“A una horda de nazis no se les responde con una batucada”

Entrevista de David Artime para Nortes – 26 junio 2022

Al otro lado del teléfono, Miquel Ramos (Valencia, 1979) pregunta a quien firma esta entrevista si está disfrutando el libro. La respuesta es negativa. Es imposible disfrutar de un relato plagado de asesinatos, puñaladas, mendigos quemados vivos, cabezas abiertas y demás barrabasadas a menudo cometidas impunemente o con sanciones irrisorias. Desde 1990, las agresiones de la ultraderecha han costado cientos de víctimas en este país (al menos 104 muertos), y han contado con la inacción, cuando no complicidad, de jueces, policías, medios de comunicación e instituciones. Un indecencia que solo se ha combatido desde la lucha de los movimientos antifascistas. “Antifascistas”, publicado por Capitán Swing, no es una lectura para disfrutar. Es un grito desgarrador y una llamada a la toma de conciencia. Una consecución de crónicas que, a través de una prosa ágil, un trepidante ritmo narrativo y una ingente labor de documentación, relata la encarnizada batalla que los antifascistas de este país se han visto obligados a librar desde los años 80 para parar la violencia neonazi. Un puñado de historias reales de buenos y malos con finales agridulces que fascina y revuelve tripas al mismo tiempo. Su autor, veterano periodista valenciano, militante antifascista y actualmente uno de los mayores expertos en ultraderecha en España, estará esta semana presentando la obra en Asturies (martes, en La Llegra -Uviéu- y miércoles en la Casa Sindical -Xixón-, a las 19.30) en el marco de los Alcuentros Nortes. Antes ha conversado con Nortes sobre su trabajo. 

Da la impresión de que en España, más allá de casos puntuales como el de Lucrecia, Aitor Zabaleta o Jimmy, hay un total desconocimiento del daño que la violencia fascista ha causado desde los años 80. 

Totalmente. En el portal crimenesdeodio.info hemos contabilizado unos 104 muertos desde 1990. El número de heridos y lesionados es ya imposible de calcular. El trabajo que hicimos en esta caso era precisamente para visibilizar los crímenes del odio y el daño que han hecho en este país. Pero también hay un gran desconocimiento del trabajo del antifascismo para combatirlo. Desde los medios de comunicación no se ha dado publicidad a la actividad de colectivos y plataformas antifascistas, y cuando se ha hecho ha sido de forma muy caricaturesca y criminalizadora.

En el libro dejas claro que los medios han jugado un papel clave en el blanqueamiento de neonazis y ultraderecha.

Así es. Por un lado han criminalizado a los movimientos antifascistas a menudo. Por otro, han presentado el problema como peleas entre tribus o entre grupos radicales, en lugar de mostrar que eran agresiones por violencia política contra las que los antifascistas han tratado de organizarse y defenderse.

Sin embargo, no han sido solo los medios. La actitud de jueces y policías genera impotencia y rabia al lector. 

Yo no trato de influir en el lector, sino contar lo que ha pasado y que sea él quien saque las conclusiones viendo cómo se trata a unos y a otros en casos como los de las operaciones Panzer o Armaggedon, en las que los neonazis salieron absueltos, mientras se ha reprimido a colectivos antifascistas, okupas o anarquistas con penas de prisión. Me limito a realizar un relato del papel que han jugado los poderes policial, judicial, político y mediático. 

Además de las agresiones físicas, llama la atención la gran cantidad de atentados terroristas con explosivos y los almacenamientos de armas, casos en los que no se duda en aplicar la legislación antiterrorista cuando los “sospechosos” son de izquierdas. ¿No habría también que enfocar la lucha antifascista hacia el campo legislativo para asegurar que sobre estos delitos caiga todo el peso de la ley? ¿No habría que reclamar una ley antifascista o antineonazi? ¿O bien modificar la actual ley antiterrorista?

El tema de la legislación es complicado. Ya existen los delitos de odio, pero su aplicación a veces tiene trampa. En el caso del asesino de Carlos Palomino hay que reconocer que se consiguió y fue una victoria importante. Pero otras veces han acabado utilizando los delitos de odio para perseguir a gente que lucha contra el fascismo. Es decir, pides más de legislación, y la acaban utilizando contra ti. 

Además, basta ver cómo se aplica esa legislación para unos y para otros, en casos como los de Pablo Hasel o los titiriteros. Cómo se aplica la ley en temas como las críticas a la monarquía o al rey, que pueden conllevar incluso penas de prisión, mientras que determinadas declaraciones de odio fascista no tienen mayores repercusiones.

También es cierto que muchos colectivos antifascistas han sido tradicionalmente reacios a utilizar la legislación como instrumento de lucha. Volviendo al caso de Carlos Palomino, es verdad que es un ejemplo que avala la importancia de las leyes, pero esas leyes tienen que considerar siempre el componente estructural del odio fascista y neonazi. 

Tu libro recoge cómo se ha combatido el fascismo de muchas maneras: mediante la denuncia pública, la movilización, la acción judicial y también mediante la acción directa y la violencia en la calle. ¿Cuál es la más efectiva?

No se puede generalizar. Hay que verlo en cada contexto. No puedes responder a una horda de nazis que te van a quemar el local, o te van a apuñalar, haciendo una batucada. Pero tampoco a un partido político ultraderechista en pleno crecimiento se le puede combatir con una manifestación o una pelea. Las diversas formas del fascismo requieren diferentes estrategias. El antifascismo no es un organización unitaria con una dirección propia y con una única estrategia de cómo actuar. Hay que ver en cada caso concreto cómo se actúa.

Sin embargo, el libro sí hace alusión a los debates que en los diferentes colectivos ha generado la conveniencia o no del uso de la violencia y la acción directa para combatir a los fascistas. 

Sí. En este tema, hay que tener en cuenta que a los nazis y especialmente las bandas de skins de los años 90 no se les podía combatir de otra manera. Y de hecho se les paró así. Hay que reconocer que la violencia ha sido efectiva, sí. Ahora bien, ¿eso ha de ser la única estrategia del antifascismo? Pues evidentemente no. Ha de ser siempre el último recurso. No todo el mundo tiene la capacidad ni la disposición de pelearse e la calle.

Es cierto que ha habido casos puntuales en los que la utilización de la violencia antifascista ha conllevado problemas y se han cometido errores. Pero este es un movimiento autónomo, no una organización unitaria en la que está todo escrito. Cada uno responde por lo suyo y no todo el antifascismo es responsable. No se le puede pedir cuentas a todo el movimiento antifascista por lo que hizo un tipo un día concreto en un sitio concreto.

Tú eres valenciano, y has vivido allí en primera línea la violencia neonazi. Desde Asturies tu tierra tiene fama de ser una plaza complicada. ¿Cómo está la situación hoy en día?

Ha cambiado mucho, sobre todo a partir del caso de Guillem Agulló. Los amigos de Guillem principalmente se movilizaron y lograron un punto de inflexión. Se ha hecho mucho trabajo de calle que ha logrado cambiar las cosas. Ha habido un cambio sociológico y el ambiente es otro, a pesar de que sigue habiendo problemas y agresiones. Pero eso lo hay en otros muchos sitios, y en todo caso no es la situación de los años 90, con las agresiones y las cacerías de nazis.

Sin embargo, ahora parece que tenemos normalizado un discurso ultraderechista, algo que no ocurría en la opinión pública en los años 90.

Cierto. La extrema derecha actual dice lo que decían los nazis en los años 30. Lo dice con otro lenguaje, pero es lo mismo, y encima ahora con el sello de calidad democrático de un partido que participa en las instituciones. Vox ha normalizado su discurso. Es cierto que no vivimos la situación de agresiones y cacerías de los años 90, pero no quiero decir que sea menos peligroso.

Hay lecturas de los resultados electorales de Andalucía que prevén el comienzo del fin de Vox, pues no han conseguido el avance esperado. ¿Estás de acuerdo?

Creo que vox tardará todavía en recular. Es un partido que tiene recorrido, y si no sube, sí se va a mantener. En Andalucía, lo que pasado es que el PP ha sabido jugar la baza de la oposición pero no creo que eso marque el comienzo del descenso de la extrema derecha. 

¿Qué se conoce en Valencia del fascismo y del antifascismo en la historia reciente de Asturies?

En el caso de Asturies, se vincula mucho al fútbol (Ultra Boys, del Sporting de Xixón), y a la presencia de estos grupúsculos que se van reciclando pero que siempre suelen estar compuestos por la misma gente, como los de Hacer Nación, pero su presencia es muy simbólica. Apenas tienen relevancia. En Valencia sí se habló mucho del caso de los 35, los detenidos durante los incidentes de Cangues d’Onís en 2005, en una concentración para evitar un acto ultraderechista. Se conoce mucho la tradición de Asturies en materia de lucha obrera, pero la presencia de movimientos fascistas aquí no se considera muy relevante, a pesar de que están ahí y siempre son peligrosos. 

¿Nunca has oído hablar de la batalla del Topu Fartón contra un grupo de Ultras Sur en las fiestas de Uviéu en los años 80?

Pues no.

El martes te la contamos en La Llegra. 

(Risas).

“Confrontar el feixisme és un deure de qualsevol persona que estime la vida”

Ens trobem a la Kasa de la Muntanya, símbol del moviment antifeixista i okupa de la ciutat de Barcelona. Miquel Ramos (València, 1979) presenta el seu llibre Antifascistas (Capitán Swing, 2022), en el qual explica com s’ha combatut l’extrema dreta espanyola des dels anys noranta. La seva fixació per aquest camp d’estudi va començar el 1993, amb l’assassinat de Guillem Agulló. Aleshores, ell era un dels primers alumnes de les escoles que oferien ensenyament en valencià. Del fet traumàtic, va treure la força per començar a participar en diferents moviments socials. Després, ha aplicat el seu vessant periodístic a una manera d’entendre el món i de prendre partit. “No volíem renunciar al que pensàvem i érem”, i això és el que ens ha portat fins aquí.

David Bou. Directa, 7 de juny 2022

Com ha canviat el context del País Valencià d’ençà que eres jove?

Ha canviat molt i més els últims anys. La meua generació ha viscut un nivell d’hostilitat brutal. Si la transició al País Valencià es va allargar, a mitjans dels anys noranta arriba el PP i és com si aquesta no s’hagués produït. Tot el que quedava del franquisme es va abocar a un conflicte pel tema lingüístic i identitari com fou la batalla de València, fabricada directament per les clavegueres de l’Estat i executada per l’extrema dreta. Tot això ens ha perseguit fins fa ben poc, quan arriba una altra generació més jove i ho supera perquè ja viuen amb una cultura i una llengua més normalitzades. Malgrat això, la dreta continua fomentant unes posicions profundament antivalencianistes i anticatalanistes.

Què significa per a tu ser antifeixista?

Entenc l’antifeixisme com un compromís amb una sèrie de valors que haurien de ser els mínims en un consens democràtic i de drets humans. Quan algú planteja que hi ha un col·lectiu determinat que no té dret a gaudir de determinats drets, per la seua condició sexual, pel seu origen nacional, per la seua religió o pel que siga, pense que confrontar-lo és un deure de qualsevol persona que s’estime la vida. L’antifeixisme no és només aturar els grups d’extrema dreta, sinó que porta implícit un compromís amb el canvi social, amb capgirar tot el que fa possible unes estructures que perpetuen desigualtats i propicien el brou de cultiu idoni per l’aparició de discursos d’odi.

Però aquests discursos també arriben als sectors de la societat que precisament són més vulnerables. Per què l’esquerra no és capaç de frenar-los?

D’esquerres n’hi ha moltes. Jo no faria una crítica a l’esquerra com un ens abstracte i monolític. Hi ha una esquerra que mai falla, que són els moviments socials, estan aquí i hi han estat sempre. Són el principal dic de contenció de l’extrema dreta i de l’odi, els que estan als barris aturant desnonaments, rehabilitant espais i posant-los al servei de la ciutadania o oferint suport a persones en situació vulnerable. Per altra banda, hi ha esquerres més institucionalitzades i que trepitgen menys carrer. S’haurien de repartir les responsabilitats de forma proporcional a la capacitat que té cadascú d’incidir en la societat, en les polítiques públiques i en l’acció social. És a dir, cap retret als moviments socials i totes les exigències cap a qui té capacitat de canviar les coses i no ho fa.

Parles de la democratització del feixisme i de com s’estan permetent determinats discursos d’odi en un context democràtic.

Existeix la idea que la democràcia és el que vulga la majoria. Si la majoria decideix portar part de la població a un camp de concentració, per molt democràtica que siga aquesta elecció mitjançant els vots, no deixa de ser un atemptat contra els drets humans, que haurien de ser el pilar de qualsevol democràcia. La virtut que ha tingut l’extrema dreta ha sigut adaptar-se al context democràtic i saber disfressar d’opinions respectables idees que beuen directament de la tradició nazifeixista. Fan piruetes retòriques per obviar l’exclusió que representa el feixisme: ja no et diran que el blanc és superior al negre, sinó que hi ha cultures incompatibles i hem de protegir els d’aquí. La seua punta de llança és el sistema capitalista, que està basat en la precarietat. Quan apunten cap a baix en lloc de fer-ho cap a dalt i assenyalen com a responsables a les persones migrades, això suposa una victòria del capitalisme. La normalització d’aquestes idees no només és fruit de l’habilitat de l’extrema dreta, també del fet que aquesta té molts més recursos que nosaltres per invertir en comunicació, construir un relat i arribar al gran públic.

Quina responsabilitat tenen els mitjans de comunicació en la normalització de l’agenda de l’extrema dreta?

Hi ha una relació directa, no només amb el tractament que han fet els mitjans de la mateixa extrema dreta, sinó dels temes on han sabut vendre el seu producte. No és tan sols posar-los el micròfon acríticament i fer-los d’altaveu perquè diguen el que vulguen, també reprodueixen constantment els seus marcs i discursos sense ni tan sols esmentar-los. És passar-se el dia parlant d’okupes, de “menas”, de les “feminazis”, dels “xiringuitos LGBTI” o de qualsevol dels tòpics sobre ETA, els catalans i els musulmans. Així no fa falta que els convides a un plató perquè ja estàs fent tu el seu paper. L’extrema dreta ha sabut utilitzar els mitjans, que de vegades han actuat a consciència i en altres ocasions ho han fet per les seues pròpies rutines. No oblidem que, al capdavall, són empreses que busquen guanyar diners i l’espectacle i la bronca donen clics, per això els discursos incendiaris al carrer o als parlaments són notícia i l’extrema dreta ho estimula.

En canvi, moltes vegades es titlla d’activistes a periodistes com tu amb l’objectiu de restar-los credibilitat. Quin periodisme defenses des de l’antifeixisme?

El pitjor activista és el que està al servei del poder, el que s’asseu al despatx de la brigada d’informació de la policia perquè li donen la informació que ha de treure i li expliquen com ho ha de fer. Que et filtren la identitat, les fotos i els antecedents penals i policials –que només coneixen ells– d’un manifestant és activisme al servei de l’Estat. No entenc el periodisme com una eina de propaganda del poder, sinó com tot el contrari. Per a mi és una eina per fiscalitzar-lo. Jo intente fer un periodisme compromés amb els moviments socials, que baixa al carrer i el coneix per donar veu als protagonistes, sense demonitzar ni caricaturitzar.

Com creus que el periodisme ha de tractar el fenomen de l’extrema dreta?

Al periodisme no li demane res, li demane al periodista i a la periodista. Primer, que baixe del núvol i es faça responsable del que conta. Sobre aquest tema i sobre tots els altres. Pots parlar del problema dels okupes o del problema de l’habitatge, però tu tries el marc i on poses el focus. Moltes vegades te l’imposarà el mitjà, però tu també decideixes i tens marge per triar com explicar una història. Això influeix en la percepció que després té la societat, que consumeix informació i es crea una manera de veure el món a partir dels mitjans de comunicació. S’ha d’enderrocar el mite de què el periodisme és objectiu. Ho és si plou o no, però un conflicte social o polític mai pot tenir un tractament objectiu. Els i les periodistes han de valorar si amb determinades peces estan contribuint a normalitzar els discursos d’odi de l’extrema dreta i determinats marcs on se sent còmoda.

Quines passes penses que ha de fer l’antifeixisme en un moment com l’actual?

El clixé de l’antifeixista encaputxat en una manifestació, que és el que s’han encarregat de reproduir els mitjans de comunicació, no podem obviar que existeix, és una part del moviment
i un pilar que en molts casos ha frenat l’extrema dreta, però no és només això. Amb confrontació al carrer, podies aturar un grup de neonazis que venia cada cap de setmana a donar pallisses, però així no atures un partit d’extrema dreta amb 52 diputats, és molt ingenu pensar-ho. Aquí les preguntes són: on estava la resta de la societat tot aquest temps? Per què van deixar a un grup de joves enfrontar-se sols a un monstre d’aquestes característiques que matava? El problema és que poca gent s’ha sentit interpel·lada per aquesta amenaça, i no serà perquè l’antifeixisme no ha tractat d’alertar-ne i confrontar-la. En primer lloc, el relat oficial era que no hi havia cap problema, que si existia era un conflicte entre tribus urbanes i de violència juvenil. Segon, la gent no entenia que això podia arribar a ser un problema més gran, i ara, molts es pregunten com ha arribat Vox a les institucions.

L’antifeixisme ha de poder establir aliances amb agents com el PSOE, que ha aprovat la llei d’estrangeria, que obre centres d’internament d’estrangers (CIE) o que de vegades vota el mateix que Vox al Congrés?

A algú que reprodueix les polítiques que faria l’extrema dreta si governés, que manté la llei mordassa o que espia a la dissidència política, jo no li regalaré l’etiqueta d’antifeixista, perquè no se la mereix. El que seria una victòria és que hi hagués un consens de mínims en matèria de drets i llibertats, que siguen la base de qualsevol persona que es creu demòcrata. Òbviament,
a un partit del sistema no el pots posar a la teua barricada, perquè forma part del problema, però la gent de base ha d’assumir que el perill no és només que hi hagi un partit d’extrema dreta a les institucions, sinó l’existència d’una estructura social on l’extrema dreta se sent forta.

Quin paper ha jugat l’aparell de l’Estat en l’ascens de l’extrema dreta?

L’extrema dreta mai ha suposat una amenaça per a l’statu quo ni per a l’establishment, tot el contrari. Mai qüestiona l’estructura de l’Estat i tracta de fonamentar encara més els privilegis de classe, de raça, sexuals, etc. L’extrema dreta és una garantia de supervivència per al sistema, i en moments de crisi això és perfecte. Al PP i a la resta de la dreta els pot sortir un competidor, però la competència és en l’àmbit electoral, no política. Per al PSOE, l’extrema dreta suposa una fragmentació de la dreta i, per tant, en termes electorals, ja li va bé, no li suposa cap problema. Qui ho pateix és la societat, els col·lectius que són víctimes habituals dels seus discursos d’odi.

Per això la legislació en matèria de delictes d’odi els hauria de protegir, però veiem com l’extrema dreta ha trobat en els cossos policials i la Fiscalia uns aliats per retorçar la seva finalitat original.

L’estratègia de tots els privilegiats ha estat sempre la victimització, per així oposar-se a qualsevol avenç dels qui es troben en situacions de desigualtat. L’home que se sent amenaçat pel feminisme, els heterosexuals que reclamen un dia del seu orgull, els castellanoparlants molestos perquè han de parlar en català, els rics enfadats perquè els apugen els impostos… presenten la lluita per la igualtat com una amenaça que tracten d’estendre a la resta de la societat. Quan la ultradreta aconsegueix el vot de les classes populars, no és perquè faça una aposta de canvi social en termes de classe, sinó perquè apel·la a altres identitats com la de l’home, l’espanyol, l’heterosexual o l’emprenedor.

Quines respostes col·lectives creus que s’han d’articular des de l’antifeixisme?

L’antifeixisme ha de reivindicar que tenia raó. Si ja déiem fa trenta anys que tot això podia passar, s’ha de recordar. El repte és interpel·lar la resta de societat, fer pedagogia sense paternalismes, que la gent sàpiga que pot fer alguna cosa i que té l’opció de participar-hi des de múltiples fronts: fer feina de barri aturant desnonaments, creant xarxes comunitàries, treballant a les escoles o al sindicat, enfortint un dic de contenció que no deixe cap escletxa on puga entrar l’extrema dreta. Hem de ser capaços de portar aquesta militància activa i quotidiana, de conéixer molt bé que és l’extrema dreta i com funciona. Te’ls esperes desfilant vestits de nazis o bevent un sol y sombra al bar dient barbaritats, però no són només això. Han estudiat a les millors universitats, porten toga o uniforme de policia, ocupen llocs de responsabilitat a les estructures de l’estat i a les grans empreses i mitjans de comunicació, són omnipresents. Per tant, arreu on la gent tinga capacitat de dir o fer la seua per aturar-los, és on s’ha de sentir útil.

Més enllà de la legítima defensa, quins han de ser els límits de l’ús de la violència per combatre l’extrema dreta?

La violència ha de ser sempre l’últim recurs. Jo crec que la gent que té un projecte polític com el que defensa l’antifeixisme, de solidaritat i amb uns valors lligats als drets humans, és plenament conscient d’això. De vegades, no hi ha hagut una altra manera de frenar una sèrie d’individus que directament volien assassinar. Encara més quan la policia no només no feia res contra ells, sinó que anava contra tu. Això ha creat una cultura de la resistència i de l’autodefensa que des dels inicis marca aquesta sensació d’alerta constant i que en molts casos implica l’ús de la violència. També caldria analitzar el concepte de violència i quina és la que fa servir l’Estat, no només física sinó també estructural. L’antifeixisme s’organitza contra una sèrie de violències que no només mataven, sinó que formen part d’una estructura que condemna moltes persones a un patiment constant. Plantege una reflexió a escala humana: la violència implica patiment per a qui la rep i contradiccions per a qui l’executa, és traumàtica.

S’ha de respondre amb els mateixos mètodes que ells utilitzen?

Quants neonazis morts hi ha i quants morts hi ha en mans de neonazis? La diferència és molt gran i evident. Això també demostra una diferència de qualitat humana. Sempre hi ha hagut violència en la política i moltes vegades inclús ha aconseguit coses, però que haja de ser l’eina i que tot està justificat, jo crec que no.

Quin és l’aprenentatge més gran que t’emportes de tots aquests anys que relates al llibre?

Comprovar el que pensava, que he viscut i que he percebut sempre que he estat a prop dels moviments socials: hi ha un substrat en totes aquestes històries basat en la solidaritat, l’empatia, el respecte i el suport mutu, qüestions que per a mi són la base de qualsevol lluita. Ho resumiria amb la paraula amor. A les companyes, a causes que considere justes i a unes idees nobles. He entrevistat molta gent i he trobat la bondat com a nexe en comú. Aquests valors m’han convençut encara més.

Article publicat al número 549 de la Directa

Memòria de l’antifeixisme

En un moment d’auge de les forces d’ultradreta arreu del món i de l’Estat espanyol, l’antifeixisme ha adquirit protagonisme. Miquel Ramos, periodista especialitzat en la ultradreta, ha fet memòria de com aquest moviment va intentar frenar l’expansió dels reaccionaris a l’obra Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha des de los años 90 (Capitán Swing, 2022), la qual abasta des de l’assassinat del jove Guillem Agulló i els cops policials contra bandes neonazis fins a l’emergència ultraconservadora de Vox i la tasca social de diferents col·lectius per contrarestar el monstre feixista.

Per Moisés Pérez El Temps, 16 de juny 2022

Els cors dels joves van quedar-se completament glaçats quan van escoltar el seu professor. L’educador, entre la ràbia, la impotència i la desolació, havia narrat com una colla de neonazis van tallar de soca-arrel la vida del jove independentista, antiracista i antifeixista Guillem Agulló. La notícia fou un cop de realitat per als seus alumnes, una mena de despertar sobre el perill ultradretà en una època de proliferació d’agressions feixistes a València. El crim comés per Pedro Cuevas, integrant d’una banda neonazi i habitual de les graderies radicals de Mestalla, va marcar diverses fornades.

Miquel Ramos, aleshores un estudiant d’EGB i posterior integrant del grup Obrint Pas, així com periodista especialitzat en els fenòmens ultradretans, fou una de tanes persones impactada per aquell acte criminal. «La nostra generació va quedar marcada per aquell crim. Cada any ens reuníem a Burjassot en el dia de la seua mort per recordar-lo. El seu nom sempre estigué en boca de tots. Tant en la nostra, com a homenatge i dolorosa advertència, com en la dels neonazis», recorda, per ampliar: «Teníem catorze anys. Alguns ja ens interessàvem per la política, però especialment per la música. Escoltàvem La Polla RecordsKortatu, Eskorbuto, Cicatriz, Mano Negra… i ens fascinava que grups en català ompliren estadis. En canvi, ens avergonyia parlar en valencià en la nostra ciutat per por al fet que ens posaren mala cara i ens digueren que parlarem en cristià».

«Quatre mesos després de l’assassinat de Guillem, començarem l’institut a València. Per aquells que volíem seguir rebent classes en la nostra llengua, només hi havia tres instituts públics en tota la ciutat: BenlliureClot i Lluís Vives. Em va tocar el primer, a diversos kilòmetres de la meua casa», expressa. I incorpora: «Érem ‘els de la línia’ (per la línia en valencià). Prompte vam rebre el nostre baptisme a mans dels bakales del barri». El missatge que van enviar-los era de clara amenaça: «Digueu als porcs de la línia que els esperem a l’eixida». «Aquells joves rondinaven pel centre amb les seues vespes, les seues jaquetes Alfa amb una bandera d’Espanya cosida i els seus pèls amb el serrell curt de punta, que aleshores ho denominaven pel de cendrer. L’amenaça va consumar-se i un dels meus millors amics va acabar en la porta de l’institut amb el nas trencat d’una cabotada», rememora.

L’actual investigador dels moviments reaccionaris narra aquesta experiència juvenil a Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha des de los años 90(Capitán Swing, 2022), una obra que relata la història paral·lela de l’evolució de la ultradreta i la lluita als carrers dels col·lectius antifeixistes, que abasta des de la violència extremista durant la llarga transició valenciana i l’assassinat de la persona trans Sonia Rescalvo l’any 1991 fins al crim de Carlos Palomino, els cops policials contra les bandes neonazis, el paper del moviment okupa, el crim que va acabar amb la mort de l’antifeixista Davide, el fenomen de Plataforma per Catalunya, com les graderies de futbol van alimentar els grupuscles feixistes, la irrupció de Vox i les precaucions de periodistes que han combatut des de la seua ploma l’expansió de la ultradreta, com ara el valencià Joan Cantarero.

El relat ens permet escabussar-nos en els denominats com als anys de plom de la ultradreta, que van donar-se durant la dècada dels noranta del segle passat. Una mostra de com l’antifeixisme lluitava contra les organitzacions ultradretanes és present en aquella primera experiència de Ramos amb els grupuscles feixistes: «Junt amb l’institut, es trobava el Kasal Popular, una antiga estació de bombers ocupada en 1991. Allí esmorzàvem cada matí, i els caps de setmana fèiem xerrades, concerts i passàvem la vesprada conversant asseguts en uns vells sofàs […] Érem dels més joves que freqüentàvem el Kasal. Aquells que duien el centre ens coneixien i ens tenien estima. Quan s’assabentaren de l’agressió, decidiren protegir-nos».

La gent d’aquell Kasal Popular va estar involucrada en l‘Assemblea Antifeixista de València, impulsada durant els anys noranta, i en col·lectius com ara Sharp (Skinheads Against Racial Prejudice), al qual va estar vinculat Agulló. «El Sharp es va mantenir actiu a València fins a finals dels noranta i va aixoplugar a desenes de joves atrets per l’estètica, la música i la política. Encara que l’activitat com a col·lectiu es va diluir, els seus membres més actius continuaren militant en altres plataformes antifeixistes que hi van sorgir. En altres ciutats, es van crear altres col·lectius de skins antifeixistes, com ara el Red and Anarchist Skinheads, que acollia joves llibertaris i comunistes principalment. L’estètica skin ha estat present fins avui en dia tant en el moviment antifeixista com en els grups neonazis», exposa a l’obra el periodista.

En aquella dècada, va produir-se l’explosió del fenomen skin, el qual ja havia fet fortuna arreu d’Europa. «Després de dècades d’aïllament a causa de la dictadura franquista i el compàs d’espera de la transició, emergiren nous moviments socials d’esquerra (okupes, insubmissió, ecologisme…) com nous grups d’extrema dreta, tots ells, d’un costat i d’un altre, ja en sintonia amb la resta d’Europa. Al mateix temps, arribaren les modes juvenils, amb les denominades tribus urbanes, que també es mesclarien en aquesta explosió d’identitats. Encara que aquestes estètiques no tenien sempre relació amb determinades idees polítiques, un fenomen que ja havia aparegut en els anys vuitanta agafaria més volada gràcies al sensacionalisme dels mitjans de comunicació i a la progressiva implicació política dels seus membres. Havia arribat l’època dels skins», dissecciona.

L’expressió valenciana dels caps rapats neonazis fou Acción Radical, un grupuscle connectat amb l’assassí d’Agulló i els ultres feixistes del València CF. «La revista EL TEMPS va contar que la direcció de contacte amb Acción Radical que figurava al fanzine neonazi Zyklon B – el nom és el gas que utilitzaven els nazis en els camps d’extermini – era la seu de la Coordinadora Obrera Nacional Sindicalista. Aquest sindicat estava liderat per l’advocat i empresari valencià José Luis Roberto», assenyala a l’obra sobre un col·lectiu ultradretà de caràcter residual amb fortes connexions internacionals, ultres que van fugir de la justícia i agressions on participarien posteriors membres de l’extrema dreta Vox. «L’auge d’Acción Radical i l’increment de la violència neonazi feren que els atacs als activistes d’esquerres es produïren en qualsevol moment», postil·la.

«A València, l’Assemblea Antifeixista va seguir amb la seua activitat els anys posteriors al desallotjament del Kasal Popular, al judici per l’assassinat de Guillem Agulló i la desarticulació d’Acción Radical. Els grups neonazis continuaven actius i organitzaven actes cada 20N i provacions racistes com la del barri de Russafa», recorda, per prosseguir en el llibre sobre com els moviments socials, les organitzacions civils i l’esquerra valenciana van ser víctimes constants de la violència ultradretana, adobada d’un component blaver. Confecciona una llarga llista: «En 2005, ultres del València CFatacaren diversos seguidors de l’Athletic de Bilbao i deixaren diferents ferits. En 2006, els anticatalanistes boicotejaren en Sollana la presentació d’altre llibre. Aquell mateix any, els ultradretans prengueren la Facultat de Dret de València i amenaçaren al rector. Un mes després, diversos ultradretans entraren en la llibreria Tres i Quatre de València i trencaren alguns llibres i agrediren als clients».

Amb l’objectiu que el lector s’adone de la dimensió d’aquestes agressions, l’autor segueix amb els actes violents de la ultradreta valenciana: «Al cap de pocs dies, el regidor del Bloc Nacionalista Valencià en Mislata va ser agredit al mig del carrer per uns neonazis. Quan va anar-hi a la comissaria a posar la denúncia, la policia no el va atendre per parlar en valencià. També a Mislata, el Centre Social La Quimera, en el qual participava també el regidor agredit, fou objecte de nombrosos atacs per part de la ultradreta. Diversos atacs ambcòctels Molotov i una pallissa a una de les joves que freqüentaven el local se sumaven a altres agressions i atemptats cada vegada més violents aquells anys». Els explosius col·locats en les seus del Bloc a Gandia (Safor) i Catarroja (Horta), així com la col·locació d’artefactes en la seu de la Comissió Espanyola d’Ajuda al Refugiat a València són altres dels episodis sinistres de la primera dècada dels 2000.

La nova pell ultradretana i Vox

Per relatar el treball contra el feixisme d’aquests col·lectius, l’autor fa una radiografia de la seua evolució. «L’extrema dreta es va quedar al marge del nou règim, en el cas d’aquella que no va voler integrar-se en el que va ser el partit catch-all de la dreta a partir dels vuitanta -primer Aliança Popular i després el PP -, i no va deixar d’experimentar derrotes en cada un dels seus intents. El llast franquista i el poc interès que suscitava les seues propostes entre la població el van obligar a reflexionar, especialment quan en altres països d’Europa el neofeixisme es reconvertia en una opció democràtica més», indica.

«La nova era de la ultradreta, la qual anava més enllà de les organitzacions neonazis i les bandes de carrer, plantejaria un nou repte als col·lectius antifeixistes. En ser organitzacions legals, realitzar actes públics i presentar-se a les eleccions, va crear-se un escenari que obligava l’antifeixisme a articular una resposta diferent de la donada fins aquell moment contra grups que operaven quasi clandestinament o que només s’havien dedicat a la violència», anota sobre el canvi de pell estètica de la ultradreta i les complicacions que tenia l’antifeixisme per fer-li front. Tot i aquesta nova etapa, la ultradreta estaria allunyada durant un bon temps dels registres electorals assolits per Fuerza Nueva a principis de la represa democràtica espanyola: «D’ençà que Blas Piñar va perdre el seu escó en 1982, la ultradreta espanyola intentava sobreviure fora de casa comuna de les dretes que fou primer Aliança Popular i després el PP».

La victòria del socialista José Luis Rodríguez Zapatero i la promulgació de lleis progressistes a l’àmbit civil va provocar en determinats sectors de la dreta una radicalització ideològica. Era la coneguda com a revolta neocon espanyola: «L’atemptat d’Al-Qaeda a Madrid l’11 de març del 2004, pocs dies abans de les eleccions generals, va motivar la caiguda del PP per la nefasta i la retorçada manipulació que va suposar intentar atribuir-lo a ETA i per la seua implicació en la guerra d’Iraq, que va generar protestes multitudinàries en tot l’Estat. Quan va arribar el govern de Zapatero, la dreta espanyola va començar a radicalitzar-se i, al seu torn, fragmentar-se. El PP, que fins al moment havia estat la llar de totes les dretes, va sofrir un procés de desapegament. Després de diversos anys de radicalització i dinamitat per diversos fronts, va acabar per il·luminar l’arribada de Vox uns anys després».

«La irrupció de Vox en les institucions a partir de 2018, cinc anys després del seu naixement, fou una cosa que molts no van veure vindre. Estàvem acostumats a una ultradreta marginal que només obtenia, i de manera anecdòtica, uns pocs regidors en xicotetes localitats, i a la qual poca gent li prestava atenció […] L’ofensiva neocon en els anys de Zapatero feu que la ultradreta es deslligara progressivament del PP. Vox va recollir a poc a poc el malestar de gran part del sector ultradretà, que veia que a Europa i als Estats Units d’Amèrica amb l’arribada de Trump hi havia una possibilitat de fer-se un forat», escriu. I completa: «I així va ser fins que assoliren els cinquanta i dos escons en el Congrés i centenars de diputats i regidors en parlaments autonòmics que té avui dia el partit encapçalat per l’exmembre del PP, Santiago Abascal».

Amb declaracions de l’exvicepresident del Govern espanyol, Pablo Iglesias, com a víctima del feixisme en la seua època d’estudiant i després com a membre de l’executiu per l’assetjament patit durant mesos al seu domicili, Ramos entrevista l’eurodiputat anticapitalista Miguel Urbán per què apunte tractaments contra l’auge de l’extrema dreta: «La reconstrucció del teixit comunitari per part dels moviments socials, el sindicalisme social de plataformes com la PAH o el Sindicat de Llogaters i les noves formes de sindicalisme vinculades a conflictes contra la creixent precarietat laboral són el millor antídot contra l’ascens de l’extrema dreta».

«Enfront de l’ofensiva reaccionària contra els drets de les dones i el col·lectiu LGTBI, el feminisme i la lluita pels drets LGTBI són avui dos dels principals fronts de l’antifeixisme», agrega al llibre Ramos, qui arredoneix: «L’extrema dreta, allà on forma part del govern, intenta desmantellar totes les polítiques sobre aquesta matèria. Les accions violentes contra els col·lectius feministes i LGTBI han fet que aquests col·lectius estiguen cada vegada més involucrats en plataformes antifeixistes i l’antiracisme assumisca que ambdues lluites són inseparables de la seua praxi i les seues reivindicacions».

«València, tomba del feixisme»

Arran de l’origen valencià de l’autor, Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha des de los años 90 (Capitán Swing, 2022) permet endinsar-se en la força que va adquirir l’antifeixisme del País Valencià després de les agressions neonazis del 9 d’octubre del 2017. «Un mes després dels atacs, va convocar-se una manifestació que va reunir a prop de 8.000 persones contra les agressions de la ultradreta. A l’any següent, en previsió d’un nou boicot, va començar a preparar una demostració de força sense precedents a València. No podien tornar a passar els fets del 2017 i no hi havia confiança en el fet que les autoritats ho impediren. Així que, uns mesos abans de la data, els grups antifeixistes de tot el País Valencià començaren a reunir-se per coordinar el desembarcament en la ciutat d’una manera segura i un dispositiu propi que impedira als ultradretans atacar la manifestació», conta.

L’exhibició de múscul de l’antifeixisme valencià durant la mobilització vespertina de la diada nacional valenciana del 9 d’octubre del 2018 fou possible gràcies al teixit que havia emergit anys enrere. Un exemple és Acció Antifeixista València: «Va començar a gestar-se a finals del 2015, després de la desfilada d’un grup de neonazis en la processó cívica del 9 d’octubre. La ultradreta sempre hi havia present el 9 d’octubre al matí, però aquell any les banderes nazis desfilaren amb total impunitat en mig dels actes oficials de la diada valenciana […] Acció Antifeixista de València, que va presentar-se en estiu del 2016, va tornar a reivindicar un antifeixisme més combatiu que fos més enllà de l’autodefensa o de la reacció enfront de les manifestacions o agressions neonazis».

«No només València ha viscut un ressorgiment de l’antifeixisme amb força. En ciutats com ara Castelló de la Plana, ja existia des d’anys enrere una hegemonia antifeixista, sent sempre un dels models seguir per a la resta de col·lectius del territori. La marca de les BAF i el treball transversal i multidisciplinari de la Cosa Nostra i altres col·lectius de la ciutat han sigut fenòmens molt particulars», assenyala sobre uns col·lectius d’extrema esquerra. «El Col·lectiu Antifeixista d’Alacant, creat en 2011, ha aconseguit establir-se com a referent de les comarques del sud i s’ha implicat en nombroses lluites socials», incorpora, per citar també el treball de l’Assemblea Popular d’Elda i Petrer, a la comarca del Vinalopó Mitjà, contra grupuscles neonazis com ara Lo Nuestro, HSM i les successives renovacions de marca. Tot un recorregut per fer memòria i present de l’antifeixisme a l’Estat espanyol.

Vox apela al “homonacionalismo” para reforzar su discurso contra los inmigrantes 

Olona usa al colectivo LGBTI para atacar la política migratoria y se suma a una estrategia que ya aplican otras formaciones de extrema derecha en Europa. Pero el partido de Abascal se opone a los derechos de la diversidad sexual.

Por Patricio Porta 14/06/2022 – La Política Online

Macarena Olona encontró la forma de reforzar el discurso antiinmigración de Vox y, al mismo tiempo, ensayar un guiño retórico al colectivo LGBTI. “Nunca en España una persona homosexual anduvo por nuestras calles con tanta inseguridad como existe actualmente. Esta inseguridad está directamente relacionada con la política de fronteras abiertas y el ‘efecto llamada'”, lanzó la candidata a la Junta de Andalucía durante el primer debate. Con esa asociación, el partido ultraderechista acaba de fabricar un nuevo antagonismo para explotar en campaña.

Al igual que otras formaciones de extrema derecha en Europa, Olona apeló al llamado homonacionalismo, un concepto de la teórica estadounidense Jasbir Puar que, con una visión crítica, apunta al uso de los derechos LGBTI para confrontarlos con las concepciones ultraconservadoras de la cultura islámica. Si se da un paso más, el homonacionalismo podría justificar políticas restrictivas hacia la inmigración, que es lo que Vox promete a sus votantes.

Cuando Iván Espinosa de los Monteros se refiere a “bandas de ladrones árabes” -como hizo durante la final de la Champions en París-, no solo está promoviendo un mensaje xenófobo, sino que está planteando un “choque de civilizaciones”. De hecho, lo hizo de forma explícita en septiembre pasado, al declarar que “los gays saben que pueden pasear más tranquilamente por las calles de Varsovia o de Budapest que por las de Molenbeek (Bruselas) o algunas del centro de Madrid”, ya que “las élites izquierdistas” se encargaron de “llenar las calles de inmigrantes”. 

Vox ya no liga únicamente inseguridad y migración: ahora lo lleva al plano del ataque a los “valores occidentales”, en los que incluye a conveniencia las demandas del colectivo LGBTI, pese a que la ultraderecha española no pierde oportunidad de boicotear iniciativas, leyes y declaraciones sobre la diversidad sexual en el Congreso de los Diputados, los parlamentos autonómicos y la Eurocámara. Pero detrás de cada declaración se esconden las verdaderas intenciones. Espinosa de los Monteros se refirió a Budapest y Varsovia por las políticas xenófobas que defienden Viktor Orbán y Ley y Justicia, que también vienen limitando cualquier expresión que desafíe la tradición cristiana y el modelo de familia heterosexual.

Tras los dichos de Olona, la organización KifKif, que aboga por la integración de los refugiados y solicitantes de asilo LGBTI en España, recordó que, según las estadísticas, “la mayoría de las agresiones son cometidas por nacionales”, mientras que los migrantes LGBTI son más susceptibles de sufrir racismo y discriminación por orientación sexual o identidad de género. Hasta el momento, Vox nunca había intentado instalar con fuerza las premisas del homonacionalismo. 

La raíz católica y la prédica por los valores tradicionales, la familia y la españolidad emparentan más a Vox con Orbán y con los polacos de Ley y Justicia que con otras fuerzas de extrema derecha que han intentado compatibilizar el discurso intolerante con una concepción paternalista hacia las personas del colectivo. Marine Le Pen prometió en las últimas presidenciales francesas que, en caso de ganar, no derogaría el matrimonio igualitario, como sí lo había insinuado en 2017. Sin embargo, es apenas un caso destacado.

Uno de los pioneros fue el diputado holandés Geert Wilders, fundador del Partido por la Libertad, quien aseguró que “la libertad que deberían tener los homosexuales es exactamente contra lo que lucha el islam”, luego del atentado contra el club gay Pulse en Orlando, en junio de 2016, a manos de Omar Mateen, un joven que reivindicaba al Estado Islámico. El hecho alimentó la narrativa de Wilders y de cierta forma la de Donald Trump, que durante su presidencia sacrificó los ataques de la derecha tradicional republicana a los derechos LGBTI en pos de su cruzada contra los inmigrantes de países musulmanes.

“Hace tiempo que la extrema derecha trató de salir de la marginalidad y adoptar determinada retórica y un ideario pretendidamente liberal. Esto se enmarca dentro de lo que se denomina la racialización de la política sexual, que atribuye los problemas de machismo y homofobia a las personas extranjeras. En Europa se hace con quienes vienen de países de África y Oriente Medio, para meter la religión islámica en el medio. Es una manera de etnonacionalismo, de racismo, que es pura estrategia”, dice a LPO Miquel Ramos, autor del libro Antifascistas.

Olona también ha intentado acercarse a las mujeres en esta campaña, aunque rechazando la agenda del movimiento feminista y de las iniciativas del Ministerio de Igualdad. Rocío Monasterio recurrió una vez más a los menores extranjeros no acompañados para explicar el temor que sienten las mujeres y los homosexuales en España. La candidata en Andalucía y la diputada madrileña fueron las primeras dirigentes de Vox en incorporar el feminacionalismo y el homonacinalismo. Por su puesto, se trata de una cáscara vacía. 

El experto en la ultraderecha española sostiene que el discurso y la práctica de Vox son incompatibles. “Votan en contra de los derechos del colectivo LGBTI y de las mujeres a conciencia. La contradicción está en su seno, dicen una cosa y hacen otra. El votante de Vox concibe que la mejor defensa de las mujeres es echar a los inmigrantes, como si fueran los que trajeron el machismo y la homofobia, como si no hubiera existido nunca en Europa”, explica. “El racismo biológico es renovado por los grupos de extrema derecha: ahora es racismo cultural”, subraya.

Esa dualidad ya es una constante en Vox. Santiago Abascal pidió una España “sin velos y sin acosos a nadie por su orientación sexual”, aunque defiende que “el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer”. Espinosa de los Monteros simuló una condena a la violencia homófoba, pero se lamentó de que el país pasara de “pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley”. La propia Olona se opuso a prohibir las terapias de “conversión” o “cura”, es decir, de tortura contra las personas LGBTI. 

Los exabruptos homófobos de dirigentes del partido ultraderechista se repiten, si bien ha ido moderándolos -o al menos solapándolos- con la esperanza de atraer una porción del electorado que le es esquiva. Pablo Iglesias le respondió a Olona que “que los mayores enemigos de las mujeres y de las personas LGTBI en España es Vox y la ultraderecha”. La evidencia confirma al fundador de Podemos.

Ramos asegura que la estrategia que intenta replicar Vox en España tuvo relativo éxito en Europa. “Estuvo la candidatura de Pim Fortuyn en Países Bajos, donde hacía bandera de su homosexualidad para declararse abiertamente islamófobo. En Francia, por ejemplo, Le Pen consiguió en las elecciones de 2017 casi un 40% del voto gay con el mismo discurso de Vox”, indica.

Pero los de Abascal están más cerca de Orbán y el presidente polaco Andrzej Duda que de Wilders, Fortuyn -asesinado en 2002-, Alice Weidel, líder de Alternativa para Alemania en el Bundestag y abiertamente lesbiana- y Le Pen. A los dirigentes de Vox les cuesta incluso usar la palabra gay y siempre apelan al término homosexual, cargado de connotaciones clínicas y rechazado por el propio colectivo. Vox quiere ensanchar su base, pero hablar de los “homosexuales”, y menos aún para vender políticas xenófobas, no es hablarle al colectivo LGBTI.