i de la seua concepció de ser valencià. I aquests no sols eren els hereus de la tradició fusteriana, sinó la  universitat i qualsevol expressió popular que eixís de la seua concepció de valencianitat. Per tant, les víctimes han estat tantes persones i tan diferents que tot plegat ha creat una consciència col·lectiva antifeixista molt important. De fet, l’anticatalanisme és un dels pilars fonamentals de l’extrema dreta espanyola i concretament, a València.

El blaverisme va emblanquir la ultradreta com fa ara el PP amb Vox?
—El blaverisme és una fabricació identitària que oposa la valencianitat a qualsevol mena de vinculació amb tot allò que és català, tot negant la unitat de la llengua i qualsevol projecte polític que tinga com a subjecte els Països Catalans. Però això només és l’excusa. A la pràctica, el blaverisme combat la normalització del valencià, la normalització d’una altra manera de ser valencians que no respon al clixé que va institucionalitzar la dreta amb la complicitat del PSOE. No oblidem que el PSOE va abandonar gran part d’aquesta valencianitat alternativa que proposava l’esquerra i el valencianisme.

“En democràcia hem d’assumir que hi ha determinades actuacions que, tant si ens agraden com si no, formen part d’una determinada normalitat.” Ricardo Peralta, delegat del govern del PSOE sobre els atacs de la ultradreta.
—Això va ser escandalós. Es va reduir, d’una manera molt obscena, la violència de l’extrema dreta a un mal menor de la democràcia. Es va llevar importància a una qüestió extremadament violenta, no solament contra els valencianistes. Recordem que l’ONG Comissió d’Ajuda al Refugiat, va ser objecte de deu atemptats amb explosius en pocs anys; els moviments culturals eren constantment atacats i boicotejats; i el moviment ocupa també va rebre atacs. L’extrema dreta valenciana tenia una semblança amb la resta d’extremes dretes del món, però amb la particularitat valenciana que era una determinació identitària d’enderrocar la llengua, la cultura i la normalització del valencià.

Al llibre anomeneu una quantitat de grupuscles d’extrema dreta que actuaven a tot l’estat espanyol i que per molts són desconeguts. Per què no van cristal·litzar en una formació política després de la transició?
—El període dels vuitanta i principi dels noranta es veu molt arrossegat per la transició i pel franquisme. Una volta desapareix Fuerza Nueva, moltes formacions petites lluiten pel lideratge de l’espectre polític, molt ben emmarcat dins del PP. El PP fou la casa comuna de totes les dretes quan desaparegué Fuerza Nueva. Les formacions més semblants a un estil europeu no apareixen fins a mitjan noranta.

Ho van intentar formacions com Democracia Nacional, España 2000 o MSR.
—Però sense èxit. Perquè els seus líders estaven enfrontats entre si, eren malvistos i qualsevol intent d’unió fracassava. L’única que té èxit és Plataforma per Catalunya, perquè surt del guió amb un discurs que només toca dos eixos: antiimmigració i islamofòbia. Per això la virtut d’aquest partit és haver nascut, crescut i guanyat, en un territori com la Catalunya interior. Perquè el vot no era espanyolista i va aconseguir d’exportar la fórmula de les extremes dretes europees. Aixà no va tornar a passar fins a l’arribada de Vox.

Per què a final dels vuitanta i principi dels noranta la violència de l’extrema dreta creix notablement a tot l’estat espanyol?
—Per diversos factors. El principal, que hi havia una impunitat brutal a l’extrema dreta. Se sentien encoratjats. Quan comencen a sonar les alarmes i els mitjans de comunicació i comencen a prestar atenció a mitjan anys noranta amb un seguit de casos molt bèsties, s’instal·la una preocupació  global. En aquest context apareixen productes com Diario de un Skin o American History X. Això produeix consciència a molta gent que hi ha un problema greu, però també produeix un efecte contrari, que és el de seducció. Molta gent es va sentir atreta per l’aura de maldat i rebel·lia. I l’extrema dreta no comença a minvar l’activitat violenta fins que no troba oposició al carrer; quan els grups antifeixistes passen a l’ofensiva.

Per a ser antifeixista cal ser d’esquerres?
—Qui va portar la bandera de l’antifeixisme, en soledat i malgrat els riscos individuals i col·lectius, van ser els moviments socials d’esquerres. I és un mèrit que s’ha de reconèixer. El perfil del militant antifeixista del començament era un perfil de persones actives en moltes altres lluites. Parle  de l’ocupació, però també de la insubmissió, de la memòria històrica, l’antimilitarisme o el periodisme. Hi havia moltes maneres de combatre l’extrema dreta. És una condició ser d’esquerres per a ser antifeixista? No hauria de ser-ho. L’antifeixisme hauria de ser un consens de mínims entre demòcrates. Malauradament, el relat oficial, era reduir l’antifeixisme a una tribu urbana; caricaturitzar-lo.

Això ha canviat.
—Sí, però quan hem vist les orelles al llop. Quan allò que denunciaven en soledat les persones joves i d’esquerres durant els noranta ha acabat tenint presència a les institucions. Quan la gent va dir: doncs sí, l’extrema dreta és un problema, existeix i no va morir amb Franco; tenien raó els antifeixistes. El feixisme interpel·la gran part de la societat, perquè ja és capaç de legislar i cada dia té micròfons al davant. Tot allò que deien abans els grups nazis, es diu ara cada dia a la televisió i en seu parlamentària. Per tant, la gent se sent interpel·lada i veu el perill de l’extrema dreta.

El periodisme també en té part de responsabilitat? Em refereixo a la vella premissa que cal donar veu a tothom.
—Jo pense que no totes les opinions són respectables. L’odi no pot ser mai una opció democràtica més. Hi ha unes línies vermelles i la defensa dels drets humans no es pot equiparar a qui vol abolir-los. Reivindique el dret de parlar de l’extrema dreta. De fet, jo ho faig. El tema és com se’n parla i quan. L’extrema dreta és molt hàbil amb la seua estratègia comunicativa i sap posar perfectament els marcs, els temes i ser la protagonista. La funció del periodista és no caure en aquests temes. I sobretot, no criminalitzar certs col·lectius i tenir cura en l’enfocament dels temes. No cal posar el micro a l’extrema dreta si et passes el dia criminalitzant els menors immigrants no acompanyats, les persones musulmanes, els gitanos, les feministes o els catalans. Tu pots estimular constantment els marcs de l’extrema dreta, ja vindrà després a recollir-ne els fruits.

Com ha evolucionat el perfil de l’extrema dreta? Després de la transició eren nostàlgics, però ara, per raons d’edat, no poden ser-ho.
—No hi ha un únic perfil. Sí que trobem que hi ha una normalització dels discursos i de la ideologia de l’extrema dreta. I això fa que hi haja més gent que tinga menys poder a l’hora de manifestar determinades actituds masclistes, racistes o homòfobes. I això ha fet que molta gent que no es considera d’extrema dreta adopte aquests discursos i acaben normalitzant-se. Aquest és l’èxit de l’extrema dreta. Haver conquerit el sentit comú de determinades persones. Persones que potser ni tan sols els voten, però que fan seu aquest relat, que es creuen que allò que és masclista i racista és rebel. L’extrema dreta fa més bullying que política. És a dir, els seus discursos contraris a determinats col·lectius estigmatitzadors no són mai cap amunt, mai no es dirigeixen contra el poder. Sempre van cap als col·lectius més vulnerables. Per tant, tota la pàtina de rebel·lia i irreverència és una mentida ridícula. Però, malauradament, molta gent ho assumeix.

Amb els anomenats cordons sanitaris n’hi ha prou per a frenar un partit com Vox? O hem buidat de sentit aquesta expressió?
—Si parlem de política institucional, més enllà de fer un cordó sanitari i no acceptar res que propose l’extrema dreta i aïllar-la constantment a les institucions, el cordó també implica fer polítiques valentes que desactiven els discursos de l’extrema dreta. Tu pots fer un discurs molt brillant en el pla retòric, però si les teues accions polítiques no neutralitzen la precarietat on l’extrema dreta se sent forta, no serveix de res. Ja pots dir missa. Si no dónes resposta als desnonaments, a la precarietat laboral, a la inseguretat o a la pobresa regales el terreny a l’extrema dreta perquè es presenten com a salvadors.

Els moviments antifeixistes i l’esquerra sempre s’han debatut entre l’ús o no de la violència per fer front a la ultradreta. És lícita contra l’extrema dreta?
—El debat de la violència no sols ha acompanyat l’antifeixisme, sinó qualsevol lluita política en el curs de la història. És innegable que en alguns casos, actuar davant una amenaça com la que significava l’extrema dreta en alguns moments determinats, s’ha combatut amb una violència que ha salvat vides i ha frenat l’extrema dreta. Ara, no es tracta de dir violència sí o violència no. És un debat fals que no ha d’existir perquè no és real. De fet, l’estat té l’exercici legítim de la violència i és un debat que sempre és sobre la taula. No es pot jutjar amb tanta banalitat. Òbviament, la violència per se no ha de ser un recurs per a assolir objectius polítics. Crec que estem d’acord que hi ha moltes altres vies abans que la violència per a solucionar conflictes. Ara, tu no guanyes un partit que és a les institucions a base de violència. Tu requereixes moltes complicitats i moltes estratègies, però davant d’una banda de skins que ve a cremar-te el local, com actues?

Dieu al llibre que la lluita contra l’extrema dreta ja no es pot limitar a contraprogramar els seus actes. Què ens resta?
—Crear poder popular. És una frase tòpica, però és real. Els moviments socials d’avui dia, tot i que no porten el nom antifeixista tatuat, fan un treball antifeixista imprescindible com ara aturar desnonaments, fer xarxes veïnals, lluitar contra la precarietat, independentment de si l’afectat és una família musulmana, espanyola o LGBT. El problema és que el neoliberalisme no dóna resposta als problemes de la gent, sinó que els eternitza. I d’això beu l’extrema dreta.