Raoul Peck: “Para ver ‘Exterminad a todos los salvajes’ debes dejar a un lado todos tus prejuicios”

La última obra del director haitiano es un puñetazo al estómago eurocentrista. La serie de la HBO narra la larga historia de conquista, explotación, esclavitud y genocidio protagonizada por el hombre blanco.

Miquel Ramos y Manuel Ligero 18 mayo 2021 – La Marea

La historia es fruto del poder. Es la historia de los vencedores. “Y está claro que esto debe ser cuestionado”, advierte la voz del narrador en los primeros minutos de Exterminad a todos los salvajes (2021). Esa voz es la de su guionista y director, Raoul Peck (Puerto Príncipe, 1953), que ha volcado en esta serie documental (producida y emitida por la cadena HBO) todo su conocimiento de las dinámicas coloniales, todo su compromiso político y toda su rabia antifascista. Y también su propia biografía.

Nominado al Oscar por I am not your negro (2016), la conmovedora semblanza del escritor y activista James Baldwin con la que ganó el BAFTA en Reino Unido y el César en Francia, Peck es autor de una extensa filmografía desde los años ochenta y ha impartido clases de cine por todo el mundo: Estados Unidos, Noruega, Líbano, Togo… Pero acudir a festivales y conferencias es para él cada día más difícil. Su pasaporte haitiano, que en otro tiempo le sirvió para ir a la mayor parte de países sin necesidad de visado, se encuentra cada vez con más obstáculos. Nacido en Haití, pasó su infancia entre Nueva York y el Congo recién liberado del yugo imperialista belga; residió en Francia durante su adolescencia y estudió Ingeniería Industrial, Ciencias Económicas y Cine en Berlín. Le han ofrecido muchas veces una segunda nacionalidad para acabar con sus problemas burocráticos. Siempre se ha negado. Es su forma de permanecer fiel a sus raíces, su ideología, su color de piel. Y su obra es prueba de ello, desde sus primeros documentales sobre Haití(donde fue ministro de Cultura) hasta los biopics El joven Karl Marx (2017) y Lumumba (2000).

Su cine, siempre militante, adquiere en los cuatro episodios de Exterminad a todos los salvajes una contundencia radical. El título, una frase extraída de la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, remite a la larga historia de conquista, imperialismo, explotación, esclavitud y genocidio ejercida por el hombre blanco. El relato de Peck abarca los últimos 700 años de historia de la humanidad. Señala directamente al espectador europeo, nos sacude, nos pone frente al espejo, nos hace replantearnos nuestro confort (empapado en sangre indígena), nos conmina a mirar más allá de nuestra historia oficial. Desde el exterminio de los nativos americanos hasta el Holocausto. Desde la esclavitud hasta el auge de los actuales movimientos supremacistas. La serie, verdaderamente brutal en lo emocional, ha sido saludada por algunos críticos como “una obra maestra”.

En La Marea ansiábamos hablar con Peck no sólo por su filmografía y por su última obra, sino por su manera de contar la historia, por su apuesta por disputar el relato. Y también, claro, por obtener su diagnóstico sobre la actualidad. ¿De dónde salen estas nuevas formas de fascismo? ¿Por qué sufre la izquierda esta fragmentación, esta incapacidad por pelear la batalla cultural? ¿Y por qué asume (e incluso reivindica) el relato del poder, cuando eso contribuye a su propia condena? “Europa, sencillamente, está poniéndose al día. Sigue en ello. Y eso es un síntoma de la debilidad de la izquierda. Y es débil porque, en realidad, nunca tomó el poder”, nos explica Peck.

Una cosa es ganar las elecciones y otra tomar el poder.

Exactamente. Lo máximo que ha obtenido la izquierda es un puñado de gobiernos socialdemócratas. Esa disparidad entre gobierno y poder se vivió muy claramente en Francia cuando Mitterrand ganó las elecciones. Apenas dos años después cambió de directrices porque tenía demasiadas presiones externas y la economía estaba cayendo en picado. Básicamente colapsó, cedió. A partir de entonces, la mayoría de los partidos de izquierda se debilitaron. Y hoy podemos verlo todavía más claramente: la izquierda ha explotado. Queda la izquierda ecológica, que lo tiene más o menos claro, pero eso es todo.

¿Y cada intento de emancipación ha tenido su correctivo?

La historia que vivimos hoy tiene su origen en los años setenta, cuando una subcultura económica se vincula con el poder. Y el poder, en ese momento, iba de la mano del petróleo. Aquel fue un giro muy particular. Fue la época en la que un grupo de naciones dijo: “Vamos a decirles cuál es el precio de nuestro petróleo”. Eso es algo sin precedentes en la vida del capitalismo. Tengo la edad suficiente como para haber vivido el momento en el que, repentinamente, las industrias comenzaron a despedir trabajadores. En todas partes, incluso en los círculos académicos, se hablaba de “racionalización”. Y a esa presión se sumaba la intimidación a cualquier atisbo progresista. Se trataba casi de una “limpieza étnica intelectual”, del asalto a los sindicatos, del asalto a cualquier organización que no estuviera en el lado bueno en la guerra contra el comunismo, o contra cualquier otro “ismo” que no estuviera perfectamente previsto en la agenda. Yo mismo pude ver la deconstrucción de todo el progreso que se había ganado tras la Segunda Guerra Mundial, ya desde la era Kennedy, que también fue muy ideológica. Occidente, antes y ahora, se considera una civilización increíblemente democrática, pero al mismo tiempo apoya dictaduras en todas partes.

Hay cierto movimiento dentro de la izquierda occidental que piensa que las luchas antirracistas, decoloniales, feministas, LGTBI y lo que llaman “políticas de identidad” distraen de la verdadera lucha global que acabaría con todas esas opresiones, que es la lucha de clases. Usted tiene muchas películas sobre racismo pero también sobre el mismo Karl Marx. ¿Qué opina de esto?

Ah, eso no es nada nuevo. Forma parte de lo que yo llamo “izquierda holgazana”, la izquierda que no hace los deberes. Ya estaban con ese tema en Mayo del 68. Yo era muy joven, apenas un adolescente, pero recuerdo las discusiones que tenían las mujeres cuando decían: “Queremos participar en esta lucha, pero no sólo como marionetas. Tenemos nuestras propias reivindicaciones”. Y grandes voces de la izquierda respondían: “¡No, no! ¡Primero tenemos que solucionar esta contradicción central! Vuestra lucha concreta vendrá después. Después, todo lo demás se organizará solo”. Era algo así como decir: “Cuando seamos liberados, nos aseguraremos de que tengáis vuestra parte”. No funciona así. En contraposición a todo eso, me acuerdo del movimiento zapatista: allí estaban muy orgullosos de involucrar a las mujeres, a todo el mundo al mismo nivel. Eso sí que era un progreso.

Ahora mismo en Francia hay una gran discusión porque en determinados ámbitos, en sindicatos o en gremios de estudiantes, se han tolerado reuniones “no mixtas”. Es decir, reuniones, para temas específicos, de mujeres o de personas negras que no quieren que estén presentes hombres o personas blancas. Esto se ha considerado un escándalo. Se dice que es racista o sexista. En realidad, esa actitud lo único que demuestra es una gran ignorancia sobre estos movimientos. Salvando las distancias, es algo similar a Alcohólicos Anónimos. Esa organización nos puede servir de ejemplo. Ellos, si no están juntos no pueden hablar, no hablan de la misma manera. Necesitan encontrar la confianza en un círculo en el que se sientan cómodos, para poder tener discusiones reales. Todo el mundo lo entiende y nadie se escandaliza por ello. Pero eso es exactamente lo que está sucediendo. Todo sirve para la especulación política y para armar escándalo. No hay nadie que diga: “Calma, vamos a analizar el antes, el después y el porqué de todo esto. Aquí podemos aprender algo”.

Ahora que hablamos de Francia, precisamente allí, pero también en otros países europeos, es muy popular la teoría del “Gran Reemplazo”, ese supuesto plan de los inmigrantes y los musulmanes para conquistar Europa, junto con el ataque a los valores occidentales. ¿Qué opina del auge de este discurso?

Ni siquiera entro en eso. Refleja una enorme incultura. Darle espacio a eso sería como decir: “OK, comencemos la pelea”. En realidad, es una forma de eludir el problema real. Y eso es, precisamente, lo que yo le critico a la mayor parte de la prensa. Entrar ahí, rebajar el debate al nivel del típico troll de Internet, es fabricar el problema, crearlo artificialmente.

La propia historia de Europa es producto de una mezcla increíble. Hace poco leí en el New York Times un artículo sobre esas empresas que realizan análisis de ADN. Y había tipos de extrema derecha que decían con orgullo: “¡Guau, casi el 90% de mis orígenes son blancos!”. Pero después no pueden explicar que, en el fondo, vienen de África, como todo el mundo. Es un ejemplo de estupidez… Ese es el nivel de… ¿discusión? Ni siquiera puede calificarse de discusión. Y por eso no voy a perder el tiempo con eso.

Rodaje de 'Exterminad a todos los salvajes'

Algunos críticos dicen que en Exterminad a todos los salvajes usted sólo habla del genocidio y el colonialismo llevado a cabo por Occidente. Y señalan que en todas las culturas, en todas partes, en otros países, no sólo los blancos, también se perpetraron genocidios y se esclavizaron pueblos. ¿Qué le sugieren estas objeciones?

Esas críticas vienen normalmente de unos entornos muy particulares, ya me entiende, pero, en cualquier caso, no las evado. Es complicado contar una historia que abarca 700 años, y trato de hacerlo de la forma más amplia posible, pero tengo que asegurarme de poner el foco en el centro, en el meollo. Esas supuestas ausencias, o esas contradicciones, funcionarían como distracciones en el relato. Yo tengo que permanecer enfocado. Y el problema es que hay gente que está a la defensiva desde el principio, buscando esas objeciones.

Yo ya sabía que me harían ese tipo de críticas, pero no me parecen muy inteligentes. En primer lugar porque sí hablo de otros genocidios. Aparece Camboya, aparece Uganda, hay una lista de 41 genocidios. Porque no se trata de raza, se trata de poder. Un poder desplaza a otro poder y se produce una masacre. Hay muchos ejemplos. Pero, históricamente, la mayor potencia fue Europa. Porque lograron ganar y crearon el capitalismo y, ya sabe, todavía están mandando. Así que esa es la historia. ¿Que hay otros contraejemplos? De acuerdo, pero yo no me muevo en el contraejemplo. Por eso, a los que me hacen esa crítica yo les diría: “Leed algunos libros y observad la película correctamente, porque creo que no la habéis visto”. Y cuando digo “ver” me refiero a entender al menos la mitad. La película es muy precisa en cada una de las piezas que la conforman. No hay una sola palabra que no haya calculado diez mil veces antes de incluirla. Así que es tanto una labor de construcción como de deconstrucción muy compleja. Imagino lo que la gente puede decir, imagino lo que dirán los críticos, y me aseguré de haber incluido todas las respuestas en la propia película. Se trata de que seas abierto. Y lo digo explícitamente en ella: “Tienes que dejar a un lado todos tus prejuicios”. Porque la esencia de esta película es frágil.

¿Frágil? ¿En qué sentido?

Digo que es frágil porque hay mucho ruido, hay muchas sensibilidades a flor de piel, y es muy difícil escuchar lo que estoy diciendo en la película. Y también es frágil por su propia naturaleza. Es un trabajo orgánico. No es sólo político. Es poético, es histórico, es personal, es íntimo, y mi forma de hacer esto es tratar ciertas cosas de manera especial. En algunos aspectos, tengo que provocar una conmoción. En otros, apartarme un poco.

Uno de esos temas que usted trata con más distancia es el conflicto palestino-israelí. Aunque hay alguna mención, se echa en falta más profundidad en su documental.

Me esforcé mucho en buscar la manera de que encajara en el relato, pero no quería que fuera un simple añadido. Al final me acordé de algo que había escrito hace años, sobre una joven palestina que se inmoló en una discoteca de Tel Aviv con un cinturón de explosivos. Recuerdo que cuando aquello ocurrió pensé en mi hija: “¿Y si fuera ella? ¿Qué diría?”. Porque mucha gente, y más concretamente desde la derecha israelí, afirma cosas como: “Son unos salvajes, matan gente”. Bueno, esto no explica nada, porque tú también matas gente. Y mucho antes de fomentar los asentamientos, además. El Irgún [una organización paramilitar sionista que operó durante el Mandato británico de Palestina, entre 1931 y 1948] era una organización terrorista para británicos, franceses y estadounidenses. Y ahí está la famosa explosión de aquel hotel [Peck se refiere al atentado del Irgún contra el hotel Rey David de Jerusalén, el 22 de julio de 1946, que causó 91 muertos].

En el documental recurrí a una perspectiva personal porque el tema no es simple. Si quieres resolver los problemas del mundo con soluciones pomposas, las mismas en todas partes, conmigo no cuentes. Significa que eres un ignorante y que no entiendes que el mundo es complicado. Así es cómo funcionan la historia y la política. Si sólo quieres expresar tu rabia, cuando ya hayas expresado tu enfado, ¿qué es lo siguiente? ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matarlos a todos? ¿Otra vez? Porque eso es lo que está en juego. No hay soluciones sencillas. Mire lo que está ocurriendo en Palestina estos días y el tratamiento que se le da en la prensa. Es simplemente repugnante. “Unos colonos son asesinados y la respuesta israelí es…”. Es todo como muy orquestado, sin distancia. Y eso es lo que está sucediendo ahora mismo en todos los niveles de nuestra existencia.

Por eso esperábamos un poco más de luz sobre este tema.

La colonización de Palestina, porque se trata exactamente de eso, de colonización, no podía entrar en la película. Merece otra película aparte, porque hay mucho que decir. Yo hice tan sólo una referencia y espero que la gente la capte y la valore.

¿Qué reacción esperaba con una obra tan explícita y tan contundente como Exterminad a todos los salvajes?

La película es un proceso de argumentación. La forma en que la realicé es para que induzca al espectador a pensar. No estoy creando un producto para que lo consumas y únicamente digas: “Oh, vale, ya lo tengo”. No, es una llamada a la acción en tu cabeza. Eso es lo que pongo sobre la mesa: esto es lo que está pasando y es también tu responsabilidad.

Traducción: Mariado Hinojosa

Contra el odio

Artículo de opinión en el New York Times sobre la amenaza violenta de la extrema derecha, la pasividad y banalización desde las instituciones, y la complicidad de algunos políticos y medios de comunicación.

Por Miquel Ramos – The New York Times, 28 abril 2021

Es periodista español especializado en extrema derecha. Coordinó el informe “De los neocón a los neonazis. La derecha radical en el Estado español” de la Fundación Rosa Luxemburgo.

VALENCIA, España — Faltan pocos días para las elecciones autonómicas en Madrid, y el debate político ha dado un giro inesperado. “Tu mujer, tus padres y tú estáis sentenciados a la pena capital”, advertía una carta anónima, acompañada de cuatro proyectiles de un fusil usado durante décadas por el ejército español, enviada al Ministerio del Interior a nombre de Pablo Iglesias, el candidato de Unidas Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid.

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y la directora de la Guardia Civil, María Gámez, recibieron cartas amenazantes también. Tres días después, era la ministra de Industria, María Reyes Maroto, la destinataria de otra misiva, en esta ocasión acompañada de una navaja. Y al día siguiente, dos nuevos sobres con balas fueron interceptados. Uno dirigido otra vez contra Gámez, y el otro, a Isabel Díaz Ayuso, la candidata del Partido Popular y actual presidenta de la Comunidad de Madrid. Hoy se ha revelado un nuevo mensaje de amenaza, que incluía dos balas, esta vez contra el expresidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero.

El clima de crispación de estos últimos años, con la normalización de la extrema derecha en el debate público, ha llevado una peligrosa deriva de inquietantes consecuencias. Desde su entrada en las instituciones por primera vez desde los años ochenta, la extrema derecha se ha dedicado a deslegitimar al gobierno, a marcar la agenda con su discurso de odio —que las cartas parecen replicar— y a difundir constantemente noticias falsas o información engañosa. El reflejo del expresidente de Estados Unidos Donald Trump en la política española ha sido constante, y aunque el magnate haya dejado la Casa Blanca, el estilo, que le dio fuerza a la extrema derecha en su país, empieza a instaurarse con fuerza en España a través de Vox.

Sin embargo, ni con las balas y las navajas encima de la mesa, la cordura se impuso en el debate político de estos días. La condena casi unánime a las amenazas no ha estado exenta de matices. La derecha no estuvo a la altura y llegó a menospreciar estas amenazas. Menos aún la ultraderecha, al principio negándose a condenarlas, después haciéndolo tímidamente mientras sugería un posible montaje, como hizo Santiago Abascal, líder de Vox.

El envío de la navaja a Reyes Maroto fue obra de un hombre ya identificado, que padece una enfermedad mental y que se ha declarado seguidor de Vox, aunque no tiene relación con este partido. Esta persona ya había enviado mensajes a otros destinatarios, como a la agencia de verificación maldita.es, manifestando su ideología. A pesar del menosprecio de esta amenaza y del intento de algunos políticos de derechas y medios afines de despolitizarla basándose en los problemas mentales del autor de la carta, la condena debe ser un imperativo unánime y sin peros, para políticos y ciudadanos, de izquierdas y de derechas, que crean de verdad en la democracia.

Sería ingenuo pensar que la amenaza totalitaria terminó con la muerte del dictador Francisco Franco en 1975. No solo por el aceptado revisionismo histórico en torno a la dictadura o la frecuente deslegitimación de los resultados de las urnas cuando gana la izquierda, algo que ya ocurrió cuando ganó las elecciones Rodríguez Zapatero en 2004, sino por la peligrosa banalización que lo acompaña, considerando los discursos de odio opiniones respetables en democracia. Pero más inquietante resulta aún que, el mismo gobierno que ahora recibe las balas, no se haya tomado esto suficientemente en serio.

El gobierno de Pedro Sánchez podría haber mostrado más firmezacuando ha sido advertido de la infiltración ultraderechista en las Fuerzas Armadas de España. No solo ante el manifiesto firmado por casi un millar de militares exaltando a Franco y contra su exhumación del Valle de los Caídos en 2019. También contra los militares retirados que pedían en un chat un golpe de Estado y fusilar a 26 millones de españoles, o contra aquellos en activo que realizaban el saludo nazi en los cuarteles mientras cantaban himnos fascistas. O investigar a profundidad la reciente denunciapública de militares sobre la posible presencia de una célula neonazi en el ejército.

Pedro Sánchez, el presidente del gobierno de España, en abril de este año
Pedro Sánchez, el presidente del gobierno de España, en abril de este añoCredit…Chema Moya/EPA vía Shutterstock

Organismos internacionales como las Naciones Unidas y agencias de seguridad de diversos países vienen alertando sobre el terrorismo de extrema derecha a nivel internacional. La sucesión de preocupantes ataques racistas, la infiltración neonazi en ejércitos europeos así como el asalto al Capitolio de Estados Unidos tras la victoria de Joe Biden, han puesto el foco sobre esta creciente amenaza para la seguridad. También el auge de los partidos de extrema derecha en Europa desde hace unos años ha impulsado consensos entre el resto de las formaciones partidistas en países como Alemania y Francia para aislarlos y establecer lo que se conoce como cordones sanitarios, evitando así pactar con ellos o permitirles acceder a las instituciones, algo que no ha sucedido todavía en España.

La amenaza de la ultraderecha en España viene de lejos, y va más allá de los exabruptos de militares y de las cartas amenazantes. En 2015 se juzgó a un grupo neonazi entre los que había varios militares, y que poseía un gran arsenal de armas. Fueron absueltostras considerarse ilegales las escuchas que permitieron su arresto antes de que cometieran algún crimen. Tres años después, a los pocos meses del primer gobierno de Sánchez, la policía arrestó a un hombre que tenía armas de fuego y advirtió en un chat su intención de asesinar al presidente. La Audiencia Nacional rechazójuzgar ambos casos como terrorismo.

Estos y otros ejemplos han sido recogidos en un extenso informe, que tuve la oportunidad de coordinar, recién publicado por la Fundación Rosa Luxemburgo, organización a favor de la democracia. El reporte analiza el recorrido de la derecha radical en España y explica su evolución desde el despegue a principios de este siglo del ala neocón del PP, que había sido la casa común de todas las derechas, hasta la irrupción de Vox en 2018. Desde entonces, la extrema derecha no ha parado de crecer y de instaurar su agenda. Además, la batalla cultural que ha emprendido este espectro político a lo largo del planeta, cuestionando derechos humanos y tratando de romper los consensos democráticos que los protegen, está dando sus frutos; en buena medida han conseguido normalizar el discurso de odio que sirve como excusa para quienes hoy envían balas.

España afronta una encrucijada sin precedentes tras las reiteradas amenazas de muerte a varios políticos. Las elecciones de Madrid, que a menudo son un termómetro para la política nacional, permitirán diagnosticar cómo los políticos, periodistas y la sociedad civil reaccionan ante esta peligrosa deriva. Aunque han condenado las cartas, el PP y Ciudadanos no pueden seguir banalizando las amenazas ni normalizando a la extrema derecha, con la justificación de que la necesita para gobernar.

El país, que demasiadas veces se tropieza sin querer con los fantasmas de su pasado, está a tiempo de enfrentar la tentación totalitaria con madurez democrática y firmeza, demostrando que la democracia, esta vez, si que es capaz de vencer al odio.

Miquel Ramos (@Miquel_R) es periodista y colabora en el diario La Marea y en Radio Televisión Española (RTVE). Es coautor del proyecto crimenesdeodio.info y realizó la investigación “La extrema derecha española ante la crisis económica” en la Universidad de Valencia.

Descarga gratis el dossier Especial Ultraderecha de La Marea

El Especial Ultraderecha es un monográfico especial con una selección de 26 artículos publicados en lamarea.com entre junio y julio de 2020. Esta revista –en formato pdf- incluye reportajes, análisis y entrevistas reposadas con argumentos para desmontar el discurso de la ultraderecha.  Visiones también desde EEUU, Polonia, Grecia y Francia.

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Coordinación: Miquel Ramos

Colaboran: Noelia Adánez, Hibai Arbide, Graeme Atkinson, Aurora Ali, Pablo Bonat, Pablo Carmona Pascual, Iness Dimnich, Javier Durán, Daniel Gil-Benumeya, Sebastiaan Faber, Sara Montesinos, Álvaro Minguito, Rafal Pankowsky, María Luisa Pérez Colina, Juanjo Peris, Proyecto Una, Sergio Rodrigo, Carles X. Senso Vila, Laia Serra, Alba Sidera, Patricia Simón, Miguel Urbán y Carles Viñas.

Debate Pedro Vallín y Miquel Ramos sobre extrema derecha y antifascismo (MUSOC)

IX Muestra de cine social y derechos humanos de Asturias (MUSOC)

PRESENTA y MODERA: Diego Díaz Alonso. Historiador y activista social en el 15M y La Madreña. Forma parte del consejo de redacción de Nortes.

http://www.accionenredasturies.org/

https://www.musocasturias.org/

El peligro es haber permitido la institucionalización del odio

“Lo de EEUU es solo un aviso. Pero ni es el primero ni será el último. Quien tiene capacidad para hacer algo para evitarlo, debería hacerlo”, reflexiona Miquel Ramos.

Miquel Ramos – La Marea 8 de enero 2021

Entre risas, bromas y fotomontajes, una de las imágenes más comentadas tras el asalto al Capitolio ha sido la de un hombre disfrazado de no sabemos qué. Se trata de Jake Angeli, conocido en redes sociales como Q-Shaman, un aspirante a actor y fiel seguidor de Trump, y uno de los propagandistas de las teorías conspiranoicas ultraderechistas de QAnon. Según los seguidores de esta teoría, hay una conspiración de pedófilos y adoradores de Satán que gobiernan el mundo que tienen como objetivo evitar que Trump vuelva a gobernar. Y, para ello, habrían amañado las elecciones y dado la victoria a Joe Biden. Bajo esta imagen caricaturesca se presenta varias veces y desde hace tiempo la extrema derecha.

Esta teoría, que puede parecer una majadería, es una de tantas otras que circulan por los entornos ultraderechistas del planeta. Hace unos días, Cuarto Milenio dedicó uno de sus programas al fenómeno migratorio a raíz de la llegada de varias personas migrantes a Canarias. Con el título Las sombras de la crisis migratoria, el programa explicaba en la web de la cadena que Iker Jiménez analizaría con sus colaboradores “los intereses profundos y oscuros que hay detrás de todas las crisis migratorias: inmigración, mafias y lo que no se cuenta sobre estas situaciones como la que se está viviendo en la actualidad en Canarias”. Más allá del halo misterioso con el que envuelve este programa cualquier tema que no tenga fantasmas ni ovnis, tan solo el marco con el que fue anunciado ya indicaba por dónde iban los tiros. 

No era la primera vez que el programa explicaba otra de las teorías habituales de la extrema derecha, el Plan Kalergi. Esta idea, promocionada por el neonazi y negacionista del Holocausto Gerd Honsik, defiende que existe un plan oculto para debilitar la raza blanca a través del mestizaje que provoca la migración, y conseguir así mano de obra barata y seres humanos más débiles. El periodista Antonio Maestre ya lo advirtió el pasado abril, cuando Iker Jiménez volvió a poner esta teoría en la escaleta. Y avisaba: “Cuando el mundo de la conspiración se mete en política acaba convirtiéndose en caldo de cultivo de mensajes tóxicos y peligrosos’. Esa teoría y otras parecidas son el combustible necesario para prender una enorme hoguera de consecuencias imprevisibles. Esta vez, además del Plan Kalergi, el programa habló de la Teoría del Gran Reemplazo. Esta advierte de otro plan oculto para desplazar demográfica y culturalmente a la población europea a través de la inmigración, sobre todo la de personas musulmanas, que acabarían instalando la sharia en el viejo continente. Neonazis celebraban en varios foros que sus ideas habían llegado a ser presentadas en prime time. También lo hicieron los negacionistas de la COVID y conspiranoicos varios cuando el programa ofreció versiones alternativas sobre el origen del virus. Los principales voceros de la ultraderecha reivindicaban el programa como ariete contra la ‘corrección política’ o el ‘marxismo cultural’. 

En marzo de 2019, Brenton Tarrant empezó a emitir en directo en su cuenta de Facebook cómo sacaba de su maletero varias armas de fuego automáticas. Se dirigió hacia la mezquita de Al Noor, en Christchurch (Nueva Zelanda), y empezó a disparar a los presentes. 51 personas fueron asesinadas y 49 heridas. Publicó en sus redes la Teoría del Gran Reemplazo y reivindicó orgulloso su acción para salvar a su pueblo de la islamización. Tarrant no fue el único que esgrimió estos argumentos para cometer una masacre.

En julio de 2019, expliqué en otro articulo para La Marea cómo había evolucionado el terrorismo de extrema derecha, considerado ya por los expertos una de las principales amenazas para la seguridad y la democracia en Europa y Estados Unidos. ¿Qué ideas y teorías compartían todos los terroristas que habían cometido estas masacres? Pues el Plan Kalergi, la Teoría del Gran Reemplazo y otras variantes que hablan de poderes ocultos que promueven la inmigración, el comunismo, el globalismo y el sometimiento del hombre blanco. Luego, algunos añaden como cómplices a la izquierda, al feminismo, al colectivo LGTBI, a los colectivos antirracistas, a las ONG, a George Soros y hasta a Greta Thumberg. 

Esto no es un simple bulo que una agencia de verificación desmonta en un tuit. Estas ideas se extienden más de lo que parece disfrazadas con otra retórica menos conspiranoica, pero con el mismo combustible. Las llamadas a la defensa de la civilización occidental frente a la contaminación de culturas ajenas, o la supuesta progresiva pérdida de derechos por parte de los autóctonos a causa de la migración son algunos de los mantras de la ultraderecha. El acoso que sufre el hombre por parte del feminismo o la amenaza para la libertad de expresión que supone la dictadura progre son también habituales en varios países. El victimismo del privilegiado es el comodín habitual de la derecha. Cuando un colectivo gana derechos, los históricamente privilegiados se ven amenazados. Es el temor del rey y de sus señores feudales a sus plebeyos. Del gran capitalista a la organización de los obreros. O de los colonizadores a la rebelión de los colonizados. 

Trump no aceptó el resultado de las elecciones. Lleva días echando gasolina por todo el país denunciando que le han robado los votos. Alimentando en cada mitin todos los relatos conspiranoicos que circulan por redes sobre el complot para acabar con él y regalar el país a los comunistas. Lo del Capitolio, escuchando a Trump varios días atrás, era más que previsible. No el asalto –inexplicable la falta de seguridad–, sino la ira de sus seguidores. Y muchos de estos son miembros de grupos de odio, de milicias armadas de extrema derecha, o fanáticos capaces de cualquier cosa. Como de asaltar su propio símbolo de la democracia. Algunos eran conocidos supremacistas, a los que Trump ya había hecho más de un guiño en anteriores ocasiones; otros lucían sin vergüenza sudaderas reivindicando Auschwitz o simbología ultraderechista.  Aun así, algunos propagandistas de extrema derecha y seguidores de Trump dudaron del rédito de la acción, y trataron de acusar a los antifascistas de los hechos. Un ataque de falsa bandera, decían. Otra conspiración. Otra fake new contra Trump. Sin embargo, los canales de difusión de los principales grupos neonazis del país reivindicaban la acción y aseguraban que se trataba del “principio de la revolución blanca”. 

Aquí, esa dictadura comunista de la que habla Trump y las supuestas fake news que tratan de derrocarlo están cada día en boca de ciertos políticos y periodistas, que consideran también al gobierno de Sánchez y Podemos ilegítimo, y que son víctimas de los medios de comunicación. Señalan al Gobierno como responsable de las decenas de miles de muertes por un virus. Y, además, tienen un plan oculto para llenar la península de migrantes, a quienes ofrece todo tipo de privilegios ante los españoles de bien. Existen miles de artículos de prensa y de webs con apariencia de medio de comunicación que insisten en estos y otros mantras habituales de la ultraderecha. Y muchos otros medios convencionales que tan solo sirven de altavoz de estas teorías y discursos de odio por considerar que el click que generará la indignación ya lo merece. 

No sabemos desde cuándo hemos aprendido a convivir con el odio y la mentira. Hemos aceptado el racismo, el machismo y la homofobia como una opinión respetable más. Hemos permitido que niños que viven en nuestro país sin padres ni madres sean señalados como culpables de mil delitos por ser de otro país. O que hay personas que no merecen tener derechos. El peligro no es que un fanático se inmole un día o que una manifestación se desborde. El peligro real es que hemos permitido institucionalizar el odio y la mentira. Que vemos cada día personas muriéndose en el mar tratando de llegar a Europa mientras comemos pipas desde el sofá. Que haya militares cantando himnos nazis en los cuarteles y que sus superiores, que un día posan junto al rey, al día siguiente estén llamando a un golpe de Estado y a exterminar a 26 millones de personas. O que asistimos a la toma del Capitolio en directo mientras hacemos memes con el señor que lleva una piel de búfalo sobre su torso desnudo, como si fuese una serie más de cualquier plataforma digital a la que estamos suscritos. 

No es justo, ante todo esto, descargar toda la responsabilidad sobre la ciudadanía. El mismo Gobierno contra el que claman los ultraderechistas es incapaz de extirpar el fascismo incrustado en sus instituciones, o de controlar a unas fuerzas del orden que usan guantes de seda con la extrema derecha y balas de goma con los que piden más derechos humanos. Los medios de comunicación que se escandalizan por la toma del Capitolio y hoy hacen reportajes y artículos retratando a los trumpistas, sientan en sus platós y dan tribuna cada día a sus homólogos españoles. Y cuando no, ya se encargan ellos de difundir sus mismos temas: okupas, menas, moros, bolivarianos y sediciosos. 

Lo de EEUU es solo un aviso. Pero ni es el primero ni será el último. Quien tiene capacidad para hacer algo para evitarlo, debería hacerlo. Cuanto mayor poder se tiene, mayor es la responsabilidad. Si convocas una cabalgata en plena pandemia, no esperes que la gente no acuda y luego le eches la culpa por venir. No la convoques. Si no quieres que los fascistas se crean con el derecho a derrumbar al Gobierno de turno, que unos militares, varios políticos y algunos periodistas lo llaman ilegítimo, no los ayudes a difundir ese mantra. Y si no quieres que tus propios militares te entierren en una cuneta, a ti y a medio país, expúlsalos ya. La cobardía no es una opción para quien tiene el deber de procurar por el bienestar y la vida de todos.