Proteger a los niños de los fascistas

La imagen de una treintena de neonazis enmascarados, arrodillados y esposados frente a varios policías en Coeur d’Alene, Idaho, Estados Unidos, se hizo viral el pasado fin de semana. Eran miembros de la organización Patriot Front, que habían sido arrestados cuando se dirigían hacia los actos del orgullo LGTBI en un parque cercano escondidos en un camión y con un buen arsenal de escudos, bombas de humo y otros objetos que pretendían usar contra la celebración. La intervención de los agentes, tras el aviso de un vecino que se olió algo raro cuando vio a varios señores subiéndose al camión, evitó un altercado que no sabemos muy bien cómo hubiera acabado.

La republicana y miembro de la Cámara, Heather Scott, acompañaba a principios de mayo a los miembros del grupo ultraderechista Panhandle Patriots en una iglesia de Kootenai, también en Idaho. Uno de los militantes ultraderechistas afirmó que lo suyo sería organizar un evento con armas de fuego el mismo día que la Celebración del Orgullo de la ciudad en un parque a menos de una milla de distancia. “En realidad tenemos la intención de ir cara a cara con esta gente. Hay que trazar una línea en la arena. Las buenas personas deben ponerse de pie”.

El acto se titulaba “Plan de juego para eliminar materiales inapropiados en nuestras escuelas y bibliotecas”, y pretendía alertar sobre los contenidos en materia de igualdad que se imparten en los colegios norteamericanos, así como de los libros que tratan estas materias y que están disponibles en las bibliotecas. El mismo mantra que la ultraderecha global ha puesto en el centro del tablero estos últimos años. Lo mismo que lleva tiempo cacareando Vox, y que hace un par de días, Macarena Olona reivindicó en el debate electoral de Canal Sur. Y lo que vino a reafirmar la neofascista italiana Georgia Meloni en el mitin de Vox este fin de semana.

El mismo fin de semana, neonazis franceses se encaramaron a un edificio al paso de la marcha por el Orgullo en Burdeos. Encendieron varias bengalas, gritaron contra los manifestantes y exhibieron una pancarta que pedía ‘proteger a los niños’, también contra lo que se supone que inflige la educación en derechos humanos. Varios canales de Telegram de grupos neonazis llevan semanas publicando las hazañas de sus miembros en varios países robando banderas LGTBI, dañando murales feministas o atacando actos de estos colectivos. Así celebran ellos el mes del Orgullo. También en España.

Un jovencísimo Pedro Zerolo denunciaba a mediados de los 90 en un documental sobre la extrema derecha, que un grupo de nazis había asaltado la marcha del Orgullo en Madrid y había apuñalado a un asistente.

Lejos nos puede parecer que quedan aquellos tiempos en que los nazis salían de caza y se cebaban con los colectivos más vulnerables, o aquellos que salían a reivindicar sus derechos. Pero la realidad es que nunca se fueron, y las agresiones y los ataques contra estos actos y estas personas no han cesado. Hace menos de un año vimos desfilar en el barrio madrileño de Chueca a una panda de neonazis gritando ‘fuera sidosos de Madrid’ con la correspondiente autorización de la Delegación del Gobierno. Quienes seguimos las andanzas de estos grupos recordamos inmediatamente los altercados de 2017 en Murcia, donde varios neonazis armados atacaron la marcha del Orgullo.

La relación entre el discurso de odio de los ultraderechistas mediáticos e institucionalizados y los grupos neonazis que lo materializan en las calles es directa. De hecho, nunca habían contado con tan grandes altavoces y tanta normalización. La ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI que se está llevando a cabo por la nueva ultraderecha aceptada como un actor democrático más, es el combustible necesario para que estos nazis ejerzan la violencia reforzados por sus propagandistas de traje y corbata. Los derechos que creímos conquistados y que no tenían marcha atrás, se encuentran hoy con una amenaza evidente. Es el precio que pagamos todos porque algunos decidieron que los derechos humanos se pueden debatir. Hablamos del colectivo LGTBI, pero lo mismo vale para las mujeres, para las personas migrantes, racializadas, o para cualquier colectivo que reclame los mismos derechos que el resto. Estos no son eternos y se deben pelear día tras día, por todos los medios.

Recientemente se supo que solo en 2020 se registraron 282 delitos de odio contra el colectivo LGTBI. Esta cifra, que recoge los hechos denunciados, es solo la punta del iceberg. La mayoría de estos incidentes no se denuncia. Pasa lo mismo con el racismo, que es mucho mayor a lo que los datos del Ministerio del Interior o las organizaciones especializadas en la materia son capaces de recoger. En demasiadas ocasiones, la desconfianza en las instituciones hace que las víctimas no denuncien. Solo hay que ver, por ejemplo, la reciente e insignificante condena que ha recibido un exlegionario por agredir e insultar a dos personas por su orientación sexual y enfrentarse a la policía: una multa de poco más de dos mil euros y seis meses de prisión.  “Me acaloré”, dijo.

Sin embargo, la conciencia y la sensibilización al respecto también han crecido, y por eso se denuncia más. Y por eso, la ultraderecha está tan interesada en negar que se eduque en materia de igualdad y derechos humanos. Solo así, estos ataques podrían pasar todavía más inadvertidos, impunes, o peor, aceptados, normalizados. Como lo fue la Noche de los Cristales Rotos tras la infección antisemita de gran parte de la sociedad alemana.

Los grupos nazis son los tontos útiles, los ejecutores de estos odios que señoras y señores de alto standing se dedican a promover desde sus mansiones y cortijos contra los más vulnerables para asegurarse así que nada cambie, que la plebe siga peleada y no se le ocurra mirar hacia arriba. “Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley“, manifestó Espinosa de los Monteros en 2020 reforzando el victimismo habitual de los ultraderechistas ante quienes, tal y como él mismo recordaba, sufrían las consecuencias de la normalización del odio en su expresión violenta más cobarde y cruel. Y que hoy lo siguen sufriendo.

A los nazis ya les va bien tener unos buenos padrinos en las instituciones que normalizan lo que estos llevan diciendo toda la vida, mientras periodistas y otros políticos lo aceptan como parte del juego democrático. Así pueden volver a las andadas, a los añorados años 90 en los que salían de caza y tan solo encontraban como oposición a los grupos antifascistas y a los colectivos víctimas que se organizaban para su autodefensa. Los extremos, que llaman algunos. Sin embargo, el muro contra el que se choca esta extrema derecha liberticida es hoy mucho mayor que entonces. Le va a costar derribar el consenso en materia de derechos humanos erigido durante años en el sentido común. Por eso, saben que la estrategia pasa por los libros de texto, por las escuelas, por la censura. Solo un pueblo al que se le niegue la educación en derechos será capaz de tolerar la barbarie.

Miquel Ramos. Público, 15 de juny 2022

Los ecos de Mauthausen en Buffalo

El atentado racista del pasado sábado en Buffalo (EE.UU) que acabó con la vida de diez personas e hirió a decenas, tan solo mereció una simple nota de sucesos en la mayoría medios generalistas. Llueve sobre mojado. Por una parte, se repite el mantra del ‘tiroteo’, una manera de esquivar la palabra ‘atentado’, solo reservada para terroristas, eso es, a personas musulmanas o de otro color de piel. Los blancos son simples enfermos. Los blancos de derechas, solo cuando están locos, son capaces de cometer tamañas atrocidades. Los de color oscuro o dios extraño son fanáticos por naturaleza, por su cultura, quieren decir.

Este terrible atentado tuvo lugar el mismo día que se llevó a cabo el homenaje anual a las víctimas del campo de exterminio de Mauthausen, en Austria, al que asistimos miles de personas de distintas partes del mundo tras dos años sin celebrarse por la pandemia. Ante el monumento a los republicanos españoles (cerca de 7.000 fueron deportados a los campos nazis) que se encuentra en la entrada del campo junto al resto de Estados, uno de los oradores recordó la naturaleza del nazi-fascismo que llevó al exterminio de millones de personas: los artífices del genocidio no eran ignorantes. Ni mucho menos enfermos mentales. Eran personas cultas, bien formadas, que sabían perfectamente lo que hacían y que tenían un proyecto de sociedad bien claro y perfectamente diseñado. Y para llevarlo a cabo, se tenía que estigmatizar, perseguir, capturar, esclavizar y exterminar a una parte de la población. Nada que Occidente no hubiese hecho antes en otros continentes durante la colonización, solo que esta vez, lo hizo con ciudadanos europeos. Primero hubo que deshumanizarlos. Después, la sociedad aceptaría lo que fuese. Y así fue.

Este proyecto excluyente, este discurso de odio y esta deshumanización sigue hoy vigente y de distintas formas asentado en el mismo continente donde se construyeron infinidad de campos como el de Mauthausen. También en España, donde además, no existen museos ni memoriales donde nos concentremos cada año bajo amparo institucional reivindicando el Nunca Más que rubricaron los supervivientes del nazi-fascismo. Hoy, el neofascismo sigue el mismo guion que entonces con otros colectivos, y amparado por la misma indiferencia y equidistancia que hicieron posible el Holocausto, la colonización y los genocidios. Los doce principios que Josef Goebbels, el propagandista de Hitler plasmó y llevó a cabo, se repiten hoy con otros actores y bajo la aceptación y la banalización de la mayoría: MENA, inmigrantes, feminazis, separatistas, moros, gitanos y los que toquen cada vez.

La Teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y otras similares son conspiranoias semejantes a la de los Protocolos de los Sabios de Sion que usaron los nazis para reforzar el antisemitismo ya latente. Esta idea ha sido la que ha inspirado al terrorista norteamericano para asesinar a diez personas negras. Lo que a muchos les parece una chaladura es el mantra que desde hace años usa la extrema derecha para estigmatizar a las personas migrantes y musulmanas, y que se ve reforzado a diario por los medios de comunicación cuando estigmatizan a determinados colectivos. Este supuesto plan estaría urdido por unas élites ocultas (judías, por supuesto) para substituir a la población blanca en Europa por inmigrantes, diluyendo la raza a través del mestizaje y substituyendo la cultura cristiana por la sharía gracias a la izquierda ‘buenista’ que abre fronteras y es complaciente con el Islam. Por eso Breivik ejecutó a 69 adolescentes del partido socialista, los futuros dirigentes de la socialdemocracia noruega; por eso Tarrant entró en una mezquita y mató a 51 personas; y por eso, el asesino de Buffalo ha matado a diez negros, como ya hizo otro neonazi en Hanau, Alemania, en 2020 matando a once personas.

Cansa repetirlo cada vez que hay un atentado neonazi, pero ante la banalización reinante y la normalización de quienes difunden estas ideas, algunos nos lo tomamos como una obligación, y lo repetiremos las veces que haga falta: el terrorismo de extrema derecha es la principal amenaza violenta actual, y estos últimos años se ha incrementado de forma alarmante, superando incluso al terrorismo de corte religioso. Además, las ideas que nutren a estos fascistas son hoy aceptadas como una opción democrática más.

Que, con los cadáveres todavía recientes, esos discursos del gran reemplazo aterricen en las elecciones andaluzas demuestran lo lejos que estamos de estar vacunados contra estos fanáticos neofascistas. “cada vez más españoles y más europeos se sienten extraños en sus barrios de toda la vida, y cunde una sensación de desconcierto y de desposesión, de pérdida de control de sus propias vidas”, dijo Abascal en un acto en Almería.

Son fanáticos, no locos. Alemania no se volvió loca en los años 30. Se fanatizó. Pero sería hipócrita señalar exclusivamente a la ultraderecha como amenaza si no advertimos de la responsabilidad que le corresponde a quienes la dejan hacer, o peor, a quienes compran sus discursos y hasta se comportan como ella. Cuando Josep Borrell dijo que “la inmigración es el disolvente más grave que tiene hoy la Unión Europea”, estaba reforzando esa misma teoría y a quienes la difunden. O cuando Ursula von der Leyen denominó “Protección del Estilo de Vida Europeo” a la vicepresidencia encargada de tratar con la emigración, la seguridad, y la educación. La ultraderecha salió a aplaudirla, como era de esperar.

Y así, no solo con la retórica sino con los hechos, las políticas europeas refuerzan el encaje del neofascismo en el ‘estilo de vida europeo’. Así, la ofensiva reaccionaria está más que envalentonada, no solo contra las personas migrantes, sino contra las mujeres, el colectivo LGTBI, izquierdistas y cualquiera que se salga de su marco. El discurso mainstream dice que hay que respetar todas las opiniones, también las que pretenden acabar con los derechos humanos. Algunos nos resistimos a ello. Es algo que no dejamos de pensar mientras visitábamos las placas en recuerdo de las víctimas de Mauthausen. Esos mismos colectivos que hoy vuelven a tener la necesidad y la obligación de recordar el pasado para no volver a dejar que los herederos ideológicos de quienes fueron sus verdugos ochenta años atrás, vuelvan a repetir la historia. Y la obligación de quienes sabemos que lo que permitió también aquello, y permite hoy la normalización del odio, es la equidistancia y la indiferencia. Estas son las mejores aliadas de quienes pretenden repetir la historia.

Miquel Ramos. Público, 18 de maig 2022

Miquel Ramos: “El mayor pecado de la izquierda es creer que la extrema derecha es tonta o iletrada”

Entrevista al periodista especializado en extrema derecha y autor de ‘Antifascistas’. Por Marina Velasco para el Hufftington Post. 16/04/2022

Miquel Ramos (Valencia, 1979) no había cumplido aún 14 años cuando su profesor entró un día a clase y les contó que un grupo de neonazis había matado a Guillem Agulló, de 18 años, en presencia de una exalumna del colegio. 

Miquel conocía a Guillem de vista, tenían amigos en común, y algo hizo clic en él aquel día. El joven empezó a recopilar recortes de periódico sobre el caso, para después ir ampliando su búsqueda a cualquier agresión perpetrada por la extrema derecha, y fueron muchas. Lo que comenzó siendo una incisiva curiosidad se convirtió, con los años, en un periodismo comprometido y en una labor de investigación y divulgación sobre los movimientos de extrema derecha y de odio.

Ahora Miquel Ramos publica Antifascistas: así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing), un prolijo ensayo donde da cuenta de la ofensiva fascista en España durante las últimas décadas y, sobre todo, de la contraofensiva que se llevó –se lleva– a cabo desde el antifascismo. 

Explica Miquel Ramos en su entrevista con El HuffPost que “el antifascismo no es una manifestación de personas encapuchadas”, sino un compromiso de lucha contra “las extremas derechas” desde “diferentes frentes y diferentes maneras”. Esa llamada es la que quiere hacer con su libro.

El periodista reconoce que la extrema derecha ha cambiado mucho en estos últimos años, ya no sólo por gozar de representación parlamentaria en la actualidad, sino por haber “revertido lo que considerábamos el consenso mínimo democrático”. “Es la infección del sentido común, lo que llaman la batalla cultural, que básicamente consiste en cuestionar los derechos de determinados colectivos: mujeres, comunidad LGTBI, migrantes”, señala. Esto se puede combatir desde diferentes lados. Pero, sobre todo, aquí las instituciones tienen un papel, sostiene Ramos: “Deben dejar de considerar como opiniones respetables aquellas propuestas que van encaminadas a socavar derechos, porque no son una opción democrática más”.

Miquel Ramos defiende, además, que “deben hacerse políticas valientes que frenen ese caldo de cultivo social que hace posible el éxito de las propuestas de extrema derecha, como son la situación de precariedad o los desahucios”. “Estos son temas de los que la extrema derecha no va a hablar”, apunta el periodista. “Utilizan la pantalla de la batalla cultural para esconder que son partidos dentro del sistema, que son neoliberales y que no piensan tocar un solo privilegio de las élites”, asegura.

Esa “infección del sentido común” que comentas ya la han logrado, de algún modo. Personas que hace unos años no se decían de extrema derecha, o ni siquiera de derechas, hoy repiten los mismos mantras que ellos.

Sin ninguna duda. Este es el verdadero éxito de la extrema derecha, más allá del número de diputados que tengan. El verdadero éxito es que hoy sean considerados aceptables determinados discursos racistas, machistas, homófobos y revisionistas, incluso negando las atrocidades del franquismo y apelando a instintos muy primarios, que es una de las bases del fascismo. Evidentemente, no estamos en los años 30, pero hay una tradición ideológica que viene de ahí. Es la idea adaptada al contexto. 

Comentas en una entrevista que la mayoría de los votantes de Vox probablemente ni siquiera sean de extrema derecha. ¿La izquierda ha cometido de algún modo el error de meter a todos en el mismo saco? 

No se puede eximir al votante de extrema derecha de su responsabilidad en haber normalizado una opción de extrema derecha. Creo que hoy la gente tiene la suficiente información como para saber lo que representa y lo que es la extrema derecha. Otra cosa es que se busquen excusas para no encajar que se está votando lo que se está votando.

Otra cosa es que ese votante haya estado motivado por la apelación que hace la extrema derecha a diversas identidades. Si no, no se explicaría que alguien de clase trabajadora vote a un partido extremadamente neoliberal que va en contra de sus intereses de clase. ¿Por qué un obrero vota a la extrema derecha? Porque se le apela a otra identidad, de hombre, blanco, heterosexual, español. Esas teclas que toca la extrema derecha son las que provocan que mucha gente se sienta interpelada más allá de sus intereses de clase, por decirlo así.

Creo que el mayor pecado de la izquierda no es responsabilizar a los votantes de extrema derecha, porque obviamente tienen responsabilidad, sino considerar que la extrema derecha es tonta o iletrada. Todo lo contrario: la extrema derecha es muy inteligente, esto lo lleva preparando desde hace muchos años y sabe perfectamente lo que hace. Está muy bien instruida, tiene unos pilares ideológicos muy claros y una retórica muy elaborada. Por eso convencen a tanta gente; porque no son ignorantes, no son cuatro cuñaos. 

Entonces, ¿es “la extrema derecha que viste de ejecutivo” a la que deberíamos temer, como decía hace unos años un relator del Parlamento Europeo al que citas en tu libro? 

Efectivamente. La caricatura de la extrema derecha ha sido un lastre que hemos arrastrado durante muchos años. En España se tenía la idea, por una parte, del franquista nostálgico y, por otra parte, de los skinheads. Pero existía una extrema derecha mucho más allá, que se vestía de ejecutivo, que estaba en las universidades y que estaba tomando notas y preparando el terreno. En Europa ya había pasado eso; en España empieza a pasar hace una década más o menos. España sigue la estela de otros países donde la extrema derecha ha entendido que desfilar con emblemas de las SS o escudos franquistas ya no vende mucho, no es buen marketing. Lo que hacen es renovar su discurso para intentar meterse en la democracia y, desde ahí, cuestionar los fundamentos de la propia democracia, que son los derechos humanos.

El año pasado, Alemania –con Merkel aún al frente– señaló a la ultraderecha como principal amenaza para la seguridad del país. ¿En qué punto estaría España, si nos comparamos con el caso alemán? 

Las cifras sobre la violencia y el terrorismo de la extrema derecha en varios países hablan por sí solas. Las agencias de investigación de países como Reino Unido, Estados Unidos o Alemania llevan años alertando de que el terrorismo de extrema derecha está superando en actividad y en víctimas a otro tipo de violencia interna, incluido el terrorismo yihadista. Es obvio que los expertos en estas materias alerten sobre el peligro de estos grupos. 

En el libro cuento cómo han sido las operaciones policiales más importantes que ha habido en España contra grupos nazis. Que el lector interprete cómo se han resuelto. Hay casos que son absolutamente escandalosos. Estos días están juzgando a un señor francotirador que quería asesinar al presidente del Gobierno [condenado el pasado martes a siete años y medio de prisión], el ministro del Interior y el anterior vicepresidente del Gobierno recibieron sobres con balas, el vicepresidente tuvo a una horda de fascistas a las puertas de su casa durante meses acosando a su familia, se han desarticulado bandas nazis con armas. Claro que hay grupos de nazis activos y con intención de ejercer violencia. Por suerte, se están desactivando, pero luego, cuando llegan a juicio, o incluso a nivel mediático, no se les da la importancia que tienen. Hasta que un día tengamos un susto, y entonces nos preguntaremos qué hemos hecho mal. Alumnos llevamos mucho tiempo diciendo que están ahí, que están preparados y que cualquier día puede pasar una desgracia.

¿España tiene un problema con la penetración de la extrema derecha en sus órganos, y ya no hablo del Congreso, sino de la policía, los jueces, etcétera?

Siempre lo ha tenido, en el libro doy cuenta, desde las bandas parapoliciales y el terrirosmo de Estado de principios de los 80 y 90 hasta la tranquilidad con la que ahora mucha gente de estas instituciones exhibe sin ningún pudor sus simpatías por ideologías antidemocráticas, como hemos visto en los chats de los militares, policías desayunando en bares plagados de simbología fascista, militares reivindicando la figura de Franco… Y no existe ninguna sanción. No hay ningún tipo de interés por parte del poder político, mande quien mande, en atajar esto.

Hoy [6 de abril], en Alemania, se ha desmantelado un grupo neonazi y hay un suboficial de las fuerzas armadas detenido. Claro que existen elementos reaccionarios dentro de estos cuerpos. El problema es que existe una absoluta impunidad para estas personas y existe un enorme temor, por parte de los demócratas dentro de estos cuerpos, a denunciarlo. Los que se esconden son quienes denuncian esto, no los que hacen apología. Evidentemente, tenemos un problema.

Con el caso de la guerra de Ucrania y la figura de Vladimir Putin hemos visto cómo la extrema derecha acomoda sin pudor su discurso según las circunstancias y, por lo que cuentas, es un patrón habitual. ¿A sus votantes esto les chirría, o les vale todo? 

Para la extrema derecha vale todo. Pueden decir hoy blanco y mañana negro, pero no pasa nada, porque basan gran parte de su estrategia en la confusión y en la mentira. Y esto tampoco se sanciona luego. ¿Cuántos bulos ha lanzado la extrema derecha que han sido desmentidos y se han seguido repitiendo? Lo hace gente que incluso sabe que es mentira, pero como refuerzan un marco que les interesa, lo repiten hasta la saciedad. Aquí ya no es sólo la extrema derecha: son los medios de comunicación, determinados políticos que también compran esos marcos, etcétera. Recuerdo hace unos años a Pablo Casado diciendo que los inmigrantes se debían adaptar a las costumbres españolas. Escucha, los inmigrantes se deben adaptar a las leyes; en ningún sitio está puesto que deban comer paella los domingos. Los inmigrantes deben cumplir la ley; si luego quieren comer cuscús o ir a la mezquita en vez de a la iglesia, es su decisión.

Hace unos años firmabas con seudónimo. Ahora no. ¿Qué ha cambiado? 

Varias cosas. Ha sido una decisión personal de dar la cara. Por el ambiente hostil que vivía en mi ciudad, Valencia, he sido objeto de amenazas, de señalamientos, y creo que una manera de protegerme también es dando la cara. No soy el único periodista que ha escrito sobre estos temas. Pero muchos de nosotros nos sentimos desamparados, absolutamente. A veces incluso sentimos falta de complicidad entre personas del propio gremio. Creen que porque informamos sobre estos temas dejamos de ser periodistas y pasamos a ser activistas, de una manera despectiva. No es fácil informar sobre estos temas. Quienes tomamos la decisión de poner la cara también lo hacemos por compromiso con la gente anónima, que en muchos casos está poniendo el cuerpo, se la está jugando. 

¿El ambiente sigue siendo igual de hostil?

Sigue igual. Las amenazas las recibí hace años y las sigo recibiendo ahora. Lo único es que aprendes a gestionar esas situaciones o ese miedo. Sería una victoria para ellos que nos echáramos para atrás.

Miquel Ramos: “La extrema derecha quiere normalizar que hay colectivos sin derechos”

El periodista, autor del libro ‘Antifascistas’, critica la ‘estrategia del victimismo del privilegiado’ que se siente amenazado por el feminismo, el movimiento LGTBI o los inmigrantes

Entrevista de María Jesús Cañizares para Crónica Global, 04.04.2022 

Miquel Ramos (Valencia, 1979) analiza en Antifascistas (Capitán Swing) la evolución de la extrema derecha desde los años 90 y de la lucha de grupos antisfascistas por evitar que determinados discursos de odio se normalicen en la sociedad española.

En una entrevista con Crónica Global, el periodista, experto en movimientos sociales, se refiere a la ‘estrategia del victimismo del privilegiado‘, que se siente amenazado por la reclamación de derechos de colectivos como el feminista, el LGTBI o el inmigrante.

–Pregunta: El libro arranca en los 90 con el auge de movimientos neonazis. La muerte de Lucrecia en Madrid, de Sonia en Barcelona. ¿Qué llevaba un joven de entonces a militar en esos movimientos?

–Respuesta: La extrema derecha en España una vez muere el dictador, hay una parte que sigue reivindicando el legado del franquismo. Otra sigue en las estructuras del Estado al no haber depuración de elementos reaccionarios. La judicatura sigue en determinadas estructuras. Y por otro lado, empieza llegar un perfil de la extrema derecha muy similar al resto del mundo. El que empieza con los grupos neonazis y los ultras en el futbol. En una generación que no ha vivido la Transición, no ha vivido el franquismo, tiene cierta seducción, basada en elementos más allá de la ideología. De grupo, de formar parte de algo. Si le das un corpus ideológico, si le das una justificación para ejercer esa violencia, surgen grupos capaces de atacar a colectivos porque los consideran personas sin valor. Por muy aspecto de tribu urbana que tenga, hay una política detrás, hay una construcción ideológica. El nazismo no fue un movimiento pandillero, fue una ideología.

–En su momento, los periodistas debatimos si se debía dar cobertura a determinados movimientos, les encantaba aparecer en los medios.

–Desde el periodismo siempre se ha mantenido esta duda, cómo tratar a la extrema derecha, cuando en aquel momento no estaba en aquellas instituciones. Sin embargo, ejercían una violencia brutal y por mucho que los medios no hablaran de ellos, se sabía que existían. Fue a partir de determinados crímenes muy mediáticos, como el de Sonia, Lucrecia, Guillem Agulló y otros que vinieron después, la prensa no pudo dejar de hablar de un fenómeno que había sido denunciado, pero que todavía se le trataba como violencia urbana, delincuencia juvenil. La pregunta que se plantea entonces el periodista no es si habla de ello, sino cómo. Obviamente, si se pasa todo por un tamiz sensacionalista, no se va a la raíz del asunto, de dónde viene esta gente, de dónde bebe este odio. Es importante contextualizar para explicar la ejecución de esos crímenes. Luego la extrema derecha evoluciona, ya no se dedica solo a dar palizas, intenta disfrazarse de demócrata, Claro que hay que hablar de ella, es problema es saber hablar sin hacer propaganda y sin mitificarlo. Es verdad que algunas veces, queriendo denunciar, se produce un efecto de seducción, de aura de maldad. La actitud del malote. Uno debe ser responsable de los que hace y de lo que escribe.

–Contextualizas en tu libro y explicas el origen. ¿Pero cómo ha evolucionado? La presencia de Vox en las instituciones parte de aquellos años?

–La extrema derecha es plural, es diversa. Igual que la izquierda. Y el fenómeno Vox surge en un momento determinado en que todas esas opciones políticas han fracasado. Ha habido otros intentos similares que no consiguieron el éxito de Vox, a excepción de Plataforma per Catalunya, que consiguió 67 concejales, el mayor éxito de la extrema derecha española desde que Fuerza Nueva dejó de estar representada. No hay que perder de vista también que Vox nace de la casa común de las derechas españolas, en el seno del PP y de la familia neoconservadora, no estrictamente neofascista, pero que recoge gran parte del sentir de este entorno. Vox está diciendo lo mismo que decían los grupos más radicales de extrema derecha de los 90, pero lo dice de otra manera y con un aura democrática, con el aval que le dan millones de votos. Lo que hace es normalizar un discurso, un estilo de hacer política, novedoso en España, pero que en Europa ya funcionaba, ya daba votos y réditos y presencia en las instituciones.

–¿Con el 15M se perdió la oportunidad de contrarrestar eso? ¿Hay menos activismo en el antifascismo?

–El 15M, en el contexto de una crisis económica y movilizaciones sociales, fue muy significativo y marcadamente antifascista. En otros países, la crisis la capitalizó la extrema derecha. El caso más extremo fue Amanecer Dorado, en Grecia, un grupo neonazi que logró cotas de poder inéditas en Europa. Y digo que era marcadamente antifascista porque las medidas que se reivindicaban no hacía distinción por origen nacional o por el color de la piel de las personas que reclamaban derechos, frente a los privilegios de los poderosos que eran intocables. La extrema derecha hizo lo contrario, culpar a las personas inmigrantes, coincidió con la guerra de Siria y se fomentó el miedo a los refugiados. Ese mensaje xenófobo y racista no caló en España. Lo que sucedió después, la institucionalización de una parte de la izquierda, como Podemos, o lo que pasó en Cataluña, han sido factores que han dibujado un escenario diferente y han alumbrado una extrema derecha que parte de un cierto desencanto de la sociedad con esas medidas que planteaba la izquierda. No hay que olvidar que esta extrema derecha está muy bien apoyada por los poderes del Estado. Es profundamente neoliberal, no molesta al statu quo, a los colectivos privilegiados, y cuenta con un buen respaldo mediático y económico. Y una muy buena estrategia. Yo siempre digo que el fascismo no se cura leyendo ni el racismo se cura viajando porque la extrema derecha es muy leída y ha viajado mucho. Hay mucho dinero invertido, mucho potencial intelectual.

–En tu libro abordas el caso de la Librería Europa de Barcelona, con el ultra Pedro Varela al frente. En su momento, los jueces plantearon si su juicio suponía una vulneración de la libertad de expresión.

–La extrema derecha ha sabido usar todas las herramientas del sistema democrático liberal. Desde la libertad de expresión a la libertad de asociación, cuando precisamente su programa quiere acabar con todo esto, con el propio sistema democrático y las libertades públicas. Hay una controversia sobre donde está el límite de la libertad de expresión. Hay artistas que han acabado en la Audiencia Nacional por sus obras, o exiliados, como Valtònyc, o en prisión, como Hasél. Artistas como Willy Toledo, absolutamente estigmatizado por sus ideas políticas. Javier Krahe, Leo Bassi, Fermín Muguruza… Que quien ha pagado la persecución, la censura e incluso la violencia ha sido una parte, mientras que nazis como Varela abanderan la libertad de expresión y se presente como un librero, pues deja mucho que desear. Tenemos un delito todavía que es injurias a la Corona, ultraje a los símbolos nacionales, apología del terrorismo… Leyes que acotan el derecho a la libertad de expresión cuando el ofendido es determinado colectivo. En cambio hacer apología del genocidio o de las cámaras de gas no está tan perseguido. O hacer un homenaje a la División Azul y decir que el judío tiene culpa de todo en el siglo XXI, no se sanciona.

–¿Tenemos una democracia todavía joven, falta más cultura democrática, jueces más valientes?

–La vía punitiva no debe ser la única herramienta para defender la democracia y las libertades públicas, debe ser el último recurso: La extrema derecha apela casi en exclusiva a la vía punitiva para solucionar los problemas sociales. Hay que cambiar la educación, la manera de vacunar contra este tipo de actitudes, contra ese odio. Son valores que no solo se transmiten en la escuela y las universidades, también son responsables los medios de comunicación.

–Parece que incluso hay una especie de negacionismo de la pobreza y la desigualdad.

–Existe el discurso de la meritocracia, el que asegura que eres pobre porque no te esfuerzas. O negar que existe la violencia machista. Se niegan estos problemas porque, si los admites, están obligado a actuar. La desigualdad es inherente al neoliberalismo, cuando culpas a las personas de su propia precariedad y defiendes un sistema que reproduce esta miseria y no la corrige, es que están defendiendo un status quo. Por eso dio que la extrema derecha es profundamente prosistema por mucho que se disfrace de antisistema. No quiere tocas ningún privilegio de las clases dominantes. Yo llamo la estrategia del victimismo del privilegiado. Las feministas son una amenaza para el hombre. El colectivo LGTBI amenaza al colectivo hetero. Los inmigrantes amenazan los privilegios de las personas autóctonas. Es un victimismo que criminaliza a los colectivos que reclaman derechos. Por eso, muchas veces, personas de clase trabajadora votan a la extrema derecha, no porque se hayan leído su programa económico, porque han apelado a alguna de sus identidades: hombre, blanco, español, heterosexual… Agitan un sentimiento de pertenencia a un colectivo amenazado. La extrema derecha juega muy bien en este terreno.

–En el libro hablas de Pablo Iglesias como luchador antifascista. ¿Que ya no esté en el Gobierno es, de alguna forma, un fracaso de una parte de la izquierda?

Pablo Iglesias fue víctima de la extrema derecha en sus años de estudiante y conoce bien los movimientos sociales. Viene de ellos. Y llega a la vicepresidencia del Gobierno, por lo que conoce el sistema desde dentro. Y estando en el Gobierno, la extrema derecha le acosa en su propio domicilio con un sospechosa impunidad, recibe sobres con balas y amenazas de muerte. Pero por otro lado me interesa saber si vale la pena su paso por las instituciones y cómo lo interpreta él. Qué papel ha jugado Podemos, que no tiene mayoría para decidir las políticas, sino para influir en ellas.

–¿La violencia de los años 90 se puede repetir ahora o la institucionalización de la extrema derecha es un freno?

–La presencia de un partido de extrema derecha en las instituciones ha provocado que se normalice un discurso y unas ideas que hace 20 ó 30 años solo defendían los grupos neonazis o neofascistas. Obviamente Vox lo que hace es adornarlas para que no sea tan evidente. Los grupos neonazis no han desaparecido, continúa habiendo violencia en las calles, aunque no es comparable a lo que vivimos en los años 90. El skinhead ha quedado como una caricatura y folklore, pero la extrema derecha neonazi se ha reformado, a veces es difícil de identificar, en la estética y el retórica. Aunque renieguen de un partido como Vox, que consideran tremendamente neoliberal y afín al sistema, admiten por otro lado que está permitiendo normalizar sus ideas. Se sienten cada vez más legitimados en esa criminalización y exclusión de determinados colectivos. Los inmigrantes, los menores inmigrantes, el feminismo, los musulmanes…

–El crimen de Guillem Agulló (militante independentista de izquierdas asesinado en 1993) está muy presente en tu libro. Su responsable solo cumplió cuatro años de cárcel y aspiró a un cargo público. ¿La sociedad actual permitiría eso hoy en día?

–A la judicatura le falta todavía mucha concienciación en materia de protección de las víctimas de crímenes de odio. La legislación sobre delitos de odio se creó para proteger y corregir una desigualdad, como lo fue la de la violencia machista, se ha desnaturalizado de forma alarmante. La extrema derecha habla de violencia intrafamiliar para despojarla de cualquier contexto y de vinculación con las estructuras que generan desigualdad. Pero la ley de delitos de odio se usa muchas veces contra personas que luchan precisamente contra ese odio. Por ejemplo protestar contra una campaña homófoba o machista. O contra grupos neonazis. Una cosa es la carcasa legal y otra cosa es la aplicación. Falta mucha educación en general, no solo en la judicatura y las fuerzas y cuerpos policiales. La sociedad debe reflexionar sobre esta manera tan gratuita de odio y discriminación. Cuestionar que determinados colectivos tengan derecho a tener derechos no augura nada bueno. La extrema derecha quiere revertir este sentido común y presentar sus ideas, no solo como una opinión democrática, sino como un nuevo sentido común. Que a determinados colectivos se les conceden los derechos según nos convenga.

Conversa amb Jordi Borràs i Miquel Ramos sobre extrema dreta

Amb un mes de diferència, el fotoperiodista català Jordi Borràs (Barcelona, 1981) i el periodista valencià Miquel Ramos (València, 1979) han publicat els seus darrers llibres. Tots els colors del negre (Ara Llibres), de Borràs, i Antifascistas (Capitán Swing), de Ramos, esdevenen les dues cares d’una fotografia: el creixement de l’extrema dreta i els moviments que s’han articulat des de mitjans dels vuitanta per combatre-la. Amb els dos autors fem un recorregut per la memòria amb la vista posada en el present i en el futur. Parlem dels crims del feixisme i de l’estigmatització dels qui lluiten contra l’odi, passant pel paper dels mitjans de comunicació, dels cossos policials i de les esquerres. 

Laura Aznar, Crític, 07/04/2022 

La forma com arrenqueu els dos llibres és bastant similar. En un dels primers capítols de Tots els colors del negre el Jordi recorda l’assassinat de Roger Albert a les mans d’un grup de neonazis a principis dels 2000. Per què parteixes d’aquí?

Jordi Borràs: El cas del Roger Albert és un dels fets que a mi em toquen de prop en molts sentits: jo tenia 23 anys i el coneixia des de petit; però, a més, això va passar a uns 300 metres de casa meva. El silenci que va envoltar aquest cas va ser molt bèstia. Es tracta d’un crim d’odi més, un de tants, que ha quedat soterrat en l’oblit. Són morts de segona, i fins i tot la investigació policial i el procediment judicial així ho demostren. 

A l’inici d’Antifascistas, se situa el lector en la temàtica a partir de l’assassinat de Guillem Agulló, el qual, diu el Miquel, “va despertar alguna cosa en una generació de joves que començava a interessar-se per la política”. 

Miquel Ramos: A principis dels noranta ja s’havien produït altres crims d’odi perpetrats per grups de neonazis, com el de la Lucrecia, una dona migrant i negra assassinada a Madrid, o el de la Sonia, una dona trans que va ser assassinada a Barcelona. El cas del Guillem, a més, fou un avís a la gent jove que començava a interessar-se per la política: la violència neonazi apuntava ja no només cap als col·lectius vulnerabilitzats pels quals ningú no es preocupava, sinó que atacava directament els que defensaven unes idees polítiques. El Guillem era independentista i un antifeixista militant, i la gent de la meva generació que començava a interessar-se per aquests temes s’ho va sentir com a seu. Era una apel·lació directa: podria haver estat qualsevol de nosaltres.

Jo diria que aquest fil es manté, que això ha passat amb diverses generacions de joves. Per què va ser un cas tan icònic?

M. R.: Fins aleshores no hi havia hagut, a la nostra generació, cap cas així. Posteriorment, n’hi hauria més: l’assassinat de Carlos Palomino, el del Richard, i molta violència que no va acabar en assassinat, però que va produir molta por i un clima d’hostilitat absolut. El cas del Guillem segueix sent un símbol de l’antifeixisme també pel treball que han fet la família, els amics, i fins i tot la gent que no el va conèixer, però que va fer-se seva la causa. No només pel crim en si, sinó per com es va desenvolupar el judici, la impunitat, la criminalització que va rebre la víctima, i per la banalització per part dels poders públics. Trenta anys després encara segueix el compromís de tota la gent que en aquell moment va dir “Ni oblit ni perdó” i que la lluita continua.

Hi ha altres elements comuns en els dos llibres. Un d’aquests elements és la figura de Xavier Vinader i el reconeixement de la seva tasca periodística escrutant l’extrema dreta. Fins a quin punt va representar un punt d’inflexió en el periodisme d’investigació?

J. B.: El Xavier Vinader és el pare del periodisme d’investigació actual. Ja hi havia periodistes d’investigació i referents d’abans de la dictadura, però Vinader practica mètodes innovadors i fa un periodisme molt militant. Aquí s’ajunta un seguit de factors, com el fet que una part dels mitjans dels setanta aposten per la investigació i que, amb la Transició, hi ha un escenari de possible ruptura, tot i que després s’esvaeix i es produeix el gran pacte del 78. Aquest periodisme molesta i els empresaris se’n comencen a retirar, però el llegat de Vinader el mantenen encara diversos mitjans, com pot ser la Directa o com pot ser CRÍTIC, mitjans i periodistes que entenen el periodisme com una eina de transformació social. Llavors, hi ha alguna gent que, per deslegitimar la nostra feina, ens diu que som activistes en comptes de periodistes. Jo soc honest amb el que faig, i les dades no me les invento: surten d’algun lloc.

M. R.: No hi ha major activisme dins del periodisme que aquell que no qüestiona l’statu quo. Els qui ens dediquem a aquesta professió amb voluntat transformadora és perquè entenem que el periodisme ha de fiscalitzar el poder, no fer-ne propaganda. I vivim en un Estat on l’extrema dreta forma part del poder. També hi ha molts periodistes que han tractat d’aquesta qüestió d’una manera honesta i valenta des dels mitjans convencionals i fins i tot conservadors, i aquest compromís també implica trencar el mite del periodista escèptic, que fa de notari de la realitat: si els que se situen per damunt del bé i del mal, possiblement per estigmatitzar els que prenem partit, ens volen dir que som activistes, doncs que ens diguin com vulguen.

L’extrema dreta no ha de tenir veu als mitjans de comunicació o, per contra, se l’ha de deixar participar-hi per tal de confrontar les seves idees? 

J. B.: És que moltes vegades, amb l’excusa de confrontar, el que es busca és l’espectacle. Hem de partir de la base que, com deia Matteotti, el feixisme no és una opinió: és un crim. No és el mateix un debat entre forces progressistes, liberals i conservadores, per moltes discrepàncies que hi hagi, que si s’hi afegeix una organització de l’extrema dreta. És una trampa que, des d’una concepció pseudoliberal, es digui que totes les opinions són respectables. Doncs no, i aquest és el gran error que fa que moltes vegades es doni espai a idees potencialment criminals.

M. R.: El debat no és si parlar o no parlar de l’extrema dreta. De fet, durant els anys noranta ens queixàvem que no se’n parlava, i això va canviar quan els crims que cometia ja no es podien amagar. El tema és com parlem de l’extrema dreta, i una de les premisses bàsiques del periodisme, a banda de desmuntar les seves mentides, és no comprar els seus marcs. Moltes vegades no fa ni falta convidar l’extrema dreta i que et conte com de perillosa és la immigració, els ocupes, com d’egoistes són els catalans o com de capritxoses són les feministes, perquè ja se n’ocupen alguns mitjans de tenir una programació que, dia rere dia, abona aquestes tesis. Moltes vegades sembren els marcs de l’extrema dreta, que després en cull els fruits.

Antifascistas parles de l’estigmatització de l’antifeixisme, de la reducció d’aquest moviment a una tribu urbana. Quines implicacions té aquest reduccionisme?

M. R.: Aquesta lectura interessada és una estratègia per negar que existeix un problema. Parlar de la violència de l’extrema dreta envers diferents col·lectius i reduir-la a una baralla entre tribus urbanes és una forma intencionada de despolititzar el conflicte i de criminalitzar els únics que han combatut l’amenaça que suposa. Aquest era el relat del poder i és un discurs que encara es reprodueix quan es posa al mateix sac a qui demostre que el problema és real, i el victimari; els feixistes i els antifeixistes, els racistes i els antiracistes, el masclisme i el feminisme.

J. B.: Fins i tot el PSOE ha caigut en la trampa volguda d’entendre l’antifeixisme com una idea radicalitzada i violenta. Hem de proclamar-nos orgullosament antifeixistes en el moment en què ens proclamem demòcrates. I això cadascú ho ha de fer com vulgui: anant a una manifestació o parlant amb el veí. No només existeix el prototip mental de jove antifeixista encaputxat, que també el necessitem per plantar cara al carrer. La qüestió és que, a Alemanya, el gruix dels que planten cara és molt més ampli, perquè també inclou els democratacristians, els socialdemòcrates o l’Església luterana. Aquí, això, no ho veig.

La concepció de les agressions de l’extrema dreta i de la resposta antifeixista com si es tractés de “dues tribus urbanes confrontades” o d’una “batalla entre bandes” també és en l’imaginari dels cossos policials?

M. R.: Però a quina banda pertany Violeta Friedman, supervivent de l’Holocaust? A quina tribu urbana pertany Xavier Vinader? I els supervivents de Mauthausen? Òbviament, no és una batalla entre bandes; és una batalla dels drets humans i la democràcia contra els qui se la volen carregar. Aquest relat fals ha estat institucionalitzat per part dels mitjans i de la mateixa policia, que no només ho tracta tot com si fossin tribus urbanes, sinó que, a més, té una doble vara de mesurar. La violència policial que s’exerceix contra els moviments socials d’esquerres, ja no només els antifeixistes, no la veiem quan hi ha manifestacions d’extrema dreta. Són fets objectius. Que cadascú en tregue les seves conclusions.

En els dos llibres denuncieu la connivència entre l’extrema dreta i la policia. Aquesta és la conseqüència del fet que no va existir una depuració dins dels cossos policials després del règim franquista?

J. B.: Podem trobar vincles entre els cossos policials i els primers grupuscles d’extrema dreta a principis del segle XX: la Liga Patriótica Española, per exemple, es va fundar el 1918 a Barcelona i tenia l’objectiu de batre el catalanisme, que entenien que era la personificació de l’amenaça contra Espanya. I qui hi havia dins d’aquesta organització? Policies, carlins urbans, militars, etc. Aquest vincle ha existit sempre i ha perdurat fins avui. I la dictadura l’endureix. 

M. R.: I, si encara continua, és perquè no hi ha voluntat política per trencar-lo. Jo he publicat diverses informacions que m’han filtrat agents amb la condició que no revele la font, perquè tenien por. Que un policia que es considera demòcrata haja de recórrer a un periodista per denunciar pràctiques absolutament antidemocràtiques amb tics feixistes, i que no hi haja cap sanció, és per manca de voluntat. Únicament. No és normal que hi haja agents en un bar prenent cafè sota una bandera de la Falange i vestits d’uniforme. O que en un xat diguen que cal afusellar mig Espanya. Qui no veja que hi ha un problema, és que està una mica cec.

A Espanya, la majoria de forces polítiques, fins i tot les progressistes, no han condemnat mai el terrorisme d’Estat, els GAL, ni la utilització de l’extrema dreta en la guerra bruta contra l’independentisme i les esquerres.

M. R.: Això seria com reconèixer un mal que no estan disposats a reparar. L’Estat no només no es fa responsable de les seves pròpies misèries, sinó que també ha indultat els artífexs del terrorisme d’Estat. Però, és clar, què es pot esperar d’un Estat on torturadors del règim, com Billy el Niño, moren amb les medalles posades? Espanya té molts comptes pendents amb les víctimes que ella mateixa ha provocat. I aquí, qui ha donat una lliçó en el sentit contrari és la societat civil, les mateixes víctimes i fins i tot algunes de les víctimes d’ETA, que han exigit que també es reconeguin les causades pel terrorisme d’Estat.

Seguint amb el paper de l’esquerra espanyola, el Jordi és molt crític amb el fet que veus com les de Pablo Iglesias, en el seu moment vinculessin l’independentisme amb el despertar del feixisme. 

J. B.: La meva lectura és que Iglesias, a la seva manera, també es va sumar a l’onada espanyolista. És una animalada del nivell que algú de Die Linke digui que la culpa de l’aparició d’Alternativa per Alemanya va ser dels refugiats sirians. És com dir que el feminisme ha despertat el feixisme. Però, en canvi, això no se li hauria acudit dir-ho. Llavors, per què passa? Doncs perquè l’anticatalanisme, a l’Estat, suma; siguis de dretes o d’esquerres.

El Miquel, de fet, li ho pregunta directament quan entrevista Pablo Iglesias en el seu llibre. 

M. R.: Iglesias ha conegut l’antifeixisme des de dintre i ha patit la violència de l’extrema dreta. Jo li vaig preguntar per aquesta frase, i ell matisa les seves paraules. De totes maneres, sí que és cert que l’anticatalanisme suma a l’Estat espanyol, i al País Valencià ni te cuento! Ha sigut la bandera de l’extrema dreta des de la Transició fins a l’actualitat. I aquí jo llance una pregunta: és evident que no totes les persones que es van manifestar en contra del referèndum ho van fer des de postures no democràtiques, però com és possible que tot el rèdit d’aquest discurs l’hagi obtingut l’extrema dreta? Alguna reflexió hauran de fer. Per què anaven amb la mateixa pancarta a les manifestacions contra l’independentisme? Possiblement ho hagueren pogut fer millor si el marc no hagués estat el de l’“A por ellos”; però, en el moment en què tots entren en aquest relat, l’extrema dreta hi està ben còmoda. 

Al respecte, després del 12-O de 2016 i en més d’una ocasió, Jordi, has dit que et preocupa més el fet que partits democràtics s’hagin manifestat amb l’extrema dreta que no pas les mateixes concentracions de la ultradreta. El PP, C’s i fins i tot el PSC han blanquejat l’extrema dreta?

J. B.: I tant! Tenim la foto de Miquel Iceta manifestant-se al costat d’Ortega Smith, darrere d’una pancarta de Societat Civil Catalana, juntament amb dirigents del PP i de C’s, i davant de tota la fauna de la ultradreta nazifeixista. Aquella foto, no hi ha res que l’esborri. El PSC ha jugat a aquest joc; ja ho va fer el 2014, quan es va crear Societat Civil Catalana: Joaquim Coll, que havia estat al Partit Socialista, va ser al costat de Jorge Buxadé, un dels fundadors de l’entitat, que ara és a Vox i que ja havia estat candidat de la Falange en dues ocasions. Però és que, com dèiem, hem de tenir en compte que el Partit Socialista va fundar una banda armada amb mercenaris de la ultradreta. Poden fer les declaracions que vulguin, però la realitat és aquesta.

Això ha ajudat que Vox sigui on és?

J. B.: És clar. El gran èxit de l’extrema dreta no és ser tercera força al Congrés, sinó que hi hagi partits que hagin assumit bona part de les seves propostes i proclames. S’han dretanitzat els parlaments: aquesta és la victòria de la dreta populista. Fixa’t que l’aplicació del 155, que va avalar el PSOE, només la reclamaven els pocs militants que reunia Vox davant de la Subdelegació del Govern espanyol a Barcelona, quan ningú sabia què era l’article 155. L’extrema dreta espanyola ja era una realitat, i això ho demostra l’ascens de Vox en només cinc anys, però aquí, a més, ha tingut un accelerador turbofatxa: la benzina ja hi era, i tots aquests partits hi han col·laborat. Sobretot Ciutadans, que és el paradigma de la catifa vermella que s’ha posat a l’extrema dreta.

També denuncieu la impunitat amb la qual ha actuat l’extrema dreta. A l’Estat espanyol no va ser fins a la reforma del Codi penal de 1995 que la provocació a l’odi o la negació de l’Holocaust es van tipificar com a delictes. Per a què ha servit aquesta figura jurídica?

M. R.: Era un dels reclams de les víctimes; però, quan arriba aquesta legislació, passe exactament el mateix que està intentant fer Vox amb la llei contra la violència masclista: es desnaturalitza. El delicte d’odi fou creat per protegir els col·lectius que són víctimes d’un odi estructural, com és el racisme, l’homofòbia i tots els discursos que abandera l’extrema dreta. Si acabes condemnant per delicte d’odi algú que es manifesta contra l’homofòbia o contra el racisme, aquesta eina esdevé un instrument de l’Estat contra la dissidència. Jo no soc partidari d’abolir aquesta figura legal, sinó que s’interprete bé. Cal reconèixer que hi ha un problema estructural; negar la seva existència t’eximeix d’actuar en conseqüència per corregir-lo. 

Parleu de la capacitat de l’extrema dreta per reinventar-se, de la seva mutació pel que fa a l’estètica, als discursos, a les formes. La resposta de l’antifeixisme, davant d’aquest neofeixisme, també s’ha de repensar?

J. B.: L’extrema dreta ja no va amb el cap rapat ni amb botes amb la puntera de ferro. Aquesta imatge ja és anecdòtica, malgrat que encara existeixi. Tanmateix, conserven el rerefons de les mateixes idees, però amb uns filtres més assimilables pel gruix de la societat. Han après a utilitzar la democràcia per dinamitar-la des de dins. 

M. R.: La resposta antifeixista s’ha anat adaptant al context. Jo parle de l’antifeixisme des dels vuitanta fins a l’actualitat i done fe dels col·lectius i moviments socials que van incorporar l’antifeixisme com una lluita més de totes les altres que es feien. I parle de la societat civil actual, que lluita contra la precarietat en els barris per evitar la desconnexió entre veïns, que és quan l’extrema dreta ho aprofita per inserir el seu missatge de segregació. Hi ha tants fronts antifeixistes com escletxes per on es poden colar les ideologies de l’odi, i és aquí on apel·le directament als polítics: no els demane que facen discursos brillants contra l’extrema dreta, sinó que facen polítiques valentes per desactivar la pobresa i la precarietat. 

Què explica que a tot Europa sorgeixin moviments d’aquestes característiques?

J. B.: Hi ha un mar de fons que cal tenir en compte: la crisi de la socialdemocràcia. L’esquerra europea, en general, s’ha preocupat més d’encaixar en els marcs dels mercats i de la Unió Europea que no pas de donar respostes al seu electorat. Hi ha una gran bossa de votants, de gent que veu que les distàncies entre els més adinerats i els més empobrits són cada cap majors, a la vegada que es difumina el miratge de les classes mitjanes. Totes aquestes persones senten que són les perdedores de la globalització, les que han pagat els plats trencats. Llavors l’extrema dreta, que és com un estol de voltors, hi ha anat de cara. 

Ara ens trobem en un moment complicat, de forta crisi política que genera desafecció entre la ciutadania, amb un augment generalitzat de preus, la inflació, i unes respostes que molta gent percep com a insuficients per part dels governs pretesament d’esquerres. L’extrema dreta capitalitzarà aquest descontentament social? 

M. R.: Si la resta de polítics amb capacitat per revertir aquesta situació no ho fan, és molt probable que l’extrema dreta ho capitalitze. De fet, ja ho estem veient. I això no és perquè siga molt hàbil, que en part ho és, sinó per una manca de compromís de determinats polítics. No val dir “Tots els que es manifesten són d’extrema dreta”, o “Voteu-me o vindrà l’extrema dreta”. Però tu què estàs fent per evitar-ho? 

J. B.: Per incompareixença de l’esquerra, l’extrema dreta ha ocupat el carrer: es manifesta en nom de les llibertats, amb la voluntat d’arribar a governar i, precisament, carregar-se les llibertats. S’han de fer bones polítiques, perquè la benzina de l’extrema dreta és el mal govern. 

Com s’ha situat l’extrema dreta davant de la guerra a Ucraïna i davant de personatges com Putin?

J. B.: L’extrema dreta europea està dividida. A Hongria, Orbán és aliat de Putin; un fet que l’oposició ha utilitzat però que no ha servit perquè no torni a guanyar les eleccions. A França, Le Pen va haver de destruir una part de la propaganda electoral perquè hi sortia una foto d’ella donant-se la mà amb Putin. En general, trobem més suport a la causa ucraïnesa, però al si de partits com Vox hi ha diferents opinions. I és que Putin ha fet feina els darrers anys, donant calés a bona part de l’extrema dreta europea per intentar rebentar Europa des de dins.

També s’ha parlat bastant del batalló neonazi Azov i del perill que representa que gent d’ultradreta vagi a la guerra i aprengui tècniques de batalla i experiència sobre el terreny.

J. B.: Això és un perill com una casa. A la guerra del Donbass del 2014 va prendre molta rellevància el batalló Azov, que ara és un regiment i que forma part de l’exèrcit regular d’Ucraïna. I compte amb això, perquè vol dir que també estem armant neonazis. No es pot agafar la part pel tot, és clar, però les intel·ligències de diferents governs d’Europa ja alerten que el perill terrorista més imminent que té el continent és la creació de grups armats d’ultradreta. La guerra d’Ucraïna pot accelerar la creació d’aquestes cèl·lules.

L’auge de l’extrema dreta espanyola també és una de les conseqüències de la desmemòria o del baix compromís amb la memòria històrica?

J. B.: Sens dubte. Si oblidem d’on venim, estem condemnats a repetir la història. De fet, una de les obsessions de la ultradreta és incidir en les polítiques de memòria històrica per mirar de dinamitar-la. I aquí ni tan sols ha fet falta: la memòria està soterrada als vorals de les carreteres. 

El feminisme, el col·lectiu LGTBI, l’antiracisme i la classe obrera, que són en el punt de mira de l’extrema dreta, hauran d’articular un front comú antifeixista davant la possibilitat, molt real, que guanyi encara més pes institucional?

M. R.: Les aliances són fruit de determinades circumstàncies i també del context. Jo pense que s’han d’explorar tota mena d’estratègies àmplies, que requereixen molta generositat, per poder arribar a un consens de mínims en la defensa dels drets humans. Una agressió de la ultradreta, encara que sigui contra persones que no pertanyen al teu grup, és un atac contra tots. Hi ha grups antifeixistes que es van organitzar abans que matassen el Guillem Agulló: l’extrema dreta ja havia matat migrants, persones LGTBI o persones sense sostre, i alguna gent va entendre que això era un perill. En el moment en què la gent assumisca que els atacs de l’extrema dreta són contra els nostres veïns, són contra tothom, i quan prenga partit, haurem avançat com a societat.