La inteligencia británica alerta de que grupos terroristas de extrema derecha se infiltran en la Policía y las Fuerzas Armadas 

Un informe recién publicado de la comisión de inteligencia y seguridad del Parlamento británico advierte del incremento de la amenaza terrorista ultraderechista y exige más medios.

Miquel Ramos – La Marea 14 julio 2022

La comisión de inteligencia del Parlamento de Gran Bretaña ha presentado esta semana un informe en el que se analiza el incremento de la amenaza terrorista de la extrema derecha, a la que, afirman, se le presta poca atención y exige muchos más recursos. 

El parlamentario conservador Julian Lewis, presidente de la citada comisión, alertó de que la amenaza del terrorismo de extrema derecha va en aumento, con personas que a menudo buscan unirse a las Fuerzas Armadas y grupos que tratan de reclutar adeptos dentro del Ejército. Asimismo, agregó que existía un «riesgo similar» por la «amenaza interna en relación con la Policía», citando problemas en torno al proceso de investigación de antecedentes para los candidatos que buscan unirse a la policía y la falta de verificaciones de antecedentes adecuadas. El informe cita varios casos de oficiales de policía y militares investigados por sus relaciones con grupos neonazis, gracias a las investigaciones de varios periodistas, como los que llevan a cabo la campaña y la revista de investigación antifascista Hope Not Hate

Y no es la única vez que se alerta de ello. Otro informe del Instituto de Relaciones Raciales (IRR) avisa de que la policía de Reino Unido y de toda Europa están sufriendo una “cultura del extremismo” cada vez mayor, y advierte sobre un aumento de agentes que comparten contenido racista y de extrema derecha en línea. En Francia, por ejemplo, el 81% de los gendarmes declararon que votarían por Marine Le Pen, según recoge The Guardian.

Una de las demandas para afrontar estos nuevos retos es el incremento de los medios para que los servicios secretos investiguen a estos grupos. Lewis se mostró «seriamente preocupado» por su limitada capacidad para asumir la responsabilidad de investigarlos «sin ningún tipo de recursos proporcionales” para abordar la «amenaza cada vez más compleja» que representan los grupos terroristas de extrema derecha. 

La investigación alerta de que el material en Internet de estos grupos parece ser más difícil de abordar que la propaganda del terrorismo islamista, tal vez, apuntan, debido a la mayor falta de comprensión de la amenaza de la extrema derecha por parte de los gobiernos occidentales, y las preocupaciones con respecto a la libertad de expresión, uno de los principales motivos por los que la difusión del discurso de odio en redes sigue siendo demasiadas veces impune. 

El informe explica la evolución del terrorismo fascista desde los años 30 del siglo pasado hasta hoy: compara varios periodos recientes e insiste en que “la probabilidad de un ataque terrorista de extrema derecha» en el Reino Unido se evalúa como «una posibilidad realista», igual que “los actores solitarios presentan el mayor riesgo”. En el presente, insisten, “el fuerte aumento de material en línea que promueve la ideología de extrema derecha ha amplificado el proceso de radicalización. Ya no es necesario el contacto de la vida real, o que las personas asistan a reuniones o eventos para ser reclutados». 

En el documento se detallan también las conexiones entre grupos neonazis y fascistas de varios países y se recopilan los atentados más recientes para explicar que se trata de un fenómeno global e interconectado. Según esta investigación, y en comparación con los años anteriores, los terroristas de extrema derecha “son más reactivos a eventos externos; en parte impulsado por un mayor enfoque en las políticas contra la inmigración a nivel mundial y los ataques terroristas islamistas de 2017”. Asimismo, remarcan que “sigue habiendo una ausencia de un liderazgo carismático prominente”, pero, sin embargo, consideran que esto ahora es menos relevante debido a la creciente influencia de las plataformas en línea. 

El informe subraya la importancia de haber ilegalizado al grupo neonazi National Action en 2016 para disuadir a otros potenciales grupos y activistas neonazis de emprender acciones violentas. En este sentido, destacan varios atentados frustrados como el intento de asesinato de la diputada laborista Rosie Cooper y de un oficial de policía en 2017, el atentado contra una mezquita en Londres en 2019 o contra un despacho de abogados especializado en derechos humanos y migraciones en 2020. 

Sobre las conexiones internacionales, el informe advierte de que “no existe un proceso para controlar a las personas que han viajado al extranjero con fines relacionados con el terrorismo de extrema derecha y han regresado al Reino Unido”, como sí ocurre con los combatientes islamistas, por ejemplo. Por esto, inciden en que existe una gran posibilidad de que “estos combatientes extranjeros que regresan se habrán radicalizado aún más y desarrollado conexiones con otros que comparten su ideología de extrema derecha”. Aunque no alude directamente a la guerra en Ucrania (hay partes del informe público a las que no se puede acceder), hace años que los servicios secretos de varios países alertan del peregrinaje de activistas neonazis tanto a Rusia como a Ucrania para establecer contactos e incluso participar en grupos armados. En este mismo sentido alertaba el digital The Interceipt hace escasamente dos semanas, cuando informaba sobre la presencia de militantes del grupo nazi Misanthropic Division en Ucrania.  

Finalmente, también se citan las vinculaciones de los grupos de extrema derecha con las movilizaciones durante la pandemia contra las medidas sanitarias, alimentados además por las teorías conspirativas que han hecho proliferar estos y otros grupos en Internet. 

El Índice Global de Terrorismo 2020, publicado por el Instituto para la Economía y la Paz presentado a finales de noviembre de 2020, reflejaba que 89 de las 108 muertes en atentado registradas en 2019 en Occidente fueron llevadas a cabo por ultraderechistas. En total, hasta 2020, y según este organismo, el terrorismo ultraderechista se estima que habría crecido un 320% en todo el mundo. 

No obstante, según explicó el eurodiputado Miguel Urbán, el informe de Europol presentado en aquellas fechas en el Parlamento Europeo por el guardia civil y director del Centro Europeo contra el Terrorismo (ECTC), Manuel Navarrete, sobre actividad terrorista en la UE no citaba “los casos sucedidos recientemente en el Estado, como los dos ataques terroristas de carácter xenófobo contra centros de menores no acompañados, la detención de un francotirador que amenazaba con asesinar al presidente del Gobierno español en un chat o el desmantelamiento de un taller clandestino para la fabricación de artefactos explosivos donde se incautaron de diferentes tipos de explosivos y veintiséis armas de fuego».

Proteger a los niños de los fascistas

La imagen de una treintena de neonazis enmascarados, arrodillados y esposados frente a varios policías en Coeur d’Alene, Idaho, Estados Unidos, se hizo viral el pasado fin de semana. Eran miembros de la organización Patriot Front, que habían sido arrestados cuando se dirigían hacia los actos del orgullo LGTBI en un parque cercano escondidos en un camión y con un buen arsenal de escudos, bombas de humo y otros objetos que pretendían usar contra la celebración. La intervención de los agentes, tras el aviso de un vecino que se olió algo raro cuando vio a varios señores subiéndose al camión, evitó un altercado que no sabemos muy bien cómo hubiera acabado.

La republicana y miembro de la Cámara, Heather Scott, acompañaba a principios de mayo a los miembros del grupo ultraderechista Panhandle Patriots en una iglesia de Kootenai, también en Idaho. Uno de los militantes ultraderechistas afirmó que lo suyo sería organizar un evento con armas de fuego el mismo día que la Celebración del Orgullo de la ciudad en un parque a menos de una milla de distancia. “En realidad tenemos la intención de ir cara a cara con esta gente. Hay que trazar una línea en la arena. Las buenas personas deben ponerse de pie”.

El acto se titulaba “Plan de juego para eliminar materiales inapropiados en nuestras escuelas y bibliotecas”, y pretendía alertar sobre los contenidos en materia de igualdad que se imparten en los colegios norteamericanos, así como de los libros que tratan estas materias y que están disponibles en las bibliotecas. El mismo mantra que la ultraderecha global ha puesto en el centro del tablero estos últimos años. Lo mismo que lleva tiempo cacareando Vox, y que hace un par de días, Macarena Olona reivindicó en el debate electoral de Canal Sur. Y lo que vino a reafirmar la neofascista italiana Georgia Meloni en el mitin de Vox este fin de semana.

El mismo fin de semana, neonazis franceses se encaramaron a un edificio al paso de la marcha por el Orgullo en Burdeos. Encendieron varias bengalas, gritaron contra los manifestantes y exhibieron una pancarta que pedía ‘proteger a los niños’, también contra lo que se supone que inflige la educación en derechos humanos. Varios canales de Telegram de grupos neonazis llevan semanas publicando las hazañas de sus miembros en varios países robando banderas LGTBI, dañando murales feministas o atacando actos de estos colectivos. Así celebran ellos el mes del Orgullo. También en España.

Un jovencísimo Pedro Zerolo denunciaba a mediados de los 90 en un documental sobre la extrema derecha, que un grupo de nazis había asaltado la marcha del Orgullo en Madrid y había apuñalado a un asistente.

Lejos nos puede parecer que quedan aquellos tiempos en que los nazis salían de caza y se cebaban con los colectivos más vulnerables, o aquellos que salían a reivindicar sus derechos. Pero la realidad es que nunca se fueron, y las agresiones y los ataques contra estos actos y estas personas no han cesado. Hace menos de un año vimos desfilar en el barrio madrileño de Chueca a una panda de neonazis gritando ‘fuera sidosos de Madrid’ con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Quienes seguimos las andanzas de estos grupos recordamos inmediatamente los altercados de 2017 en Murcia, donde varios neonazis armados atacaron la marcha del Orgullo.

La relación entre el discurso de odio de los ultraderechistas mediáticos e institucionalizados y los grupos neonazis que lo materializan en las calles es directa. De hecho, nunca habían contado con tan grandes altavoces y tanta normalización. La ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI que se está llevando a cabo por la nueva ultraderecha aceptada como un actor democrático más, es el combustible necesario para que estos nazis ejerzan la violencia reforzados por sus propagandistas de traje y corbata. Los derechos que creímos conquistados y que no tenían marcha atrás, se encuentran hoy con una amenaza evidente. Es el precio que pagamos todos porque algunos decidieron que los derechos humanos se pueden debatir. Hablamos del colectivo LGTBI, pero lo mismo vale para las mujeres, para las personas migrantes, racializadas, o para cualquier colectivo que reclame los mismos derechos que el resto. Estos no son eternos y se deben pelear día tras día, por todos los medios.

Recientemente se supo que solo en 2020 se registraron 282 delitos de odio contra el colectivo LGTBI. Esta cifra, que recoge los hechos denunciados, es solo la punta del iceberg. La mayoría de estos incidentes no se denuncia. Pasa lo mismo con el racismo, que es mucho mayor a lo que los datos del Ministerio del Interior o las organizaciones especializadas en la materia son capaces de recoger. En demasiadas ocasiones, la desconfianza en las instituciones hace que las víctimas no denuncien. Solo hay que ver, por ejemplo, la reciente e insignificante condena que ha recibido un exlegionario por agredir e insultar a dos personas por su orientación sexual y enfrentarse a la policía: una multa de poco más de dos mil euros y seis meses de prisión.  “Me acaloré”, dijo.

Sin embargo, la conciencia y la sensibilización al respecto también han crecido, y por eso se denuncia más. Y por eso, la ultraderecha está tan interesada en negar que se eduque en materia de igualdad y derechos humanos. Solo así, estos ataques podrían pasar todavía más inadvertidos, impunes, o peor, aceptados, normalizados. Como lo fue la Noche de los Cristales Rotos tras la infección antisemita de gran parte de la sociedad alemana.

Los grupos nazis son los tontos útiles, los ejecutores de estos odios que señoras y señores de alto standing se dedican a promover desde sus mansiones y cortijos contra los más vulnerables para asegurarse así que nada cambie, que la plebe siga peleada y no se le ocurra mirar hacia arriba. “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley“, manifestó Espinosa de los Monteros en 2020 reforzando el victimismo habitual de los ultraderechistas ante quienes, tal y como él mismo recordaba, sufrían las consecuencias de la normalización del odio en su expresión violenta más cobarde y cruel. Y que hoy lo siguen sufriendo.

A los nazis ya les va bien tener unos buenos padrinos en las instituciones que normalizan lo que estos llevan diciendo toda la vida, mientras periodistas y otros políticos lo aceptan como parte del juego democrático. Así pueden volver a las andadas, a los añorados años 90 en los que salían de caza y tan solo encontraban como oposición a los grupos antifascistas y a los colectivos víctimas que se organizaban para su autodefensa. Los extremos, que llaman algunos. Sin embargo, el muro contra el que se choca esta extrema derecha liberticida es hoy mucho mayor que entonces. Le va a costar derribar el consenso en materia de derechos humanos erigido durante años en el sentido común. Por eso, saben que la estrategia pasa por los libros de texto, por las escuelas, por la censura. Solo un pueblo al que se le niegue la educación en derechos será capaz de tolerar la barbarie.

Miquel Ramos. Público, 15 de juny 2022

Los ecos de Mauthausen en Buffalo

El atentado racista del pasado sábado en Buffalo (EE.UU) que acabó con la vida de diez personas e hirió a decenas, tan solo mereció una simple nota de sucesos en la mayoría medios generalistas. Llueve sobre mojado. Por una parte, se repite el mantra del ‘tiroteo’, una manera de esquivar la palabra ‘atentado’, solo reservada para terroristas, eso es, a personas musulmanas o de otro color de piel. Los blancos son simples enfermos. Los blancos de derechas, solo cuando están locos, son capaces de cometer tamañas atrocidades. Los de color oscuro o dios extraño son fanáticos por naturaleza, por su cultura, quieren decir.

Este terrible atentado tuvo lugar el mismo día que se llevó a cabo el homenaje anual a las víctimas del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria, al que asistimos miles de personas de distintas partes del mundo tras dos años sin celebrarse por la pandemia. Ante el monumento a los republicanos españoles (cerca de 7.000 fueron deportados a los campos nazis) que se encuentra en la entrada del campo junto al resto de Estados, uno de los oradores recordó la naturaleza del nazi-fascismo que llevó al exterminio de millones de personas: los artífices del genocidio no eran ignorantes. Ni mucho menos enfermos mentales. Eran personas cultas, bien formadas, que sabían perfectamente lo que hacían y que tenían un proyecto de sociedad bien claro y perfectamente diseñado. Y para llevarlo a cabo, se tenía que estigmatizar, perseguir, capturar, esclavizar y exterminar a una parte de la población. Nada que Occidente no hubiese hecho antes en otros continentes durante la colonización, solo que esta vez, lo hizo con ciudadanos europeos. Primero hubo que deshumanizarlos. Después, la sociedad aceptaría lo que fuese. Y así fue.

Este proyecto excluyente, este discurso de odio y esta deshumanización sigue hoy vigente y de distintas formas asentado en el mismo continente donde se construyeron infinidad de campos como el de Mauthausen. También en España, donde además, no existen museos ni memoriales donde nos concentremos cada año bajo amparo institucional reivindicando el Nunca Más que rubricaron los supervivientes del nazi-fascismo. Hoy, el neofascismo sigue el mismo guion que entonces con otros colectivos, y amparado por la misma indiferencia y equidistancia que hicieron posible el Holocausto, la colonización y los genocidios. Los doce principios que Josef Goebbels, el propagandista de Hitler plasmó y llevó a cabo, se repiten hoy con otros actores y bajo la aceptación y la banalización de la mayoría: MENA, inmigrantes, feminazis, separatistas, moros, gitanos y los que toquen cada vez.

La Teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y otras similares son conspiranoias semejantes a la de los Protocolos de los Sabios de Sion que usaron los nazis para reforzar el antisemitismo ya latente. Esta idea ha sido la que ha inspirado al terrorista norteamericano para asesinar a diez personas negras. Lo que a muchos les parece una chaladura es el mantra que desde hace años usa la extrema derecha para estigmatizar a las personas migrantes y musulmanas, y que se ve reforzado a diario por los medios de comunicación cuando estigmatizan a determinados colectivos. Este supuesto plan estaría urdido por unas élites ocultas (judías, por supuesto) para substituir a la población blanca en Europa por inmigrantes, diluyendo la raza a través del mestizaje y substituyendo la cultura cristiana por la sharía gracias a la izquierda ‘buenista’ que abre fronteras y es complaciente con el Islam. Por eso Breivik ejecutó a 69 adolescentes del partido socialista, los futuros dirigentes de la socialdemocracia noruega; por eso Tarrant entró en una mezquita y mató a 51 personas; y por eso, el asesino de Buffalo ha matado a diez negros, como ya hizo otro neonazi en Hanau, Alemania, en 2020 matando a once personas.

Cansa repetirlo cada vez que hay un atentado neonazi, pero ante la banalización reinante y la normalización de quienes difunden estas ideas, algunos nos lo tomamos como una obligación, y lo repetiremos las veces que haga falta: el terrorismo de extrema derecha es la principal amenaza violenta actual, y estos últimos años se ha incrementado de forma alarmante, superando incluso al terrorismo de corte religioso. Además, las ideas que nutren a estos fascistas son hoy aceptadas como una opción democrática más.

Que, con los cadáveres todavía recientes, esos discursos del gran reemplazo aterricen en las elecciones andaluzas demuestran lo lejos que estamos de estar vacunados contra estos fanáticos neofascistas. “cada vez más españoles y más europeos se sienten extraños en sus barrios de toda la vida, y cunde una sensación de desconcierto y de desposesión, de pérdida de control de sus propias vidas”, dijo Abascal en un acto en Almería.

Son fanáticos, no locos. Alemania no se volvió loca en los años 30. Se fanatizó. Pero sería hipócrita señalar exclusivamente a la ultraderecha como amenaza si no advertimos de la responsabilidad que le corresponde a quienes la dejan hacer, o peor, a quienes compran sus discursos y hasta se comportan como ella. Cuando Josep Borrell dijo que “la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea”, estaba reforzando esa misma teoría y a quienes la difunden. O cuando Ursula von der Leyen denominó “Protección del Estilo de Vida Europeo” a la vicepresidencia encargada de tratar con la emigración, la seguridad, y la educación. La ultraderecha salió a aplaudirla, como era de esperar.

Y así, no solo con la retórica sino con los hechos, las políticas europeas refuerzan el encaje del neofascismo en el ‘estilo de vida europeo’. Así, la ofensiva reaccionaria está más que envalentonada, no solo contra las personas migrantes, sino contra las mujeres, el colectivo LGTBI, izquierdistas y cualquiera que se salga de su marco. El discurso mainstream dice que hay que respetar todas las opiniones, también las que pretenden acabar con los derechos humanos. Algunos nos resistimos a ello. Es algo que no dejamos de pensar mientras visitábamos las placas en recuerdo de las víctimas de Mauthausen. Esos mismos colectivos que hoy vuelven a tener la necesidad y la obligación de recordar el pasado para no volver a dejar que los herederos ideológicos de quienes fueron sus verdugos ochenta años atrás, vuelvan a repetir la historia. Y la obligación de quienes sabemos que lo que permitió también aquello, y permite hoy la normalización del odio, es la equidistancia y la indiferencia. Estas son las mejores aliadas de quienes pretenden repetir la historia.

Miquel Ramos. Público, 18 de maig 2022

Miquel Ramos: “El mayor pecado de la izquierda es creer que la extrema derecha es tonta o iletrada”

Entrevista al periodista especializado en extrema derecha y autor de ‘Antifascistas’. Por Marina Velasco para el Hufftington Post. 16/04/2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) no había cumplido aún 14 años cuando su profesor entró un día a clase y les contó que un grupo de neonazis había matado a Guillem Agulló, de 18 años, en presencia de una exalumna del colegio. 

Miquel conocía a Guillem de vista, tenían amigos en común, y algo hizo clic en él aquel día. El joven empezó a recopilar recortes de periódico sobre el caso, para después ir ampliando su búsqueda a cualquier agresión perpetrada por la extrema derecha, y fueron muchas. Lo que comenzó siendo una incisiva curiosidad se convirtió, con los años, en un periodismo comprometido y en una labor de investigación y divulgación sobre los movimientos de extrema derecha y de odio.

Ahora Miquel Ramos publica Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing), un prolijo ensayo donde da cuenta de la ofensiva fascista en España durante las últimas décadas y, sobre todo, de la contraofensiva que se llevó –se lleva– a cabo desde el antifascismo. 

Explica Miquel Ramos en su entrevista con El HuffPost que “el antifascismo no es una manifestación de personas encapuchadas”, sino un compromiso de lucha contra “las extremas derechas” desde “diferentes frentes y diferentes maneras”. Esa llamada es la que quiere hacer con su libro.

El periodista reconoce que la extrema derecha ha cambiado mucho en estos últimos años, ya no sólo por gozar de representación parlamentaria en la actualidad, sino por haber “revertido lo que considerábamos el consenso mínimo democrático”. “Es la infección del sentido común, lo que llaman la batalla cultural, que básicamente consiste en cuestionar los derechos de determinados colectivos: mujeres, comunidad LGTBI, migrantes”, señala. Esto se puede combatir desde diferentes lados. Pero, sobre todo, aquí las instituciones tienen un papel, sostiene Ramos: “Deben dejar de considerar como opiniones respetables aquellas propuestas que van encaminadas a socavar derechos, porque no son una opción democrática más”.

Miquel Ramos defiende, además, que “deben hacerse políticas valientes que frenen ese caldo de cultivo social que hace posible el éxito de las propuestas de extrema derecha, como son la situación de precariedad o los desahucios”. “Estos son temas de los que la extrema derecha no va a hablar”, apunta el periodista. “Utilizan la pantalla de la batalla cultural para esconder que son partidos dentro del sistema, que son neoliberales y que no piensan tocar un solo privilegio de las élites”, asegura.

Esa “infección del sentido común” que comentas ya la han logrado, de algún modo. Personas que hace unos años no se decían de extrema derecha, o ni siquiera de derechas, hoy repiten los mismos mantras que ellos.

Sin ninguna duda. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha, más allá del número de diputados que tengan. El verdadero éxito es que hoy sean considerados aceptables determinados discursos racistas, machistas, homófobos y revisionistas, incluso negando las atrocidades del franquismo y apelando a instintos muy primarios, que es una de las bases del fascismo. Evidentemente, no estamos en los años 30, pero hay una tradición ideológica que viene de ahí. Es la idea adaptada al contexto. 

Comentas en una entrevista que la mayoría de los votantes de Vox probablemente ni siquiera sean de extrema derecha. ¿La izquierda ha cometido de algún modo el error de meter a todos en el mismo saco? 

No se puede eximir al votante de extrema derecha de su responsabilidad en haber normalizado una opción de extrema derecha. Creo que hoy la gente tiene la suficiente información como para saber lo que representa y lo que es la extrema derecha. Otra cosa es que se busquen excusas para no encajar que se está votando lo que se está votando.

Otra cosa es que ese votante haya estado motivado por la apelación que hace la extrema derecha a diversas identidades. Si no, no se explicaría que alguien de clase trabajadora vote a un partido extremadamente neoliberal que va en contra de sus intereses de clase. ¿Por qué un obrero vota a la extrema derecha? Porque se le apela a otra identidad, de hombre, blanco, heterosexual, español. Esas teclas que toca la extrema derecha son las que provocan que mucha gente se sienta interpelada más allá de sus intereses de clase, por decirlo así.

Creo que el mayor pecado de la izquierda no es responsabilizar a los votantes de extrema derecha, porque obviamente tienen responsabilidad, sino considerar que la extrema derecha es tonta o iletrada. Todo lo contrario: la extrema derecha es muy inteligente, esto lo lleva preparando desde hace muchos años y sabe perfectamente lo que hace. Está muy bien instruida, tiene unos pilares ideológicos muy claros y una retórica muy elaborada. Por eso convencen a tanta gente; porque no son ignorantes, no son cuatro cuñaos. 

Entonces, ¿es “la extrema derecha que viste de ejecutivo” a la que deberíamos temer, como decía hace unos años un relator del Parlamento Europeo al que citas en tu libro? 

Efectivamente. La caricatura de la extrema derecha ha sido un lastre que hemos arrastrado durante muchos años. En España se tenía la idea, por una parte, del franquista nostálgico y, por otra parte, de los skinheads. Pero existía una extrema derecha mucho más allá, que se vestía de ejecutivo, que estaba en las universidades y que estaba tomando notas y preparando el terreno. En Europa ya había pasado eso; en España empieza a pasar hace una década más o menos. España sigue la estela de otros países donde la extrema derecha ha entendido que desfilar con emblemas de las SS o escudos franquistas ya no vende mucho, no es buen marketing. Lo que hacen es renovar su discurso para intentar meterse en la democracia y, desde ahí, cuestionar los fundamentos de la propia democracia, que son los derechos humanos.

El año pasado, Alemania –con Merkel aún al frente– señaló a la ultraderecha como principal amenaza para la seguridad del país. ¿En qué punto estaría España, si nos comparamos con el caso alemán? 

Las cifras sobre la violencia y el terrorismo de la extrema derecha en varios países hablan por sí solas. Las agencias de investigación de países como Reino Unido, Estados Unidos o Alemania llevan años alertando de que el terrorismo de extrema derecha está superando en actividad y en víctimas a otro tipo de violencia interna, incluido el terrorismo yihadista. Es obvio que los expertos en estas materias alerten sobre el peligro de estos grupos. 

En el libro cuento cómo han sido las operaciones policiales más importantes que ha habido en España contra grupos nazis. Que el lector interprete cómo se han resuelto. Hay casos que son absolutamente escandalosos. Estos días están juzgando a un señor francotirador que quería asesinar al presidente del Gobierno [condenado el pasado martes a siete años y medio de prisión], el ministro del Interior y el anterior vicepresidente del Gobierno recibieron sobres con balas, el vicepresidente tuvo a una horda de fascistas a las puertas de su casa durante meses acosando a su familia, se han desarticulado bandas nazis con armas. Claro que hay grupos de nazis activos y con intención de ejercer violencia. Por suerte, se están desactivando, pero luego, cuando llegan a juicio, o incluso a nivel mediático, no se les da la importancia que tienen. Hasta que un día tengamos un susto, y entonces nos preguntaremos qué hemos hecho mal. Alumnos llevamos mucho tiempo diciendo que están ahí, que están preparados y que cualquier día puede pasar una desgracia.

¿España tiene un problema con la penetración de la extrema derecha en sus órganos, y ya no hablo del Congreso, sino de la policía, los jueces, etcétera?

Siempre lo ha tenido, en el libro doy cuenta, desde las bandas parapoliciales y el terrirosmo de Estado de principios de los 80 y 90 hasta la tranquilidad con la que ahora mucha gente de estas instituciones exhibe sin ningún pudor sus simpatías por ideologías antidemocráticas, como hemos visto en los chats de los militares, policías desayunando en bares plagados de simbología fascista, militares reivindicando la figura de Franco… Y no existe ninguna sanción. No hay ningún tipo de interés por parte del poder político, mande quien mande, en atajar esto.

Hoy [6 de abril], en Alemania, se ha desmantelado un grupo neonazi y hay un suboficial de las fuerzas armadas detenido. Claro que existen elementos reaccionarios dentro de estos cuerpos. El problema es que existe una absoluta impunidad para estas personas y existe un enorme temor, por parte de los demócratas dentro de estos cuerpos, a denunciarlo. Los que se esconden son quienes denuncian esto, no los que hacen apología. Evidentemente, tenemos un problema.

Con el caso de la guerra de Ucrania y la figura de Vladimir Putin hemos visto cómo la extrema derecha acomoda sin pudor su discurso según las circunstancias y, por lo que cuentas, es un patrón habitual. ¿A sus votantes esto les chirría, o les vale todo? 

Para la extrema derecha vale todo. Pueden decir hoy blanco y mañana negro, pero no pasa nada, porque basan gran parte de su estrategia en la confusión y en la mentira. Y esto tampoco se sanciona luego. ¿Cuántos bulos ha lanzado la extrema derecha que han sido desmentidos y se han seguido repitiendo? Lo hace gente que incluso sabe que es mentira, pero como refuerzan un marco que les interesa, lo repiten hasta la saciedad. Aquí ya no es sólo la extrema derecha: son los medios de comunicación, determinados políticos que también compran esos marcos, etcétera. Recuerdo hace unos años a Pablo Casado diciendo que los inmigrantes se debían adaptar a las costumbres españolas. Escucha, los inmigrantes se deben adaptar a las leyes; en ningún sitio está puesto que deban comer paella los domingos. Los inmigrantes deben cumplir la ley; si luego quieren comer cuscús o ir a la mezquita en vez de a la iglesia, es su decisión.

Hace unos años firmabas con seudónimo. Ahora no. ¿Qué ha cambiado? 

Varias cosas. Ha sido una decisión personal de dar la cara. Por el ambiente hostil que vivía en mi ciudad, Valencia, he sido objeto de amenazas, de señalamientos, y creo que una manera de protegerme también es dando la cara. No soy el único periodista que ha escrito sobre estos temas. Pero muchos de nosotros nos sentimos desamparados, absolutamente. A veces incluso sentimos falta de complicidad entre personas del propio gremio. Creen que porque informamos sobre estos temas dejamos de ser periodistas y pasamos a ser activistas, de una manera despectiva. No es fácil informar sobre estos temas. Quienes tomamos la decisión de poner la cara también lo hacemos por compromiso con la gente anónima, que en muchos casos está poniendo el cuerpo, se la está jugando. 

¿El ambiente sigue siendo igual de hostil?

Sigue igual. Las amenazas las recibí hace años y las sigo recibiendo ahora. Lo único es que aprendes a gestionar esas situaciones o ese miedo. Sería una victoria para ellos que nos echáramos para atrás.

Miquel Ramos: “La extrema derecha quiere normalizar que hay colectivos sin derechos”

El periodista, autor del libro ‘Antifascistas’, critica la ‘estrategia del victimismo del privilegiado’ que se siente amenazado por el feminismo, el movimiento LGTBI o los inmigrantes

Entrevista de María Jesús Cañizares para Crónica Global, 04.04.2022 

Miquel Ramos (Valencia, 1979) analiza en Antifascistas (Capitán Swing) la evolución de la extrema derecha desde los años 90 y de la lucha de grupos antisfascistas por evitar que determinados discursos de odio se normalicen en la sociedad española.

En una entrevista con Crónica Global, el periodista, experto en movimientos sociales, se refiere a la ‘estrategia del victimismo del privilegiado‘, que se siente amenazado por la reclamación de derechos de colectivos como el feminista, el LGTBI o el inmigrante.

–Pregunta: El libro arranca en los 90 con el auge de movimientos neonazis. La muerte de Lucrecia en Madrid, de Sonia en Barcelona. ¿Qué llevaba un joven de entonces a militar en esos movimientos?

–Respuesta: La extrema derecha en España una vez muere el dictador, hay una parte que sigue reivindicando el legado del franquismo. Otra sigue en las estructuras del Estado al no haber depuración de elementos reaccionarios. La judicatura sigue en determinadas estructuras. Y por otro lado, empieza llegar un perfil de la extrema derecha muy similar al resto del mundo. El que empieza con los grupos neonazis y los ultras en el futbol. En una generación que no ha vivido la Transición, no ha vivido el franquismo, tiene cierta seducción, basada en elementos más allá de la ideología. De grupo, de formar parte de algo. Si le das un corpus ideológico, si le das una justificación para ejercer esa violencia, surgen grupos capaces de atacar a colectivos porque los consideran personas sin valor. Por muy aspecto de tribu urbana que tenga, hay una política detrás, hay una construcción ideológica. El nazismo no fue un movimiento pandillero, fue una ideología.

–En su momento, los periodistas debatimos si se debía dar cobertura a determinados movimientos, les encantaba aparecer en los medios.

–Desde el periodismo siempre se ha mantenido esta duda, cómo tratar a la extrema derecha, cuando en aquel momento no estaba en aquellas instituciones. Sin embargo, ejercían una violencia brutal y por mucho que los medios no hablaran de ellos, se sabía que existían. Fue a partir de determinados crímenes muy mediáticos, como el de Sonia, Lucrecia, Guillem Agulló y otros que vinieron después, la prensa no pudo dejar de hablar de un fenómeno que había sido denunciado, pero que todavía se le trataba como violencia urbana, delincuencia juvenil. La pregunta que se plantea entonces el periodista no es si habla de ello, sino cómo. Obviamente, si se pasa todo por un tamiz sensacionalista, no se va a la raíz del asunto, de dónde viene esta gente, de dónde bebe este odio. Es importante contextualizar para explicar la ejecución de esos crímenes. Luego la extrema derecha evoluciona, ya no se dedica solo a dar palizas, intenta disfrazarse de demócrata, Claro que hay que hablar de ella, es problema es saber hablar sin hacer propaganda y sin mitificarlo. Es verdad que algunas veces, queriendo denunciar, se produce un efecto de seducción, de aura de maldad. La actitud del malote. Uno debe ser responsable de los que hace y de lo que escribe.

–Contextualizas en tu libro y explicas el origen. ¿Pero cómo ha evolucionado? La presencia de Vox en las instituciones parte de aquellos años?

–La extrema derecha es plural, es diversa. Igual que la izquierda. Y el fenómeno Vox surge en un momento determinado en que todas esas opciones políticas han fracasado. Ha habido otros intentos similares que no consiguieron el éxito de Vox, a excepción de Plataforma per Catalunya, que consiguió 67 concejales, el mayor éxito de la extrema derecha española desde que Fuerza Nueva dejó de estar representada. No hay que perder de vista también que Vox nace de la casa común de las derechas españolas, en el seno del PP y de la familia neoconservadora, no estrictamente neofascista, pero que recoge gran parte del sentir de este entorno. Vox está diciendo lo mismo que decían los grupos más radicales de extrema derecha de los 90, pero lo dice de otra manera y con un aura democrática, con el aval que le dan millones de votos. Lo que hace es normalizar un discurso, un estilo de hacer política, novedoso en España, pero que en Europa ya funcionaba, ya daba votos y réditos y presencia en las instituciones.

–¿Con el 15M se perdió la oportunidad de contrarrestar eso? ¿Hay menos activismo en el antifascismo?

–El 15M, en el contexto de una crisis económica y movilizaciones sociales, fue muy significativo y marcadamente antifascista. En otros países, la crisis la capitalizó la extrema derecha. El caso más extremo fue Amanecer Dorado, en Grecia, un grupo neonazi que logró cotas de poder inéditas en Europa. Y digo que era marcadamente antifascista porque las medidas que se reivindicaban no hacía distinción por origen nacional o por el color de la piel de las personas que reclamaban derechos, frente a los privilegios de los poderosos que eran intocables. La extrema derecha hizo lo contrario, culpar a las personas inmigrantes, coincidió con la guerra de Siria y se fomentó el miedo a los refugiados. Ese mensaje xenófobo y racista no caló en España. Lo que sucedió después, la institucionalización de una parte de la izquierda, como Podemos, o lo que pasó en Cataluña, han sido factores que han dibujado un escenario diferente y han alumbrado una extrema derecha que parte de un cierto desencanto de la sociedad con esas medidas que planteaba la izquierda. No hay que olvidar que esta extrema derecha está muy bien apoyada por los poderes del Estado. Es profundamente neoliberal, no molesta al statu quo, a los colectivos privilegiados, y cuenta con un buen respaldo mediático y económico. Y una muy buena estrategia. Yo siempre digo que el fascismo no se cura leyendo ni el racismo se cura viajando porque la extrema derecha es muy leída y ha viajado mucho. Hay mucho dinero invertido, mucho potencial intelectual.

–En tu libro abordas el caso de la Librería Europa de Barcelona, con el ultra Pedro Varela al frente. En su momento, los jueces plantearon si su juicio suponía una vulneración de la libertad de expresión.

–La extrema derecha ha sabido usar todas las herramientas del sistema democrático liberal. Desde la libertad de expresión a la libertad de asociación, cuando precisamente su programa quiere acabar con todo esto, con el propio sistema democrático y las libertades públicas. Hay una controversia sobre donde está el límite de la libertad de expresión. Hay artistas que han acabado en la Audiencia Nacional por sus obras, o exiliados, como Valtònyc, o en prisión, como Hasél. Artistas como Willy Toledo, absolutamente estigmatizado por sus ideas políticas. Javier Krahe, Leo Bassi, Fermín Muguruza… Que quien ha pagado la persecución, la censura e incluso la violencia ha sido una parte, mientras que nazis como Varela abanderan la libertad de expresión y se presente como un librero, pues deja mucho que desear. Tenemos un delito todavía que es injurias a la Corona, ultraje a los símbolos nacionales, apología del terrorismo… Leyes que acotan el derecho a la libertad de expresión cuando el ofendido es determinado colectivo. En cambio hacer apología del genocidio o de las cámaras de gas no está tan perseguido. O hacer un homenaje a la División Azul y decir que el judío tiene culpa de todo en el siglo XXI, no se sanciona.

–¿Tenemos una democracia todavía joven, falta más cultura democrática, jueces más valientes?

–La vía punitiva no debe ser la única herramienta para defender la democracia y las libertades públicas, debe ser el último recurso: La extrema derecha apela casi en exclusiva a la vía punitiva para solucionar los problemas sociales. Hay que cambiar la educación, la manera de vacunar contra este tipo de actitudes, contra ese odio. Son valores que no solo se transmiten en la escuela y las universidades, también son responsables los medios de comunicación.

–Parece que incluso hay una especie de negacionismo de la pobreza y la desigualdad.

–Existe el discurso de la meritocracia, el que asegura que eres pobre porque no te esfuerzas. O negar que existe la violencia machista. Se niegan estos problemas porque, si los admites, están obligado a actuar. La desigualdad es inherente al neoliberalismo, cuando culpas a las personas de su propia precariedad y defiendes un sistema que reproduce esta miseria y no la corrige, es que están defendiendo un status quo. Por eso dio que la extrema derecha es profundamente prosistema por mucho que se disfrace de antisistema. No quiere tocas ningún privilegio de las clases dominantes. Yo llamo la estrategia del victimismo del privilegiado. Las feministas son una amenaza para el hombre. El colectivo LGTBI amenaza al colectivo hetero. Los inmigrantes amenazan los privilegios de las personas autóctonas. Es un victimismo que criminaliza a los colectivos que reclaman derechos. Por eso, muchas veces, personas de clase trabajadora votan a la extrema derecha, no porque se hayan leído su programa económico, porque han apelado a alguna de sus identidades: hombre, blanco, español, heterosexual… Agitan un sentimiento de pertenencia a un colectivo amenazado. La extrema derecha juega muy bien en este terreno.

–En el libro hablas de Pablo Iglesias como luchador antifascista. ¿Que ya no esté en el Gobierno es, de alguna forma, un fracaso de una parte de la izquierda?

Pablo Iglesias fue víctima de la extrema derecha en sus años de estudiante y conoce bien los movimientos sociales. Viene de ellos. Y llega a la vicepresidencia del Gobierno, por lo que conoce el sistema desde dentro. Y estando en el Gobierno, la extrema derecha le acosa en su propio domicilio con un sospechosa impunidad, recibe sobres con balas y amenazas de muerte. Pero por otro lado me interesa saber si vale la pena su paso por las instituciones y cómo lo interpreta él. Qué papel ha jugado Podemos, que no tiene mayoría para decidir las políticas, sino para influir en ellas.

–¿La violencia de los años 90 se puede repetir ahora o la institucionalización de la extrema derecha es un freno?

–La presencia de un partido de extrema derecha en las instituciones ha provocado que se normalice un discurso y unas ideas que hace 20 ó 30 años solo defendían los grupos neonazis o neofascistas. Obviamente Vox lo que hace es adornarlas para que no sea tan evidente. Los grupos neonazis no han desaparecido, continúa habiendo violencia en las calles, aunque no es comparable a lo que vivimos en los años 90. El skinhead ha quedado como una caricatura y folklore, pero la extrema derecha neonazi se ha reformado, a veces es difícil de identificar, en la estética y el retórica. Aunque renieguen de un partido como Vox, que consideran tremendamente neoliberal y afín al sistema, admiten por otro lado que está permitiendo normalizar sus ideas. Se sienten cada vez más legitimados en esa criminalización y exclusión de determinados colectivos. Los inmigrantes, los menores inmigrantes, el feminismo, los musulmanes…

–El crimen de Guillem Agulló (militante independentista de izquierdas asesinado en 1993) está muy presente en tu libro. Su responsable solo cumplió cuatro años de cárcel y aspiró a un cargo público. ¿La sociedad actual permitiría eso hoy en día?

–A la judicatura le falta todavía mucha concienciación en materia de protección de las víctimas de crímenes de odio. La legislación sobre delitos de odio se creó para proteger y corregir una desigualdad, como lo fue la de la violencia machista, se ha desnaturalizado de forma alarmante. La extrema derecha habla de violencia intrafamiliar para despojarla de cualquier contexto y de vinculación con las estructuras que generan desigualdad. Pero la ley de delitos de odio se usa muchas veces contra personas que luchan precisamente contra ese odio. Por ejemplo protestar contra una campaña homófoba o machista. O contra grupos neonazis. Una cosa es la carcasa legal y otra cosa es la aplicación. Falta mucha educación en general, no solo en la judicatura y las fuerzas y cuerpos policiales. La sociedad debe reflexionar sobre esta manera tan gratuita de odio y discriminación. Cuestionar que determinados colectivos tengan derecho a tener derechos no augura nada bueno. La extrema derecha quiere revertir este sentido común y presentar sus ideas, no solo como una opinión democrática, sino como un nuevo sentido común. Que a determinados colectivos se les conceden los derechos según nos convenga.