El periodista activista

Jordi salía de trabajar cuando un hombre se le acercó y la emprendió a golpes contra él al grito de Viva Franco y Viva España. Le partió la nariz y si no llega a ser por varios transeúntes, la paliza continua. Llamaron a la policía a gritos, pero el agresor los advirtió: la Policía soy yo. Se trataba de un inspector de la Brigada de Información del CNP que sabía bien quién era Jordi. Jordi Borràs, el fotoperiodista catalán que llevaba años retratando a la extrema derecha y cuya cabeza era un trofeo para los fascistas, que llegaron incluso a señalar y visitar su domicilio familiar.

Iván, el policía, fue condenado el pasado mes de enero a un año de cárcel por un delito de lesiones con la agravante de discriminación por motivos ideológicos, pero nunca dejó de trabajar. Ni tampoco entrará en prisión. Ayer se conoció que sería apartado del Cuerpo, pero tan solo un año. La sanción mínima. Unas vacaciones por partirle la cara a un periodista porque eres un fascista y tu víctima, un rojo separatista. Relájate, Iván, que representas la Ley, al Estado, y no se puede ir así tan pancho, hombre. Estas cosas se hacen bien. Ale, tómate un descanso y luego, a seguir sirviendo y protegiendo a la ciudadanía. El agente seguirá siendo un servidor público. Jordi, como tantos y tantas periodistas, seguirá considerado por muchos como un ‘periodista activista’.

La actualidad nos trajo otra noticia curiosa este mismo día. Un medio publicaba los datos personales y los antecedentes policiales (esos que solo conoce la Policía, porque no implican condena) de una de las personas que comunicó a la Delegación del Gobierno la manifestación contra la OTAN en Madrid. No es la primera vez que un medio reproduce una información policial a medida, exponiendo a alguien y salpicando a alguna organización política, con el objetivo de crear alarma social, señalar a alguien por su ideología, causar miedo entre sus afines y meter en el ajo a quien se quiera destruir, normalmente, partidos u organizaciones de izquierdas. Porque la información sobre esta comunicación solo la tienen la Delegación del Gobierno y la Policía. Esto mismo sucedió cuando la ultraderecha provocó los disturbios durante un mitin en Vallecas. Varios medios sacaron hasta la talla de calzoncillos de los que salían en primera línea durante las cargas policiales. Esta información, que solo podría ser distribuida directamente desde un despacho de la Policía o de la Delegación del Gobierno, solo necesitaba la firma de un tonto útil. De un periodista activista. Activista del sistema, que es el peor activismo del que puede presumir un supuesto profesional de la información.

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No ha sido la única noticia de estos últimos días que ejemplifica a la perfección el problema que existe en el Ministerio del Interior y en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, esté quien esté en la Moncloa y en el Consejo de Ministros. La pasada semana, varios científicos y activistas miembros de Rebelión Científica y de Extinction Rebellion fueron detenidos por la Brigada Antiterrorista de la Policía. Se les acusaba de un delito contra las Instituciones del Estado por protestar ante el Congreso y lanzar agua con remolacha. Esto solo se entiende cuando lo que pretenden es causar miedo y criminalizar a quien proteste. Nada nuevo, por desgracia, pero aquí nadie da explicaciones ni se rasga las vestiduras. Hay carta blanca. Y si hablan de ‘extrema izquierda’ o ‘separatistas’, ya ni te cuento.

Mucho se ha hablado de la cloaca policial que trataba de hundir a Podemos, a los independentistas o simplemente a rivales políticos. Pero siempre ha existido una enorme y apestosa cloaca contra los movimientos sociales que no tiene ni siquiera la decencia de esconderse. Lo vimos recientemente con el policía infiltrado en un sindicato de estudiantes y un colectivo de barrio que paraba desahucios en Barcelona. Marc, como se hacía llamar, fue destapado por la Directa y denunciado por sus víctimas. Él mismo publicó a los pocos días una foto en sus redes descansando en su piscina presumiendo de la hazaña y riéndose de todos.

A esta cloaca eterna, que permanece gobierne quien gobierne, no le hace falta esconderse. Se cree y se sabe impune. Por eso el poli Iván le dio la paliza al fotoperiodista, porque sabía que mantendría el puesto. Por eso el poli Marc se fotografía tranquilo en su piscina. Y por eso el periodista que firma lo que le pasa el poli de turno, firma con su nombre la pieza. Si de verdad a aquellos a los que vigilan, señalan y criminalizan fuesen peligrosos para la seguridad, nada de esto sería así. Son peligrosos, pero para su relato, para sus consensos, y eso a veces es mucho más preocupante para el poder que un contenedor ardiendo.

La noticia que ponía en la diana a los que comunicaron la manifestación contra la OTAN es el peor periodismo activista posible, insisto. El periodismo que no molesta al poder, sino que le es útil, es propaganda, no periodismo. De la misma calaña que el que reivindicó el ex director de El País, Antonio Caño, ayer mismo en su cuenta de Twitter: “Hace cuatro años intentamos evitar desde El País el pacto de Sánchez con populistas y separatistas porque creíamos que eso era malo para la izquierda y para España”. Pues eso.

Miquel Ramos. Público, 22 de juny 2022

Marc, el poli infiltrado

El medio catalán La Directa destapó ayer a un topo de la Policía Nacional que llevaba dos años infiltrado en varios movimientos sociales de Barcelona. Tras varios meses de investigación, comprobando, contrastando y hasta peritando todos los datos obtenidos, los periodistas acreditaron que Marc Hernández era en realidad I. J. E. G., un funcionario del Estado.

Marc no era de Mallorca como decía, sino de Menorca. Tras estudiar criminología y graduarse como agente del Cuerpo Nacional de Policía, el infiltrado había construido un personaje y contaba con un DNI falso, una cuenta corriente falsa, y dos pisos, uno en Palma y otro en Barcelona, donde reunió a algunos ex compañeros de los colectivos en los que empezó a meterse. Todo parecía normal en un joven que llega a Barcelona desde otra ciudad y se implica en varios movimientos sociales, concretamente, en el movimiento independentista a través del Casal Lina Ódena y del Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans (SEPC) y en el movimiento por el derecho a la vivienda a través de Resistim al Gòtic.

En este caso, no es que los colectivos infiltrados fueran potencialmente peligrosos por sus métodos, sino por su influencia política. Es decir, no se perseguía desmantelar una organización armada o violenta, sino investigar a un sindicato estudiantil que forma parte de la izquierda independentista, y a un colectivo que lucha contra la especulación urbanística, por una vivienda digna, y que para desahucios. Esto, para el Estado, es lo realmente peligroso. Y eso no es sino una muestra de que estos movimientos están consiguiendo sus objetivos. Así que Marc, lo quiera o no, ha hecho más grandes todavía a estos colectivos y a sus causas.

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La infiltración en movimientos sociales es habitual. Quienes participan en ellos lo saben de sobra. Existen algunos indicadores habituales para detectar a estos topos, aunque a menudo la trama es más compleja, y el Estado se sirve de informantes más que de funcionarios. Es decir, de personas que frecuentan estos ambientes y a quienes les resulta más fácil recabar información sin levantar sospechas. A veces, la policía intenta cazar a quienes tienen asuntos pendientes con la justicia, prometiéndoles algún tipo de mejora de su situación e incluso dinero. Fue precisamente La Directa la que destapó uno de estos intentos años atrás, también en Barcelona, a un joven activista que decidió tender una trampa a los polis y hacerlo público antes que traicionar a sus compañeros y a sus ideas, a pesar de tener un juicio pendiente para el que le prometieron beneficios judiciales. La Directa grabó el encuentro y la conversación, y publicó las fotos y la charla en exclusiva. Este medio independiente lleva dieciséis años destapando el espionaje a los movimientos sociales por parte de diferentes cuerpos policiales. Se nota que Xavier Vinader dejó una buena escuela antes de marcharse.

No me toca desvelar el contenido de la investigación de La Directa. Léanla ustedes. Pero lean también a las víctimas del topo contándolo en redes. A los movimientos sociales y a quienes forman parte de estos, y se creyeron, además, que Marc era también un amigo. Más de uno que se creyó la amistad se preguntaba por esos abrazos que se dieron y por todas las confesiones personales, miedos y alegrías que había compartido con él.

Marc huyó hace unos días. Sus redes con perfil falso han desaparecido y su rastro se esfumó con excusas baratas a quienes trató de engañar. O eso cree. Ya circulan fotos y vídeos suyos participando en varias acciones, o incluso con su verdadero nombre, en su entorno real. Quienes lo empujaron a infiltrarse no han cuidado nada bien su seguridad, demostrando así lo poco que les importa este joven agente al que hicieron creer que era un héroe.

Marc seguirá cobrando del Estado, cuyos representantes dijeron ayer que no tenían nada que decir cuando les preguntaron por el topo. Como con Pegasus y como con tantos otros casos descubiertos. Los han pillado, pero se la suda. Van a seguir haciéndolo contra cualquiera que denuncie sus miserias. Pero muchísima gente seguirá tratando de cambiar las cosas por pura convicción, gratis, a pesar de Marc y de los demás como él. Solo cabe esperar que Marc haya aprendido algo de toda esa gente a la que ha tratado de engañar. Solo con que hayas conocido buena gente y te hayan hecho pensar un poco, Marc, ya ha valido la pena tu aventurilla.

Miquel Ramos. Público, 8 de juny 2022

Acostumbrarse a la inmundicia

Los aplausos y vítores de un grupo de lacayos al emérito a su llegada a Sanxenxo formaron improvisadamente una viñeta del maestro Pedro Vera. Nos reímos, cierto, pero, aunque estamos ya curados de espanto, también nos volvió a indignar. Al menos a una parte de la ciudadanía. Otros aplaudían ‘para joder a los rojos’, como me confesó un tuitero, creyendo que comiéndose sus propias heces nos hacía daño. Buen provecho, caballero.

Mientras la derecha seguía lamiendo el suelo que pisaba el decrépito emérito creyéndose así más patriotas y con mayor responsabilidad de Estado que quienes denuncian sus corruptelas, el PSOE hablaba con la boca pequeña haciendo malabarismos dialécticos. Intentando por una parte salvar la institución de las llamas, y por otra, no dejar sin reproche al sinvergüenza al que siempre han protegido y ahora exonerado de sus responsabilidades.

Pasaban horas desde que el exrey regresaba a su guarida, cuando PSOE, PP y Vox votaban en la Junta de Portavoces para rechazar la apertura en el Congreso de una comisión de investigación sobre las cloacas del Estado. Responsabilidad y sentido de Estado, una vez más. Inmundicia y mugre acumulada para cualquier demócrata. En esto, al menos no esconden su responsabilidad, es verdad, pero no para con la ciudadanía y la propia democracia, sino para que la cloaca siga funcionando impune.

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Esta misma semana se han denunciado tres violaciones grupales. Una de ellas a menores de edad, a niñas de 12 y 13 años. En estas participaron también menores de edad, algunos de los cuales fueron vitoreados por sus familiares a la salida de los juzgados. Es más, algunos conocidos ultraderechistas difusores de bulos, odios y patrañas varias en redes se atrevieron incluso a exponerlas públicamente y apoyar a los agresores. No había pasado ni una semana, y el vicepresidente de Castilla y León, otro de la cuerda neofascista, ridiculizaba y hacía un alegato contra la educación sexual en los colegios. Luego, cuando el 20% de los adolescentes y jóvenes entre 15 y 29 años niega la existencia de la violencia de género, nos echamos las manos a la cabeza.

Estos datos coinciden con el auge y la normalización de la extrema derecha en España. Ninguna sorpresa. Es lo que pretenden. Y lo están consiguiendo. Pero recuerden que son opiniones respetables. No me cansaré de decirlo cada vez que su basura nos invada, para que recuerden cómo algunos nos la han hecho tragar. Hay que ser tolerante incluso con estos, dicen. De postre, este cargo público se burlaba de un diputado por su trabajo de médico dedicado a tratar el cáncer. Qué más da. Una más de tantas salidas de tono de estos canallitas de colegio mayor. Todas las opiniones son respetables, recuerden.  Sigamos así, venga.

Casi al mismo tiempo, alguien ha llamado hija de puta a una diputada en la sala de prensa en el Congreso. Es la última chabacanería de la inmunda ultraderecha que anida ya en cada rincón del país poniendo sus larvas. Esta vez, disfrazado de periodista, acreditado en el Congreso con el beneplácito de otros periodistas, de las asociaciones de prensa y de varias formaciones políticas, ojo. No me sorprendió, es verdad. Otra diputada me confesó un día en privado que cuando cruza el hemiciclo debe hacer siempre un esfuerzo por no contestar a los señoritos y señoritas de buena cuna que le dedican insultos e improperios buscando su reacción, esperando a ver si un día pierde los papeles.

Más allá de estas anécdotas de Palacio, cuyo circo es lo que algunos quieren presentar como la única política posible, lo que sorprende es que no sea la ciudadanía la que pierda de verdad los papeles. Porque motivos, sobran. Ahora que la ultraderecha está desatada ocupando ya puestos en las instituciones y soltando una barbaridad tras otra para ser siempre la protagonista, veremos a qué siguen jugando los demás actores de esta comedia. Periodistas incluidos. Llevan mucho tiempo acostumbrándonos a la inmundicia. Miren con el emérito, que hoy, más de un periodista, incluso de los hasta ahora reivindicados como juancarlistas, se flagelan y reconocen que callaron y permitieron demasiado. Aun así, parece que no aprenden. Algunos, sin embargo, nos resistimos a acostumbrarnos a convivir entre escombros.

Miquel Ramos. Público, 25 de maig 2022

Ingobernables

Volvía a Madrid tras una bonita tarde en Barcelona, en la Kasa de la Muntanya, un antiguo cuartel de la Guardia Civil situado muy cerca del Parc Güell okupado desde 1989. Las redes sociales anunciaban la okupación de un edificio en pleno centro de Madrid, propiedad de UGT, que pretendía vender a una cadena hotelera para sacar una buena tajada de su patrimonio. Lo que toda la vida se ha llamado especular. Sin embargo, la gente de La Ingobernable (que ya fue desalojada ilegalmente en 2019, como sentenció el Tribunal Supremo hace dos días), pedía a UGT que se reuniese con ellas para hablar y encontrar una solución negociada. La ilusión de ver cómo se acababa de recuperar un espacio por y para el pueblo, fue breve.

Desde la terraza de la Kasa de la Muntanya se observa la ciudad entera, atravesada por feos edificios que rompen el horizonte y lo vuelven gris. Pero giras la vista y ves los muros del centro social repletos de colores. Dos milicianas republicanas que sonríen, inmortalizadas por el muralista Roc Blackbloc, ocupan toda una fachada del antiguo edificio. A sus pies, otro muro exhibe el Gernika de Picasso bajo la leyenda Ofensiva Antifa. Las personas que se hacen cargo a diario del centro social más antiguo de la ciudad preparan la cena mientras decenas de personas debaten sobre antifascismo en este emblemático lugar donde se ha cocido gran parte de este movimiento en Barcelona. Durante varios minutos tuvimos un sospechoso dron sobrevolando nuestras cabezas. No sé si escucharon o retrataron lo que quisieron, pero no teníamos nada que esconder. Eso sí, la escena era bastante distópica.

La gente que okupó el sábado el edificio en Madrid y quienes se concentraron para mostrar su apoyo fueron pronto cercados por la policía. Se les encapsuló y no les dejaban ir ni al baño, ni a por comida, en plena vía pública. Cientos de personas mostraban su apoyo en redes, y a lo largo del día seguía llegando gente a pesar de las restricciones para acceder al perímetro. Se insistía a UGT para que se presentase allí a hablar. Incluso sus juventudes lo pidieron. Nada. Silencio absoluto. También silencio de quienes se supone, nacieron y se nutrieron de activistas sociales y que hoy en día ocupan escaños en el Ayuntamiento de Madrid y en el Congreso de los Diputados. Ni un solo tuit de Podemos ni de Más Madrid. Silencio absoluto.

Fue a las diez de la noche cuando el sindicato dijo por fin la suya a través de un comunicado: que quienes okupaban el edificio eran miembros de “un grupo de ultraizquierda radical”, y comparaban la acción con el asalto a la sede del sindicato italiano CGIL en Roma por parte de grupos neofascistas meses atrás. Ahora, quienes pretendían dar un uso social y comunitario al edificio de la calle Hortaleza, estaban atentando, según UGT, contra “los intereses de las personas trabajadoras de este país”. Porque construir otro hotel en el centro de Madrid es lo que necesita la clase trabajadora de este país, a la que este moribundo chiringuito se arroga su representación por sus santos cojones.

No hubo diálogo. De hecho, hasta se podrían haber ahorrado este infame comunicado (echad un ojo a la cantidad de fascistas que les dan me gusta y lo retuitean) y hacerse los suecos, como la izquierda institucional, mientras hacían lo que hicieron, es decir, llamar a la policía para que echase a los activistas, a los que sólo les faltó llamarlos guarros o perroflautas. Y eso que, según un comunicado de La Ingobernable: “Esta operación especulativa se ha realizado con la connivencia del Ayuntamiento de Almeida, que, mediante la aprobación en pleno de un Plan Especial para el edificio, permitía el cambio de uso del suelo a hospedaje en régimen exclusivo. Además, se aprobó la reestructuración de un edificio con protección patrimonial.” El domingo por la mañana ya estaban fuera. Desalojados. Ya pueden seguir vendiendo el edificio para hacer su hotel, su casino o su marisquería.

Estos que no han tenido ni la decencia de sentarse a hablar no entienden o no quieren entender lo que significa la acción de recuperar espacios por y para el pueblo, usan el mismo lenguaje que los fascistas y los especuladores para esquivar incluso el diálogo. Viven al margen de los movimientos sociales porque su negocio va bien y les permite vestirse todavía de representantes de la clase obrera mientras llevan años callados y bien dóciles ante el Gobierno, a pesar de las múltiples razones que deberían haberlos motivado para salir a la calle y montar 80 huelgas generales. Es que ahora gobiernan ‘los buenos’, y si les metemos caña, vendrá la derecha. Y cuando llegue, los acusará de ser ‘ultraizquierda radical’, les quitarán subvenciones y los condenará al ostracismo, sin medallitas que colgarse por cuatro migajas concedidas sin ni siquiera una protesta, tan solo dando la patita y recibiendo una galletita. Como mi perro.

Quienes tenemos la suerte de haber conocido de cerca los movimientos sociales sabemos que estas puñaladas son siempre previsibles, que nunca sorprenden. Eso sí, sirven para retratar a más de uno, como quedaron retratados ayer unos por su comunicado de mierda y otros por su silencio, también de mierda. Y no os creáis que esto es una derrota. Para nada. Lo de este fin de semana es una alegría. Porque demuestra que sigue habiendo gente, movimiento, que se niega a permanecer impasible mientras todo arde, gobierne quien gobierne. Que toma partido, que da la cara y se la juega, mientras otros ponen el cazo o se hacen los suecos. Unos viven de ello. Otros lo hacen por amor. Por convicción.

Mientras, la Kasa de la Muntanya continúa en marcha. Como La Molinera en Valladolid o La Casa Invisible en Málaga a pesar de las amenazas de desalojo para especular con los edificios. Como La Animosa en Madrid, o el CSOA L’Horta en València, que resiste a pie de huerta en un terreno labrado por los vecinos donde crecen las lechugas y los tomates que han plantado los vecinos de Benimaclet ante la amenaza de más asfalto y hormigón. Y muchos otros centros sociales que existen en varias ciudades. Quienes llevan adelante estos proyectos son ingobernables. Da igual quién ocupe las instituciones. Su trabajo está en la calle, con la gente, no en los despachos, y no bajan la persiana cuando las calles arden para no ver lo que sucede y creer que así no les va a llegar la ceniza. Una lástima su silencio, pues quienes hace años hicieron creer a mucha gente que ellos recogerían ese espíritu rebelde para llevarlo a las instituciones, hoy se han escondido bajo la mesa. Por eso, la palabra ingobernable cobra hoy más sentido que nunca. Van a seguir estando, le pese a quien le pese. Y todavía hay demasiados edificios vacíos en este país y mucha rabia, muchas ganas y mucha imaginación capaz de transformar lo más feo y la situación más adversa en un impulso, en un reto. En una victoria. Volveremos.

Miquel Ramos: «La guerra d’Ucraïna ha dividit l’extrema dreta»

El periodista publica “Antifascistas” i adverteix que la presència de Vox a les institucions suposarà la normalització d’idees com l’antifeminisme o el rebuig a la immigració: “El risc és la infecció del sentit comú”.

Entrevista de Pep Martí a Nació Digital,  3 d’abril de 2022

L’assassinat del jove antifeixista Guillem Agulló el 1993 a mans d’un grup neonazi va impactar en tot una generació de joves valencians. Miquel Ramos recorda el dia en què un dels seus mestres els va explicar els fets, que havia presenciat una excompanya del col·legi on ell estudiava. Ramos estava a punt de complir 14 anys, però aquell episodi no s’esborraria de la seva memòria.
Periodista especialitzat en extrema dreta i moviments socials, membre fundador del diari L’Avanç, col·laborador de diversos mitjans que van des de La Marea i Público a l’edició en espanyol de The New York Times, Ramos acaba de publicar Antifascistas (Capitán Swing). L’exmembre de la mítica banda valenciana Obrint Pas hi dissecciona l’evolució dels grups ultres des dels anys noranta i com ha crescut el moviment antifeixista i el seu treball alsbarris, que considera una trinxera decisiva per barrar el pas a l’amenaça feixista.   

– Comença el llibre amb l’impacte que li va causar l’assassinat de Guillem Agulló. Va ser el seu baptisme amb l’antifeixisme?

– Sí. No només per mi. Fou tot una generació que va quedar colpida per un crim com el del Guillem. Ja havíem vist alguns crims anteriors, com el de Lucrecia a Madrid o el de Sonia a Barcelona. Quan ets un adolescent, aquestes coses et colpegen, sobretot si tens unes inquietuds i una sensibilitat enfront del feixisme. Fins aleshores hi havia la idea que el feixisme havia mort amb Franco. 

– Explica en el llibre que aquests tres crims, Guillem Agulló, Sonia Rescalvo i Lucrecia Pérez, dibuixaven molt bé el ventall d’objectius de l’extrema dreta. 

– Efectivament. L’assassinat de Sonia, una dona transsexual, a Barcelona, per un grup de skins neonazis, va ser d’una gran brutalitat, amb una companya seva i una altra persona sense sostre, apallissats, mostrava la crueltat extrema contra uns col·lectius que ells consideraven unes vides sense valor. El cas de Lucrecia va tenir la característica que va ser protagonitzat per un guàrdia civil acompanyat de menors d’edat d’ideologia neonazi. Era una dona treballadora que vivia en una fàbrica abandonada. Guillem era una militant antifeixista de 18 anys que els plantava cara. Això es va sumar a altres crims semblants que es van cometre contra persones sense sostre, agredits per neonazis. 

– El llibre posa el focus en la resposta que s’ha generat contra l’actuació dels grups d’extrema dreta. 

– Traça diferents històries paral·leles. D’una banda, com evoluciona l’extrema dreta després de la mort de Franco, amb una nova generació que no va viure el franquisme i la Transició com a protagonista. De l’altra, com es va adaptant la resposta contra aquest nou feixisme postfranquista. Parlem de periodistes com Xavier Vinader, de supervivents de l’Holocaust com Violeta Friedman. I de moviments socials, que és l’altra història paral·lela del llibre, que acompanyen l’antifeixisme. Perquè qui ha participat en l’antifeixisme també ho fa d’altres moviments. El perfil de l’antifeixista té un compromís més enllà del combat contra l’extrema dreta.      

– En aquests anys, ha seguit l’evolució de l’extrema dreta espanyola. Com s’ha anat transformant?

– L’extrema dreta dels vuitanta era continuació de la que venia del franquisme i els grups involucionistes, amb vinculacions amb estructures de l’Estat que havien romàs a la mort del dictador, com a la policia i les forces armades. A partir de finals dels vuitanta, apareix una extrema dreta més similar a la que hi ha a Europa. Amb més joves, molts dels quals seran presents en els camps de futbol, i que després evolucionarà cap a nous partits polítics i que conviu amb una actuació violenta al carrer. Evoluciona al compàs dels partits que creixen a Europa. Aquí vam tenir Plataforma per Catalunya, que va ser pioner. Cap altre partit a l’estat espanyol havia aconseguit 60 regidors, amb un discurs antiimmigració i islamòfob.

– En això sí que hi va haver una homologació amb Europa.

– Sí, a partir de finals dels noranta. Plataforma és el partit d’aquests anys a l’estat espanyol que més s’apropa als partits d’extrema dreta d’Europa. I després hi ha els moviments socials d’extrema dreta, que també evolucionen a partir dels anys 2000 i són una competència dels moviments socials tradicionals de l’esquerra. També copien el que passava a Europa, com l’italià Casa Pound.

– Casa Pound va ser un referent per aquests sectors, oi?

– Va marcar molt. Fou l’exemple per a un canvi en l’actuació de l’extrema dreta en el front social. Va ser un canvi estètic, retòric i d’activisme. Es passa de les bandes neonazis dels anys noranta, molt violentes al carrer, amb una estètica molt marcada, amb un llenguatge molt descarat i unes reivindicacions de les velles banderes del feixisme i el nazisme, a un Casa Pound, com el Casal Tramuntana aquí, o Proyecto Impulso a Castelló, o Hogar Social a Madrid, suposen un canvi. Intenten emular l’esquerra radical, no empren símbols explícits de l’extrema dreta. Coincideixen amb la crisi econòmica del 2008, en un moment d’efervescència de l’esquerra, i volen competir en les banderes socials. Comencen a fer repartiment de menjar, es disfressen. L’estètica es fa més amable i intenten superar els clixés que arrossegaven.     

– Es pot parlar de diversos corrents perfectament delimitats?

– L’extrema dreta és tan diversa com l’esquerra. Hi ha grups neonazis que es dediquen bàsicament a la difusió ideològica, com ha estat Cedade i la llibreria Europa, que critiquen l’estètica skin i la violència gratuïta, que veuen com un llast. Hi ha una extrema dreta més activa al carrer, més de confrontació. I hi ha una extrema dreta que vol ser a les institucions. Plataforma és un exemple, i fins a l’actualitat. Hi ha una branca més neofranquista, nacionalcatòlica, però és més folklòrica. 

– Es refereix a la “democratització” de l’extrema dreta i l’aparició de Vox. Què ha suposat la institucionalització de Vox?

– Ha suposat que el que deien els neonazis els anys vuitanta i noranta, es diu ara en seu parlamentària. Evidentment, no és el mateix llenguatge directament, però el fons és el mateix. Aquesta segregació i criminalització de col·lectius, aquest nacionalisme xovinista. L’antisemitisme dels anys anteriors avui dia, si canviem el subjecte per musulmà, és exactament la mateixa fórmula. El que abans era el jueu ara és el musulmà. Encara que hi ha sectors que critiquen a Vox, perquè el veuen com una part del sistema i una força neoliberal, el cert és que són conscients que Vox els obre camí i normalitza unes idees que fins ara portaven amb soledat.    

– Etiquetaria Vox com a partit feixista?

– Com a extrema dreta i postfeixista, que és un terme que utilitza Enzo Traverso. Molts emprem el concepte de postefeixista. Tractar de portar el llenguatge i el marc i els contextos dels anys trenta a l’actualitat no funciona. Tot i que hi ha una herència d’aquestes idees i unes estratègies discursives que s’hi assemblen molt. 

– L’extrema dreta està penetrant fort als barris? Fenòmens com Hogar Social estan fent forat?

– Moviments socials d’extrema dreta han tingut i tenen presència, sobretot per la normalització que s’ha fet del seu discurs amb l’aparició de Vox. No tenen prou capacitat per competir amb l’esquerra als carrers. El que sí que ha penetrat són les idees. L’antifeminisme i les idees bandera de l’extrema dreta s’estan normalitzant perquè tenen un altaveu a les institucions. 

– Hi ha alguns focus on l’extrema dreta tingui un activisme especial a l’estat espanyol?

– A les grans ciutats és on hi ha més moviment. Barcelona, Madrid, València o Saragossa. En altres llocs hi ha tradicionalment un activisme d’extrema dreta, com Astúries o Salamanca. Funcionen bé a escala local, amb un activisme molt visible a les xarxes, on exhibeixen més potencial del que tenen realment.

– L’extrema dreta ha evolucionat en aquests anys. L’antifeixisme també?

– I tant. L’antifeixisme s’ha anat adaptant. Un partit d’extrema dreta no el combats únicament amb una manifestació. Necessites actuacions a tots els nivells. Quan hi ha una extrema dreta tan institucionalitzada, hi ha un front antifeixista que va des del treball que fan els mestres i professors a escoles i instituts per vacunar contra l’odi a la tasca dels periodistes, de la qual al llibre en parlo molt.     

– Hi ha una estratègia antifeixista molt definida?

– Hi ha diverses estratègies. L’antifeixisme és molt plural, des d’un consens de mínims per defensar els drets humans i determinats drets i llibertats. Hi ha molts escenaris davant dels quals s’actua d’una manera o d’una altra. El que és important és destacar la contribució que han fet tots els moviments socials antifeixistes i la tasca que fan als barris, que és un dic de contenció. És rellevant també la feina feta pels periodistes, que dibuixen els marcs mentals vigents. El gran risc de l’extrema dreta és la infecció que intenta fer del sentit comú, normalitzar un seguit de propostes que el que pretenen és que alguns col·lectius no tinguin dret a tenir drets. El perill és que això vagi calant en àmbits que no són estrictament d’extrema dreta. Gent que considera que les feministes s’estan passant de certs límits, que hi ha massa immigració, que la delinqüència i immigració van lligats, que els musulmans són una amenaça per al món de vida occidental. 

– La batalla contar els corrents d’extrema dreta es decidirà als barris?

– Crec que sí, que la sort de la lluita antifeixista es decidirà en bona part als barris, treballant en els col·lectius més vulnerables. I s’ha de dir als polítics que, més que discursos brillants contra l’extrema dreta, han de fer polítiques efectives contra la precarietat. Això serà la manera més eficaç de combatre-la, serà el primer mur de contenció. Això més la solidaritat de classe i el suport mutu. L’extrema dreta és profundament neoliberal, més enllà de les guerres culturals que planteja. El seu gran objectiu és mantenir l’statu quo i no tocar els privilegis de les classes dominants. Per això aquestes estan molt tranquil·les amb l’extrema dreta.  

– Els actes de protesta al carrer per part de grups antifeixistes són efectius? 

– Jo no voldria valorar les decisions que es prenguin en determinats contextos. Hi ha hagut vegades on l’actuació al carrer ha estat efectiva per barrar el pas a l’extrema dreta i en d’altres l’extrema dreta ho ha utilitzat per criminalitzar i provocar detencions. Això cada col·lectiu ho ha de valorar. No hi ha una fórmula màgica. 

– En alguns casos s’ha confós grups feixistes amb tribus urbanes?

– Al contrari. S’ha intentat caricaturitzar les accions de l’extrema dreta i el feixisme com a tribus urbanes o baralles entre joves amb la intenció de despolititzar-les. El nazisme no és una tribu urbana. 

– L’actitud de l’Estat respecte a l’extrema dreta ha canviat? Venim dels anys de la Transició en què les complicitats de l’aparell policial amb aquests grups eren òbvies. Fins a quin punt això ha canviat?

– És evident que als anys vuitanta, en no haver-se fet una depuració de les estructures policials, molts policies i jutges provinents de la dictadura van continuar estant actius, alguns fins ben entrats els noranta. És innegable que també va entrar gent amb esperit més democràtic. Com també és cert que des de l’Estat hi ha preocupació perquè la violència d’extrema dreta no ultrapassi uns límits, tot i que continuen emmarcant-ho com  a tribu urbana o violència juvenil. Hi ha investigacions i operacions policials. Hi ha seccions de policies i mossos que treballen aquest camp. Però continuen pervivint elements reaccionaris dins de la judicatura, els cossos de seguretat i les forces armades, i hi ha actituds que no se sancionen.

– Com quines?

– No és normal que a l’estat espanyol hi hagi policies que vagin a esmorzar amb uniforme a un bar amb simbologia feixista. A Madrid això passa. Per això s’entén que hi hagi gent que desconfiï de la diligència policial a l’hora d’investigar les accions feixistes.   

– Com afecta la guerra d’Ucraïna, iniciada per Rússia com una operació de “desnazificació”, a l’extrema dreta espanyola? 

– Hi ha una extrema dreta que és admiradora de la figura de Putin i del nacionalisme rus, i seguidora de figures com Alexander Duguin, un dels intel·lectuals del putinisme. Hi ha també una extrema dreta més prooccidental, proucraïnesa, que s’emmiralla amb les milícies com l’Azov. La guerra d’Ucraïna ha dividit l’extrema dreta. Sobre això de la desnazificació, això en aquest conflicte és pura propaganda. No hi ha cap intenció de desnazificar res, hi ha exclusivament unes intencions geopolítiques i això és una excusa de Putin per justificar la invasió. Això no treu que els grups neonazis a Ucraïna hagin estat un problema i aquesta guerra els estigui blanquejant. El fet que estan responent a una invasió fa que molts mitjans obviïn els vincles d’extrema dreta d’algunes milícies ucraïneses.    

– Vox ha estat l’únic partit que ha votat en contra de treure-li la Clau d’Or de Madrid a Putin. Els lligams entre l’extrema dreta espanyola i el Kremlin són estrets?

– Hi ha vincles d’alguns oligarques amb la internacional reaccionària que impulsa Vox. Hi ha algunes figures de l’entitat Hazte Oir que tenen relació amb oligarques russos. Però és un vincle difús, no trobarem una fotografia de Putin donant un xec a algú de Vox.