Que no nos convenzan de la derrota

De nada sirven hoy los lamentos ni los reproches. No sirvieron hace cuatro años cuando la ultraderecha entró por la puerta grande de las instituciones españolas con alfombra roja y eufemismos, ni con los sucesivos sustos de Le Pen en Francia, ni con los gobiernos de Trump o Bolsonaro. No fue Meloni quien dio el susto hace dos días. El fantasma hace años que recorre Europa y medio mundo, y algunos ya nos sentimos como telepredicadores anunciando el fin del mundo cada vez que los ultraderechistas están con medio cuerpo en la ventana a punto de entrar. No funciona.

Decía la pasada semana, a pocos días de las elecciones italianas, que esta nueva ola neofascista consiste en la absoluta normalización de las ideas de la ultraderecha y la asunción de sus marcos, su agenda y sus políticas por parte del resto de partidos. Pero también, y por oposición, en una izquierda que pierde más tiempo buscando culpables o tratando de aprovechar la marea antes que de ponerse manos a la obra.

No hay que omitir a los responsables, directos e indirectos, de esta nueva victoria del fascismo. Pero ordenémoslos por responsabilidades. Cuando liberales y conservadores cada vez se parecen más a los ultraderechistas, y los socialdemócratas se muestran incapaces (o sin intención) de plantar cara o tan solo cuestionar al neoliberalismo, se deja la puerta abierta al relato de la casta y de que todos son iguales. Aquí es donde la ultraderecha pesca parte de su electorado: en el cansancio, la decepción y la antipolítica, en que nada o poco cambia para la clase trabajadora gobierne quien gobierne, aunque luego la supuesta solución mágica de la ultraderecha siga el mismo guion que los anteriores, solo que atizando un poco más a los más vulnerables. Y es que sus recetas económicas no tienen nada de antisistema, sino que son una garantía para este, y para que las élites sigan en sus tronos mientras el debate del populacho gire en torno a la migración, las feministas, el colectivo LGTBI, los moros, la familia y las banderas.

El reproche a la izquierda institucional, a la que dice serlo y gobierna, pero no ejerce como tal, es más que necesario. Hay quienes esperan más de ella, quienes la excusan con las limitaciones de la coalición o del marco institucional, y quienes directamente la señalan como insalvable y como parte del problema. Todos tienen sus motivos y su parte de razón, pero la pataleta nunca sirvió de nada. Regalar la representación de la izquierda tan solo a estos partidos (o peor, al Gobierno), es contradictorio cuando al mismo tiempo se le niega tal entidad. Hay que seguir poniendo frente al espejo a esa parte de la izquierda que está en las instituciones, señalando no solo sus contradicciones o su falta de valentía (o peor, de voluntad), sino también su falta de argumentos o la ausencia de explicaciones más allá de triunfalismos por migajas.

Lo que no aporta nada y es un buen aliado tanto de la ultraderecha como del statu quo, es el nihilismo, el derrotismo, o peor, el ver a los fascistas como un ejemplo a seguir ‘porque hablan de lo que al pueblo le interesa’. Esto, lamentablemente, es algo que hemos visto en determinados espacios de una izquierda instalada en la pataleta y en el todo mal, sobre todo en redes sociales. Eso sí, tampoco es justo regalar a esta autoerigida como verdadera izquierda la representación de la ideología, ni tan solo de los deseos y las reivindicaciones de la clase trabajadora, por mucha pomposa retórica marxista que utilice.

Hay otra izquierda proactiva y menos llorica que de verdad trabaja por revertir esta situación, aunque lo haga lejos de los grandes focos mediáticos y los debates encarnizados en las redes sociales, llenos de anónimos predicadores y ascetas. Las personas que trabajan en sus pueblos y en sus barrios contra la precariedad, codo a codo con sus vecinos y vecinas, llevan tiempo construyendo ese mundo que algunos, de derecha a izquierda, tratan de defenestrar o de negar que exista. Cuando se culpa a ‘La Izquierda’ de no estar haciendo nada, y se señala solo a los partidos, se omite deliberadamente a estos movimientos sociales que siempre estuvieron, y se le regala la representación de la izquierda a los partidos e instituciones a quienes, al mismo tiempo, se les reprocha que no lo son. Hablar de ‘La Izquierda’ y omitir esto es una buena estrategia de la derecha para negarle entidad, pero una omisión imperdonable a quien se considera de izquierdas.

La derrota se construye antes en el imaginario colectivo que en la práctica, y parece que hay determinados personajes empeñados en instalarla incluso en sus propias filas. La izquierda institucional renunció hace tiempo a plantear algo que vaya más allá de pequeñas reformas que la estructura pueda asumir, sin molestar demasiado a las élites, capaces de derribar o instalar cualquier gobierno usando toda su artillería ajena a la democracia. Y no hay que menospreciar que algunos pequeños cambios sí que ayudan a quienes peor lo están pasando, aunque haya que señalar que siempre, mientras exista precariedad y explotación, serán insuficientes. Y por eso, los movimientos sociales son los que deben permanecer advirtiendo de todo lo que queda por hacer y predicando con el ejemplo. Aunque se crea que solo por aliviar temporalmente la situación de una parte de la población ya ha valido la pena, la honestidad debería exigir que se explicase el cómo y por qué se traga con todo lo demás y hasta dónde se está dispuesto a ceder.

Aún así, la izquierda sobrevive, le pese a quien le pese, ajena a los profesionales de la política. Sobrevive en las pequeñas grandes luchas que un día consiguen parar un desahucio, que otro día ocupan un edificio para familias vulnerables, o que consiguen frenar un plan urbanístico ecocida y especulativo. En sindicatos que consiguen frenar despidos, ganar a sus explotadores en un juicio o mejorar sus condiciones laborales. Cuando se planta ante los fascistas cada vez que estos pretenden vomitar su odio en los barrios obreros, o cuando lucha cada día contra el racismo, la homofobia y el machismo en sus escenarios cotidianos. Y sí, la conciencia de clase existe también en estas pequeñas luchas que algunos tratan de relegar a ‘lo identitario’ negando lo material que subyace en todas ellas, y a pesar de los esfuerzos del neoliberalismo por desclasarlas. Por eso, no puede regalarse al sistema o a la ultraderecha la batalla en las políticas de identidad (de los derechos de determinados colectivos a la igualdad), porque esta la explota y la vacía de contenido de clase precisamente para que la abandonemos y se la regalemos para enmarcarla en su relato reaccionario.

El terreno institucional, los partidos o los grandes platós son otra liga, y sus personajes van y vienen. Quizás convendría girar el foco hacia los que permanecen cuando los otros se van. Hay proyectos, espacios y luchas para todos los gustos, no lo duden. Quien diga que no hay nada que hacer se equivoca o miente. Y solo quien se puede permitir una derrota tras otra, quien está a salvo o quien pretende que nada cambie, es el más interesado en instalar ese nihilismo y ese derrotismo en esta izquierda, en esta sociedad que se resiste a resignarse.

Columna de opinión en Público, 27 de septiembre 2022

No son las cloacas, son los cimientos

Las informaciones reveladas estos días por Crónica Libre y lo que vienen contando varios medios desde hace tiempo sobre la forma de actuar de algunos policías, políticos y periodistas son solo pequeñas muestras de cómo funciona todo. Queremos creer que es una anécdota, cosa de cuatro personajes, porque asumir que esto funciona así, a gran escala, duele. Pero es así. Es lo que se cuece entre bambalinas día tras día, aunque no haya nadie grabando “No son las cloacas, son los cimientos”, escribía ayer mi amigo Benjamín en Twitter. Porque para que todo esto sea posible e impune, estas formas de actuar y de incidir en asuntos públicos, es lo que permite que la estructura permanezca inalterable. Que nadie, ni la voluntad popular, mueva nada. Conservar sus privilegios a toda costa y seguir con sus juegos de trileros decidiendo a quién encumbran y a quién defenestran.

Esto no empezó con la guerra sucia contra Podemos. Ejemplos anteriores tenemos para parar un tren. Aunque con esta guerra en particular se haya podido ver cómo funciona la cloaca, gracias en parte a los altavoces con los que cuenta un partido que, a pesar de todo, forma parte del gobierno, hay muchos otros casos que han sucedido con anterioridad y a los que muy poca gente prestó atención porque las víctimas no tenían ni el entorno ni la publicidad de la que sí goza un partido político. El hecho, por ejemplo, que el Juzgado de Primera Instancia número 84 de Madrid llegara a señalar que el bulo contra Iglesias era “veraz” y había sido contrastado con “fuentes policiales”, demuestra que las “fuentes policiales”, y por extensión, las decisiones judiciales, deben ponerse más de una vez en cuarentena. Esto, además, le costó al exvicepresidente, 30.000€ en costas por este juicio. Hoy se demuestra que Pablo Iglesias tenía razón, pero nadie le va a devolver esos 30.000€ ni va a resarcir el daño que causó esa desinformación a su partido, a las puertas de unas elecciones generales. Un daño que, como apuntó anteayer en La Base, es en realidad a la propia democracia, pues querer influir en unas elecciones con mentiras, sirviéndose de múltiples cómplices, es un atentado contra cualquier sistema que se considere democrático.

Justo esta semana, y aprovechando el revuelo, alguien decidió estrenarse en Twitter: “A estas alturas a nadie le debería sorprender que exista una simbiosis de putrefacción entre agentes de la autoridad, propagandistas y políticos profesionales”, decía en hilo Alfonso Fernández, ‘Alfon’, un joven vallecano que estuvo varios años en prisión acusado de un delito que él siempre negó, y cuyo juicio estuvo plagado de irregularidades. También pidieron la vez los independentistas vascos y catalanes, activistas de varios movimientos sociales de izquierdas de todo el Estado, y periodistas de diversos medios, que quisieron recordar que las cloacas llevan funcionando desde siempre. Como decía Benjamín, insisto, forman parte del Estado. Recuerden Pegasus. Aquí no ha pasado nada y ya nos hemos olvidado.

Si lo han hecho con una parte del Gobierno, ¿cómo no lo iban a hacer con activistas y movimientos sociales? A Alfon se le sumó Javitxu, uno de los seis antifascistas de Zaragoza condenados a siete años de prisión solo porque un policía dice que lo vio tirar una piedra. O a varios periodistas que denunciaron y testificaron sobre una agresión policial durante las cargas en el mitin de Vox en Vallecas, a los que la jueza ha imputado por supuesto falso testimonio. Casos hay de sobra, y no pretendo citarlos todos, pero quienes los hemos seguido y hemos denunciado las sombras que han planeado en muchos de estos, hoy nos sentimos un poco más respaldados por las evidencias de putrefacción que supuran estos días.

Pero en todos estos casos se está omitiendo una parte fundamental de la ecuación, a la que justo ayer apelaba directamente uno de los audios: “Margarita Robles está absolutamente a nuestro favor”, decía Mauricio Casals en un audio. La ministra de Defensa, ojo. De quien depende el CNI. Posteriormente, la conversación citaba al presidente del Gobierno: que le iban a dar cera a Pedro Sánchez, decían. Ni aun así espero que se pronuncien. Son esas cosas que suceden incluso dentro de un mismo partido, de un mismo gobierno, como el caso Ábalos, por citar un ejemplo, y que demuestran las cuchilladas y las deslealtades, las miserias y las conspiraciones que trascienden las supuestas camaraderías o intereses corporativos. No saldrán a dar explicaciones porque eso les obligaría a explicar demasiadas cosas, igual que lo de ‘los americanos’ que admitía Villarejo sobre la venta de información a una potencia extranjera cuando necesitaban pasta. O de la reunión de Dolores Delgado siendo Fiscal General del Estado y ex ministra de justicia, con Inda el mismo día que Villarejo salía de prisión. O sobre lo que contaba la periodista Patricia López en otra pieza que pasó relativamente desapercibida: que Villarejo contaba con un grupo de policías para hacer los informes falsos, que aún siguen en la UDEF. Es decir, policías compinchados con el comisario corrupto, siguen hoy en activo.

Marlaska debería ser uno de los primeros en dar la cara, pero acostumbrados nos tiene ya a negar la mayor desde mucho antes de ser ministro. Cuando era juez no veía las torturas que los detenidos denunciaban, y Estrasburgo condenó a España varias veces por ello. Hace unas semanas, tampoco vio, a pesar de las evidentes imágenes que publicó este medio, cómo agentes marroquíes cruzaban la frontera para apalear y llevarse de nuevo a Marruecos a varias personas migrantes, de las que más de treinta morirían. Todo bien resuelto, recuerden. La policía, igual que las Fuerzas Armadas, son intocables. Siempre lo hacen bien. Por eso, Marlaska sigue concediéndoles el regalo de la Ley Mordaza por la que tanto se calientan cuando pedimos su derogación.

Sin embargo, la picota está estos días en determinados políticos víctimas de esta trama, en los medios y en los periodistas que protagonizan este caso, así como en aquellos que se sientan en sus programas. Pero que no se olviden muchos otros casos de personas ajenas a partidos, y que esta apelación a la honestidad del periodismo venga acompañada también de un apoyo a aquellos medios que han demostrado su independencia y su esfuerzo por dar otro tipo de información, por atender no solo lo que afecta a los protagonistas habituales de ‘la política’, sino también a cualquiera que se mueve. Porque quienes no se creen el servicio público ni el derecho de la ciudadanía a recibir una información veraz no mirarán nunca por el bien común. Nunca, una empresa, ni una mafia, mira por el bien de todos.

Columna de opinión en Público, 13/07/2022

La batalla por lo obvio

La conquista del sentido común es siempre imprescindible para conquistar el poder político. La hegemonía cultural de la que hablaba Gramsci, la pugna por lo obvio es un terreno de juego donde todo es posible y nada es para siempre. Desde que la ultraderecha descarnada consiguió sus escaños y pasó a formar parte del juego, venimos hablando de batallas culturales que tratan de presentarnos la negación de derechos como algo negociable en democracia, y nos hemos llevado las manos a la cabeza viendo cómo, derechos y consensos mínimos, eran dinamitados sin piedad, como la reciente regresión en los derechos de las mujeres en los EEUU con las leyes de interrupción del embarazo, o el paso firme hacia el posfascismo de países como Hungría o Polonia.

Advertir del problema que supone la normalización del odio que representa la ultraderecha no nos debe impedir ver cómo muchos de aquellos que la usan como espantajo son en realidad quienes mejor la rentabilizan. Por una parte, presentándose como el tapón que evite entrar a los ultras. Por otra, como bien dijo su líder Santiago Abascal en una entrevista reciente, “ya hemos logrado un cambio cultural en España y que a la izquierda ahora el PP le parezca centrado. Debates vetados ahora se tienen”.

Pero algo semejante se está librando mucho más allá de la derecha, y no ahora, sino desde hace demasiados años ya como para no verles el pelo.  A la derecha la ves venir, y cada vez más, pero la venta de lo obvio por parte de quienes se creen todavía de izquierdas es un drama que la clase trabajadora y los colectivos diversos que la conforman están pagando cada vez más caro.

Decía Pedro Sánchez que la OTAN es una garantía para la paz, que “pertenecer a la OTAN es fundamental para garantizar lo que somos, nuestro modo de vida, nuestra estabilidad y el futuro de las generaciones próximas”. No es la primera vez que se habla de ‘modo’ o ‘estilo de vida’ desde la fortaleza europea, y con decenas de cadáveres de personas que intentaban llegar, enterrados en una fosa común a escasa distancia de nuestra frontera. Ya lo hizo Borrell en 2019 cuando afirmó que la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea”, mientras el mediterráneo se tragaba miles de personas que trataban de llegar a Europa. Nuestro estilo de vida permanece porque miles de negros y pobres mueren. Igual que hace 500 años.

Esto es en realidad una vuelta de tuerca más a eso obvio que decíamos al principio, ese sentido común cada vez más disputado y secuestrado por las necropolíticas neoliberales. El mismo año que Borrell vomitó citada estupidez, Ursula von der Leyen fue duramente criticada tras colocar bajo la vicepresidencia de Protección del estilo de vida Europeo comisarías relacionadas con la migración. “Unas fronteras fuertes y un nuevo comienzo en materia de migración” era el lema. “Toda persona tiene derecho a sentirse segura en su propio hogar”. “Fronteras exteriores fuertes”. “Proteger el estilo de vida europeo”. Todo bien junto. El marco de la extrema derecha, relacionando inseguridad con inmigración, y contraponiendo ‘estilo de vida europeo’ a personas migrantes.  Y entonces, Marine Le Pen se colgó la medalla: “Se ven obligados a reconocer que la inmigración plantea la cuestión de mantener nuestro modo de vida”, afirmó la ultraderechista. Por eso, las palabras de Pedro Sánchez, con los cadáveres de Melilla sobre la mesa y tras sus crueles e inhumanas declaraciones sobre lo ‘bien resuelto’ que estuvo el tema, no desentonan nada con las medallas que se pone la extrema derecha incluso cuando no participa.

Mientras, produce auténtica vergüenza ajena ver cómo los mandatarios de la OTAN y sus consortes son tratados como si fueran estrellas de Hollywood. Los medios hacen reportajes sobre las habitaciones de 18.000€ la noche en hoteles de lujo y sus comilonas obscenas. Y sobre el despliegue policial sin precedentes en Madrid, para mostrar al resto del mundo lo preparada y bien armada que está nuestra policía. Esto, no solo ha trastocado la vida diaria de los ciudadanos sino que está suponiendo un recorte en derechos y libertades para cualquiera, y más todavía para quien pretenda ejercer su legítimo derecho a la protesta, como hemos visto estos días anulando incluso el derecho de manifestación. Todo para que los amos del mundo se coman tranquilos sus ostras y decidan cuanto quitan de educación y sanidad para comprar misiles, barcos y aviones de guerra.

Jill, la esposa de Joe Biden, visitaba un centro de refugiados ucranianos para la típica foto caritativa que las estrellas y hasta los dictadores se hacen alguna vez con personas bien jodidas por algo. Creo que no fui el único que pensó que bien podría haber visitado en Melilla a los supervivientes de la masacre de este fin de semana. Y si es que le quedaba lejos, pásese usted por un CIE. En realidad, no hace falta, porque en su país hay también muros y alambres y cadáveres en las fronteras, como los hallados hoy en un camión abandonado en Texas, con los cuerpos de hasta cincuenta personas migrantes. Como en todos los países de la OTAN que hoy se muestran ante el mundo como los garantes de la paz y de los derechos humanos. La despensa de las vidas sin valor. Nuestro modo de vida.

Con este circo, cuya batuta siempre la llevan los EEUU, pretenden que aumentemos el gasto militar y nos sigamos subordinando a sus intereses haciéndonos creer que son también los nuestros. Todos apretando el culo a ver si dicen algo de Ceuta y Melilla y lo convierten en un asunto corporativo, así España pueda delegar parte de su responsabilidad como ya ha hecho con Marruecos (y la UE con Turquía) externalizando su frontera y dejando que sean sus gendarmes quienes maten a los negros que España y Europa no quiere ni ver. Incluso les permitimos cruzar un poco la frontera para que les den más leña y los devuelvan al otro lado del muro.

Hay que reconocer también el mérito de haber conseguido instaurar un relativo consenso, incluso en personas que se consideran progresistas, en el que quienes nos mantenemos firmes en nuestra defensa de los derechos humanos y nuestro rechazo a la Europa Fortaleza, a las guerras y a la militarización de la política somos tachados de ‘buenistas’ como poco. Defender el derecho humano a migrar, sus vidas y sus derechos, es hoy también ‘buenismo’, frente a la bandera de lo pragmático que sugiere que estas personas que huyen de las guerras y la pobreza se esperen en N’Djamena o en Trípoli a ver si sale alguna oferta en Infojobs para recoger fresas en Huelva. Seguro que desde allí pueden tramitar una solicitud de asilo o formalizar un contrato de trabajo.

La batalla por el relato es bien jodida si no peleas en igualdad de condiciones. Las élites ya se preocuparon desde el nacimiento del periodismo por comprar las principales cabeceras y repartirse los canales y las radiofrecuencias, controlando así casi la totalidad de la información. Lo obvio, a menudo, trasciende lo que la mayoría de los medios nos trata de imponer, pero cuesta mantenerse firme cuando la ofensiva es tan brutal. Quizás sea el tiempo el que nos muestre donde estaba la virtud entre tanto ruido, tanta sangre y tanta incertidumbre.

Hoy, defender la paz, oponerse a una organización imperialista como la OTAN (sin que eso implique justificar otros imperialismos como el ruso), y a los muros de Occidente es la posición más jodida, pero quizás la más coherente. Los abusos de otros matones no hacen bueno al matón de nuestro barrio. Pero esto es parte de la batalla por lo obvio. Y a algunos nos sigue resultando obvio defender los derechos humanos frente al odio, la guerra o las fronteras.

Columna de Miquel Ramos en Público, 29/06/2022

El periodista activista

Jordi salía de trabajar cuando un hombre se le acercó y la emprendió a golpes contra él al grito de Viva Franco y Viva España. Le partió la nariz y si no llega a ser por varios transeúntes, la paliza continua. Llamaron a la policía a gritos, pero el agresor los advirtió: la Policía soy yo. Se trataba de un inspector de la Brigada de Información del CNP que sabía bien quién era Jordi. Jordi Borràs, el fotoperiodista catalán que llevaba años retratando a la extrema derecha y cuya cabeza era un trofeo para los fascistas, que llegaron incluso a señalar y visitar su domicilio familiar.

Iván, el policía, fue condenado el pasado mes de enero a un año de cárcel por un delito de lesiones con la agravante de discriminación por motivos ideológicos, pero nunca dejó de trabajar. Ni tampoco entrará en prisión. Ayer se conoció que sería apartado del Cuerpo, pero tan solo un año. La sanción mínima. Unas vacaciones por partirle la cara a un periodista porque eres un fascista y tu víctima, un rojo separatista. Relájate, Iván, que representas la Ley, al Estado, y no se puede ir así tan pancho, hombre. Estas cosas se hacen bien. Ale, tómate un descanso y luego, a seguir sirviendo y protegiendo a la ciudadanía. El agente seguirá siendo un servidor público. Jordi, como tantos y tantas periodistas, seguirá considerado por muchos como un ‘periodista activista’.

La actualidad nos trajo otra noticia curiosa este mismo día. Un medio publicaba los datos personales y los antecedentes policiales (esos que solo conoce la Policía, porque no implican condena) de una de las personas que comunicó a la Delegación del Gobierno la manifestación contra la OTAN en Madrid. No es la primera vez que un medio reproduce una información policial a medida, exponiendo a alguien y salpicando a alguna organización política, con el objetivo de crear alarma social, señalar a alguien por su ideología, causar miedo entre sus afines y meter en el ajo a quien se quiera destruir, normalmente, partidos u organizaciones de izquierdas. Porque la información sobre esta comunicación solo la tienen la Delegación del Gobierno y la Policía. Esto mismo sucedió cuando la ultraderecha provocó los disturbios durante un mitin en Vallecas. Varios medios sacaron hasta la talla de calzoncillos de los que salían en primera línea durante las cargas policiales. Esta información, que solo podría ser distribuida directamente desde un despacho de la Policía o de la Delegación del Gobierno, solo necesitaba la firma de un tonto útil. De un periodista activista. Activista del sistema, que es el peor activismo del que puede presumir un supuesto profesional de la información.

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No ha sido la única noticia de estos últimos días que ejemplifica a la perfección el problema que existe en el Ministerio del Interior y en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, esté quien esté en la Moncloa y en el Consejo de Ministros. La pasada semana, varios científicos y activistas miembros de Rebelión Científica y de Extinction Rebellion fueron detenidos por la Brigada Antiterrorista de la Policía. Se les acusaba de un delito contra las Instituciones del Estado por protestar ante el Congreso y lanzar agua con remolacha. Esto solo se entiende cuando lo que pretenden es causar miedo y criminalizar a quien proteste. Nada nuevo, por desgracia, pero aquí nadie da explicaciones ni se rasga las vestiduras. Hay carta blanca. Y si hablan de ‘extrema izquierda’ o ‘separatistas’, ya ni te cuento.

Mucho se ha hablado de la cloaca policial que trataba de hundir a Podemos, a los independentistas o simplemente a rivales políticos. Pero siempre ha existido una enorme y apestosa cloaca contra los movimientos sociales que no tiene ni siquiera la decencia de esconderse. Lo vimos recientemente con el policía infiltrado en un sindicato de estudiantes y un colectivo de barrio que paraba desahucios en Barcelona. Marc, como se hacía llamar, fue destapado por la Directa y denunciado por sus víctimas. Él mismo publicó a los pocos días una foto en sus redes descansando en su piscina presumiendo de la hazaña y riéndose de todos.

A esta cloaca eterna, que permanece gobierne quien gobierne, no le hace falta esconderse. Se cree y se sabe impune. Por eso el poli Iván le dio la paliza al fotoperiodista, porque sabía que mantendría el puesto. Por eso el poli Marc se fotografía tranquilo en su piscina. Y por eso el periodista que firma lo que le pasa el poli de turno, firma con su nombre la pieza. Si de verdad a aquellos a los que vigilan, señalan y criminalizan fuesen peligrosos para la seguridad, nada de esto sería así. Son peligrosos, pero para su relato, para sus consensos, y eso a veces es mucho más preocupante para el poder que un contenedor ardiendo.

La noticia que ponía en la diana a los que comunicaron la manifestación contra la OTAN es el peor periodismo activista posible, insisto. El periodismo que no molesta al poder, sino que le es útil, es propaganda, no periodismo. De la misma calaña que el que reivindicó el ex director de El País, Antonio Caño, ayer mismo en su cuenta de Twitter: “Hace cuatro años intentamos evitar desde El País el pacto de Sánchez con populistas y separatistas porque creíamos que eso era malo para la izquierda y para España”. Pues eso.

Miquel Ramos. Público, 22 de juny 2022

Marc, el poli infiltrado

El medio catalán La Directa destapó ayer a un topo de la Policía Nacional que llevaba dos años infiltrado en varios movimientos sociales de Barcelona. Tras varios meses de investigación, comprobando, contrastando y hasta peritando todos los datos obtenidos, los periodistas acreditaron que Marc Hernández era en realidad I. J. E. G., un funcionario del Estado.

Marc no era de Mallorca como decía, sino de Menorca. Tras estudiar criminología y graduarse como agente del Cuerpo Nacional de Policía, el infiltrado había construido un personaje y contaba con un DNI falso, una cuenta corriente falsa, y dos pisos, uno en Palma y otro en Barcelona, donde reunió a algunos ex compañeros de los colectivos en los que empezó a meterse. Todo parecía normal en un joven que llega a Barcelona desde otra ciudad y se implica en varios movimientos sociales, concretamente, en el movimiento independentista a través del Casal Lina Ódena y del Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans (SEPC) y en el movimiento por el derecho a la vivienda a través de Resistim al Gòtic.

En este caso, no es que los colectivos infiltrados fueran potencialmente peligrosos por sus métodos, sino por su influencia política. Es decir, no se perseguía desmantelar una organización armada o violenta, sino investigar a un sindicato estudiantil que forma parte de la izquierda independentista, y a un colectivo que lucha contra la especulación urbanística, por una vivienda digna, y que para desahucios. Esto, para el Estado, es lo realmente peligroso. Y eso no es sino una muestra de que estos movimientos están consiguiendo sus objetivos. Así que Marc, lo quiera o no, ha hecho más grandes todavía a estos colectivos y a sus causas.

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La infiltración en movimientos sociales es habitual. Quienes participan en ellos lo saben de sobra. Existen algunos indicadores habituales para detectar a estos topos, aunque a menudo la trama es más compleja, y el Estado se sirve de informantes más que de funcionarios. Es decir, de personas que frecuentan estos ambientes y a quienes les resulta más fácil recabar información sin levantar sospechas. A veces, la policía intenta cazar a quienes tienen asuntos pendientes con la justicia, prometiéndoles algún tipo de mejora de su situación e incluso dinero. Fue precisamente La Directa la que destapó uno de estos intentos años atrás, también en Barcelona, a un joven activista que decidió tender una trampa a los polis y hacerlo público antes que traicionar a sus compañeros y a sus ideas, a pesar de tener un juicio pendiente para el que le prometieron beneficios judiciales. La Directa grabó el encuentro y la conversación, y publicó las fotos y la charla en exclusiva. Este medio independiente lleva dieciséis años destapando el espionaje a los movimientos sociales por parte de diferentes cuerpos policiales. Se nota que Xavier Vinader dejó una buena escuela antes de marcharse.

No me toca desvelar el contenido de la investigación de La Directa. Léanla ustedes. Pero lean también a las víctimas del topo contándolo en redes. A los movimientos sociales y a quienes forman parte de estos, y se creyeron, además, que Marc era también un amigo. Más de uno que se creyó la amistad se preguntaba por esos abrazos que se dieron y por todas las confesiones personales, miedos y alegrías que había compartido con él.

Marc huyó hace unos días. Sus redes con perfil falso han desaparecido y su rastro se esfumó con excusas baratas a quienes trató de engañar. O eso cree. Ya circulan fotos y vídeos suyos participando en varias acciones, o incluso con su verdadero nombre, en su entorno real. Quienes lo empujaron a infiltrarse no han cuidado nada bien su seguridad, demostrando así lo poco que les importa este joven agente al que hicieron creer que era un héroe.

Marc seguirá cobrando del Estado, cuyos representantes dijeron ayer que no tenían nada que decir cuando les preguntaron por el topo. Como con Pegasus y como con tantos otros casos descubiertos. Los han pillado, pero se la suda. Van a seguir haciéndolo contra cualquiera que denuncie sus miserias. Pero muchísima gente seguirá tratando de cambiar las cosas por pura convicción, gratis, a pesar de Marc y de los demás como él. Solo cabe esperar que Marc haya aprendido algo de toda esa gente a la que ha tratado de engañar. Solo con que hayas conocido buena gente y te hayan hecho pensar un poco, Marc, ya ha valido la pena tu aventurilla.

Miquel Ramos. Público, 8 de juny 2022